Francisco Molinero

1959- Autor: @fmolinero@neopaquita.es

Una buena ensalada de pimientos rojos es muy sencilla de hacer, si bien hay que tener la paciencia suficiente para conseguir que salgan bien. Lo primero es asar unos buenos pimientos rojos, cuanto más grandes mejor, en el horno, a 150 ºC, hasta que estén dorados en la piel, blandos y su aroma sea como el de la huerta al atardecer. Pelados y cortados en tiras lo más largas posible se reservan para el asalto final. En una sartén pequeña ponemos aceite de oliva y unos dientes de ajo pelados y cortados en rodajas no muy finas. El aceite no debe calentarse demasiado, y las obleas de ajo se irán dorando hasta encontrar un color ocre momento en el cual las sacamos y las ponemos a secar para que queden crujientes. En ese mismo aceite y como previamente habremos cortados unos dados de pan, freiremos estos dados con mucho cuidado de que no se nos quemen. Igual, los retiramos y les dejamos secar. En ese mismo aceite que sigue pacientemente en la sartén, saltearemos unos piñones, brevemente y los reservamos. Esta fase suele requerir mucho mimo y atención por lo que yo en este momento, pasado el mal rato me suelo abrir un bote de cerveza, no frío, ¡helado! y me lo tomo a gañote. Tenemos, pues, unos pimientos rojos, asados y cortados en largas tiras, unas escamas de ajo tostadas, picatostes y piñones crujientes. Ha llegado el momento, terminamos la cerveza, colamos el aceite para que no queden restos del pan y una vez caliente ponemos en la sartén las tiras de pimientos y las salamos generosamente. Con cuidado y una cuchara de madera moveremos suavemente los pimientos mientras se fríen en la esencia de aceite que hemos conseguido y un momento antes de que estén totalmente fritos echaremos un buen chorreón de vinagre de módena en la sartén y terminaremos la fritura en una mezcla que más parece cocción que otra cosa. La suerte está echada. Tomamos una bandeja si es posible cuadrada, si es posible plana y con todo el mimo que nuestras manos den, colocamos las tiras de pimientos estirados como si quisieran volver a ser uno; normalmente no hace falta rociarlos con el jugo de la sartén pero esto queda la gusto de cada uno, colocamos encima las escamas de ajo, los picatostes y el toque de los piñones. Ahora un buen vermouth rojo y a deleitarse, si están bien hechos, la sensación será untuosa, ligeramente ácida y el tacto en la lengua carnoso. Como cualquier placer del espíritu, compartirlos es lo verdaderamente sublime.


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Ahora estoy a mil besos de distancia al principio de la línea del tiempo en el centro del círculo de tus ojos.

La luna me acuna la luna.

Ahora estoy deseando recorrer el camino hacia atrás volver a los límites rayo instantáneo que te devuelva mil besos atrás al final de la línea al borde del círculo de mis ojos.

La luna me ata la luna.

Ahora estoy perdido buscando el hilo la luna el círculo tus ojos.

La luna me arrastra la luna.

Ahora no estoy y los besos se han esfumado todos y cada uno cada dos cada tres.

La luna me habla la luna.

Que se pare el viento el tiempo que la luna me suelte que la luna me deje que la luna se calle.

La calle me recuerda que te quería y poco a poco tus pasos caminaron lejos más lejos mil besos más lejos.


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Hay que pasar la línea dejarla atrás.

Cada día merezco una luz nueva una voz que me ayude a romper el límite cada día merezco una luz que no me acostumbre.

Hay que pasar la línea oscura del tedio dejarla atrás.

Cada día merezco un beso nuevo una mirada que no me marque la senda que no me silencie cada día merezco un beso.

Hay que pasar la línea que nos circunscribe dejarla atrás.

Cada día merezco un agua nueva una mano que me empuje que no me detenga cada día merezco agua.

Hay que pasar la línea la soga invisible que nos han contado la dulce rosquilla que nos amansa la música entera que nos derraman repetida, repetible.

Cada día merezco una voz nueva una palabra, una revolución que me atrape que me libere cada día merezco tu voz que me llama valiente a pasar la línea que me exige y me hace hermoso, atractivo, gallardo que me empuja y me alienta que me quiere y me enseña que me advierte y no tengo miedo no tengo miedo no tengo miedo tengo una luz que me ilumina tengo un beso que me calma y tengo tu agua tu mano que me apoya y tengo tu voz que me lleva al deseo y no tengo miedo


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No hay Dios, ni dioses ni nada parecido en ningún sitio en ningún tiempo aunque la hermosura de una brizna lo sugiera y la dolorosa punzada de la muerte lo desee.

No tengo dioses a los que rezar por eso simplemente me duelo me incomodo me enfado me entristezco.

Humano, demasiado humano.


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Siempre he sido un poeta de guerrilla no por revolucionario que me he enredado más en las cosas de entenderme que en las de cambiar el mundo.

Siempre he sido un poeta de guerrilla por el monte solo disparando palabras y huyendo esperando una victoria final imposible.

Siempre he sido un poeta de guerrilla y ya no tengo fuerza ni palabras ni tan siquiera objetivo.

Deambulo como un maqui furtivo como un José Castro al que nadie hace caso sin un poema sin un verso sin una palabra sin una flor que llevar a su homenaje.


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Tu piel de mariposa tantas veces dibujada por mis dedos recortada contra la luz, contra las sombras en blanco y negro tu piel de mariposa que me llama adentro me reclama tan despacio como es capaz tu piel de mariposa es solo una línea un ancla, una caja, una sorpresa y nada, al final nada, solo polvo.


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Me recuerdo mirándome en tus ojos marrones buscándome en lo más profundo de tu mirada escudriñando la posibilidad remota de que me quisieras.

Ahora no tengo anhelos que no pueda satisfacer ni siquiera el deseo de dormir sobre tu regazo deshojo la margarita del tiempo con tal parsimonia que adormezco la ira, el inmenso dolor de la pérdida masticando el silencio como coca.

Me recuerdo esperándote sentado en el muro de piedra horas y horas para verte pasar solamente un instante hermosa, tan hermosa como pasa una diosa entre la jara tan distante mientras me rozabas, que notaba el abismo en cada pliegue.

El tiempo ha seguido quebrando la piedra granítica del muro de la espera de forma imperceptible segura implacable.

Por eso la piedra no te recuerda ni se mira en tus ojos marrones ni te ama ni te anhela.


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He cruzado el mundo contigo al menos el tramo entre tu risa y la felicidad.

La tierra bajo los pies y el cielo en nuestra cabeza.

Me miras y sonríes.


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Oviedo, el centro de la ciudad, es un conglomerado de plazas y plazas alrededor de la catedral. Plazas agradables para el paseo. He tenido la sensación de que Vetusta se mostraba como Clarín la veía, aunque me ha faltado el contacto con los ovetenses para ver si las malas artes que les atribuye en La regenta siguen siendo.

Procesión mínima con dos pasos y muy buena comida que se acompaña estupendamente de sidra natural tirada con maestría por una camarera sudamericana que no parece haber sucumbido a la imposibilidad de la integración. Demasiadas esculturas con personajes literarios. La visita obligada a San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco que te permite no sólo contemplar dos edificios prerrománicos singulares, sino Oviedo desde el aire, remata un paseo por Asturias agradable.


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Me gusta dormir desnudo, acostado en tu regazo adormecerme frente al mar dormitar.

Me gusta soñar que sueño sintiendo la brisa en mi costado y tu me acaricias tan levemente que apenas te siento, tan solo te sueño.

Me gusta sentir tu pelo, tu tacto tibio. Acostado en tu regazo no tengo miedo. Acostado en tu regazo, durmiendo en tu fragancia envuelto sueño un sueño dulce y eterno y ya no tengo miedo.


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