Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 26, 2025

El otro día bromeaba en mastodon con mi dismorfia corporal y decía que había encontrado el secreto para no encontrarme a la cosa del pantano cuando me miraba a un espejo: hacerlo sin gafas. Y bueno, es broma pero no es broma. No estoy tan cegata, cuando me quito las gafas me veo, pero no me veo deformada, no me veo gigante, no me veo atroz. Un usuario vio que no todo era broma en mi broma y añadió otro secreto: mirarse en superficies que no fuesen espejos. Y es verdad: por ejemplo en un escaparate o en estos vidrios semitintados que ocultan parcialmente el interior de una tienda o establecimiento. Ahí también me veo de forma más ajustada a lo que debo ser en realidad. Es curioso, ¿verdad?

Pero no venía yo a hablar de eso. Venía a decir que alguien me siguió la broma y me sugirió que el siguiente paso sería mirarme en braille. Y yo, que no sé tomarme las cosas a broma en realidad, le dije que mejor me iría: mi piel es suavísima. Nos reímos, todo bien. Pero me quedé pensando en la idea de mirarse en braille. ¿Por qué no? Si mis ojos han demostrado ser tan pobres testigos de mí misma, ¿por qué no confiar en mis manos? Así que, aprovechando el tiempo libre del que aún dispongo, me puse a ello.

Empecé por el principio: los pies que me sostienen. Son grandes y, debido a que mis cuidados con ellos no son del todo consistentes (tal vez si pasase menos tiempo mirándome y denostándome...) tienen partes que son algo más asperas que otras. Pero, en general, encuentro en ellos una mezcla muy satisfactoria de suavidad y fuerza. No puede ser menos, si tienen que mantenerme en pie a mí, con lo predispuesta que estoy a los abismos...

En las piernas me demoré un buen rato. Mis piernas son rotundas, grandes. Su apariencia es de dos columnas fofas pero cuando una las acaricia... la cosa cambia. Sí, lo primero que se nota es la suavidad de la piel en todos los rincones y, si una se pone atrevida, la deliciosa sensibilidad en las partes donde la piel es más fina y está menos expuesta: las corvas, las ingles, la cara interior de los muslos. Al t acto, mis piernas parecen maravillosas. Mis dedos no detectan las arañas vasculares, las estrías ni las cicatrices. Ni siquiera alguno de esos vellos sueltos que mis ojos, a pesar de su miopía, ven siempre. Así, tumbadas sobre la cama, mis piernas son sobre todo tiernas, pero cuando hago el ejercicio de flexionarlas y apretar noto unos gemelos poderosos. Así que me levanto y me pongo de puntillas para sentir cómo mis músculos se tensan y luego hago el movimiento contrario y hago una sentadilla sostenida. Noto como mis muslos se tensan, fuertes, muy fuertes bajo la capa de grasa. Recuerdo cómo se sienten cuando empiezo a levantar la barra bien llena de discos, cómo consiguen despegar 92 kilos y medio del suelo. Sonrío y la euforia me invade. Así que me tumbo en el suelo y hago un puente de glúteos. Sí, siento la fuerza, la tensión. Sostengo el puente sobre una pierna. Luego sobre la otra. Sonrío. Me tiendo completamente en el suelo con los brazos extendidos, manteniendo la sonrisa. Qué suerte de cuerpo. Qué maravilla es examinarlo al tacto.

Reanudo el examen, no quiero parar por nada del mundo. Vuelvo a elevar el culo del suelo y planto mis manos sobre él. De nuevo, esa combinación de ternura y dureza, empiezo a pensar que eso es lo que me define. Relajo un poco y vuelvo a tensar, y siento cómo mis gúteos se elevan en un respingo. Me hace mucha gracia, así que lo repito muchas veces hasta que empiezo a cansarme y me dejo caer con un suspiro sobre el suelo de nuevo.

Extiendo las piernas y pongo las manos sobre mi vientre. Aquí la blandura es mayor, pero también vuelve esa suavidad extrema, quizá aún más que en las piernas. Acaricio la piel de mi estómago, bajo hasta el pubis, rodeo el ombligo con el dedo índice, trazo surcos con las cuatro yemas de mis dedos desde el ombligo al exterior y me detengo en las curvas de mi cintura. Cómo me encanta esa curva... Qué suave es, qué deliciosamente cóncava. Me deslizo hasta desenvocar en el opuesto que son mis caderas, contundentes y carnosas. Las aprieto fuerte y se me escapa un suspiro bastante intenso. El cuerpo tiene memoria y se ve que la del mío es muy buena.

Decido continuar el viaje: cruzo mis brazos y acaricio cada uno con la mano del contrario, muy lentamente, hasta llegar a los lados del cuello. Me gusta, así que lo repito varias veces hasta que, casi con voluntad propia, mis palmas bajan por mi escote hasta mis pechos. Primero recorro su contorno con las yemas de los dedos, muy suavemente, y ellos reaccionan también tensándose, y después los cojo con ambas manos y noto lo amables que son, lo agradable que debe ser reposar en un pecho como el mío. Un suspiro. Eso me recuerda que respiro, así que pongo mis manos justo bajo las costillas y respiro hondo varias veces. A estas alturas del ejercicio la sonrisa ya no se me va.

Decido empezar por ahí: mis mejillas, llenas y elevadas por la sonrisa. Mis labios, carnosos y suaves, aunque no demasiado, lo suficiente para ser muy agradables al tacto. Me beso las yemas de los dedos y me río al pensar que alguien me viese en estas. Pero no hay nadie, estoy sola conmigo misma, qué suerte. Subo hacia mi nariz y la recorro con un dedo en perpendicular, trazando su perfil. Es una buena nariz, está recta, no es demasiado prominente, tampoco irrelevante. Me gusta. Acaricio con las yemas de los dedos las puntas de mis pestañas. También ganan al tacto: son largas y abundantes, pero claras, por lo que a simple vista no luzcan tanto como cuando una las acaricia. La piel de mis párpados también es de una suavidad inusitada. Me deslizo hacia mis orejas y recorro con el dedo índice sus recovecos. Sigo subiendo y poso ambas manos sobre mi frente. Masajeo suavemente las sienes con los pulgares. Me siento fenomenal.

Finalmente me suelto el pelo y lo acaricio. Hoy he estado en la piscina, así que en lugar de estar rizado, al haberlo cepillado y recogido tiene una parte lisa que está muy, muy suave. Está larguísimo. Pienso que, tal vez, debería pensar en cortarlo. Pero me detengo en su suavidad. Cojo un mechón y me paso las puntas por las mejillas y la nariz. Sigo sonriendo. Así que decido que, como sigo teniendo tiempo, ¿por qué no seguir mirándome en braille un rato más y de manera un poco menos sistemática?

(Sonrisa pícara de la protagonista, fundido a negro)

Diría que el ejercicio ha sido todo un éxito: siguiente paso, aprender a bailar en braille. Y tú, ¿te animas a probar a mirarte en braille?


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Published on Aug 22, 2025

¿Es una costumbre más o menos extendida lo de regalar joyas (joyas de verdad, no bisutería) a las mujeres cuando se convierten en madres? El otro día, cuando llegamos a casa de los padres de mi pareja, encontramos que su hermana, que se casa pronto, estaba haciendo probaturas de joyas para llevar ese día. Finalmente llevará unas joyas que son herencia familiar. La madre de mi pareja nos contó que esos pendientes y ese colgante se los regalaron a su madre (la abuela de mi pareja y su hermana) el día en que la parió a ella: su marido el colgante y su suegro los pendientes. Pero es que hace unos meses, en un retiro del coro, una compañera contaba que poco menos que exigió a su marido un reloj bueno cuando parió a su primer hijo «para llevar la cuenta de las tomas y eso», dijo. Y lo que le pidió fue un Rolex de acero y oro que llevaba puesto en ese mismo momento. Alguna otra compañera hizo mención del regalo que había recibido de su marido tras convertirse en madre. No había más Rolex, pero sí otras joyas. Empiezo a pensar que esta es otra de esas costumbres de las que nadie me había contado nada.

En mi familia no hay joyas, nadie las recibe ni la regala. Mis padres tienen sus correspondientes alianzas de boda y, además, mi madre tiene un anillo solitario que heredó de su misteriosa y malograda tía (de ella, de su vida y de cómo llamó a mi madre desde la tumba para que la encontrase, a lo mejor os hablo otro día) que me temo que yo no voy a heredar. No sé a ciencia cierta si, joyas aparte, mi madre recibiría algún regalo por traerme al mundo pero estoy casi segura de que no. En mi familia, pobre de solemnidad, cualquier excusa era buena para no gastar: si cumplías con tu obligación no merecías un premio. Así, igual que no se nos daban premios por sacar buenas notas, imagino que a las mujeres no se les daban premios por parir.

Yo no voy a ser madre, pero no me imagino en la situación de recibir joyas buenas por haber parido, ni un Rolex, ni nada que se le parezca. Tampoco creo que vaya a casarme, pero he de reconocer que he fantaseado en alguna que otra ocasión con la típica proposición que incluye un anillo de compromiso bueno, de oro, con alguna piedra preciosa. Una chica puede soñar con sentirse como una princesa alguna que otra vez en su vida, ¿no? Y, como ya he dicho, no hay muchas alhajas familiares que heredar.

Podría regalarme yo las joyas, supongo. Ir a una joyería fingiendo que me merezco cualquiera de las cosas que tienen expuestas (je, eso iba a estar gracioso, si llegase a conseguirlo) y comprarme unos pendientes o un anillo. Quizá una pulsera para las ocasiones especiales. Guardar mi tesoro en un joyero bonito y mirarlo en los días tristes. Sentirme verdaderamente especial cuando decida usarlo. Y, quién sabe, empeñarlo en los últimos días de mi vida para gastarme el dinero en coctails en un todo incluído con vistas al mar.

Pero esa no es la cuestión. Incluso aunque venciera todas las barreras y consiguiese comprarme una joya seguiría sin tener la experiencia que relato: la deque alguien reconozca e intente retribuir con algo valioso, aunque sea de forma bastante torpe, que una ha obrado una hazaña, algo cercano a un milagro.

Supongo que eso nunca va a pasarme.


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Published on Jun 10, 2025

Puedo imaginar tu gesto modesto al leer el título (esto es, siempre y cuando te lo hayas tomado como algo personal y no como una frase genérica dirigida a nadie en concreto). He visto cómo reaccionan las mujeres a los cumplidos, especialmente si creen que van dirigidos a su apariencia: el ladeo de cabeza, la vergüenza, el sentir que no se merece el afirmar algo parecido a “no es para tanto”. Lo de siempre.

Pero eres preciosa. Es curioso cómo se ha convertido este adjetivo en algo banal, superficial y sin demasiado mérito. Decir a alguien que es preciosa (a los hombres no se les suele decir, en masculino se usa generalmente para cosas, ¡qué cosas, jeje!) es halagar su apariencia, se trata de un cumplido puramente estético. Pero no es ese su significado etimológico. Preciosa tendría un significado parecido a preciada, haría referencia a algo que es valioso. ¿Por qué en la mujer acabó teniendo un significado únicamente estético? Pues quién podrá saberlo, qué misterio más misteriante...

Así que, sí, eres preciosa. Independientemente de tu apariencia y de su ajuste a los cánones establecidos en esta porción del espacio-tiempo. Tu capacidad de esforzarte te hace preciosa. Tu amabilidad. Tu deseo de aprender y mejorar. Tu forma de frenar y reconocer tus derrotas (o empates) y la manera en que, a pesar de todo, sigues adelante (y seguir adelante puede ser, simple y llanamente, amanecer). Que nuestro ser preciosas, que entronca con nuestro valor sea algo reducido solo al plano estético sobre el que, en buena medida, no tenemos agencia (no escogí el color de mis ojos, ni la distancia entre sí, ni la amplitud de mi frente, ni mi metabolismo, ni mi altura ni...) me parece un insulto a nuestra inteligencia. Y nos hemos estado dejando insultar, amiga.

Así que a partir de ahora, cuando alguien te diga que eres preciosa responde, aunque sea al menos de forma interna: lo sé. Aunque lo sientas mentira. Lo mismo un día llega a sentirse más verdad.

PD: este post es para ti, pero también para mí. Mi cuerpo, por razones diversas, está decidiendo ocupar más espacio del que solía y esto me está generando malestar. No porque tenga nada de malo per se sino porque desde que tengo 6 años me han hecho ver que no ser delgada es un fracaso y que la delgadez está por encima de cualquier cosa, incluida la cacareada salud. Y del mismo modo que vivi mi encoger como un logro ahora vivo mi ensancharme, de forma inconsciente, como una derrota. Y quiero explicitar eso para vencerlo. ¿Cómo no van a ser grandes y poderosas estas piernas y estos glúteos que levantan 90 kilos? Tienen que serlo. Así que, independientemente de la talla, el volumen o la celulitis, soy preciosa como persona y mi cuerpo lo es porque me permite hacer cosas fantásticas como caminar, bailar, experimentar la vida y escribir estos textos. Ea.


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Published on Nov 18, 2025

Ahí es donde reside la virtud, en ese barrio residencial exclusivo al que tan pocos tienen acceso. Ahí es a donde todas queremos llegar: a que nos importe sin que nos duela demasiado, a aprovechar el tiempo sin cansarnos, a sentir sin saturarnos, a ... Bueno, creo que se pilla la idea.

Recuerdo la contractura mental cuando investigué sobre la ética del cuidado: resulta que las mujeres y los hombres no nos desarrollamos de igual forma en términos morales. Aunque en los primeros estadios, en la infancia, nuestra motivación para obedecer las normas morales sí es la misma, a medida que nos desarrollamos cambia. Y no, no es que los hombres sean de Marte y las mujeres de Venus, es que desde antes de nacer[^habitación] ya se nos está socializando de forma diferente, se nos somete a exigencias bien diferenciadas en cualidad e intensidad y en fin, qué te puedo explicar que no sepas ya o con lo que no vayas a estar de acuerdo. La cosa es que las mujeres, cuando pasan de los primeros estadios de desarrollo moral, empiezan a obedecer normas bajo el imperativo del cuidado: atender a las expectativas (que cuando se proyectan sobre ellas tienen que ver con poner a los otros primero) y asegurarse de procurar el bienestar de los que les rodean. Y claro, en ese proceso es inevitable perderse. Así que mientras en ellos la autonomía moral consiste en ser capaces de darse normas universales de forma absolutamente racional, para ellas consistiría en conjugar ese imperativo de cuidado a otros con el cuidado de sí. El puñetero término medio otra vez.

A mí me gustaría tener acceso a ese barrio, de verdad. Ser virtuosa, very mindful, very demure, pero no encuentro la manera, y el mero hecho de intentar buscar ese término medio me suele arrastrar a los excesos.

Por un lado, vivo en un mundo en el que tengo que demostrarlo todo mucho más que otras personas porque la capacidad a otros se les supone y a mí pues no tanto. En un mundo en el que tengo que ganarme el respeto de otros porque a mí no se me presupone. En un mundo en el que tengo que ser invencible porque cualquier falla o vulnerabilidad será considerada como una evidencia de que las mujeres nojequé.

Por otro, inevitablemente, todo lo que suponga no ser invencible me arroja al extremo opuesto: soy débil, blanda, inmadura, incapaz. Porque así me lo han hecho ver. Tengo que aguantar el dolor (especialmente durante la regla, que nadie pueda decir que un hombre rendiría más por eso), tengo que soportar el estrés, tengo que tirar p'alante con todo pase lo que pase, y si no lo hago, incluso si siento que no puedo aunque lo acabe haciendo, soy una fracasada. No soy apta.

¿Cómo coño consigo habitar el término medio si siento que hay fuerzas tirando de mí y si me planto me van a desgarrar?

Poco después de hacer pum-pam-catapum pensé que me lo había inventado. Como lo lees: pensaba que había fingido una crisis de ansiedad con llanto, temblores y toda la parafernalia que se dilató unas 8 horas. Cuando me dieron la baja, tras acabar de comunicar mi nueva situación en mi trabajo llorando, porque era incapaz de parar (y esto fue al día siguiente) uno de mis primeros pensamientos fue «¿en realidad estoy tan mal como para esto?» y los siguientes fueron, directamente, luz de gas: «¿Y si fingías porque eres una vaga y no quieres trabajar? ¿Y si estás tomando la salida fácil de quitarte de en medio porque eres una blanda?» Y por ahí seguía la cosa. Realmente me negaba esa experiencia, me negaba la posibilidad de haber apretado tanto los dientes y haber tirado tanto p'alante que me había roto. Las fuerzas me habían desgarrado.

Empecé a reconciliarme y a creerme que me había pasado lo que me había pasado cuando, un par de días más tarde, noté que aparecía un herpes en mi nariz, donde me salen siempre que me cojo un catarro monumental o en épocas de estrés absoluto o disgustos enormes. No tenía un catarro, así que algo tenía que haber pasado. Lo mismo no me había inventado la crisis. Lo mismo sí que estaba mal. Lo mismo había intentado ser tan dura que me había quebrado. Así que bueno, odio los herpes, son un coñazo, pero este sirvió para algo.

Aun hoy, en plena recuperación, estando medicada, en terapia y con mi vida condicionada a evitar la recaída, a veces me asalta la idea de que fui una dramática. Que lo mismo no era para tanto (repito, una crisis de ansiedad intensa de 8 horas). Cuando ocurre me voy al espejo y me miro la zona de la nariz donde la piel nueva aún se ve ligeramente rosada, de un tono distinto, ahí donde estuvieron las heridas del herpes. E intento, una vez más, intentar quedarme en el puñetero término medio.

[^habitación]: Antes de nacer ya se pinta la habitación, se compran los muebles, se compra la ropa, los primeros juguetes... Y generalmente el sesgo de género ya está ahí.


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Published on Dec 2, 2025

Últimamente ando muy satisfecha conmigo misma. Estoy manejando mi ansiedad estupendamente (hay poco que manejar, me encuentro en un estado de calma inaudito en mí, ni siquiera en vacaciones alcanzo este nivel de zen). Llego al final del día y de la semana laboral con un nivel de energía que no recuerdo haber tenido desde que estudiaba en la universidad. Estoy dicharachera, divertida, ingeniosa. Disfruto de las cosas buenas y puedo abordar las malas de una manera serena. Me gustaría poder acabar este párrafo echándome flores, pero me temo que el nombre de la responsable de esta transformación no es el mío, sino otro bien distinto: sertralina.

Así que esto era lo de ser la mejor versión de una misma, ¿eh? Curioso. Interesante. Jodidamente agradable. Yo quiero que esto dure para siempre. Esta quietud, este bienestar, me hacen ser consciente del nivel de malestar con el que funciono normalmente. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto? ¿Cómo no me he roto antes? No logro concebirlo. Tan maravillosa es esta sensación, esta manera de estar en mi piel, que se me ha pasado por la cabeza no dejar las drogas nunca, jamás, never-ever. Y no es que no estén teniendo efectos secundarios, qué va: el más acusado es el que me ha robado algo que me hacía felicísima, el intensísimo disfrute del sexo en el mejor momento erótico de mi vida. Manda cojones. Pero si ese es el precio a pagar por esta ligereza, por esta liviandad, sea.

Pero claro, esto no es sostenible: no puedo abrazarme a las pastillas durante lo que me resta de vida. Cada día que pasa es un día menos que le queda de vida a esta versión de mí que tanto me gusta, un día menos para volver a sentir el mundo en la totalidad de su estrundoso volumen. Espero que, al menos, también sea un día menos para volver a encontrarme con mis esplendorosos orgasmos aunque, ahora mismo, no sé si me compensa.


Nota de la autora: Claro que sé que lo idoneo sería que el mundo bajara el volumen, pero eso no pasa. Soy yo la que tiene que estar con tapones en los restauratnes si no quiere pasarse la vida encerrada en casa. Soy yo la que tiene que tomar psicofármacos si quiero volver a ser funcional después de una crisis. Y soy yo la que no quiere volver a la situación en la que cada día era una carrera de obstáculos. Esto es, al parecer, lo que hay.


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Published on Sep 2, 2025

En uno de mis libros de Conocimiento del Medio del colegio decían algo así como que los dos inventos que transformaron de forma más radical la sociedad en la modernidad fueron la imprenta y el reloj mecánico. Manda narices: la imprenta, que popularizó el acceso a los libros, una de mis cosas favoritas, y el reloj, que nos impuso un yugo de tiempo que rara vez nos podemos sacudir, una de mis cosas menos favoritas.

Si la vuelta de la rutina (odio esa expresión, porque soy perfectamente capaz de llevar una rutina sin que nadie disponga de mi tiempo) me trastoca tantísimo es porque mi tiempo deja de ser mío y de estar gobernado por mis plazos y apetencias y empieza a ser gobernado por otros agentes. El trabajo empieza a ocupar una gran parte de mis días y contenerlo lo máximo posible (mi trabajo tiende a expandirse por tu tiempo libre de una forma salvaje) me requiere un esfuerzo tremendo. Eso conlleva que las cosas que me gustan ya no puedan ser llevadas a cabo cuando me apetecen: tengo que encontrar hueco en la agenda para el gimnasio, para la lectura, para ver a la gente que quiero, para escribir, para tomar un café, para mirar mi red social, para revisar los blogs que sigo. También vuelven otras cosas que me gusta hacer, como los ensayos del coro, pero que ocupan un espacio en la agenda inamovible, lo que implica que las mire más desde la mentalidad de escasez que desde el goce que me producen.

Eso por no hablar de las funciones biológicas. Cuando estuve yendo a mi nutricionista una cuestión básica sobre la que trabajamos es comer cuando tienes hambre. No comer por anticipación (no tengo hambre pero no voy a tener un hueco hasta las 13.00) ni sostener el hambre durante mucho tiempo (porque eso puede llevar a comer de forma atropellada y por tanto a comer más de lo que necesitamos). Eso es más fácil de decir que de hacer, claro. En mi trabajo se come en los huecos, que están marcados de forma inamovible (eso si alguna tarea sobrevenida no los ocupa). Por ejemplo, el curso pasado llegaba a casa a las 16.00 y acababa comiendo, como pronto, a las 16.15. Imaginad mi estado. Eso trastocaba la hora de mi cena, pues, evidentemente, a las 20.30 o 21.00 no tenía hambre. Pero tenía que cenar pronto, porque muchos días me levantaba a las 6.30 y claro, si no has hecho la digestión y disminuído revoluciones, ¿quién se duerme a las 23.30 para conseguir dormir, al menos, unas 7 horitas? Bueno, esa batalla la di por perdida.

Pues lo mismo que con la comida ocurre con el sueño. Durante el verano, igual que como cuando tengo hambre duermo cuando tengo sueño. Al principio la cosa se descontrola un poco, pero acabo terminando por dormir mis 8 horas o poco más diariamente. Durante el curso si consigo dormir 6 horas y media los días que trabajo lo considero un logro.

Total, que me doy cuenta que, cuando trabajo, casi cada instante de mi vida consiste en forzarme para funcionar sin tener mis necesidades básicas cubiertas adecuadamente. ¿Cómo no voy a detestarlo? ¿Cómo no voy a desear que sea posible otra forma de habitar el mundo?

:(


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Published on Mar 21, 2025

Esta mañana me he despertado y he puesto la radio. Resulta que hoy es el Día Mundial de la Poesía, así que entrevistaban a una poeta a cuento de su último poemario. Esa poeta es compañera mía, de la misma editorial. Porque sí, yo también soy poeta, aunque no lo diga mucho, puede que porque no acabo de creérmelo. Pensaba que se me pasaría cuando consiguiera publicar, pero no ha ocurrido. Podría habérseme pasado ayer, cuando un compañero (ahora no de editorial, sino de trinchera, otro profesor) me mandó un trabajo que los alumnos de su instituto han hecho a partir de mis poemas. Voy a un encuentro con ellos la semana que viene (sí, soy una poeta que invitan a ir a institutos a hablar con la chavalería; en realidad, a un instituto, es la primera vez que me pasa, pero tampoco sé a qué viene tanta justificación, como si cuando hubiese ido a 10 o 30 institutos fuese a empezar a creérmelo). Ayer ese mural me pareció algo importantísimo. Hoy veo cómo otra poeta de mi misma editorial aparece en la radio (yo no voy a salir en la radio), cómo está metida hasta los sobacos en movidas culturales (yo no voy a estar jamás en ese plan, no puedo y me parece que tampoco quiero, aunque nunca se sabe, tal vez no quiera porque no puedo, como me ha pasado con el doctorado y con tantas otras cosas) y vuelvo a sentir, por enésima vez a lo largo de mi vida, que da igual cuánto lo intente y cuánto me esfuerce: hay una línea que la gente como yo, especialmente las mujeres como yo, no cruzan.

Esto que yo pensaba que era una cosa mía, de autoboicot o falta de confianza, he aprendido que no es así. En Yeguas exhaustas, Bibiana Collado Cabrera habla de esta misma situación que nos pesa a algunas durante toda la vida, a pesar del trabajo fijo, de los estudios, de los idiomas o de las lecturas. Ya, ya sé que lo he recomendado mucho. Aun así, no lo suficiente. Nunca hablo suficientemente de las mías. Tengo que compensar todo el tiempo de mi vida que me he pasado hablando de los otros.


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Published on Oct 31, 2025

Hoy he salido a hacer la compra por la mañana. Es curioso cómo cambia la ciudad a las distintas horas del día. Suelo hacer la compra los viernes por la tarde o los sábados por la mañana si no me queda más remedio, y ahí el ambiente es totalmente distinto: personas agotadas de la jornada laboral intentando quitarse una tarea más antes de encontrar algún resquicio de descanso. Tal vez sea así o tal vez lo proyecte yo desde mi situación, pero la cosa es que el ambiente es más acelerado, más ansioso, más apremiante. Por la mañana todo parece transcurrir con más quietud.

Comentaba estas sensaciones con mi amiga Mariache y le decía que me gustaba la sensación y que estaba deseando llegar a jubilada para hacer mis tareas por la mañana y que el resto del día me perteneciera. Ella me respondió hablando del derecho a la luz del día. Qué agudas mis amigas. Porque es así: deberíamos tener derecho a la luz del día, a consumir sol, a sintetizar vitamina D, en lugar de pudrirnos en el metro, las oficinas, los hospitales... Y sí, supongo que esto es hablar desde el privilegio de alguien que trabaja a cubierto, claro.

Entonces le solté la santísima turra, porque si saben cómo me pongo, pa qué me hablan: que los llamados Derechos Humanos son en buena medida, si te pones a rascar un poco, derechos de supervivencia al servicio del sistema. O al menos en eso los han convertido. ¿Derecho a la educación? Derecho a ser formado para ser útil al sistema. ¿Derecho a la sanidad? Derecho a mantenerte en un estado que te permita producir. ¿Derecho al descanso y a las vacaciones pagadas? Derecho a reponerse del maltrato del sistema para poder seguir funcionando. ¿Derecho a la cultura? Derecho a disfrutar de algo para que queramos seguir viviendo. ¿Derecho a la jubilación? Derecho a que no te dejen morir cuando ya no puedes producir (y una zanahoria en un palo para los que trabajamos), pero nada de derecho al disfrute y al tiempo libre mientras se tiene energía, que cuanto más se alarga la esperanza de vida, más atrasan la jubilación. Je.

No me malinterpretéis: benditos derechos humanos. Ojalá se cumpliesen y se respetaran todos y cada uno. Ojalá se hiciese sin retorcerlos para entrar en la lógica capitalista. Pero ojalá no solo tuviéramos derecho a sobrevivir con cierta dignidad. Ojalá existiesen los derechos para vivir con ganas, con gozo, con disfrute. Porque eso parece que sigue siendo una cosa solo al alcance de quien puede pagársela.

¿Qué otros derechos de vida gozosa, y no de supervivencia, se te ocurren? Tengo curiosidad.


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Published on Apr 1, 2025

Esta tarde, haciendo scroll en Mastodon he visto este toot.

Captura de pantalla de un toot de Mastodon

Lo traduzco, por si alguien lo necesita:

Vi una confesión hace poco sobre una pareja dándose la mano antes de dormir. Mi esposa y yo hemos estado distanciándonos durante los últimos 6 meses, así que anoche le cogí la mano mientras nos dormíamos. Esta mañana he follado. Gracias, tío.

Cómo te cuento la mala leche que se me pone con esto, porque es que me da en la cicatriz de señora difícil (como todas las señoras que han osado tener alguna necesidad y manifestarla en algún momento).

Claro, si es que yo lo entiendo. Somos muy difíciles. Las mujeres somos tan misteriantes y complejistas que cómo va a saber un señor que comparte su vida con nosotras y que nos conoce (al menos supuestamente) lo que queremos. Luego, cuando la relación se acaba, probablemente por un donut, se preguntan cómo ha podido ser y aceptan la conclusión con impotencia. No había nada que ellos pudieran hacer. Si al menos hubiésemos tenido la consideración de dar un aviso... (y esto es «Exile» de Taylor Swift una y otra vez). Si acaso se lamentan por ese regalo que nunca nos harán ya o ese viaje soñado que nunca llegará a hacerse realidad. HABERLO PENSADO ANTES, JOSÉ LUIS

De verdad que me parece ABSOLUTAMENTE DEMENCIAL que el personaje de esa confesión haya tenido que leer en Mastodon un mensaje para darle la mano a su mujer. ¿En serio? ¿No se te ocurre a ti solito que lo mismo un gesto de afecto hacia tu esposa es bueno para tu matrimonio? ¿Con qué poyete te diste de pequeño que te quedaste así, corazón mío?

Y luego, la contrapartida. Las mujeres somos tan misteriantes que cuando nuestro consorto hace un mínimo esfuerzo nos ponemos a hacer volteretas y triples tirabuzones con salto mortal. A esta hermana su marido le cogió la mano por la noche mientras se dormían y se vino tan arriba que a la mañana siguiente tuvieron sexo. El listón en el puto infierno, hermanas.

Voy a concluir esta entrada hablando en términos más generales, para que no todo gire alrededor de mis traumas vitales. Haced el puto favor de valorar a las personas que están en vuestra vida y no os hagáis el muerto cuando veáis que las vais perdiendo, anda. Y recuerda: si no te das cuenta de que la estás perdiendo, pos lo mismo no estabas prestando toda la atención que la situación requiere.

PD: Dale la sorpresa antes de que te deje. Así, como consejo loco.


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Published on Dec 7, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Cantaba Sabina que «al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver». ¿Estás de acuerdo?

¿Crees en las segundas partes en lo que respecta a historias de amor?

¿Prefieres la incertidumbre del recuerdo y su romantización o la certidumbre del conocimiento y su posible decepción?

Y ahora, el poema:

Oración, de Cristina Peri Rossi.

Líbranos, Señor,

de encontrarnos,

años después,

con nuestros grandes amores.


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