Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Oct 2, 2025

Anoche tuve una pequeña crisis existencial. Hablo en pasado como si, en efecto, se me hubiera pasado, pero de eso nada. Al final lo que ocurre es que una se acostumbra a seguir adelante cargando con la desazón y punto, como si en eso consistiera crecer.

Anoche me preguntaba qué sentido tiene nada de lo que hago, en especial, mi trabajo. Teóricamente tengo que educar a mis alumnos en derechos humanos, tengo que animarles a que sean ciudadanos con capacidad crítica y sensibilidad ante las injusticias. Pero de qué sirve, si los que intentan hacer el bien son sistemáticamente pisoteados y los que hacen el mal se salen con la suya sin demasiado problema. De qué sirve lo que yo diga en una, dos o tres horas de clase, o incluso lo que yo sea o demuestre, si el mensaje que a ellos les llega es que lo normal es otra cosa, lo inteligente (entendido como lo beneficioso, lo que provoca menos problemas) es otra cosa y, por tanto, yo, en el mejor de los casos soy una idealista fantasiosa y, en el peor, una estúpida[^estúpida].

Cuando estoy lúcida pienso que todo acto de bondad tiene sentido, aunque sea simplemente como forma de resistencia. Que todo acto de amabilidad tiene sentido aunque nadie se lo vea. Que en los tiempos en los que lo normal es aceptar la podredumbre y la enfermedad, los locos deberíamos estar orgullosos de esa etiqueta. Pero anoche, y ahora, no está siendo un momento de especial lucidez. De hecho, esas circunstancias que, normalmente, me mandarían el mensaje de «haces falta aquí», ahora solo me hacen pensar que de qué sirve.

No me gusta mucho hablar de mi trabajo, ya me consume más tiempo y energía del que me gustaría, pero si alguno de vosotros o alguna de vosotras tiene alguna palabra de ánimo o similar, la agradeceré. Me quedan muchos años de profesión y nadie me paga por ninguno de mis otros talentos.

[^estúpida]: De los que creen que soy una esbirra del perrosanxe o una heralda del «feminazismo» mejor no entramos a hablar.


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Published on May 20, 2026

Probablemente este post sea dramático en exceso, pero es mi blog y me lo follo como quiero. Y hoy, querda lectora, estoy en la mierda. ¿Lo necesitaba? Pues más bien no. Pero aquí estamos.

¿Sabéis cuál es la cosa que me da más miedo? Enfermar o envejecer. Normal, claro. Pero no es por el dolor, no es por la fealdad, no es por la amenaza silenciosa de la muerte. Qué va. Me da miedo porque yo siempre me he cuidado sola y en esas circunstancias no voy a poder hacerlo, y me da pánico. Porque asumo que voy a estar sola en esos momentos.

No estoy catastrofizando. La historia de mi vida es sentirme aislada, extraña, fuera de lugar. Pero incluso cuando consigo acercarme a alguien, sentir que pertenezco, con más frecuencia de la que a nadie podría gustarle, acabo viéndome reflejada en el retrovisor mientras se alejan.

Nah, eso ha sido muy patético. No abandonéis animales, porfi.

Más bien ha sido que he ido descolgándome, de forma más o menos orgánica, más o menos forzada. Acabo cayendo fuera. Esto (y el hecho de sentir que he tenido que trabajar siempre para merecer cariño) han hecho que sienta que quererme es algo costoso y que, por eso, la gente se cansa de hacerlo. Acaba por no compensar. Tengo demasiadas particularidades, demasiadas necesidades, soy demasiado tiquismiquis, estoy demasiado cansada, mis aficiones son demasiado raras, pongo demasiadas limitaciones. Al final que yo desaparezca acaba siendo una ganancia. Y la gente no suele echarme de menos. No voy a decir que soy fácilmente sustituible: es que la gente no siente la necesidad ni de sustituirme.

Y el amor propio está muy bien. El saber estar sola es estupendo: tengo un doctorado. Pero quién me va a recoger de las sesiones de quimioterapia o se va a salir a tomar el fresco conmigo si llego a vieja. Y hoy, y por favor no me llevéis la contraria, no puedo evitar sentir que si no deja de pasarme a mí mientras el resto de la gente consigue mantener sus grupos y sus relaciones, el problema soy yo.

Bueno, me voy a seguir llorando al sofá. Si has llegado hasta aquí: lo siento.


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Published on Feb 11, 2025

La mayor parte de la gente que conozco, y me incluyo, somos conservantes (qué difícil es medio inventarse esta palabra): queremos mantener las cosas, perservarlas. Tenemos una tendencia obsesiva a guardar, a atesorar. Puede que no en todos los sentidos (yo misma estoy aprendiendo a dejar ir cosas), pero nos cuesta dejar ir. Así, tenemos cajones atiborrados de cables que ya no vamos a usar porsiacaso, una caja con viejas cartas de amor, o postales, un jersey que ya no nos sirve (o un montón de ropa, para el caso), zapatos que nunca nos hemos vuelto a poner, libros que jamás volveremos a leer...

Y bueno, cada quien con sus manías y allá con el uso de su espacio, claro. Pero es que a veces también lo hacemos con las personas por la misma razón: porsiacaso me vuelve a hacer feliz. O, peor aún: porque hubo un tiempo en el que me hizo feliz, aunque no albergue muchas esperanzas de que eso vuelva a ocurrir.

Hay multitud de relaciones interpersonales que se sustentan en ese hubo un tiempo, tal es el poder de la nostalgia. Y la muy puta, encima, nos hace sentir mal cuando por fin decidimos dar el paso y dejar ir: «Pero mujer, ¿cómo vas a distanciarte de esta persona, si te llevó a una biblioteca por primera vez?» o «¿En serio quieres romper esta relación, ¡si has sido muy feliz en ella! (aunque de eso haga bastante tiempo)», o quizá «¡Cómo vas a cortar la relación con esta amiga, si fue a la primera que le contaste que se te había caído un diente!».

Todo porque hubo un tiempo. Y aguantamos, y conservamos, y guardamos, y nos aferramos, sin darnos cuenta que en ese empeño estamos impidiendo que haya un tiempo feliz que podamos recordar en el futuro.

Será que más vale pájaro en mano que ciento volando, claro... Siempre que te valga renunciar a ver cien pájaros volar.


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Published on Mar 3, 2025

Ayer estuve viendo fotos antiguas, viajando como una vulgar polizona por las memorias de alguien que ha tenido una vida interesantísima a través de sus álbumes de fotos.

Me encanta ver esas fotos de tiempos pasados, detenerme en los peinados, los maquillajes, los vestidos, la decoración: todo eso que hace que una misma escena (un niño echando una siesta, una foto escolar, un bautizo, una comunión, una boda) sea distinta. Lo disfruto mucho. Siento debilidad por esas fotos que llegaban dedicadas en cartas, que hablan de la nostalgia, el echar en falta, la distancia y el recuerdo (el volver a traer a alguien al corazón).

En el álbum había unas cuantas de esas: fotos de hermanas, de sobrinas... De hecho, yo misma le llevé a esta mujer fantástica una foto mía (con su nieto) para que la añadiese a sus álbumes o a sus portarretratos. «¿No viene dedicada?», me preguntó. Y por supuesto que se la dediqué en el instante, encantada de ser partícipe de la tradición. Pero me llamó la atención, en concreto, una de ellas, porque la cabra tira al monte y no puedo resistirme al romanticismo (ni siquiera al peor entendido, lo reconozco). En ella aparecía un hombre joven (probablemente mucho más joven de lo qu podría decirse por la foto), de perfil, bien peinado, con su traje elegante (aunque humilde). Sobre la esquina inferior derecha de la foto, unas letras en una caligrafía pulcrísima, preciosa: «De tu amorcito...¡que cuánto te quiere!» Y, bajo la dedicatoria, el nombre del amante caballero.

Me imaginé a la mujer joven que fue la señora que me enseñaba los álbumes leyendo esa dedicatoria (con esa letra tan bonita) y llevándose la foto al pecho, arrebatada de amor. Y me imaginé al joven, escribiendo a su novia tras la larga jornada de trabajo, poniéndole una dedicatoria de lo más cursi en la foto, con esa falta de pudor que nos imbuye cuando estamos enamorados. Y me enternecí mucho... durante un rato.

No me cuesta imaginármela a ella porque, por lo que la he llegado a conocer, creo que se parece a mí en algunas cosas: es una amante de las historias y, si algo es hermoso, la verdad o la fidelidad a los hechos queda en un segundo plano. Es, como yo, una romántica (y yo lo digo a mi pesar, no creas). Pero a él... Me cuesta. Me sorprendió encontrarme esa dedicatoria, la verdad. Lo que he sabido de él (que ya murió) me ha llegado de distintos testimonios y todos ellos hablan de un hombre recto, riguroso en exceso, muy chapado a la antigua, dominante, curtido y endurecido como requería la época y, durante buena parte de su vida, poco cariñoso (cosa que cambió algo, parece ser, con la llegada de los nietos y en relación a ellos: en las fotos rara vez sonríe, salvo si en ellas está con sus nietos). Pero ese hombre, en algún momento, se sintió tan arrebatado por el amor como para escribir una dedicatoria cursi y azucarada a su novia a la que, seguro, echaba de menos.

Esa idea me obsesionó: la de la desaparición de ese joven para que apareciera el marido firme y autoritario. Le pregunté a su nieto qué podía haber pasado, me bebí con atención sus teorías y le rogué que él no desapareciera. Me aterroriza que él, que es un cursi, un romanticón, una persona absurdamente cariñosa que parece beber los vientos por mí (todo ello cualidades que me encantan) se convierta en algún momento en un señor indiferente, masculino en el peor de los sentidos, uno de esos hombres que hacen comentarios sobre la parienta, como si esta les hubiese caído de oficio, como si nunca la hubiesen buscado, deseado o querido.

Él me dijo «Tranquila, nosotros no somos como ellos» para acto seguido añadir «aunque supongo que eso es lo que piensa todo el mundo en algún momento». Y es justo lo que yo estaba pensando. Probablemente las personas con la relación más agria y tormentosa que puedas pensar estuvieron en algún momento enamorados o, al menos, creyeron que lo estaban. No sé a ti, pero a mí me inquieta mucho: veo la deriva de algunas relaciones y buf.

Menos mal que estamos en el siglo XXI y existen el no casarse, el romper relaciones y el divorcio... de momento.


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Published on Aug 17, 2025

Me encantan los museos: deambular tranquilamente con la carne abierta, esperando a ver qué decide darte una guantá de belleza de esas que te dejan temblando. Bueno, de belleza o de lo que sea. Yo solía ir por la vida dispuesta a dejarme emocionar, en todos los sentidos, a dejarme conmover, pero últimamente como esa capacidad la tengo un poco mermada (puede que porque me resulte demasiado peligroso). No obstante los museos suelen ser un espacio seguro para hacerlo. Así que eso: me encanta.

No obstante, en los últimos tiempos mis experiencias museísticas han dejado bastante que desear porque han sido en museos mainstream donde hay obras virales, lo que impide que una pueda deambular tranquila debido a la masificación del espacio y a la aglomeración alrededor de ciertas obras fotografiables[^foto]. Pero, de alguna manera, la necesidad de alejarme de los focos de «atención», por decir algo, a veces nos permiten también tener esa experiencia.

Me pasó hace poco en el Museo de Orsay. Mientras la multitud se aglomeraba alrededor de la «Noche estrellada» de Van Gogh (no la del MoMa, que es la viral-viral, sino la otra) o del autorretrato de Van Gogh (uno de ellos, este sí bastante famoso), yo tenía un flechazo con «Las bañistas» de Renoir.

Las bañistas.jpg

Allí estaban ellas, hermosísimas, descansando sobre la hierba y las flores. Sobre todo ella, con la cara soñadora apoyada en la mano, mirando al vacío, las mejillas sonrojadas por el sol. No puedo describir el impacto que causó la visión del cuadro en mí, espero que baste decir que me emocioné hasta las lágrimas. Mientras miraba el cuadro sonriendo y con los ojos encharcados, mientras la miraba a ella completamente enamorada, un pensamiento cruzó mi mente: «Podrías ser tú». Y sí, podría ser yo. Ese cuerpo es muy parecido al mío. Y en admirar ese cuadro con tal arrobo estaba admitiendo que tal vez en mi cuerpo, bajo la mirada adecuada (que no es, desde luego, la mía, parece ser) también hay belleza.

No son las primeras bañistas que Renoir pintó. Antes que este cuadro pintó otro, titulado «Las grandes bañistas» en el que los cuerpos, sin responder al ideal actual de belleza, son mucho más esbeltos, menos relajados, más pulidos. Por alguna razón, en los últimos momentos de su vida Renoir decidió pintar otras bañistas y pintarlas así, recreándose en la paz, en la felicidad, en el goce. Me resulta conmovedor y sanador.

Desde luego que, muy a pesar de Kant, prevalece la antinomia del gusto[^antinomia]: por todas partes se nos intentan imponer cánones estéticos (qué es lo elegante, qué es lo armónico, qué es lo bello) pero no dejamos de encontrar pruebas de que, en buena medida, la belleza está en la mirada y, como ocurre con Las bañistas, en la capacidad de proyectar y compartir la propia mirada. El problema, claro, es que nuestra mirada está llena de filtros de los que podemos ser conscientes a duras penas, imagina lo complicado que puede ser desprenderse de ellos. A veces la belleza está ahí, sin más, es el filtro Clarendon el que nos está impidiendo verla.

Ayer mismo hablaba de lo difícil que es verse a una misma con mi amiga Mariache. Nos referíamos a lo enfermizamente exigentes que somos con nosotras mismas, no especialmente en el caso estético, pero esto me llevó a tiene que ser más fácil de mi adorada Valeria Castro que sí habla principalmente del cuerpo, aunque creo que puede extrapolarse a esos otros ámbitos de autoexigencia. Conocía la canción, pero no había visto el videoclip (te animo a que lo hagas), que no hace más que potenciar el mensaje: la belleza de todas, diferentes como son entre sí[^cuerpos] y, a pesar de todo, la inseguridad y la sensación de estar constantemente a prueba, teniendo que demostrar algo. Al final del vídeo, el disfrute, el baile para una misma, el movimiento libre y despreocupado, el cuerpo como vehículo de goce y no como objeto de dolor, como sujeto a examen y disciplinamiento constante. Qué fantasía llegar ahí.

Tiene que ser más fácil el quererse,

no puede el cuerpo ser tan cruel al verse...

A veces me descubro en cierta disonancia porque ya he pasado, al menos conceptualmente, del todos los cuerpos son bellos al los cuerpos no le deben belleza a nadie: la exigencia estética sobre los cuerpos es agotadora, exagerada y alienante. Un cuerpo no tiene por qué ser hermoso, no está aquí para eso. Es un plus no demasiado relevante. Un cuerpo puede mantenerte con vida, permitirte tener orgasmos, bailar, acariciar y ser acariciada, escuchar música, ver el paisaje, saborear platos deliciosos y demás sin necesidad de ser hermoso. Peeeeeero... nos gustaría ser hermosas. A mí, al menos, me da paz intuirme hermosa a veces, como en esta ocasión. Creo que se trata de una aspiración difícil de extirpar. Así que, al menos, en los extremos de la antinomia del gusto, yo voy a empezar a intentar decantarme más por la subjetividad de las miradas que por la supuesta objetividad de los cánones, a confiar más en la amabilidad de quien mira al mundo dispuesto a encontrarle la hermosura y dar menos importancia a aquellos que quieren que el mundo encaje en el esquema que ellos han diseñado para darle el visto bueno.

Y me propongo intentar tener presentes, mucho, Las bañistas de Renoir.

[^foto]: A mí alguien va a tener que explicarme con esquemas y marionetas cuál es el sentido de abarullarse delante de un cuadro para llegar, hacerle una foto (o foto + selfie) y pirarte sin mirarlo. [^antinomia]: Por si el enlace de la Enciclopedia Herder no te lo deja claro, la antinomia del gusto se refiere a esa doble vertiente que parece tener la belleza. Por un lado, nos resistimos a creer que sea absolutamente objetiva porque entendemos que hay distintos gustos o sensibilidades y que ni siquiera las cosas que son casi universalmente aceptadas como bellas conmueven estéticamente a todo el mundo. Por el otro, nos negamos a creer que sea plenamente subjetiva y que todo valga: cuando decimos que algo es bello estamos diciendo algo distinto a que algo nos guste, ya que incluimos en esa afirmación un componente de universalidad (me gusta/me parece bello a mí, pero debería parecérselo a cualquiera). Esto puede relacionarse también con al cuestión de dónde reside la belleza: si es objetiva, es una cualidad del objeto, mientras que si es subjetiva es una cualidad del sujeto que la experimenta. [^cuerpos]: Me falta algún cuerpo disca (que también pueden bailar) y algún cuerpo gordo (que desde luego que podemos bailar), pero eso ya es ponerse tiquismiquis tal vez.


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Published on Jun 15, 2025

Este post podría ir de lo importante que es estar ahí para la gente cuando nos necesita, pero no, no va de eso: va de la importancia de estar en el relato de los hechos, en el discurso de agradecimiento, en los créditos de la película. ¿Por qué? Porque a lo mejor así, poco a poco, acabamos con el discurso falso y maldito de la meritocracia, con las historias de triunfo de hombres hechos a sí mismos (mientras sus grandes mujeres están detrás lavándoles los calzoncillos, criando a sus hijos, corrigiéndoles los discursos...) y con la épica del lobo solitario, que ya han hecho bastante daño.

#Nadie triunfa solo.

En los últimos tiempos he tenido el orgullo ajeno de ver cómo un par de estudiantes han aparecido en medios locales por sus logros académicos. Ese orgullo ajeno se ha visto tremendamente incrementado al ver cómo mis chavales no ahorraban palabras de reconocimiento para las personas que les han ayudado por el camino. Uno de ellos, cuando le pidieron una fotografía para ilustrar su entrevista, envió un selfie que se había hecho con su profesora porque quería que tú también aparecieras en el periódico, profesora, sin ti no habría podido (cita literal, me lo contó la profesora implicada). Me alegra ver que estos chavales no ceden a la dialéctica del triunfador solitario, del lo he conseguido todo con mi esfuerzo, del no debo nada a nadie ni tampoco al sesgo del superviviente. Son perfectamente conscientes de que han llegado donde están aupados por otros, apoyados por otros, de la mano de otros. Y lo honran con sus palabras, porque...

#...lo que no se nombra no existe.

Aunque no me gusta esa frase, en esencia es cierta. Lo que no se nombra existe, claro, pero es como si no existiera. Permanece invisible e invisibilizado (porque se oculta deliberadamente) y eso tiene un impacto en la realidad. A lo mejor si los grandes hombres que triunfan diesen las gracias a la no-tan-gran mujer que les lava los calzoncillos las cosas nos habrían pintado de otra forma. No me digas que no molaría que, en cada artículo científico, cada novela, cada plano de un edificio, apareciese un apartado de agradecimientos: a las personas que me lavaron la ropa, que me prepararon la comida, que despejaron mi día de ciertas tareas para que yo pudiera dedicarme a hacer esto, que aguantaron mis ataques de nervios y mis caídas. Y, ¿por qué no? También cada evento cotidiano: el ascenso en el trabajo, la finalización de una tarea, la resolución de un problema, la superación de un conflicto. Nada de eso (si tenemos suerte) lo hacemos del todo solos. Probablemente nuestra vida se parecería a una gala de premios, con tanto discurso, pero tal vez es eso justo lo que hace falta porque...

#...el discurso construye el pensamiento.

Nos han educado en una lógica individualista: en la naturaleza sobrevive el más fuerte, o el más apto, o lo que sea, pero hablamos de un el (jeje, no obviemos el masculino genérico, claro). La fecundación se produce porque hay una competición de espermatozoides que acaba con el triunfo de uno de ellos. El mundo tiene que ser un lugar cruel, inhóspito y competitivo porque la naturaleza también es así: uno está solo consigo mismo. ¿O es así el mundo porque decidimos contarnos esos relatos? Se sabe, por ejemplo, que la colaboración en la naturaleza es importantísima, incluso entre especies, y que los espermatozoides colaboran al desplazarse hasta encontrar al óvulo, por ejemplo. Habría que preguntarse a quién benefician esas narraciones épicas de guerreros solitarios y su transposición a nuestro mundo.

¿Qué pasaría si empezásemos a incluir en nuestro discurso el reconocimiento a quienes estuvieron, de modo que su presencia esté en nuestra vida y en nuestras narraciones? A lo mejor no pasaba nada, es posible. Pero también es posible que se normalizase la idea de que todas las personas necesitan ayuda, que la necesitamos con muchísima frecuencia, para cosas simples y complejas, para superar una enfermedad o para configurar el wifi del trabajo en el móvil. Entonces, a lo mejor, pudiera o pudiese ser, que dejásemos de sentirnos débiles, incapaces e inadecuadas por no ser superpersonas que pueden hacerlo todo solas mientras siguen manteniendo el cutis perfecto y la sonrisa en alto. Quién sabe.

Ya digo, lo mismo daba igual, lo mismo no cambiaba nada, pero ¿qué puede perderse? Tal vez valga la pena intentarlo, ¿no? “Pues el otro día me compré un vestido y me vino súper bien que menganita me aconsejara”, “Madre mía, qué sitio más chulo me descubrió fulanita”, “Si no llega a ser por zutanita, me tiro toda la semana trabajando en una cosa que luego no iba a valer para nada”. No queda tan raro, no queda tan forzado. Y reconoce la importancia de la gente que nos ayuda. Si eso, además, ayuda a cambiar, aunque sea levemente, el relato dominante y a hacer de nuestro entorno un lugar algo más acogedor...

Sí, ya sé. Demasiada pasión por lo mío. Créeme que nunca he sido ambiciosa, pero no puedo dejar de fantasear con que pequeños gestos de este tipo pueden suponer cambios enormes. Déjame soñar, anda.


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Published on Jun 4, 2025

Cuando rompí mi última relación larga empecé un proceso de replanteamiento del amor, las relaciones eróticas y sexuales, la jerarquización de los afectos y un montón de cuestiones de ese área de interés. Hasta ese momento mis relaciones habían sido bastante normativas, salvo quizá por el hecho de que se habían extendido demasiado en el tiempo sin «cuajar» en un matrimonio. De hecho, en esta última llegué a plantearlo a raíz de un problema familiar, por tener papeles que nos permitiesen cuidar de nuestras respectivas familias y hacernos compañía en este tipo de situaciones. Evidentemente la cosa no cuajó porque la relación no iba bien, y menos mal: me veo proponiendo la boda como un trámite más, como quien contrata un seguro, ¡yo, que soy el apasionamiento hecho persona! Pero claro, era el paso lógico, ¿no?

Como digo, cuando eso acabó empecé a replantearme muchísimas cosas. Me vi con 35 años, soltera, con el arroz ya cerca de las últimas, el autoconcepto erótico por los suelos (aunque la autoestima más o menos fuerte) y me sentí, de alguna forma, liberada del canon. Ya no me daba tiempo a según qué cosas. Ya iba tarde. Ya no aspiraba a conseguir la relación/familia estereotípica, a subir la escalera de las relaciones hasta el último peldaño. Así que podía, por fin, vivir las cosas como yo quisiera. Para eso tuve que descubrir qué era lo que quería, claro.

Y una vez descubierto me di de bruces con la realidad: lo que yo quería era rarísimo. La gente de mi edad o quería echar un casquete rápido sin ningún tipo de responsabilidad afectiva o quería encontrar a la madre de sus hijos. Yo, que estaba en un espacio gris en algún lugar entre esos extremos, delimitándolo poco a poco, me sentía un perro verde cada vez que intentaba explicitar mis expectativas, deseos y límites. Intentando navegar mi supuesta rareza, intentando decidir si era yo la que era extrañísima o si es que lo normativo me estaba ahogando, hablé con mucha gente, vi películas, leí y pensé mucho. Y esas experiencias me han ido ayudando a afianzar el espacio que quiero habitar en este sentido. Sí, era la normatividad, que era una talla S cuando mi espíritu es una XXXL.

Una de las lecturas que ha llegado recientemente a poner guindas en pasteles que ya estaban más o menos horneados es el fanzine Repensando el enamoramiento más allá de lo romántico de Raquel Luna Serra. En él la autora apuesta decididamente por dignificar los amores que escapan del estándar romántico ajustado al canon y que, por ese motivo, no son considerados amores de verdad. Yo misma me he cuestionado si amaba de verdad por no desear encajar en ciertos moldes en los últimos tiempos. Por eso, leer a Raquel ha sido como recibir un abrazo que me decía: «Estás bien. Lo que quieres está bien. No pasa nada por no querer lo que los demás». Parece una tontería, pero para mí eso ha sido un tormento en muchos momentos de mi vida.

Como no sé ser sistemática, voy a repasar las anotaciones que tomé en el texto de Raquel y os voy a glosar algunas de las ideas que me parecieron más importantes:

#1. A la mierda la amatonorma.

La amatonorma es la visión normativa (por normal y por constituir una norma o mandato) que se tiene respecto del amor. En nuestra cultura esta se corresponde con la pareja (dos personas) monógama (esto es, que supone que cada miembro de la pareja solo tiene relaciones eróticas y/o sexuales con el otro miembro) que acaba desembocando en la estabilización y la formación de una familia. ¿El problema? Que la transmisión de la cultura se hace con frecuencia de forma más o menos coactiva: si no te ajustas a la norma (en este caso a la amatonorma) se te censura. Y esta censura puede ocurrir de forma externa pero también interna. Si tu deseo amoroso no tacha los checks de la relación arquetípica la veracidad de tus sentimientos es puesta en entredicho por el resto pero puede que incluso por ti misma. Esto se ve claramente en modelos relacionales como el poliamor o la anarquía relacional: si no estás solo con una persona o si no estableces que esa persona es prioritaria sobre el resto de tus vínculos no la querrás tanto. El problema de esto es que estamos mirando el amor desde una perspectiva de escasez: como el amor es un bien limitado tenemos que dosificarlo adecuadamente. Pero el amor no es limitado, se puede querer hasta la extenuación a muchas personas. Otra cosa es que el tiempo sí lo sea, y las energías que nos deja el capitalismo. Pero ahí el problema no es del amor.

Raquel, además, explicita como la monogamia es una estructura social tan normativa que se extiende a formas relacionales que han sido consideradas no normativas, como por ejemplo las relaciones LGTBIQ+. Esto implica que todas las personas que no caen o caemos dentro de ese modelo (amparado legalmente, no olvidemos, porque la forma de unirse legalmente y constituirse como familia es el matrimonio) quedan marginadas, estigmatizadas y en un vacío legal gigante que se manifiesta, por ejemplo, a la hora de poder pedir permisos laborales para ejercer cuidados.

#2. Puesta en cuestión de la distinción entre enamoramiento y amor verdadero.

A mí me da mucho coraje cuando me distinguen entre amor verdadero y enamoramiento en base, por ejemplo, a la duración temporal. Solo es amor verdadero si esa situación inicial que, como dice Raquel, es bastante disruptiva, acaba encauzándose dentro del orden socialmente admitido durante un tiempo determinado (¿Cuánto? Ni idea). No comulgo con esa idea y leyendo a Raquel me he dado cuenta de que esa distinción parte de un intento de domesticar el amor, degradando ese apasionamiento a una cuestión de menor valor y madurez. Pues no me da la gana de comulgar con esa mierda.

(Me doy cuenta de que me estoy enfadando, pero es que este tema me remueve mucho).

#3. El enamoramiento más allá de los límites de lo romántico.

Yo solía decir que me enamoraba todos los días. Algunos incluso varias veces. Siempre he sido una persona muy apasionada e intensa y he llegado a sentir flechazos de una fuerza abrumadora en situaciones cotidianas, como por ejemplo el metro. He utilizado la palabra enamoramiento para referirme a libros, a amigas, a obras artísticas... Y también he utilizado la palabra amor (cómo se me ocurre) con mucha ligereza. La gente se escandaliza cuando digo que aún quiero a mi primer novio y que probablemente le voy a querer siempre. Y es que le quiero sin necesidad de compartir un proyecto vital exclusivo con él. Lo mismo que quiero a mis amigas. En ocasiones he sentido una fascinación por alguna de ellas tan intensa como un enamoramiento porque era un tipo de enamoramiento que, bien, no incluía el deseo sexual, pero sí ese deseo de hablar con ella todo el rato, de pasar tiempo juntas, de conocerla en profundidad... Creo que el ejercicio de análisis que hace Raquel para concluir en el acto de difuminar esas fronteras que separan el amor y el enamoramiento romántico de otras formas de amor y enamoramiento es maravilloso, verdaderamente liberador y subversivo. Y por eso, incluso aunque tu forma de querer se acople perfectamente y sin contorsión alguna a la amatonorma, te recomiendo que leas su ensayo.

#En resumen...

... que el amor es una cosa demasiado hermosa y demasiado grandiosa como para intentar comprimirla en cajitas y mutilarla si no cabe en ellas. Yo, al menos, me niego a hacerlo.

Quered, quered mucho, que a este mundo lo que no le sobra es amor. Al contrario.


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