Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Mar 23, 2026

o El diario de Noah, versión folklórica.

El sábado pasado escuché por primera vez el nuevo disco de Rodrigo Cuevas, Manual de Belleza. Empecé como lo hago con muchas cosas, dando un bocado al azar, por enmedio. La canción elegida, ésa en la que cayó mi atención y mi dedo índice, fue «Sácame a bailar». Pensaba que era una versión de otra de Collado que tiene el mismo título. Pero no. Cuando le di a reproducir empezó a sonar mi nuevo pasodoble favorito.

Me eché a llorar antes de entender qué estaba escuchando, tal es el poderío y la fuerza de la música. Pero es que la letra habla de una anciana que le pide a su pareja que la saque a bailar un pasodoble, que eso es lo único que la hace recordar (se intuye que la mujer ha perdido la memoria en cierta medida). Y bueno, por ahí transcurre la historia hasta llegar a la última estrofa, cantada a dúo por Rodrigo Cuevas y Ana Belén como en un susurro, sonando algo más la voz de esta, de la que no os digo nada porque es que te acaba de destruir si no estabas destruida de antes.

La canción me transportó de golpe y porrazo a las noches de verbena en mi pueblo. Fuese cual fuese la ocasión siempre había unas cuantas personas bien mayores que, con dificultad, llegaban siguiendo la música a donde quiera que estuviese la fuente de esta. Algunos llegaban solos y una podía leerles la añoranza en los ojos: de volver a bailar, de la pareja con la que hacerlo era fácil. Otros, afortunados, llegaban en pareja y, al sonar el primer pasodoble (siempre era un pasodoble), se levantaban del asiento que hubiesen encontrado y caminaban a la pista con lentitud y torpeza, la misma lentitud y torpeza con la que empezaban a bailar, desfasados del 4/4 de la música. Pero entonces, a medida que iban entrando en materia, a medida que se acercaba el primer estribillo, tal vez porque sus cuerpos iban recordando que aún estaban vivos, tal vez porque lograban acceder a la energía que guardaban para las grandes ocasiones, tal vez porque se sabían apoyados por su partenaire, sus pasos se iban haciendo más veloces, más enérgicos, más solemnes y gráciles. Y entonces la sonrisa, contando mil y un secretos compartidos sin palabras.

Lo recuerdo y me emociono. Y me pasa cada vez.

Un día, si las fuerzas y la suerte me acompañan, yo también me haré vieja. ¿Con qué rejuveneceré yo? ¿Con qué me volverán las fuerzas? Porque ahora mismo, si puedo pedir un deseo, me gustaría que fuese con este pasodoble. ¿Quién me saca a bailar?


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Published on Oct 2, 2025

Anoche tuve una pequeña crisis existencial. Hablo en pasado como si, en efecto, se me hubiera pasado, pero de eso nada. Al final lo que ocurre es que una se acostumbra a seguir adelante cargando con la desazón y punto, como si en eso consistiera crecer.

Anoche me preguntaba qué sentido tiene nada de lo que hago, en especial, mi trabajo. Teóricamente tengo que educar a mis alumnos en derechos humanos, tengo que animarles a que sean ciudadanos con capacidad crítica y sensibilidad ante las injusticias. Pero de qué sirve, si los que intentan hacer el bien son sistemáticamente pisoteados y los que hacen el mal se salen con la suya sin demasiado problema. De qué sirve lo que yo diga en una, dos o tres horas de clase, o incluso lo que yo sea o demuestre, si el mensaje que a ellos les llega es que lo normal es otra cosa, lo inteligente (entendido como lo beneficioso, lo que provoca menos problemas) es otra cosa y, por tanto, yo, en el mejor de los casos soy una idealista fantasiosa y, en el peor, una estúpida[^estúpida].

Cuando estoy lúcida pienso que todo acto de bondad tiene sentido, aunque sea simplemente como forma de resistencia. Que todo acto de amabilidad tiene sentido aunque nadie se lo vea. Que en los tiempos en los que lo normal es aceptar la podredumbre y la enfermedad, los locos deberíamos estar orgullosos de esa etiqueta. Pero anoche, y ahora, no está siendo un momento de especial lucidez. De hecho, esas circunstancias que, normalmente, me mandarían el mensaje de «haces falta aquí», ahora solo me hacen pensar que de qué sirve.

No me gusta mucho hablar de mi trabajo, ya me consume más tiempo y energía del que me gustaría, pero si alguno de vosotros o alguna de vosotras tiene alguna palabra de ánimo o similar, la agradeceré. Me quedan muchos años de profesión y nadie me paga por ninguno de mis otros talentos.

[^estúpida]: De los que creen que soy una esbirra del perrosanxe o una heralda del «feminazismo» mejor no entramos a hablar.


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Published on Aug 26, 2025

El otro día bromeaba en mastodon con mi dismorfia corporal y decía que había encontrado el secreto para no encontrarme a la cosa del pantano cuando me miraba a un espejo: hacerlo sin gafas. Y bueno, es broma pero no es broma. No estoy tan cegata, cuando me quito las gafas me veo, pero no me veo deformada, no me veo gigante, no me veo atroz. Un usuario vio que no todo era broma en mi broma y añadió otro secreto: mirarse en superficies que no fuesen espejos. Y es verdad: por ejemplo en un escaparate o en estos vidrios semitintados que ocultan parcialmente el interior de una tienda o establecimiento. Ahí también me veo de forma más ajustada a lo que debo ser en realidad. Es curioso, ¿verdad?

Pero no venía yo a hablar de eso. Venía a decir que alguien me siguió la broma y me sugirió que el siguiente paso sería mirarme en braille. Y yo, que no sé tomarme las cosas a broma en realidad, le dije que mejor me iría: mi piel es suavísima. Nos reímos, todo bien. Pero me quedé pensando en la idea de mirarse en braille. ¿Por qué no? Si mis ojos han demostrado ser tan pobres testigos de mí misma, ¿por qué no confiar en mis manos? Así que, aprovechando el tiempo libre del que aún dispongo, me puse a ello.

Empecé por el principio: los pies que me sostienen. Son grandes y, debido a que mis cuidados con ellos no son del todo consistentes (tal vez si pasase menos tiempo mirándome y denostándome...) tienen partes que son algo más asperas que otras. Pero, en general, encuentro en ellos una mezcla muy satisfactoria de suavidad y fuerza. No puede ser menos, si tienen que mantenerme en pie a mí, con lo predispuesta que estoy a los abismos...

En las piernas me demoré un buen rato. Mis piernas son rotundas, grandes. Su apariencia es de dos columnas fofas pero cuando una las acaricia... la cosa cambia. Sí, lo primero que se nota es la suavidad de la piel en todos los rincones y, si una se pone atrevida, la deliciosa sensibilidad en las partes donde la piel es más fina y está menos expuesta: las corvas, las ingles, la cara interior de los muslos. Al t acto, mis piernas parecen maravillosas. Mis dedos no detectan las arañas vasculares, las estrías ni las cicatrices. Ni siquiera alguno de esos vellos sueltos que mis ojos, a pesar de su miopía, ven siempre. Así, tumbadas sobre la cama, mis piernas son sobre todo tiernas, pero cuando hago el ejercicio de flexionarlas y apretar noto unos gemelos poderosos. Así que me levanto y me pongo de puntillas para sentir cómo mis músculos se tensan y luego hago el movimiento contrario y hago una sentadilla sostenida. Noto como mis muslos se tensan, fuertes, muy fuertes bajo la capa de grasa. Recuerdo cómo se sienten cuando empiezo a levantar la barra bien llena de discos, cómo consiguen despegar 92 kilos y medio del suelo. Sonrío y la euforia me invade. Así que me tumbo en el suelo y hago un puente de glúteos. Sí, siento la fuerza, la tensión. Sostengo el puente sobre una pierna. Luego sobre la otra. Sonrío. Me tiendo completamente en el suelo con los brazos extendidos, manteniendo la sonrisa. Qué suerte de cuerpo. Qué maravilla es examinarlo al tacto.

Reanudo el examen, no quiero parar por nada del mundo. Vuelvo a elevar el culo del suelo y planto mis manos sobre él. De nuevo, esa combinación de ternura y dureza, empiezo a pensar que eso es lo que me define. Relajo un poco y vuelvo a tensar, y siento cómo mis gúteos se elevan en un respingo. Me hace mucha gracia, así que lo repito muchas veces hasta que empiezo a cansarme y me dejo caer con un suspiro sobre el suelo de nuevo.

Extiendo las piernas y pongo las manos sobre mi vientre. Aquí la blandura es mayor, pero también vuelve esa suavidad extrema, quizá aún más que en las piernas. Acaricio la piel de mi estómago, bajo hasta el pubis, rodeo el ombligo con el dedo índice, trazo surcos con las cuatro yemas de mis dedos desde el ombligo al exterior y me detengo en las curvas de mi cintura. Cómo me encanta esa curva... Qué suave es, qué deliciosamente cóncava. Me deslizo hasta desenvocar en el opuesto que son mis caderas, contundentes y carnosas. Las aprieto fuerte y se me escapa un suspiro bastante intenso. El cuerpo tiene memoria y se ve que la del mío es muy buena.

Decido continuar el viaje: cruzo mis brazos y acaricio cada uno con la mano del contrario, muy lentamente, hasta llegar a los lados del cuello. Me gusta, así que lo repito varias veces hasta que, casi con voluntad propia, mis palmas bajan por mi escote hasta mis pechos. Primero recorro su contorno con las yemas de los dedos, muy suavemente, y ellos reaccionan también tensándose, y después los cojo con ambas manos y noto lo amables que son, lo agradable que debe ser reposar en un pecho como el mío. Un suspiro. Eso me recuerda que respiro, así que pongo mis manos justo bajo las costillas y respiro hondo varias veces. A estas alturas del ejercicio la sonrisa ya no se me va.

Decido empezar por ahí: mis mejillas, llenas y elevadas por la sonrisa. Mis labios, carnosos y suaves, aunque no demasiado, lo suficiente para ser muy agradables al tacto. Me beso las yemas de los dedos y me río al pensar que alguien me viese en estas. Pero no hay nadie, estoy sola conmigo misma, qué suerte. Subo hacia mi nariz y la recorro con un dedo en perpendicular, trazando su perfil. Es una buena nariz, está recta, no es demasiado prominente, tampoco irrelevante. Me gusta. Acaricio con las yemas de los dedos las puntas de mis pestañas. También ganan al tacto: son largas y abundantes, pero claras, por lo que a simple vista no luzcan tanto como cuando una las acaricia. La piel de mis párpados también es de una suavidad inusitada. Me deslizo hacia mis orejas y recorro con el dedo índice sus recovecos. Sigo subiendo y poso ambas manos sobre mi frente. Masajeo suavemente las sienes con los pulgares. Me siento fenomenal.

Finalmente me suelto el pelo y lo acaricio. Hoy he estado en la piscina, así que en lugar de estar rizado, al haberlo cepillado y recogido tiene una parte lisa que está muy, muy suave. Está larguísimo. Pienso que, tal vez, debería pensar en cortarlo. Pero me detengo en su suavidad. Cojo un mechón y me paso las puntas por las mejillas y la nariz. Sigo sonriendo. Así que decido que, como sigo teniendo tiempo, ¿por qué no seguir mirándome en braille un rato más y de manera un poco menos sistemática?

(Sonrisa pícara de la protagonista, fundido a negro)

Diría que el ejercicio ha sido todo un éxito: siguiente paso, aprender a bailar en braille. Y tú, ¿te animas a probar a mirarte en braille?


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Published on Aug 3, 2025

El otro día así, de la nada, me dieron ganas de hacer puto yoga. Todos mis respetos a la gente que disfruta del yoga, pero yo lo detesto: me pone de muy mala leche, me frustra, me ennerva. Pero el otro día, por lo que sea, el cuerpo me pedía hacer una sesión de yoga (o lo que sea que performa la señora Xuan Lan). Me sentó bien a pesar de pasarme lo de siempre, que acabé de los nervios, frustrada, sintiéndome una mezcla de patata y alcayata sudada y torpe. Supongo que porque hice lo que me pedía el cuerpo.

No ha sido hasta hace poco, un mes después prácticamente de dejar de trabajar (porque dejar de trabajar y empezar las vacaciones son cosas bien distintas), que he empezado a escuchar mi cuerpo. Porque ese es un mandato que nos recordamos mucho: “Escucha a tu cuerpo o acabará gritando”, “Haz lo que te pida el cuerpo”, “Si tu cuerpo te pide parar, tienes que parar o lo hará por la fuerza”. En fin, esas cosas bienintencionadas que nos decimos las amigas. Y es verdad. Pero, ¿tú de verdad escuchas a tu cuerpo?

Porque yo, generalmente, no. No sé si es una cosa mía, relacionada con mi caprichosa propriocepción, o si es una cosa sistémica. Puede que no tenga que elegir y sea un poco de cada. Sea como sea, durante la mayor parte del año estoy en una inercia de aceleración y rutinas apretadas que mi cuerpo no tiene tiempo ni espacio para decir ni mú. Tal vez pienses: “Bueno, basta con hacer ese tiempo, con buscar ese espacio, entonces probablemente sepas lo que necesitas”. Je. Ojalá.

La mayor parte del tiempo de mi vida, cuando escucho a mi cuerpo, lo que quiere es parar de forma más o menos permanente. A veces siento que quiero dormir 12 horas seguidas, otras una semana, otras para siempre. A veces, con demasiada frecuencia, desearía que un adulto responsable se hiciera cargo de mi vida mientras yo me tumbo en el sofá a mirar el techo. La cosa es que durante la mayor parte de mi tiempo estoy tan cansada que mi carne no tiene energía ni para desear. Así que no es solo que no escuche lo que dice: es que no tiene mucho que decir.

Es atroz vivir así, ¿no? Ya, ya sé: champagne problems. Otros viven asediados bajo bombas, o habitan en una hambruna inducida, y se mueren. Por desgracia los dolores no se anulan. Y todo eso no hace menos atroz que mi vida (y supongo que no solo la mía) consista, básicamente, en estar cansada, en avanzar en piloto automático, en seguir pedaleando por inercia porque, si paras, te vas al suelo.

Me ha quedado un post muy triste y, aun así, el fondo es positivo: aún me queda algo de verano para que mi cuerpo tenga las energías de pedir cosas y yo tenga el tiempo de dárselas. Aunque lo que me pida sea hacer puto yoga. Ains.

Lo del día que el cuerpo me pidió hacer yoga aunque lo odio, o como la pandemia me pedía moverme... en comparación a cuando estoy tan hasta el coño que el cuerpo no me pide nada. La dificultad de escuchar al cuerpo cuando se nos imponen unos ritmos insoportables.


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Published on Nov 28, 2025

Le he echado de menos. Esta semana ha sido dura, no solo por eso, pero sí en parte: me he acostumbrado a compartir, al menos, el final de mi día con él, a contarle cómo ha ido, lo bueno, lo malo, lo nuevo y lo que se repite, y no poder hacerlo me ha pesado como una losa. Lo mismo que no poder abrazarle por la noche, que no poder sentir su calor a mi lado.

El viernes por la noche se planteaba, desde la semana, como una especie de oasis: volveremos a estar juntos, volveremos a nuestra rutina. Y ahora, que ya ha llegado, mientras espero a que salga de la ducha, pienso en cómo se ha convertido en una de mis personas, alguien que no quiero que salga de mi vida, alguien a quien yo, que odio hablar por teléfono, quiero llamar cuando me pasa algo bueno para contárselo y contagiarle mi alegría.

Qué suerte tengo de haberle encontrado.


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Published on Jan 13, 2025

El otro día una amiga trajo al grupo de Telegram unos mensajes de una red social que no frecuento. En ellos una madre instaba a los padres a no llevar a los niños de muy pequeños a Disneyland porque no iban a recordarlo. A estos, otra madre respondía diciendo que mejor no llevarlos en absoluto, invertir el dinero y, cuando tengan la edad de conducir, con los beneficios que haya dado, regalarles un coche. Mantenía algo así como que la experiencia Disney no es rentable. O, al menos, que es mucho menos rentable que un coche.

Me parecen argumentos bastante estúpidos, la verdad. Y me entristecen, porque veo con desazón como la idea de la rentabilidad se lo está comiendo todo. A mí misma, no me excluyo.

Todo lo que hacemos tiene que tener una contraprestación de algún tipo que va más allá del goce que obtenemos de la misma. Tiene que contribuir a un bonito feed de Instagram, o perfeccionarnos como personas, o proporcionarnos algún aprendizaje. Tiene que enriquecernos (en el sentido que sea), abrirnos puertas o constituir los cimientos de algo postrero. Hemos llegado a un punto en el que parece que el goce tiene que compensar. Como si gozar, disfrutar, en este mundo cada vez más inhóspito fuese poca cosa.

Hoy vuelven a preguntarme por qué no monetizo más. Por qué no busco la manera de hacer rentable lo que hago. Y la respuesta es clara: porque me haría menos feliz. Porque sería absolutamente dichosa si pudiese dedicar la mayor parte de mi tiempo a hacer cosas inútiles sin ninguna rentabilidad.

Así que mi deseo de hoy es este: que tu goce, o al menos parte del mismo, sea lo suficientemente intenso como para que no necesites que sea rentable. Que los destellos de felicidad vuelvan a ser suficiente.


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Published on Apr 8, 2025

Me conozco. Ya sé que tengo mis rachas. Me conozco en las buenas, en las malas y en las peores. Tengo asumido que mi supervivencia y funcionalidad requiere de un montón de protocolos, rituales y atención a señales. Ya no me importa, si consigue mantenerme en marcha y con vida.

Por ejemplo, para los momentos verdaderamente oscuros tengo mi protocolo de prevención del suicidio que consiste, básicamente, en decir a gente muy cercana que empiezo a tener ideaciones suicidas, ganas de morirme o que fantaseo con que me pasa algo malo, incapacitante al menos. Acto seguido les pido que, por favor, al menos un par de veces a la semana o tres me escriban y me pregunten qué tal van las ganas de morirme. Así, tal cual. Esa pregunta honesta y desenfadada me da pie a decir la verdad y a pedir ayuda si lo necesito verdaderamente. O, al menos, a pedir ánimos para pedir la ayuda: muchas de estas personas están bien lejos físicamente de mí.

En los últimos tiempos he estado bastante pocha. Una depresión está intentando comerme por los pies con la inestimable colaboración del capitalismo y otras bolas de malabares, lo típico. Muchos de mis días me siento absolutamente desesperanzada y desconsolada y sé que de ahí al protocolo de prevención del suicidio hay poquito. Es como si no hubiera nada en el mundo en donde encontrar esperanza o belleza y que fuese capaz de reconfortarme. ¡Ya ves! Cuando precisamente ese es uno de mis talentos cuando no estoy así. De hecho, creo que es el talento que hace que no esté así a menudo. Pero ahora mismo, como otras cosas que me hacen feliz de mí misma, parece estar fuera de servicio.

Así que, habida cuenta de mi dependencia de los protocolos, se me ha ocurrido diseñar uno que consiste en nombrar un responsable (#ingeñero) de proporcionarme felicidad reciclada. Le he pedido que haga una lista de momentos en los que hemos sido felices y, además, que incluya algunas vivencias que han hecho que se avive mi esperanza aunque sea un poquito. La verdad es que se está tomando su nuevo cometido muy en serio, como todo aquello con lo que se compromete.

Hoy estaba tirada en un banco, al volver del trabajo, con él, porque hemos conseguido coincidir unos minutos.

—Estoy teniendo pensamientos feos —le he dicho.

—¿Cómo de feos? —contestó.

—Bastante. Como 7 de 10.

—¿Como el culo de un babuino?

Yo me he reído aunque no tuviese ganas, porque es muy payaso.

—Sí, más o menos. El culo de los babuinos es bastante feo pero el color sería bonito si no estuviese pegado al culo de un babuino.

—Eso —me ha dicho sonriendo—. Y... Los pensamientos... ¿Son peligrosos?

—No. Todavía no —he reconocido, con los ojos inundados.

—Vale. Recuerda que la semana pasada dos alumnos te ofrecieron sus paraguas porque tú te habías olvidado el tuyo, dispuestos a mojarse ellos para que tú no te mojases.

Y rompo a llorar. Por todo. Porque es verdad. Porque fueron muy amables. Porque eso debería hacerme sentir mejor. Porque en otro momento eso me llenaría de esperanza y ahora... Ahora son solo clavos al rojo a los que me agarro para no perderme. Pero hago el esfuerzo de, aunque no sienta nada, recordarlo, al menos racionalmente. Para no olvidar que he sido feliz antes (y volveré a serlo) y que en el mundo sigue habiendo razones para seguir viva.

Seguiré intentando hacerme trampas y esperando que, en algún momento, funcione. Como dijo aquella sabia, es mejor eso que morirse...


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Published on Sep 9, 2025

... lo que quiero decir es que no quiero tener que trabajar para vivir.

Es así de llano. Porque realmente no hay un ápice de ostentación en mis sueños: no quiero una casa más grande (aunque un apartamentito en la costa sí me encantaría), no quiero tener ropa cara, o joyas, o zapatos de marca. No quiero cambiar la decoración ni hacer grandes viajes. Ni siquiera pienso, cuando digo que quiero ser rica, en tener trabajadores que me ayuden con las tareas del hogar, y mira que se me hacen bola y me siento inadecuada con ellas. No. Cuando digo que quiero ser rica en lo que pienso es en gestionar mi tiempo, en poder echar una tarde entera leyendo sin que pase nada ni se me trastoque ningún precario equilibrio espaciotemporal. En poder acostarme y levantarme a la hora que me lo pida el cuerpo. En definitiva, a vivir como suelo hacelo cuando estoy de vacaciones: sin reloj y sin prisa.

No necesito lujos, pero es que tampoco los quiero. Mi relación con el lujo es, en general, de aversión. Me recuerdo paseando por Versalles y pensando en qué horror, qué ostentación, qué excesivo todo. Lo mismo me pasó con la Place Vendôme y la Rue de la Paix, famosas por sus boutiques y joyerías y por los cochazos de gente rica de verdad, no como yo fantaseo, que para allí a comprar. Cuando fuimos a París pasamos por allí y yo, la verdad unimpressed. Al volver me recuerdo hablando con la madre de #ingeñero que refería esas zonas de la ciudad con fascinación y admiración. Pues a mí en el mejor de los casos me dan rabia y en el peor me hacen sentir inadecuada, insignificante, sobrante.

Soy sensible a la belleza: me encantan y me subyugan las cosas bonitas. Pero con el paso del tiempo me ha ido quedando claro que las cosas caras y las cosas bonitas no suelen coincidir (diría que cada vez lo hacen menos: tal vez la belleza sea un valor demasiado mainstream). E incluso cuando da la casualidad de que esa cosa carísima es bonita me cuesta disfrutarla. Supongo que no se me olvida que los que gozan de ese lujo lo hacen a costa de los que soñamos con vivir sin trabajar, si tenemos suerte, y a costa de los que sueñan que trabajar les permita vivir, si no la tienen. Y eso hace que me parezcan bastante más feas.


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Published on Aug 22, 2025

¿Es una costumbre más o menos extendida lo de regalar joyas (joyas de verdad, no bisutería) a las mujeres cuando se convierten en madres? El otro día, cuando llegamos a casa de los padres de mi pareja, encontramos que su hermana, que se casa pronto, estaba haciendo probaturas de joyas para llevar ese día. Finalmente llevará unas joyas que son herencia familiar. La madre de mi pareja nos contó que esos pendientes y ese colgante se los regalaron a su madre (la abuela de mi pareja y su hermana) el día en que la parió a ella: su marido el colgante y su suegro los pendientes. Pero es que hace unos meses, en un retiro del coro, una compañera contaba que poco menos que exigió a su marido un reloj bueno cuando parió a su primer hijo «para llevar la cuenta de las tomas y eso», dijo. Y lo que le pidió fue un Rolex de acero y oro que llevaba puesto en ese mismo momento. Alguna otra compañera hizo mención del regalo que había recibido de su marido tras convertirse en madre. No había más Rolex, pero sí otras joyas. Empiezo a pensar que esta es otra de esas costumbres de las que nadie me había contado nada.

En mi familia no hay joyas, nadie las recibe ni la regala. Mis padres tienen sus correspondientes alianzas de boda y, además, mi madre tiene un anillo solitario que heredó de su misteriosa y malograda tía (de ella, de su vida y de cómo llamó a mi madre desde la tumba para que la encontrase, a lo mejor os hablo otro día) que me temo que yo no voy a heredar. No sé a ciencia cierta si, joyas aparte, mi madre recibiría algún regalo por traerme al mundo pero estoy casi segura de que no. En mi familia, pobre de solemnidad, cualquier excusa era buena para no gastar: si cumplías con tu obligación no merecías un premio. Así, igual que no se nos daban premios por sacar buenas notas, imagino que a las mujeres no se les daban premios por parir.

Yo no voy a ser madre, pero no me imagino en la situación de recibir joyas buenas por haber parido, ni un Rolex, ni nada que se le parezca. Tampoco creo que vaya a casarme, pero he de reconocer que he fantaseado en alguna que otra ocasión con la típica proposición que incluye un anillo de compromiso bueno, de oro, con alguna piedra preciosa. Una chica puede soñar con sentirse como una princesa alguna que otra vez en su vida, ¿no? Y, como ya he dicho, no hay muchas alhajas familiares que heredar.

Podría regalarme yo las joyas, supongo. Ir a una joyería fingiendo que me merezco cualquiera de las cosas que tienen expuestas (je, eso iba a estar gracioso, si llegase a conseguirlo) y comprarme unos pendientes o un anillo. Quizá una pulsera para las ocasiones especiales. Guardar mi tesoro en un joyero bonito y mirarlo en los días tristes. Sentirme verdaderamente especial cuando decida usarlo. Y, quién sabe, empeñarlo en los últimos días de mi vida para gastarme el dinero en coctails en un todo incluído con vistas al mar.

Pero esa no es la cuestión. Incluso aunque venciera todas las barreras y consiguiese comprarme una joya seguiría sin tener la experiencia que relato: la deque alguien reconozca e intente retribuir con algo valioso, aunque sea de forma bastante torpe, que una ha obrado una hazaña, algo cercano a un milagro.

Supongo que eso nunca va a pasarme.


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Published on Jun 5, 2026

Hace unos días asistí a una graduación de Bachillerato. Este año he tenido el dudoso honor de ser tutora de un grupo y profesora de dos completos y otros 2 parcialmente. No había manera de escaparse.

Tampoco tenía ganas de hacerlo, ojo. Aunque este tipo de eventos me dan una soberana pereza y suelo huir de alargarlos demasiado (ni cena después ni fiesta con ellos), sí me gusta participar de la ceremonia, de verlos con sus vestidos y sus trajes, de los discursos (o, al menos, de los detalles que se salen de lo manido), de la alegría y la celebración.

Hay un momento, no obstante, en el que lo paso regulinchis: el de la imposición de las becas. El contacto físico me genera incomodidad y ahí una tiene que hacer de tripas corazón y dar abrazos y besos. Pero tampoco sé si a todos los alumnos, o a unos sí y a otros no. Si abrazo y beso o solo abrazo, o solo beso, o mano o qué. Total: que es un momento tremendamente incómodo y rarísimo. Los que dicen que no se me nota el autismo deberían verme ahí.

Este año, además, hubo un momento intensísimo durante la imposición de becas. Los alumnos y alumnas intentan ponerse delante del profesor o profesora que mejor les cae, con el que más afinidad tienen... En fin, lo normal. Así que, para mi tremendo gozo (y para dificultar lo del contacto físico) suelo acabar teniendo delante a mi alumnado más particular, menos normativo. Por lo que sea. En uno de esos momentos tuve delante a una alumna trans, perfectamente enmascarada, con su traje impoluto, sus zapatos planos de vestir, etc. etc. que ya me había contado que ese día sería ella misma también de cara al exterior. Yo sabía que se había comprado un vestidazo y unos tacones eternos, que estaba ilusionadísima. Que el atuendo estaba esperándola en casa de una amiga, para ir a cambiarse luego, después de la cena. Necesitaba, me contó, tomar aire, coger fuerzas para contárselo a su familia. Está esperando a cumplir los 18 años en unas semanas.

Cuando estuvo delante de mí le susurré que estaba muy orgullosa de ella. Le puse su beca, le di un abrazo inmenso. Me respondió: “Me habría encantado poder hacer esto con mi vestido”. Y se me rompió el corazón. Podría haber llorado, pero tiendo a responder bien en estos momentos. Le dije: “Guarda bien la beca y cuando estés lista repetimos la foto”. Sonrió con tristeza. Pero sonrió.

No dejé de pensar en ella ese día y el siguiente. Aún de vez en cuando se me viene a la cabeza. ¿Cómo le habría ido? ¿Se habría atrevido a ponerse el vestido? Seguro que no le ha pasado nada, me lo habría contado cuando me escribió para contarme qué tal en la Selectividad. ¿Habrá hablado con su hermana?

Pero, sobre todo, pienso mucho en la necesaria subordinación de la teoría a las realidades. Esto es bastante problemático, pero como feminista, soy bastante crítica con el concepto de género y sus expresiones, con todo lo que implica en tanto que corsé para el desarrollo de las personas y para su discriminación y limitación. En el plano teórico, me apasiona el debate y me obsesionan los problemas que mi corpus ideológico tiene. Porque luego está la realidad. Y yo a mi alumna no puedo hablarle de la abolición del género, como si su sufrimiento fuera elegido. Ahí tengo a otra protagonista de otra versión de La mala costumbre llevando ropa en mochilas, cambiándose donde puede, batallando por ser. Y como persona, mi inclinación fundamental es intentar aliviar el dolor de quien sufre en la medida que puedo. Y esto me importa más que la teoría. Estoy segura que mi experienca humana es la que acaba modelando mis principios y convicciones y no a la inversa.

Escribo esto ahora porque hace un rato me he cruzado con un compañero que le dio clase y me ha dicho que la vio en la fiesta posterior, hecha una reina. Que él no sabía, que imaginaba, quizá. Que la saludó con alegría, que espera que no se sintiera incómoda. Que se alegra mucho de que esté dando esos pasos bien rodeada de sus amistades. Y al final de todo, aunque el momento de la graduación fue agridulce, me alegra saber que saltó esa barrera y que entre mis compañeros hay quien la ha visto y reconocido. Que el mundo es hostil, pero tal vez no tanto como imaginamos o esperamos. Y creo que tengo que repetirme esto, aunque tal vez sea mentira, para seguir creyendo.


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