Anti intelectuales, no anti-intelectualismo

El otro día me crucé con el nuevo anuncio del Citroën C3. En él, un señor (Omar Sy, parece ser, no tenía el gusto) lo flipa fuerte con el coche mientras una señora con bata blanca (¿ingeniera?) que trasluce cierta inseguridad le da datos sobre el espacio del coche y sus dimensiones para que él pregunte, acto seguido a su acompañante:

-¿Qué ha dicho Pitágoras?

Debe de ser alguna de esas afecciones femeninas propias de mi sexo, pero me tocó los ovarios el desprecio por el conocimiento y el hecho de que estuviese encarnado por una mujer. Porque oye, puestos a denostar podrían haber seguido con el científico-hombre-blanco, ¿no?

Me llevó a pensar en el antiintelectualismo. En cómo vivimos en una cultura y sociedad en la que saber cosas que están en los libros no solo no es importante (total, si necesitas los datos, ya se los inventará Gemini u otro LLM del estilo) sino que además es motivo de escarnio. Recuerdo unos tiempos en los que mirábamos con cierto sonrojo a los señores (fundamentalmente lo eran) que ponían en su perfil en redes sociales Universidad: la calle. Y, si bien no hay nada vergonzoso en no haber tenido estudios o en no saber ciertas cosas, de ahí a representar la figura de las personas que saben como unos seres ridículos va un salto. Es como si ahora el mundo estuviese lleno de matones de colegio riéndose del cuatroojos. Evidentemente, luego todos queremos que se cure el cáncer, y el Alzheimer, y que haya coches más eficientes y ordenadores más potentes y un nuevo modelo de iPhone cada año que justifique que nos dejemos el salario de un mes y pico en él (no, para la gente de Humanidades no hay escapatoria: somos todos tolais).

Pero claro, luego es que están los intelectuales (masculino intencional y no genérico). Coincido bastante (por desgracia) con uno. Le falta tiempo para hablar de sus dos doctorados, gran motivo de orgullo (y hasta ahí, vale) y de resistencia a la gravedad a la que estamos sometidos el resto de los mortales: él camina dos centrímetros por encima del suelo, uno por doctorado. Luego tiene esa manera de estar en el mundo, mezcla de condescendencia y desdén, en virtud de la cual todas las perspectivas son erróneas salvo las que coinciden con la suya propia. Me relacioné también, por desgracia, con muchos de esos señores en la Universidad (Catedráticos de Filosofía, ni más, ni menos), que se creían muy listos por dictar cursos sobre Hegel que nadie entendía (porque tampoco era su trabajo enseñar nada a nadie, parece ser), pero que eran incapaces de poner el interruptor del micro en OFF cuando iban a mear (admito que a veces, cuando estoy triste, pienso en esto). Y resulta que, si me pongo a pensar en los intelectuales yo también le cojo tirria a todo lo que suene a conocimiento.

Se me pasa cuando pienso en ellas, y hablo en femenino porque la mayoría son mujeres: señoras que saben muchísimo, infinito, y que, de alguna manera, se la apañan para compartirlo sin que parezca que te están perdonando la vida. He tenido la ocasión de escucharlas en eventos de divulgación (pa muestra, un botón), en vídeos, en redes sociales... Y siempre me han dejado el cerebro haciendo chiribitas y el track de la admiración a tope.

Así que supongo que, de nuevo, voy a poner mi tienda de campaña en una cierta tierra de nadie: a favor del conocimiento, del saber, del tráfico de ideas, pero en contra de los intelectuales que ejercen como capitalistas del conocimiento.

Como detalle curioso, escribiendo esto descubro la intuición de que también una perspectiva de género en relación al saber y su difusión. Qué cosas. No me había planteado antes que de los intelectuales que me repelen casi todos son hombres y las intelectuales que me apelan todas son mujeres. Je.


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