Así no se hacen las cosas

De verdad: qué hartura. Una se da cuenta de la fragilidad del status quo cuando aprecia la fiereza con la que se defiende. Si tan racional, sensata y provechosa fuese la forma correcta de hacer las cosas, ¿qué más da que alguna que otra persona lo haga diferente?

Hablemos de monogamia. Hablemos de heterosexualidad. Hablemos de maternidad. Hablemos de organización de la vida laboral. Da lo mismo. En el momento en el que pongas un pie fuera de la raya de lo socialmente aceptado te van a caer una cantidad de turras míticas que vas a acabar volviéndote conservador de pura pereza.

Y una pensaría que esto tiene sentido si se perjudica a terceros o yo qué sé, pero en lo relativo a los arreglos organizativos de una pareja, por ejemplo, no veo la gravedad de que vivan su vida como les de la gana. No me imagino explicando a nadie cercano, al menos a nadie de mi vida analógica, que nuestra relación no es monógama, por mucho que ahora no estemos vinculados romántica o eróticamente a nadie más, por ejemplo. Ahí entra el sexo, la exclusividad y todas esas cosas grabadas a sangre y fuego en nuestra cultura. Venga, vale. Total, esto es algo que concierne a nuestra vida privada y que nadie más tiene por qué saber, en principio. Pero, sin embargo, nuestro acuerdo habitacional me parecía algo mucho menos problemático, si os soy sincera.

Bueno, en realidad no. ¿A quién quiero engañar? Si yo misma me planteé si quería suficiente a mi pareja por no querer renunciar a un espacio propio. No quería mudarme a su casa, pero tampoco quería que él se mudara a la mía. Convoqué un consejo de sabias porque lo que a mí me parecía bien, una convivencia consensuada en la que cada uno conservaría su espacio, era algo que no había visto antes. ¿Y si no estaba lista para una relación?

Por suerte unas cuantas amigas, de todo menos normales (y lo digo como piropo) me abrieron los ojos. Nuestra logística de convivencia no es, ni más ni menos, que otro acuerdo a tomar en nuestra relación, y no dice nada sobre la cantidad, cualidad o calidad de nuestros sentimientos. Lo cierto es que una vez que lo vi no pude dejar de verlo. Y me preparé para defender ese límite.

Supongo que el problema ahora es que yo lo veo tan claro y conveniente a mi (nuestra) situación que las miradas y las turras se me hacen básicas y absurdamente tediosas. Porque no veo el problema, ni en qué perjudica eso a nadie. Que les parezca peor esta organización que el hecho de que uno de los dos se mude (yo, seguramente) y se ponga a jugar al rentismo con su piso me hace estallar el selebro.

Cuántas cosas hacemos porque es así y no de otra manera como se hacen las cosas. Qué cantidad de resistencia se opone al más mínimo e inocente cambio en lo relativo a la amatonorma, y con qué violencia.

Y qué cansado es resistir sin renunciar a vivir como una quiere en la medida que puede.


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