Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 18, 2025

Antes de leer el poema, para pensar un poco...

La rebeldía puede residir en actos cotidianos. ¿Se te ocurre alguno?

Cuando piensas en la palabra felicidad, ¿qué se te viene a la mente?

¿Cómo te gustaría que te recordasen cuando ya no estés?

Y ahora, el poema:

Vamos a ser felices de Luis Alberto de Cuenca

Vamos a ser felices un rato, vida mía,

aunque no haya motivos para serlo, y el mundo

sea un globo de gas letal, y nuestra historia

una cutre película de brujas y vampiros.

Felices porque sí, para que luego graben

en nuestra sepultura la siguiente leyenda:

“Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre

que, no se sabe cómo, lograron ser felices

diez minutos seguidos.”


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Published on Sep 9, 2025

... lo que quiero decir es que no quiero tener que trabajar para vivir.

Es así de llano. Porque realmente no hay un ápice de ostentación en mis sueños: no quiero una casa más grande (aunque un apartamentito en la costa sí me encantaría), no quiero tener ropa cara, o joyas, o zapatos de marca. No quiero cambiar la decoración ni hacer grandes viajes. Ni siquiera pienso, cuando digo que quiero ser rica, en tener trabajadores que me ayuden con las tareas del hogar, y mira que se me hacen bola y me siento inadecuada con ellas. No. Cuando digo que quiero ser rica en lo que pienso es en gestionar mi tiempo, en poder echar una tarde entera leyendo sin que pase nada ni se me trastoque ningún precario equilibrio espaciotemporal. En poder acostarme y levantarme a la hora que me lo pida el cuerpo. En definitiva, a vivir como suelo hacelo cuando estoy de vacaciones: sin reloj y sin prisa.

No necesito lujos, pero es que tampoco los quiero. Mi relación con el lujo es, en general, de aversión. Me recuerdo paseando por Versalles y pensando en qué horror, qué ostentación, qué excesivo todo. Lo mismo me pasó con la Place Vendôme y la Rue de la Paix, famosas por sus boutiques y joyerías y por los cochazos de gente rica de verdad, no como yo fantaseo, que para allí a comprar. Cuando fuimos a París pasamos por allí y yo, la verdad unimpressed. Al volver me recuerdo hablando con la madre de #ingeñero que refería esas zonas de la ciudad con fascinación y admiración. Pues a mí en el mejor de los casos me dan rabia y en el peor me hacen sentir inadecuada, insignificante, sobrante.

Soy sensible a la belleza: me encantan y me subyugan las cosas bonitas. Pero con el paso del tiempo me ha ido quedando claro que las cosas caras y las cosas bonitas no suelen coincidir (diría que cada vez lo hacen menos: tal vez la belleza sea un valor demasiado mainstream). E incluso cuando da la casualidad de que esa cosa carísima es bonita me cuesta disfrutarla. Supongo que no se me olvida que los que gozan de ese lujo lo hacen a costa de los que soñamos con vivir sin trabajar, si tenemos suerte, y a costa de los que sueñan que trabajar les permita vivir, si no la tienen. Y eso hace que me parezcan bastante más feas.


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Published on Jan 23, 2025

El otro día, mientras explicaba algo en clase, no recuerdo qué, un grupo de alumnos puso de ejemplo a un compañero que no estaba presente. Decían, básicamente, que el compañero quería dar la nota todo el rato, llamar la atención, darse importancia. Todo ello, claro, respondiendo preguntas, saiendo a la pizarra, haciendo intervenciones que demuestran que es muy listo y muy leído (porque el crío lo es, qué le vamos a hacer).

Como creo que se desprende de lo último dicho, yo conozco al muchacho, es más, tengo verdadera debilidad por él. He sido su profesora varios cursos y le he visto mudar de un adolescente perdido que intentaba conseguir atención de la peor manera posible a un joven inteligente, educado y cariñoso que consigue llamar la atención de una manera positiva y sana. Y sí, mis alumnos tienen razón: este chico quiere llamar la atención. El problema es que para ellos hay algún tipo de interés oscuro, alguna vanidad, alguna maldad en su forma de proceder. Claro, ellos no saben, no entienden. La mayor parte de la gente no sabe o no entiende, porque cree que el resto del mundo vive, siente y se comporta como ellos lo harían. Y, vaya usted a saber por qué, eso suele traducirse en que, cuando algún comportamiento les resulta irritante, deducen que hay una intención oscura de incomodar o molestar, que hay algún grado de maldad en esa acción.

Desde hace tiempo llevo a cabo (o lo intento) lo que llamo amabilidad militante. Consiste en ser buena gente por defecto, hasta que se demuestre que las personas merecen lo contrario. Me ha sido bastante útil, si no a nivel de beneficio social, si a nivel de paz mental. Y, al menos en mi trabajo, me ha venido muy bien.

Uno de los principios que pongo en práctica en mi ejercicio de la amabilidad militante es el siguiente: Las acciones de las personas están generalmente motivada por sus necesidades y no por tocarme los ovarios a mí. Otro, relacionado con este, es: En general, la gente no hace daño de manera gratuita, sino porque no sabe cómo hacerlo mejor para cubrir una necesidad.

Ayuda a no tomarse las cosas de forma personal por defecto y a hacer un ejercicio de comprensión y compasión cuando tratas con el resto de personas. Como digo, donde más fácil me ha resultado llevarlo a cabo y donde más beneficios me ha reportado ha sido en mi trabajo.

Un ejemplo es el chico del que hablaban mis alumnos. Cuando llegó al instituto, como he dicho, llamaba la atención de la peor manera posible (que es la más fácil): interrumpía las clases, molestaba de todas las maneras posible, exponía tesis controvertidas y provocadoras ... Algunos compañeros hablaban de él como un alumno que tenía como objetivo reventar sus clases. Yo supuse, como suelo hacer, que la motivación del comportamiento del alumno no era joderme a mí, sino satisfacer alguna necesidad. Sí, me dañaba a mí (y a algunos compañeros suyos): interrumpía las clases, las retrasaba, me llegó a faltar al respeto... Pero no creo que ese fuera el fin de su acción. ¿Qué necesitaba? Atención. Así que me esforcé mucho en darle esa atención sin necesidad de que la liase parda. Empecé a recompensar sus buenas prácticas con atención. Y su comportamiento fue cambiando.

Este alumno sigue necesitando atención, y no me extraña: sus circunstancias vitales y su historia son tremendas. Así que cuando el año pasado tenía que retrasar la clase para debatir con él sobre una noción física sobre la que yo no tengo ni idea (es decir, para que me la explicara), intentaba ser flexible, que esa necesidad se cubriera (sin afectar demasiado al desarrollo de las clases, porque no estaba él solo). Creo que es una forma de cuidado.

Mis alumnos actuales no lo entienden, como le pasa a mucha gente. Intenté hacérselo ver, al fin y al cabo educarles es mi trabajo. No sé qué grado de éxito alcanzaría...

Con frecuencia me he visto malinterpretada al actuar: mis intentos de satisfacer mis necesidades se han leído como intentos de hacer mal. Por ejemplo, si decidía no salir y quedarme en casa, la gente lo interpretaba como un desprecio. No entendían que yo necesitaba descansar, estar sola, lo que fuese. Me gustaría que eso pasase cada vez menos.

Por eso también me he animado a contarlo aquí. Por si, al menos en alguna situación, ayuda. Y recuerda: “Kindness is punk” (La amabilidad es punk).

PD: Este post ha sido escrito a toda prisa en 15 minutos libres que me han quedado en el recreo. Ten comprensión con los posibles fallos y erratas, porfis. :P


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Published on Jun 10, 2025

Puedo imaginar tu gesto modesto al leer el título (esto es, siempre y cuando te lo hayas tomado como algo personal y no como una frase genérica dirigida a nadie en concreto). He visto cómo reaccionan las mujeres a los cumplidos, especialmente si creen que van dirigidos a su apariencia: el ladeo de cabeza, la vergüenza, el sentir que no se merece el afirmar algo parecido a “no es para tanto”. Lo de siempre.

Pero eres preciosa. Es curioso cómo se ha convertido este adjetivo en algo banal, superficial y sin demasiado mérito. Decir a alguien que es preciosa (a los hombres no se les suele decir, en masculino se usa generalmente para cosas, ¡qué cosas, jeje!) es halagar su apariencia, se trata de un cumplido puramente estético. Pero no es ese su significado etimológico. Preciosa tendría un significado parecido a preciada, haría referencia a algo que es valioso. ¿Por qué en la mujer acabó teniendo un significado únicamente estético? Pues quién podrá saberlo, qué misterio más misteriante...

Así que, sí, eres preciosa. Independientemente de tu apariencia y de su ajuste a los cánones establecidos en esta porción del espacio-tiempo. Tu capacidad de esforzarte te hace preciosa. Tu amabilidad. Tu deseo de aprender y mejorar. Tu forma de frenar y reconocer tus derrotas (o empates) y la manera en que, a pesar de todo, sigues adelante (y seguir adelante puede ser, simple y llanamente, amanecer). Que nuestro ser preciosas, que entronca con nuestro valor sea algo reducido solo al plano estético sobre el que, en buena medida, no tenemos agencia (no escogí el color de mis ojos, ni la distancia entre sí, ni la amplitud de mi frente, ni mi metabolismo, ni mi altura ni...) me parece un insulto a nuestra inteligencia. Y nos hemos estado dejando insultar, amiga.

Así que a partir de ahora, cuando alguien te diga que eres preciosa responde, aunque sea al menos de forma interna: lo sé. Aunque lo sientas mentira. Lo mismo un día llega a sentirse más verdad.

PD: este post es para ti, pero también para mí. Mi cuerpo, por razones diversas, está decidiendo ocupar más espacio del que solía y esto me está generando malestar. No porque tenga nada de malo per se sino porque desde que tengo 6 años me han hecho ver que no ser delgada es un fracaso y que la delgadez está por encima de cualquier cosa, incluida la cacareada salud. Y del mismo modo que vivi mi encoger como un logro ahora vivo mi ensancharme, de forma inconsciente, como una derrota. Y quiero explicitar eso para vencerlo. ¿Cómo no van a ser grandes y poderosas estas piernas y estos glúteos que levantan 90 kilos? Tienen que serlo. Así que, independientemente de la talla, el volumen o la celulitis, soy preciosa como persona y mi cuerpo lo es porque me permite hacer cosas fantásticas como caminar, bailar, experimentar la vida y escribir estos textos. Ea.


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Published on Jun 30, 2025

Suelo decir que soy una persona rencorosa cuando lo que ocurre en realidad es que tengo buena memoria. No me olvido fácilmente de quién y cómo me hizo daño y eso, evidentemente, afecta a la confianza. Pero no suelo desear mal a la gente y, con frecuencia, si hay algo que se puede salvar en la historia que tuve con quien me hizo daño intento salvarlo porque en mi buena memoria también influye lo de ser una sentimental.

Así me van las cosas, claro. Cuando hace tres o cuatro días escribí a un ex con el que compartí una historia breve pero intensísima (y un tanto tormentosa) para preguntarle qué tal le había ido el curso (consciente de que estaría por irse de la ciudad definitivamente) estaba haciendo valer lo bueno de aquella historia, la parte que me gustaría contar a los nietos que no voy a tener para sacarles los colores dejando claro que su abuela era una señora de armas tomar. Le hablaba desde la certeza de que no pudo ser, y es bueno que no pudiera ser, que no éramos el uno para la otra y viceversa, pero que bueno, que lo que fuésemos o dejásemos de ser juntos no habla de lo que somos o dejamos de ser individualmente. Aunque bueno, podría matizar, porque al final de nuestra historia fue un absoluto cucaracho, pero bueno, no quise centrarme en eso.

¡Mal, Jodía, mal! Piensa mal y acertarás y todo eso, desgraciá, que no has aprendido nada de la vida. En fin, la cosa es que, después de intercambiar unos 7 mensajes de lo más civilizados hoy, dos días después del último mensaje, me encuentro esto:

Captura de conversación. Un interlocutor pide a otra que no se escriban más y la otra dice que preguntaría por qué, pero que no va a obtener respuesta. El otro interlocutor le dice que es el curso natural

«Te agradecería que no nos contactemos más», dice. Y espera más de un año desde su gran cagada para decírmelo. Casualmente, elige para hacerlo el momento en el que se va de mi ciudad para siempre. Una podría pensar que dejó la puerta abierta por si pudiera sacar algo de mí pero ahora, que ya no va a pasar, pues le es demasiada molestia que nos escribamos para felicitarnos el Año Nuevo y el cumpleaños, que es lo que ha pasado este año.

Evidentemente, no le voy a echar en falta: ya no era parte de mi vida. Pero me joden las ínfulas, esos aires de no sé exactamente qué. Y me jode un poco haber creado la situación para que me dé la patada, como queriendo quedar triunfante. Sé lo que buscaba: drama. Ese «si no tienes nada que objetar» no es gratuito. Esperaba que entrase al trapo, que me enzarzase con él de alguna manera para sentirse vivo, para sentir que todavía tiene algún peso en mi vida. As if.

Por eso no le he respondido más y he sido casi tan fría y descorazonada como él. Casi. Pero me habría gustado contestarle y ser cruel, como he aprendido a ser en los últimos tiempos (aunque no lo ponga en práctica porque no está en mi naturaleza). Decirle, por ejemplo, que es un hombre triste, como los del poema de Piedad Bonnett y que admiro su compromiso con tomar malas decisiones y apartar de su lado a cualquier buena persona. Podría haberle hecho mucho daño. Pero, como digo, no está en mi naturaleza clavar puñales en las grietas de otros. Sé que, en cuanto se me pase la rabia, volveré a encontrar consuelo en la misma idea que lo encontré hace año y pico y que se ha ido confirmando con el paso del tiempo. Jamás, en su triste y miserable vida, va a tener a su lado a nadie mejor que yo ni le van a ofrecer lo que yo le ofrecí. Y para que yo diga algo así mi convicción tiene que ser profunda: ya sabéis que no es que yo tenga un ego muy hinchado.

Bon vent i barca nova, persona a la que quise. Qué pena que no supieras qué hacer con todo lo hermoso que te di.


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Published on Mar 23, 2026

o El diario de Noah, versión folklórica.

El sábado pasado escuché por primera vez el nuevo disco de Rodrigo Cuevas, Manual de Belleza. Empecé como lo hago con muchas cosas, dando un bocado al azar, por enmedio. La canción elegida, ésa en la que cayó mi atención y mi dedo índice, fue «Sácame a bailar». Pensaba que era una versión de otra de Collado que tiene el mismo título. Pero no. Cuando le di a reproducir empezó a sonar mi nuevo pasodoble favorito.

Me eché a llorar antes de entender qué estaba escuchando, tal es el poderío y la fuerza de la música. Pero es que la letra habla de una anciana que le pide a su pareja que la saque a bailar un pasodoble, que eso es lo único que la hace recordar (se intuye que la mujer ha perdido la memoria en cierta medida). Y bueno, por ahí transcurre la historia hasta llegar a la última estrofa, cantada a dúo por Rodrigo Cuevas y Ana Belén como en un susurro, sonando algo más la voz de esta, de la que no os digo nada porque es que te acaba de destruir si no estabas destruida de antes.

La canción me transportó de golpe y porrazo a las noches de verbena en mi pueblo. Fuese cual fuese la ocasión siempre había unas cuantas personas bien mayores que, con dificultad, llegaban siguiendo la música a donde quiera que estuviese la fuente de esta. Algunos llegaban solos y una podía leerles la añoranza en los ojos: de volver a bailar, de la pareja con la que hacerlo era fácil. Otros, afortunados, llegaban en pareja y, al sonar el primer pasodoble (siempre era un pasodoble), se levantaban del asiento que hubiesen encontrado y caminaban a la pista con lentitud y torpeza, la misma lentitud y torpeza con la que empezaban a bailar, desfasados del 4/4 de la música. Pero entonces, a medida que iban entrando en materia, a medida que se acercaba el primer estribillo, tal vez porque sus cuerpos iban recordando que aún estaban vivos, tal vez porque lograban acceder a la energía que guardaban para las grandes ocasiones, tal vez porque se sabían apoyados por su partenaire, sus pasos se iban haciendo más veloces, más enérgicos, más solemnes y gráciles. Y entonces la sonrisa, contando mil y un secretos compartidos sin palabras.

Lo recuerdo y me emociono. Y me pasa cada vez.

Un día, si las fuerzas y la suerte me acompañan, yo también me haré vieja. ¿Con qué rejuveneceré yo? ¿Con qué me volverán las fuerzas? Porque ahora mismo, si puedo pedir un deseo, me gustaría que fuese con este pasodoble. ¿Quién me saca a bailar?


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Published on Oct 2, 2025

Anoche tuve una pequeña crisis existencial. Hablo en pasado como si, en efecto, se me hubiera pasado, pero de eso nada. Al final lo que ocurre es que una se acostumbra a seguir adelante cargando con la desazón y punto, como si en eso consistiera crecer.

Anoche me preguntaba qué sentido tiene nada de lo que hago, en especial, mi trabajo. Teóricamente tengo que educar a mis alumnos en derechos humanos, tengo que animarles a que sean ciudadanos con capacidad crítica y sensibilidad ante las injusticias. Pero de qué sirve, si los que intentan hacer el bien son sistemáticamente pisoteados y los que hacen el mal se salen con la suya sin demasiado problema. De qué sirve lo que yo diga en una, dos o tres horas de clase, o incluso lo que yo sea o demuestre, si el mensaje que a ellos les llega es que lo normal es otra cosa, lo inteligente (entendido como lo beneficioso, lo que provoca menos problemas) es otra cosa y, por tanto, yo, en el mejor de los casos soy una idealista fantasiosa y, en el peor, una estúpida[^estúpida].

Cuando estoy lúcida pienso que todo acto de bondad tiene sentido, aunque sea simplemente como forma de resistencia. Que todo acto de amabilidad tiene sentido aunque nadie se lo vea. Que en los tiempos en los que lo normal es aceptar la podredumbre y la enfermedad, los locos deberíamos estar orgullosos de esa etiqueta. Pero anoche, y ahora, no está siendo un momento de especial lucidez. De hecho, esas circunstancias que, normalmente, me mandarían el mensaje de «haces falta aquí», ahora solo me hacen pensar que de qué sirve.

No me gusta mucho hablar de mi trabajo, ya me consume más tiempo y energía del que me gustaría, pero si alguno de vosotros o alguna de vosotras tiene alguna palabra de ánimo o similar, la agradeceré. Me quedan muchos años de profesión y nadie me paga por ninguno de mis otros talentos.

[^estúpida]: De los que creen que soy una esbirra del perrosanxe o una heralda del «feminazismo» mejor no entramos a hablar.


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Published on Aug 26, 2025

El otro día bromeaba en mastodon con mi dismorfia corporal y decía que había encontrado el secreto para no encontrarme a la cosa del pantano cuando me miraba a un espejo: hacerlo sin gafas. Y bueno, es broma pero no es broma. No estoy tan cegata, cuando me quito las gafas me veo, pero no me veo deformada, no me veo gigante, no me veo atroz. Un usuario vio que no todo era broma en mi broma y añadió otro secreto: mirarse en superficies que no fuesen espejos. Y es verdad: por ejemplo en un escaparate o en estos vidrios semitintados que ocultan parcialmente el interior de una tienda o establecimiento. Ahí también me veo de forma más ajustada a lo que debo ser en realidad. Es curioso, ¿verdad?

Pero no venía yo a hablar de eso. Venía a decir que alguien me siguió la broma y me sugirió que el siguiente paso sería mirarme en braille. Y yo, que no sé tomarme las cosas a broma en realidad, le dije que mejor me iría: mi piel es suavísima. Nos reímos, todo bien. Pero me quedé pensando en la idea de mirarse en braille. ¿Por qué no? Si mis ojos han demostrado ser tan pobres testigos de mí misma, ¿por qué no confiar en mis manos? Así que, aprovechando el tiempo libre del que aún dispongo, me puse a ello.

Empecé por el principio: los pies que me sostienen. Son grandes y, debido a que mis cuidados con ellos no son del todo consistentes (tal vez si pasase menos tiempo mirándome y denostándome...) tienen partes que son algo más asperas que otras. Pero, en general, encuentro en ellos una mezcla muy satisfactoria de suavidad y fuerza. No puede ser menos, si tienen que mantenerme en pie a mí, con lo predispuesta que estoy a los abismos...

En las piernas me demoré un buen rato. Mis piernas son rotundas, grandes. Su apariencia es de dos columnas fofas pero cuando una las acaricia... la cosa cambia. Sí, lo primero que se nota es la suavidad de la piel en todos los rincones y, si una se pone atrevida, la deliciosa sensibilidad en las partes donde la piel es más fina y está menos expuesta: las corvas, las ingles, la cara interior de los muslos. Al t acto, mis piernas parecen maravillosas. Mis dedos no detectan las arañas vasculares, las estrías ni las cicatrices. Ni siquiera alguno de esos vellos sueltos que mis ojos, a pesar de su miopía, ven siempre. Así, tumbadas sobre la cama, mis piernas son sobre todo tiernas, pero cuando hago el ejercicio de flexionarlas y apretar noto unos gemelos poderosos. Así que me levanto y me pongo de puntillas para sentir cómo mis músculos se tensan y luego hago el movimiento contrario y hago una sentadilla sostenida. Noto como mis muslos se tensan, fuertes, muy fuertes bajo la capa de grasa. Recuerdo cómo se sienten cuando empiezo a levantar la barra bien llena de discos, cómo consiguen despegar 92 kilos y medio del suelo. Sonrío y la euforia me invade. Así que me tumbo en el suelo y hago un puente de glúteos. Sí, siento la fuerza, la tensión. Sostengo el puente sobre una pierna. Luego sobre la otra. Sonrío. Me tiendo completamente en el suelo con los brazos extendidos, manteniendo la sonrisa. Qué suerte de cuerpo. Qué maravilla es examinarlo al tacto.

Reanudo el examen, no quiero parar por nada del mundo. Vuelvo a elevar el culo del suelo y planto mis manos sobre él. De nuevo, esa combinación de ternura y dureza, empiezo a pensar que eso es lo que me define. Relajo un poco y vuelvo a tensar, y siento cómo mis gúteos se elevan en un respingo. Me hace mucha gracia, así que lo repito muchas veces hasta que empiezo a cansarme y me dejo caer con un suspiro sobre el suelo de nuevo.

Extiendo las piernas y pongo las manos sobre mi vientre. Aquí la blandura es mayor, pero también vuelve esa suavidad extrema, quizá aún más que en las piernas. Acaricio la piel de mi estómago, bajo hasta el pubis, rodeo el ombligo con el dedo índice, trazo surcos con las cuatro yemas de mis dedos desde el ombligo al exterior y me detengo en las curvas de mi cintura. Cómo me encanta esa curva... Qué suave es, qué deliciosamente cóncava. Me deslizo hasta desenvocar en el opuesto que son mis caderas, contundentes y carnosas. Las aprieto fuerte y se me escapa un suspiro bastante intenso. El cuerpo tiene memoria y se ve que la del mío es muy buena.

Decido continuar el viaje: cruzo mis brazos y acaricio cada uno con la mano del contrario, muy lentamente, hasta llegar a los lados del cuello. Me gusta, así que lo repito varias veces hasta que, casi con voluntad propia, mis palmas bajan por mi escote hasta mis pechos. Primero recorro su contorno con las yemas de los dedos, muy suavemente, y ellos reaccionan también tensándose, y después los cojo con ambas manos y noto lo amables que son, lo agradable que debe ser reposar en un pecho como el mío. Un suspiro. Eso me recuerda que respiro, así que pongo mis manos justo bajo las costillas y respiro hondo varias veces. A estas alturas del ejercicio la sonrisa ya no se me va.

Decido empezar por ahí: mis mejillas, llenas y elevadas por la sonrisa. Mis labios, carnosos y suaves, aunque no demasiado, lo suficiente para ser muy agradables al tacto. Me beso las yemas de los dedos y me río al pensar que alguien me viese en estas. Pero no hay nadie, estoy sola conmigo misma, qué suerte. Subo hacia mi nariz y la recorro con un dedo en perpendicular, trazando su perfil. Es una buena nariz, está recta, no es demasiado prominente, tampoco irrelevante. Me gusta. Acaricio con las yemas de los dedos las puntas de mis pestañas. También ganan al tacto: son largas y abundantes, pero claras, por lo que a simple vista no luzcan tanto como cuando una las acaricia. La piel de mis párpados también es de una suavidad inusitada. Me deslizo hacia mis orejas y recorro con el dedo índice sus recovecos. Sigo subiendo y poso ambas manos sobre mi frente. Masajeo suavemente las sienes con los pulgares. Me siento fenomenal.

Finalmente me suelto el pelo y lo acaricio. Hoy he estado en la piscina, así que en lugar de estar rizado, al haberlo cepillado y recogido tiene una parte lisa que está muy, muy suave. Está larguísimo. Pienso que, tal vez, debería pensar en cortarlo. Pero me detengo en su suavidad. Cojo un mechón y me paso las puntas por las mejillas y la nariz. Sigo sonriendo. Así que decido que, como sigo teniendo tiempo, ¿por qué no seguir mirándome en braille un rato más y de manera un poco menos sistemática?

(Sonrisa pícara de la protagonista, fundido a negro)

Diría que el ejercicio ha sido todo un éxito: siguiente paso, aprender a bailar en braille. Y tú, ¿te animas a probar a mirarte en braille?


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Published on Aug 3, 2025

El otro día así, de la nada, me dieron ganas de hacer puto yoga. Todos mis respetos a la gente que disfruta del yoga, pero yo lo detesto: me pone de muy mala leche, me frustra, me ennerva. Pero el otro día, por lo que sea, el cuerpo me pedía hacer una sesión de yoga (o lo que sea que performa la señora Xuan Lan). Me sentó bien a pesar de pasarme lo de siempre, que acabé de los nervios, frustrada, sintiéndome una mezcla de patata y alcayata sudada y torpe. Supongo que porque hice lo que me pedía el cuerpo.

No ha sido hasta hace poco, un mes después prácticamente de dejar de trabajar (porque dejar de trabajar y empezar las vacaciones son cosas bien distintas), que he empezado a escuchar mi cuerpo. Porque ese es un mandato que nos recordamos mucho: “Escucha a tu cuerpo o acabará gritando”, “Haz lo que te pida el cuerpo”, “Si tu cuerpo te pide parar, tienes que parar o lo hará por la fuerza”. En fin, esas cosas bienintencionadas que nos decimos las amigas. Y es verdad. Pero, ¿tú de verdad escuchas a tu cuerpo?

Porque yo, generalmente, no. No sé si es una cosa mía, relacionada con mi caprichosa propriocepción, o si es una cosa sistémica. Puede que no tenga que elegir y sea un poco de cada. Sea como sea, durante la mayor parte del año estoy en una inercia de aceleración y rutinas apretadas que mi cuerpo no tiene tiempo ni espacio para decir ni mú. Tal vez pienses: “Bueno, basta con hacer ese tiempo, con buscar ese espacio, entonces probablemente sepas lo que necesitas”. Je. Ojalá.

La mayor parte del tiempo de mi vida, cuando escucho a mi cuerpo, lo que quiere es parar de forma más o menos permanente. A veces siento que quiero dormir 12 horas seguidas, otras una semana, otras para siempre. A veces, con demasiada frecuencia, desearía que un adulto responsable se hiciera cargo de mi vida mientras yo me tumbo en el sofá a mirar el techo. La cosa es que durante la mayor parte de mi tiempo estoy tan cansada que mi carne no tiene energía ni para desear. Así que no es solo que no escuche lo que dice: es que no tiene mucho que decir.

Es atroz vivir así, ¿no? Ya, ya sé: champagne problems. Otros viven asediados bajo bombas, o habitan en una hambruna inducida, y se mueren. Por desgracia los dolores no se anulan. Y todo eso no hace menos atroz que mi vida (y supongo que no solo la mía) consista, básicamente, en estar cansada, en avanzar en piloto automático, en seguir pedaleando por inercia porque, si paras, te vas al suelo.

Me ha quedado un post muy triste y, aun así, el fondo es positivo: aún me queda algo de verano para que mi cuerpo tenga las energías de pedir cosas y yo tenga el tiempo de dárselas. Aunque lo que me pida sea hacer puto yoga. Ains.

Lo del día que el cuerpo me pidió hacer yoga aunque lo odio, o como la pandemia me pedía moverme... en comparación a cuando estoy tan hasta el coño que el cuerpo no me pide nada. La dificultad de escuchar al cuerpo cuando se nos imponen unos ritmos insoportables.


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Published on Nov 28, 2025

Le he echado de menos. Esta semana ha sido dura, no solo por eso, pero sí en parte: me he acostumbrado a compartir, al menos, el final de mi día con él, a contarle cómo ha ido, lo bueno, lo malo, lo nuevo y lo que se repite, y no poder hacerlo me ha pesado como una losa. Lo mismo que no poder abrazarle por la noche, que no poder sentir su calor a mi lado.

El viernes por la noche se planteaba, desde la semana, como una especie de oasis: volveremos a estar juntos, volveremos a nuestra rutina. Y ahora, que ya ha llegado, mientras espero a que salga de la ducha, pienso en cómo se ha convertido en una de mis personas, alguien que no quiero que salga de mi vida, alguien a quien yo, que odio hablar por teléfono, quiero llamar cuando me pasa algo bueno para contárselo y contagiarle mi alegría.

Qué suerte tengo de haberle encontrado.


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