Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jul 18, 2025

Esta mañana un amigo me mandaba ese mensaje. Paradójico, ¿no? Que alguien se disculpe por haber perdido el contacto requiere contacto, por lo tanto no estará tan perdido el contacto, ¿no? Entiendo el sentido. Mi amigo es una persona con la que he tenido contacto de mayor o menor intensidad a lo largo de varios años: periodos de mucho contacto seguidos de semanas o meses de silencio absoluto. Antes no era tan llamativo porque, aunque no hablábamos por privado, nos veíamos en las redes sociales, lo cual nos situaba en una cierta ilusión: la de saber cómo le iba la vida al otro o a la otra. En fin, él ha abandonado finalmente mastodon y yo paso de bluesky y he cerrado mis otras redes. Así que bueno, solo nos queda Telegram, de momento. Y ahí había bastante silencio de radio. Pero se ha acordado de mí, y me ha escrito, me ha preguntado por la vida, yo he hecho lo propio y ha sido bonito saber que alguien me piensa. No me hace falta más. Por supuesto, le he contestado muy seriamente a su disculpa y, para eso, me ha venido muy bien una conversación que tuve el sábado pasado.

##Lo que se ve desde detrás del visillo no es la vida.

El sábado estaba de reunión anual con mis amigos de la adolescencia. La vida nos pone difícil vernos más, por desgracia. La cosa es que salió el tema de Instagram y un amigo decía que se resistía a cerrar Insta porque tenía la sensación de que se iba a descolgar de la vida de muchos vínculos que tiene en otras ciudades y con los que no mantiene un contacto diario: son gente que le importa, quiere que les vaya bien, quiere saber que les va bien, pero no tiene la capacidad de estar escribiéndoles mensajes y demás.

Yo entiendo que eso dé miedo, de verdad. Intentaba, no obstante, hacerle ver que ver Instagram es parecido a lo que hacen las «viejas del visillo» en los pueblos: lo que ves no es lo que hay, es lo que captas en un instante. Menos real es todavía Instagram: yo decido qué pongo, cuándo, cómo. Puedes estudiarte el Instagram de una persona de arriba a abajo y estar más alejada de saber cómo va su vida que antes de empezar. No obstante, como digo, entiendo el miedo y el «mejor eso que nada». Sobre eso nada tenía que decir.

Entonces otra amiga dijo algo que me pareció muy interesante:

##«No podemos sostener todos nuestros vínculos de la misma forma»

Ella ha vivido en varias ciudades de dentro y fuera de España y contó que, después de vivir en Chile, al volver, no vivía ni aquí ni allí: estaba constantemente pendiente del ordenador, de los correos electrónicos y las comunicaciones de la gente de allá, durmiendo poquísimo para vivir aquí, en España, y, a la vez, mantener el contacto sincrónico con su gente de allá. «Un día», dijo, «me dí cuenta de que tenía que dejar ir, porque la vida es eso: no se pueden sostener todos los vínculos de la misma forma, simplemente no se puede».

Me hacía falta escuchar eso, ¿sabes? Siempre he tenido la sensación de que había algo defectuoso en mí por no mantener demasiadas relaciones de larga duración, pero es que a veces la vida lo pone complicado y yo no tengo especial habilidad para eso. Antes era más sencillo de asimilar: si te mudabas de ciudad se asumía que el contacto se iba a perder. Quizá podías mandar cartas de vez en cuando, o llamar por teléfono alguna vez. Pero el tiempo y la distancia iban haciendo lo suyo. Si, por una casualidad, volvías al lugar de origen y te cruzabas con esos seres queridos probablemente os saludaríais con alegría, nostalgia y emoción. Incluso propondríais tomar algo y poneros al día. Y al volver a marchar, pues cada persona volvería a su vida y en paz. Es bonito, es orgánico.

Ahora, sin embargo, con eso de estar hiperconectados parece que esa opción ya no existe: hay que hablar con todo el mundo, todo el rato, una no puede bajar la guardia, dejar de escribir mensajes, dejar de dar likes, dejar de estar al día de los más nimios detalles de la vida de todo el mundo al que quiere o aprecia. ¡Es agotador!

##No hacía falta una disculpa.

Por eso le he dicho a mi amigo que no hacía falta una disculpa. Que se ha acordado de mí y me ha escrito, por lo tanto no hay contacto perdido que valga. Que no se pueden sostener en plano de igualdad todos los vínculos (lo siento, Tània, me quedo tu frase) y que en todo caso debería darle las gracias por pensarme y hacérmelo saber.

No sé, ¿no os parece que vivir como se supone que se debe es complicadísimo y absolutamente agotador? Lo mismo esto ya no tocaba en este post, pero es que te prometo que estoy que no doy más de mí. Vamos a dejarlo aquí, supongo.


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Published on Dec 11, 2025

Para pensar un poco, antes de leer.

¿Cómo te sientes cuando se acerca tu cumpleaños?

¿Qué te gustaría hacer para celebrar tu próximo cumpleaños?

Piensa en algunas situaciones que hayas superado en este último año y felicítate por ellas.

Y ahora, leamos el poema:

Cumpleaños, de Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo

menos cierto, confuso,

disolviéndome en aire

cotidiano, burdo

jirón de mí, deshilachado

y roto por los puños.

.

Yo comprendo: he vivido

un año más, y eso es muy duro.

¡Mover el corazón todos los días

casi cien veces por minuto!

.

Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.


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Published on Apr 22, 2025

La lucha de las oprimidas es agotadora. A veces se hace en grupo y es maravilloso: manifestaciones, jornadas, actividades grupales y demás nos hacen sentir que no estamos solas, que hay muchas manos, cabezas, cuerpos y voluntades dando la batalla por un fin común. Aunque no deja de ser duro, en esas situaciones me invade una sensación electrizante, como si me estuviera recargando de alegría o de esperanza.

Pero una no se sacude la condición de mujer, LGTBIQ+, racializada, pobre, migrante, discapacitada, enferma, etc. cuando se separa del grupo, cuando acaba la manifestación, cuando vuelve a su rutina. Las opresiones siguen y, por tanto, sigue la lucha. Y, como decía antes, es agotador tener que estar batallando todo el rato. Porque es TODO-EL-RATO: a medida que desnaturalizas tus opresiones no hay día que no tengas al menos una ocasión de partirte la cara (metafóricamente las más de las veces, pero no siempre).

Pasa con la condición de ser mujer. Cuando una es mujer y entra en la madriguera de conejo que es el feminismo, la caída no tiene límites. Una empieza a ver machismo por todas partes, pero no porque alucine, sino porque hay machismo por todas partes. El otro día, en un vídeo sobre autocuidado de la salud mental, relacionado con los riesgos laborales (esto es, un vídeo parte de un curso que me proporciona mi empleador) vi cómo el actor que hacía de jefe llamaba “cielo” a su empleada. Ya sabes, lo típico. Para muchos es una tontería y resulta que yo tengo la piel muy finita, pero es que no está bien. Y a lo mejor hay días que lo dejo pasar, pero otros no quiero, no puedo o no me apetece. Así que hice el comentario de rigor. Ese mismo día tuve que abordar una situación en clase: mis alumnos hacían bromas sobre prostitución y mis alumnas se morían de incomodidad. ¿Cómo voy a dejar pasar eso, siendo educadora? Venga, otra batalla, esta vez contra 15 adolescentos ante los que, bueno, supuestamente soy la figura de autoridad, pero que no dejan de ser 15 adolescentos, en grupo, viendo como sus afirmaciones de masculinidad (eso que les importa tantísimo) se problematizan delante de otras tantas adolescentas. Y podría seguir.

Lo hacemos en casa, con nuestras familias, lo hacemos en el trabajo, lo hacemos con nuestras amigas y amigos, lo hacemos en redes sociales. Estamos siempre con el disco puesto, siempre con la escopeta cargada. Insisto: es cansadísimo, pero ¿cómo abandonar la lucha? Es que no se puede. No podemos. Por nosotras, por las que fueron antes, pero, sobre todo, por las que están por venir (y aquí sí les incluyo también a ellos).

No, no se puede abandonar la lucha. Pero eso no significa que no podamos bajar los brazos de vez en cuando. No es extraño asistir a la retirada de alguna amiga o compañera cuando ya no puede más, cuando no le dan las fuerzas. Especialmente, cuando se da la batalla en redes sociales, ya que los ataques pueden llegar en oleadas que se hacen eternas, dependiendo de lo incómodo de tu afirmación y lo viral de tu mensaje. Por eso, como decía, a veces alguna de nosotras se retira un tiempo de la batalla. Incluso abandona algún ámbito del todo (como puede ser una determinada red social). Pero eso no es una derrota porque aunque muchas veces nos enfrentemos solas al problema, nunca estamos solas en la lucha. La sororidad (o, para el caso, la unidad en cualquier otra lucha) funciona como un coro. Un coro puede sostener una nota de manera infinita, porque cuando una de las personas integrantes tiene que parar a respirar, el resto sostienen la nota. Es una experiencia estupenda. Cuando cantamos O Frondens Virga (compuesta por Hildegarda de Bingen, que siendo monja sabía cómo es un orgasmo femenino mejor que muchos joseluises) es inevitable respirar porque el coro lo que hace es sostener una única nota en un “uuuuuuh” durante toda la canción para hacer de fondo de las solistas. Pero cuando respiras lo haces con total confianza, sabiendo que el resto te cubren, igual que sientes tú que estás cubriendo a la compañera que se ha parado a respirar a tu lado.

Pues eso. Nadie puede luchar todo el rato, pero ahí estaremos el resto, las que sí podamos, sosteniendo la nota.


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Published on Mar 16, 2025

Miedo, tengo miedo.

Miedo de quererte.

Miedo, tengo miedo.

Miedo de perderte.

Sueño noche y día

que sin ti me quedo.

Tengo, vida mía,

miedo...Ay, mucho miedo.

«Tengo miedo», por Rocío Jurado.

No sé dónde lo leí, pero estoy absolutamente de acuerdo: «Amar es dar a alguien el poder de hacerte daño (y confiar en que no lo hará)». Aunque eso es mucho confiar. Las personas somos como erizos (esta metáfora sí recuerdo dónde la leí, fue en La elegancia del erizo, de Muriel Barbery), intentando encontrar el ajuste correcto, ese en el que no nos muramos de frío por la distancia ni nos hagamos daño por la estrechura de demasiada cercanía. Y en lo que encontramos ese punto o nos reajustamos acabamos haciéndonos daño sin querer. Es inevitable.

Pero hay verdad en esa frase, algo al menos. En La condición vulnerable (un ensayo que recomiendo encarecidamente, una filosofía en la que de verdad me he sentido a gusto), Joan-Carles Mèlich dice «Nunca somos tan vulnerables como cuando queremos, pero también nunca estamos tan protegidos de la vulnerabilidad como cuando nos quieren». Amar, amar de veras, no puede hacerse con escudos y armaduras. Amar (a quien sea y como sea) es abrir el pecho y decir: «esto soy». En el baile de máscaras que es la vida no es poca cosa.

Pero ser vulnerables es terrorífico, especialmente en este mundo en el que hemos aprendido que cualquier debilidad podrá ser utilizada en nuestra contra. Hay que escoger bien ante quien nos permitimos ser vulnerables, hacer control de daños. ¿Cómo no va a dar miedo amar entonces? Una se arriesga doblemente: se pone en una situación de vulnerabilidad al querer y vive en un estado de precariedad permanente por poder perder esa protección que da ser querida.

En ese punto estoy, consciente de la precariedad del amor al que me he entregado por completo y que me ha cubierto de las inclemencias hasta ahora, recordando que ningún amor es incondicional y que, oh sorpresa, el amor no lo puede (ni debe poderlo) todo. En ese punto estoy, sí. Muerta de miedo.

Pero ahora no me sale decir «si esta vez no, nunca más». Sé que no tengo remedio, que si esta vez no (que ojalá sí) volveré a intentarlo mientras me quede corazón. Tampoco me sale hacer control de daños, replegarme, adoptar una estructura defensiva y minimizar las bajas. Nada. Sigo con el pecho abierto: «Esto soy, toma lo que te aproveche». Ya iré recogiendo los restos como buenamente pueda.

Habrá merecido la pena.


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Published on Jun 8, 2026

Me gustaría que esta entrada fuese a tratar de Ajuar, el duo de señoras madrileñas que hacen una actualización del folclore tradicional bien chula, fresca y feminista. Echadle un vistazo a su Bandcamp, ahí enlazado, porque merecen mucho la pena.

Pero no, no vengo a hablar de ellas. Vengo a hablar, cómo no, de mis traumas. Bueno, no lo sé. Vengo a intentar descubrir si tengo que tener un trauma nuevo, o mejor dicho, si hay una nueva manifestación de mis traumas antiguos. Yo qué sé. Demasiao bien me mantengo.

La cosa es la siguiente: ¿a vosotras os han preparado ajuar vuestras familias? Ya sabéis: enseres domésticos, menaje, ropa de cama, toallas... Esas cosas que una persona necesita cuando se va de casa. Sé que lo tradicional era que se les preparase a las muchachas (y que ellas mismas empezasen a contribuir en cuanto tuviesen edad, ya fuera bordando, tejiendo, lo que fuese), pero ya he conocido casos en los que se les prepara también a los hijos, ya no con tanto componente utilitario, sino como una especie de ofrenda o gesto cuando salen del nido para volar por su cuenta.

Es que el otro día hablaba con la familia de mi pareja, y contaban que ellos habían comprado ajuar por igual a mi pareja y a su hermana. Y entonces caí yo en que yo no tengo ajuar. Nunca lo he tenido. Al menos no viniendo de mi madre. Recuerdo que cuando estaba a punto de mudarme a mi piso, la madre de mi entonces pareja empezó a preparar un ajuar mínimo, de manera informal. Iba comprando cosas que veía útiles y las iba guardando. Salvo esos regalos, todo lo demás que hay en mi casa lo he comprado yo.

No es por la cuestión material, por supuesto. Puedo comprarme unas sábanas o un juego de toallas si los necesito (no siempre ha sido así). Es por el cuidado. Por el cariño. Por ese pensar en el futuro de la hija o del hijo que supone preparar algo para cuando sea mayor, para cuando se case. Para cuando le haga falta.

Sea como sea, no tengo ajuar. Mi dote es más pequeña que la de Inesilla y el Brillante.... Sobre todo porque en su caso, «aunque el dote era pequeño el cariño era muy grande».

Estar en un punto de mi vida en el que me voy sintiendo conforme, segura, querida, cómoda cuidada tiene su parte buena, muy buena, excelente... Pero también la mala, y es que me estoy haciendo consciente de que mirar a mi pasado, a mi infancia, adolescencia y primera juventud, es mirar a la cara a la carencia. Y de eso nadie sale indemne. Como ya he dicho antes: demasiao bien estamos.


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Published on Sep 4, 2025

Esta entrada destripa partes (bastantes) de la peli «El 47». Léela bajo tu propia responsabilidad.

Hace poco vi la película El 47. Conocía la historia, más o menos, la trama principal. Pero me ha sorprendido una trama que no es ni secundaria, un arco prácticamente anecdótico pero con una fuerza tremenda o, al menos, que a mí me ha dado una patada giratoria en el esternón.

Resulta que Juana, posteriormente Joana, la hija del protagonista, canta en un coro. En su primera aparición la vemos cantando «El rossinyol» con su coro. En esa misma escena la directora del coro le asigna el solo. Una compañera a su lado intenta quejarse, pero la directora no da lugar a réplicas. Pregunta a Joana si está conforme y ella dice que sí, ilusionada. El plano se detiene en ambas cuando el coro se disuelve. La compañera lleva un pañuelo en el pelo, tiene los ojos azules, es menos vulgar que Joana. También lleva ropa más vistosa y, a todas luces, más nueva: un jerseycito de punto monísimo, por ejemplo. Joana viste unos pantalones pardos de ¿pana? que han visto tiempos mejores, una camiseta desgastada y una camisa marrón también bastante usada. La compañera, cargada de falsa buena voluntad le dice que todo va a ir bien, que ella lo ha hecho muchas veces, y le pregunta si quiere que le preste algo de ropa, para no actuar vestida así. A Joana se le borra la sonrisa y se mira antes de asentir: sí, agradece que le preste algo de ropa. Y ahí se queda, sintiéndose inadecuada, avergonzada de lo que es. Porque el espejismo de que es una más, incluso de que puede destacar entre ellos, ha durado unos instantes. Y la culpa, la responsabilidad, es suya. Suya y de los suyos: de su padre extremeño, hijo de un represaliado, de su madre muerta, de su barrio chabolista. Un poco todo.

Así que Joana vuelve a casa. Tarde. Embriagada todavía por el dulce rossinyol que va a França apaga el tocadiscos de su padre, en el que suena «Gallo rojo, gallo negro» de Chicho Sánchez Ferlosio. «Sempre la mateixa cançoneta», murmura. Su padre la reprende por no haber estado en la reunión de vecinos, porque en esa casa se han enseñado valores, se ha enseñado compromiso, se ha enseñado lucha. Ella dice que no sirve para nada y expresa su vergüenza. Sale al balcón y empieza a ensayar su solo en voz bajita. No es una de ellos, de los que cantan solos, pero tal vez, si se esfuerza... Su padre sale, le halaga el canto. En tono reconciliador intenta recordarle que no tiene que avergonzarse de quién es, intenta poner en valor sus raíces y sus circunstancias pero son interrumpidos por unos actos que desencadenan ciertas circunstancias. Pasan cosas.

Siguiente escena del arco. Joana está ensayando de nuevo con el coro. Toca cantar el solo. Lo intenta, suena un poco ahogado en los agudos, un poco apagado en general. La directora se lo indica, le pide que lo repita. Lo repite. Y lo repite. Y la directora, cada vez más frustrada, la reprende por no ensayar, por no tomárselo en serio. No sabe, ni le importa, ni puede sospechar siquiera lo que está pasando en la vida de Joana: cuánto tarda en llegar al ensayo, cuánto tiene que caminar montaña abajo y montaña arriba, en qué condiciones vive, los conflictos que hay en su barrio, lo inadecuada que se siente rodeada de clasemedistas. Qué más da. Ha tenido la oportunidad pero no se ha esforzado lo suficiente. Joana lo intenta de nuevo, se le caen las lágrimas. Probablemente la directora siga pensando que no transmite nada.

Tercera escena del arco y final. Joana está actuando con el coro. Su madrastra está entre el público y, al lado de ella, hay una silla vacía: su padre está preso por «secuestrar» un autobús y subirlo a su barrio del extrarradio para demostrar que podía hacerse. Suena «El Rossinyol», y suena precioso. Llega el momento del solo: la compañera empieza a cantar con seguridad, con potencia, con decisión, como cantaría alguien que sabe que merece estar ahí. Suena bonito. A su lado Joana se limita a cantar su parte. Una esperaría que se una al solo, que por fin cante con potencia, que transmita todo lo que tiene que transmitir, que les dé su merecido a la directora y a la compañera. Pero no lo hace. La canción acaba y el coro se retira. Pero Joana no. Joana se queda plantada en medio del escenario. La directora la llama susurrando. Pero Joana no se mueve. Entonces empieza a cantar de una manera abrumadoramente hermosa «Gallo rojo, gallo negro». Joana toma conciencia del orgullo de ser quién es, del valor de su clase y de la lucha. Tal vez incluso de que nunca va a ser una de ellos y de que hacernos creer que podemos conseguirlo es otro de sus crueles juegos de manipulación. Así que cambia la canción y transmite. Claro que transmite. Cuando acaba se retira corriendo. Nadie aplaude.

Me ha recordado a Yeguas exhaustas de Bibiana Collado Cabrera, y me ha recordado a mi vida. A cómo existimos algunas que no cantamos solos y pensamos que es porque no tenemos la voz suficientemente bonita, o no hemos ensayado bastante, o tal vez no lo merecemos, sin más, cuando lo que pasa es que...

Bah, qué importa. Lo que importa es que pasa. Que sigue pasando. Y, para colmo de males, creo que ya ni siquiera recordamos cuáles eran nuestras canciones: parece que solo nos queda bailar al son de las suyas.


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Published on May 14, 2026

Hace unos días tuve una conversación con una alumna a la que admiro y respeto mucho. Es una alumna de 10, en todos los sentidos: educada, simpática, inteligente, creativa, con sentido del humor... Y hasta ahora no la había visto sufrir académicamente. Daba la sensación (jeje, las sensaciones, esa cosa) de que la alumna estaba petándolo sin demasiado esfuerzo emocional, al menos. Pero el otro día, al verse sin tiempo en un examen para realizar una parte del mismo, colapsó: se agobió tanto que se puso a llorar en clase, no sabía por dónde tenía que tirar, escribía y tachaba... Finalmente no llegó la sangre al río, pudo acabar el examen, pero yo me quedé preocupada y la cité: “Cuando puedas, cuando te sientas cómoda haciéndolo, quiero hablar contigo en privado sobre lo que ha pasado hoy, ¿vale?”.

Acudió al día siguiente. Allí hablamos de salud mental, de autoexigencia desmedida (me alegró constatar que nadie la presiona, salvo ella misma, que no es poco), del derecho al error, de cómo lo perfecto es enemigo de lo bueno con frecuencia, de que debería trabajar en ciertas actitudes y formas de tratarse de cara al futuro porque pueden hacerle mucho daño. Me despedí con un: “Cuídate mucho, ¿vale?”, y lo que motiva este post es su respuesta. Se giró, me miró desde la puerta, me sonrió y me dijo: “Nos cuidamos unas a otras, profe”.

Y es verdad. Y eso me está dando mucha paz estos días. No es extraño que me sienta imbécil, que sienta que mi “bondad”, con todas las comillas del mundo, es echar margaritas a los cerdos, que las cosas que tanto esfuerzo me cuestan no dan ningún fruto. Y no es que yo sea una paranoica exageradamente pesimista, es que con frecuencia, como suele decirse, ni agradecío ni pagao y, algunas veces, malinterpretao. Pero eso es lo más evidente. Lo otro, los brotes que han ido germinando y creciendo lentos pero seguros, suelen pasar desapercibidos, a veces hasta que se les ven las flores.

Me doy cuenta de que mi actitud de cuidado, de cariño, de conexión, aunque muchas veces me drena, genera a mi alrededor un espacio amable (en tanto que es posible). Por ejemplo, tengo unas alumnas en segundo de bachillerato que han ido mostrándome más y más cariño con el paso del curso y solo ahora, al final, me han explicitado por qué, qué ha significado para ellas mi manera de estar en su mundo, mi manera de ser y hacer. Y es emocionante. Ellas fueron las primeras en mandarme un mensaje cuando me dieron la baja por un episodio de ansiedad tremendo, me mandaron un vídeo que yo no tomé como algo especialmente significativo: “Vuelve, profesora, que si no no va a haber manera de que aprobemos tu asignatura”. Pero entonces volví, y tras la primera clase, me persiguieron al departamento y me pidieron permiso para abrazarme.

Su presencia en mis días no ha sido percibida como algo significativo, era una presencia cordial, agradable, sin más. Pero ahora miro atrás y veo cuánto nos hemos cuidado sin hacerlo explícito. En las últimas semanas de curso me han hecho regalos (flores, una foto, una caja con sobres que abrir cada mes antes de mi boda), han tenido detalles brutales conmigo (fueron a un concierto del coro con una pancarta, a pesar de que diluviaba), me han ayudado a gestionar la clase, a organizar cosas, han mediado con sus compañeros... Todo un dispositivo de amabilidad y cuidados del que casi no era consciente o, más bien, debo decir que no era consciente de todo su alcance y profundidad.

Lo mismo ocurre con otra alumna, poco integrada en su grupo, en primera fila, que ha estado recibiendo mis bromas y guiños que presentaba como privadas entre las dos como pequeños salvavidas. O con otra alumna que ha atesorado el interés que he mostrado por ella, por su progreso académico y por su cultura como un regalo preciado, devolviéndome el favor con sonrisas esquivas que antes no existían. Podría poner muchísimos ejemplos solo de mi entorno de trabajo.

Te animo a pensar en esto. A intentar activar esa sensibilidad que la prisa nos tiene atrofiada, a notar esos cambios sutiles, esa alteración de los campos gravitatorios alrededor de las personas que cuidan, que se implican, que se interesan, que respetan, que quieren. Intenta abrir los ojos y los oídos, procura atender a los detalles mínimos. Verás como de pronto el mundo parece mucho más suave y amable, más hospitalario y habitable.


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Published on Jun 19, 2025

Con frecuencia he sentido que el mundo no me sentaba bien. O me quedaba grande o chico, pero el resultado de eso, al final, es el mismo: si el zapato no es de tu talla, sea por grande o por pequeño, te roza. Una se acostumbra a ciertos niveles de inadecuación, supongo, pero de vez en cuando, no sé si porque baja el nivel de tolerancia o aumenta el nivel de extrañeza, la cosa se hace más traumática. Y ahí ando últimamente.

Me doy cuenta de que paso mucho tiempo enfadada con el mundo, enrabietada, peleando de una manera u otra para, al menos, denunciar las cuestiones que considero problemáticas, si es que considero que no puedo hacer nada para cambiarlas, aunque sea en ese momento. Eso lo veo normal: el mundo es, en buena medida, un mojón. Tiene sus cosas buenas, sí, pero hay tantas cosas que están mal... El problema viene cuando levanto la vista y miro alrededor y nadie parece entender por qué me enfado tanto, por qué me empeño tanto. Y entonces viene la pregunta: ¿estaré loca? ¿De verdad seré una señora histérica y difícil que ve problemas donde no los hay? No es retórico. Os prometo que a veces lo dudo de verdad y me planteo que, más pronto o más tarde, mis excentricidades acabarán aislándome de todo el mundo.

Me pasa con los LLM (Large language model) y los LIM (Large image model), esto es, la llamada «Inteligencia artificial generativa» de lenguaje e imágenes respectivamente. A veces tengo la energía de dar la turra: la «IA» consume muchísimos recursos y, en general, la estamos usando para cuestiones absolutamente absurdas como generar un avatar tipo Pixar o evitar hacer una búsqueda en Internet (bueno, ya depediendo de dónde busques ni siquiera así te libras). A veces simplemente nos ponemos a «charlar» con la IA para pasar el rato. Cuando me siento en un espacio lo suficientemente seguro, con gente que me importa lo suficiente, doy el paso y la turra, como decía. Pues indefectiblemente recibo la mirada de «¿y esta tarada?». Y duele, porque suele venir de gente que me quiere. Esa mirada transmite que estoy intentando vaciar el mar con un cubito, que soy una persona naïf, en el mejor de los casos, y en el peor, que duermo con un gorrito de papel de aluminio puesto.

Me pasa también con el dichoso Ozempic y derivados, y con esto soy absurdamente radical: se está produciendo un atentado a la salud de las personas gordas similar al que se produjo con la oxicodona en Estados Unidos. Se está recetando un medicamento a personas sanas (repitan conmigo, hasta que llegue al fondo: la obesidad o el sobrepeso no son una enfermedad per se, aunque pueda ser un factor que influya en el desarrollo o aparición de ciertas enfermedades, por no hablar de cómo se definen) con gran cantidad de efectos secundarios nada desdeñables simplemente para que adelgacen. ¿Sirve la excusa de «tienes que adelgazar por salud» si lo que estás usando para adelgazar destroza tu salud? Pues bien, en esta colina he de morir y lo haré prácticamente sola porque la gordofobia es tanta que el medicamento ha aparecido como la nueva poción mágica. Hablo también, por supuesto, de la gordofobia interiorizada, porque resulta que el bodypositive es en muchas ocasiones un «no me queda otra» pero ahora que existe el pinchacito mágico es maravilloso. Y mirad, no niego el sufrimiento, entiendo profundamente cómo una persona gorda acabaría pinchándose el Ozempic de los cojones, pero eso no lo convierte en bueno. Ni a mí en gordófoba por denunciarlo.

Pues bien, de nuevo esa mirada. Como si estuviera diciendo que los chemtrails nojequé o que la tierra está hueca y hay una civilización viviendo en el núcleo.

Bueno, y no hablemos de cuando sale el tema del género y el feminismo. Ahí soy la loca absoluta. Por suerte, ahí me siento algo menos sola, pero escuece incluso más, porque son cosas tan flagrantes... Ayer una amiga me contaba que iban tres días de la semana y había tenido que intervenir en tres situaciones de acoso en espacios públicos (autobuses, supermercado) sin que nadie más hiciera nada (salvo una señora mayor). Y cuando haces algo encima te miran a ti como si fueses tú el problema, la loca que está montando un escándalo. De verdad os digo que se queman pocas cosas.

Y claro. Luego me escucho pensar. O me leo. O identifico lo que siento y qué lo provoca. Y pienso si no será verdad, si no estaré loca. Recuerdo que una amiga psicóloga dice que no adaptarse a un mundo tóxico es un signo de salud mental. Pero, ¿no se dirán eso todos los locos? ¿No será mi amiga imaginaria? ¿No estaré, y lo digo de forma lo más literal que la metáfora permite, perdiendo la cabeza y los estribos?

Es una pregunta retórica. Mejor no me contestes.


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Published on Sep 7, 2025

Hace un rato, mientras intentaba aguantar unas lágrimas que no estaban ahí, le he pedido a mi compañero de alegrías y fatigas perdón por ser un rollo. Agradezco honestamente que no me haya querido llevar la contraria y que no me haya dicho que no lo soy, porque él sabe y yo más que él que sí lo estoy siendo. No estoy ni triste, ni ansiosa, ni inquieta, ni frustrada, ni desesperanzada, ni enfadada, pero sí un poco de cada una de esas cosas y algunas más, en proporciones tan mínimas que nada de lo que haga por calmar alguna de esas sensaciones tiene el mínimo impacto en el resto. Empiezo a pensar que no tengo más opción que seguir adelante haciéndome la muerta y esperar que, con suerte y tiempo, la marea me devuelva a la orilla. He aprendido que a veces eso justo es lo que pasa.

Tampoco voy a hacerme luz de gas con esto: tengo motivos para estar así. Puede que sean problemas champán, pero mis problemas champán no dejan de ser mis problemas. Hay una parte de mí que me dice cuéntalo, pero, al parecer, otra parte de mí, con más control que la primera, me pide que no lo haga. No se lo he contado a nadie, no con honestidad y por completo, porque siento que requeriría horas y no voy a tener la destreza ni la energía para transmitirlo y hacerme entender. Puede que escribirlo sea más fácil, pero parece que no lo suficiente. Así que bueno, seguiré manteniendo el secreto a la sombra hasta ver qué si, como decía en aquel poema, me transforma o me destruye.

Pero, acto seguido, mientras mi pareja me acariciaba la nuca en silencio, he tenido la iluminación y le he preguntado: «Tengo derecho a ser un rollo, ¿verdad?». Y ahí sí ha respondido: «Sí, claro». Mi #ingeñero es un señor de pocas palabras, pero bueno, con frecuencia suele decir lo adecuado y suficiente.

Tengo derecho a ser un rollo, claro que sí. Es liberador, ¿sabes? Toda mi vida he creído que no tenía derecho a incomodar. No tenía derecho a pedir nada si molestaba, si tan siquiera requería un esfuerzo. Si lo hacía nadie me iba a querer. Pero que alguien que, creo, me quiere, me diga (o conceda) que estoy siendo un rollo pero que tengo derecho a serlo es nuevo. Bueno.

Pero aunque él no me lo hubiese concedido sería verdad. Estoy acostumbrada a cuidar/atender/consolar a gente que está siendo un rollo. Y no pasa nada. Ni me planteo que estén siendo un rollo: las personas estamos genial y fatal, y todo lo que hay en medio. Y no somos cosas que querer solo cuando funcionan bien, cuando son bonitas, cuando nos divierten (lo de que las personas no somos cosas también merece un post, creo). He entendido eso perfectamente cuando tiene que ver con otros pero, por lo que sea, rara vez he conseguido aplicármelo a mí misma. Quizá porque no me han hecho sentir segura y querida en esas situaciones. Yo qué sé. Pero que no me lo hayan reconocido no significa que no tenga el derecho a estar mal y, a pesar de eso, ser querida y cuidada.

Pues lo dicho, que estoy siendo un rollo, una compañía horrible, que no me soporto ni yo así que imagino que debo estar insoportable... Pero tengo derecho a estar así y a que me quieran, se materialice o no ese derecho.

Y tú también. Date un tiempo para procesarlo: tú también.


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Published on May 14, 2025

La semana pasada estuve en una boda. No una boda cualquiera: la boda de una gran amiga. Incluso (todavía no me lo creo) fui bendecida con una distinción especial junto con otras pocas personas, un agradecimiento por, no sé, supuestamente haberla apoyado y acompañarla durante la locura que ha sido la preparación de esto. Ya ves tú, la compañía que le he podido hacer, a más de 2500 kilómetros de distancia... Pero bueno, sirva el detalle para dejar claro que fue una boda especial, la boda de alguien importante en mi vida, una de esas bodas por las que te coges el coche al salir de currar y te tiras 6 horas en carretera. Eso.

La cosa es que la primera vez que yo vi a mi amiga en vivo y en directo llevaba el traje de novia puesto. Y no porque la acompañase a una prueba: qué va. Mi amiga y yo coincidimos espaciotemporalmente por primera vez el día de su boda. Conocí a su marido el día de su boda (mención especial a mi broma recurrente de repetir «me gusta mucho pa mi amiga este señor, ojalá se casen»). La abracé, por primera vez, el día de su boda. Curioso, ¿eh?

Bueno, probablemente a ti no te lo parezca tanto. Si estás leyendo esto es porque, probablemente, eres una persona acostumbrada a habitar las aguas del interné de una forma poco mainstream y, me atrevo a deducir que esa idea de querer mucho a alguien con quien nunca te has tomao ni medio café no te es ajena. Pero cuando contaba la movida recibía miradas raras. Y yo lo entiendo, ojo. Pero no me importa, ni me molesta. Lo que me siento es muy afortunada de haber podido encontrar a gente tan estupenda, con la que vibro tan bien, y que vayan a enriquecer mi vida durante el tiempo que sea. Y eso, sin Interné, no podría ser posible.

No recuerdo cuándo conocí a Ana, ni cómo. Sé que fue en Twitter, pero no me preguntes más de las circunstancias. Tampoco sé cómo empezamos a hablar más, y más, y cómo acabamos tejiendo esa intimidad que tenemos (y que consiste básicamente en que mi amiga, que es la reina de la socialización y que controla el calendario vacunal, las vacaciones y la talla de pie de todo el mundo, me hace el seguimiento y yo, una vez hecho eso, le doy conversación y la quiero mucho xD) ni cómo llegó a posicionarse entre las personas importantes de mi vida. Sé que ocurrió, y aunque me dé un poco de coraje no tener los elementos necesarios para reconstruir nuestra historia completa, el relato de esto, me vale con que sea real.

Porque es real. Esa distinción «amigas de la vida real» vs. «amigas de interné» no hace referencia a ningún elemento cualitativo, sino más bien a una cuestión circunstancial: tengo amistades con las que he acabado compartiendo espacio físico y tiempo y otras con las que solo he podido compartir tiempo y espacios virtuales. Y no me da vergüenza decir que, en multitud de ocasiones, han sido estos últimos los que me han salvado el momento, el día, la semana, el curso o incluso la vida.

En estos días he mirado mi palomita de cerámica mucho (el detalle que te decía que los novios nos dieron a unos cuantos afortunados) y he pensado cómo todo fue normal. Cómo la abracé como si fuera lo lógico, cómo hablamos como si no fuera la primera vez que nos escuchábamos las voces sin mediación de un aparato, como lloré de felicidad en varios momentos viéndola feliz y enamorada, sabiéndola valorada y querida. Y, aunque no es mi primer rodeo en esto de las amistades de interné, no deja de sorprenderme a ratos.

Escribo esto pensando en ella, en mi Ana, a la que le huele el culito a luna de miel ahora mismo, pero pienso en mi comuna sáfica, en mi Rosa (años y años y años de amistad, más de una década, y aún esa Estrella Galicia pendiente), en Mariache, en mis señoras taradas, en mi Alberto... En gente que es parte de mi día a día, porque lo es, sin que el espacio nos haya juntado. Y me alegro muchísimo del potencial de la tecnología para unirnos, para dejar que nos queramos, a pesar de los impedimentos.

Y mira, entre tanta IA y tanta cosa, no todo iba a ser malo.

Lo que ha unido interné, no hay mundo que lo separe.


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