Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jun 9, 2025

No recuerdo muchas apreciaciones buenas de mi madre hacia mí. Sus supuestos cumplidos siempre iban seguidos de un pero que restaba todo el valor a cualquier cosa que lo hubiese precedido. Por ejemplo: «Ella es la lista pero su hermano es el bueno». A ver, qué necesidad había. Pues a causa de esa frase que no fue dicha una, ni dos, ni tres veces, he arrastrado un complejo de malapersona durante buena parte de mi vida.

Por suerte ya se me ha pasado: yo no sé si ha sido la edad o los palos, pero tengo claro que soy una persona razonablemente buena. En ocasiones soy un puto ser de luz. A medio día volvía del trabajo en autobús, hasta el mismísimo *oño (inserte aquí la consonante que le parezca bien), habiendo dormido apenas 3 horas, cuando he visto a una alumna secarse unas lágrimas furtivas. Ea. Allá que he ido a darle un pañuelito y preguntarle si necesitaba algo y a ofrecerle mi ayuda. Que sí, que lo mismo esto es decencia humana básica, pero es que tampoco es que la decencia humana básica abunde muchísimo. Intengo ser amable, empática, justa, hacer lo correcto y lidiar con mis contradicciones lo mejor que sé y puedo. La cago, por supuesto, pero en términos generales creo que soy bastante buena gente. Diga mi madre lo que diga. Chúpate esa, trauma infantil.

De ese complejo de ser mala se ha derivado un comportamiento bastante problemático para mi persona: para no ser mala me he dejado pisar, maltratar, utilizar... Ya lo captas. Como era mala no podía permitirme una salida de tiesto. Tenía que demostrar que era buenísima, poner la otra mejilla (lo de la educación católica, otro día). Curiosamente, cuando he asumido que no soy tan terrible he empezado a darme permiso para actuar como si no le debiera mi bondad incondicional al mundo. Es un proceso lento, pero he ido aprendiendo a decir que no, a manifestar desagrado, incluso enfado en entornos de confianza... Fuera, con extraños que no son espacio seguro es más complicado, fíjate. Es curioso, porque justo esa gente tendría que darme igual, pero mira, el selebro selebreando, yo qué sé.

Pues hoy he vuelto a cruzar ese puente, el de no deberle bondad incondicional a alguien que no es buena. Y lo he cruzado por todo lo alto. He sido deliberada y rotundamente desagradable con una señora que ha atacado mi trabajo (voluntario, pero trabajo) como coordinadora de un club de lectura. No es la primera vez que me ataca. En las anteriores he optado por la mesura, la diplomacia y la bondad. Hoy no. Y me he sentido tremendamente orgullosa de mí misma, tremendamente satisfecha.

Al fin y al cabo hemos aprendido recientemente que, por mucho que una sea un ser de luz, nadie está libre de un apagón, grande o pequeño. Ea.


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Published on Aug 30, 2025

Estaba limpiando el polvo de la casa con toda la pena pre-post-vacacional que he conseguido reunir cuando he llegado a mi otra mesilla de noche. Es la del lado contrario a la mía, pero también es mía, así que bueno. En ella he encontrado dos fotos. Una, en el Retiro de Madrid, con mujeres que había desvirtualizado ese día y con algunas que acababa de conocer. Pero qué día aquel... La otra, en la Feria de Córdoba, con algunas de mis amigas de aquí.

Cuando me separé de mi pareja y mi casa se quedó algo más vacía decidí tomar precauciones para que la tristeza no se acomodase demasiado. Una de ellas fue dejar recordatorios de que no estaba sola. Soltera sí, pero no sola. Así que imprimí unas cuantas fotos y rescaté algunas de los álbumes, compré algún marco más y dejé aquí y allá fotografías de gente que me acompañaba. La foto del Retiro fue una de las primeras. Casualmente (o más bien no) en esas fotografías aparecían mujeres. Pero también eran de mujeres las postales o ilustraciones que dejé aquí y allá para no dejarme creer que estaba sola en el mundo.

Hace ya dos años de eso y la presencia de algunas de esas mujeres en mi vida no es, ni de lejos, la misma que entonces. Lo mismo ocurre con mi presencia en la suya, claro. Pero no quito sus fotos, no hasta que no sea necesario. Porque la permanencia no es requisito para que algo sea real. Esas mujeres han sido mujeres de mi vida, me han salvado en algún momento, y por lo tanto, serán siempre mujeres de mi vida.

El otro día me daba cuenta, tras escribir aquí, de cómo lo más interesante y estimulante intelectualmente me está llegando desde hace tiempo de mujeres. Por ejemplo, yo hace unos años pensaba que no me gustaba leer ensayo, y lo que pasaba es que no me interesaba una mierda lo que tuviesen que contarme los ensayos del momento escritos por señores (en general). En los últimos tiempos estoy leyendo bastante más ensayo (no leía tanto desde la carrera, y entonces lo hacía por obligación) pero la mayoría están escritos por mujeres. Y me apasionan, y me estimulan, y me interesan. Y me dan ganas de discutir con ellos, incluso. Pongo por caso el libro que estoy leyendo actualmente: El buen sexo mañana de Katherine Angel. Llevo un capítulo y me tiene entregada. Me está haciendo pensar muchísimo. Pero es que ese libro me llegó porque vi que mi amiga Tania lo llevaba encima este verano. Lo mismo ocurre con recomendaciones de libros o películas. Y, desde luego, con ideas y conceptos: participar en conversaciones con mujeres o verlas expresarse en blogs y redes sociales es algo súper enriquecedor y que me está haciendo crecer inmensamente.

Me gustaría acabar este post de una manera efectista, que siempre queda bien, pero al final lo que quiero decir es: señoras de mi vida (presentes actualmente en ella o no): gracias. No os doy ni un poquito por sentado.


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Published on Dec 24, 2025

Antes de leer, para pensar...

¿Has pensado alguna vez que las cosas pierden valor por no ser eternas?

¿Has dejado de hacer cosas que te hacían bien por el pensamiento de que «no merece la pena»?

Si hoy tuvieras que hacer del mundo un lugar mejor, ¿qué harías que esté a tu alcance?

Y ahora, el poema:

Y aun así de Beatriz Minaya

«Ya nunca podré amar ni aun en el sueño

porque una voz insobornable grita

y su grito vacía mis entrañas:

“¡El amor es también polvo y ceniza!“»

Rosario Castellanos, VI, Trayectoria del polvo.

Fuera de nuestro alcance lo divino.

Nada inmaculado tras rozarlo nuestros dedos.

Todo lo humano huele a hollín;

su aspereza constante, cuando disminuye,

es justo lo que llamamos suavidad

porque hemos florecido en la batalla

—nacer es ser arrojado a una guerra—

y sabemos que ha habido y habrá tiempos peores.

Incluso el amor no es más que ceniza y polvo

cuando observamos lo que queda tras la llama.

Aun así, en el fango, buscamos la belleza

y elegimos arder porque es hermoso.


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Published on Apr 2, 2025

El otro día tuve una interacción que me resultó bastante dolorosa. Nadie pretendía hacerme daño, pero cada vez que una esquirla de esperanza me es arrancada me duele como si no me quedase más. Te cuento (si te quedas).

En el club de lectura de fantasía, ciencia-ficción y terror en el que estoy este año la coordinadora ha programado la lectura de La educación física de Rosario Villajos. Llama la atención, porque, a priori, no cae bajo ninguno de esos géneros, pero, en efecto, es una novela de terror y ha conseguido mantenerme en tensión y provocarme miedo más que muchas novelas de Stephen King, por poner un poner. La premisa: una chica ha tenido que volverse a la ciudad repentinamente, después de que haya pasado algo en casa de una amiga, y no le queda más opción que hacerlo haciendo autostop. Como dato para enriquecer el contexto, son los 90, poco después del crimen de las chicas de Alcàsser.

¿Te provoca a ti una punzada de inquietud? A mí desde el principio. Tenía terror, porque la sospecha de que a esa chica que iba a pasar algo (algo más, en realidad), de que no iba a llegar sana y salva a casa no se me iba de la cabeza. A esto podemos sumarle una madre que es la versión realista de la madre de Carrie (sin el fanatismo religioso, que no hace falta para dar mucho miedo). El libro consigue transmitirte perfectamente la sensación de no estar a salvo en ningún sitio (en ninguno) de esa chavala de 16 o 17 años.

No pude acudir a la reunión en la que se comentó el libro por estar haciendo la estúpida trabajaceón para ganarme la estúpida vida (qué expresión más horrible), pero me han contado que fue movidita, no solo por el señoro de turno (si en su grupo de lectura o de lo que sea no hay un señoro, se le asignará uno de oficio) sino porque una componente del grupo reaccionó tan mal al libro que, al principio, incluso se negó a comentarlo. Acabó finalmente diciendo que ese tipo de libros nos enfrentan, que esas cosas en realidad no pasan (recuerdo que una cosa a la que se refiere el libro es el crimen de Alcàsser, que supongo que yo recuerdo porque estoy alucinando, como cuando recuerdo a Marta del Castillo, a Nagore Laffage o a Diana Quer, por poner un poner). Pero esto no es lo que me dolió. Qué va. Con esto cuento.

Estaba comentando la reunión con un amigo y miembro del club de lectura. Me contaba que el señoro de turno había buscado apoyo en él y en otro chaval, y que no lo había encontrado (bien), que la otra compañera parecía más enfervorecida incluso que el señoro y me decía que le habría encantado que yo estuviera allí. También me lo ha dicho mi amiga, que es la coordinadora: todos contaban con la señora difícil, con la feminista que ya está hasta el mismísimo coño de hacer pedagogía y guardar las formas. Casi que siento un cierto orgullo de que eso sea lo que piensan de mí. La cosa es que después de todo eso le pregunté por el libro. Y ahí empezó el problema.

Mi amigo, que no se tiene por un señoro, que no es un machista militante, me dijo con muy buenas palabras que entendía por qué ese libro era necesario, que estaba muy bien que se hubiese escrito, pero que no le había dicho gran cosa, que no había empatizado. Le miré con horror. «A ver» añadió, supongo que para arreglarlo, «es que yo no puedo empatizar con el libro como vosotras».

Supongo que no ve problema en creer que toda obra, para que resulte significativa, tiene que permitirle empatizar. Que no tiene por qué. Puedes introducirte en la historia de esa chavala que puede que no llegue entera a su casa sin necesidad de empatizar. Si necesitas sentir algo mientras lees (como me pasa a mí, cuando leo por placer) puede ser compasión, preocupación, miedo u otras cosas. No obstante, manda cojones que los señores puedan empatizar con superhéroes o personajes de fantasía que son nobles, ricos y fieros guerreros, pero no con una adolescente normal. A ver si es que no les sale de los huevos empatizar con ella...

Lo cual me lleva a la segunda cuestión a tener en cuenta y a mi contestación. «¿Me estás diciendo» respondí, creo que evidentemente dolida aunque intenté esconderlo, «que nosotras tenemos que conseguir empatizar con los miles y miles de protagonistas masculinos, con las historias de señores, porque siempre se han entendido que representan lo humano universal, y vosotros no sois capaces de hacer el esfuerzo intelectual y emocional de poneros en el lugar de un personaje femenino de lo más normal y corriente? Manda huevos, querido...» Mi amigo intentó seguir hablando del tema, pero yo lo dejé. De verdad que me dolió como una puñalada: tuve la sensación de que en realidad no contamos con nadie, que seguimos estando solas, y que lo de ser aliados, en el mejor de los casos, solo supone que no nos van a putear activamente, pero esfuerzos los justitos. Ni siquiera intentar meterse en un libro.

Y es que, de verdad, me toca profundamente la moral, por no mencionar otras cosas: yo no soy un hidalgo que se vuelve loco por leer demasiadas novelas de caballerías, ni un joven ambicioso que intenta medrar en la alta sociedad francesa, ni un héroe griego que se escuda en [un pobre sentido de la orientación] la voluntad de los dioses para quedarse por ahí ciscándose señoras y viviendo aventuras en lugar de volver a su puñetera casa... Bueno, creo que se pilla la idea. Sin embargo, se ha esperado de mí (de nosotras) que saque enseñanzas y aprendizajes de esas novelas, que me deje conducir por esos señores protagonistas, que empatice, simpatice o me compadezca de ellos, sin importar cuál sea mi condición porque, por supuesto esos héroes o antihéroes, esos protagonistas, esbozan algún aspecto universal de la humanidad. Cosa que, por supuesto, no puede hacer una protagonista femenina. Al parecer.

Gloria Fuertes renegaba del término poetisa, porque se utilizaba ese vocablo para referirse a las mujeres que escribían poesía para mujeres: cosas sentimentales (los poemas son sentimentales si los escriben señoras, si los escriben señores son grandes poemas de amor), cuquis, ya me entiendes, cosas de mujeres. Ella siempre prefirió que la llamaran poeta (como yo, por la misma razón). Durante mucho tiempo la literatura escrita por mujeres ha parecido estar escrita también para mujeres: no escribíamos cosas que los hombres encontrasen de interés. Y, al parecer, la cosa sigue siendo así.

A lo mejor es que no les interesa nada que no hable bien de ellos. Para qué vamos a hacer el esfuerzo de mirarnos al espejo, ¿verdad? Así evitamos el riesgo de ver algo que no nos guste.

PD: Disculpa las erratas, no tengo tiempo de repasar el post. Tengo que acudir a una estúpida reunión de mi estúpido trabajo.


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Published on Jul 24, 2026

En los últimos tiempos estoy leyendo Calibán y la bruja de Silvia Federici. No paro de repetirlo y alguien podría pensar que lo hago para darme pisto, para ganar puntos de intelectual o algo así. Nada más lejos de la realidad: lo hago porque me está volando la cabeza. No puedo evitar citarlo porque ahora veo eso de lo que Federici habla en su libro por todas partes.

Por ejemplo, está la cosa de las mujeres que no han sido inventadas sino hasta recientemente, como decía Úrsula K. Le Guin. Leyendo Calibán y la bruja una se nutre de una serie de argumentos contra esa idea tan extendida. Las mujeres han hecho política SIEMPRE, porque no hacerla, ser efectivamente apolítico (esto es, no ser un derechista tibio, sino apolítico de veras) es algo que solo pueden permitirse los absurdamente privilegiados.

Últimamente me he cruzado con unos cuantos señores hablando de hacer política. Artículos de prensa sobre fantasía y ciencia ficción. Señores antologando a poetas jóvenes. El parroquiano de turno hablando de que ya no se hace política de verdad, activismo de verdad. Me pregunto si el hecho de que sean señores es una casualidad y la pregunta se vuelve retórica. Acabo por pensar que el problema es lingüístico (me cago en mi puta vida, tanta continentalidad para acabar con-cediendo a los analíticos): lo que se entiende por política. Para ellos, y soy consciente que se trata de un ellos difuso, el hacer política tiene que estar revestido de la cantidad justa de grandiosidad, de racionalidad fría e imperturbable, bien cargado de estrategia, similar a una partida de ajedrez y, por supuesto, orientado a los asuntos verdaderamente importantes que, oh, casualidad, son los que a ellos les parecen importantes. Desde esa atalaya es muy fácil decir que ya no se hace política, que tal o cual colectivo no la ha hecho, que no hay política en tal o cual manifestación literaria o artística.

¿Era política el motín del pan de Córdoba? A mí, indudablemente, me lo parece. Pero es fácil desdeñarlo como una insurrección motivada por las emociones de las mujeres, carente de organización formal, falta de miras más allá del presente (el hambre dificulta mirar demasiado hacia el futuro, cosas que pasan). Y así podemos decir que las mujeres no hacían política. Como si el hecho de estar metida hasta la garganta en la realidad que hay que cambiar hasta el punto de ser movida inevitablemente a la acción fuese una suerte de neutralizador de la política.

Hoy mismo, y cambiando de tema parcialmente, se hablaba de un festival de literatura de género que decía reivindicar la fantasía y ciencia-ficción políticas, desear revitalizarlas, como si estuvieran muertas. Y puede que desde esa atalaya que mencionaba lo parezcan. Bajad, queridos, bajad aquí con nosotras. Hablemos de La última mujer de la Mancha, de Enerio Dima, que habla de olvido del mundo rural. Hablemos de El poder de Naomi Alderman, una especie de Guerra Mundial Z que examina la naturaleza del poder a raíz de la subversión del peso que en él tiene el género. Nah, no es político porque son temas que no les interesan. ¿El género? ¿El olvido de los pueblos? ¿Qué mierda de cruzada política es esa? Pues la nuestra. Ni más ni menos. La de quienes no podemos permitirnos ser apolíticos, pero tampoco tenemos permitido hacer política según vuestras reglas [^libros].

Y bueno, luego está el señor antologador de poesía. Decía en su prólogo que él solo había seleccionado poesía política. Nada de sentimentalismos. Se permitía decir algo así como que si la camarera te ha llevado a escribir un poema, haznos un favor a todos, tú incluido, y no se lo enseñes a nadie. Me lo llevé a lo personal, claro. Es uno de mis defectos. Me llevó a un poema que escribí hace mucho, mucho tiempo, titulado «No me dejéis sola en el metro» en el que, a partir del flechazo que me provocó una muchacha con un vestido de flores, exalto la dignidad de los que entonces nos llamábamos «los de abajo» y afeo la insensibilidad de los que entonces llamábamos «los de arriba» que, casualmente y al parecer, eran los que hacían la política.

No estoy en ninguna antología de poetas jóvenes, normal y comprensible. Pero ese poema, como muchos de los míos, sería descartado por sensiblero, emocional, ñoño y, por tanto, no político, no social. Es fácil hacerlo desde la arrogancia de los que tienen y han tenido un estrado desde el que hablar. Yo, entonces estudiante, para la que viajar en metro era un lujo, no podía aspirar a hacer otra revolución que no fuera la de lo cercano, aunque entonces aún soñaba. Hoy lo tengo todavía más claro: somos muchas las que mantenemos vivas pequeñas revoluciones cada día, que no surgen de la estrategia ni se pierden en la big picture, sino que nacen del amor, del cuidado, de la necesidad de consolar y ser consoladas, de poner bonito nuestro rincón del mundo, nuestro patio de vecinas. Y si eso no es política, pues qué queréis que os diga: pueden coger su política y metérsela enterita por el culo. Eso sí, tendrán que sacarse la cabeza antes, claro.

[^libros]: No soy una lectora experimentada de ciencia ficción y fantasía, pero sin serlo he conseguido citar dos obras sin pensar demasiado. No es tan difícil encontrarlas.


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Published on Aug 9, 2026

Tengo el pelo rizado. Lo mismo esto dicho así no te da mucha información, pero el pelo rizado es: delicao. De lavar, de “arreglar”, de mantener “arreglao”... Durante mucho tiempo yo me he apañado sola con él incluso para cortarlo: imagina los desastres que me habrán hecho que prefería cortarlo yo, que no tengo ni pajolera idea de cortar pelo.

Y no obstante, fantaseo (y soy consciente de que no soy la única) con que me lavan el pelo. Esta conversación ha surgido en mastodon varias veces, y varias mastodontas hemos entrado al trapo como locas. Buah, que te laven el pelo. Buah.

Hace mucho tiempo mi pareja me dijo que querría lavarme el pelo. Yo le dije que en algún momento. Desde ese momento han pasado semanas, meses y más un año seguro. Puede que hasta dos. Pero el día ha llegado hoy, que se ve que tenía yo ganas de emociones fuertes: si iba mal me iba a arruinar una expectativa; si iba bien, ay, si iba bien.

Y ha ido bien. No sé por qué me sigue sorprendiendo, pero me sorprende. Supongo que por falta de hábito de que los señores hagan ciertas cosas bien-bien. Qué dulzura, qué cuidado, qué agradable. ¿Y sabéis qué es lo mejor? La atención, amigas. En sus gestos he adivinado que me ha estado mirando todo este tiempo, que se ha estado fijando de verdad para hacerlo bien cuando le llegara el turno. Porque sabía que iba a llegarle el turno: este señor tiene línea directa con la fuente de la esperanza.

“¿Lo he hecho bien?”, me ha preguntado luego. Y yo le he dicho que sí, por no exagerar. Por no decirle que hoy hemos descendido varios metros al pozo de la intimidad. Por no decirle que hoy estoy un poco más tranquila: cuando en alguna de mis torpezas caiga rodando por unas escaleras (probablemente en el trabajo y delante de decenas de alumnos) y me rompa un brazo, no tendré por qué llevar el pelo asqueroso. Por no decirle que no creía que existiesen personas como él. Por no decirle que no soñaba yo con que, en el caso de existir, fuese a tocarme a mí la lotería. Por no decir tantas cosas le he sonreído y le he dicho que sí, que muy bien. Que otro día tiene que probar a definirme los rizos, a ver qué pasa. Cuando ha dicho “vale”, decidido, casi me derrito. Porque creo que lo dice de verdad. Porque está consiguiendo hacerme creer que respiraría por mí si hiciera falta. Y esas ideas, en mi experiencia, son una alucinación preludio de una catástrofe.

Pero aceptemos los dones de hoy: hoy mi prometido me ha lavado el pelo y sigue habiendo boda por delante. ¡Albricias!


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Published on Aug 6, 2025

He sido pobre. No lo digo con orgullo, realmente, ya que me habría gustado no serlo, pero lo digo porque es un hecho y porque, a pesar de ya no estar ahí, no se me olvida. Las lecciones de la pobreza no se te borran y el terror de volver a caer en el agujero solo empieza a atenuarse muchas y muchas nóminas después.

Por eso digo, simplificando pero con todo el sentimiento, que ser pobre es una mierda porque ser feliz no te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. Ni siquiera anestesiarte te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. O el escapismo. Solo puedes ser feliz sin gastar nada, en base a trucos psicológicos que permitan a los que son más afortunados esbozar una sonrisa contrita y beatífica y decir «¡Ay, son felices con tan poco!». Eso sí, no renuncian a la calefacción, ni a la cerveza de después del trabajo, ni al apartamento de la playa para ser felices con poco. Por lo que sea.

Y es una mierda. Porque te hacen sentir culpable por todo, porque la pobreza es una responsabilidad individual (mejor eso que sentirse cómplice del sistema que la permite y la fomenta). Y una se lo cree, claro.

Recuerdo una anecdota, que es la razón de que este post (o más bien, la idea del mismo) lleve semanas en borradores. Debía de tener yo 22 años o así y estaría acabando la carrera. Aquel año tocó beca pequeña, así que eso suponía tener que vivir durante 10 meses en una capital bastante cara con 3000 euros más lo que sacase trabajando aquí y allá (mayormente dando clases particulares). Vivía en un piso que era la antigua casa del portero y daba vergüenza: mal aislado (te asabas en verano y te congelabas en invierno), húmedo y frío hasta el punto de que la condensación hacía que chorrease agua por la pared del cabecero del dormitorio, que daba al norte. No exagero: si hubiese habido un salto, habría tenido cataratas. Comía lo que podía pero ya sabes, lo típico: mucho arroz, mucha pasta, mucha carne procesada de bajo precio y calidad... Mi ocio era escaso, más allá del que se pueda hacer sin pagar (poco) y mi socialización inexistente (lo cual venía muy bien a mi pareja de entonces para tenerme bien anuladita, claro, porque las desgracias nunca vienen solas y, de entre ellas, la pobreza menos).

Pues bien: se acercaba una fecha especial. Nada relevante, un aniversario. Yo me veía horrible y me sentía horrible, estaba deprimidísima y muerta de pena, mi espíritu totalmente en los huesos, sin ganas de nada. Pero una chispa de algo saltó en mí e hice un dispendio totalmente absurdo e irresponsable: me compré una sombra de ojos. Una en concreto que había estado viendo y de la que estaba absurdamente encaprichada. Era llamativa y cara (17.50 euros me costó, aún me acuerdo), pero me convencí: durará mucho, seguro que la uso un montón, ese dinero no me va a sacar de pobre, me merezco un regalo, etcétera etcétera. Así que la compré.

Cuando llegó el día me puse la ropa con la que me veía mejor (tela marinera, amigas...), me peiné lo mejor que supe (buf, buf) y me maquillé con mi maquillaje baratísimo y mi sombra nueva. Quedé bien contenta al ver los tornasoles de aquella sombra, satisfecha, me sentí bien (algo que hacía tiempo que no me pasaba). Así me fui a la calle, a recoger a mi entonces pareja de su trabajo mal pagado para tomar un helado (esa era toda la celebración que íbamos a permitirnos).

Fui andando, claro: los bonobuses debían ser utilizados con responsabilidad. Y ya cuando estaba casi llegando me crucé con un captador de ONG que me abordó y del que intenté zafarme diciendo que no podía colaborar, gracias. Eran insistentes, generalmente, pero no solían ser maleducados. Pero ese día tuve suerte de la mala porque el chaval, más o menos de mi edad, probablemente no mucho menos pobre que yo, me espetó:

-¿No puedes? Una familia podría comer una semana con lo que cuesta la sombra de ojos que llevas.

Me quedé congelada. Evidentemente, él no podía saber cuánto había costado la sombra. Podría ser tan barata como mi máscara de pestañas o mi colorete. Sé que disparó a lo que más llamaba la atención. Aun así, aunque ahora pienso que tendría que haberle montado un esto va a ser violento pero no por lo que tú pensabas y hablarle de mi piso/aquapark, de mi dieta, de cómo en invierno parecía el muñeco de Michelín con tantas capas como llevaba para no encender el calefactor, y gritarle a la cara que podría meterse su pasivoagresividad y su falsa preocupación por el puto culo y donar su salario a la ONG para la que trabajaba, lo que hice fue acelerar el paso, echarme a llorar y convertir esa pequeña celebración en un festival de la culpa porque cómo se me ocurría intentar invertir, gastar un puñetero céntimo, en un momento de alegría.

Por lo que sea esto, igual que lo que es ser pobre, aún no se me olvida. Puede que porque la aporofobia y el clasismo no se pasan ni se curan: hace unos días oía a alguien defendiendo el derecho a vivir en nuestras ciudades, a que los pisos sean para habitarlos y no para rentabilizarlos y especular con ellos en usos turísticos. Me parece una reivindicación importante. Pero justo cuando iba a apagar la televisión la persona que se quejaba dijo que había que luchar contra el turismo de ensalada del mercadona. Ah. De nuevo eso. El problema no son los especuladores, no: son los pobres que no pueden permitirse irse a un hotel a estar a pan y manteles pero osan a salir de casa y a visitar otra ciudad.

En fin.


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Published on Mar 12, 2025

Hace no demasiado me quejaba en Mastodon del servicio de los autobuses urbanos de Córdoba, sobre todo de su frecuencia de paso. Salgo con una hora de antelación de mi casa todos los días, y hay días que llego al trabajo con 25 minutos de adelanto y otros que llego con 5 de retraso. Es demasiado, especialmente para una ciudad de las dimensiones de Córdoba, o eso creo.

Hoy, no obstante, los autobuses de Córdoba me han dado la que viene siendo la gran alegría del día y de la semana.

Acababa de subirme al segundo autobús que cojo después de esperarlo 16 minutos y viendo ya que iba a llegar tarde al trabajo así que, como puedes imaginar, iba todo lo encabronada que mis escasas fuerzas me permitían y también, por cosas, bastante triste. En la parada siguiente veo (porque con los cascos escuchar escucho poco) cómo el conductor gesticula a una mujer con uniforme de trabajo para que suba mientras ella hace gestos de que no, que da igual. Él insiste. Finalmente ella sube, sin fichar, y él arranca casi haciendo derrapar las ruedas, detrás del autobús 9. Entonces entiendo lo que ha pasado: la mujer había perdido el autobús por poco y el conductor se ha ofrecido a acercarla a la siguiente parada (que también estaba en su ruta). Al llegar a la siguiente parada, efectivamente, el conductor ha abierto las puertas rapidísimo para que la mujer, en un último sprint, llegase a coger el 9.

Y yo me he echado a llorar. Me conmueven muchísimo las muestras de amabilidad en un mundo tan inhumano, frío y gris como el que habitamos (o así me lo parece, puede que sea una cuestión de perspectiva) y, en el estado en el que me encuentro últimamente, me hace falta un soplo de viento para que me eche a llorar. Pero qué bonito ha sido, qué cálido ese gesto de un trabajador auxiliando a otra, aunque ella defendía que daba igual, que cogía el siguiente. Cómo de vista ha debido sentirse esa mujer. Cuánto me alegro por ella.


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Published on May 20, 2026

Probablemente este post sea dramático en exceso, pero es mi blog y me lo follo como quiero. Y hoy, querda lectora, estoy en la mierda. ¿Lo necesitaba? Pues más bien no. Pero aquí estamos.

¿Sabéis cuál es la cosa que me da más miedo? Enfermar o envejecer. Normal, claro. Pero no es por el dolor, no es por la fealdad, no es por la amenaza silenciosa de la muerte. Qué va. Me da miedo porque yo siempre me he cuidado sola y en esas circunstancias no voy a poder hacerlo, y me da pánico. Porque asumo que voy a estar sola en esos momentos.

No estoy catastrofizando. La historia de mi vida es sentirme aislada, extraña, fuera de lugar. Pero incluso cuando consigo acercarme a alguien, sentir que pertenezco, con más frecuencia de la que a nadie podría gustarle, acabo viéndome reflejada en el retrovisor mientras se alejan.

Nah, eso ha sido muy patético. No abandonéis animales, porfi.

Más bien ha sido que he ido descolgándome, de forma más o menos orgánica, más o menos forzada. Acabo cayendo fuera. Esto (y el hecho de sentir que he tenido que trabajar siempre para merecer cariño) han hecho que sienta que quererme es algo costoso y que, por eso, la gente se cansa de hacerlo. Acaba por no compensar. Tengo demasiadas particularidades, demasiadas necesidades, soy demasiado tiquismiquis, estoy demasiado cansada, mis aficiones son demasiado raras, pongo demasiadas limitaciones. Al final que yo desaparezca acaba siendo una ganancia. Y la gente no suele echarme de menos. No voy a decir que soy fácilmente sustituible: es que la gente no siente la necesidad ni de sustituirme.

Y el amor propio está muy bien. El saber estar sola es estupendo: tengo un doctorado. Pero quién me va a recoger de las sesiones de quimioterapia o se va a salir a tomar el fresco conmigo si llego a vieja. Y hoy, y por favor no me llevéis la contraria, no puedo evitar sentir que si no deja de pasarme a mí mientras el resto de la gente consigue mantener sus grupos y sus relaciones, el problema soy yo.

Bueno, me voy a seguir llorando al sofá. Si has llegado hasta aquí: lo siento.


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Published on Sep 25, 2025

Aviso de contenido: escatología, descripción explícita de desnudo masculino

Nunca me han vuelto loca los cuerpos masculinos. El de las mujeres, a mi modo de ver, es infinitamente superior estéticamente. Muy pocas veces en mi vida, y cuando digo muy pocas lo que quiero decir es «me sobran varios dedos en una mano pa contarlas» me ha ocurrido que yo contemple el cuerpo de un hombre y experimente placer estético, sensación de belleza. Y no hablo solo de hombres normales y corrientes, mortales de los que te cruzas en tu día a día y en tu vida. No, o no solo. Incluyo también a deportistas, actores, modelos, cantantes... Me refiero a todos los hombres. Sus cuerpos han podido excitarme, atraerme, divertirme... Pero no he experimentado casi nunca el deseo de contemplarlos sin parar. Esto es: hasta ahora.

Esta mañana lo único que me ha impedido quedarme horas y horas mirando el cuerpo desnudo de mi pareja ha sido el ferreo anclaje con el que el capitalismo nos tiene cogidos a ambos. Otro motivo más para odiarlo con fuerza infinita.

Como cada mañana laborable, ha sonado el despertador y yo me he dirigido hacia el baño con los ojos cerrados: me sé el camino. Me he sentado en el váter y, mientras orinaba, he resoplado pensando «venga, un día más, un día menos». Pero al volver... Uf, al volver. Mi pareja estaba de pie, de perfil, preparando la ropa para vestirse, con su gloriosa erección matutina lista para revista (tampoco he sido nunca muy fan de las erecciones a nivel visual, os lo prometo). El pecho se me ha encogido, de verdad. Y él, sin darse cuenta de nada de esto, ha dejado la ropa lista sobre la cama y se ha ido al baño, ignorando que yo me quedaba allí como si hubiera visto un Caravaggio caminando con marco y todo.

Al volver me ha encontrado todavía ahí parada, sentada en el borde de la cama, haciendo por vestirme. He soltado la falda y he abierto los brazos. Él se ha acercado a mí y yo he devorado con los ojos cada punto visible de su anatomía: sus piernas fuertes y musculosas, los surcos bajo sus caderas que conducen a su entrepierna, ahora más calmada (para descanso de mi pobre corazón), su vientre, en el que empiezan a asomar los músculos abdominales, su pecho suave, esos brazos cubiertos de un vello fino y agradable en los que tanto me gusta perderme... Y su cara: esos ojos oscuros rodeados de bien de pestañas, la barba que tanto me gusta tocar y esa forma de sonreír con todo lo que es. A veces creo que, cuando le miro, se me olvida respirar.

Al entrar en mi rango de acción le he abrazado muy fuerte, apoyando la cabeza sobre su vientre, besando su cadera, deseando que por algún conjuro nos quedásemos unidos y nos diesen la incapacidad a los dos para poder quedarnos así el resto de nuestra vida.

Como podrás sospechar, no ha ocurrido, así que tendré que esperar las más de 24 horas que faltan para poder volver a verlo y acariciarlo desnudo. Intentaré que se me haga más llevadero recordando la sensación de rapto que me asalta cuando le veo así.


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