Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on May 18, 2025

El día que me separé cambié las sábanas. No tocaba hacerlo, era miércoles, creo, y yo siempre cambio las sábanas en fin de semana, pero no importó: cuando él se fue lo primero que hice fue cambiar las sábanas. Puse unas con una bajera malva y las almohadas y la sábana superior estampada con un horror vacui de flores que tenía muchas ganas de estrenar. Eran de algodón bueno, de las que se arrugan una barbaridad, pero que son bien suaves. Hice la cama con primor y la perfumé con agua de rosas. Esa noche cuando, a las tantas, me metí en la cama, aspiré el aroma a rosas, me tumbé en el centro de mi cama de 1.50 y me dormí sin llorar.

Desde 2016 he estado preparándome para habitar la soledad, aprendiendo a transitar el cable tendido entre ser capaz de valerme por mí misma y aceptar la conexión con los demás (con éxito apenas moderado). Ese año fue cuando tuvo lugar mi caída del caballo, cuando, a lo Scarlett O'Hara, me puse a mí misma por testigo de que no iba a volver a perderme. Y eso implicaba gobernarme como una autarquía para gantizar mi libertad, empezando, como buena materialista, por las condiciones materiales de existencia. Y, aunque pueda parecer un chiste, eso fue, para mí, lo fácil: conseguido el trabajo fijo y decentemente pagado, del ahorro se encargaron años y años de austeridad impuesta por la pobreza. Pude pagar mi alquiler, mis gastos, mis pocos caprichos. Al cabo de unos años pude dar la entrada para un piso que pagué con bastantes agonías durante dos años mientras seguía pagando alquiler. Cuando me lo entregaron, pude amueblarlo y empezar a habitarlo. La princesa se había procurado un castillo y unos ingresos más o menos estables. La princesa podía ser libre. Por eso, cuando por fin se dio cuenta de que había tenido el corazón roto y que ya estaba casi recompuesto, pudo dormir envuelta en sus sábanas de flores en el medio de su cama.

Como digo, eso fue lo fácil. Lo difícil lo vine haciendo antes de esa ruptura. Porque prepararse para habitar la soledad no consiste solo en ser independiente económicamente, sino en ser independiente emocionalmente porque resulta que, como dice Valeria Castro, «resulta que la compañía es deseo del ser humano» y lo de asumir que una tiene que prepararse para estar en el mundo consigo misma (en muchos momentos), cuesta. Especialmente en una sociedad en la que todo orbita alrededor de la familia nuclear y la pareja. Pero a la fuerza ahorcan: en un determinado momento decidí que lo que merece la pena vivir también merece la pena vivirlo sola. Empecé a ir a exposiciones sola, a conciertos, a pasear... y basculé mi emocionalidad en otros lados (benditas amigas, benditas sean). Por eso, y porque ya le había echado mucho de menos, la princesa pudo dormir sin llorar en el centro de su cama disfrutando del olor a rosas.

Cuando una llega a ese punto el problema es que a una tiene que compensarle dejar a otros entrar en su vida porque ya no es una cuestión de necesidad sino de querencia: para que entres o permanezcas en mi vida tengo que querer lo que me ofreces, tu presencia en mi vida tiene que merecer la alegría (me gusta haber cambiado esa expresión), porque sé que puedo estar razonablemente bien sola. Incluso muy bien.

Así que resulta que, al final, el castillo de la princesa (con su parte material y su parte emocional) acaba siendo una fortaleza inexpugnable (o casi inexpugnable) y ella una señora difícil [^difícil] de satisfacer. A la princesa le han dicho que estas cosas se pueden tratar en terapia, pero ella no ve cuál es el problema. A lo mejor el problema lo tiene el mundo, porque la princesa ha descubierto que no se necesita más que a sí misma para sentirse una reina y que, por lo tanto, ya no es fácil engañarla con cuentos.

*la princesa le da un sorbito a su refresco de cola con sabor a cereza y hace clic en publicar post

[^difícil]: el término difícil es relativo, entre otras cosas, al esfuerzo que una persona está dispuesta a poner en la tarea, también, no es absolutamente objetivo.


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Published on Mar 24, 2025

No sé hasta qué punto Yeguas exhaustas es ficción pura y dura y hasta dónde se han colado las vivencias de Bibiana Collado Cabrera. Si tengo que apostar, diría que hay mucha verdad en ese invento. Tal vez porque hay mucha de mi realidad ahí. A saber. Sea como sea, ha conseguido contar una verdad con maestría, independientemente de cuál sea su grado de correspondencia con los hechos.

Al acabar el libro he deseado tener la maestría que tiene ella para contar cosas tan crudas y tan dolorosas. Yo, por no tener ese talento, he preferido durante mucho tiempo callarme. Contar la verdad desnuda, con todo el dolor, con todo el daño, a la gente cercana, pasado ya mucho tiempo. Pero, para los demás, ser la víctima perfecta que guarda silencio y que, por tanto, al callar, otorga que no es víctima de nada, que es la caricatura que su maltratador hizo de ella. Porque la mejor defensa es un buen ataque, y quién va a creer la defensa de alguien que ya se supone loco, manipulado, desquiciado y difícil. Quién va a creer que el entregado novio perfecto era un maltratador y forzaba sus deseos sobre ella a pesar de su llanto. Luego pedía perdón, eso sí. Pero, ¿perdón por qué? Si él era, es y será un caballero de brillante armadura que no ha hecho otra cosa que amarla y que, al parecer, nunca jamás hará otra cosa.

En fin. Cómo me gustaría tener la paciencia y el arte para hacerlo doloroso, real, pero también hermoso. Para decir algo que no convierta la experiencia en patética o en banal. Pero como no creo poder hacerlo, como no tengo las fuerzas para intentarlo, tiro la piedra, escondo la mano y mastico la pena que se siente como arena en la boca.


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Published on Jun 13, 2026

El día 14 de junio se celebra en Andalucía el día de la Memoria Histórica y Democrática, conmemorando el inicio de la exhumación de la primera fosa común de la Guerra Civil, el 14 de junio de 2003. Por si a alguien le bailan las fechas, Francisco Franco murió en 1975 y la Constitución Española que establece que España es una democracia se votó y aprobó en 1978. Pero bueno, pasan que cosas.

Por cosas, este año han avisado al coro en el que estoy para poner música a la ofrenda floral de un acto conmemorativo. Las cosas: objeciones de conciencia por motivos políticos. Je. La transición ejemplar, nojequé.

Este tipo de actos son muy emocionantes en mi ciudad. Aquí todavía quedan fosas por excavar, hay gente que sabe que sus familiares están en cierto cementerio, que solo haría falta un presupuesto minúsculo y voluntad para poder recuperar sus restos, pero siguen esperando. Y acudiendo sin faltar a cada acto, con flores, con la bandera republicana, con la foto de sus antepasados desaparecidos y un manojito de flores. Que es más de lo que han podido hacer en otros momentos, pero no es suficiente.

Hasta que ha llegado nuestro turno de cantar hemos estado en un rinconcito, escuchando las intervenciones. Entretanto, dos compañeras hablaban de alguien o álguienes, no sé si de nuestro coro o del que no ha podido venir. El caso es que hablaban de que esa persona o personas no habían venido, justamente, por motivos políticos. Lo comentaban indignadas, pero cada una por un motivo. Una de ellas, desde el convencimiento democrático, que no puede ser más que antifascista. La otra, desde una postura apolítica que ya ha mostrado otras veces con comentarios como qué más da que no vayas a votar, si todos los políticos son iguales. Yo estaba callada, cerca, escuchando. Entonces, mi compañera la apolítica ha dejado caer una frase que me ha revuelto el mondongo: “¿Qué tiene que ver esta gente con todo eso?” ¿PERDONA? Dime que no entiendes de qué va el tema sin decirme que no entiendes de qué va el tema.

¿Que qué tienen que ver los familiares de los desaparecidos de la Guerra Civil con cuestiones políticas? Pues todo, querida. Todo. Porque los desaparecidos de según qué bando están enterrados en monumentos, han recibido homenajes durante décadas, sus hijos y viudas han sido atendidos y consolados. Sin embargo esa gente que hoy tenías delante había vivido humillada y con miedo, escuchando en susurros la historia de su tío o de su abuelo, y con más miedo y silencio habían vivido sus padres o madres, muchos de los cuales no pudieron dejar siquiera una flor sobre la tierra. No podemos salirnos por la tangente, despolitizando la Memoria y tachando de “cabezonería” el empeño de algunos en no ir a este tipo de eventos con su coro, no. Se trata de un evento profundamente político, comprometido con la democracia y la justicia. Y quien se opone no es cabezón, es antidemócrata, eso para empezar. Y para seguir, una mierda de persona, porque, si fuese posible despojar de connotaciones políticas este tipo de actos, la situación no mejora: ¿qué basura humana puede oponerse a la demanda de aquellos que quieren poder localizar y enterrar a sus muertos?

Que qué tiene que ver esta gente con nada de eso, dice. Otro día más el título del blog amortizándose: jodida, pero no sorprendida.


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Published on Dec 1, 2025

#Antes de leer, para pensar un poco...

¿Qué has cambiado de ti misma[^femenino] para sentirte digna de amor?

¿Qué cualidades de ti misma crees que merecen ser amadas? ¿Serías la misma sin las otras, las que consideras menos dignas de amor?

¿Qué cambiarías de la persona que amas?

Y ahora, el poema:

Me basta así, de Ángel González

Si yo fuese Dios

y tuviese el secreto,

haría

un ser exacto a ti;

lo probaría

(a la manera de los panaderos

cuando prueban el pan, es decir:

con la boca),

y si ese sabor fuese

igual al tuyo, o sea

tu mismo olor, y tu manera

de sonreír,

y de guardar silencio,

y de estrechar mi mano estrictamente,

y de besarnos sin hacernos daño

—de esto sí estoy seguro: pongo

tanta atención cuando te beso—;

entonces,

si yo fuese Dios,

podría repetirte y repetirte,

siempre la misma y siempre diferente,

sin cansarme jamás del juego idéntico,

sin desdeñar tampoco la que fuiste

por la que ibas a ser dentro de nada;

ya no sé si me explico, pero quiero

aclarar que si yo fuese

Dios, haría

lo posible por ser Ángel González

para quererte tal como te quiero,

para aguardar con calma

a que te crees tú misma cada día,

a que sorprendas todas las mañanas

la luz recién nacida con tu propia

luz, y corras

la cortina impalpable que separa

el sueño de la vida,

resucitándome con tu palabra,

Lázaro alegre,

yo,

mojado todavía

de sombras y pereza,

sorprendido y absorto

en la contemplación de todo aquello

que, en unión de mí mismo,

recuperas y salvas, mueves, dejas

abandonado cuando —luego— callas…

(Escucho tu silencio.

Oigo

constelaciones: existes.

Creo en ti.

Eres.

Me basta.)

[^femenino]: femenino genérico.


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Published on Jun 23, 2026

... ni me levanto de la cama».

Eso fue lo que soltó un alumno en voz alta y en tono de cachondeo mientras les explicaba cómo iba la movida de los permios extraordinarios de bachillerato. Levanté la ceja derecha hasta el cielo al mismo tiempo que el alma se me caía a los pies. Pero claro, suerte para la mayor parte de mis alumnos, no saben lo que cuesta ganar 500 euros. No les hace falta. Tienen una familia que puede permitirse cubrir sus gastos, pagarles los libros, los estudios, incluso alguna universidad privada local si no entran a la carrera que quieren. No obstante, un 25% menos de desprecio en el comentario no habría estado mal. Pero bueno, son chavales y, además, privilegiados como para no ser conscientes de sus privilegios.

Hoy, en cambio, quien me ha hecho el comentario ha sido un adulto, un profesor. «Es que 500 euros a estos chavales no les solucionan nada». Os juro que le he mirado con desprecio, no lo he podido evitar. Y voy ya tan sin filtros que le he contado mi vida para ver si se le caía la cara de vergüenza: «¿Sabes cuántos libros se compran con 500 euros y, por ende, cuántas horas de seleccionar y fotocopiar en la biblioteca me habría ahorrado? ¿Sabes cuántos abonos de transporte se compran y, por tanto, cuántas horas de cruzarme la ciudad a pata me habría podido evitar? ¿Sabes cuántas horas de clases particulares hay que trabajar para ganar 500 euros? ¿Cuántas peonadas de vendimia? ¿Cuántas horas en la hostelería? ¿Qué porción del salario mínimo interprofesional supone?» Spoiler: no ha funcionado.

La mitad de los años que fui universitaria mi beca fue de unos 2500 euros. Con eso tenía que vivir 10 meses en Valencia. 500 euros ahí importan. La otra mitad, la beca se elevaba a algo más de 4000 euros. No mucho más. De ahí tenía que guardar, claro, para los años de 2500. Aun así, 500 euros son mucho.

A ver si va a ser que ya se ha abolido la pobreza y yo no me he enterado...


PD: Entiendo el cansancio y entiendo muchas cosas, paso con los chavales y chavalas muchas horas. Puedo aceptar que uno ya esté cansado y no tenga ganas. Que se haya esforzado mucho durante meses y quiera desconectar. Puedo entender muchísimas cosas. Pero otras no. Y este año se ve que es el año en el que me rodeo de gente (alumnado, compañeros de trabajo, compañeros de tribunal) que piensa que 500 euros no son nada y lo defiende sin sonrojo. Yo qué sé: el Ingreso Mínimo Vital mensual para 1 persona es de poco más de 730 euros. Tápense un poco, que se les ven los privilegios.


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Published on Apr 23, 2025

Tengo un superpoder: si una persona pasa suficiente tiempo en mi presencia acabará contándome sus secretos más oscuros. Es especialmente efectivo para personas de los bordes, poco adaptadas, por decirlo suave. Digo que es un superpoder con cierta sorna amarga, pero lo cierto es que en mi trabajo, aunque me supone un esfuerzo emocional enorme, es un gran arma porque me permite hacer mucho bien.

Por ejemplo, ayer. Un alumno me contó que durante las vacaciones había quedado con un chico del instituto un par de veces y que habían decidido empezar a salir. El chaval le dijo que podían actuar con normalidad, ir juntos al instituto, verse en los recreos, visitarse entre clase y clase... En fin, esas cosas que la adolescencia primaveral exige. Resulta, sin embargo, que cuando han empezado las clases nada de eso ha aparecido, que él hace como que no le conoce y que cuando mi chico ha insistido, el otro ha hecho broma de él o se ha puesto agresivo. No es su relato: he visto las conversaciones (como he dicho, se me revelan todos los secretos).

Mi chico es encantador. Es desgarbado, alto y delgaducho, pero sus ojos son muy vivos. Tiene un sentido del humor muy cocky y vacilón, es trabajador e inteligente. Está muy comprometido políticamente, no solo con la causa LGTBIQ+ sino también con el movimiento obrero. Y está desarmariado y sin complejos (con lo que eso sigue costando hoy en día). Es un luchador y cualquier persona estaría bendecida por tenerle cerca. Yo lo estoy. Pero no obstante este otro estudiante ha decidido esconderlo en las sombras, guardarlo en un cajón, bajo bastantes trastos, para que nadie lo vea, pero lo suficientemente a mano, para cuando le apetezca.

La historia me ha llevado a mi adolescencia y a mis primeros besos de prueba. Los llamo así porque he decidido que no contaron. Mi primer beso de verdad, no de prueba, fue a los 16. Es el primer beso que me dio alguien a quien gustaba sin peros, que no se avergonzaba de besarme en público ni de ir de mi mano a ningún sitio. Los que hubo antes de ese, y fueron unos cuantos, no cumplían ese requisito. Mi primer beso me lo dio a los 14 un compañero de colegio bajo las escaleras del polideportivo del pueblo, mientras intentaba meterme mano. Yo sentía que aquello no estaba bien, no era lo que yo quería: no se parecía en nada a los primeros besos idílicos de las películas y las novelas. Intenté zafarme torpemente pero aquello paró cuando él quiso. Se apartó de mí sin decir nada y su despedida fue: «Si dices algo de esto a alguien, te mato».

Mi segundo beso fue, en apariencia, algo mejor: estaba segura de que a aquel chaval le gustaba: no estaba enamorado de mí, no le interesaba como persona, pero, al menos, le gustaba mi cuerpo, deseaba hacer cosas con él. Sí, ya sé que esto es una mierda como aspiración, pero es que yo pensaba que lo máximo a lo que podía aspirar era a ser deseable, ese era el mensaje que me mandaba todo el mundo. Nos vimos unas cuantas veces a escondidas y, aunque un par de amigos suyos lo sabían, nunca nadie nos vio juntos en público. Bueno, lo normal, la vergüenza. En fin. Hasta que me enteré de que, cuando uno de esos amigos se rió de él por estar de rollo con una gorda, él me humilló en público de todas las maneras que se le ocurrierón y se preocupó de dejar claro que todo había sido un juego, que él se estaba riendo de mí. No obstante, volvió a mí, como si no pasara nada. De algún lado, no sé de dónde, saqué el coraje para decirle que no quería volver a verlo. No es que esto tenga mucho que ver con la historia, pero a ver si os pensáis que él era un chaval guapísimo, encantador y carismático. Nada más lejos de la realidad. Pero, de alguna manera, era yo la que tenía que ser escondida. Qué cosas.

Me han escondido infinidad de veces. Unas con crudeza, sin preocuparse en suavizar la situación. Otras sirviéndose, para aumentar el daño, de mentiras y falsas promesas. Todas y cada una de ellas han dejado heridas que me ha costado mucho, muchísimo (años y años) cerrar. Las cicatrices quedan: como dijo Piedad Bonnett, son «la forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas». Y como defiendo yo misma, en prosa y en verso, la memoria es nuestra mejor defensa.

Como puedes imaginar, la historia me ha triggereado bastante. A mí ya se me escondió por mí, por mi niño y por todas mis compañeras, así que con mi muchacho de eso nada, mi ciela. El sermón motivacional y empoderante que le he echado a mi criatura deja al de Braveheart por los suelos (es el primero que se me ha venido a la cabeza). Mientras yo le iba dando argumentos y poniéndole ante los ojos verdades incómodas pero necesarias, sus ojos se iban encendiendo, como si realmente se estuviese creyendo que no merece vivir en las sombras solo porque haya quien no soporta la luz. Espero que así haya sido realmente.

Quien no esté listo para nuestro brillo puede apartarse, pero que ni se le ocurra apagarnos. Yo he aprendido a convertir la luz en fuego y estoy dispuesta a enseñar cómo se hace a quien haga falta.


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Published on Jul 1, 2025

El otro día dije en Mastodon que abandonar las redes sociales mainstream había cambiado la manera en la que vivo mi ocio (me va a costar evitar el verbo consumir) y LaGuiri me comentó que le gustaría leer más sobre el tema. La cosa es que, a medida que ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta de que ha sido un cambio más profundo que el que en un principio vislumbré. Así que nada, voy a ver si le doy un poco de orden a algunos de los aprendizajes adquiridos o intuiciones vislumbradas desde que dejé las redes sociales mainstream

Nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing

No me tengo por una persona excesivamente impulsiva o caprichosa. Además, creo que tengo la cabeza relativamente bien amueblada y que, por distintas razones, suelo ver venir cuando alguien quiere venderme algo. No me considero, en definitiva, una víctima fácil para las estrategias de venta. Pues bien: me he dado cuenta de que estoy equivocada. Probablemente, eso no lo niego, presente algo más de resistencia que otras personas, pero nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing. Y eso lo sé porque ahora que he dejado de estar tan expuesta a las estrategias mercadotécnicas que imperan en las redes sociales comerciales deseo menos de forma inducida.

Aunque antes no se me antojase cualquier cosa que apareciese por mi feed, sí que he detectado que me pasaba con cierta frecuencia. La publicidad (con frecuencia transmitida por personas normales y corrientes inmersas en la dinámica de estas redes, como yo misma lo era) hacía que tuviese curiosidad por cosas, que las acabase deseando. Estas cosas eran, en la inmensísima mayoría de los casos, superfluas, nada necesario ni especialmente relevante para mí. Sin que yo me diera cuenta, incluso mientras yo creía que estaba haciendo un uso responsable de las redes sociales, mi deseo se estaba dirigiendo a productos concretos. ¿Que cómo me he dado cuenta? Pues porque lo que me interesa o quiero ya no coincide en tanta medida con lo que le interesa a la mayoría de gente que me rodea. Lo cual me lleva al segundo punto.

Mi ocio estaba absolutamente mediatizado por la publicidad y lo viral.

Yo creía que veía una serie o una película, o que leía un libro, porque me interesaba de verdad. Que ese libro, película o serie fuese el que estaba viendo todo el mundo era una mera coincidencia (nunca lo es, pero vaya, no pensaba que tuviera tanto peso). No era así, porque al desaparecer de esas redes sociales (y al dejar las plataformas de streaming, también) he dejado de desear ver cosas que antes veía: honestamente, no me interesan, no siento que me esté perdiendo gran cosa por no verlas. Lo mismo ocurre con las novedades o booms editoriales: es que ya no me entero de cuáles son. No sé si es demasiado pretencioso decir que mis elecciones en relación al ocio son ahora más auténticas, probablemente sí, pero desde luego sí que están más dirigidas por una interacción más humana y menos publicitaria (lo viral no deja de ser una forma muy efectiva de publicidad).

Esto ha llegado a cosas muy pequeñas. El otro día un amigo me hizo referencia a un escándalo con la restauración de una virgen. Yo le dije que me había enterado, que algo había oído, pero que no me interesaba demasiado. Él insistió: cómo se nota que no estás en instagram, todo lo que rodea el caso es surrealista, propio de una película de tu paisano Cuerda. Y yo también insistí: le dije que, de verdad, podía vivir sin meterme en ese pozo, que no me interesaba nada en absoluto. Lo mismo pasó hace poco con la cancelación de un programa de Nickelodeon, el de Tiny Chef. Supe de ello porque una amiga me mandó un enlace a Bluesky. El vídeo me pareció del peor gusto porque apelaba a una emocionalidad profunda para manipular (que sí, que el muñequito es muy mono, pero me enfadó, porque vi una frivolidad tirar de lo que supone un despido de forma tan emocional para evitar la cancelación de un programa de tele). Luego, por dos lados más, me llegó un vídeo bastante gracioso del muñequito cocinando al ritmo de Billie Eilish. Ese sí me gustó. Pero ya está: no me interesaba. No quería saber más. Sin embargo, por alguna razón, medio Interné estaba a topísimo con la cancelación de un programa del que la mayoría no había oído hablar hasta un día o dos antes. ¿No es curioso?

Sin embargo, aunque esto me parece, en general, positivo, creo que tiene también su lado negativo.

A las personas que quiero y a mí están dejando de interesarnos las mismas cosas.

Y eso me da miedo, porque sé que tengo cierta facilidad para aislarme y, sin esos nexos propios de la cultura popular, temo que ocurra. No es raro que mis amigos compartan en nuestros grupos de mensajería enlaces a Instagram o a Twitter que yo ya no me molesto en abrir: el 80% de las veces no puedo verlos por cómo las plataformas los limitan para obligarte a registrarte e instalar su app. Las bromas o referencias que hacen me pasan por encima. Cada vez más cuando hacen referencia a un pequeño evento canónico que ha tenido lugar en estas redes tengo que preguntar un sonoro qué porque no tengo la más mínima idea de de qué va el asunto. Imagino que pasaría lo mismo si yo les hablase del certamen #MissVentiladorDeTecho, claro. La cosa es que yo sé que estoy en redes de nicho, mientras que ellos sienten que todos estamos al tanto de lo que pasa en las grandes redes comerciales.

Tal vez sea un miedo infundado, pero no creo que lo sea del todo. En cualquier caso es un miedo que sirve a las empresas que manejan estas redes: «¿Vas a dejarnos y a perderte todo lo que pasa aquí? ¿De qué vas a hablar entonces con tus amigos?». Resulta que el FOMO funciona, amiguis.

En fin, espero sinceramente que mis relaciones sociales se sustenten sobre pilares que puedan resistir la eliminación del algoritmo y la mercadotecnia. Sé, sin embargo, que no todas lo harán.


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Published on Dec 13, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Se puede mantener la ternura en un mundo que exige dureza?

¿Cómo equilibramos protegernos con querer?

¿Qué preferirías sacrificar, tu «blandura» o tu «dureza»?

Y ahora, el poema:

Fuerte, de Ana Pérez Cañamares

“Los días duros se abren a mi quilla”.

Ángela Figuera Aymerich

Soy fuerte. Me rompo en esquirlas.

El problema es que voy

quedándome afilada

y ya no soy más

aquella mujer

habitable

mullida

blanda

yo.


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Published on Dec 8, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Cómo te enfrentas a la contemplación de tu «mochila emocional»?

¿Crees que tratamos con justicia «lo roto»?

¿Se te ocurre alguna manera de dignificar lo imperfecto?

Y ahora, leamos el poema:

Las cicatrices, de Piedad Bonnett

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.


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Published on Apr 22, 2025

La lucha de las oprimidas es agotadora. A veces se hace en grupo y es maravilloso: manifestaciones, jornadas, actividades grupales y demás nos hacen sentir que no estamos solas, que hay muchas manos, cabezas, cuerpos y voluntades dando la batalla por un fin común. Aunque no deja de ser duro, en esas situaciones me invade una sensación electrizante, como si me estuviera recargando de alegría o de esperanza.

Pero una no se sacude la condición de mujer, LGTBIQ+, racializada, pobre, migrante, discapacitada, enferma, etc. cuando se separa del grupo, cuando acaba la manifestación, cuando vuelve a su rutina. Las opresiones siguen y, por tanto, sigue la lucha. Y, como decía antes, es agotador tener que estar batallando todo el rato. Porque es TODO-EL-RATO: a medida que desnaturalizas tus opresiones no hay día que no tengas al menos una ocasión de partirte la cara (metafóricamente las más de las veces, pero no siempre).

Pasa con la condición de ser mujer. Cuando una es mujer y entra en la madriguera de conejo que es el feminismo, la caída no tiene límites. Una empieza a ver machismo por todas partes, pero no porque alucine, sino porque hay machismo por todas partes. El otro día, en un vídeo sobre autocuidado de la salud mental, relacionado con los riesgos laborales (esto es, un vídeo parte de un curso que me proporciona mi empleador) vi cómo el actor que hacía de jefe llamaba “cielo” a su empleada. Ya sabes, lo típico. Para muchos es una tontería y resulta que yo tengo la piel muy finita, pero es que no está bien. Y a lo mejor hay días que lo dejo pasar, pero otros no quiero, no puedo o no me apetece. Así que hice el comentario de rigor. Ese mismo día tuve que abordar una situación en clase: mis alumnos hacían bromas sobre prostitución y mis alumnas se morían de incomodidad. ¿Cómo voy a dejar pasar eso, siendo educadora? Venga, otra batalla, esta vez contra 15 adolescentos ante los que, bueno, supuestamente soy la figura de autoridad, pero que no dejan de ser 15 adolescentos, en grupo, viendo como sus afirmaciones de masculinidad (eso que les importa tantísimo) se problematizan delante de otras tantas adolescentas. Y podría seguir.

Lo hacemos en casa, con nuestras familias, lo hacemos en el trabajo, lo hacemos con nuestras amigas y amigos, lo hacemos en redes sociales. Estamos siempre con el disco puesto, siempre con la escopeta cargada. Insisto: es cansadísimo, pero ¿cómo abandonar la lucha? Es que no se puede. No podemos. Por nosotras, por las que fueron antes, pero, sobre todo, por las que están por venir (y aquí sí les incluyo también a ellos).

No, no se puede abandonar la lucha. Pero eso no significa que no podamos bajar los brazos de vez en cuando. No es extraño asistir a la retirada de alguna amiga o compañera cuando ya no puede más, cuando no le dan las fuerzas. Especialmente, cuando se da la batalla en redes sociales, ya que los ataques pueden llegar en oleadas que se hacen eternas, dependiendo de lo incómodo de tu afirmación y lo viral de tu mensaje. Por eso, como decía, a veces alguna de nosotras se retira un tiempo de la batalla. Incluso abandona algún ámbito del todo (como puede ser una determinada red social). Pero eso no es una derrota porque aunque muchas veces nos enfrentemos solas al problema, nunca estamos solas en la lucha. La sororidad (o, para el caso, la unidad en cualquier otra lucha) funciona como un coro. Un coro puede sostener una nota de manera infinita, porque cuando una de las personas integrantes tiene que parar a respirar, el resto sostienen la nota. Es una experiencia estupenda. Cuando cantamos O Frondens Virga (compuesta por Hildegarda de Bingen, que siendo monja sabía cómo es un orgasmo femenino mejor que muchos joseluises) es inevitable respirar porque el coro lo que hace es sostener una única nota en un “uuuuuuh” durante toda la canción para hacer de fondo de las solistas. Pero cuando respiras lo haces con total confianza, sabiendo que el resto te cubren, igual que sientes tú que estás cubriendo a la compañera que se ha parado a respirar a tu lado.

Pues eso. Nadie puede luchar todo el rato, pero ahí estaremos el resto, las que sí podamos, sosteniendo la nota.


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