Oviedo, el centro de la ciudad, es un conglomerado de plazas y plazas alrededor de la catedral. Plazas agradables para el paseo. He tenido la sensación de que Vetusta se mostraba como Clarín la veía, aunque me ha faltado el contacto con los ovetenses para ver si las malas artes que les atribuye en La regenta siguen siendo.
Procesión mínima con dos pasos y muy buena comida que se acompaña estupendamente de sidra natural tirada con maestría por una camarera sudamericana que no parece haber sucumbido a la imposibilidad de la integración.
Demasiadas esculturas con personajes literarios. La visita obligada a San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco que te permite no sólo contemplar dos edificios prerrománicos singulares, sino Oviedo desde el aire, remata un paseo por Asturias agradable.
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Me gusta dormir desnudo, acostado en tu regazo
adormecerme frente al mar
dormitar.
Me gusta soñar que sueño sintiendo la brisa en mi costado
y tu me acaricias tan levemente
que apenas te siento, tan solo te sueño.
Me gusta sentir tu pelo, tu tacto tibio.
Acostado en tu regazo no tengo miedo.
Acostado en tu regazo, durmiendo
en tu fragancia envuelto
sueño un sueño dulce y eterno y ya no tengo miedo.
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Me gusta andar descalzo
sentir la luz bajo mis pies
que deja un pasado,
apoyarme en los calcañares
coger arena con las manos
ver cómo se escapan los sueños
entre los dedos.
Me gusta andar descalzo
sentir cristales bajo mis huesos
parar
sentir
la luz atrapada bajo mis pies
el aire que huye
los sueños
la arena
el agua fría
la luz cautiva
entre los dedos.
Me gusta andar descalzo sobre tu cuerpo
pararme a beber
luz atrapada entre los recuerdos.
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Dejamos Estambúl con la sensación de humedad y de calor. Ha llovido durante la mañana y estamos pegajosos y cansados.
Llegamos a la estación de Haydarpasa en el lado asiático de la ciudad y aguardamos pacientemente que preparen el tren. Karadolu Expressi es el nombre de un tren moderno y cómodo que por 15 euros nos llevará hasta Ankara en cómodas literas durante la noche. Aire acondicionado y un vagón restaurante que por otros 9 euros te da una cena mucho más que aceptable, completan un cómodo viaje hacia Anatolia. Es la primera noche que a las cinco de la mañana no nos despierta la invitación a la oración. Alá es grande.
No hemos parado en Ankara. Se ve una ciudad moderna con edificios oficiales, embajadas y grandes avenidas, pero no nos interesa.
Un coche alquilado nos ayudará a recorrer los 300 Km que discurren por carreteras entre campos que nos recuerdan a Castilla, vendedores de melones y restaurantes de paso donde el té y el pan recién hecho es gratis y la amabilidad es un regalo que se agradece.
Nevsehir es una ciudad mediana y poco interesante que sin embargo abre las puertas de la cappadocia. Göreme es el centro de un mundo mágico, donde dicen que las hadas vivieron con los hombres. Produce melancolía pensar por qué se fueron las hadas.
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Para qué quiero un amor equidistante
una amistad que se toma tiempo
que retrocede prudentemente
una amistad calculadora
si necesito un trueno
un brazo fuerte
un manantial que me ahogue.
¡Para qué necesito unas manos limpias!
si quiero barro en las entrañas
y unos ojos que me interroguen.
Luego la noche me dejará solo
y la distancia no me salvará
ni siquiera de mi
ni de mis sombras.
No necesito un amor equidistante
deseo una mano fuerte
un brazo donde escapar
un abrazo que me ahogue, que no me suelte
que no me deje perderme de nuevo en la tristeza
que me retenga, que me quiera
que me diga que me quiere, un abrazo eterno
un calor que se meta dentro
que me reviva, me traiga más acá de los muertos.
No me vale el silencio.
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Esa mujer tenia una religiosidad pequeña
suficiente para ubicarla en un universo atronador
mantenerla indemne de cualquier desdicha
el corazón refugiado en su rezo diario.
La vida busca los días pacíficos.
Esa mujer tenía un dios inexistente
suficiente para anclarla a la tierra
mantenerla centrada en un caos evidente
el alma protegida por la liturgia sencilla.
La muerte se desliza entre la luz
Esa mujer tenía una fe hecha a su propia altura
suficiente para acogerla tibia y agradablemente
mantenerle alerta ante las tormentas
la conciencia tranquila tras la verdad revelada.
La vida y la muerte le rondaban
y solo le protegía una fe pequeña en un dios inexistente
y la fuerza de una mujer.
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Los serbios se miran a los ojos cada vez que brindan y lo hacen con cierta frecuencia, bien con rakia o con cerveza. En ese gesto intentan saber por tus mirada si mereces la pena, si eres de fiar o si tendrán problemas contigo. No sé cuantas veces serbios, bosnios, croatas y demás yugoslavos se habrán mirado a los ojos y en el fondo de sus retinas habrán visto que había un poso de odio.
Serbia es un país llano, muy llano, que trata de salir del mal bache de sus guerras con los vecinos, de los bombardeos de la OTAN que aun se reflejan en algunos edificios de su capital, la ciudad blanca (Beograd) y de la borrachera de Milosevic y sus secuaces. Branco una vez me dijo que la culpa de las guerras las tuvieron los habitantes de los pueblos y yo he estado unos días con ellos y pudiera ser que fuera verdad, pero no vale refugiarse en ello sin constatar que los jóvenes de Belgrado o de Novisad vivían de espaldas a todo lo que se cocía en esa inmensa llanura llena de maíz.
Miodrag y Milanka nos acogieron en su casa de Mayur cerca de SabaÇ y nos dieron todo, su cama, su ropa, su comida y su cariño, así cada vez que en el desayuno, Mikitsa me miraba a los ojos para brindar con la pequeña copa de rakia, yo deseaba con toda mi alma poder demostrar que soy una buena persona.
En tan pocos días no se conoce un país, apenas una escapada a Bosnia, visita a Novi Sad y paseo por Belgrado no son suficientes para sacar grandes conclusiones. Llaman a Europa pero no quieren arrodillarse, me lo dijo Mikitsa y sé, porque lo he visto en sus ojos, que no debemos hacer que se arrodillen. No se lo merecen.
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Bilbao era una ciudad amable. Al menos la zona que recoge la hoz de la ria. Mezclada de viejo y nuevo, sorprende que apenas tuviera pintadas y tiene un cierto aire de tranquilidad. Luego está el estilo «señorial» de los bilbainos con esa pose de pisar un palmo por encima del suelo. En aquella visita me tocó visitar no solo la ciudad, sino los pueblos de alrededor y vivir esa mezcla agobiante de industria y casas que hacen de Derio, Zamudio, Mungia, poblaciones perdidas para la belleza.
Las siete calles mantenían la pulsión de una buena comida y de un trato exquisito por parte de camareros o restauradores, como se quiera llamar. Me traje sobre todo una ventresca de bonito sobre cebolla templada, recubierta con pimientos de cristal y salsa de manzana.
Entré en el Guggenheim y me llevé la sorpresa de encontrarme un museo vacío, con no más de quince o veinte personas, así que pude pasear tranquilamente por las esculturas de Serra y disfrutar de la presencia del acero rotundo y de sus naranjas imponentes. Como postre una exposición sobre retratos, luego caminar por la ciudad y perderse, que fue lo que hice, de manera literal.
Perderse es una tentación.
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