Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jul 24, 2026

En los últimos tiempos estoy leyendo Calibán y la bruja de Silvia Federici. No paro de repetirlo y alguien podría pensar que lo hago para darme pisto, para ganar puntos de intelectual o algo así. Nada más lejos de la realidad: lo hago porque me está volando la cabeza. No puedo evitar citarlo porque ahora veo eso de lo que Federici habla en su libro por todas partes.

Por ejemplo, está la cosa de las mujeres que no han sido inventadas sino hasta recientemente, como decía Úrsula K. Le Guin. Leyendo Calibán y la bruja una se nutre de una serie de argumentos contra esa idea tan extendida. Las mujeres han hecho política SIEMPRE, porque no hacerla, ser efectivamente apolítico (esto es, no ser un derechista tibio, sino apolítico de veras) es algo que solo pueden permitirse los absurdamente privilegiados.

Últimamente me he cruzado con unos cuantos señores hablando de hacer política. Artículos de prensa sobre fantasía y ciencia ficción. Señores antologando a poetas jóvenes. El parroquiano de turno hablando de que ya no se hace política de verdad, activismo de verdad. Me pregunto si el hecho de que sean señores es una casualidad y la pregunta se vuelve retórica. Acabo por pensar que el problema es lingüístico (me cago en mi puta vida, tanta continentalidad para acabar con-cediendo a los analíticos): lo que se entiende por política. Para ellos, y soy consciente que se trata de un ellos difuso, el hacer política tiene que estar revestido de la cantidad justa de grandiosidad, de racionalidad fría e imperturbable, bien cargado de estrategia, similar a una partida de ajedrez y, por supuesto, orientado a los asuntos verdaderamente importantes que, oh, casualidad, son los que a ellos les parecen importantes. Desde esa atalaya es muy fácil decir que ya no se hace política, que tal o cual colectivo no la ha hecho, que no hay política en tal o cual manifestación literaria o artística.

¿Era política el motín del pan de Córdoba? A mí, indudablemente, me lo parece. Pero es fácil desdeñarlo como una insurrección motivada por las emociones de las mujeres, carente de organización formal, falta de miras más allá del presente (el hambre dificulta mirar demasiado hacia el futuro, cosas que pasan). Y así podemos decir que las mujeres no hacían política. Como si el hecho de estar metida hasta la garganta en la realidad que hay que cambiar hasta el punto de ser movida inevitablemente a la acción fuese una suerte de neutralizador de la política.

Hoy mismo, y cambiando de tema parcialmente, se hablaba de un festival de literatura de género que decía reivindicar la fantasía y ciencia-ficción políticas, desear revitalizarlas, como si estuvieran muertas. Y puede que desde esa atalaya que mencionaba lo parezcan. Bajad, queridos, bajad aquí con nosotras. Hablemos de La última mujer de la Mancha, de Enerio Dima, que habla de olvido del mundo rural. Hablemos de El poder de Naomi Alderman, una especie de Guerra Mundial Z que examina la naturaleza del poder a raíz de la subversión del peso que en él tiene el género. Nah, no es político porque son temas que no les interesan. ¿El género? ¿El olvido de los pueblos? ¿Qué mierda de cruzada política es esa? Pues la nuestra. Ni más ni menos. La de quienes no podemos permitirnos ser apolíticos, pero tampoco tenemos permitido hacer política según vuestras reglas [^libros].

Y bueno, luego está el señor antologador de poesía. Decía en su prólogo que él solo había seleccionado poesía política. Nada de sentimentalismos. Se permitía decir algo así como que si la camarera te ha llevado a escribir un poema, haznos un favor a todos, tú incluido, y no se lo enseñes a nadie. Me lo llevé a lo personal, claro. Es uno de mis defectos. Me llevó a un poema que escribí hace mucho, mucho tiempo, titulado «No me dejéis sola en el metro» en el que, a partir del flechazo que me provocó una muchacha con un vestido de flores, exalto la dignidad de los que entonces nos llamábamos «los de abajo» y afeo la insensibilidad de los que entonces llamábamos «los de arriba» que, casualmente y al parecer, eran los que hacían la política.

No estoy en ninguna antología de poetas jóvenes, normal y comprensible. Pero ese poema, como muchos de los míos, sería descartado por sensiblero, emocional, ñoño y, por tanto, no político, no social. Es fácil hacerlo desde la arrogancia de los que tienen y han tenido un estrado desde el que hablar. Yo, entonces estudiante, para la que viajar en metro era un lujo, no podía aspirar a hacer otra revolución que no fuera la de lo cercano, aunque entonces aún soñaba. Hoy lo tengo todavía más claro: somos muchas las que mantenemos vivas pequeñas revoluciones cada día, que no surgen de la estrategia ni se pierden en la big picture, sino que nacen del amor, del cuidado, de la necesidad de consolar y ser consoladas, de poner bonito nuestro rincón del mundo, nuestro patio de vecinas. Y si eso no es política, pues qué queréis que os diga: pueden coger su política y metérsela enterita por el culo. Eso sí, tendrán que sacarse la cabeza antes, claro.

[^libros]: No soy una lectora experimentada de ciencia ficción y fantasía, pero sin serlo he conseguido citar dos obras sin pensar demasiado. No es tan difícil encontrarlas.


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Published on Apr 5, 2026

Ha pasado ya una semana desde que te marchaste y ahora, ahora que ya no estás, me pongo yo a escribirte. Ya ves. Ahora que ya no estás lamento lo que no te he dicho. Ahora que no estás, ahora que diga lo que diga será por mí y no para ti, me apetece reconocerte. Menuda gilipollas estoy hecha.

Seguro que tú dirías que no. Siempre fuiste amable conmigo. Siempre fuiste amable, en realidad. Eras una de esas escasas personas que tienen la rabia perfectamente calibrada, perfectamente dirigida: contra los que oprimen, contra los que dañan, contra los que estigmatizan, contra los que patologizan, contra los que avergüenzan. Para todos los demás siempre tenías una palabra amable, una frase de ánimo, un gesto de acompañamiento en la dirección adecuada. Me habría gustado que supieses cuánto significaban para mí esas palabras, especialmente viniendo de ti.

No he dejado de pensar en ti ni un día desde que no estás, y esto a veces me parece dramático por mi parte, me siento una impostora, como si estuviera usurpándole el duelo a tu gente. Porque yo no era nada tuyo, ni tú nada mío: yo era una señora random de interné y tú una mujer y activista a la que admiraba y a la que nunca di un abrazo. Lo pensé, ¿sabes? Estuve sentada detrás de ti durante una charla entera de la TacitaCon (primera edición). Empecé preguntándome si eras tú (por aquel entonces te seguía en Twitter y, sobre todo, leía con pasión tus publicaciones de Instagram (tan crudas, tan intensas, tan auténticas, tan dispares). Quería decirte que te leía, que me alucinabas, darte un abrazo si me dejabas. Pero mi timidez, mis dobles, triples y cuadruples pensamientos y mi torpeza social me frenaron. «Dónde vas, payasa, que ni sabe quién eres». Lamento no haberte dado ese abrazo. No porque hubiese cambiado nada, sino porque los abrazos que no se dan no se recuperan. Nunca.

Decía que no dejo de pensar en ti porque, de alguna manera, pensaba que eras de esas personas que siempre resurgían de sus propias cenizas. Estaba acostumbrada a verte hundirte en el dolor más profundo (en tu cama, a oscuras) y a resurgir luchando, no como si nunca te hubiese dolido nada (los que nunca han sentido dolor no luchan con esa rabia, con esa fuerza, con esa urgencia), sino como si hubieses conseguido transformar ese dolor en combustible. Escribías, dabas charlas, hacías activismo, ... Parecía que esos ciclos te hacían eterna. Lamento infinito que no haya sido así. Era mucho pedir en este mundo.

Desde que no estás hay una frase que antes me consolaba y que ahora me da coraje. En mis propias travesías por el infierno suelo aferrarme a la canción El tiempo que no estés, de Valeria Castro. Me ha acompañado y me ha dado aliento en el patalear para salir de las arenas movedizas. Pues en esa canción hay una frase, «que la valentía me aguante si no soy lo fuerte que creía», que me repetía como un mantra, como un deseo. «Si me faltan las fuerzas, que tenga el valor suficiente para seguir». Pero ahora me da coraje. Porque hay otra frase interesante: «No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista». Cuando el mal dura tanto, no hay fuerzas, ni valor, ni nada, que valgan: una se agota, no puede más, y si en el momento más oscuro no hay un destellito de luz, en ese momento exacto, breve y necesario, pues ya está. Creo que no voy a poder volver a escuchar esa canción sin pensar en ti, como excepción: no queda invalidada, pero me hace recordar que los deseos no son certezas, que los sueños no hacen promesas.

Me parece mentira que no estés. Ando compartiendo cada artículo tuyo que veo, cada mensaje de tus seres queridos honrándote, entro en lso comentarios de todos como esperando verte dando las gracias. Qué pena tan grande, Marta, cuánto vacío has dejado. No sé si te hacías una idea.

Y, como ya he dicho, me siento culpable, indigna de esta pena, del llanto, de secuestrar tu recuerdo varias veces al día... Pero aquellos que hemos florecido en la penumbra no podemos más que llorar cuando se apaga una luz tan cálida y amable como la tuya. Aunque sea desde el agradecimiento por haber conocido tu existencia y, por tanto, notar tu falta ahora, ¿cómo no me voy a doler por tu pérdida?


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Published on Apr 12, 2026

Llevo días queriendo sentarme a escribir un post tierno, esperanzador, pero hoy me siento a llorar en este rincón de Internet[^internet]. En días como hoy entiendo muchas cosas. No voy a ser yo la libre de pecado que lance piedra alguna, hace ya tiempo que no se me ocurre.

Es curioso. Una está bien. Ha tenido unos días agradables (salvo alguna cosa). Ha quedado con sus amigas después de tiempo, y se han reído mucho. Ha recibido regalos muy considerados. Sigue encajando piezas de un proyecto ilusionante. Ha hecho el amor con su pareja. Ha recibido sol. Su planta parece no querer morirse. Tiene mil y un motivos por los que dar gracias (y algunos por los que maldecir, claro, pero ¿quién no?). Está bien, es fin de semana y se ha dado permiso para holgazanear un poco y posponer alguna tarea. Puede permitirse también ver la tele o leer sin mirar el reloj. Está bien. Y entonces...

Entonces el temporal que sorprende mientras tomas el sol en la playa. Las sombrillas volando, la arena arañándote la piel, metiéndose en los ojos, el caos y las carreras. Entonces lo que parece el fin del mundo. Y no es el fin del mundo un mal domingo, una crisis emocional sin causa aparente, igual que no lo es que se levante una tormenta de verano. Pero a veces lo parece. Y, lo que es peor, a veces una desea que lo fuera[^fuera].

[^internet]: hay cosas que no cambian. Llevo haciendo lo mismo desde los 16: llorar en un blog o sucedáneo.

[^fuera]: Creo que nunca me han encerrado, que nunca me han tomado en serio cuando hablo de estas cosas por la manera de contarlas. La metáfora despista, despreocupa, quita peso. Casi parece que me lo estoy inventando, ¿verdad?

Ojalá.


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Published on Dec 4, 2025

Antes del poema, para pensar un poco...

¿En qué piensas cuando escuchas la expersión carpe diem?

¿Crees que estás viviendo el momento lo mejor que te es posible?

¿Se te ocurre alguna cosa que puedas hacer hoy (o mañana) para sentir que estás haciendo tuyo parte del tiempo que se te ha dado?

Y ahora, el poema:

Si todo ha de acabar, por Eduardo García

Si todo ha de acabar, qué importa nada.

Si el río ha de arrastrar cuanto queremos,

días, amigos, cuerpos, libros, senos,

cavando a nuestro paso una hondonada;

.

si todo ha de anegar la mar helada

y al cabo nos aguardan crisantemos,

más vale no olvidar lo que seremos

y enterrar en olvido la alborada.

.

Mas si el destino está en quedar en nada

rema a contracorriente, a tumba abierta,

apurando los cauces, siempre alerta

al destello que inflama la mirada.

.

Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte

cada hora que le robas a la muerte.


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Published on Apr 25, 2026

Ea, con dificultad, pero he encontrado un ratito para contarte cosas de señoras que hacen cosas. Je.

  1. Alice Oseman – Heartstopper Heartstopper ha concluído y nos ha dejado un huequito en el corazón (a pesar de que las últimas tiras eran un poco ir estirando el chicle) porque son todos TAN monos, TAN tiernos, TAN sanos... Tan adolescentes intentando adolescentear como pueden... Qué penica. En fin, espero que les vaya bien en la vida. Ya, ya sé que no son reales. Me da igual.

  2. Querer, de Alauda Ruiz de Azúa. La estuve viendo en unos cuantos ratos tontos. Es otra cosa que Los domingos, que fui a ver muerta de ganas por las buenas críticas que había escuchado de Querer y de la que salí directa a vomitar al baño. Cosas fueron pasadas. Aquí sí consigue mostrar la violencia sin histrionismos, como una especie de contaminante que hace grueso e irrespirable el aire. Aquí sí ví sutilidad. En Los domingos solo vi tibieza.

  3. La selección española femenina de fútbol. El domingo pasado estuve viendo a la selección española femenina en vivo y en directo. Era mi primera vez en un estadio y lo disfruté mucho, no solo por el partido, que fue un poco un paseo por el campo para las muchachas, sino por el ambiente que había en el recinto. No me sentí incómoda, y eso es MUCHO. Y bueno, me parecía bien reconocer a estas señoras el mérito de su trabajo, sin ser yo futbolera ni nada de eso.

En fin, yo quería hacer esto así un poco bien, en serio, con cierta periodicidad. Pero la vida se me pone por medio, qué le vamos a hacer.


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Published on Jul 18, 2025

Esta mañana un amigo me mandaba ese mensaje. Paradójico, ¿no? Que alguien se disculpe por haber perdido el contacto requiere contacto, por lo tanto no estará tan perdido el contacto, ¿no? Entiendo el sentido. Mi amigo es una persona con la que he tenido contacto de mayor o menor intensidad a lo largo de varios años: periodos de mucho contacto seguidos de semanas o meses de silencio absoluto. Antes no era tan llamativo porque, aunque no hablábamos por privado, nos veíamos en las redes sociales, lo cual nos situaba en una cierta ilusión: la de saber cómo le iba la vida al otro o a la otra. En fin, él ha abandonado finalmente mastodon y yo paso de bluesky y he cerrado mis otras redes. Así que bueno, solo nos queda Telegram, de momento. Y ahí había bastante silencio de radio. Pero se ha acordado de mí, y me ha escrito, me ha preguntado por la vida, yo he hecho lo propio y ha sido bonito saber que alguien me piensa. No me hace falta más. Por supuesto, le he contestado muy seriamente a su disculpa y, para eso, me ha venido muy bien una conversación que tuve el sábado pasado.

##Lo que se ve desde detrás del visillo no es la vida.

El sábado estaba de reunión anual con mis amigos de la adolescencia. La vida nos pone difícil vernos más, por desgracia. La cosa es que salió el tema de Instagram y un amigo decía que se resistía a cerrar Insta porque tenía la sensación de que se iba a descolgar de la vida de muchos vínculos que tiene en otras ciudades y con los que no mantiene un contacto diario: son gente que le importa, quiere que les vaya bien, quiere saber que les va bien, pero no tiene la capacidad de estar escribiéndoles mensajes y demás.

Yo entiendo que eso dé miedo, de verdad. Intentaba, no obstante, hacerle ver que ver Instagram es parecido a lo que hacen las «viejas del visillo» en los pueblos: lo que ves no es lo que hay, es lo que captas en un instante. Menos real es todavía Instagram: yo decido qué pongo, cuándo, cómo. Puedes estudiarte el Instagram de una persona de arriba a abajo y estar más alejada de saber cómo va su vida que antes de empezar. No obstante, como digo, entiendo el miedo y el «mejor eso que nada». Sobre eso nada tenía que decir.

Entonces otra amiga dijo algo que me pareció muy interesante:

##«No podemos sostener todos nuestros vínculos de la misma forma»

Ella ha vivido en varias ciudades de dentro y fuera de España y contó que, después de vivir en Chile, al volver, no vivía ni aquí ni allí: estaba constantemente pendiente del ordenador, de los correos electrónicos y las comunicaciones de la gente de allá, durmiendo poquísimo para vivir aquí, en España, y, a la vez, mantener el contacto sincrónico con su gente de allá. «Un día», dijo, «me dí cuenta de que tenía que dejar ir, porque la vida es eso: no se pueden sostener todos los vínculos de la misma forma, simplemente no se puede».

Me hacía falta escuchar eso, ¿sabes? Siempre he tenido la sensación de que había algo defectuoso en mí por no mantener demasiadas relaciones de larga duración, pero es que a veces la vida lo pone complicado y yo no tengo especial habilidad para eso. Antes era más sencillo de asimilar: si te mudabas de ciudad se asumía que el contacto se iba a perder. Quizá podías mandar cartas de vez en cuando, o llamar por teléfono alguna vez. Pero el tiempo y la distancia iban haciendo lo suyo. Si, por una casualidad, volvías al lugar de origen y te cruzabas con esos seres queridos probablemente os saludaríais con alegría, nostalgia y emoción. Incluso propondríais tomar algo y poneros al día. Y al volver a marchar, pues cada persona volvería a su vida y en paz. Es bonito, es orgánico.

Ahora, sin embargo, con eso de estar hiperconectados parece que esa opción ya no existe: hay que hablar con todo el mundo, todo el rato, una no puede bajar la guardia, dejar de escribir mensajes, dejar de dar likes, dejar de estar al día de los más nimios detalles de la vida de todo el mundo al que quiere o aprecia. ¡Es agotador!

##No hacía falta una disculpa.

Por eso le he dicho a mi amigo que no hacía falta una disculpa. Que se ha acordado de mí y me ha escrito, por lo tanto no hay contacto perdido que valga. Que no se pueden sostener en plano de igualdad todos los vínculos (lo siento, Tània, me quedo tu frase) y que en todo caso debería darle las gracias por pensarme y hacérmelo saber.

No sé, ¿no os parece que vivir como se supone que se debe es complicadísimo y absolutamente agotador? Lo mismo esto ya no tocaba en este post, pero es que te prometo que estoy que no doy más de mí. Vamos a dejarlo aquí, supongo.


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Published on Dec 11, 2025

Para pensar un poco, antes de leer.

¿Cómo te sientes cuando se acerca tu cumpleaños?

¿Qué te gustaría hacer para celebrar tu próximo cumpleaños?

Piensa en algunas situaciones que hayas superado en este último año y felicítate por ellas.

Y ahora, leamos el poema:

Cumpleaños, de Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo

menos cierto, confuso,

disolviéndome en aire

cotidiano, burdo

jirón de mí, deshilachado

y roto por los puños.

.

Yo comprendo: he vivido

un año más, y eso es muy duro.

¡Mover el corazón todos los días

casi cien veces por minuto!

.

Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.


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Published on Apr 22, 2025

La lucha de las oprimidas es agotadora. A veces se hace en grupo y es maravilloso: manifestaciones, jornadas, actividades grupales y demás nos hacen sentir que no estamos solas, que hay muchas manos, cabezas, cuerpos y voluntades dando la batalla por un fin común. Aunque no deja de ser duro, en esas situaciones me invade una sensación electrizante, como si me estuviera recargando de alegría o de esperanza.

Pero una no se sacude la condición de mujer, LGTBIQ+, racializada, pobre, migrante, discapacitada, enferma, etc. cuando se separa del grupo, cuando acaba la manifestación, cuando vuelve a su rutina. Las opresiones siguen y, por tanto, sigue la lucha. Y, como decía antes, es agotador tener que estar batallando todo el rato. Porque es TODO-EL-RATO: a medida que desnaturalizas tus opresiones no hay día que no tengas al menos una ocasión de partirte la cara (metafóricamente las más de las veces, pero no siempre).

Pasa con la condición de ser mujer. Cuando una es mujer y entra en la madriguera de conejo que es el feminismo, la caída no tiene límites. Una empieza a ver machismo por todas partes, pero no porque alucine, sino porque hay machismo por todas partes. El otro día, en un vídeo sobre autocuidado de la salud mental, relacionado con los riesgos laborales (esto es, un vídeo parte de un curso que me proporciona mi empleador) vi cómo el actor que hacía de jefe llamaba “cielo” a su empleada. Ya sabes, lo típico. Para muchos es una tontería y resulta que yo tengo la piel muy finita, pero es que no está bien. Y a lo mejor hay días que lo dejo pasar, pero otros no quiero, no puedo o no me apetece. Así que hice el comentario de rigor. Ese mismo día tuve que abordar una situación en clase: mis alumnos hacían bromas sobre prostitución y mis alumnas se morían de incomodidad. ¿Cómo voy a dejar pasar eso, siendo educadora? Venga, otra batalla, esta vez contra 15 adolescentos ante los que, bueno, supuestamente soy la figura de autoridad, pero que no dejan de ser 15 adolescentos, en grupo, viendo como sus afirmaciones de masculinidad (eso que les importa tantísimo) se problematizan delante de otras tantas adolescentas. Y podría seguir.

Lo hacemos en casa, con nuestras familias, lo hacemos en el trabajo, lo hacemos con nuestras amigas y amigos, lo hacemos en redes sociales. Estamos siempre con el disco puesto, siempre con la escopeta cargada. Insisto: es cansadísimo, pero ¿cómo abandonar la lucha? Es que no se puede. No podemos. Por nosotras, por las que fueron antes, pero, sobre todo, por las que están por venir (y aquí sí les incluyo también a ellos).

No, no se puede abandonar la lucha. Pero eso no significa que no podamos bajar los brazos de vez en cuando. No es extraño asistir a la retirada de alguna amiga o compañera cuando ya no puede más, cuando no le dan las fuerzas. Especialmente, cuando se da la batalla en redes sociales, ya que los ataques pueden llegar en oleadas que se hacen eternas, dependiendo de lo incómodo de tu afirmación y lo viral de tu mensaje. Por eso, como decía, a veces alguna de nosotras se retira un tiempo de la batalla. Incluso abandona algún ámbito del todo (como puede ser una determinada red social). Pero eso no es una derrota porque aunque muchas veces nos enfrentemos solas al problema, nunca estamos solas en la lucha. La sororidad (o, para el caso, la unidad en cualquier otra lucha) funciona como un coro. Un coro puede sostener una nota de manera infinita, porque cuando una de las personas integrantes tiene que parar a respirar, el resto sostienen la nota. Es una experiencia estupenda. Cuando cantamos O Frondens Virga (compuesta por Hildegarda de Bingen, que siendo monja sabía cómo es un orgasmo femenino mejor que muchos joseluises) es inevitable respirar porque el coro lo que hace es sostener una única nota en un “uuuuuuh” durante toda la canción para hacer de fondo de las solistas. Pero cuando respiras lo haces con total confianza, sabiendo que el resto te cubren, igual que sientes tú que estás cubriendo a la compañera que se ha parado a respirar a tu lado.

Pues eso. Nadie puede luchar todo el rato, pero ahí estaremos el resto, las que sí podamos, sosteniendo la nota.


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Published on Mar 16, 2025

Miedo, tengo miedo.

Miedo de quererte.

Miedo, tengo miedo.

Miedo de perderte.

Sueño noche y día

que sin ti me quedo.

Tengo, vida mía,

miedo...Ay, mucho miedo.

«Tengo miedo», por Rocío Jurado.

No sé dónde lo leí, pero estoy absolutamente de acuerdo: «Amar es dar a alguien el poder de hacerte daño (y confiar en que no lo hará)». Aunque eso es mucho confiar. Las personas somos como erizos (esta metáfora sí recuerdo dónde la leí, fue en La elegancia del erizo, de Muriel Barbery), intentando encontrar el ajuste correcto, ese en el que no nos muramos de frío por la distancia ni nos hagamos daño por la estrechura de demasiada cercanía. Y en lo que encontramos ese punto o nos reajustamos acabamos haciéndonos daño sin querer. Es inevitable.

Pero hay verdad en esa frase, algo al menos. En La condición vulnerable (un ensayo que recomiendo encarecidamente, una filosofía en la que de verdad me he sentido a gusto), Joan-Carles Mèlich dice «Nunca somos tan vulnerables como cuando queremos, pero también nunca estamos tan protegidos de la vulnerabilidad como cuando nos quieren». Amar, amar de veras, no puede hacerse con escudos y armaduras. Amar (a quien sea y como sea) es abrir el pecho y decir: «esto soy». En el baile de máscaras que es la vida no es poca cosa.

Pero ser vulnerables es terrorífico, especialmente en este mundo en el que hemos aprendido que cualquier debilidad podrá ser utilizada en nuestra contra. Hay que escoger bien ante quien nos permitimos ser vulnerables, hacer control de daños. ¿Cómo no va a dar miedo amar entonces? Una se arriesga doblemente: se pone en una situación de vulnerabilidad al querer y vive en un estado de precariedad permanente por poder perder esa protección que da ser querida.

En ese punto estoy, consciente de la precariedad del amor al que me he entregado por completo y que me ha cubierto de las inclemencias hasta ahora, recordando que ningún amor es incondicional y que, oh sorpresa, el amor no lo puede (ni debe poderlo) todo. En ese punto estoy, sí. Muerta de miedo.

Pero ahora no me sale decir «si esta vez no, nunca más». Sé que no tengo remedio, que si esta vez no (que ojalá sí) volveré a intentarlo mientras me quede corazón. Tampoco me sale hacer control de daños, replegarme, adoptar una estructura defensiva y minimizar las bajas. Nada. Sigo con el pecho abierto: «Esto soy, toma lo que te aproveche». Ya iré recogiendo los restos como buenamente pueda.

Habrá merecido la pena.


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Published on Jun 8, 2026

Me gustaría que esta entrada fuese a tratar de Ajuar, el duo de señoras madrileñas que hacen una actualización del folclore tradicional bien chula, fresca y feminista. Echadle un vistazo a su Bandcamp, ahí enlazado, porque merecen mucho la pena.

Pero no, no vengo a hablar de ellas. Vengo a hablar, cómo no, de mis traumas. Bueno, no lo sé. Vengo a intentar descubrir si tengo que tener un trauma nuevo, o mejor dicho, si hay una nueva manifestación de mis traumas antiguos. Yo qué sé. Demasiao bien me mantengo.

La cosa es la siguiente: ¿a vosotras os han preparado ajuar vuestras familias? Ya sabéis: enseres domésticos, menaje, ropa de cama, toallas... Esas cosas que una persona necesita cuando se va de casa. Sé que lo tradicional era que se les preparase a las muchachas (y que ellas mismas empezasen a contribuir en cuanto tuviesen edad, ya fuera bordando, tejiendo, lo que fuese), pero ya he conocido casos en los que se les prepara también a los hijos, ya no con tanto componente utilitario, sino como una especie de ofrenda o gesto cuando salen del nido para volar por su cuenta.

Es que el otro día hablaba con la familia de mi pareja, y contaban que ellos habían comprado ajuar por igual a mi pareja y a su hermana. Y entonces caí yo en que yo no tengo ajuar. Nunca lo he tenido. Al menos no viniendo de mi madre. Recuerdo que cuando estaba a punto de mudarme a mi piso, la madre de mi entonces pareja empezó a preparar un ajuar mínimo, de manera informal. Iba comprando cosas que veía útiles y las iba guardando. Salvo esos regalos, todo lo demás que hay en mi casa lo he comprado yo.

No es por la cuestión material, por supuesto. Puedo comprarme unas sábanas o un juego de toallas si los necesito (no siempre ha sido así). Es por el cuidado. Por el cariño. Por ese pensar en el futuro de la hija o del hijo que supone preparar algo para cuando sea mayor, para cuando se case. Para cuando le haga falta.

Sea como sea, no tengo ajuar. Mi dote es más pequeña que la de Inesilla y el Brillante.... Sobre todo porque en su caso, «aunque el dote era pequeño el cariño era muy grande».

Estar en un punto de mi vida en el que me voy sintiendo conforme, segura, querida, cómoda cuidada tiene su parte buena, muy buena, excelente... Pero también la mala, y es que me estoy haciendo consciente de que mirar a mi pasado, a mi infancia, adolescencia y primera juventud, es mirar a la cara a la carencia. Y de eso nadie sale indemne. Como ya he dicho antes: demasiao bien estamos.


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