Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Nov 17, 2025

Cuando empecé la terapia, después de hacer pum-cata-pum una de las cosas que le pedí a mi terapeuta fue estrategias para hacer que la violencia que padezco (ya sea dirigida a mí directamente, a mí como símbolo o a otros) me doliese menos porque no puedo pelear todas las batallas, no tengo energía, pero tampoco soy capaz de aguantar la cantidad de daño que el mundo me hace a veces.

Y ahí estoy, aprendiendo a respirar hondo de forma casi automática cuando duele. Diciéndome cosas para reconfortarme de forma muy tierna y muy lenta. Intentando reprogramar mi intensidad para no herirme a mí misma.

Y me da pena. Me da pena porque si algo sobra en el mundo es gente a la que no le importa. Pero yo ya no podía más. En mi dilema entre prenderle fuego a un mundo que no me permite ser como soy y limarme las aristas, ahora estoy limándome las aristas. Lo siento a veces como una traición, no te voy a mentir.

Hoy, por ejemplo, llevo todo el día desensibilizándome ante una situación que me ha parecido injusta, repitiéndome que lo que ha dicho un compañero sobre un alumno neurodivergente le describe a él, que enfrentarme a él y confrontarlo me habría dejado hecha polvo y no habría supuesto ningún triunfo, que mi energía está mejor puesta en atender a dicho alumno con todo el cariño, comprensión y compasión que sea capaz de reunir. Y más o menos está funcionando. No me estoy emputeciendo salvajemente. No se me acelera el pulso. Puedo seguir con mi vida y, cuando el pensamiento se me presenta, lo abordo y no se convierte en rumia. Y, de alguna manera, eso me disgusta. Porque en la misma situación, si al menos estuviese sufriendo, pataleando y rabiando sentiría que la injusticia no me es ajena, que no ha pasado por mí inadvertida. Supongo que algo de la cultura del sufrimiento católica y patriarcal hay en esto, porque eso no solucionaría nada tampoco y acabaría drenándome también.

Total, que a pesar de todo, a pesar de que consigo manejar la ansiedad, a pesar de que respiro, a pesar de que relativizo... No está siendo un buen día. Pero eso también es parte del trabajo que el terapeuta me encargó (supongo que en parte me ha calado con cierta precisión): no desmoronarnos cuando la vida nos supere, no rendirnos ante los malos días, no catastrofizar cuando mi ánimo empeore. Aquí estoy, intentándolo.

E intentando no ceder al miedo de que sobrevivir me suponga renunciar a parte de lo que soy.


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Published on Dec 1, 2025

#Antes de leer, para pensar un poco...

¿Qué has cambiado de ti misma[^femenino] para sentirte digna de amor?

¿Qué cualidades de ti misma crees que merecen ser amadas? ¿Serías la misma sin las otras, las que consideras menos dignas de amor?

¿Qué cambiarías de la persona que amas?

Y ahora, el poema:

Me basta así, de Ángel González

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

—de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso—;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.)

[^femenino]: femenino genérico.


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Published on Apr 13, 2026

Este año la editorial que publica mi libro no me ha llamado para acudir a la Feria del Libro de Madrid, como los tres anteriores. A decir verdad, yo no tenía muy claro lo de querer ir: el año pasado me salió por un pico y, como autista, ese rato de parecer normal y sentirme expuesta se me hace bola, por mucho que el balance siempre haya sido positivo. Pero aun así, me jode.

Y a ver, no puedo decir que me pille por sorpresa, sino que no lo había pensado: solo con ver las ventas del libro el pasado año, lo que he cobrado por esas ventas, una tiene que hacerse a la idea de que está ya amortizada. Y no me extraña. No me promociono en absoluto. Ni siquiera he tenido una presentación: esperé y esperé hasta ver si la editorial decía algo y nada, supongo que por eso de ser de provincias, en parte. Pero que yo también podría haber tenido algo de nervio, algo de iniciativa. Yo qué sé. Pero... En fin, no voy a justificarme, aunque podría.

Tampoco se me da bien dar la turra con mi libro. Me gusta que la gente me lea, conectar con otros a través de lo que escribo, pero no meterle a la gente mis versos por los ojos a presión. Yo no valgo para teletienda. Menos mal que me gano la vida sin necesidad de hacerme promo, porque si no me moría de hambre.

Y luego, lo poco que hago, tampoco lo muestro, porque no sé darme bombo. La semana pasada estuve dando una charla sobre mis poemas en un instituto. Esta semana voy a otro. La siguiente, a otro. Pero no voy a hacer promoción de mi libro: voy a hablar con adolescentes de poesía, de escritura, de emociones... Voy a resolver sus dudas y a que vean que la gente que escribe es... gente. A veces, al menos.

No estoy en camarillas poéticas ni en círculos culturetas, nunca me he sentido cómoda en esos lugares, no he sabido desenvolverme en ellos. Lo mío ha sido, como decía el Cyrano de Rostand, «llegar más bajo, pero sola, siempre sola». Una diría que no me meto en saraos y agrupaciones porque no me da la gana: en mi ciudad hay un movimiento poético bastante fértil, pero los pocos acercamientos que he tenido con él me han llevado a replegarme y no querer acercarme nunca, nunca, nunca más.

Así que, si lo esperaba, si es culpa mía, si no he hecho nada para evitarlo, ¿por qué me hace sentir tan descorazonada este final?


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Published on Dec 9, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Qué es lo que más miedo te da/daría de criar a un hijo?

¿Qué cosas podríamos hacer mejor respecto de la infancia?

¿Qué crees que le diría la niña que fuiste a la persona que eres hoy? ¿Y tú a ella?[^femenino]

Y ahora, leamos el poema:

Un niño, un sueño de Ida Vitale

Un niño es un campo minado

de hermosos imprevistos.

Si pudiera evitarse, ay

el desvío

hacia el hombre derrumbe y lo sabido

apartar el guijarro

que va a obturar la fuente

de la gracia posible, su derecho

[^femenino]: Femenino genérico.


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Published on Sep 6, 2025

La gente no me toma en serio. No sé si es porque soy mujer, aunque algo de eso habrá (probablemente mucho). Lo de que es porque soy joven empiezo a descartarlo, porque aunque me muevo en ambientes en los que la gente suele ser mayor que yo, creo que ya tengo una edad como para que empiecen a darme crédito, digo yo. No sé si es por mis taras y rarezas. No lo sé. La cosa es que la gente no me toma en serio, tiende a infravalorarme. Y eso es una mierda.

Sería una mierda tolerable si una demostrase lo que vale una vez y ya está, hasta ahí. Pero no, no es así. Actualmente estoy cambiando de puesto de trabajo y cada día salgo de la oficina arrastrando el cuerpo como si le hubiese puesto un cascabel a una hidra. Me agota, física y mentalmente, existir en ese espacio en el que tengo que dejar claro que soy una buena profesional, a pesar de ser la más joven, a pesar de ser una mujer, a pesar de no tener un doctorado y a pesar de que los señores muertos que pensaron hace mucho me importen regulinchi.

El viernes pasado tuve escuchar que me decían a la cara que la metodología que utilizamos el curso pasado mi compañero y yo para preparar a los alumnos para selectividad no tenía lógica. Que los resultados de mis alumnos digan lo contrario importa más bien poco: soy una muchachita joven (con apenas diez años de experiencia, qué es eso), con la cabeza llena de pájaros e ideas peregrinas. Mi propuesta no fue tenida en cuenta ni levemente. Ni siquiera se consideró hacer menos exámenes porque bueno, ya se sabe que cuanto más exámenes se hace más se aprende, supongo. (emoji de cara de payaso aquí)

Evidentemente, aunque me hizo dudar, y mucho, voy a intentar repetir mi metodología del año pasado. ¿Con más exámenes? Pues con más exámenes. Pero creo que funciona y que tiene sentido, y me parece que está dentro de mi autonomía hacerlo. Tendré que proponerlo la semana que viene. Con suerte me dejarán hacer y condederán mirándome con condescendencia.

Pero funcionará: sé que funcionará. Acabará el curso y habrá funcionado. ¿Será suficiente entonces? ¿Mis propuestas seguirán siendo cosas de moderna con el seso sorbido por las nuevas corrientes pedagógicas? ¿En qué momento se me empezará a tener en cuenta si digo que dictar apuntes es un atentado contra la atención a la diversidad? ¿O si digo que la educación emocional no tiene nada que ver con dar abracitos y besitos?

¿En qué momento podré dejar dedicar buena parte de mi energía a afirmarme y dejar claro que estoy sobradamente capacitada para hacer el trabajo por el que me pagan para poder volver a dedicarla a hacer ese trabajo?

Llevo una semana de curso, no han empezado las clases y ya estoy: agotada. Que alguien, por favor, me retire. Prometo ser una compañía encantadora. Como puede verse, estoy acostumbradísima a actuar.


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Published on Dec 18, 2025

Antes de leer el poema, para pensar un poco...

La rebeldía puede residir en actos cotidianos. ¿Se te ocurre alguno?

Cuando piensas en la palabra felicidad, ¿qué se te viene a la mente?

¿Cómo te gustaría que te recordasen cuando ya no estés?

Y ahora, el poema:

Vamos a ser felices de Luis Alberto de Cuenca

Vamos a ser felices un rato, vida mía,

aunque no haya motivos para serlo, y el mundo

sea un globo de gas letal, y nuestra historia

una cutre película de brujas y vampiros.

Felices porque sí, para que luego graben

en nuestra sepultura la siguiente leyenda:

“Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre

que, no se sabe cómo, lograron ser felices

diez minutos seguidos.”


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Published on Sep 9, 2025

... lo que quiero decir es que no quiero tener que trabajar para vivir.

Es así de llano. Porque realmente no hay un ápice de ostentación en mis sueños: no quiero una casa más grande (aunque un apartamentito en la costa sí me encantaría), no quiero tener ropa cara, o joyas, o zapatos de marca. No quiero cambiar la decoración ni hacer grandes viajes. Ni siquiera pienso, cuando digo que quiero ser rica, en tener trabajadores que me ayuden con las tareas del hogar, y mira que se me hacen bola y me siento inadecuada con ellas. No. Cuando digo que quiero ser rica en lo que pienso es en gestionar mi tiempo, en poder echar una tarde entera leyendo sin que pase nada ni se me trastoque ningún precario equilibrio espaciotemporal. En poder acostarme y levantarme a la hora que me lo pida el cuerpo. En definitiva, a vivir como suelo hacelo cuando estoy de vacaciones: sin reloj y sin prisa.

No necesito lujos, pero es que tampoco los quiero. Mi relación con el lujo es, en general, de aversión. Me recuerdo paseando por Versalles y pensando en qué horror, qué ostentación, qué excesivo todo. Lo mismo me pasó con la Place Vendôme y la Rue de la Paix, famosas por sus boutiques y joyerías y por los cochazos de gente rica de verdad, no como yo fantaseo, que para allí a comprar. Cuando fuimos a París pasamos por allí y yo, la verdad unimpressed. Al volver me recuerdo hablando con la madre de #ingeñero que refería esas zonas de la ciudad con fascinación y admiración. Pues a mí en el mejor de los casos me dan rabia y en el peor me hacen sentir inadecuada, insignificante, sobrante.

Soy sensible a la belleza: me encantan y me subyugan las cosas bonitas. Pero con el paso del tiempo me ha ido quedando claro que las cosas caras y las cosas bonitas no suelen coincidir (diría que cada vez lo hacen menos: tal vez la belleza sea un valor demasiado mainstream). E incluso cuando da la casualidad de que esa cosa carísima es bonita me cuesta disfrutarla. Supongo que no se me olvida que los que gozan de ese lujo lo hacen a costa de los que soñamos con vivir sin trabajar, si tenemos suerte, y a costa de los que sueñan que trabajar les permita vivir, si no la tienen. Y eso hace que me parezcan bastante más feas.


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Published on Jan 23, 2025

El otro día, mientras explicaba algo en clase, no recuerdo qué, un grupo de alumnos puso de ejemplo a un compañero que no estaba presente. Decían, básicamente, que el compañero quería dar la nota todo el rato, llamar la atención, darse importancia. Todo ello, claro, respondiendo preguntas, saiendo a la pizarra, haciendo intervenciones que demuestran que es muy listo y muy leído (porque el crío lo es, qué le vamos a hacer).

Como creo que se desprende de lo último dicho, yo conozco al muchacho, es más, tengo verdadera debilidad por él. He sido su profesora varios cursos y le he visto mudar de un adolescente perdido que intentaba conseguir atención de la peor manera posible a un joven inteligente, educado y cariñoso que consigue llamar la atención de una manera positiva y sana. Y sí, mis alumnos tienen razón: este chico quiere llamar la atención. El problema es que para ellos hay algún tipo de interés oscuro, alguna vanidad, alguna maldad en su forma de proceder. Claro, ellos no saben, no entienden. La mayor parte de la gente no sabe o no entiende, porque cree que el resto del mundo vive, siente y se comporta como ellos lo harían. Y, vaya usted a saber por qué, eso suele traducirse en que, cuando algún comportamiento les resulta irritante, deducen que hay una intención oscura de incomodar o molestar, que hay algún grado de maldad en esa acción.

Desde hace tiempo llevo a cabo (o lo intento) lo que llamo amabilidad militante. Consiste en ser buena gente por defecto, hasta que se demuestre que las personas merecen lo contrario. Me ha sido bastante útil, si no a nivel de beneficio social, si a nivel de paz mental. Y, al menos en mi trabajo, me ha venido muy bien.

Uno de los principios que pongo en práctica en mi ejercicio de la amabilidad militante es el siguiente: Las acciones de las personas están generalmente motivada por sus necesidades y no por tocarme los ovarios a mí. Otro, relacionado con este, es: En general, la gente no hace daño de manera gratuita, sino porque no sabe cómo hacerlo mejor para cubrir una necesidad.

Ayuda a no tomarse las cosas de forma personal por defecto y a hacer un ejercicio de comprensión y compasión cuando tratas con el resto de personas. Como digo, donde más fácil me ha resultado llevarlo a cabo y donde más beneficios me ha reportado ha sido en mi trabajo.

Un ejemplo es el chico del que hablaban mis alumnos. Cuando llegó al instituto, como he dicho, llamaba la atención de la peor manera posible (que es la más fácil): interrumpía las clases, molestaba de todas las maneras posible, exponía tesis controvertidas y provocadoras ... Algunos compañeros hablaban de él como un alumno que tenía como objetivo reventar sus clases. Yo supuse, como suelo hacer, que la motivación del comportamiento del alumno no era joderme a mí, sino satisfacer alguna necesidad. Sí, me dañaba a mí (y a algunos compañeros suyos): interrumpía las clases, las retrasaba, me llegó a faltar al respeto... Pero no creo que ese fuera el fin de su acción. ¿Qué necesitaba? Atención. Así que me esforcé mucho en darle esa atención sin necesidad de que la liase parda. Empecé a recompensar sus buenas prácticas con atención. Y su comportamiento fue cambiando.

Este alumno sigue necesitando atención, y no me extraña: sus circunstancias vitales y su historia son tremendas. Así que cuando el año pasado tenía que retrasar la clase para debatir con él sobre una noción física sobre la que yo no tengo ni idea (es decir, para que me la explicara), intentaba ser flexible, que esa necesidad se cubriera (sin afectar demasiado al desarrollo de las clases, porque no estaba él solo). Creo que es una forma de cuidado.

Mis alumnos actuales no lo entienden, como le pasa a mucha gente. Intenté hacérselo ver, al fin y al cabo educarles es mi trabajo. No sé qué grado de éxito alcanzaría...

Con frecuencia me he visto malinterpretada al actuar: mis intentos de satisfacer mis necesidades se han leído como intentos de hacer mal. Por ejemplo, si decidía no salir y quedarme en casa, la gente lo interpretaba como un desprecio. No entendían que yo necesitaba descansar, estar sola, lo que fuese. Me gustaría que eso pasase cada vez menos.

Por eso también me he animado a contarlo aquí. Por si, al menos en alguna situación, ayuda. Y recuerda: “Kindness is punk” (La amabilidad es punk).

PD: Este post ha sido escrito a toda prisa en 15 minutos libres que me han quedado en el recreo. Ten comprensión con los posibles fallos y erratas, porfis. :P


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Published on Jun 10, 2025

Puedo imaginar tu gesto modesto al leer el título (esto es, siempre y cuando te lo hayas tomado como algo personal y no como una frase genérica dirigida a nadie en concreto). He visto cómo reaccionan las mujeres a los cumplidos, especialmente si creen que van dirigidos a su apariencia: el ladeo de cabeza, la vergüenza, el sentir que no se merece el afirmar algo parecido a “no es para tanto”. Lo de siempre.

Pero eres preciosa. Es curioso cómo se ha convertido este adjetivo en algo banal, superficial y sin demasiado mérito. Decir a alguien que es preciosa (a los hombres no se les suele decir, en masculino se usa generalmente para cosas, ¡qué cosas, jeje!) es halagar su apariencia, se trata de un cumplido puramente estético. Pero no es ese su significado etimológico. Preciosa tendría un significado parecido a preciada, haría referencia a algo que es valioso. ¿Por qué en la mujer acabó teniendo un significado únicamente estético? Pues quién podrá saberlo, qué misterio más misteriante...

Así que, sí, eres preciosa. Independientemente de tu apariencia y de su ajuste a los cánones establecidos en esta porción del espacio-tiempo. Tu capacidad de esforzarte te hace preciosa. Tu amabilidad. Tu deseo de aprender y mejorar. Tu forma de frenar y reconocer tus derrotas (o empates) y la manera en que, a pesar de todo, sigues adelante (y seguir adelante puede ser, simple y llanamente, amanecer). Que nuestro ser preciosas, que entronca con nuestro valor sea algo reducido solo al plano estético sobre el que, en buena medida, no tenemos agencia (no escogí el color de mis ojos, ni la distancia entre sí, ni la amplitud de mi frente, ni mi metabolismo, ni mi altura ni...) me parece un insulto a nuestra inteligencia. Y nos hemos estado dejando insultar, amiga.

Así que a partir de ahora, cuando alguien te diga que eres preciosa responde, aunque sea al menos de forma interna: lo sé. Aunque lo sientas mentira. Lo mismo un día llega a sentirse más verdad.

PD: este post es para ti, pero también para mí. Mi cuerpo, por razones diversas, está decidiendo ocupar más espacio del que solía y esto me está generando malestar. No porque tenga nada de malo per se sino porque desde que tengo 6 años me han hecho ver que no ser delgada es un fracaso y que la delgadez está por encima de cualquier cosa, incluida la cacareada salud. Y del mismo modo que vivi mi encoger como un logro ahora vivo mi ensancharme, de forma inconsciente, como una derrota. Y quiero explicitar eso para vencerlo. ¿Cómo no van a ser grandes y poderosas estas piernas y estos glúteos que levantan 90 kilos? Tienen que serlo. Así que, independientemente de la talla, el volumen o la celulitis, soy preciosa como persona y mi cuerpo lo es porque me permite hacer cosas fantásticas como caminar, bailar, experimentar la vida y escribir estos textos. Ea.


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Published on Jun 30, 2025

Suelo decir que soy una persona rencorosa cuando lo que ocurre en realidad es que tengo buena memoria. No me olvido fácilmente de quién y cómo me hizo daño y eso, evidentemente, afecta a la confianza. Pero no suelo desear mal a la gente y, con frecuencia, si hay algo que se puede salvar en la historia que tuve con quien me hizo daño intento salvarlo porque en mi buena memoria también influye lo de ser una sentimental.

Así me van las cosas, claro. Cuando hace tres o cuatro días escribí a un ex con el que compartí una historia breve pero intensísima (y un tanto tormentosa) para preguntarle qué tal le había ido el curso (consciente de que estaría por irse de la ciudad definitivamente) estaba haciendo valer lo bueno de aquella historia, la parte que me gustaría contar a los nietos que no voy a tener para sacarles los colores dejando claro que su abuela era una señora de armas tomar. Le hablaba desde la certeza de que no pudo ser, y es bueno que no pudiera ser, que no éramos el uno para la otra y viceversa, pero que bueno, que lo que fuésemos o dejásemos de ser juntos no habla de lo que somos o dejamos de ser individualmente. Aunque bueno, podría matizar, porque al final de nuestra historia fue un absoluto cucaracho, pero bueno, no quise centrarme en eso.

¡Mal, Jodía, mal! Piensa mal y acertarás y todo eso, desgraciá, que no has aprendido nada de la vida. En fin, la cosa es que, después de intercambiar unos 7 mensajes de lo más civilizados hoy, dos días después del último mensaje, me encuentro esto:

Captura de conversación. Un interlocutor pide a otra que no se escriban más y la otra dice que preguntaría por qué, pero que no va a obtener respuesta. El otro interlocutor le dice que es el curso natural

«Te agradecería que no nos contactemos más», dice. Y espera más de un año desde su gran cagada para decírmelo. Casualmente, elige para hacerlo el momento en el que se va de mi ciudad para siempre. Una podría pensar que dejó la puerta abierta por si pudiera sacar algo de mí pero ahora, que ya no va a pasar, pues le es demasiada molestia que nos escribamos para felicitarnos el Año Nuevo y el cumpleaños, que es lo que ha pasado este año.

Evidentemente, no le voy a echar en falta: ya no era parte de mi vida. Pero me joden las ínfulas, esos aires de no sé exactamente qué. Y me jode un poco haber creado la situación para que me dé la patada, como queriendo quedar triunfante. Sé lo que buscaba: drama. Ese «si no tienes nada que objetar» no es gratuito. Esperaba que entrase al trapo, que me enzarzase con él de alguna manera para sentirse vivo, para sentir que todavía tiene algún peso en mi vida. As if.

Por eso no le he respondido más y he sido casi tan fría y descorazonada como él. Casi. Pero me habría gustado contestarle y ser cruel, como he aprendido a ser en los últimos tiempos (aunque no lo ponga en práctica porque no está en mi naturaleza). Decirle, por ejemplo, que es un hombre triste, como los del poema de Piedad Bonnett y que admiro su compromiso con tomar malas decisiones y apartar de su lado a cualquier buena persona. Podría haberle hecho mucho daño. Pero, como digo, no está en mi naturaleza clavar puñales en las grietas de otros. Sé que, en cuanto se me pase la rabia, volveré a encontrar consuelo en la misma idea que lo encontré hace año y pico y que se ha ido confirmando con el paso del tiempo. Jamás, en su triste y miserable vida, va a tener a su lado a nadie mejor que yo ni le van a ofrecer lo que yo le ofrecí. Y para que yo diga algo así mi convicción tiene que ser profunda: ya sabéis que no es que yo tenga un ego muy hinchado.

Bon vent i barca nova, persona a la que quise. Qué pena que no supieras qué hacer con todo lo hermoso que te di.


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