Francisco Molinero

1959- Autor: @fmolinero@neopaquita.es

Tú te acercas y tu olor te recuerda


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No recuerdo quien me dijo por primera vez esta frase, pero la he usado y repetido muchas veces para representar la realidad cotidiana, el hecho casi siempre incontestable que no existe el infinito feliz y supongo que por contrapartida, tampoco la desdicha absoluta. Vivimos momentos muy difíciles con Europa empujada a pelear de nuevo, con Israel asesinando día sí y día también a inocentes, con un gobierno grogui que se empeña en simplemente sobrevivir, con ministros del interior que avergüenzan a cualquier persona decente, mientras los llamados simpatizantes de la derecha se enseñorean de los bares diciendo a quien quiera oírles, como deben abandonar el país los izquierdosos. Ya no me vale aquello que dijera Machado: «una de las dos españas, ha de helarte el corazón», porque ambas me dejan el cardio petrificado y cada día me reconozco menos entre mis paisanos.

Dicen que Gorki se fue con la frase: «Habrá guerras, prepárense» y todo esto parece oscuro y triste, lo sé, pero el otro día, cuando salía del hospital, donde me habían dicho aquello de la operación va bien, pero el ojo lo pierde, no tuve más remedio que acurrucarme en los brazos de la esperanza, pensar en cambiar de hábitos y como hacen mis gallinas cuando llueve, esperar con mucha paciencia que escampe.

Y escampa.


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Hannover no es bonito, le pasa lo que a Kiev. Si que resulta una ciudad animada con muchos jóvenes, principalmente de bandas góticas y mods en medio de un ambiente más bien gris y frío. Muchos puestos en la calle con comida que huele fantásticamente bien, salchichas, bocadillos, panes de todos los tipos, dulces tartas. La comida alemana no es especialmente variada, pero la panadería, la bollería, la repostería resulta espectacular para alguien a quién los sequillos le parecían el colmo del arte repostero. Es verdad que era lo mejor que se podía comer en Humanes de Mohernando, eso y las tejas.


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Los ojos se me llenan de cristales

Tengo miles de historias en la cabeza imágenes que me golpean las sienes sensaciones, olores, palabras que quieren salir pero los ojos se me llenan de cristales y la boca de arena.

¡Quisiera deciros tanto! escribiros y apenas balbuceo algunos poemas.

Tengo miles de recuerdos en mi cabeza construidos con barro y sueños imágenes desordenadas en pulcras estanterías dolores punzantes y placeres intensos pero las manos aprietan agujas y la boca muerde el cieno

¡Quisiera deciros tanto! pulsar la tecla adecuada y apenas garabateo algunos versos.

Tengo miles de poemas en la cabeza sobre cristales en los ojos arena en la boca agujas en las manos una inmensa quemadura en la piel que no me atrevo a contaros.


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Hoy mientras recogía la ropa del tendedero me he descubierto hablando sin interlocutor. Por un instante me he callado, solamente dos segundos he tardado en ser consciente, callarme y resituarme sobre lo que me pasaba. Al cabo he continuado con la labor y he terminado de descolgar toda la ropa, ya seca y con ese olor que queda en los tejidos que se han secado al sol.


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Cuando nieva, llueve mucho o hace frío me da por amasar. Será cosa de la naturaleza o manía. Me inclino por esto último, o mejor, será porque amasar me da tiempo para otras cosas, para apaciguar los ánimos, para darle vueltas a la cabeza a cosas placenteras aprovechando el asunto de meter las manos en la harina. La cuestión es que hoy en plena nevada, además de una pan con masa madre me ha dado por los raviolis caseros. La masa es muy sencilla. Para cuatro personas

-400 grs. de harina de trigo.

-4 huevos batidos.

-1 cucharadita rasa de sal.

-1 cucharada de aceite de oliva.

En un bol se pone la harina, se hace un cráter en el centro y se ponen los huevos batidos la sal y el aceite de oliva junto con lo que quieras para darle sabor a la pasta, verdura triturada, tinta de calamar, azafrán, setas. Yo he puesto verdura desecada Se trata de conseguir una masa bien homogénea,, que no se pegue a las manos. Después yo uso una maquina de hacer pasta Imperia, pero se puede hacer a mano con un rodillo. Se trata de dividir la mas en dos y hacer dos cuadrados de un par de milímetros de espesor y dejarlos reposar durante media hora al menos.

Mientras reposa la masa yo he preparado el relleno con una lata de buen foie gras, carne picada, cebolla, pimienta, vegetta y romero. La he cocido en cerveza y luego la he consumido con aceite. Por último la he aplicado un pasecito por la turmix hasta conseguir una masa homogénea a mi gusto.

Ya sólo queda rellenar. Sobre una de las «mantas» de pasta he puesto con ayuda de una cucharilla una porción de relleno de forma que me ha quedado como una matriz de carne, he tapado la manta con la que tenía libre y he sellado con los dedos lo que luego van a ser los bordes de los raviolis apretando suavemente, con un cortamasa ondulado (valdría un cuchillo) he cortado en forma de rejilla de manera que me han quedado unos sellos de unos 4 x 4 cm con la masa dentro.

En una cacerola grande abundante agua (al menos 1,5 l.), 1 cucharada de sal, otra de aceite de oliva, unos granos de pimienta y una hoja de laurel, y la he puesto a cocer. He añadido de uno en uno los ravioli (si antes los pasas por harina y los sacudes será más difícil que se lleguen a pegar unos con otros y cuando estaban todos he reducido el fuego La pasta fresca se cuece mucho antes que la pasta seca; dependiendo de lo gruesa que te haya quedado, estará lista en 5-7 minutos. Ahora depende de como los sirvas, con salsa de queso, de tomate, carbonara…


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Me resisto, me resisto a casi todo y es que me parece que la mayoría de los ofrecimientos son sometimientos. Me resisto a leer mentiras en los periódicos, me resisto a pensar que no hay alternativas, a ser amable. Es un mal síntoma, es ni más ni menos que el síntoma de que las fuerzas me han abandonado, de lo contrario estaría atacando, inventando, organizando y no estaría resistiendo la lluvia mediocre. Al menos le planto cara.


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Badajoz me ha parecido como Moratalaz pero más grande. Me encanta leer en los letreros de las calles la explicación: «Hernán Cortés» y debajo «Conquistador», «Antonio Ruiz Chacón», «Poeta» y que solamente en las pequeñas ciudades de la periferia podemos seguir contemplando preciosos edificios modernistas, eso si, echados a perder. Badajoz tiene cerca de su centro histórico una calle peatonal donde Sfera, Zara y demás marcas de moda se disputan los muchos clientes que la pasean, junto a un enorme y horroroso aparcamiento. Entre las estrellas calles del centro languidecen cientos de pequeños y familiares comercios. Me quedo mirando una droguería que me recuerda a aquella en la que yo ayudaba a mi amigo Alfonso cuando era un niño, en Laredo, en los tiempos en los que ver a un menor despachar tras un mostrador no era ver un delito. Las ciudades pequeñas están llenas de carteles de corales y exposiciones fotográficas y muestras culturales a la antigua usanza organizadas por el «ateneo cultural…» o el «círculo poético…» y tienen una gran plaza central con kiosko y cenador para la banda y cafeterías con mesas en la plaza y bancos y palomas y muchas un busto de quien diera gloria a la ciudad escribiendo poesía. En las grandes hay un libertador, un general o un rey y en eso, a pesar de su fealdad y su aburrido día a día, las pequeñas ganan, porque reconocen como valor lo que se desprecia en el centro del imperio. Badajoz habla portugués y tiene cara de mesetaria y huele a Andalucía y se reconoce extremeña por alguno de sus costados. Las ciudades de frontera tienen siempre cierto aire de mezcla, de potaje, de desembocadura, más aquellas que están lejos, tan lejos del poder que veneran a sus escritores y no a sus asesinos.


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Muchas veces nos preguntamos como podríamos hacer para cambiar las cosas. Conozco a gente que se ha dejado la piel para intentar que el mundo sea mejor y en la mayoría de los casos lo único que han conseguido es una gran melancolía. Mohamed Bouzizi (محمد البوعزيزي) era ingeniero informático, tenía 26 años y se ganaba la vida vendiendo fruta en un puesto callejero en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid. Como a muchos vendedores ambulantes la policía le acosaba día sí y día también y aquél fatídico día de diciembre no pudo más y decidió quemarse vivo en la calle, como hiciera Thich Quang Duc, monje budista vietnamita en Saigón el 11 de junio de 1963 para protestar contra Ngo Dinh Diem. La acción suicida de Bouzizi cristalizó el descontento profundo que vivían los tunecinos y prendió la llama de las protestas juveniles, que acabaron con la huida cobarde, del causante de la situación, Ben Alí. Puede que nada mejorase para los tunecinos a partir de aquél momento, no lo sé y puede que la muerte de Bouzizi no sea el mejor método de lucha, pero al igual que el corazón de Quang se considera sagrado por los vietnamitas, el de Bouzizi vivirá al lado de muchos jóvenes que hoy saben lo que es acabar con un dictador. La rabia es un arma tremenda contra la injusticia.

In memoriam.


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Juanpe me encontró hace unos meses en las redes sociales y me pidió las señas. Nos conocíamos hace años de andanzas en los movimientos sociales. Nos habíamos visto fugazmente en una de mis visitas a un cliente en Madrid y poco más en los últimos 15 ó 20 años. Mi mejor recuerdo de él es cómo se reía, con qué ganas, con qué frecuencia y además que tendía a profundizar en los temas, a pensar algo más allá de lo que lo hacía y desde luego lo hace la gran mayoría. Ayer recibí un libro de poemas suyos que se llama Encuentros, con una dedicatoria: «Ah, Paco! Cuantos años, espero que encuentres algún verso útil». No era difícil porque cuesta pensar que hay versos inútiles cuando uno vive de ellos, en ellos, para ellos.

De entre todos, cinco interesantes, el comienzo de «A modo de inventario de las cosas de uno»

Mi tristeza es un foso consciente cavado a fuerza de desidia lleno de monstruos propios y trampas que sólo yo conozco.


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