Francisco Molinero

1959- Autor: @fmolinero@neopaquita.es

Torrijas

Si, ha llegado la época de las torrijas, o como dicen en inglés, las tostadas francesas. Una vez más, como en muchos platos, las variantes son incalculables. Poner imaginación a la cosa y veréis como os salen riquísimas.

1 barra de pan del día anterior o de esas que se compran a precio de oro 1 litro de leche entera 1 rama de canela o canela en polvo azúcar 2 o 3 huevos para rebozar aceite de oliva virgen extra Un licor tipo coñac o vino málaga…

Se corta el pan en rebanadas de forma que el corte no sea perpendicular sino más bien ligeramente angulado para conseguir unas piezas lo más alargadas posible.

Hay que cocer la leche con la canela, el licor y algo de azúcar (6 o 7 cucharadas por lo menos).

En una bandeja grande se ponen las rodajas y con la leche ya templada se riegan las rebanadas hasta que se empapen bien y absorban la mayoría del líquido. Ojo con las cantidades, deben empaparse bien.

Ponemos una sartén con abundante aceite de oliva nuevo y la calentamos bastante, después, con mucho cuidado, iremos rebozando los trozos de pan en huevo y los iremos friendo. La vuelta es un momento delicado. Es mejor usar paletas planas que tenedores o tendremos el riesgo de que se rompan si están muy empapadas.

Se sacan cuando estén doradas y se ponen a escurrir sobre papel de cocina, es muy importante que no cojan mucho aceite, las torrijas deben quedar blandas por dentro, empapadas de la leche pero sin aceite por fuera. las colocamos en la fuente y espolvoreamos por encima una mezcla de canela en polvo y azúcar, o como a algunos le gusta, hidromiel o un chorrito de licor o almíbar.


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No se puede uno estar quejando cada día, pero la verdad, hay veces que dan ganas de no parar. Esos días que no deseas que nadie te diga; ¡no será para tanto! Pues no será, pero parece ser. Pero es verdad todo tiene final y es posible que hoy lo tenga, al fin y al cabo dormir es eso, tirar los dados de nuevo buscando el 7, girar la rueda de la enorme ruleta, esperar que aletee la mariposa adecuada en el delta del Mekong. Pierdo la esperanza a la misma velocidad que el pelo, o quizá la convierto en ceniza volcánica. Mal día, mala tarde y por eso me he pasado un rato buscando en Jamendo (Música gratis para compartir) con mi reproductor libre Rhythmbox en mi equipo con Linux. Un paseo para disfrutar y evadirme y he dado con Mariskada y he dejado que el atardecer me hiciera de bálsamo oyendo como los chavales dicen verdades como puños.

Dar tumbos por la libertad para encontrar refugio. Cualquier día me voy a poner a escribir unos versos para quitarme la rabia.


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Hace tiempo que no te metes en mi cama. Si, hace tiempo que no siento placer al hacerte daño. No sé si es bueno o malo esto que me dices. Ya, no sabes nada, por eso has dejado de interesarme. Entonces «tout c’est fini» Absolutely.


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No es fácil explicar la sensación que se tiene cuando estando enfermo un día todo sale bien. Terminas de análisis y por fin tus brazos empiezan a dejar de parecer los de un yonky. Un amigo te manda un sms con buenas noticias, sus sueños toman cuerpo y lo comparte; un cv mandado al mismo agujero de cada día, hoy te devuelve el interés de alguien por ti; otro amigo te visita para charlar y la tarde se llena de cariño, de palabras y de sueños. He hecho pan y me ha salido estupendo. Podría ser panadero. Hay días en los que por fin sale el sol y es un placer cerrar los ojos y disfrutar de la paz y de la estima de los demás.


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Se me olvidó decirte que te quería, o que te odiaba, tanto da, antes de poner 20.038 Km de tierra por medio entre los dos.

Se me olvidó decirte que me era imposible seguir a tu lado viendo como no hacías otra cosa que agradarme, pensar en mí, adelantarte a lo que yo ni siquiera sabía que habría de desear. Tengo para mí que algunas de las cosas simplemente lo fueron por esa capacidad tuya de de anticipar mis deseos. Desde que he tomado medidas tengo otras sensaciones. La principal: no sé lo que me ocurrirá dentro de unas horas. Y ya está «la suerte está echada» al menos hoy y aunque no soy más feliz me siento más libre e intuyo que lo demás se me dará por añadidura como prometían a los antiguos cristianos.

Se me olvidó decirte que te quería con tanta fuerza que estuve a punto de morir. Te lo digo ahora cuando te digo adiós.

Te quiero, adiós.


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Ya queda menos. Menos miedo que pasar.


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Y después de acabar con toda la tira de tela enrollada entre sus manos, se acostó sobre su corazón y pensó en él, cerró los ojos y poco a poco notó como el aire penetraba todo su cuerpo.


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¿Cuanto tiempo tardamos en sentirnos bien en una ciudad? Muchas veces es imposible. Esmirna es una ciudad portuaria, destartalada, desparramada en una gigantesca maraña de callejuelas.

La ciudad antigua es un enorme bazar bullicioso donde se puede comprar de todo. Lo más llamativo para nosotros el tabaco a granel, las especias y unas preciosas argilas. Merece la pena tomarse un té y así darse el tiempo suficiente para sentirnos bien en una ciudad que fue el centro de un imperio.


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Me gusta madrugar. Tengo esta costumbre desde hace años que me ayuda a mantener algo de serenidad, de calma, antes de enfrentarme al ruido ensordecedor que produce el mundo mientras roza constantemente contra las personas que lo habitan. Madrid a las seis de la mañana es un enorme lienzo oscuro donde poco a poco cada uno vamos pintando la vida con nuestro colores y en este lienzo los personajes van apareciendo lentamente para enseñarnos como se mueven todos los invisibles en una gran urbe.

Cada mañana al llegar a la puerta de la oficina en plena Gran Vía de Madrid, me encontraba con una mujer menuda durmiendo en la calle entre mantas y cartones, guarecida de la lluvia con un par de paraguas abiertos que separan su cuerpo del cosmos; quizá espera que con eso el cielo no se desplome sobre su cabeza o lo que es más probable, intenta que sus pocas pertenencias y ella misma no terminen caladas y así no caer enferma. Apenas pasaba de los treinta, pero su cara tenía todas y cada una de las cicatrices que deja el vivir en la calle todos los días y otras que parecen el recuerdo oscuro que la droga marca en la mirada de quién atrapó. Acompañada de una perrita tranquila, regordeta, pasaba los días mendigando en el centro mismo de la ciudad, en el rompeolas de las españas. Un pequeño cartel nos avisa: “solo contamos con tu ayuda” y en ese plural recoge a su pequeña troupe animal, no sea que su sola indigencia no nos ablande suficientemente el corazón y no dejemos alguna moneda en su vaso de cartón del McDonald's cercano. La conozco hace años, la veo dormida cuando llego, tocando la flauta cuando salgo de trabajar y repitiendo el ciclo de la supervivencia una y otra vez. No sé su historia, por qué ha llegado a esta acera y qué motivos la atan para no poder deshacerse de lo que a mi me parece una condena; no he hablado con ella y mi vergüenza me impide dar el paso que me acerque a lo que seguramente es un acto de valentía diario, resistiendo a pecho descubierto entre la indiferencia de los turistas y habitantes del extrarradio que buscan en el Primark la última ganga que habrá cosido una mujer o una niña en un país lejano, por un sueldo de miseria, en unas condiciones que no queremos ver, que no sabemos mirar. La calle en soledad es dura y la noche da miedo, pero ella duerme al raso protegida por dos paraguas de un cielo que amenaza su precaria existencia.

Cada mañana, al lado de esta valiente, unas muchachas que no parecen haber pasado la edad de los veinticinco, fuman un cigarro, abrazadas a sí mismas, tiritando, antes de descargar el camión que repone las ventas de ayer en el comercio de una multinacional donde trabajan. Es aun de noche, apenas las 7 de la mañana en la entrada trasera del rutilante comercio y ellas han comenzado una jornada que terminará, seguramente, al final de la tarde o incluso entrada la noche. No sé su historia y nunca he hablado con ellas, pero ya sé que que han aprendido a ser valientes en un trabajo que empieza acarreando cajas, continua sonriendo amables a los clientes y termina rindiendo cuentas a un encargado, este sí, un hombre, sobre las ventas conseguidas. Luego la vuelta a casa con las piernas endurecidas y doloridas de estar de pie horas y horas.

Cada mañana entraba en el edificio donde trabajé y me encuentro con las mujeres que friegan escaleras y ascensores o limpian los servicios para que nos parezca que estamos en nuestra propia casa. Con sus uniformes azules y sus zapatillas deportivas, son un grupo heterogéneo, jóvenes y otras no tanto, españolas y extranjeras, morenas y casi rubias, porque no se puede ir todas las semanas a la peluquería, altas y bajas, al fin, mujeres que charlan entre guantes de plástico, líquidos de limpieza, bayetas y escobas que ordenan cuidadosamente en un carrito, para poder empujarlo por todo el edificio, Les oigo hablar con un cansancio reiterado de los problemas del cercanías que hoy, otra vez, se ha parado en Villaverde, porque ellas viven muy lejos de este bonito centro de Madrid. La mayoría alquilan viviendas en los pueblos del sur y madrugan mucho para poder empezar tan temprano; hablan de las enfermedades de los hijos y la dificultad para llevarles al médico sin perder la jornada, se ríen mientras comentan el último reality de la tele que ayer mismo tuvo un desenlace espectacular. Cada mañana les saludo tan amable como puedo y ellas me devuelven la sonrisa saludándome con una voz ronca, quebrada, que habla por si sola del temple con el que estas mujeres afrontan la vida diaria. No sé su historia, no sé sus nombres, pero su voz rota por el tabaco me sugiere una vida que no ha crecido entre los deseos y la felicidad, sino más bien sobre una lucha por cada una de las parcelas que han conseguido conquistar, peleando por una familia que posiblemente les tiene a ellas al frente de la economía y muy seguramente de los cuidados de mayores y niños, sin más ayuda que su coraje, su capacidad de reponerse del dolor de espalda y de las manos agrietadas por los químicos, con un futuro que no tiene pinta de que vaya a mejorar. Son mujeres valientes, casi invisibles, tenaces. Su voz les delata.

Cada mañana me cruzaba con muchas mujeres valientes, pero no las conozco, sé que están ahí porque el mundo se mantiene en pie aunque roce constantemente contra las personas que lo habitan, sé que no las veo porque llevan muchos años siendo invisibles, sin nombre, meticulosamente ocultadas a los ojos de todos, pero sé que son valientes porque no han dejado de hacerlo nunca: sobrevivir.


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Lo bueno de viajar por Europa, con sus largas escalas, sus horas perdidas, es poder leer. Hacía tiempo que había perdido la costumbre y en este viaje a Alemania he aprovechado para leerme y llorarme el libro de Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol. Os lo recomiendo. Luchador antifranquista, comunista y encerrado más de 30 años escribe al ver llorar a su compañero de prisión Miguel Vázquez.

Ya sabéis que a mí las losas me han gastado hasta los huesos del corazón, pero ver llorar a un hombre es algo, siempre, tremendo.

Y este preso no es un árbol que se ha roto. Sigue ileso.

Pero de pronto ha venido «todo lo suyo» a su encuentro en esta noche tranquila..

Con su dolor en mi pecho le miro. No puede verme.

Su mirada está muy lejos, sus ojos cerca, llorando tan suave, tan hondamente que apenas si mueve el aire y el silencio.

Un «alerta» le estremece.

(Por el patio se oye cruzar el relevo)

Antes contaba: «Era muy triste ver el sacrificio de las madres, de las esposas, de las novias, pegadas como enredaderas a las puertas de las prisiones, durante años y años, con una lealtad inmarchitable.»

Y uno ya no sabe si lo que hace está a la altura.


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