Francisco Molinero

1959- Autor: @fmolinero@neopaquita.es

Compartir y ser compartido; la sensación de plenitud al recibir tanto o más de lo que das. Tres niveles para el crecimiento: el físico, el intelectual, el sentimental. Compartir lo físico, rozar y ser rozado, acariciar, besar, oler al otro. Compartir las ideas, construir proyectos, rebatir y discutir, puntualizar, estar de acuerdo, disentir, iluminar y apagar reflejos. Compartir los sentimientos, amar y ser amado, desear, mirar con los mismos ojos, sonreír y que te sonrían, llorar y encontrar regazos.

La pasión por crecer se alía, se entreteje, se implica. La pasión crece.


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La estación Pavelevskaya aun tenía los aires de grandeza propios de la época soviética y como el resto del país una pátina de abandono que a los ojos de los rusos era lacerante. Abajo en el vestíbulo principal un policía con aire aburrido controlaba que nadie que no tuviera billete pudiera acceder al piso superior. Arriba un gran mural sobre la revolución, los trenes y las regiones desde las que se podía llegar saliendo de la estación, Voronezh, Tambov, Volvogrado, Astrakán, recorría el frontón del inmenso salón.

La primera vez que fui tuve la extraña sensación de haber retrocedido a la España de Franco y encontrarme frente a las gigantescas estatuas del Valle de los Caídos o al mural de la universidad laboral de Gijón. Hombres fornidos que abrazan enormes gavillas de trigo, mujeres resueltas que acarrean grandes banastas de verdura, tuercas y engranajes descomunales y al fondo una mina desde donde los obreros en camiseta y con casco extraen a la tierra lo que habrá que repartir de forma equitativa. Presididos por semejante representación, el salón de al menos cien metros de longitud está abarrotado por varias hileras de sillas de plástico bajo una luz mortecina que en algunas zonas es solo penumbra y al fondo brilla con especial fuerza una cafetería que muestra algunos bocadillos y refrescos.

Tengo ganas de ir al servicio y mi ruso apenas llega para saludar. Es evidente que todos me miran pues se reconoce mi procedencia extranjera y yo me procuro un sitio desde el que no sea fácil verme intimidado y no pierdo el control de la maleta ni un solo instante. Soy un espía y tengo una cierta sensación de miedo que hace que me parezca que todos los hombres allí planean algo contra mí. Respiro tres veces profundamente, evalúo lo que pasa y saco mi diccionario de bolsillo para intentar comunicarme con alguien y que me indique como encontrar los lavabos. Ya llevo un rato acostumbrándome al cirílico y después de leer todos los carteles que veo, ninguno me parece el que debería ser. No hay iconos de hombrecillos, mujeres, tenedores o similar así que no me queda más remedio que preguntar.

Esta decisión me llevará a conocer por pura casualidad a Luba, con sus vaqueros, sus botas de agua, el pelo negro y liso y unos ojos que iluminaban todo el salón. Estaba leyendo un libro y me pareció que siendo una mujer me sería fácil comunicarme con ella.


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Cuando hago las lentejas estofadas corto una patata en cuadraditos muy pequeños, pelo una zanahoria y la corto en rodajas, un buen trozo de cebolla muy picadito, y al menos medio pimiento verde, grande, en tiras que luego hago cuadrados. Pongo un poco de aceite y le añado todo lo que he preparado antes y además un diente de ajo entero, un pimiento rojo seco (me gusta echar unos que me trajo Ame de México) y una hoja del laurel que traje de Laredo y planté junto a la ventana de Serguey. Hago un sofrito con todo muy lento en la cazuela y cuando me parece que su olor es agradable, su aspecto tierno y el ajo lo he aplastado para que no aparezca en el plato, le añado las lentejas y agua abundante. Antes, cuando yo era pequeño, recuerdo que las lentejas se ponían a remojo por su sequedad, hoy no es necesario. Se puede añadir un chorizo y algo de tocino, pero sin ellos también están estupendas. Las cuezo a fuego muy lento (en mi cocina en un rango de 12 posibilidades las pongo al 5) durante una hora o más, depende de las lentejas, probando con una cuchara pequeña de vez en cuando y aprovechando para oír, por ejemplo, el Adagio en Sol menor del veneciano Albinoni, que es una música que acompaña plenamente a un estofado. Estofar o estufar, que se debería poder decir, es cocinar un guiso lentamente y tapado para que no pierda el aroma.

Cuando me parece que están tiernas y el caldo trabado, añado la sal y un poco de pimentón.

PS. Algunas dificultades

No se puede crear nada, aunque si es verdad que podemos reunir las partes suficientes de algo que parece ser. Parecer y ser se parecen, son palabras que nos traicionan y reflejan actitudes. Solamente aspiramos a poder crear cosas que parecen.


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Los optimistas siempre gozan de buena prensa, son admirados, elogiados: «es un hombre encantador, siempre está sonriente…», nadie se siente en la obligación de decirles que convendría que moderasen su actitud para hacerla algo más pegada a la realidad, aunque se excedan con tanto feeling positivo, nadie teme que esa manera de afrontar las dificultades pueda tener consecuencias indeseadas para ellos o para los demás; para los pesimistas, los tristes, la cosa es diferente y para mal.

Hay mucha gente que cree que lo hacemos a posta, que nos entristecemos por voluntad propia, para joder al resto de los mortales y menos mal que ahora la medicina ha conseguido redimir a nuestros extremos los deprimidos y el personal admite que su falta de ganas de vivir no es fingida, sino un sentimiento que se manifiesta físicamente.

Nadie quiere convivir con una persona que no es capaz de ver el lado positivo, con los que cuando tenemos suerte miramos para atrás y para arriba por si la cosa se tuerce, y es normal, lo saben los publicistas que siempre nos sacan gente guapa, delgada, feliz cuando tienen las cosas que nos quieren vender, lo saben los empresarios que prefieren jóvenes con espíritu emprendedor que mujeres u hombres con ojo crítico, es vox populi, pero para nosotros, para los que el más mínimo revés es un golpe definitivo, la sensación que tenemos es de ser tratados injustamente.

Algunos luchan contra esta exclusión social con fármacos y, que curioso, parece que no hay ningún fármaco para aquellos que se ríen de todo sin darse cuenta de lo que pasa realmente; yo no soy partidario y lo he hablado algunas veces con amigos consumidores, pero soy muy respetuoso y creo que cada uno debe tener el derecho de luchar contra este mal social como mejor pueda aunque haya quien opte por quitarse de en medio sin más y desoyendo las enseñanzas de la santa madre iglesia decida sin permiso de dios. Antes a estos ni los dejaban ser enterrados en los cementerios, que hasta aquí podríamos llegar, bien está que los aguantemos en vida, pero si atajan… que los aguanten en la otra los de su palo y luego están los que buscan «otros estados de consciencia» o dándole al vino o los más sofisticados con poderosos químicos.

Yo estoy por intentar quererme como soy, triste, depresivo y cada vez que veo el lado negro del futuro callármelo para que no me llamen agorero y procurar no molestar, ni poner malas caras, ni enfadarme más allá de la defensa propia, pero no es fácil dar el pego, hacerse de la secreta de los sentimientos, meterse en el armario, siempre algo de droga hay que tomar y mientras voy cortando amarras con las amistades y espero ese día en que vea como un amigo aconseja a otro: «lo que tienes que hacer es tener una actitud un poco más negativa, hombre, que luego la realidad es muy obstinada».


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Recordamos aquello que tiene interés para nosotros. Somos selectivos por necesidad, pero lo cierto es que todos los datos permanecen en nuestro cerebro casi siempre correctamente almacenados esperando esa utilidad. A veces una imagen hace saltar los códigos y hasta los olores se sienten de nuevo, por alguna razón revivimos esos datos y lo hacemos en forma de sensaciones, de sentimientos.

Soy una persona desmemoriada, de hecho me cuesta recordar los nombres de las personas que se me presentan en las reuniones sociales o laborales, así que he aprendido que lo que realmente me pasa es que me interesan poco. Sin embargo si he ido a un sitio lo reconozco, sé volver, lo ubico en mi gps mental, lo almaceno rodeado de la luz, la temperatura y sobre todo las sensaciones que tuve al visitarlo por primera vez. Recuerdo con una vividez asombrosa los sitios y sobre todo, las situaciones en las que las personas con quien estaba produjeron en mí, sentimientos fuertes, amor, odio. No guardo recuerdos en el sentido físico, no tengo cartas, ni regalos que me hicieran, no conservo los juguetes con los que crecí, como si fuera un nativo norteamericano de aquellos de las películas del oeste de por la tarde, tengo la sensación de haber pasado mi vida borrando el rastro tras de mí para no ser encontrado. Esa es la sensación de huir, de viajar sin maletas, de reconstruir la vida en otra parte, en otra ciudad, cambiar de nombre, de pasado, de historia y eso requiere que los rastros sean borrados concienzudamente.

Solo me queda en mi cabeza la historia fotografiada, oída, tocada. Está intacta. Es íntima y tiene enlazada en un hilo una a una las cuentas del collar de una historia.

Hace tiempo que no borro el rastro, ahora solo espero a que mis perseguidores den conmigo.


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La tarde transcurrió de manera inevitable. En aquella pequeña y destartalada habitación de un bloque inmenso de las afueras de Ivanovo, Luba permaneció callada durante horas y Román se quedó dormido en su regazo esperando que la nieve que iba cubriendo la calle parase de una maldita vez el tiempo.

Cuando ya casi anochecía ella le miró tan tiernamente como podía y por señas le apremió para que se vistiera. No había más tiempo ni más silencio que compartir y además el pequeño cuarto en breve estaría ocupado por sus moradores que estaban haciendo tiempo para dejar a la pareja pasar aquella tarde.

Minutos después se despedían junto a la parada del autobús y esa es la última vez que se vieron.

Ahora en medio del sinsentido de esta boda apresurada y absurda, con su copa de cava en la mano, alzada, los ojos de Luba surgieron de entre las burbujas como los vio desaparecer entre la nieve aquella noche y una lágrima se deslizó y fue recibida como muestra de emoción por todos, especialmente por la novia que le besó la mejilla.


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Hace mucho que decidí vivir con lo que tenía, si es poco, vivir con poco, si es mucho disfrutar de la abundancia y guardar para cuando la vida te golpea. En las relaciones personales aplico la misma norma. Siempre quiero el cielo, aspiro a lo máximo, deseo no recordarme como un cobarde, como alguien que no dijo lo que sentía, me gusta vivir con un pie al otro lado de lo cotidiano, me atrae el lado oscuro, la trasgresión, no creo que nada esté mal si el motor es el cariño, el amor, la amistad y la voluntad no es herir sino hacer feliz, pero sé que casi nada de esto es posible y casi todo resulta demasiado complejo como para vivirlo de una forma que no sea perturbador o que no se deteriore en el tiempo y además he comprendido que con el tiempo añoramos una vida tranquila que nos permita dormir sin preocupaciones. Tomo lo que se me ofrece y no pido nada, doy lo que se me pide y no apunto el saldo. Hasta ahora he salido perdiendo o por lo menos esa es mi sensación, aunque como buen ser humano seguramente mi mirada es egoísta y subjetiva, pero ya no quiero cambiar, me reconozco bien a mi mismo en esta actitud, me hace íntimamente feliz y además tengo la esperanza bíblica, yo que no soy creyente, que todo lo que doy me será devuelto cien veces.


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Decidido, con un ademán inconfundible de quien sabe que la única solución está en lo que se propone, el hombre de aspecto cuidado se acerca a la tapia de la estación, saca el espray, lo agita y comienza a pintar una línea recta, camina con el espray pulsado y la línea poco a poco se ondula con el vaivén de su brazo, con su caminar. Al cabo de unos metros el espray suena pero no es capaz de pintar, agotado su tinte. El hombre se aleja. Parece que piensa, mira la línea al principio recta y poco a poco más sinuosa y de cuando en vez observa el bote consumido y su dedo algo manchado con el exceso de pintura de la boquilla. Pasan los minutos y no ocurre nada. Finalmente tira el bote vacío y desmoralizado se aleja de su obra pensando que jamás entenderá lo que hay dentro de las cosas.


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Luisa había preparado unas acelgas al horno; pasó la tarde limpiándolas, cortando esa fina tira que tienen en el borde, limpiándolas de los restos de la tierra roja de la huerta del tío Damián, peló y picó las patatas y la cebolla y lloró aprovechando la disculpa para no tener que dar explicaciones, para no tener que disculparse por sufrir, aunque estuviera sola, como los últimos dos meses había estado. Luego lo frió todo y puso la fritura en un plato de cristal que tapó con otro como si fuera una cataplana. Se sentó en la silla de enea junto a la mesa redonda de la cocina y picó el manojo de acelgas muy pequeño mientras en una cacerola calentaba agua para cocerlas durante veinte minutos con algo de sal y un chorrito de aceite. Le había sorprendido la carta, tan escueta: «Te quiero, tanto o más que cuando te dejé marchar, por eso vuelvo. -Dimas» y desde que la abrió en el zaguán, medio a oscuras no había podido entender si la angustia era dolor o alegría y si lo que ella entendía era real, o simplemente quería que lo fuera. Puso un poco de aceite en una fuente de horno, echó las patatas y la cebolla, algo de perejil picado y pimentón, luego las acelgas, lo mezcló todo y añadió algo más de sal; sabía que algo de exceso el gustaría. Durante años, cuando vivían juntos en París, Dimas empezaba el rito de la comida regando abundantemente de sal cualquier plato, en medio del enojo de una hermosa y joven Luisa que aun no era capaz de dar el punto a los guisos. Batió unos huevos y los vertió sobre las acelgas para poder introducir la fuente en el horno hasta que se doraran.

Mientras aprovechó para escribir las letras que había parido en el dolor y la soledad durante años.

Dejo la breve nota sobre la mesa, junto a la fuente y la puerta franca para él. Se fue y por primera vez en años se sintió liberada.


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De la batalla de las Termópilas en el 480 ac. y sus famosos 300 espartanos, sobrevivieron dos: Pantites que se suicidó poco después ahorcándose debido al deshonor por haber sobrevivido a la batalla ya que en el momento del encontronazo final se hallaba de misión diplomática en Tesalia. Y Aristodemo, que afectado por una grave afección ocular y por tanto inútil para mantener las férreas líneas espartanas, decidió regresar a Esparta para sacrificarse en la batalla terrestre de Platea al año siguiente en el 479 AC. en la que no obstante cometió la herejía de romper filas lanzándose el primero al combate, lo que era imperdonable para un espartano.


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