Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jun 23, 2026

... ni me levanto de la cama».

Eso fue lo que soltó un alumno en voz alta y en tono de cachondeo mientras les explicaba cómo iba la movida de los permios extraordinarios de bachillerato. Levanté la ceja derecha hasta el cielo al mismo tiempo que el alma se me caía a los pies. Pero claro, suerte para la mayor parte de mis alumnos, no saben lo que cuesta ganar 500 euros. No les hace falta. Tienen una familia que puede permitirse cubrir sus gastos, pagarles los libros, los estudios, incluso alguna universidad privada local si no entran a la carrera que quieren. No obstante, un 25% menos de desprecio en el comentario no habría estado mal. Pero bueno, son chavales y, además, privilegiados como para no ser conscientes de sus privilegios.

Hoy, en cambio, quien me ha hecho el comentario ha sido un adulto, un profesor. «Es que 500 euros a estos chavales no les solucionan nada». Os juro que le he mirado con desprecio, no lo he podido evitar. Y voy ya tan sin filtros que le he contado mi vida para ver si se le caía la cara de vergüenza: «¿Sabes cuántos libros se compran con 500 euros y, por ende, cuántas horas de seleccionar y fotocopiar en la biblioteca me habría ahorrado? ¿Sabes cuántos abonos de transporte se compran y, por tanto, cuántas horas de cruzarme la ciudad a pata me habría podido evitar? ¿Sabes cuántas horas de clases particulares hay que trabajar para ganar 500 euros? ¿Cuántas peonadas de vendimia? ¿Cuántas horas en la hostelería? ¿Qué porción del salario mínimo interprofesional supone?» Spoiler: no ha funcionado.

La mitad de los años que fui universitaria mi beca fue de unos 2500 euros. Con eso tenía que vivir 10 meses en Valencia. 500 euros ahí importan. La otra mitad, la beca se elevaba a algo más de 4000 euros. No mucho más. De ahí tenía que guardar, claro, para los años de 2500. Aun así, 500 euros son mucho.

A ver si va a ser que ya se ha abolido la pobreza y yo no me he enterado...


PD: Entiendo el cansancio y entiendo muchas cosas, paso con los chavales y chavalas muchas horas. Puedo aceptar que uno ya esté cansado y no tenga ganas. Que se haya esforzado mucho durante meses y quiera desconectar. Puedo entender muchísimas cosas. Pero otras no. Y este año se ve que es el año en el que me rodeo de gente (alumnado, compañeros de trabajo, compañeros de tribunal) que piensa que 500 euros no son nada y lo defiende sin sonrojo. Yo qué sé: el Ingreso Mínimo Vital mensual para 1 persona es de poco más de 730 euros. Tápense un poco, que se les ven los privilegios.


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Published on Jun 19, 2025

Con frecuencia he sentido que el mundo no me sentaba bien. O me quedaba grande o chico, pero el resultado de eso, al final, es el mismo: si el zapato no es de tu talla, sea por grande o por pequeño, te roza. Una se acostumbra a ciertos niveles de inadecuación, supongo, pero de vez en cuando, no sé si porque baja el nivel de tolerancia o aumenta el nivel de extrañeza, la cosa se hace más traumática. Y ahí ando últimamente.

Me doy cuenta de que paso mucho tiempo enfadada con el mundo, enrabietada, peleando de una manera u otra para, al menos, denunciar las cuestiones que considero problemáticas, si es que considero que no puedo hacer nada para cambiarlas, aunque sea en ese momento. Eso lo veo normal: el mundo es, en buena medida, un mojón. Tiene sus cosas buenas, sí, pero hay tantas cosas que están mal... El problema viene cuando levanto la vista y miro alrededor y nadie parece entender por qué me enfado tanto, por qué me empeño tanto. Y entonces viene la pregunta: ¿estaré loca? ¿De verdad seré una señora histérica y difícil que ve problemas donde no los hay? No es retórico. Os prometo que a veces lo dudo de verdad y me planteo que, más pronto o más tarde, mis excentricidades acabarán aislándome de todo el mundo.

Me pasa con los LLM (Large language model) y los LIM (Large image model), esto es, la llamada «Inteligencia artificial generativa» de lenguaje e imágenes respectivamente. A veces tengo la energía de dar la turra: la «IA» consume muchísimos recursos y, en general, la estamos usando para cuestiones absolutamente absurdas como generar un avatar tipo Pixar o evitar hacer una búsqueda en Internet (bueno, ya depediendo de dónde busques ni siquiera así te libras). A veces simplemente nos ponemos a «charlar» con la IA para pasar el rato. Cuando me siento en un espacio lo suficientemente seguro, con gente que me importa lo suficiente, doy el paso y la turra, como decía. Pues indefectiblemente recibo la mirada de «¿y esta tarada?». Y duele, porque suele venir de gente que me quiere. Esa mirada transmite que estoy intentando vaciar el mar con un cubito, que soy una persona naïf, en el mejor de los casos, y en el peor, que duermo con un gorrito de papel de aluminio puesto.

Me pasa también con el dichoso Ozempic y derivados, y con esto soy absurdamente radical: se está produciendo un atentado a la salud de las personas gordas similar al que se produjo con la oxicodona en Estados Unidos. Se está recetando un medicamento a personas sanas (repitan conmigo, hasta que llegue al fondo: la obesidad o el sobrepeso no son una enfermedad per se, aunque pueda ser un factor que influya en el desarrollo o aparición de ciertas enfermedades, por no hablar de cómo se definen) con gran cantidad de efectos secundarios nada desdeñables simplemente para que adelgacen. ¿Sirve la excusa de «tienes que adelgazar por salud» si lo que estás usando para adelgazar destroza tu salud? Pues bien, en esta colina he de morir y lo haré prácticamente sola porque la gordofobia es tanta que el medicamento ha aparecido como la nueva poción mágica. Hablo también, por supuesto, de la gordofobia interiorizada, porque resulta que el bodypositive es en muchas ocasiones un «no me queda otra» pero ahora que existe el pinchacito mágico es maravilloso. Y mirad, no niego el sufrimiento, entiendo profundamente cómo una persona gorda acabaría pinchándose el Ozempic de los cojones, pero eso no lo convierte en bueno. Ni a mí en gordófoba por denunciarlo.

Pues bien, de nuevo esa mirada. Como si estuviera diciendo que los chemtrails nojequé o que la tierra está hueca y hay una civilización viviendo en el núcleo.

Bueno, y no hablemos de cuando sale el tema del género y el feminismo. Ahí soy la loca absoluta. Por suerte, ahí me siento algo menos sola, pero escuece incluso más, porque son cosas tan flagrantes... Ayer una amiga me contaba que iban tres días de la semana y había tenido que intervenir en tres situaciones de acoso en espacios públicos (autobuses, supermercado) sin que nadie más hiciera nada (salvo una señora mayor). Y cuando haces algo encima te miran a ti como si fueses tú el problema, la loca que está montando un escándalo. De verdad os digo que se queman pocas cosas.

Y claro. Luego me escucho pensar. O me leo. O identifico lo que siento y qué lo provoca. Y pienso si no será verdad, si no estaré loca. Recuerdo que una amiga psicóloga dice que no adaptarse a un mundo tóxico es un signo de salud mental. Pero, ¿no se dirán eso todos los locos? ¿No será mi amiga imaginaria? ¿No estaré, y lo digo de forma lo más literal que la metáfora permite, perdiendo la cabeza y los estribos?

Es una pregunta retórica. Mejor no me contestes.


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Published on Mar 12, 2025

Hace no demasiado me quejaba en Mastodon del servicio de los autobuses urbanos de Córdoba, sobre todo de su frecuencia de paso. Salgo con una hora de antelación de mi casa todos los días, y hay días que llego al trabajo con 25 minutos de adelanto y otros que llego con 5 de retraso. Es demasiado, especialmente para una ciudad de las dimensiones de Córdoba, o eso creo.

Hoy, no obstante, los autobuses de Córdoba me han dado la que viene siendo la gran alegría del día y de la semana.

Acababa de subirme al segundo autobús que cojo después de esperarlo 16 minutos y viendo ya que iba a llegar tarde al trabajo así que, como puedes imaginar, iba todo lo encabronada que mis escasas fuerzas me permitían y también, por cosas, bastante triste. En la parada siguiente veo (porque con los cascos escuchar escucho poco) cómo el conductor gesticula a una mujer con uniforme de trabajo para que suba mientras ella hace gestos de que no, que da igual. Él insiste. Finalmente ella sube, sin fichar, y él arranca casi haciendo derrapar las ruedas, detrás del autobús 9. Entonces entiendo lo que ha pasado: la mujer había perdido el autobús por poco y el conductor se ha ofrecido a acercarla a la siguiente parada (que también estaba en su ruta). Al llegar a la siguiente parada, efectivamente, el conductor ha abierto las puertas rapidísimo para que la mujer, en un último sprint, llegase a coger el 9.

Y yo me he echado a llorar. Me conmueven muchísimo las muestras de amabilidad en un mundo tan inhumano, frío y gris como el que habitamos (o así me lo parece, puede que sea una cuestión de perspectiva) y, en el estado en el que me encuentro últimamente, me hace falta un soplo de viento para que me eche a llorar. Pero qué bonito ha sido, qué cálido ese gesto de un trabajador auxiliando a otra, aunque ella defendía que daba igual, que cogía el siguiente. Cómo de vista ha debido sentirse esa mujer. Cuánto me alegro por ella.


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Published on Aug 21, 2025

Esta noche he tenido un montón de pesadillas: una detrás de otra, sin parar, desde algo antes de las 4 de la madrugada. Lo peor de todo no han sido las pesadillas, sino mi mente entrando en modo centrifugado intenso tras cada una de ellas. Porque darle muchismas vueltas a las cosas is my passion.

Resulta que mis pesadillas eran perfectamente cotidianas y verosímiles. De hecho, se van a hacer reales más pronto o más tarde. En mis pesadillas no había fantasmas, vampiros, catástrofes naturales o sobrenaturales, no aparecía desnuda en el trabajo por un olvido... No. En mis pesadillas daban cita a mi padre para operarse y yo tenía que gestionar en el trabajo lo de irme al pueblo para echar una mano mientras mi madre se comportaba como ella se comporta, presionándome para gestionar sus mierdas y mi hermano me echaba en cara estar lejos y ser una mala hija, una mala hermana y una mala tía. Y yo, evidentemente, sobrepasada y queriendo desaparecer de la faz de la tierra. Si crees que estoy exagerando en lo de que se va a hacer realidad más pronto o más tarde: no. Porque ya ha sido realidad otras veces.

Pues mi mente en modo centrifugadora, aparte de intentar resolver un problema que aún no existe (porque mi padre no tiene fecha para la operación todavía) se ha puesto a contemplar la posibilidad de que toda mi inocencia haya sido sepultada por el peso del adulting. Porque, evidentemente, puesta a tener pesadillas, mejor demonios, dragones y vampiros que cosas que sabes que cualquier día se hacen realidad. Al menos con aquellas te queda el consuelo de, cuando despiertas, saber que estás a salvo.


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Published on Apr 23, 2025

Tengo un superpoder: si una persona pasa suficiente tiempo en mi presencia acabará contándome sus secretos más oscuros. Es especialmente efectivo para personas de los bordes, poco adaptadas, por decirlo suave. Digo que es un superpoder con cierta sorna amarga, pero lo cierto es que en mi trabajo, aunque me supone un esfuerzo emocional enorme, es un gran arma porque me permite hacer mucho bien.

Por ejemplo, ayer. Un alumno me contó que durante las vacaciones había quedado con un chico del instituto un par de veces y que habían decidido empezar a salir. El chaval le dijo que podían actuar con normalidad, ir juntos al instituto, verse en los recreos, visitarse entre clase y clase... En fin, esas cosas que la adolescencia primaveral exige. Resulta, sin embargo, que cuando han empezado las clases nada de eso ha aparecido, que él hace como que no le conoce y que cuando mi chico ha insistido, el otro ha hecho broma de él o se ha puesto agresivo. No es su relato: he visto las conversaciones (como he dicho, se me revelan todos los secretos).

Mi chico es encantador. Es desgarbado, alto y delgaducho, pero sus ojos son muy vivos. Tiene un sentido del humor muy cocky y vacilón, es trabajador e inteligente. Está muy comprometido políticamente, no solo con la causa LGTBIQ+ sino también con el movimiento obrero. Y está desarmariado y sin complejos (con lo que eso sigue costando hoy en día). Es un luchador y cualquier persona estaría bendecida por tenerle cerca. Yo lo estoy. Pero no obstante este otro estudiante ha decidido esconderlo en las sombras, guardarlo en un cajón, bajo bastantes trastos, para que nadie lo vea, pero lo suficientemente a mano, para cuando le apetezca.

La historia me ha llevado a mi adolescencia y a mis primeros besos de prueba. Los llamo así porque he decidido que no contaron. Mi primer beso de verdad, no de prueba, fue a los 16. Es el primer beso que me dio alguien a quien gustaba sin peros, que no se avergonzaba de besarme en público ni de ir de mi mano a ningún sitio. Los que hubo antes de ese, y fueron unos cuantos, no cumplían ese requisito. Mi primer beso me lo dio a los 14 un compañero de colegio bajo las escaleras del polideportivo del pueblo, mientras intentaba meterme mano. Yo sentía que aquello no estaba bien, no era lo que yo quería: no se parecía en nada a los primeros besos idílicos de las películas y las novelas. Intenté zafarme torpemente pero aquello paró cuando él quiso. Se apartó de mí sin decir nada y su despedida fue: «Si dices algo de esto a alguien, te mato».

Mi segundo beso fue, en apariencia, algo mejor: estaba segura de que a aquel chaval le gustaba: no estaba enamorado de mí, no le interesaba como persona, pero, al menos, le gustaba mi cuerpo, deseaba hacer cosas con él. Sí, ya sé que esto es una mierda como aspiración, pero es que yo pensaba que lo máximo a lo que podía aspirar era a ser deseable, ese era el mensaje que me mandaba todo el mundo. Nos vimos unas cuantas veces a escondidas y, aunque un par de amigos suyos lo sabían, nunca nadie nos vio juntos en público. Bueno, lo normal, la vergüenza. En fin. Hasta que me enteré de que, cuando uno de esos amigos se rió de él por estar de rollo con una gorda, él me humilló en público de todas las maneras que se le ocurrierón y se preocupó de dejar claro que todo había sido un juego, que él se estaba riendo de mí. No obstante, volvió a mí, como si no pasara nada. De algún lado, no sé de dónde, saqué el coraje para decirle que no quería volver a verlo. No es que esto tenga mucho que ver con la historia, pero a ver si os pensáis que él era un chaval guapísimo, encantador y carismático. Nada más lejos de la realidad. Pero, de alguna manera, era yo la que tenía que ser escondida. Qué cosas.

Me han escondido infinidad de veces. Unas con crudeza, sin preocuparse en suavizar la situación. Otras sirviéndose, para aumentar el daño, de mentiras y falsas promesas. Todas y cada una de ellas han dejado heridas que me ha costado mucho, muchísimo (años y años) cerrar. Las cicatrices quedan: como dijo Piedad Bonnett, son «la forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas». Y como defiendo yo misma, en prosa y en verso, la memoria es nuestra mejor defensa.

Como puedes imaginar, la historia me ha triggereado bastante. A mí ya se me escondió por mí, por mi niño y por todas mis compañeras, así que con mi muchacho de eso nada, mi ciela. El sermón motivacional y empoderante que le he echado a mi criatura deja al de Braveheart por los suelos (es el primero que se me ha venido a la cabeza). Mientras yo le iba dando argumentos y poniéndole ante los ojos verdades incómodas pero necesarias, sus ojos se iban encendiendo, como si realmente se estuviese creyendo que no merece vivir en las sombras solo porque haya quien no soporta la luz. Espero que así haya sido realmente.

Quien no esté listo para nuestro brillo puede apartarse, pero que ni se le ocurra apagarnos. Yo he aprendido a convertir la luz en fuego y estoy dispuesta a enseñar cómo se hace a quien haga falta.


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Published on Nov 17, 2025

Cuando empecé la terapia, después de hacer pum-cata-pum una de las cosas que le pedí a mi terapeuta fue estrategias para hacer que la violencia que padezco (ya sea dirigida a mí directamente, a mí como símbolo o a otros) me doliese menos porque no puedo pelear todas las batallas, no tengo energía, pero tampoco soy capaz de aguantar la cantidad de daño que el mundo me hace a veces.

Y ahí estoy, aprendiendo a respirar hondo de forma casi automática cuando duele. Diciéndome cosas para reconfortarme de forma muy tierna y muy lenta. Intentando reprogramar mi intensidad para no herirme a mí misma.

Y me da pena. Me da pena porque si algo sobra en el mundo es gente a la que no le importa. Pero yo ya no podía más. En mi dilema entre prenderle fuego a un mundo que no me permite ser como soy y limarme las aristas, ahora estoy limándome las aristas. Lo siento a veces como una traición, no te voy a mentir.

Hoy, por ejemplo, llevo todo el día desensibilizándome ante una situación que me ha parecido injusta, repitiéndome que lo que ha dicho un compañero sobre un alumno neurodivergente le describe a él, que enfrentarme a él y confrontarlo me habría dejado hecha polvo y no habría supuesto ningún triunfo, que mi energía está mejor puesta en atender a dicho alumno con todo el cariño, comprensión y compasión que sea capaz de reunir. Y más o menos está funcionando. No me estoy emputeciendo salvajemente. No se me acelera el pulso. Puedo seguir con mi vida y, cuando el pensamiento se me presenta, lo abordo y no se convierte en rumia. Y, de alguna manera, eso me disgusta. Porque en la misma situación, si al menos estuviese sufriendo, pataleando y rabiando sentiría que la injusticia no me es ajena, que no ha pasado por mí inadvertida. Supongo que algo de la cultura del sufrimiento católica y patriarcal hay en esto, porque eso no solucionaría nada tampoco y acabaría drenándome también.

Total, que a pesar de todo, a pesar de que consigo manejar la ansiedad, a pesar de que respiro, a pesar de que relativizo... No está siendo un buen día. Pero eso también es parte del trabajo que el terapeuta me encargó (supongo que en parte me ha calado con cierta precisión): no desmoronarnos cuando la vida nos supere, no rendirnos ante los malos días, no catastrofizar cuando mi ánimo empeore. Aquí estoy, intentándolo.

E intentando no ceder al miedo de que sobrevivir me suponga renunciar a parte de lo que soy.


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Published on Dec 1, 2025

#Antes de leer, para pensar un poco...

¿Qué has cambiado de ti misma[^femenino] para sentirte digna de amor?

¿Qué cualidades de ti misma crees que merecen ser amadas? ¿Serías la misma sin las otras, las que consideras menos dignas de amor?

¿Qué cambiarías de la persona que amas?

Y ahora, el poema:

Me basta así, de Ángel González

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

—de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso—;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.)

[^femenino]: femenino genérico.


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Published on Apr 13, 2026

Este año la editorial que publica mi libro no me ha llamado para acudir a la Feria del Libro de Madrid, como los tres anteriores. A decir verdad, yo no tenía muy claro lo de querer ir: el año pasado me salió por un pico y, como autista, ese rato de parecer normal y sentirme expuesta se me hace bola, por mucho que el balance siempre haya sido positivo. Pero aun así, me jode.

Y a ver, no puedo decir que me pille por sorpresa, sino que no lo había pensado: solo con ver las ventas del libro el pasado año, lo que he cobrado por esas ventas, una tiene que hacerse a la idea de que está ya amortizada. Y no me extraña. No me promociono en absoluto. Ni siquiera he tenido una presentación: esperé y esperé hasta ver si la editorial decía algo y nada, supongo que por eso de ser de provincias, en parte. Pero que yo también podría haber tenido algo de nervio, algo de iniciativa. Yo qué sé. Pero... En fin, no voy a justificarme, aunque podría.

Tampoco se me da bien dar la turra con mi libro. Me gusta que la gente me lea, conectar con otros a través de lo que escribo, pero no meterle a la gente mis versos por los ojos a presión. Yo no valgo para teletienda. Menos mal que me gano la vida sin necesidad de hacerme promo, porque si no me moría de hambre.

Y luego, lo poco que hago, tampoco lo muestro, porque no sé darme bombo. La semana pasada estuve dando una charla sobre mis poemas en un instituto. Esta semana voy a otro. La siguiente, a otro. Pero no voy a hacer promoción de mi libro: voy a hablar con adolescentes de poesía, de escritura, de emociones... Voy a resolver sus dudas y a que vean que la gente que escribe es... gente. A veces, al menos.

No estoy en camarillas poéticas ni en círculos culturetas, nunca me he sentido cómoda en esos lugares, no he sabido desenvolverme en ellos. Lo mío ha sido, como decía el Cyrano de Rostand, «llegar más bajo, pero sola, siempre sola». Una diría que no me meto en saraos y agrupaciones porque no me da la gana: en mi ciudad hay un movimiento poético bastante fértil, pero los pocos acercamientos que he tenido con él me han llevado a replegarme y no querer acercarme nunca, nunca, nunca más.

Así que, si lo esperaba, si es culpa mía, si no he hecho nada para evitarlo, ¿por qué me hace sentir tan descorazonada este final?


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Published on Dec 9, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Qué es lo que más miedo te da/daría de criar a un hijo?

¿Qué cosas podríamos hacer mejor respecto de la infancia?

¿Qué crees que le diría la niña que fuiste a la persona que eres hoy? ¿Y tú a ella?[^femenino]

Y ahora, leamos el poema:

Un niño, un sueño de Ida Vitale

Un niño es un campo minado

de hermosos imprevistos.

Si pudiera evitarse, ay

el desvío

hacia el hombre derrumbe y lo sabido

apartar el guijarro

que va a obturar la fuente

de la gracia posible, su derecho

[^femenino]: Femenino genérico.


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Published on Sep 6, 2025

La gente no me toma en serio. No sé si es porque soy mujer, aunque algo de eso habrá (probablemente mucho). Lo de que es porque soy joven empiezo a descartarlo, porque aunque me muevo en ambientes en los que la gente suele ser mayor que yo, creo que ya tengo una edad como para que empiecen a darme crédito, digo yo. No sé si es por mis taras y rarezas. No lo sé. La cosa es que la gente no me toma en serio, tiende a infravalorarme. Y eso es una mierda.

Sería una mierda tolerable si una demostrase lo que vale una vez y ya está, hasta ahí. Pero no, no es así. Actualmente estoy cambiando de puesto de trabajo y cada día salgo de la oficina arrastrando el cuerpo como si le hubiese puesto un cascabel a una hidra. Me agota, física y mentalmente, existir en ese espacio en el que tengo que dejar claro que soy una buena profesional, a pesar de ser la más joven, a pesar de ser una mujer, a pesar de no tener un doctorado y a pesar de que los señores muertos que pensaron hace mucho me importen regulinchi.

El viernes pasado tuve escuchar que me decían a la cara que la metodología que utilizamos el curso pasado mi compañero y yo para preparar a los alumnos para selectividad no tenía lógica. Que los resultados de mis alumnos digan lo contrario importa más bien poco: soy una muchachita joven (con apenas diez años de experiencia, qué es eso), con la cabeza llena de pájaros e ideas peregrinas. Mi propuesta no fue tenida en cuenta ni levemente. Ni siquiera se consideró hacer menos exámenes porque bueno, ya se sabe que cuanto más exámenes se hace más se aprende, supongo. (emoji de cara de payaso aquí)

Evidentemente, aunque me hizo dudar, y mucho, voy a intentar repetir mi metodología del año pasado. ¿Con más exámenes? Pues con más exámenes. Pero creo que funciona y que tiene sentido, y me parece que está dentro de mi autonomía hacerlo. Tendré que proponerlo la semana que viene. Con suerte me dejarán hacer y condederán mirándome con condescendencia.

Pero funcionará: sé que funcionará. Acabará el curso y habrá funcionado. ¿Será suficiente entonces? ¿Mis propuestas seguirán siendo cosas de moderna con el seso sorbido por las nuevas corrientes pedagógicas? ¿En qué momento se me empezará a tener en cuenta si digo que dictar apuntes es un atentado contra la atención a la diversidad? ¿O si digo que la educación emocional no tiene nada que ver con dar abracitos y besitos?

¿En qué momento podré dejar dedicar buena parte de mi energía a afirmarme y dejar claro que estoy sobradamente capacitada para hacer el trabajo por el que me pagan para poder volver a dedicarla a hacer ese trabajo?

Llevo una semana de curso, no han empezado las clases y ya estoy: agotada. Que alguien, por favor, me retire. Prometo ser una compañía encantadora. Como puede verse, estoy acostumbradísima a actuar.


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