Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Apr 23, 2025

Tengo un superpoder: si una persona pasa suficiente tiempo en mi presencia acabará contándome sus secretos más oscuros. Es especialmente efectivo para personas de los bordes, poco adaptadas, por decirlo suave. Digo que es un superpoder con cierta sorna amarga, pero lo cierto es que en mi trabajo, aunque me supone un esfuerzo emocional enorme, es un gran arma porque me permite hacer mucho bien.

Por ejemplo, ayer. Un alumno me contó que durante las vacaciones había quedado con un chico del instituto un par de veces y que habían decidido empezar a salir. El chaval le dijo que podían actuar con normalidad, ir juntos al instituto, verse en los recreos, visitarse entre clase y clase... En fin, esas cosas que la adolescencia primaveral exige. Resulta, sin embargo, que cuando han empezado las clases nada de eso ha aparecido, que él hace como que no le conoce y que cuando mi chico ha insistido, el otro ha hecho broma de él o se ha puesto agresivo. No es su relato: he visto las conversaciones (como he dicho, se me revelan todos los secretos).

Mi chico es encantador. Es desgarbado, alto y delgaducho, pero sus ojos son muy vivos. Tiene un sentido del humor muy cocky y vacilón, es trabajador e inteligente. Está muy comprometido políticamente, no solo con la causa LGTBIQ+ sino también con el movimiento obrero. Y está desarmariado y sin complejos (con lo que eso sigue costando hoy en día). Es un luchador y cualquier persona estaría bendecida por tenerle cerca. Yo lo estoy. Pero no obstante este otro estudiante ha decidido esconderlo en las sombras, guardarlo en un cajón, bajo bastantes trastos, para que nadie lo vea, pero lo suficientemente a mano, para cuando le apetezca.

La historia me ha llevado a mi adolescencia y a mis primeros besos de prueba. Los llamo así porque he decidido que no contaron. Mi primer beso de verdad, no de prueba, fue a los 16. Es el primer beso que me dio alguien a quien gustaba sin peros, que no se avergonzaba de besarme en público ni de ir de mi mano a ningún sitio. Los que hubo antes de ese, y fueron unos cuantos, no cumplían ese requisito. Mi primer beso me lo dio a los 14 un compañero de colegio bajo las escaleras del polideportivo del pueblo, mientras intentaba meterme mano. Yo sentía que aquello no estaba bien, no era lo que yo quería: no se parecía en nada a los primeros besos idílicos de las películas y las novelas. Intenté zafarme torpemente pero aquello paró cuando él quiso. Se apartó de mí sin decir nada y su despedida fue: «Si dices algo de esto a alguien, te mato».

Mi segundo beso fue, en apariencia, algo mejor: estaba segura de que a aquel chaval le gustaba: no estaba enamorado de mí, no le interesaba como persona, pero, al menos, le gustaba mi cuerpo, deseaba hacer cosas con él. Sí, ya sé que esto es una mierda como aspiración, pero es que yo pensaba que lo máximo a lo que podía aspirar era a ser deseable, ese era el mensaje que me mandaba todo el mundo. Nos vimos unas cuantas veces a escondidas y, aunque un par de amigos suyos lo sabían, nunca nadie nos vio juntos en público. Bueno, lo normal, la vergüenza. En fin. Hasta que me enteré de que, cuando uno de esos amigos se rió de él por estar de rollo con una gorda, él me humilló en público de todas las maneras que se le ocurrierón y se preocupó de dejar claro que todo había sido un juego, que él se estaba riendo de mí. No obstante, volvió a mí, como si no pasara nada. De algún lado, no sé de dónde, saqué el coraje para decirle que no quería volver a verlo. No es que esto tenga mucho que ver con la historia, pero a ver si os pensáis que él era un chaval guapísimo, encantador y carismático. Nada más lejos de la realidad. Pero, de alguna manera, era yo la que tenía que ser escondida. Qué cosas.

Me han escondido infinidad de veces. Unas con crudeza, sin preocuparse en suavizar la situación. Otras sirviéndose, para aumentar el daño, de mentiras y falsas promesas. Todas y cada una de ellas han dejado heridas que me ha costado mucho, muchísimo (años y años) cerrar. Las cicatrices quedan: como dijo Piedad Bonnett, son «la forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas». Y como defiendo yo misma, en prosa y en verso, la memoria es nuestra mejor defensa.

Como puedes imaginar, la historia me ha triggereado bastante. A mí ya se me escondió por mí, por mi niño y por todas mis compañeras, así que con mi muchacho de eso nada, mi ciela. El sermón motivacional y empoderante que le he echado a mi criatura deja al de Braveheart por los suelos (es el primero que se me ha venido a la cabeza). Mientras yo le iba dando argumentos y poniéndole ante los ojos verdades incómodas pero necesarias, sus ojos se iban encendiendo, como si realmente se estuviese creyendo que no merece vivir en las sombras solo porque haya quien no soporta la luz. Espero que así haya sido realmente.

Quien no esté listo para nuestro brillo puede apartarse, pero que ni se le ocurra apagarnos. Yo he aprendido a convertir la luz en fuego y estoy dispuesta a enseñar cómo se hace a quien haga falta.


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Published on Jul 1, 2025

El otro día dije en Mastodon que abandonar las redes sociales mainstream había cambiado la manera en la que vivo mi ocio (me va a costar evitar el verbo consumir) y LaGuiri me comentó que le gustaría leer más sobre el tema. La cosa es que, a medida que ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta de que ha sido un cambio más profundo que el que en un principio vislumbré. Así que nada, voy a ver si le doy un poco de orden a algunos de los aprendizajes adquiridos o intuiciones vislumbradas desde que dejé las redes sociales mainstream

Nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing

No me tengo por una persona excesivamente impulsiva o caprichosa. Además, creo que tengo la cabeza relativamente bien amueblada y que, por distintas razones, suelo ver venir cuando alguien quiere venderme algo. No me considero, en definitiva, una víctima fácil para las estrategias de venta. Pues bien: me he dado cuenta de que estoy equivocada. Probablemente, eso no lo niego, presente algo más de resistencia que otras personas, pero nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing. Y eso lo sé porque ahora que he dejado de estar tan expuesta a las estrategias mercadotécnicas que imperan en las redes sociales comerciales deseo menos de forma inducida.

Aunque antes no se me antojase cualquier cosa que apareciese por mi feed, sí que he detectado que me pasaba con cierta frecuencia. La publicidad (con frecuencia transmitida por personas normales y corrientes inmersas en la dinámica de estas redes, como yo misma lo era) hacía que tuviese curiosidad por cosas, que las acabase deseando. Estas cosas eran, en la inmensísima mayoría de los casos, superfluas, nada necesario ni especialmente relevante para mí. Sin que yo me diera cuenta, incluso mientras yo creía que estaba haciendo un uso responsable de las redes sociales, mi deseo se estaba dirigiendo a productos concretos. ¿Que cómo me he dado cuenta? Pues porque lo que me interesa o quiero ya no coincide en tanta medida con lo que le interesa a la mayoría de gente que me rodea. Lo cual me lleva al segundo punto.

Mi ocio estaba absolutamente mediatizado por la publicidad y lo viral.

Yo creía que veía una serie o una película, o que leía un libro, porque me interesaba de verdad. Que ese libro, película o serie fuese el que estaba viendo todo el mundo era una mera coincidencia (nunca lo es, pero vaya, no pensaba que tuviera tanto peso). No era así, porque al desaparecer de esas redes sociales (y al dejar las plataformas de streaming, también) he dejado de desear ver cosas que antes veía: honestamente, no me interesan, no siento que me esté perdiendo gran cosa por no verlas. Lo mismo ocurre con las novedades o booms editoriales: es que ya no me entero de cuáles son. No sé si es demasiado pretencioso decir que mis elecciones en relación al ocio son ahora más auténticas, probablemente sí, pero desde luego sí que están más dirigidas por una interacción más humana y menos publicitaria (lo viral no deja de ser una forma muy efectiva de publicidad).

Esto ha llegado a cosas muy pequeñas. El otro día un amigo me hizo referencia a un escándalo con la restauración de una virgen. Yo le dije que me había enterado, que algo había oído, pero que no me interesaba demasiado. Él insistió: cómo se nota que no estás en instagram, todo lo que rodea el caso es surrealista, propio de una película de tu paisano Cuerda. Y yo también insistí: le dije que, de verdad, podía vivir sin meterme en ese pozo, que no me interesaba nada en absoluto. Lo mismo pasó hace poco con la cancelación de un programa de Nickelodeon, el de Tiny Chef. Supe de ello porque una amiga me mandó un enlace a Bluesky. El vídeo me pareció del peor gusto porque apelaba a una emocionalidad profunda para manipular (que sí, que el muñequito es muy mono, pero me enfadó, porque vi una frivolidad tirar de lo que supone un despido de forma tan emocional para evitar la cancelación de un programa de tele). Luego, por dos lados más, me llegó un vídeo bastante gracioso del muñequito cocinando al ritmo de Billie Eilish. Ese sí me gustó. Pero ya está: no me interesaba. No quería saber más. Sin embargo, por alguna razón, medio Interné estaba a topísimo con la cancelación de un programa del que la mayoría no había oído hablar hasta un día o dos antes. ¿No es curioso?

Sin embargo, aunque esto me parece, en general, positivo, creo que tiene también su lado negativo.

A las personas que quiero y a mí están dejando de interesarnos las mismas cosas.

Y eso me da miedo, porque sé que tengo cierta facilidad para aislarme y, sin esos nexos propios de la cultura popular, temo que ocurra. No es raro que mis amigos compartan en nuestros grupos de mensajería enlaces a Instagram o a Twitter que yo ya no me molesto en abrir: el 80% de las veces no puedo verlos por cómo las plataformas los limitan para obligarte a registrarte e instalar su app. Las bromas o referencias que hacen me pasan por encima. Cada vez más cuando hacen referencia a un pequeño evento canónico que ha tenido lugar en estas redes tengo que preguntar un sonoro qué porque no tengo la más mínima idea de de qué va el asunto. Imagino que pasaría lo mismo si yo les hablase del certamen #MissVentiladorDeTecho, claro. La cosa es que yo sé que estoy en redes de nicho, mientras que ellos sienten que todos estamos al tanto de lo que pasa en las grandes redes comerciales.

Tal vez sea un miedo infundado, pero no creo que lo sea del todo. En cualquier caso es un miedo que sirve a las empresas que manejan estas redes: «¿Vas a dejarnos y a perderte todo lo que pasa aquí? ¿De qué vas a hablar entonces con tus amigos?». Resulta que el FOMO funciona, amiguis.

En fin, espero sinceramente que mis relaciones sociales se sustenten sobre pilares que puedan resistir la eliminación del algoritmo y la mercadotecnia. Sé, sin embargo, que no todas lo harán.


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Published on Dec 13, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Se puede mantener la ternura en un mundo que exige dureza?

¿Cómo equilibramos protegernos con querer?

¿Qué preferirías sacrificar, tu «blandura» o tu «dureza»?

Y ahora, el poema:

Fuerte, de Ana Pérez Cañamares

“Los días duros se abren a mi quilla”.

Ángela Figuera Aymerich

Soy fuerte. Me rompo en esquirlas.

El problema es que voy

quedándome afilada

y ya no soy más

aquella mujer

habitable

mullida

blanda

yo.


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Published on Dec 8, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Cómo te enfrentas a la contemplación de tu «mochila emocional»?

¿Crees que tratamos con justicia «lo roto»?

¿Se te ocurre alguna manera de dignificar lo imperfecto?

Y ahora, leamos el poema:

Las cicatrices, de Piedad Bonnett

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.


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Published on Apr 22, 2025

La lucha de las oprimidas es agotadora. A veces se hace en grupo y es maravilloso: manifestaciones, jornadas, actividades grupales y demás nos hacen sentir que no estamos solas, que hay muchas manos, cabezas, cuerpos y voluntades dando la batalla por un fin común. Aunque no deja de ser duro, en esas situaciones me invade una sensación electrizante, como si me estuviera recargando de alegría o de esperanza.

Pero una no se sacude la condición de mujer, LGTBIQ+, racializada, pobre, migrante, discapacitada, enferma, etc. cuando se separa del grupo, cuando acaba la manifestación, cuando vuelve a su rutina. Las opresiones siguen y, por tanto, sigue la lucha. Y, como decía antes, es agotador tener que estar batallando todo el rato. Porque es TODO-EL-RATO: a medida que desnaturalizas tus opresiones no hay día que no tengas al menos una ocasión de partirte la cara (metafóricamente las más de las veces, pero no siempre).

Pasa con la condición de ser mujer. Cuando una es mujer y entra en la madriguera de conejo que es el feminismo, la caída no tiene límites. Una empieza a ver machismo por todas partes, pero no porque alucine, sino porque hay machismo por todas partes. El otro día, en un vídeo sobre autocuidado de la salud mental, relacionado con los riesgos laborales (esto es, un vídeo parte de un curso que me proporciona mi empleador) vi cómo el actor que hacía de jefe llamaba “cielo” a su empleada. Ya sabes, lo típico. Para muchos es una tontería y resulta que yo tengo la piel muy finita, pero es que no está bien. Y a lo mejor hay días que lo dejo pasar, pero otros no quiero, no puedo o no me apetece. Así que hice el comentario de rigor. Ese mismo día tuve que abordar una situación en clase: mis alumnos hacían bromas sobre prostitución y mis alumnas se morían de incomodidad. ¿Cómo voy a dejar pasar eso, siendo educadora? Venga, otra batalla, esta vez contra 15 adolescentos ante los que, bueno, supuestamente soy la figura de autoridad, pero que no dejan de ser 15 adolescentos, en grupo, viendo como sus afirmaciones de masculinidad (eso que les importa tantísimo) se problematizan delante de otras tantas adolescentas. Y podría seguir.

Lo hacemos en casa, con nuestras familias, lo hacemos en el trabajo, lo hacemos con nuestras amigas y amigos, lo hacemos en redes sociales. Estamos siempre con el disco puesto, siempre con la escopeta cargada. Insisto: es cansadísimo, pero ¿cómo abandonar la lucha? Es que no se puede. No podemos. Por nosotras, por las que fueron antes, pero, sobre todo, por las que están por venir (y aquí sí les incluyo también a ellos).

No, no se puede abandonar la lucha. Pero eso no significa que no podamos bajar los brazos de vez en cuando. No es extraño asistir a la retirada de alguna amiga o compañera cuando ya no puede más, cuando no le dan las fuerzas. Especialmente, cuando se da la batalla en redes sociales, ya que los ataques pueden llegar en oleadas que se hacen eternas, dependiendo de lo incómodo de tu afirmación y lo viral de tu mensaje. Por eso, como decía, a veces alguna de nosotras se retira un tiempo de la batalla. Incluso abandona algún ámbito del todo (como puede ser una determinada red social). Pero eso no es una derrota porque aunque muchas veces nos enfrentemos solas al problema, nunca estamos solas en la lucha. La sororidad (o, para el caso, la unidad en cualquier otra lucha) funciona como un coro. Un coro puede sostener una nota de manera infinita, porque cuando una de las personas integrantes tiene que parar a respirar, el resto sostienen la nota. Es una experiencia estupenda. Cuando cantamos O Frondens Virga (compuesta por Hildegarda de Bingen, que siendo monja sabía cómo es un orgasmo femenino mejor que muchos joseluises) es inevitable respirar porque el coro lo que hace es sostener una única nota en un “uuuuuuh” durante toda la canción para hacer de fondo de las solistas. Pero cuando respiras lo haces con total confianza, sabiendo que el resto te cubren, igual que sientes tú que estás cubriendo a la compañera que se ha parado a respirar a tu lado.

Pues eso. Nadie puede luchar todo el rato, pero ahí estaremos el resto, las que sí podamos, sosteniendo la nota.


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Published on Aug 26, 2025

El otro día bromeaba en mastodon con mi dismorfia corporal y decía que había encontrado el secreto para no encontrarme a la cosa del pantano cuando me miraba a un espejo: hacerlo sin gafas. Y bueno, es broma pero no es broma. No estoy tan cegata, cuando me quito las gafas me veo, pero no me veo deformada, no me veo gigante, no me veo atroz. Un usuario vio que no todo era broma en mi broma y añadió otro secreto: mirarse en superficies que no fuesen espejos. Y es verdad: por ejemplo en un escaparate o en estos vidrios semitintados que ocultan parcialmente el interior de una tienda o establecimiento. Ahí también me veo de forma más ajustada a lo que debo ser en realidad. Es curioso, ¿verdad?

Pero no venía yo a hablar de eso. Venía a decir que alguien me siguió la broma y me sugirió que el siguiente paso sería mirarme en braille. Y yo, que no sé tomarme las cosas a broma en realidad, le dije que mejor me iría: mi piel es suavísima. Nos reímos, todo bien. Pero me quedé pensando en la idea de mirarse en braille. ¿Por qué no? Si mis ojos han demostrado ser tan pobres testigos de mí misma, ¿por qué no confiar en mis manos? Así que, aprovechando el tiempo libre del que aún dispongo, me puse a ello.

Empecé por el principio: los pies que me sostienen. Son grandes y, debido a que mis cuidados con ellos no son del todo consistentes (tal vez si pasase menos tiempo mirándome y denostándome...) tienen partes que son algo más asperas que otras. Pero, en general, encuentro en ellos una mezcla muy satisfactoria de suavidad y fuerza. No puede ser menos, si tienen que mantenerme en pie a mí, con lo predispuesta que estoy a los abismos...

En las piernas me demoré un buen rato. Mis piernas son rotundas, grandes. Su apariencia es de dos columnas fofas pero cuando una las acaricia... la cosa cambia. Sí, lo primero que se nota es la suavidad de la piel en todos los rincones y, si una se pone atrevida, la deliciosa sensibilidad en las partes donde la piel es más fina y está menos expuesta: las corvas, las ingles, la cara interior de los muslos. Al t acto, mis piernas parecen maravillosas. Mis dedos no detectan las arañas vasculares, las estrías ni las cicatrices. Ni siquiera alguno de esos vellos sueltos que mis ojos, a pesar de su miopía, ven siempre. Así, tumbadas sobre la cama, mis piernas son sobre todo tiernas, pero cuando hago el ejercicio de flexionarlas y apretar noto unos gemelos poderosos. Así que me levanto y me pongo de puntillas para sentir cómo mis músculos se tensan y luego hago el movimiento contrario y hago una sentadilla sostenida. Noto como mis muslos se tensan, fuertes, muy fuertes bajo la capa de grasa. Recuerdo cómo se sienten cuando empiezo a levantar la barra bien llena de discos, cómo consiguen despegar 92 kilos y medio del suelo. Sonrío y la euforia me invade. Así que me tumbo en el suelo y hago un puente de glúteos. Sí, siento la fuerza, la tensión. Sostengo el puente sobre una pierna. Luego sobre la otra. Sonrío. Me tiendo completamente en el suelo con los brazos extendidos, manteniendo la sonrisa. Qué suerte de cuerpo. Qué maravilla es examinarlo al tacto.

Reanudo el examen, no quiero parar por nada del mundo. Vuelvo a elevar el culo del suelo y planto mis manos sobre él. De nuevo, esa combinación de ternura y dureza, empiezo a pensar que eso es lo que me define. Relajo un poco y vuelvo a tensar, y siento cómo mis gúteos se elevan en un respingo. Me hace mucha gracia, así que lo repito muchas veces hasta que empiezo a cansarme y me dejo caer con un suspiro sobre el suelo de nuevo.

Extiendo las piernas y pongo las manos sobre mi vientre. Aquí la blandura es mayor, pero también vuelve esa suavidad extrema, quizá aún más que en las piernas. Acaricio la piel de mi estómago, bajo hasta el pubis, rodeo el ombligo con el dedo índice, trazo surcos con las cuatro yemas de mis dedos desde el ombligo al exterior y me detengo en las curvas de mi cintura. Cómo me encanta esa curva... Qué suave es, qué deliciosamente cóncava. Me deslizo hasta desenvocar en el opuesto que son mis caderas, contundentes y carnosas. Las aprieto fuerte y se me escapa un suspiro bastante intenso. El cuerpo tiene memoria y se ve que la del mío es muy buena.

Decido continuar el viaje: cruzo mis brazos y acaricio cada uno con la mano del contrario, muy lentamente, hasta llegar a los lados del cuello. Me gusta, así que lo repito varias veces hasta que, casi con voluntad propia, mis palmas bajan por mi escote hasta mis pechos. Primero recorro su contorno con las yemas de los dedos, muy suavemente, y ellos reaccionan también tensándose, y después los cojo con ambas manos y noto lo amables que son, lo agradable que debe ser reposar en un pecho como el mío. Un suspiro. Eso me recuerda que respiro, así que pongo mis manos justo bajo las costillas y respiro hondo varias veces. A estas alturas del ejercicio la sonrisa ya no se me va.

Decido empezar por ahí: mis mejillas, llenas y elevadas por la sonrisa. Mis labios, carnosos y suaves, aunque no demasiado, lo suficiente para ser muy agradables al tacto. Me beso las yemas de los dedos y me río al pensar que alguien me viese en estas. Pero no hay nadie, estoy sola conmigo misma, qué suerte. Subo hacia mi nariz y la recorro con un dedo en perpendicular, trazando su perfil. Es una buena nariz, está recta, no es demasiado prominente, tampoco irrelevante. Me gusta. Acaricio con las yemas de los dedos las puntas de mis pestañas. También ganan al tacto: son largas y abundantes, pero claras, por lo que a simple vista no luzcan tanto como cuando una las acaricia. La piel de mis párpados también es de una suavidad inusitada. Me deslizo hacia mis orejas y recorro con el dedo índice sus recovecos. Sigo subiendo y poso ambas manos sobre mi frente. Masajeo suavemente las sienes con los pulgares. Me siento fenomenal.

Finalmente me suelto el pelo y lo acaricio. Hoy he estado en la piscina, así que en lugar de estar rizado, al haberlo cepillado y recogido tiene una parte lisa que está muy, muy suave. Está larguísimo. Pienso que, tal vez, debería pensar en cortarlo. Pero me detengo en su suavidad. Cojo un mechón y me paso las puntas por las mejillas y la nariz. Sigo sonriendo. Así que decido que, como sigo teniendo tiempo, ¿por qué no seguir mirándome en braille un rato más y de manera un poco menos sistemática?

(Sonrisa pícara de la protagonista, fundido a negro)

Diría que el ejercicio ha sido todo un éxito: siguiente paso, aprender a bailar en braille. Y tú, ¿te animas a probar a mirarte en braille?


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Published on Aug 22, 2025

¿Es una costumbre más o menos extendida lo de regalar joyas (joyas de verdad, no bisutería) a las mujeres cuando se convierten en madres? El otro día, cuando llegamos a casa de los padres de mi pareja, encontramos que su hermana, que se casa pronto, estaba haciendo probaturas de joyas para llevar ese día. Finalmente llevará unas joyas que son herencia familiar. La madre de mi pareja nos contó que esos pendientes y ese colgante se los regalaron a su madre (la abuela de mi pareja y su hermana) el día en que la parió a ella: su marido el colgante y su suegro los pendientes. Pero es que hace unos meses, en un retiro del coro, una compañera contaba que poco menos que exigió a su marido un reloj bueno cuando parió a su primer hijo «para llevar la cuenta de las tomas y eso», dijo. Y lo que le pidió fue un Rolex de acero y oro que llevaba puesto en ese mismo momento. Alguna otra compañera hizo mención del regalo que había recibido de su marido tras convertirse en madre. No había más Rolex, pero sí otras joyas. Empiezo a pensar que esta es otra de esas costumbres de las que nadie me había contado nada.

En mi familia no hay joyas, nadie las recibe ni la regala. Mis padres tienen sus correspondientes alianzas de boda y, además, mi madre tiene un anillo solitario que heredó de su misteriosa y malograda tía (de ella, de su vida y de cómo llamó a mi madre desde la tumba para que la encontrase, a lo mejor os hablo otro día) que me temo que yo no voy a heredar. No sé a ciencia cierta si, joyas aparte, mi madre recibiría algún regalo por traerme al mundo pero estoy casi segura de que no. En mi familia, pobre de solemnidad, cualquier excusa era buena para no gastar: si cumplías con tu obligación no merecías un premio. Así, igual que no se nos daban premios por sacar buenas notas, imagino que a las mujeres no se les daban premios por parir.

Yo no voy a ser madre, pero no me imagino en la situación de recibir joyas buenas por haber parido, ni un Rolex, ni nada que se le parezca. Tampoco creo que vaya a casarme, pero he de reconocer que he fantaseado en alguna que otra ocasión con la típica proposición que incluye un anillo de compromiso bueno, de oro, con alguna piedra preciosa. Una chica puede soñar con sentirse como una princesa alguna que otra vez en su vida, ¿no? Y, como ya he dicho, no hay muchas alhajas familiares que heredar.

Podría regalarme yo las joyas, supongo. Ir a una joyería fingiendo que me merezco cualquiera de las cosas que tienen expuestas (je, eso iba a estar gracioso, si llegase a conseguirlo) y comprarme unos pendientes o un anillo. Quizá una pulsera para las ocasiones especiales. Guardar mi tesoro en un joyero bonito y mirarlo en los días tristes. Sentirme verdaderamente especial cuando decida usarlo. Y, quién sabe, empeñarlo en los últimos días de mi vida para gastarme el dinero en coctails en un todo incluído con vistas al mar.

Pero esa no es la cuestión. Incluso aunque venciera todas las barreras y consiguiese comprarme una joya seguiría sin tener la experiencia que relato: la deque alguien reconozca e intente retribuir con algo valioso, aunque sea de forma bastante torpe, que una ha obrado una hazaña, algo cercano a un milagro.

Supongo que eso nunca va a pasarme.


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Published on Jun 10, 2025

Puedo imaginar tu gesto modesto al leer el título (esto es, siempre y cuando te lo hayas tomado como algo personal y no como una frase genérica dirigida a nadie en concreto). He visto cómo reaccionan las mujeres a los cumplidos, especialmente si creen que van dirigidos a su apariencia: el ladeo de cabeza, la vergüenza, el sentir que no se merece el afirmar algo parecido a “no es para tanto”. Lo de siempre.

Pero eres preciosa. Es curioso cómo se ha convertido este adjetivo en algo banal, superficial y sin demasiado mérito. Decir a alguien que es preciosa (a los hombres no se les suele decir, en masculino se usa generalmente para cosas, ¡qué cosas, jeje!) es halagar su apariencia, se trata de un cumplido puramente estético. Pero no es ese su significado etimológico. Preciosa tendría un significado parecido a preciada, haría referencia a algo que es valioso. ¿Por qué en la mujer acabó teniendo un significado únicamente estético? Pues quién podrá saberlo, qué misterio más misteriante...

Así que, sí, eres preciosa. Independientemente de tu apariencia y de su ajuste a los cánones establecidos en esta porción del espacio-tiempo. Tu capacidad de esforzarte te hace preciosa. Tu amabilidad. Tu deseo de aprender y mejorar. Tu forma de frenar y reconocer tus derrotas (o empates) y la manera en que, a pesar de todo, sigues adelante (y seguir adelante puede ser, simple y llanamente, amanecer). Que nuestro ser preciosas, que entronca con nuestro valor sea algo reducido solo al plano estético sobre el que, en buena medida, no tenemos agencia (no escogí el color de mis ojos, ni la distancia entre sí, ni la amplitud de mi frente, ni mi metabolismo, ni mi altura ni...) me parece un insulto a nuestra inteligencia. Y nos hemos estado dejando insultar, amiga.

Así que a partir de ahora, cuando alguien te diga que eres preciosa responde, aunque sea al menos de forma interna: lo sé. Aunque lo sientas mentira. Lo mismo un día llega a sentirse más verdad.

PD: este post es para ti, pero también para mí. Mi cuerpo, por razones diversas, está decidiendo ocupar más espacio del que solía y esto me está generando malestar. No porque tenga nada de malo per se sino porque desde que tengo 6 años me han hecho ver que no ser delgada es un fracaso y que la delgadez está por encima de cualquier cosa, incluida la cacareada salud. Y del mismo modo que vivi mi encoger como un logro ahora vivo mi ensancharme, de forma inconsciente, como una derrota. Y quiero explicitar eso para vencerlo. ¿Cómo no van a ser grandes y poderosas estas piernas y estos glúteos que levantan 90 kilos? Tienen que serlo. Así que, independientemente de la talla, el volumen o la celulitis, soy preciosa como persona y mi cuerpo lo es porque me permite hacer cosas fantásticas como caminar, bailar, experimentar la vida y escribir estos textos. Ea.


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Published on Nov 18, 2025

Ahí es donde reside la virtud, en ese barrio residencial exclusivo al que tan pocos tienen acceso. Ahí es a donde todas queremos llegar: a que nos importe sin que nos duela demasiado, a aprovechar el tiempo sin cansarnos, a sentir sin saturarnos, a ... Bueno, creo que se pilla la idea.

Recuerdo la contractura mental cuando investigué sobre la ética del cuidado: resulta que las mujeres y los hombres no nos desarrollamos de igual forma en términos morales. Aunque en los primeros estadios, en la infancia, nuestra motivación para obedecer las normas morales sí es la misma, a medida que nos desarrollamos cambia. Y no, no es que los hombres sean de Marte y las mujeres de Venus, es que desde antes de nacer[^habitación] ya se nos está socializando de forma diferente, se nos somete a exigencias bien diferenciadas en cualidad e intensidad y en fin, qué te puedo explicar que no sepas ya o con lo que no vayas a estar de acuerdo. La cosa es que las mujeres, cuando pasan de los primeros estadios de desarrollo moral, empiezan a obedecer normas bajo el imperativo del cuidado: atender a las expectativas (que cuando se proyectan sobre ellas tienen que ver con poner a los otros primero) y asegurarse de procurar el bienestar de los que les rodean. Y claro, en ese proceso es inevitable perderse. Así que mientras en ellos la autonomía moral consiste en ser capaces de darse normas universales de forma absolutamente racional, para ellas consistiría en conjugar ese imperativo de cuidado a otros con el cuidado de sí. El puñetero término medio otra vez.

A mí me gustaría tener acceso a ese barrio, de verdad. Ser virtuosa, very mindful, very demure, pero no encuentro la manera, y el mero hecho de intentar buscar ese término medio me suele arrastrar a los excesos.

Por un lado, vivo en un mundo en el que tengo que demostrarlo todo mucho más que otras personas porque la capacidad a otros se les supone y a mí pues no tanto. En un mundo en el que tengo que ganarme el respeto de otros porque a mí no se me presupone. En un mundo en el que tengo que ser invencible porque cualquier falla o vulnerabilidad será considerada como una evidencia de que las mujeres nojequé.

Por otro, inevitablemente, todo lo que suponga no ser invencible me arroja al extremo opuesto: soy débil, blanda, inmadura, incapaz. Porque así me lo han hecho ver. Tengo que aguantar el dolor (especialmente durante la regla, que nadie pueda decir que un hombre rendiría más por eso), tengo que soportar el estrés, tengo que tirar p'alante con todo pase lo que pase, y si no lo hago, incluso si siento que no puedo aunque lo acabe haciendo, soy una fracasada. No soy apta.

¿Cómo coño consigo habitar el término medio si siento que hay fuerzas tirando de mí y si me planto me van a desgarrar?

Poco después de hacer pum-pam-catapum pensé que me lo había inventado. Como lo lees: pensaba que había fingido una crisis de ansiedad con llanto, temblores y toda la parafernalia que se dilató unas 8 horas. Cuando me dieron la baja, tras acabar de comunicar mi nueva situación en mi trabajo llorando, porque era incapaz de parar (y esto fue al día siguiente) uno de mis primeros pensamientos fue «¿en realidad estoy tan mal como para esto?» y los siguientes fueron, directamente, luz de gas: «¿Y si fingías porque eres una vaga y no quieres trabajar? ¿Y si estás tomando la salida fácil de quitarte de en medio porque eres una blanda?» Y por ahí seguía la cosa. Realmente me negaba esa experiencia, me negaba la posibilidad de haber apretado tanto los dientes y haber tirado tanto p'alante que me había roto. Las fuerzas me habían desgarrado.

Empecé a reconciliarme y a creerme que me había pasado lo que me había pasado cuando, un par de días más tarde, noté que aparecía un herpes en mi nariz, donde me salen siempre que me cojo un catarro monumental o en épocas de estrés absoluto o disgustos enormes. No tenía un catarro, así que algo tenía que haber pasado. Lo mismo no me había inventado la crisis. Lo mismo sí que estaba mal. Lo mismo había intentado ser tan dura que me había quebrado. Así que bueno, odio los herpes, son un coñazo, pero este sirvió para algo.

Aun hoy, en plena recuperación, estando medicada, en terapia y con mi vida condicionada a evitar la recaída, a veces me asalta la idea de que fui una dramática. Que lo mismo no era para tanto (repito, una crisis de ansiedad intensa de 8 horas). Cuando ocurre me voy al espejo y me miro la zona de la nariz donde la piel nueva aún se ve ligeramente rosada, de un tono distinto, ahí donde estuvieron las heridas del herpes. E intento, una vez más, intentar quedarme en el puñetero término medio.

[^habitación]: Antes de nacer ya se pinta la habitación, se compran los muebles, se compra la ropa, los primeros juguetes... Y generalmente el sesgo de género ya está ahí.


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Published on Dec 2, 2025

Últimamente ando muy satisfecha conmigo misma. Estoy manejando mi ansiedad estupendamente (hay poco que manejar, me encuentro en un estado de calma inaudito en mí, ni siquiera en vacaciones alcanzo este nivel de zen). Llego al final del día y de la semana laboral con un nivel de energía que no recuerdo haber tenido desde que estudiaba en la universidad. Estoy dicharachera, divertida, ingeniosa. Disfruto de las cosas buenas y puedo abordar las malas de una manera serena. Me gustaría poder acabar este párrafo echándome flores, pero me temo que el nombre de la responsable de esta transformación no es el mío, sino otro bien distinto: sertralina.

Así que esto era lo de ser la mejor versión de una misma, ¿eh? Curioso. Interesante. Jodidamente agradable. Yo quiero que esto dure para siempre. Esta quietud, este bienestar, me hacen ser consciente del nivel de malestar con el que funciono normalmente. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto? ¿Cómo no me he roto antes? No logro concebirlo. Tan maravillosa es esta sensación, esta manera de estar en mi piel, que se me ha pasado por la cabeza no dejar las drogas nunca, jamás, never-ever. Y no es que no estén teniendo efectos secundarios, qué va: el más acusado es el que me ha robado algo que me hacía felicísima, el intensísimo disfrute del sexo en el mejor momento erótico de mi vida. Manda cojones. Pero si ese es el precio a pagar por esta ligereza, por esta liviandad, sea.

Pero claro, esto no es sostenible: no puedo abrazarme a las pastillas durante lo que me resta de vida. Cada día que pasa es un día menos que le queda de vida a esta versión de mí que tanto me gusta, un día menos para volver a sentir el mundo en la totalidad de su estrundoso volumen. Espero que, al menos, también sea un día menos para volver a encontrarme con mis esplendorosos orgasmos aunque, ahora mismo, no sé si me compensa.


Nota de la autora: Claro que sé que lo idoneo sería que el mundo bajara el volumen, pero eso no pasa. Soy yo la que tiene que estar con tapones en los restauratnes si no quiere pasarse la vida encerrada en casa. Soy yo la que tiene que tomar psicofármacos si quiero volver a ser funcional después de una crisis. Y soy yo la que no quiere volver a la situación en la que cada día era una carrera de obstáculos. Esto es, al parecer, lo que hay.


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