Francisco Molinero

1959- Autor: @fmolinero@neopaquita.es

A palo seco

Se dice cantar a palo seco cuando se hace sin guitarras, ni palmeros, ni jaleadores. Cantar por derecho, solo la voz y el silencio suficiente para hacerse oír. Cantar a palo seco es hacerlo al desnudo, sin protección, de manera que la voz suene y resuene, que el verso se imponga a la floritura. Se canta a palo seco cuando hay que decir lo importante, para que nada entretenga, para centrar la vida sobre lo que interesa. A palo seco el cantaor se expone para demostrar hasta dónde es jondo, hasta dónde puede.

A palo seco: Asesinar a un terrorista no es justicia.


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¿Entonces, no volverás hasta dentro de varios meses?

Quizá no vuelva. Ya sabes cómo son estas cosas.

Déjalo de una vez, hazlo por ti, o mejor aun, hazlo por mi. Estoy harta de no saber si lo que estoy viviendo es preludio de una ausencia, una despedida para siempre o simplemente un paréntesis.

No es tan sencillo y lo sabes; el oficio de matar no tiene salida de emergencia. Quizá cuando esta guerra escondida termine pueda pensar algo, inventarme una escapatoria que nos permita vivir, pero por ahora no. Sencillamente no.

La luz de la mañana había empezado a colarse entre las rendijas del estor y Brno se dibujaba en el horizonte. Goriac besó la espalda de Nadia intentando transmitir algo de paz, recogió las sábanas que se habían arrugado a los pies y cubrió suavemente a la mujer que pudo haber matado y que ahora calmaba su ira entre misión y misión. Luego el viaje, la ira, la muerte y un regusto innecesario en la boca.

La boca que buscaría a Nadia en otro hotel de otra ciudad de otro país.


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El impulso de la mariposa

En cada cosa que hacemos, de alguna manera, hay una necesidad de permanencia estéril, una voluntad de trascendencia más allá de lo material, lo cotidiano, lo que realmente es. Tenemos un deseo de dejar huella que nos convierte en babosos caracoles y por eso nos hace lentos, íntimamente ligados al suelo. En cada acto cotidiano subyace estructuralmente una pulsión cercana al delirio que nos anima a ser recordados como mejores. Morir es lo estructural y el recuerdo de nosotros es la huella deseada. ¿No sería mejor intentar volar cada día, sin más? Recuerdo los años en los que la cuenta era positiva, animada, futurible y sin embargo he olvidado el momento exacto en el que la curva del tiempo alcanzó el cénit, el horizonte iluminado, revelador.

Deberíamos tener el impulso de la mariposa y su utilidad instantánea de belleza frágil, la innecesariedad de de ser recordados al estilo de una estatua de mármol, un nombre en una calle, un discurso aniversario. Solo trascendemos cuando el deseo es solo de ánimo presente, entonces nos despegamos del suelo tan sutilmente que la performance es perfecta, maravillosa, épica, finita, humana.


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Me ha parecido que las cosas ya estaban tranquilas. Hace varios días que no se oyen disparos y algunos vecinos han conseguido salir a la calle y volver. Volver es el reto, volver indemne, aunque el miedo se haya agarrado a los huesos y duela durante días. Los valientes o los desesperados se aventuran entre las callejuelas, se cruzan con otros asustados y no se dicen nada, si él ha venido por aquella calle, piensan, es que no hay francotiradores. Un paso, otro, así hasta llegar a un improbable éxito, a una dirección donde antes del estallido vendían medicinas. El niño ya no aguanta más, la diabetes le consume y la insulina es oro, por eso el miedo, las carreras, el estómago encogido hasta llegar a la destruida farmacia, golpear suavemente la puerta y desear que le abran, que le atiendan, que aun queden medicinas.

Mi madre murió hace meses, pero aun no hemos podido llorarle. No hay lágrimas, ni tiempo y como defensa, aunque de manera involuntaria, desde el día, desde la mañana que murió, todos hemos dejado de hablar de ella. Yo el primero, pero me asalta su imagen, los últimos días, verla respirar, la vida era solo respirar, como si hubiese un número de veces que hubiera que exhalar, una cuenta indefectible con la que hay que cumplir, un designio, una tarea, la obligación de la vida llevada hasta el recuento final. Cuando estoy sola la recuerdo esperándome, deseando mi contacto y mi aprobación y aunque me suben lágrimas desde el estómago a los ojos aun no la puedo llorar. ¿Cuánto tiempo tardamos en enterrar a quienes queremos?

Me ha parecido que las cosas ya estaban tranquilas, apenas se oyen a lo lejos los morteros que nos machacan desde el otro lado del río, por eso me he decidido a llegar hasta el parque, pasar la plaza entre cascotes, la calle donde murió el veterinario y alcanzar los parterres o lo que de ellos han dejado la metralla y la pólvora. Tenía necesidad de escribir y desde hace meses no lo sé hacer si no es al aire libre. Aquí rodeada de todos nuestros «amigos», empeñados en querernos a base de bombas, tenía que escribir en un papel que la vida siempre pende de un hilo y cada uno debería poder decidir cuando corta el cordón que le une al resto.

Mi madre murió hace meses y hasta este momento no he podido hablar de ella. ¡Hay tanto dolor en la ausencia!


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A Luis la vida le ha dado la espalda antes de tiempo y ha tenido que pelear varios meses contra el dolor y la resignación. No creo que las cosas materiales ayuden a nadie a ser feliz y solamente reconforta aquello que nos llega dentro, allí donde se esconde el alma, sea esto lo que sea en nuestro cerebro. Le pasé a Olga, su hija y mi amiga, un libro mio de poesías, deseando que no abandonara la lucha. Mis poesías son lo más preciado que poseo, la obra minuciosa que gota a gota ha ido saliendo de mi cuerpo y desde la soledad de quien escribe y no escucha el rumor de las palabras en quien lo lee, pensé que quizá le pudiera servir de bálsamo en esos trances.

Esta semana dejó de luchar y estuve brevemente velándole junto a su familia. En un momento Olga me dijo que Luis tenía en su mesilla del hospital mi libro de poesías. Lloré. Ahora sé que escribir tiene sentido y que cuando se cierra el círculo y sabes que tus palabras han alimentado el alma de otro, el silencio no es tan importante. Al menos una palabra, al menos un verso, al menos una persona y todo termina cobrando forma y sentido.

#EscribirParaQué


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Es verdad que me has escrito, ¡tan sencillo hoy en día!, cómodamente con el laptop en tu regazo, simplemente unas frases que huelen a disculpa, a moho espiritual. Todo esto es verdad y que la huella de lo que supuso nuestra sociedad de solitarios, tejió más redes que las que el tiempo y una muy mal disimulada frialdad pueden desanudar. Tan verdad como que me he decidido a coger mi vieja estilográfica, la he limpiado despacio, con tanta minuciosidad como he podido y después de rebuscar entre las cajitas de madera que guardo en el armario de mi despacho, la tinta del color que me gustaba, la he recargado como si se tratara de una Magnum, para escribirte esta carta.

Y he querido que sea así, a la antigua, por correo postal, con su sobre y sus señas y su sello con los bordes en forma de medios círculos, para que tarde unos días en llegarte y así mi espera y tu desconocimiento jueguen al ratón y al gato del tiempo. No quiero que me escribas más, no quiero que busques y rebusques las palabras más frías del orbe, las más insustanciales y aparentes para parecer interesada; al recibo de la presente espero te encuentres bien, como se decían mis padres cuando escribían, yo bien, gracias a Dios, lamiéndome las heridas tantos años después, porque hay cosas, hay momentos que se olvidan mal y lo sé por experiencia de cuando estuve en el ejército, hay momentos que se reservan una esquina de la memoria para mirarte cada día desde la penumbra y recordarte que estás herido, que las cosas que antes eran sencillas, las que estaban al alcance de la mano o del deseo, ahora parecen haberse mudado al último anaquel de la alacena, inalcanzables como si se tratara del chocolate con almendras de casa de mis tíos.

No quiero saber más de ti, ni de tu vida, ni siquiera por si ocurre finalmente que alguien, algo, alguna situación te llevan, como me llevaste tú al dolor, no quiero saber si te mudas de ciudad o si te casas al fin, o si el cáncer de mama con el que soñabas, al que temías, anda creciendo poco a poco en tu pecho; no quiero saber nada y así podré imaginar, imaginarte a mi conveniencia o incluso mejor, podré olvidarte y recordarte según el día; azul olvido marino, gris recuerdo marengo, imaginar que vuelves o que te vas definitivamente, crearte alta o blanca o cóncava, imaginarte amante o distante como casi siempre. No quiero que la realidad me castigue más, prefiero que las cosas se me adapten, me respeten y sé que necesito para ello cortar el hilo que nos une desde el primer beso, ese beso que no querías darme y que yo no debí robar nunca de tus labios, ese y todos los demás, los que fueron carne y pasión y los tibios, los huidizos de los últimos seis meses y medio. No quiero oírte, ni verte, ni tan siquiera que el olor de tus manos de una u otra manera me despierte de nuevo y por eso te escribo esta carta, para suplicar tu ausencia, para siempre, desde ahora.

Almond – París 1975

Nota manuscrita del oficial de policía: El presente documento (carta) se encontraba en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta de Mr. Robert cuando se le encontró junto a la estafeta de correos de la Rue Villard.

*Esta carta manuscrita y la nota posterior han sido traducidas por el traductor jurado Antonio Garman Real nº de colegiado 26.207, en Madrid el 28 de octubre de 2009 a petición de Amelia Catalia Millán y a los simples efectos de su custodia como recuerdo y sin valor legal ninguno.


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Lorena no había terminado de acuchillar a su amante, estaba en ese mismo instante limpiando el cuchillo de sangre con su falda plisada de color beige, mientras él se retorcía en cuclillas junto al aparador de madera, con una mano tapando una enorme herida del costado y la otra en el suelo, en el centro de un enorme charco rojo bermejo, pensaba si realmente el tajo se lo merecía ella y no él y mientras observaba como la respiración se le iba dificultando deseó con toda su alma no haberle invitado nunca a pasar, no haberle sonreído. Daba igual, Lorena no aprendía nunca y en este caso como en los ocho anteriores el final se escribió al comienzo de la primera palabra de la primera línea. Lo demás fue relleno, relleno innecesario, gris, como en todas y cada una de las veces anteriores. Ahora quedaba lo peor: envolver el cadáver, cavar un hoyo profundo, enterrarle y limpiar las baldosas junto al aparador, arrodillada y utilizando productos que la disgustaban. En las semanas siguientes la tortura era el olor a sangre, en la ropa, en las manos, la sensación de que algo se había quedado entre las uñas, el ambiente sutilmente metálico al entrar en el saloncito y por eso la necesidad de encender palitos de incienso con aroma de sándalo. No se acostumbraba a pesar de todo y aunque se conjuraba a sí misma para no volver a caer en la tentación, apenas transcurrían seis, ocho meses a lo sumo, ya estaba en la bolera, acodada en la barra, con su refresco de lima y mirando los que jugaban de manera que no se dieran cuenta.

La víctima era ella, su incapacidad para decir que no.

#UnaHistoriaCircular


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Juliana, la persona que ha terminado dando forma al libro y que nos ha regalado dos preciosas ilustraciones, me dijo un día, cuando hablábamos sobre la imagen de la portada, que un accidente aéreo, la imagen de un avión destrozado tenía «mal feng-shui», que no le vendría bien al libro. Espero que no tenga razón. Ella es más mística que yo, y posiblemente conecta con fuerzas que a mí la naturaleza me ha vedado. Yo simplemente soy un pesimista, un pesimista empedernido que hace años se quebró. Bastaron unas semanas de desgarro personal, de descenso a los infiernos, para desmoronarme como un castillo de naipes. Más tarde tuve que aprender a atravesar un desierto en el que la arena era la misma nada. Después aprendí a sobreponerme al desastre diario que supone vivir para mi, a reorganizar ese interior que se desmorona desde el mismo momento que empieza el día, a aumentar la entropía antes de que llegue a cero y el deseo le dé paso al desánimo, aprendí a vivir aguantando unas ganas enormes de llorar en cualquier momento del día, a sentir la piel de gallina si alguien me dice que me quiere.

De esto habla el libro; quizá para decirlo con algo más de precisión, este libro es el resultado del rescate que la poesía me brinda para no desaparecer, confundido entre los minutos como un proceso temporal que no conduce a ningún sitio. Y así os digo en alguno de los textos, que no hablo de mí, hablo de utilizar un espacio interior de otra manera, de volverlo a pensar, de encontrar la forma de hacerlo habitable después de que quede arrasado cada día. No hablo de mí, hablo desde mí, desde dentro de una habitación vacía donde las palabras tienen eco. No hablo de mí, hablo del espacio que contiene un vacío, aire, luz, distancia, hablo de la luz que emite cada cosa, de la distancia que hay entre una piel y otra piel.

No hablo de mí, quería hablar de ti y ver si mis palabras te acertaban, conseguían moverte, conmoverte, emocionarte, conmocionarte, comprobar si tú también estabas remodelando ese vacío que deja vivir, cada tarde.

No hablo de mí, no solo de mí, no solo; hablo de todo lo que me parece que es importante, lo que es sustancial, lo absolutamente estructural, aquello en lo que podría basarme para construir una vida menos efímera, por eso hablo de sexo, por eso del miedo, por eso de ti. No hablo de mí, me hablo a mí para poder escucharme vivo.

La vida son palabras, y yo solo puedo vivir cuando las pienso y las escribo; el silencio es simplemente la construcción del próximo verso.

#ArquitecturaInterior


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¿Cuántas palabras llevamos dentro? Aunque la pregunta está mal planteada, hace tiempo que me obsesiona. Nunca he sentido durante el proceso creativo que estuviera creando algo nuevo; siempre he tenido la sensación de estar recomponiendo una única idea que no termina de tomar forma tal y como la deseo. ¿Cuántas combinaciones de esas palabras que llevamos dentro, podemos componer? y desde luego, lo fundamental: ¿cuántas de ellas realmente son hermosas, brillantes, conmovedoras? No tengo la respuesta.

Después de la edición del libro Arquitectura Interior tuve la sensación de que había agotado todas las palabras que pudieran existir en algún pliegue de mi cuerpo, la sensación del vacío, y acompañando de forma íntima, un sentimiento enorme de inutilidad. Embarcarme en la aventura completa de escribir, editar, publicar, vender, ha sido interesante y muy, muy extenuante sentimentalmente. ¿Qué voy a hacer si ya no tengo palabras? Así que ahora, un par de poemas después de un silencio prolongado, estoy reubicando mi alma en un paisaje más amable. La perspectiva de que no he terminado, no he encontrado el único poema que merece la pena escribir, empieza a rondarme las manos y aunque se muestra borrosa, esquiva e incluso dude ante la posibilidad de que sea prosa y no verso el vehículo, parece algo menos inquietante.

Os escribo esta carta, lectores silenciosos, para no prometeros nada, porque aun me duelen las cicatrices de cada poema que tuve que ir a buscar. Os escribo esta carta para deciros que sigo vivo y no me refiero a la carne, sino que creo ser capaz de sembrar el mimbre de donde sacar el tallo con el que crear la flecha que os alcance el centro. Os escribo esta carta para pediros que seáis pacientes porque aun me siento débil, convaleciente y puede que no llegue puntual cuando me necesitéis. Os escribo esta carta porque os quiero y os necesito, porque un poeta no es nada sin un lector, al menos uno que le escuche cuando encuentre esa combinación hermosa que lo explique todo. Os escribo para no sentirme solo, asustado por si no tuviera nada más que escribir, temeroso de que lo hubiera dicho todo y sin embargo nada de lo dicho hubiera sido necesario. Os escribo por necesidad.

Os escribo.

#Después


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Nunca pudo imaginar que esto le pasara a él, pero lo cierto es que se encontraba en un país extraño, con una mujer que no hablaba su idioma y lo único que sabía es que ella moriría si dejaba de contarle historias.

Al principio le pareció simplemente algo absurdo, irreal y desde luego falso, pero empezó a comprobar que cada vez que dejaba de hablarle, su salud empeoraba, el color de su piel, ligeramente morena cuando oía su voz, iba palideciendo hasta mostrar claramente todas las venas violáceas. Empezó contando cuentos infantiles que recordaba, Pedro y el Lobo, Caperucita, después le narró su vida, su infancia desenvuelta y feliz, sus primeros amores, el trabajo, la frustración; ella cada vez que comenzaba una historia abría sus ojos y sonreía y si la historia era larga su respiración se volvía calmada y apenas ruidosa. Poco a poco tuvo que empezar a inventar historias y lo que había empezado casi como una condena, ejercer de curandero con las palabras, se tornó un ejercicio liberador, y cada palabra que derramaba sobre ella se le volvía salutífera a él. En la aldea le llamaron el hombre que habla y con el tiempo aceptó su situación olvidándose de todo lo que su vida había sido hasta el momento en el que se perdió entre aquellas montañas. Ainna le empezó a coger la mano una noche mientras le relataba una supuesta aventura en el polo de un puñado de aventureros y en la sonrisa que le dedicó, él quiso ver todo el agradecimiento que alguien puede dispensar a quien el mantiene vivo; aquella historia fue tan larga, tan intensa, tan bien trabada que por un momento soñó que fuera la historia que terminará de curar definitivamente a su paciente. Luego empezó a sentir la angustia de no poder seguir inventado, de que las palabras no vinieran a su cabeza con el orden adecuado, que no tuvieran sentido o que simplemente perdieran fuerza al ser lanzadas al viento y cada vez que se acercaba al lecho de Ainna sin saber con qué palabra empezaría, el estómago se le cerraba y la boca se quedaba seca; mientras hablaba y recorría los mundos irreales del amor, la intriga, la descripción de los paisajes y de las personas, la disección de los sentimientos que hubiera tenido y aquello que solo imaginaba por lo que había leído o visto en las películas; pensaba en si había un número infinito de combinaciones posibles o todo lo que se podía decir estaba previsto; pensaba si decir amor era más saludable que decir odio, o realmente esto no era importante sino como se utilizaran las palabras, dudaba si las historias debían tener un final feliz o lo único importante era la tensión con la que se desarrollaban los acontecimientos.

Fueron años de historias y de palabras y Annia sobrevivió.

#ElHombre


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