Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jan 13, 2025

El otro día una amiga trajo al grupo de Telegram unos mensajes de una red social que no frecuento. En ellos una madre instaba a los padres a no llevar a los niños de muy pequeños a Disneyland porque no iban a recordarlo. A estos, otra madre respondía diciendo que mejor no llevarlos en absoluto, invertir el dinero y, cuando tengan la edad de conducir, con los beneficios que haya dado, regalarles un coche. Mantenía algo así como que la experiencia Disney no es rentable. O, al menos, que es mucho menos rentable que un coche.

Me parecen argumentos bastante estúpidos, la verdad. Y me entristecen, porque veo con desazón como la idea de la rentabilidad se lo está comiendo todo. A mí misma, no me excluyo.

Todo lo que hacemos tiene que tener una contraprestación de algún tipo que va más allá del goce que obtenemos de la misma. Tiene que contribuir a un bonito feed de Instagram, o perfeccionarnos como personas, o proporcionarnos algún aprendizaje. Tiene que enriquecernos (en el sentido que sea), abrirnos puertas o constituir los cimientos de algo postrero. Hemos llegado a un punto en el que parece que el goce tiene que compensar. Como si gozar, disfrutar, en este mundo cada vez más inhóspito fuese poca cosa.

Hoy vuelven a preguntarme por qué no monetizo más. Por qué no busco la manera de hacer rentable lo que hago. Y la respuesta es clara: porque me haría menos feliz. Porque sería absolutamente dichosa si pudiese dedicar la mayor parte de mi tiempo a hacer cosas inútiles sin ninguna rentabilidad.

Así que mi deseo de hoy es este: que tu goce, o al menos parte del mismo, sea lo suficientemente intenso como para que no necesites que sea rentable. Que los destellos de felicidad vuelvan a ser suficiente.


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Published on Apr 8, 2025

Me conozco. Ya sé que tengo mis rachas. Me conozco en las buenas, en las malas y en las peores. Tengo asumido que mi supervivencia y funcionalidad requiere de un montón de protocolos, rituales y atención a señales. Ya no me importa, si consigue mantenerme en marcha y con vida.

Por ejemplo, para los momentos verdaderamente oscuros tengo mi protocolo de prevención del suicidio que consiste, básicamente, en decir a gente muy cercana que empiezo a tener ideaciones suicidas, ganas de morirme o que fantaseo con que me pasa algo malo, incapacitante al menos. Acto seguido les pido que, por favor, al menos un par de veces a la semana o tres me escriban y me pregunten qué tal van las ganas de morirme. Así, tal cual. Esa pregunta honesta y desenfadada me da pie a decir la verdad y a pedir ayuda si lo necesito verdaderamente. O, al menos, a pedir ánimos para pedir la ayuda: muchas de estas personas están bien lejos físicamente de mí.

En los últimos tiempos he estado bastante pocha. Una depresión está intentando comerme por los pies con la inestimable colaboración del capitalismo y otras bolas de malabares, lo típico. Muchos de mis días me siento absolutamente desesperanzada y desconsolada y sé que de ahí al protocolo de prevención del suicidio hay poquito. Es como si no hubiera nada en el mundo en donde encontrar esperanza o belleza y que fuese capaz de reconfortarme. ¡Ya ves! Cuando precisamente ese es uno de mis talentos cuando no estoy así. De hecho, creo que es el talento que hace que no esté así a menudo. Pero ahora mismo, como otras cosas que me hacen feliz de mí misma, parece estar fuera de servicio.

Así que, habida cuenta de mi dependencia de los protocolos, se me ha ocurrido diseñar uno que consiste en nombrar un responsable (#ingeñero) de proporcionarme felicidad reciclada. Le he pedido que haga una lista de momentos en los que hemos sido felices y, además, que incluya algunas vivencias que han hecho que se avive mi esperanza aunque sea un poquito. La verdad es que se está tomando su nuevo cometido muy en serio, como todo aquello con lo que se compromete.

Hoy estaba tirada en un banco, al volver del trabajo, con él, porque hemos conseguido coincidir unos minutos.

—Estoy teniendo pensamientos feos —le he dicho.

—¿Cómo de feos? —contestó.

—Bastante. Como 7 de 10.

—¿Como el culo de un babuino?

Yo me he reído aunque no tuviese ganas, porque es muy payaso.

—Sí, más o menos. El culo de los babuinos es bastante feo pero el color sería bonito si no estuviese pegado al culo de un babuino.

—Eso —me ha dicho sonriendo—. Y... Los pensamientos... ¿Son peligrosos?

—No. Todavía no —he reconocido, con los ojos inundados.

—Vale. Recuerda que la semana pasada dos alumnos te ofrecieron sus paraguas porque tú te habías olvidado el tuyo, dispuestos a mojarse ellos para que tú no te mojases.

Y rompo a llorar. Por todo. Porque es verdad. Porque fueron muy amables. Porque eso debería hacerme sentir mejor. Porque en otro momento eso me llenaría de esperanza y ahora... Ahora son solo clavos al rojo a los que me agarro para no perderme. Pero hago el esfuerzo de, aunque no sienta nada, recordarlo, al menos racionalmente. Para no olvidar que he sido feliz antes (y volveré a serlo) y que en el mundo sigue habiendo razones para seguir viva.

Seguiré intentando hacerme trampas y esperando que, en algún momento, funcione. Como dijo aquella sabia, es mejor eso que morirse...


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Published on Sep 9, 2025

... lo que quiero decir es que no quiero tener que trabajar para vivir.

Es así de llano. Porque realmente no hay un ápice de ostentación en mis sueños: no quiero una casa más grande (aunque un apartamentito en la costa sí me encantaría), no quiero tener ropa cara, o joyas, o zapatos de marca. No quiero cambiar la decoración ni hacer grandes viajes. Ni siquiera pienso, cuando digo que quiero ser rica, en tener trabajadores que me ayuden con las tareas del hogar, y mira que se me hacen bola y me siento inadecuada con ellas. No. Cuando digo que quiero ser rica en lo que pienso es en gestionar mi tiempo, en poder echar una tarde entera leyendo sin que pase nada ni se me trastoque ningún precario equilibrio espaciotemporal. En poder acostarme y levantarme a la hora que me lo pida el cuerpo. En definitiva, a vivir como suelo hacelo cuando estoy de vacaciones: sin reloj y sin prisa.

No necesito lujos, pero es que tampoco los quiero. Mi relación con el lujo es, en general, de aversión. Me recuerdo paseando por Versalles y pensando en qué horror, qué ostentación, qué excesivo todo. Lo mismo me pasó con la Place Vendôme y la Rue de la Paix, famosas por sus boutiques y joyerías y por los cochazos de gente rica de verdad, no como yo fantaseo, que para allí a comprar. Cuando fuimos a París pasamos por allí y yo, la verdad unimpressed. Al volver me recuerdo hablando con la madre de #ingeñero que refería esas zonas de la ciudad con fascinación y admiración. Pues a mí en el mejor de los casos me dan rabia y en el peor me hacen sentir inadecuada, insignificante, sobrante.

Soy sensible a la belleza: me encantan y me subyugan las cosas bonitas. Pero con el paso del tiempo me ha ido quedando claro que las cosas caras y las cosas bonitas no suelen coincidir (diría que cada vez lo hacen menos: tal vez la belleza sea un valor demasiado mainstream). E incluso cuando da la casualidad de que esa cosa carísima es bonita me cuesta disfrutarla. Supongo que no se me olvida que los que gozan de ese lujo lo hacen a costa de los que soñamos con vivir sin trabajar, si tenemos suerte, y a costa de los que sueñan que trabajar les permita vivir, si no la tienen. Y eso hace que me parezcan bastante más feas.


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Published on Aug 22, 2025

¿Es una costumbre más o menos extendida lo de regalar joyas (joyas de verdad, no bisutería) a las mujeres cuando se convierten en madres? El otro día, cuando llegamos a casa de los padres de mi pareja, encontramos que su hermana, que se casa pronto, estaba haciendo probaturas de joyas para llevar ese día. Finalmente llevará unas joyas que son herencia familiar. La madre de mi pareja nos contó que esos pendientes y ese colgante se los regalaron a su madre (la abuela de mi pareja y su hermana) el día en que la parió a ella: su marido el colgante y su suegro los pendientes. Pero es que hace unos meses, en un retiro del coro, una compañera contaba que poco menos que exigió a su marido un reloj bueno cuando parió a su primer hijo «para llevar la cuenta de las tomas y eso», dijo. Y lo que le pidió fue un Rolex de acero y oro que llevaba puesto en ese mismo momento. Alguna otra compañera hizo mención del regalo que había recibido de su marido tras convertirse en madre. No había más Rolex, pero sí otras joyas. Empiezo a pensar que esta es otra de esas costumbres de las que nadie me había contado nada.

En mi familia no hay joyas, nadie las recibe ni la regala. Mis padres tienen sus correspondientes alianzas de boda y, además, mi madre tiene un anillo solitario que heredó de su misteriosa y malograda tía (de ella, de su vida y de cómo llamó a mi madre desde la tumba para que la encontrase, a lo mejor os hablo otro día) que me temo que yo no voy a heredar. No sé a ciencia cierta si, joyas aparte, mi madre recibiría algún regalo por traerme al mundo pero estoy casi segura de que no. En mi familia, pobre de solemnidad, cualquier excusa era buena para no gastar: si cumplías con tu obligación no merecías un premio. Así, igual que no se nos daban premios por sacar buenas notas, imagino que a las mujeres no se les daban premios por parir.

Yo no voy a ser madre, pero no me imagino en la situación de recibir joyas buenas por haber parido, ni un Rolex, ni nada que se le parezca. Tampoco creo que vaya a casarme, pero he de reconocer que he fantaseado en alguna que otra ocasión con la típica proposición que incluye un anillo de compromiso bueno, de oro, con alguna piedra preciosa. Una chica puede soñar con sentirse como una princesa alguna que otra vez en su vida, ¿no? Y, como ya he dicho, no hay muchas alhajas familiares que heredar.

Podría regalarme yo las joyas, supongo. Ir a una joyería fingiendo que me merezco cualquiera de las cosas que tienen expuestas (je, eso iba a estar gracioso, si llegase a conseguirlo) y comprarme unos pendientes o un anillo. Quizá una pulsera para las ocasiones especiales. Guardar mi tesoro en un joyero bonito y mirarlo en los días tristes. Sentirme verdaderamente especial cuando decida usarlo. Y, quién sabe, empeñarlo en los últimos días de mi vida para gastarme el dinero en coctails en un todo incluído con vistas al mar.

Pero esa no es la cuestión. Incluso aunque venciera todas las barreras y consiguiese comprarme una joya seguiría sin tener la experiencia que relato: la deque alguien reconozca e intente retribuir con algo valioso, aunque sea de forma bastante torpe, que una ha obrado una hazaña, algo cercano a un milagro.

Supongo que eso nunca va a pasarme.


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Published on Jun 5, 2026

Hace unos días asistí a una graduación de Bachillerato. Este año he tenido el dudoso honor de ser tutora de un grupo y profesora de dos completos y otros 2 parcialmente. No había manera de escaparse.

Tampoco tenía ganas de hacerlo, ojo. Aunque este tipo de eventos me dan una soberana pereza y suelo huir de alargarlos demasiado (ni cena después ni fiesta con ellos), sí me gusta participar de la ceremonia, de verlos con sus vestidos y sus trajes, de los discursos (o, al menos, de los detalles que se salen de lo manido), de la alegría y la celebración.

Hay un momento, no obstante, en el que lo paso regulinchis: el de la imposición de las becas. El contacto físico me genera incomodidad y ahí una tiene que hacer de tripas corazón y dar abrazos y besos. Pero tampoco sé si a todos los alumnos, o a unos sí y a otros no. Si abrazo y beso o solo abrazo, o solo beso, o mano o qué. Total: que es un momento tremendamente incómodo y rarísimo. Los que dicen que no se me nota el autismo deberían verme ahí.

Este año, además, hubo un momento intensísimo durante la imposición de becas. Los alumnos y alumnas intentan ponerse delante del profesor o profesora que mejor les cae, con el que más afinidad tienen... En fin, lo normal. Así que, para mi tremendo gozo (y para dificultar lo del contacto físico) suelo acabar teniendo delante a mi alumnado más particular, menos normativo. Por lo que sea. En uno de esos momentos tuve delante a una alumna trans, perfectamente enmascarada, con su traje impoluto, sus zapatos planos de vestir, etc. etc. que ya me había contado que ese día sería ella misma también de cara al exterior. Yo sabía que se había comprado un vestidazo y unos tacones eternos, que estaba ilusionadísima. Que el atuendo estaba esperándola en casa de una amiga, para ir a cambiarse luego, después de la cena. Necesitaba, me contó, tomar aire, coger fuerzas para contárselo a su familia. Está esperando a cumplir los 18 años en unas semanas.

Cuando estuvo delante de mí le susurré que estaba muy orgullosa de ella. Le puse su beca, le di un abrazo inmenso. Me respondió: “Me habría encantado poder hacer esto con mi vestido”. Y se me rompió el corazón. Podría haber llorado, pero tiendo a responder bien en estos momentos. Le dije: “Guarda bien la beca y cuando estés lista repetimos la foto”. Sonrió con tristeza. Pero sonrió.

No dejé de pensar en ella ese día y el siguiente. Aún de vez en cuando se me viene a la cabeza. ¿Cómo le habría ido? ¿Se habría atrevido a ponerse el vestido? Seguro que no le ha pasado nada, me lo habría contado cuando me escribió para contarme qué tal en la Selectividad. ¿Habrá hablado con su hermana?

Pero, sobre todo, pienso mucho en la necesaria subordinación de la teoría a las realidades. Esto es bastante problemático, pero como feminista, soy bastante crítica con el concepto de género y sus expresiones, con todo lo que implica en tanto que corsé para el desarrollo de las personas y para su discriminación y limitación. En el plano teórico, me apasiona el debate y me obsesionan los problemas que mi corpus ideológico tiene. Porque luego está la realidad. Y yo a mi alumna no puedo hablarle de la abolición del género, como si su sufrimiento fuera elegido. Ahí tengo a otra protagonista de otra versión de La mala costumbre llevando ropa en mochilas, cambiándose donde puede, batallando por ser. Y como persona, mi inclinación fundamental es intentar aliviar el dolor de quien sufre en la medida que puedo. Y esto me importa más que la teoría. Estoy segura que mi experienca humana es la que acaba modelando mis principios y convicciones y no a la inversa.

Escribo esto ahora porque hace un rato me he cruzado con un compañero que le dio clase y me ha dicho que la vio en la fiesta posterior, hecha una reina. Que él no sabía, que imaginaba, quizá. Que la saludó con alegría, que espera que no se sintiera incómoda. Que se alegra mucho de que esté dando esos pasos bien rodeada de sus amistades. Y al final de todo, aunque el momento de la graduación fue agridulce, me alegra saber que saltó esa barrera y que entre mis compañeros hay quien la ha visto y reconocido. Que el mundo es hostil, pero tal vez no tanto como imaginamos o esperamos. Y creo que tengo que repetirme esto, aunque tal vez sea mentira, para seguir creyendo.


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Published on Jul 24, 2026

En los últimos tiempos estoy leyendo Calibán y la bruja de Silvia Federici. No paro de repetirlo y alguien podría pensar que lo hago para darme pisto, para ganar puntos de intelectual o algo así. Nada más lejos de la realidad: lo hago porque me está volando la cabeza. No puedo evitar citarlo porque ahora veo eso de lo que Federici habla en su libro por todas partes.

Por ejemplo, está la cosa de las mujeres que no han sido inventadas sino hasta recientemente, como decía Úrsula K. Le Guin. Leyendo Calibán y la bruja una se nutre de una serie de argumentos contra esa idea tan extendida. Las mujeres han hecho política SIEMPRE, porque no hacerla, ser efectivamente apolítico (esto es, no ser un derechista tibio, sino apolítico de veras) es algo que solo pueden permitirse los absurdamente privilegiados.

Últimamente me he cruzado con unos cuantos señores hablando de hacer política. Artículos de prensa sobre fantasía y ciencia ficción. Señores antologando a poetas jóvenes. El parroquiano de turno hablando de que ya no se hace política de verdad, activismo de verdad. Me pregunto si el hecho de que sean señores es una casualidad y la pregunta se vuelve retórica. Acabo por pensar que el problema es lingüístico (me cago en mi puta vida, tanta continentalidad para acabar con-cediendo a los analíticos): lo que se entiende por política. Para ellos, y soy consciente que se trata de un ellos difuso, el hacer política tiene que estar revestido de la cantidad justa de grandiosidad, de racionalidad fría e imperturbable, bien cargado de estrategia, similar a una partida de ajedrez y, por supuesto, orientado a los asuntos verdaderamente importantes que, oh, casualidad, son los que a ellos les parecen importantes. Desde esa atalaya es muy fácil decir que ya no se hace política, que tal o cual colectivo no la ha hecho, que no hay política en tal o cual manifestación literaria o artística.

¿Era política el motín del pan de Córdoba? A mí, indudablemente, me lo parece. Pero es fácil desdeñarlo como una insurrección motivada por las emociones de las mujeres, carente de organización formal, falta de miras más allá del presente (el hambre dificulta mirar demasiado hacia el futuro, cosas que pasan). Y así podemos decir que las mujeres no hacían política. Como si el hecho de estar metida hasta la garganta en la realidad que hay que cambiar hasta el punto de ser movida inevitablemente a la acción fuese una suerte de neutralizador de la política.

Hoy mismo, y cambiando de tema parcialmente, se hablaba de un festival de literatura de género que decía reivindicar la fantasía y ciencia-ficción políticas, desear revitalizarlas, como si estuvieran muertas. Y puede que desde esa atalaya que mencionaba lo parezcan. Bajad, queridos, bajad aquí con nosotras. Hablemos de La última mujer de la Mancha, de Enerio Dima, que habla de olvido del mundo rural. Hablemos de El poder de Naomi Alderman, una especie de Guerra Mundial Z que examina la naturaleza del poder a raíz de la subversión del peso que en él tiene el género. Nah, no es político porque son temas que no les interesan. ¿El género? ¿El olvido de los pueblos? ¿Qué mierda de cruzada política es esa? Pues la nuestra. Ni más ni menos. La de quienes no podemos permitirnos ser apolíticos, pero tampoco tenemos permitido hacer política según vuestras reglas [^libros].

Y bueno, luego está el señor antologador de poesía. Decía en su prólogo que él solo había seleccionado poesía política. Nada de sentimentalismos. Se permitía decir algo así como que si la camarera te ha llevado a escribir un poema, haznos un favor a todos, tú incluido, y no se lo enseñes a nadie. Me lo llevé a lo personal, claro. Es uno de mis defectos. Me llevó a un poema que escribí hace mucho, mucho tiempo, titulado «No me dejéis sola en el metro» en el que, a partir del flechazo que me provocó una muchacha con un vestido de flores, exalto la dignidad de los que entonces nos llamábamos «los de abajo» y afeo la insensibilidad de los que entonces llamábamos «los de arriba» que, casualmente y al parecer, eran los que hacían la política.

No estoy en ninguna antología de poetas jóvenes, normal y comprensible. Pero ese poema, como muchos de los míos, sería descartado por sensiblero, emocional, ñoño y, por tanto, no político, no social. Es fácil hacerlo desde la arrogancia de los que tienen y han tenido un estrado desde el que hablar. Yo, entonces estudiante, para la que viajar en metro era un lujo, no podía aspirar a hacer otra revolución que no fuera la de lo cercano, aunque entonces aún soñaba. Hoy lo tengo todavía más claro: somos muchas las que mantenemos vivas pequeñas revoluciones cada día, que no surgen de la estrategia ni se pierden en la big picture, sino que nacen del amor, del cuidado, de la necesidad de consolar y ser consoladas, de poner bonito nuestro rincón del mundo, nuestro patio de vecinas. Y si eso no es política, pues qué queréis que os diga: pueden coger su política y metérsela enterita por el culo. Eso sí, tendrán que sacarse la cabeza antes, claro.

[^libros]: No soy una lectora experimentada de ciencia ficción y fantasía, pero sin serlo he conseguido citar dos obras sin pensar demasiado. No es tan difícil encontrarlas.


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Published on Apr 5, 2026

Ha pasado ya una semana desde que te marchaste y ahora, ahora que ya no estás, me pongo yo a escribirte. Ya ves. Ahora que ya no estás lamento lo que no te he dicho. Ahora que no estás, ahora que diga lo que diga será por mí y no para ti, me apetece reconocerte. Menuda gilipollas estoy hecha.

Seguro que tú dirías que no. Siempre fuiste amable conmigo. Siempre fuiste amable, en realidad. Eras una de esas escasas personas que tienen la rabia perfectamente calibrada, perfectamente dirigida: contra los que oprimen, contra los que dañan, contra los que estigmatizan, contra los que patologizan, contra los que avergüenzan. Para todos los demás siempre tenías una palabra amable, una frase de ánimo, un gesto de acompañamiento en la dirección adecuada. Me habría gustado que supieses cuánto significaban para mí esas palabras, especialmente viniendo de ti.

No he dejado de pensar en ti ni un día desde que no estás, y esto a veces me parece dramático por mi parte, me siento una impostora, como si estuviera usurpándole el duelo a tu gente. Porque yo no era nada tuyo, ni tú nada mío: yo era una señora random de interné y tú una mujer y activista a la que admiraba y a la que nunca di un abrazo. Lo pensé, ¿sabes? Estuve sentada detrás de ti durante una charla entera de la TacitaCon (primera edición). Empecé preguntándome si eras tú (por aquel entonces te seguía en Twitter y, sobre todo, leía con pasión tus publicaciones de Instagram (tan crudas, tan intensas, tan auténticas, tan dispares). Quería decirte que te leía, que me alucinabas, darte un abrazo si me dejabas. Pero mi timidez, mis dobles, triples y cuadruples pensamientos y mi torpeza social me frenaron. «Dónde vas, payasa, que ni sabe quién eres». Lamento no haberte dado ese abrazo. No porque hubiese cambiado nada, sino porque los abrazos que no se dan no se recuperan. Nunca.

Decía que no dejo de pensar en ti porque, de alguna manera, pensaba que eras de esas personas que siempre resurgían de sus propias cenizas. Estaba acostumbrada a verte hundirte en el dolor más profundo (en tu cama, a oscuras) y a resurgir luchando, no como si nunca te hubiese dolido nada (los que nunca han sentido dolor no luchan con esa rabia, con esa fuerza, con esa urgencia), sino como si hubieses conseguido transformar ese dolor en combustible. Escribías, dabas charlas, hacías activismo, ... Parecía que esos ciclos te hacían eterna. Lamento infinito que no haya sido así. Era mucho pedir en este mundo.

Desde que no estás hay una frase que antes me consolaba y que ahora me da coraje. En mis propias travesías por el infierno suelo aferrarme a la canción El tiempo que no estés, de Valeria Castro. Me ha acompañado y me ha dado aliento en el patalear para salir de las arenas movedizas. Pues en esa canción hay una frase, «que la valentía me aguante si no soy lo fuerte que creía», que me repetía como un mantra, como un deseo. «Si me faltan las fuerzas, que tenga el valor suficiente para seguir». Pero ahora me da coraje. Porque hay otra frase interesante: «No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista». Cuando el mal dura tanto, no hay fuerzas, ni valor, ni nada, que valgan: una se agota, no puede más, y si en el momento más oscuro no hay un destellito de luz, en ese momento exacto, breve y necesario, pues ya está. Creo que no voy a poder volver a escuchar esa canción sin pensar en ti, como excepción: no queda invalidada, pero me hace recordar que los deseos no son certezas, que los sueños no hacen promesas.

Me parece mentira que no estés. Ando compartiendo cada artículo tuyo que veo, cada mensaje de tus seres queridos honrándote, entro en lso comentarios de todos como esperando verte dando las gracias. Qué pena tan grande, Marta, cuánto vacío has dejado. No sé si te hacías una idea.

Y, como ya he dicho, me siento culpable, indigna de esta pena, del llanto, de secuestrar tu recuerdo varias veces al día... Pero aquellos que hemos florecido en la penumbra no podemos más que llorar cuando se apaga una luz tan cálida y amable como la tuya. Aunque sea desde el agradecimiento por haber conocido tu existencia y, por tanto, notar tu falta ahora, ¿cómo no me voy a doler por tu pérdida?


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Published on Apr 12, 2026

Llevo días queriendo sentarme a escribir un post tierno, esperanzador, pero hoy me siento a llorar en este rincón de Internet[^internet]. En días como hoy entiendo muchas cosas. No voy a ser yo la libre de pecado que lance piedra alguna, hace ya tiempo que no se me ocurre.

Es curioso. Una está bien. Ha tenido unos días agradables (salvo alguna cosa). Ha quedado con sus amigas después de tiempo, y se han reído mucho. Ha recibido regalos muy considerados. Sigue encajando piezas de un proyecto ilusionante. Ha hecho el amor con su pareja. Ha recibido sol. Su planta parece no querer morirse. Tiene mil y un motivos por los que dar gracias (y algunos por los que maldecir, claro, pero ¿quién no?). Está bien, es fin de semana y se ha dado permiso para holgazanear un poco y posponer alguna tarea. Puede permitirse también ver la tele o leer sin mirar el reloj. Está bien. Y entonces...

Entonces el temporal que sorprende mientras tomas el sol en la playa. Las sombrillas volando, la arena arañándote la piel, metiéndose en los ojos, el caos y las carreras. Entonces lo que parece el fin del mundo. Y no es el fin del mundo un mal domingo, una crisis emocional sin causa aparente, igual que no lo es que se levante una tormenta de verano. Pero a veces lo parece. Y, lo que es peor, a veces una desea que lo fuera[^fuera].

[^internet]: hay cosas que no cambian. Llevo haciendo lo mismo desde los 16: llorar en un blog o sucedáneo.

[^fuera]: Creo que nunca me han encerrado, que nunca me han tomado en serio cuando hablo de estas cosas por la manera de contarlas. La metáfora despista, despreocupa, quita peso. Casi parece que me lo estoy inventando, ¿verdad?

Ojalá.


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Published on Dec 4, 2025

Antes del poema, para pensar un poco...

¿En qué piensas cuando escuchas la expersión carpe diem?

¿Crees que estás viviendo el momento lo mejor que te es posible?

¿Se te ocurre alguna cosa que puedas hacer hoy (o mañana) para sentir que estás haciendo tuyo parte del tiempo que se te ha dado?

Y ahora, el poema:

Si todo ha de acabar, por Eduardo García

Si todo ha de acabar, qué importa nada.

Si el río ha de arrastrar cuanto queremos,

días, amigos, cuerpos, libros, senos,

cavando a nuestro paso una hondonada;

.

si todo ha de anegar la mar helada

y al cabo nos aguardan crisantemos,

más vale no olvidar lo que seremos

y enterrar en olvido la alborada.

.

Mas si el destino está en quedar en nada

rema a contracorriente, a tumba abierta,

apurando los cauces, siempre alerta

al destello que inflama la mirada.

.

Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte

cada hora que le robas a la muerte.


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Published on Apr 25, 2026

Ea, con dificultad, pero he encontrado un ratito para contarte cosas de señoras que hacen cosas. Je.

  1. Alice Oseman – Heartstopper Heartstopper ha concluído y nos ha dejado un huequito en el corazón (a pesar de que las últimas tiras eran un poco ir estirando el chicle) porque son todos TAN monos, TAN tiernos, TAN sanos... Tan adolescentes intentando adolescentear como pueden... Qué penica. En fin, espero que les vaya bien en la vida. Ya, ya sé que no son reales. Me da igual.

  2. Querer, de Alauda Ruiz de Azúa. La estuve viendo en unos cuantos ratos tontos. Es otra cosa que Los domingos, que fui a ver muerta de ganas por las buenas críticas que había escuchado de Querer y de la que salí directa a vomitar al baño. Cosas fueron pasadas. Aquí sí consigue mostrar la violencia sin histrionismos, como una especie de contaminante que hace grueso e irrespirable el aire. Aquí sí ví sutilidad. En Los domingos solo vi tibieza.

  3. La selección española femenina de fútbol. El domingo pasado estuve viendo a la selección española femenina en vivo y en directo. Era mi primera vez en un estadio y lo disfruté mucho, no solo por el partido, que fue un poco un paseo por el campo para las muchachas, sino por el ambiente que había en el recinto. No me sentí incómoda, y eso es MUCHO. Y bueno, me parecía bien reconocer a estas señoras el mérito de su trabajo, sin ser yo futbolera ni nada de eso.

En fin, yo quería hacer esto así un poco bien, en serio, con cierta periodicidad. Pero la vida se me pone por medio, qué le vamos a hacer.


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