Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Sep 4, 2025

Esta entrada destripa partes (bastantes) de la peli «El 47». Léela bajo tu propia responsabilidad.

Hace poco vi la película El 47. Conocía la historia, más o menos, la trama principal. Pero me ha sorprendido una trama que no es ni secundaria, un arco prácticamente anecdótico pero con una fuerza tremenda o, al menos, que a mí me ha dado una patada giratoria en el esternón.

Resulta que Juana, posteriormente Joana, la hija del protagonista, canta en un coro. En su primera aparición la vemos cantando «El rossinyol» con su coro. En esa misma escena la directora del coro le asigna el solo. Una compañera a su lado intenta quejarse, pero la directora no da lugar a réplicas. Pregunta a Joana si está conforme y ella dice que sí, ilusionada. El plano se detiene en ambas cuando el coro se disuelve. La compañera lleva un pañuelo en el pelo, tiene los ojos azules, es menos vulgar que Joana. También lleva ropa más vistosa y, a todas luces, más nueva: un jerseycito de punto monísimo, por ejemplo. Joana viste unos pantalones pardos de ¿pana? que han visto tiempos mejores, una camiseta desgastada y una camisa marrón también bastante usada. La compañera, cargada de falsa buena voluntad le dice que todo va a ir bien, que ella lo ha hecho muchas veces, y le pregunta si quiere que le preste algo de ropa, para no actuar vestida así. A Joana se le borra la sonrisa y se mira antes de asentir: sí, agradece que le preste algo de ropa. Y ahí se queda, sintiéndose inadecuada, avergonzada de lo que es. Porque el espejismo de que es una más, incluso de que puede destacar entre ellos, ha durado unos instantes. Y la culpa, la responsabilidad, es suya. Suya y de los suyos: de su padre extremeño, hijo de un represaliado, de su madre muerta, de su barrio chabolista. Un poco todo.

Así que Joana vuelve a casa. Tarde. Embriagada todavía por el dulce rossinyol que va a França apaga el tocadiscos de su padre, en el que suena «Gallo rojo, gallo negro» de Chicho Sánchez Ferlosio. «Sempre la mateixa cançoneta», murmura. Su padre la reprende por no haber estado en la reunión de vecinos, porque en esa casa se han enseñado valores, se ha enseñado compromiso, se ha enseñado lucha. Ella dice que no sirve para nada y expresa su vergüenza. Sale al balcón y empieza a ensayar su solo en voz bajita. No es una de ellos, de los que cantan solos, pero tal vez, si se esfuerza... Su padre sale, le halaga el canto. En tono reconciliador intenta recordarle que no tiene que avergonzarse de quién es, intenta poner en valor sus raíces y sus circunstancias pero son interrumpidos por unos actos que desencadenan ciertas circunstancias. Pasan cosas.

Siguiente escena del arco. Joana está ensayando de nuevo con el coro. Toca cantar el solo. Lo intenta, suena un poco ahogado en los agudos, un poco apagado en general. La directora se lo indica, le pide que lo repita. Lo repite. Y lo repite. Y la directora, cada vez más frustrada, la reprende por no ensayar, por no tomárselo en serio. No sabe, ni le importa, ni puede sospechar siquiera lo que está pasando en la vida de Joana: cuánto tarda en llegar al ensayo, cuánto tiene que caminar montaña abajo y montaña arriba, en qué condiciones vive, los conflictos que hay en su barrio, lo inadecuada que se siente rodeada de clasemedistas. Qué más da. Ha tenido la oportunidad pero no se ha esforzado lo suficiente. Joana lo intenta de nuevo, se le caen las lágrimas. Probablemente la directora siga pensando que no transmite nada.

Tercera escena del arco y final. Joana está actuando con el coro. Su madrastra está entre el público y, al lado de ella, hay una silla vacía: su padre está preso por «secuestrar» un autobús y subirlo a su barrio del extrarradio para demostrar que podía hacerse. Suena «El Rossinyol», y suena precioso. Llega el momento del solo: la compañera empieza a cantar con seguridad, con potencia, con decisión, como cantaría alguien que sabe que merece estar ahí. Suena bonito. A su lado Joana se limita a cantar su parte. Una esperaría que se una al solo, que por fin cante con potencia, que transmita todo lo que tiene que transmitir, que les dé su merecido a la directora y a la compañera. Pero no lo hace. La canción acaba y el coro se retira. Pero Joana no. Joana se queda plantada en medio del escenario. La directora la llama susurrando. Pero Joana no se mueve. Entonces empieza a cantar de una manera abrumadoramente hermosa «Gallo rojo, gallo negro». Joana toma conciencia del orgullo de ser quién es, del valor de su clase y de la lucha. Tal vez incluso de que nunca va a ser una de ellos y de que hacernos creer que podemos conseguirlo es otro de sus crueles juegos de manipulación. Así que cambia la canción y transmite. Claro que transmite. Cuando acaba se retira corriendo. Nadie aplaude.

Me ha recordado a Yeguas exhaustas de Bibiana Collado Cabrera, y me ha recordado a mi vida. A cómo existimos algunas que no cantamos solos y pensamos que es porque no tenemos la voz suficientemente bonita, o no hemos ensayado bastante, o tal vez no lo merecemos, sin más, cuando lo que pasa es que...

Bah, qué importa. Lo que importa es que pasa. Que sigue pasando. Y, para colmo de males, creo que ya ni siquiera recordamos cuáles eran nuestras canciones: parece que solo nos queda bailar al son de las suyas.


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Published on May 14, 2026

Hace unos días tuve una conversación con una alumna a la que admiro y respeto mucho. Es una alumna de 10, en todos los sentidos: educada, simpática, inteligente, creativa, con sentido del humor... Y hasta ahora no la había visto sufrir académicamente. Daba la sensación (jeje, las sensaciones, esa cosa) de que la alumna estaba petándolo sin demasiado esfuerzo emocional, al menos. Pero el otro día, al verse sin tiempo en un examen para realizar una parte del mismo, colapsó: se agobió tanto que se puso a llorar en clase, no sabía por dónde tenía que tirar, escribía y tachaba... Finalmente no llegó la sangre al río, pudo acabar el examen, pero yo me quedé preocupada y la cité: “Cuando puedas, cuando te sientas cómoda haciéndolo, quiero hablar contigo en privado sobre lo que ha pasado hoy, ¿vale?”.

Acudió al día siguiente. Allí hablamos de salud mental, de autoexigencia desmedida (me alegró constatar que nadie la presiona, salvo ella misma, que no es poco), del derecho al error, de cómo lo perfecto es enemigo de lo bueno con frecuencia, de que debería trabajar en ciertas actitudes y formas de tratarse de cara al futuro porque pueden hacerle mucho daño. Me despedí con un: “Cuídate mucho, ¿vale?”, y lo que motiva este post es su respuesta. Se giró, me miró desde la puerta, me sonrió y me dijo: “Nos cuidamos unas a otras, profe”.

Y es verdad. Y eso me está dando mucha paz estos días. No es extraño que me sienta imbécil, que sienta que mi “bondad”, con todas las comillas del mundo, es echar margaritas a los cerdos, que las cosas que tanto esfuerzo me cuestan no dan ningún fruto. Y no es que yo sea una paranoica exageradamente pesimista, es que con frecuencia, como suele decirse, ni agradecío ni pagao y, algunas veces, malinterpretao. Pero eso es lo más evidente. Lo otro, los brotes que han ido germinando y creciendo lentos pero seguros, suelen pasar desapercibidos, a veces hasta que se les ven las flores.

Me doy cuenta de que mi actitud de cuidado, de cariño, de conexión, aunque muchas veces me drena, genera a mi alrededor un espacio amable (en tanto que es posible). Por ejemplo, tengo unas alumnas en segundo de bachillerato que han ido mostrándome más y más cariño con el paso del curso y solo ahora, al final, me han explicitado por qué, qué ha significado para ellas mi manera de estar en su mundo, mi manera de ser y hacer. Y es emocionante. Ellas fueron las primeras en mandarme un mensaje cuando me dieron la baja por un episodio de ansiedad tremendo, me mandaron un vídeo que yo no tomé como algo especialmente significativo: “Vuelve, profesora, que si no no va a haber manera de que aprobemos tu asignatura”. Pero entonces volví, y tras la primera clase, me persiguieron al departamento y me pidieron permiso para abrazarme.

Su presencia en mis días no ha sido percibida como algo significativo, era una presencia cordial, agradable, sin más. Pero ahora miro atrás y veo cuánto nos hemos cuidado sin hacerlo explícito. En las últimas semanas de curso me han hecho regalos (flores, una foto, una caja con sobres que abrir cada mes antes de mi boda), han tenido detalles brutales conmigo (fueron a un concierto del coro con una pancarta, a pesar de que diluviaba), me han ayudado a gestionar la clase, a organizar cosas, han mediado con sus compañeros... Todo un dispositivo de amabilidad y cuidados del que casi no era consciente o, más bien, debo decir que no era consciente de todo su alcance y profundidad.

Lo mismo ocurre con otra alumna, poco integrada en su grupo, en primera fila, que ha estado recibiendo mis bromas y guiños que presentaba como privadas entre las dos como pequeños salvavidas. O con otra alumna que ha atesorado el interés que he mostrado por ella, por su progreso académico y por su cultura como un regalo preciado, devolviéndome el favor con sonrisas esquivas que antes no existían. Podría poner muchísimos ejemplos solo de mi entorno de trabajo.

Te animo a pensar en esto. A intentar activar esa sensibilidad que la prisa nos tiene atrofiada, a notar esos cambios sutiles, esa alteración de los campos gravitatorios alrededor de las personas que cuidan, que se implican, que se interesan, que respetan, que quieren. Intenta abrir los ojos y los oídos, procura atender a los detalles mínimos. Verás como de pronto el mundo parece mucho más suave y amable, más hospitalario y habitable.


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Published on Jun 19, 2025

Con frecuencia he sentido que el mundo no me sentaba bien. O me quedaba grande o chico, pero el resultado de eso, al final, es el mismo: si el zapato no es de tu talla, sea por grande o por pequeño, te roza. Una se acostumbra a ciertos niveles de inadecuación, supongo, pero de vez en cuando, no sé si porque baja el nivel de tolerancia o aumenta el nivel de extrañeza, la cosa se hace más traumática. Y ahí ando últimamente.

Me doy cuenta de que paso mucho tiempo enfadada con el mundo, enrabietada, peleando de una manera u otra para, al menos, denunciar las cuestiones que considero problemáticas, si es que considero que no puedo hacer nada para cambiarlas, aunque sea en ese momento. Eso lo veo normal: el mundo es, en buena medida, un mojón. Tiene sus cosas buenas, sí, pero hay tantas cosas que están mal... El problema viene cuando levanto la vista y miro alrededor y nadie parece entender por qué me enfado tanto, por qué me empeño tanto. Y entonces viene la pregunta: ¿estaré loca? ¿De verdad seré una señora histérica y difícil que ve problemas donde no los hay? No es retórico. Os prometo que a veces lo dudo de verdad y me planteo que, más pronto o más tarde, mis excentricidades acabarán aislándome de todo el mundo.

Me pasa con los LLM (Large language model) y los LIM (Large image model), esto es, la llamada «Inteligencia artificial generativa» de lenguaje e imágenes respectivamente. A veces tengo la energía de dar la turra: la «IA» consume muchísimos recursos y, en general, la estamos usando para cuestiones absolutamente absurdas como generar un avatar tipo Pixar o evitar hacer una búsqueda en Internet (bueno, ya depediendo de dónde busques ni siquiera así te libras). A veces simplemente nos ponemos a «charlar» con la IA para pasar el rato. Cuando me siento en un espacio lo suficientemente seguro, con gente que me importa lo suficiente, doy el paso y la turra, como decía. Pues indefectiblemente recibo la mirada de «¿y esta tarada?». Y duele, porque suele venir de gente que me quiere. Esa mirada transmite que estoy intentando vaciar el mar con un cubito, que soy una persona naïf, en el mejor de los casos, y en el peor, que duermo con un gorrito de papel de aluminio puesto.

Me pasa también con el dichoso Ozempic y derivados, y con esto soy absurdamente radical: se está produciendo un atentado a la salud de las personas gordas similar al que se produjo con la oxicodona en Estados Unidos. Se está recetando un medicamento a personas sanas (repitan conmigo, hasta que llegue al fondo: la obesidad o el sobrepeso no son una enfermedad per se, aunque pueda ser un factor que influya en el desarrollo o aparición de ciertas enfermedades, por no hablar de cómo se definen) con gran cantidad de efectos secundarios nada desdeñables simplemente para que adelgacen. ¿Sirve la excusa de «tienes que adelgazar por salud» si lo que estás usando para adelgazar destroza tu salud? Pues bien, en esta colina he de morir y lo haré prácticamente sola porque la gordofobia es tanta que el medicamento ha aparecido como la nueva poción mágica. Hablo también, por supuesto, de la gordofobia interiorizada, porque resulta que el bodypositive es en muchas ocasiones un «no me queda otra» pero ahora que existe el pinchacito mágico es maravilloso. Y mirad, no niego el sufrimiento, entiendo profundamente cómo una persona gorda acabaría pinchándose el Ozempic de los cojones, pero eso no lo convierte en bueno. Ni a mí en gordófoba por denunciarlo.

Pues bien, de nuevo esa mirada. Como si estuviera diciendo que los chemtrails nojequé o que la tierra está hueca y hay una civilización viviendo en el núcleo.

Bueno, y no hablemos de cuando sale el tema del género y el feminismo. Ahí soy la loca absoluta. Por suerte, ahí me siento algo menos sola, pero escuece incluso más, porque son cosas tan flagrantes... Ayer una amiga me contaba que iban tres días de la semana y había tenido que intervenir en tres situaciones de acoso en espacios públicos (autobuses, supermercado) sin que nadie más hiciera nada (salvo una señora mayor). Y cuando haces algo encima te miran a ti como si fueses tú el problema, la loca que está montando un escándalo. De verdad os digo que se queman pocas cosas.

Y claro. Luego me escucho pensar. O me leo. O identifico lo que siento y qué lo provoca. Y pienso si no será verdad, si no estaré loca. Recuerdo que una amiga psicóloga dice que no adaptarse a un mundo tóxico es un signo de salud mental. Pero, ¿no se dirán eso todos los locos? ¿No será mi amiga imaginaria? ¿No estaré, y lo digo de forma lo más literal que la metáfora permite, perdiendo la cabeza y los estribos?

Es una pregunta retórica. Mejor no me contestes.


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Published on Sep 7, 2025

Hace un rato, mientras intentaba aguantar unas lágrimas que no estaban ahí, le he pedido a mi compañero de alegrías y fatigas perdón por ser un rollo. Agradezco honestamente que no me haya querido llevar la contraria y que no me haya dicho que no lo soy, porque él sabe y yo más que él que sí lo estoy siendo. No estoy ni triste, ni ansiosa, ni inquieta, ni frustrada, ni desesperanzada, ni enfadada, pero sí un poco de cada una de esas cosas y algunas más, en proporciones tan mínimas que nada de lo que haga por calmar alguna de esas sensaciones tiene el mínimo impacto en el resto. Empiezo a pensar que no tengo más opción que seguir adelante haciéndome la muerta y esperar que, con suerte y tiempo, la marea me devuelva a la orilla. He aprendido que a veces eso justo es lo que pasa.

Tampoco voy a hacerme luz de gas con esto: tengo motivos para estar así. Puede que sean problemas champán, pero mis problemas champán no dejan de ser mis problemas. Hay una parte de mí que me dice cuéntalo, pero, al parecer, otra parte de mí, con más control que la primera, me pide que no lo haga. No se lo he contado a nadie, no con honestidad y por completo, porque siento que requeriría horas y no voy a tener la destreza ni la energía para transmitirlo y hacerme entender. Puede que escribirlo sea más fácil, pero parece que no lo suficiente. Así que bueno, seguiré manteniendo el secreto a la sombra hasta ver qué si, como decía en aquel poema, me transforma o me destruye.

Pero, acto seguido, mientras mi pareja me acariciaba la nuca en silencio, he tenido la iluminación y le he preguntado: «Tengo derecho a ser un rollo, ¿verdad?». Y ahí sí ha respondido: «Sí, claro». Mi #ingeñero es un señor de pocas palabras, pero bueno, con frecuencia suele decir lo adecuado y suficiente.

Tengo derecho a ser un rollo, claro que sí. Es liberador, ¿sabes? Toda mi vida he creído que no tenía derecho a incomodar. No tenía derecho a pedir nada si molestaba, si tan siquiera requería un esfuerzo. Si lo hacía nadie me iba a querer. Pero que alguien que, creo, me quiere, me diga (o conceda) que estoy siendo un rollo pero que tengo derecho a serlo es nuevo. Bueno.

Pero aunque él no me lo hubiese concedido sería verdad. Estoy acostumbrada a cuidar/atender/consolar a gente que está siendo un rollo. Y no pasa nada. Ni me planteo que estén siendo un rollo: las personas estamos genial y fatal, y todo lo que hay en medio. Y no somos cosas que querer solo cuando funcionan bien, cuando son bonitas, cuando nos divierten (lo de que las personas no somos cosas también merece un post, creo). He entendido eso perfectamente cuando tiene que ver con otros pero, por lo que sea, rara vez he conseguido aplicármelo a mí misma. Quizá porque no me han hecho sentir segura y querida en esas situaciones. Yo qué sé. Pero que no me lo hayan reconocido no significa que no tenga el derecho a estar mal y, a pesar de eso, ser querida y cuidada.

Pues lo dicho, que estoy siendo un rollo, una compañía horrible, que no me soporto ni yo así que imagino que debo estar insoportable... Pero tengo derecho a estar así y a que me quieran, se materialice o no ese derecho.

Y tú también. Date un tiempo para procesarlo: tú también.


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Published on May 14, 2025

La semana pasada estuve en una boda. No una boda cualquiera: la boda de una gran amiga. Incluso (todavía no me lo creo) fui bendecida con una distinción especial junto con otras pocas personas, un agradecimiento por, no sé, supuestamente haberla apoyado y acompañarla durante la locura que ha sido la preparación de esto. Ya ves tú, la compañía que le he podido hacer, a más de 2500 kilómetros de distancia... Pero bueno, sirva el detalle para dejar claro que fue una boda especial, la boda de alguien importante en mi vida, una de esas bodas por las que te coges el coche al salir de currar y te tiras 6 horas en carretera. Eso.

La cosa es que la primera vez que yo vi a mi amiga en vivo y en directo llevaba el traje de novia puesto. Y no porque la acompañase a una prueba: qué va. Mi amiga y yo coincidimos espaciotemporalmente por primera vez el día de su boda. Conocí a su marido el día de su boda (mención especial a mi broma recurrente de repetir «me gusta mucho pa mi amiga este señor, ojalá se casen»). La abracé, por primera vez, el día de su boda. Curioso, ¿eh?

Bueno, probablemente a ti no te lo parezca tanto. Si estás leyendo esto es porque, probablemente, eres una persona acostumbrada a habitar las aguas del interné de una forma poco mainstream y, me atrevo a deducir que esa idea de querer mucho a alguien con quien nunca te has tomao ni medio café no te es ajena. Pero cuando contaba la movida recibía miradas raras. Y yo lo entiendo, ojo. Pero no me importa, ni me molesta. Lo que me siento es muy afortunada de haber podido encontrar a gente tan estupenda, con la que vibro tan bien, y que vayan a enriquecer mi vida durante el tiempo que sea. Y eso, sin Interné, no podría ser posible.

No recuerdo cuándo conocí a Ana, ni cómo. Sé que fue en Twitter, pero no me preguntes más de las circunstancias. Tampoco sé cómo empezamos a hablar más, y más, y cómo acabamos tejiendo esa intimidad que tenemos (y que consiste básicamente en que mi amiga, que es la reina de la socialización y que controla el calendario vacunal, las vacaciones y la talla de pie de todo el mundo, me hace el seguimiento y yo, una vez hecho eso, le doy conversación y la quiero mucho xD) ni cómo llegó a posicionarse entre las personas importantes de mi vida. Sé que ocurrió, y aunque me dé un poco de coraje no tener los elementos necesarios para reconstruir nuestra historia completa, el relato de esto, me vale con que sea real.

Porque es real. Esa distinción «amigas de la vida real» vs. «amigas de interné» no hace referencia a ningún elemento cualitativo, sino más bien a una cuestión circunstancial: tengo amistades con las que he acabado compartiendo espacio físico y tiempo y otras con las que solo he podido compartir tiempo y espacios virtuales. Y no me da vergüenza decir que, en multitud de ocasiones, han sido estos últimos los que me han salvado el momento, el día, la semana, el curso o incluso la vida.

En estos días he mirado mi palomita de cerámica mucho (el detalle que te decía que los novios nos dieron a unos cuantos afortunados) y he pensado cómo todo fue normal. Cómo la abracé como si fuera lo lógico, cómo hablamos como si no fuera la primera vez que nos escuchábamos las voces sin mediación de un aparato, como lloré de felicidad en varios momentos viéndola feliz y enamorada, sabiéndola valorada y querida. Y, aunque no es mi primer rodeo en esto de las amistades de interné, no deja de sorprenderme a ratos.

Escribo esto pensando en ella, en mi Ana, a la que le huele el culito a luna de miel ahora mismo, pero pienso en mi comuna sáfica, en mi Rosa (años y años y años de amistad, más de una década, y aún esa Estrella Galicia pendiente), en Mariache, en mis señoras taradas, en mi Alberto... En gente que es parte de mi día a día, porque lo es, sin que el espacio nos haya juntado. Y me alegro muchísimo del potencial de la tecnología para unirnos, para dejar que nos queramos, a pesar de los impedimentos.

Y mira, entre tanta IA y tanta cosa, no todo iba a ser malo.

Lo que ha unido interné, no hay mundo que lo separe.


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Published on Nov 28, 2025

Le he echado de menos. Esta semana ha sido dura, no solo por eso, pero sí en parte: me he acostumbrado a compartir, al menos, el final de mi día con él, a contarle cómo ha ido, lo bueno, lo malo, lo nuevo y lo que se repite, y no poder hacerlo me ha pesado como una losa. Lo mismo que no poder abrazarle por la noche, que no poder sentir su calor a mi lado.

El viernes por la noche se planteaba, desde la semana, como una especie de oasis: volveremos a estar juntos, volveremos a nuestra rutina. Y ahora, que ya ha llegado, mientras espero a que salga de la ducha, pienso en cómo se ha convertido en una de mis personas, alguien que no quiero que salga de mi vida, alguien a quien yo, que odio hablar por teléfono, quiero llamar cuando me pasa algo bueno para contárselo y contagiarle mi alegría.

Qué suerte tengo de haberle encontrado.


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Published on Jun 11, 2026

Haber vivido con personas, y no meramente entre ellas, supone ir por la vida cargada de huellas y marcas, de restos de su presencia cuando se marchan. Quique González siempre será cosa de D., igual que Terry Pratchett. Sandman, por más mío que lo haya hecho, siempre tendrá restos de C. Zoo o La Fúmiga me llevarán siempre a A. Podría seguir con facilidad, mucho, mucho rato.

Esto ocurre también con los lugares, siento que de una manera especial. ¿No os resulta raro volver con un nuevo amor al lugar que visitasteis con otro? Como si algo estuviese fuera de lugar o como cuando un actor o actriz aparece en la misma serie interpretando a otro personaje. Es extraño. Por supuesto, la intensidad también varía: puede ocurrir que haya lugares en los que este efecto no se da en absoluto y otros que una no se siente con fuerzas de volver a visitar. Hoy me he sorprendido viéndome en una de estas. En el último caso, concretamente.

Hoy vi a alguien triste en Mastodon. Se quejaba de que la gente no le visita y yo, medio en broma medio en serio, iba a decirle que me iba a obligar a que, en alguna de las visitas al pueblo, me escapase a Murcia, le secuestrase y le llevase a ver el mundo desaparecer en el faro de Cabo de Palos. Pero no lo he escrito porque me he quedado paralizada: no podría volver a ese lugar, no quiero hacerlo. Está demasiado impregnado de la presencia de otra persona y de su recuerdo.

Y no es por algo negativo, no te asustes. Es cierto que la persona acabó siendo un cucaracho pero no ha sido siquiera de los peores que me he cruzado. Ni en el top 10 está. Es por todo lo contrario. Llegué al faro de Cabo de Palos en el coche de un señor que conocía desde hacía menos de un mes, sin saber a dónde me llevaba, muerta de expectación y con dolor en las mejillas de tanto sonreír durante un día que había empezado mojando los pies en diciembre en el Mediterráneo. Qué día. Y yo entonces no sabía que lo mejor estaba por llegar.

Cuando vi aparecer el faro no lo podía creer. Mi primer faro. Estaba atardeciendo y en el rato que estuvimos allí, hablando de un futuro que ya entonces sabía que no iba a ser (aunque por razones distintas a las que acabó no siendo), diciendo cursiladas como dos adolescentes intensos, vimos la oscuridad cernirse sobre el mundo, el mar tornarse del color del cielo nocturno (cómo me gusta ese efecto) y, de repente, sentir que no había nada más, que allí se acababa el mundo. Quedarnos en silencio viendo como la luz del faro apuntaba a la aparente nada. Si pudiese hacer una composición con polaroids de momentos estelares de mi vida, ese sería uno sin dudarlo. Uno de los primeros, además.

No creo que vuelva en breve (ni tampoco a medio plazo) a Cabo de Palos. Puede que no lo haga nunca. Pero probablemente, aun así, en todos los faros del mundo encuentre la huella de esa persona que pasó por mi vida breve pero intensamente y dejó una marca indeleble. Conservar esa huella en mi recuerdo sin amargura, querer salvarla del olvido, la podredumbre y el cinismo, es un favor que nos hago: a mí, porque me merezco cosas bonitas; a él, porque mantengo vivo el testimonio de un amor que, estoy segura, fue irrepetible para ambos. Aunque él haya decidido no querer saberlo. Él se lo pierde.


Lo siento, persona de mastodon que puede que sí o puede que no haya pillado la referencia. No te puedo raptar y llevarte al faro de Cabo de Palos. Pero puedo fingir que no sé cómo se comen los paparajotes y probarlos por primera vez contigo, por ejemplo.


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Published on Jun 13, 2025

Hace aproximadamente un siglo[^uno] recibí este mini cómic sobre los errores titulado «Erasers are wonderful» (las gomas de borrar son maravillosas) y guardé el enlace aquí, en un borrador del blog, porque me apetecía mucho escribir sobre este tema. Y bueno, yo qué sé: más vale tarde que nunca.

En el cómic el autor habla sobre lo mucho que se avergonzaba de borrar mucho porque borrar estaba asociado a cometer errores y los errores eran algo intrínsecamente malo. Supongo que porque acertar es algo intrínsecamente bueno, así que si no estás acertando (que es lo que está bien) pues estás cometiendo un error (que está mal). Esto podría tener sentido si cuando tomamos una decisión, justo antes de hacer nada, sonase una campanita feliz o triste que nos indicase si la decisión es correcta o incorrecta, por ejemplo. A veces no sabes si algo es un acierto o un error hasta que no lo intentas. A veces algo que parece un error acaba siendo un acierto. A veces algo que empieza siendo un acierto se convierte en un error. Y otras veces una se va de cabeza hacia el error, viendo el letrero de neón rosa gigante que dice «ERROR!» porque bueno, el Nobel de Tener La Vida Perfecta no existe y hay errores que una no quiere dejarse sin cometer. Y no pasa nada[^dos].

Parece que tenemos que vivir la vida como un recado: ir del punto A al punto B de la forma más directa y eficiente posible. Pues lamento deciros que si ese es el plan mejor nos pegamos un tiro nada más nacer, porque al final ese es el punto al que llegamos todas, ¿no? Si queremos ser consecuentes ese sería el procedimiento. Pero es que la vida no es un recado sino un paseo: sales, caminas, cambias de calle, descubres mapa, entras en una tienda de cosas que no te puedes permitir aunque finges que sí, acaricias un perrito ajeno, te sientas en un banco a ver atardecer y luego a ver levantarse la luna aunque al día siguiente trabajes... Creo que se entiende lo que quiero decir: vivir no es acertar sino explorar. Y cuando estás explorando no te equivocas: descubres, aprendes, y sí, a veces tienes que arreglar algún desastre, cosas de hacer la exploraceón.

Y diréis: que sí, jodía, que todo eso de explorar está muy bien, pero los errores en la vida tienen consecuencias. Y sí, no lo niego. Sobre todo cuando una no es parte de los grupos privilegiados los errores pesan mucho. Un error puede dejarte sin beca. Un error puede hacer que no te cojan en ese trabajo que necesitas desesperadamente para que no te echen del piso de alquiler. Que yo lo entiendo: para poder seguir explorando el mapa tenemos que ir cumpliendo misiones en el videojuego, al menos en cosas importantes que tienen que ver con la supervivencia material. Pero, ¿equivocarte de pareja? Pos se rompe. ¿Equivocarte de libro para leer? Pues lo dejas. ¿Equivocarte haciendo la tortilla de patata? Pues a la próxima saldrá mejor.

Equivocarse no es fracasar. El tiempo invertido en algo que acaba no siendo «un acierto» no es tiempo perdido. Y ya, dicho sea de paso, desconfiad de quienes dicen no equivocarse nunca y tener siempre la respuesta correcta. Primero, porque eso no hay quien se lo crea. Y segundo, porque probablemente sean un pozo de estulticia.

Y ya estaría. Estás bien. Tus errores tienen sentido. ¡Abrazos, abrazos!

[^uno]: Vale, puede que algo menos, pero hace más tiempo del que me gustaría. [^dos]: Sí, amiga, yo también la cagué de gordo sabiendo que la estaba cagando de gordo, no pasa nada, no hay nada mal en ti y te abrazo.


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Published on Dec 10, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Has pensado en la importancia de la salud mental?

¿Qué podemos hacer para que este mundo sea más habitable para la gente que sufre por cuestiones de salud mental?

¿Te has planteado que puedes tener a tu alrededor personas batallando con su salud mental sin saberlo?

#Y ahora, el poema:

Poema sin título de María Castrejón, incluido en su poemario La inutilidad de los miércoles

En muchas ocasiones parezco

muerta La gente se asusta

me mueve las manos que

caen inertes No saben que viajo

lejos de mi cuerpo que duele

y vuelo por encima de las casas

que siempre hay al lado de los

aeropuertos con jardines tristes

de piscinas cubiertas con lonas

y bicicletas tiradas en el suelo

Por encima de las cuadrículas

de tierra ese mundo ficticio

desde arriba que no hiere

Vuelo sobre las nubes

Siempre hace sol encima de

las nubes y el brillo de las alas

de los aviones me deja ciego

el estómago y nada hace daño

Hasta que un coche pasa o

alguien ríe debajo de la ventana

Me dan palmadas en la cara

Me echan agua en el rostro

y los brazos Yo no quiero

volver a este cuerpo que se

sienta en la consulta y se traga

las píldoras El miedo de los otros

me acerca a las cuchillas

a la muerte Yo solo quiero

volar pero el viaje siempre

termina cuando abro los ojos y una

voz triste que desconozco

me dice Thank you for flying


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Published on Jan 15, 2025

Hace muchos, muchos años, en otra vida (esa sí que era otra vida) y en otro blog escribí sobre la ruptura de los padres de una amiga. Todo se desencadenó por el profundo impacto que me causó ver solo un cepillo de dientes en el baño del dormitorio de sus padres.

Ya, ya lo sé, soy una persona bastante impresionable. Cualquier cosa puede provocarme una emoción intensísima. Y eso es lo que me ha salvado al vida en multitud de ocasiones.

Volviendo al tema. Los hechos incontestables es que el señor en cuestión era un cucharacho, una persona terrible, un señor de esos que hoy salen en los periódicos digitales con referencia al #MeToo. Yo, que entonces era una cría de 17 años, lo sabía. El pueblo entero lo sabía. El universo lo sabía. Y aún así, a mí, en aquel momento, la visión de aquella casa tan grande y tan vacía, lo que me provocó fue pena, mucha pena. Hoy, con veinte años más, lo veo distinto: independencia, liberación, intimidad, autonomía... Pero entonces era una cría con el seso comido por el mito del amor romántico.

No fui yo sola: el pueblo entero pensó que pobrecita ella, la mujer abandonada por otra, la que se quedaba sola (su hija, al parecer, no era una persona, tampoco su hermana, ni sus padres). Lo peor de todo es que ella también llegó a creérselo. No voy a entrar en detalles ahí, pero digamos que la travesía hasta salir de ese mar de concepciones erróneas fue larga y difícil.

Pero llegó. Y parece ser que en aquella casa tan grande y solitaria no vio un problema, sino una oportunidad: montó una pequeña pensión con las habitaciones vacías. Ahora tiene un cucaracho menos y una fuente de ingresos más. Y no sé qué pensará el pueblo, ni ella, pero yo lo tengo claro: la que salió ganando de toda aquella historia fue ella. Aunque le haya costado verlo (porque lo que el resto viéramos o dejáramos de ver carece totalmente de importancia).

Me encantan las historias de señoras con final feliz.


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