Hablemos de amor
y hagámoslo sin pedir perdón.
He empezado recientemente el poemario Chispitas de carne de Bibiana Collado Cabrera. Me gusta mucho lo que hace Bibiana Collado porque siento que me ahorra trabajo: ella lo ha dicho ya y lo ha dicho mejor de lo que yo lo diría. Y, además, a ella la gente la va a leer/escuchar. Pero cuando leo sus poemas, o cuando leí Yeguas exhaustas me sentí vista, representada. No me pasa demasiado. Y la cosa es que parece que no es flor de un día: me pasa con casi todo lo que hace.
Pues bien, Chispitas de carne también me está encantando. Por lo mismo que me gusta todo lo que hace Bibiana Collado Cabrera, incluido porque podría haberlo escrito yo si escribiese tan bien como ella, pero especialmente porque es un poemario de amor. Así, ni más ni menos. Sin estridencias, adjetivos rimbombantes, modificadores que den profundidad impostada al tema. Nada. Un poemario de amor. Resulta que la voz poética se ha enamorado, se ha dado cuenta de lo que es que la quieran bien, y se ha puesto a escribir de amor. Y ya está. Lo estoy saboreando a poquitos y disfrutando como una enana.
Me pregunto cómo habría librado este poemario si no lo hubiera escrito una poema ya consagrada e incluida en los etéreos y caprichosos círculos literarios, sino una mindundi cualquiera. Hablar de amor es una cosa ya agotada, poco original, propia de otros tiempos. La poesía (y la literatura) amorosa es una cosa con poco empaque y hablar de amor es algo que resuena a adolescencia y ñoñería. Y a mujer. De hecho, a mujer poco seria. La mujer seria se preocupa de cosas más importantes. Las mujeres que hablan de amor, que se deleitan con poemas amorosos o que de lo pasan pituti leyendo romántica adulta... Bueno, seguramente tengan que madurar. Espero que se haya notado la ironía. Me pregunto por qué, si Freud está tan superado, parece que el mundo se lo ha tragado y no para de repetirlo.
Me atrevo a decir, sin demasiados argumentos, que sacar el amor de la esfera de lo «reflexionable», de lo serio, tiene un alcance conceptual e ideológico bastante profundo. El amor no es subsumible a las lógicas del capitalismo (las relaciones sí, ojo, y si no mirad las apps de citas, por poner un poner). El amor no es productivo, de hecho, nos enajena y nos posee de tal forma que nos aparta con frecuencia de la productividad y los deberes. El amor nos envalentona: hablaba Platón de que un ejército de amados y amantes sería invencible, pues nadie toleraría abandonar a la persona que ama o parecer cobarde ante él. El amor es peligroso para el orden.
Por eso se le domestica, se le reduce a transacciones mercantiles (favores, por ejemplo), se le encierra en relaciones contractuales favorables al status quo y se criminaliza todo lo que salga de esos estrechos y angostos moldes. También, supongo, por eso se convierte el discurso sobre el amor como una cosa infantil, un divertimento, un pasatiempo, pero, al fin y al cabo, algo sin sustancia. No vaya a ser que, en el hablar de él, descubramos otros modos, otras formas, otras extensiones del amor.
Pues a mí me apetece leer sobre el amor. Escuchar canciones de amor. Ver cómo en redes sociales la gente debate sobre qué es y qué no es el amor. Y hablar de amor. Y disfrutar de arte relacionado con lo amoroso. Y presenciar cómo se despliegan sus distintos significados, las distintas comprensiones que tenemos de él, cómo escapa del corsé de lo romántico, cómo se extiende y nos infecta poco a poco.
Y me gusta ver actos de amor. Como los besos o las caricias. Como escuchar a alguien que sufre. Acompañar a quien lo necesita. Como parar un desahucio o acampar en las plazas.
Si esto es naïf, infantil e inmaduro, pues sea. Total, tampoco es que esos señores tan serios nos estén dejando un mundo muy habitable.
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