Francisco Molinero

1959- Autor: @fmolinero@neopaquita.es

Las hijas de Lot cuya mujer se convirtió en estatua de sal por desobediente y curiosa, emborracharon a su padre y fornicaron con él. Génesis (19:30 al 19:38) y sus hijos se llamaron Moab y Ben Ammí, claro que antes Lot las entregó para que no les hicieran nada a los varones de su casa: He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacaré afuera, y haced de ellas como bien os pareciere: solamente a estos varones no hagáis nada, pues que vinieron a la sombra de mi tejado.

La biblia siempre es sorprendente.


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Me propongo un ejercicio sobre la ausencia, una obra que exprese ese sentimiento de haber perdido algo y pienso en una silla vacía. No vale, no demuestra que algo, que alguien no esté. Un millón de sillas ocupadas y una en el centro sin nadie. No vale, es evidente la falta de alguien pero no su ausencia, porque tiene que ver con haber estado y no estar. La imagen pues debe demostrar las dos cosas. Un nido como los que al final de la primavera aparecen en el seto de casa, un nido vacío con unas plumas nos habla de una antigua presencia pero descubro que entonces me falta la perspectiva del observador, la ausencia entonces tiene que ver con quien se va y también con quien se queda y por tanto genera el sentimiento. Me asalta la imagen de una persona con la mirada más allá de los límites de la vista. Es sugerente porque la ausencia y el recuerdo están emparejados, pero me resulta demasiado sutil. Admito sugerencias. Dos jambas sin su dintel, una mesa en la cocina en la que queda una taza de café medio llena, una tostada empezada. Un cauce seco de un río, una cama con una persona y el otro lado simplemente con la huella de quien estuvo, unas huellas en la nieve, una balón deshinchado, alguien que se ahoga por falta de aire, una mujer llorando, un pabellón psiquiátrico para enfermos de Altzheimer.

Me asalta la duda sobre si la escultura tiene poder suficiente para explicar algunas cosas, pienso en el poder de la palabra.


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Juliana consiste en cortar las verduras en tiras alargadas y muy finas, con ayuda de un cuchillo o de una mandolina. Antiguamente, el corte en juliana se denominaba «cincelar» (del francés: ciseler), y era de las primeras técnicas que se enseñaban en cocina. Jardinera consiste en cortar bastones de 4 cm de largo y 4 mm de espesor; puede realizarse con zanahorias, patatas, nabos, calabazas. Es, por ejemplo, el corte más común en la elaboración de patatas fritas

Brunoise es una forma de cortar las verduras en pequeños dados (de 1 a 2 mm de lado). El corte es similar a la macedonia (cubos de 4 mm de lado) con la diferencia de ser más pequeño.

Mirepoix es una combinación de verduras cortadas en pequeños dados de 1 cm de sección, empleada para aromatizar salsas, asados, caldos y sopas. Las verduras tradicionalmente utilizadas son las zanahorias, las cebollas y el apio (generalmente en proporción 1:2:1)


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Me está costando engancharme a la política diaria, rezuma cierta banalidad que me repele.

Me quedo con los placeres mundanos, la comida y el sexo:

12 langostinos frescos 75 gramos de carne de langosta fresca 50 gramos de carne de cangrejo (fresco mejor) 25 gramos de caviar Una cucharada de curry de Madras El zumo de un mango El zumo de un limón Una cucharadita de jengibre fresco rallado 25 gramos de almendras tostadas 4 cucharadas de nata líquida 3 cucharadas de Oporto Un poco de sal Pelar los langostinos en crudo y cortarlos en láminas muy finas y depositarlos en un recipiente de porcelana, al igual que la langosta y el cangrejo. · Agregar los zumos de mango y limón, así como el jengibre y la sal. Dejar en maceración durante una hora. · Mientras, en otro cuenco de porcelana poner juntos el curry, la nata, el oporto y el jengibre y echar esta mezcla sobre los mariscos. · Revolver suavemente con cuchara de madera.

Con este cuenco iros a un sitio cómodo, os desnudáis y primero uno y luego el otro se tumban boca abajo, sobre el valle que forma la columna, desde el final de los glúteos hacia arriba iremos depositando el contenido de nuestro plato de marisco luego poner las almendras por encima ligeramente machacadas y el caviar. El resto es sencillo, solo queda disfrutar con la lengua y con los dedos.


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Tenía que contaros una historia, me lo demandan, pero no soy capaz. Es una cierta astenia, una pena que sobrevive en el pecho. A veces me pongo sobre el teclado y al poco advierto que el ánimo se achica, que no entiendo para qué servirá contarlo. Por eso no he sido capaz últimamente de pergeñar un hilo que se enrede y que nos deje con la boca abierta. Eso y que las musas me atacan siempre lejos de aquí, sospecho que para hacerme sufrir, pero esto es más síntoma del aire melancólico que me tizna, que me dibuja. Me acuesto en mi cama vencido el insomnio y entonces las palabras se alinean y los personajes bailan la danza perfecta, pero yo no tengo fuerzas. Tengo que hacer un esfuerzo. Ahí va un hilo:

Lo había estado esperando toda la tarde, realmente toda la vida, pero esas últimas horas habían sido tan largas, tan densas, que el resto de los años aguantando el aliento habían perdido peso. En el banco de la destartalada estación del norte, donde de chiquillo pasó noches en vela ayudando a los peregrinos que venían de Lourdes, había repetido cientos, miles de veces las palabras mágicas, el mantra que le debería salvar. Caía la tarde y el olor de la creosota de las vías había perdido intensidad. La costumbre. Luego todo se precipitó. Al fondo, desde la pequeña puerta que conecta con la sala de espera un hombre vestido con chaqueta y pantalón marrones se adentró en los andenes buscando con la mirada; el corazón aceleró el ritmo, como los trenes hacían cuando el hombre al cargo de la estación señalaba con aquel palo envuelto en un paño rojo la orden de salida. Se apoyó en el bastón y se levantó en el banco para hacerse visible, si cabe, pues los años le habían mermado en todos los sentidos. Los años en general y sobre todo los dos que pasó en Auschwitz-Birkenau hasta el 27 de enero de 1945 cuando los rusos le acariciaron y le dieron de beber. Todo fue muy rápido, se miraron y se reconocieron inmediatamente, la conversación fue tan breve como necesaria: -No creí que te volvería a ver. -Lo imagino. -Ni lo creía ni lo deseaba y ya ves, al final he venido -No tenías escapatoria, nadie es capaz de dejar las puertas entreabiertas y dormir en paz, necesitamos cerrar los círculos y tu sabes que yo cierro el tuyo. -No sé, no sé, me está pareciendo que quizá no valga tanto la burra. -Yo no la maté -Da igual, tampoco la amaste y eso al fin y al cabo fue lo definitivo. -¿Me perdonas? -No puedo hacer lo que tu ni siquiera deseas.

Giró sobre su centro y se alejó buscando la misma puerta por donde entró, después nunca más se vieron.


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Había pensado llevarte flores, de esas amarillas y rojas que te gustan y que como no sé su nombre tengo que buscar entre los puestos de las Ramblas. No me fue posible, al final, con unas cosas y otras interesado en encontrar algo para las niñas y apurado por el tráfico tan espeso de Barcelona lo único que me dio tiempo a comprarte fue un ejemplar de viejo del Poeta en Nueva York en la librería Canuda y en él releí el nocturno de Brooklyn Bridge:

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros

Menos mal que no te compré las flores. ¡Qué difícil te habría sido decirme adiós! largarme de tu vida de un plumazo. Ninguna de las mentiras que me contaste para justificar la decisión merecían un ramo de gerberas. Mejor el libro donde se podía leer:

No preguntarme nada. He visto que las cosas cuando buscan su curso encuentran su vacío. Hay un dolor de huecos por el aire sin gente y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!


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Cuando no está de dios lo mejor es no ofuscarse. Hace unos minutos leía el comentario de Jose sobre este blog y como quien se va a poner a dieta para los restos o quien va a dejar de fumar o quien va a ser abandonado por el amor de su vida me dio mono y me puse a escribir.

Me salió un poema y no debía ser casualidad. Un poema sobre los cristales de colores que se recogen cada tarde en alguna playa a la que no va nadie. “Alguien deja cristales de colores para mi” así se titulaba; luego el ordenador se bloqueó y todo lo escrito, el chorro de un poema de esos que te salen de tirón, cada uno de los versos, con sus palabras llenas de letras, simplemente desaparecieron. Ahora solo me queda la sensación de cierto vacío, de pérdida.

PD. Finalmente el poema salió:

Alguien deja cristales de colores para mi cada noche en la playa a donde nadie va metiditos entre la arena para que me entretenga buscando.


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Que cruel cuando el eco te devuelve tu sonido el espejo tu imagen y te escuchas como dices y te ves como pareces y te encuentras miserable.

¡Que el mundo no te conozca que las olas te arrullen hasta ahogarte y la playa te reciba desnudo! nuevo y hermoso como un cadáver


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Hoy mientras recogía la ropa del tendedero me he descubierto hablando sin interlocutor. Por un instante me he callado, solamente dos segundos he tardado en ser consciente, callarme y resituarme sobre lo que me pasaba. Al cabo he continuado con la labor y he terminado de descolgar toda la ropa, ya seca y con ese olor que queda en los tejidos que se han secado al sol.


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No, creo que no nos conocemos. Mi nombre es Román, encantado. ¿Por casualidad? ¿Cómo? Digo que si está por casualidad aquí o es un interés especial. ¡Oh! Ni lo uno ni lo otro exactamente, me interesa, pero estoy aquí por invitación de un amigo, creo que de un amigo común. ¿Quién? Román sopesó la respuesta. Estaba claro que Alexei conocía la exposición y que se encontraba a miles de kilómetros de distancia, teniendo en cuenta que hoy era el día de la inauguración, Nacho y Alexei debían tener algún vínculo. Por otro lado la cita, la primera llamada anónima y la última algo oscura de Luvtxenko no presagiaban una relación en la que se pudiera confiar sin más. Ardiel -respondió- Ardiel Mostar. No me suena, lo siento. Bueno, es un excéntrico y le gusta jugar a las escondidas con su nombre, es posible que usted le conozca por otro. Es posible. Y ¿él no ha venido? No, me envía a intentar descifrar un misterio que debería estar encerrado en sus obras. ¿En todas? No lo sé, en todas, en alguna, en su obra como conjunto. La verdad es que llevo ya un buen rato y no consigo entender el propósito, la intención. Eso es fácil de entender, Román, no se puede entender lo que no existe. ¿La intención? Eso es.

Me quedo perplejo, quiero decir que sé que mi amigo me ha citado para que descubra algo y no me queda más remedio que eso que debo descubrir está aquí, entre los objetos expuestos. Es posible pero quizá no obedezca a los deseos de quien los hizo, es decir a los míos. ¿Entonces? Imagínese más bien en hacer por hacer, hacer algo que no sabes exactamente que es precisamente por eso, hacer demasiado, más allá de la razón de las cosas encajadas en el mundo. Puede ser. Pero lo duda. Si, sinceramente, por mi trabajo soy más proclive a creer en el complot universal que en el libre albedrío. Ja ja ja, perdone que me ría, es usted un hombre singular, o todo o nada, todo un hombre de nuestro tiempo. No me lo tome a mal. No lo hago. Ha sido un placer, y de corazón espero que encuentre el motivo o lo que quiera que su amigo le ha empujado a buscar entre estos objetos. Disfrute. Gracias.

El autor se dio la vuelta y se encaró con otros visitantes que le felicitaban de manera efusiva y por un instante Román sintió como si el artista fuese su propia obra y tuvo el arrebato de seguir hablando con el sobre el arte y sobre la vida; No podía ser. La clave de Alexei debía estar en otro lado, por muy enrevesado que fuese este jodío ruso no podía haberle mandado a una persona a ponerle en el brete de averiguar como cambiar el futuro de su vida.

Allí estaba, frente al inmenso mapa, mirando sin ver, deseando encontrar sin saber donde mirar y poco a poco empezó a leer los nombres de las ciudades y pueblos que se representaban: Riazán, Tambov, Saratov, Orsk. Los recuerdos estaban dibujados en el mapa, cada una de las veces que pasó miedo, que se enamoró, que pensó que su vida estaba tirada a la papelera, tenía el nombre de una ciudad. Kostroma, donde estuvo dos días en casa de Oleg, Tula, Liski que le trajo a la boca el sabor del caviar, Banilov, Siktivkar. Sitkivkar era la clave; mejor aun la presencia de Sitkivkar fuera de sitio, descolocada y con unos números garabateados debajo eran la clave.

153-06

Ahora todo se aclaraba. ¡Qué cabrón Alexei! lo había conseguido. Román miró el reloj, pasaban unos minutos de las diez; había que darse prisa y volar al aeropuerto. De pronto el mundo se le vino encima. ¿Qué haría con Miranda? Libertad o amor, esa era la elección en este momento y a Román solo se le ocurría que lo importante empezaba a ser él mismo.


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