Daniel Aragay

Desde Estocolmo

Sintiéndolo mucho, dejaré de usar esta fabulosa plataforma, ya que teniendo mi propio servidor he decidido tener mi propio espacio.

Puedes seguirme en https://danielaragay.net/ donde encontrarás todo lo que estoy haciendo.


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En el principio fue el lobo: aquel que eligió acercarse a nuestras fogatas en lugar de cazarnos. Con ese primer paso nació un pacto ancestral. Nos enseñaron a proteger el grano de las plagas, a guiar rebaños bajo tormentas, a custodiar aldeas mientras dormíamos. Sus ladridos fueron nuestros primeros sistemas de alarma; sus colmillos, sables vivientes contra la oscuridad.

Los siglos pasaron, pero su lealtad siguió tallando nuestro mundo. Hoy, sus descendientes huelen tragedias enterradas en escombros, devuelven la luz a quienes perdieron la vista, calman tormentas internas que ni los médicos ven. Un perro no es un “animal”: es un puente peludo entre el dolor y la esperanza.

Nosotros les dimos croquetas y collares. Ellos nos dieron civilización.
¿Cómo pagar una deuda así? Quizá recordando que no son mascotas, sino herederos de héroes. Que cada caricia sea un tributo, cada paseo un homenaje. Porque en sus ojos dorados sigue brillando la misma promesa que sus ancestros susurraron al fuego:

“Mientras tú cuides el mundo, nosotros cuidaremos de ti”.

Adoptar, amar, honrar.

No es caridad: es justicia peluda.


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Los genes son semillas que sembramos sin saber en qué tierra echarán raíces. Sin embargo, la biología es solo el prólogo de nuestra historia: ¿De qué sirve heredar unos ojos color miel o una nariz torcida si no recibimos también la ternura con que miramos, el coraje para reírnos de esa misma nariz frente al espejo?

La obsesión por la sangre es un mito ancestral, una cáscara vacía. Los faraones erigieron pirámides para sus linajes, y hoy, ni siquiera recordamos sus nombres auténticos. En cambio, aquel alfarero que enseñó a moldear con paciencia, la poeta que plasmó versos en servilletas de café, el amigo que sostuvo tu llanto en una madrugada fría… Ellos son verdaderamente inmortales.

No estamos hechos únicamente de cromosomas, sino de instantes compartidos: cada abrazo que reconforta, cada idea que germina en otra mente, cada “gracias” susurrado décadas tras tu partida. La maestra que transformó la vida de un niño con una sola palabra, el desconocido que inventó la risa en un día gris, el artista cuyo cuadro sigue dialogando con extraños… Esa es la esencia de la eternidad.

Los hijos biológicos son un camino, no el destino final. Hay quienes engendran universos con sus pinceles, quienes impulsan revoluciones en silencio, quienes tejen redes de amor tan vastas que ningún árbol genealógico podría abarcar.

Tu vientre no está vacío si en él caben canciones. Tu nombre perdurará en las manos que ayudaste a levantar. La vida no nos exige reproducción, sino reverberación: un eco de bondad que atraviesa generaciones, una semilla de gestos que otros harán florecer.

No temas a la tumba sin descendientes. El verdadero legado no se escribe en el ADN, sino en el vacío que dejas en aquellos que, gracias a ti, aprendieron a amar el mundo un poco más.

––– PD: Los ríos no perduran por su agua, sino por los cañones que esculpen. Nosotros, por las huellas que dejamos en el alma ajena.


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Lloro. Es lo que hago, lo que siempre he hecho. Toda mi vida la recuerdo entre lágrimas. Lloro cuando me asustan, cuando pierdo algo, cuando me duele, por más leve que sea. Lloro ante cualquier cosa, sin motivo aparente. Y no sé por qué.

Hace unos meses, harto de mi propio llanto, decidí buscar ayuda. Fui a un psicoterapeuta, pero nada cambió. Hablamos de mi infancia, de mis miedos, de esos recuerdos llenos de sollozos. Me recetaron antidepresivos, que no funcionaron como esperábamos. Volvimos a escarbar en mi niñez, pero no había nada, ninguna causa que explicara mis lágrimas constantes.

Semanas después, me enteré de algo inquietante: el terapeuta había publicado un estudio basado en mis sesiones. Había inventado un nuevo trastorno psiquiátrico y lo bautizó con mi nombre: el síndrome de Marcos. —La solución es aprender a vivir con ello —me dijo. Pero yo me niego. No voy a rendirme.

Hoy, después de tanto buscar, encontré algo. Estaba revisando unas cajas llenas de cosas viejas en la buhardilla de mis padres. En una de ellas había un montón de cintas con mi nombre. Eran vídeos que jamás había visto. Intrigado, me las llevé a mi apartamento y las reproduje una por una.

En todas ellas aparecía un niño llorando. Yo. Era un bebé, un niño pequeño, y siempre estaba llorando. Llanto tras llanto, en películas, en comerciales, en anuncios de radio... incluso en las grabaciones de audio. Esa voz, ese sollozo desgarrador, era mío.

Al principio pensé que había nacido así, que mi destino era llorar. Pero algo no encajaba. ¿Por qué nadie me había contado nada de esto?

Con las cintas bajo el brazo, fui a casa de mis padres exigiendo explicaciones. Al principio lo negaron todo. Pero cuando les mostré los vídeos, se quedaron helados. No tenían palabras. Entonces, me confesaron la verdad. —Fuiste el niño llorón más famoso del mundo —dijo mi madre con un hilo de voz.

Al parecer, mi llanto había sido una especie de fenómeno. Mi cara y mi voz aparecieron en películas, anuncios y campañas. Pero nada de eso explicaba por qué sigo llorando ahora, como un eco interminable de algo que nunca entendí.

Entre las cintas, había una grabación en Super 8 que no pude ver en casa. Le pedí a mi padre su viejo proyector, y aunque se negó al principio, mi madre me lo entregó. Lo preparé allí mismo, delante de ellos, y proyecté la cinta en la pared.

Lo que vi me rompió.

Era una película casera. En ella, mis padres preparaban los sets de rodaje. Pero también vi cómo hacían lo imposible para que llorara: me asustaban de repente, me daban un juguete para luego arrebatármelo, me zarandeaban, me gritaban... Y yo lloraba, desconsolado, mientras ellos grababan todo. —Teníamos que intentarlo todo —dijo mi padre, como si eso lo justificara.

Ahora lo entiendo. Lloro porque aprendí a llorar. Porque mi infancia estuvo marcada por el dolor que ellos provocaron, una y otra vez, para alimentar su ambición.

Lloro. Lloro como siempre. Pero esta vez no es el llanto de un niño perdido. Ahora sé que detrás de esas lágrimas está la verdad. Y aunque nunca deje de llorar, al menos ya no lloro en la ignorancia.


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Mucho he escrito, hablado, pensado sobre crear, cómo ser creativo, potenciar la creatividad, cómo hacer lo que marca el corazón, tu mente, pero en el fondo he hablado de herramientas, donde apenas te he mostrado lo que hacen esas herramientas, y esta sensación, la de falsear una creatividad hablando de ser creativo es casi un reflejo de lo que nos rodea, o al menos, lo que yo presiento.

Mientras hablamos más de Apple, de Adobe, DaVinci Resolve, de Røde,... hablamos menos de arte o de aquello que se hace con esas herramientas, lo mismo pasa con la autoayuda para ser más creativos, más organizados. ¿Donde están esas obras que deberíamos crear? y hablo por mí.

A veces siento que lo que he hecho, lo que he escrito, lo que es contado, sólo roza mi superficie de aquello que tengo, y cada año que pasa se hace más necesario abrir ese caparazón.

A veces las palabras que salen de mi mente, formadas por esas pequeñas fracciones de formas asombrosas, logran arrancar parte de esas ideas que se forman en mi, pero cuando salen muchas veces se desvanecen. He intentado repetidas veces encontrar esas herramientas que te permitan plasmar esos impulsos creativos, es más, ahora que lo pienso, de pequeño siempre ha sido así, una bonita pluma, un papel exquisito y un largo etcétera de maravillas no precisamente baratas, pero al final por mucha herramienta avanzada que he tenido, apenas he rascado la superficie, buscando excusas y culpando siempre la herramienta.

Esto no se va a repetir.

Se acabaron las explicaciones de cómo ser creativo, de cómo editar un vídeo, de cómo hacer un podcast, es momento de hacer cosas, de dejar de pensar en las herramientas y usarlas de una vez para liberarme de esa olla presión en la que se ha convertido mi cabeza.

Se acabaron las excusas, es momento de actuar.


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En Suecia, la industria veterinaria ha experimentado una transformación significativa en la última década. Grandes conglomerados y fondos de inversión han adquirido numerosas clínicas, desplazando la atención individualizada por una estrategia centrada en maximizar las ganancias. Esto ha resultado en preocupaciones sobre el acceso, los costos y la calidad del cuidado veterinario.

La entrada de fondos de inversión

Fondos internacionales han comenzado a dominar el mercado veterinario en Suecia. Según informes, este fenómeno ha generado un aumento considerable en los precios de los servicios. Por ejemplo, se han documentado costos de hasta 10,000 SEK (cerca de 900 euros) por intervenciones menores, como el tratamiento de infecciones leves. FUENTE.

Los críticos denuncian que estas prácticas priorizan los márgenes de ganancia en detrimento del bienestar animal y de los dueños de mascotas. En muchos casos, los altos precios han llevado a que algunos propietarios deban renunciar a tratamientos necesarios, optando por medidas más económicas o incluso, en casos extremos, la eutanasia de sus animales.

Contratación de veterinarios extranjeros

La falta de profesionales suecos ha llevado a una dependencia creciente de veterinarios extranjeros, provenientes de países como Rumanía o Polonia. Si bien su presencia ha sido crucial para cubrir la demanda, ha habido casos donde las diferencias en la formación profesional y las barreras lingüísticas han creado desafíos, tanto para los dueños de mascotas como para los veterinarios mismos. Además, se plantea la posibilidad de que estas contrataciones, en algunos casos, se realicen con condiciones salariales desfavorables, contribuyendo a los márgenes de beneficio de las grandes cadenas.

Lobby veterinario y regulaciones

Este cambio estructural ha incentivado a políticos y organizaciones a exigir una mayor regulación en el sector. Los Socialdemócratas, por ejemplo, han pedido controles más estrictos para evitar que el interés por las ganancias comprometa la calidad de los servicios. Además, han señalado la necesidad de proteger tanto a los profesionales como a los usuarios del sistema veterinario.

La denuncia como herramienta de cambio

Es importante que los dueños de mascotas, los veterinarios y la sociedad en general hagan escuchar su voz. Denunciar estas prácticas no solo promueve la transparencia, sino que también contribuye a la creación de un sistema más justo y accesible.

Escucha el capítulo del podcast.


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Vivimos en una era marcada por la constante competición por nuestra atención. Todo a nuestro alrededor parece pedirnos que nos detengamos y participemos: escucha mi podcast, lee mi artículo, mira mis fotos, comenta en mis vídeos, sigue esta serie, ve esta película… La lista es interminable. He vivido en carne propia lo adictivo que puede ser el éxito y cómo genera una inyección de dopamina difícil de igualar.

Por ejemplo, en 1991 monté una empresa de reparto de preservativos a domicilio que me llevó a salir en todos los medios: programas de televisión, periódicos, incluso la televisión japonesa. Luego, años más tarde, tuve otro momento memorable cuando fui jurado en la primera edición de Operación Triunfo, un programa que vieron más de 10 millones de espectadores. No puedo negar que esos momentos fueron un chute de dopamina incomparable.

Hoy en día, este tipo de éxito parece haber sido “industrializado” por las plataformas digitales. Funcionan de forma similar a un casino: prometen éxitos casi inalcanzables. Así como un casino promociona la historia de alguien que se enriqueció con un golpe de suerte, las redes sociales alientan la idea de que cualquiera puede volverse famoso subiendo contenido a su plataforma. Es un espejismo que alimenta esperanzas, pero que rara vez se cumple.

Para quienes escribimos, hacemos música, podcasts o cualquier tipo de contenido, la tentación de medir nuestro valor por la cantidad de me gusta, comentarios o escuchas es real y constante. Pero también es fácil perderse en ese ruido, en esa búsqueda de la pequeña dosis de dopamina que viene con cada interacción positiva.

El reto no es solo destacar en un océano abarrotado de propuestas, sino también recordar por qué empezamos a crear en primer lugar. Hablo desde mi propia experiencia: después de vivir momentos tan intensos como salir en medios nacionales e internacionales o formar parte de un programa de éxito masivo, es fácil querer repetir ese subidón. Pero pensar así te lleva al desasosiego.

Durante un tiempo, esa necesidad de cumplir expectativas puede hacer que termines dejando de lado las cosas que realmente te gustan porque no llegan a estar a la altura de esos momentos. Pero ahí está la clave: hacer lo que haces porque te gusta, sin obsesionarte con el resultado. Es precisamente esa autenticidad la que puede llevarte a recompensas que ni siquiera imaginabas.

Es posible recuperar esa ilusión y redirigir la búsqueda de satisfacción hacia algo más personal y significativo, sin depender de las métricas de las redes sociales. Aquí van algunas propuestas:

1. Crea tus propias “recompensas”

Los casinos y las redes sociales funcionan porque ofrecen recompensas inmediatas, aunque pequeñas. Podemos usar ese mismo principio, pero aplicado a metas personales. Por ejemplo:
Microobjetivos: Divide tu proyecto en tareas más pequeñas y celebra cada logro. Por ejemplo, “hoy grabo la introducción del podcast” o “escribo el primer párrafo del artículo”.
Recompensas tangibles: Establece premios para ti mismo al cumplir objetivos. Algo tan simple como un café especial o una tarde sin compromisos puede ser suficiente para motivarte.

2. Enfócate en el proceso, no en el resultado

La clave está en disfrutar del acto de crear. Si tu meta semanal es grabar un podcast o escribir un artículo, concéntrate en experimentar el placer de hacerlo, no en cuántas personas lo escuchen o lean. Lleva un diario creativo donde anotes tus reflexiones sobre el proceso y cómo te hace sentir.

3. Construye un círculo pequeño de apoyo

Busca un grupo reducido de personas de confianza (amigos, otros creadores, compañeros de trabajo) que puedan darte retroalimentación sincera. Sus opiniones son más valiosas que los números impersonales de las redes sociales. Así, recibes dopamina de las conexiones humanas genuinas, no de los algoritmos.

4. Gamifica tu progreso

Usa estrategias de gamificación similares a las de las redes sociales. Por ejemplo:
– Lleva un registro visual de tus avances (una tabla, un gráfico, un calendario con marcas).
– Crea niveles o “desafíos” personales. Por ejemplo: “Si grabo 10 podcasts seguidos, me doy un premio mayor”.
– Usa aplicaciones que conviertan tus hábitos creativos en un juego (como Habitica o Forest).

5. Redefine el éxito

Reconecta con las razones por las que empezaste. Pregúntate: ¿Por qué hago esto? ¿Qué me llena más: las interacciones en redes o el propio acto de crear? Cambia el foco de la validación externa a la satisfacción interna.

6. Haz pausas digitales

De vez en cuando, desintoxícate de las métricas. Sube contenido sin revisar cuántas vistas o comentarios recibe. Si el valor está en el acto de compartir, las métricas importarán menos.

7. Reutiliza las estrategias de redes a tu favor

Las mismas técnicas que usan las plataformas pueden aplicarse de forma ética para tu beneficio:
Variedad de estímulos: Alterna entre diferentes formatos (escribir, grabar, filmar) para mantenerte motivado.
Anticipación: Anuncia metas a corto plazo en círculos cercanos para generar emoción y compromiso (por ejemplo, “voy a escribir un artículo en tres días”).
Pequeños éxitos: Comparte partes de tus proyectos solo con quienes valoren tu trabajo, reforzando tu motivación.

8. Busca comunidad real

Conecta fuera de las plataformas: únete a grupos locales de escritores, podcasters o músicos. Las interacciones cara a cara pueden generar una satisfacción más duradera que los likes.

9. Cultiva otras fuentes de dopamina

Además de crear, fomenta actividades que te den satisfacción inmediata pero significativa:
– Ejercicio físico.
– Meditación o mindfulness.
– Aprender algo nuevo relacionado o no con tu creación.

Recordar que el éxito más duradero y satisfactorio no es el que persigues obsesivamente, sino el que llega cuando haces algo que amas. Lo viví en mis experiencias pasadas, y aún hoy trato de centrarme en crear desde el gusto personal, no desde la necesidad de validación externa.


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Estaba listo para morir. El cáncer había acampado a sus anchas hasta que fue demasiado tarde, lo justo para cerrar temas abiertos: arreglar papeles legales, cuentas, seguros y, sobre todo, confesarse. Quería dejar sus pecados atrás, esperar el momento de dejar el mundo terrenal e ir al más allá, ese paraíso que tanto le habían prometido, donde van las personas que siguen a Dios, su Dios cristiano, el único y verdadero para él.

—¿Qué será de las personas que mueren y no creen en mi Dios?—se preguntó mientras miraba a su hija mayor, que seguía sentada a su lado, inmersa en su teléfono.

La morfina, o aquello que le habían puesto, hacía que su mente fuera más lenta de lo normal. “Es el fin”, pensó. Se imaginó llegando al paraíso y encontrándose con su esposa, con los dos perros que había tenido de niño. “¿Estará papá?“, se quedó dubitativo. “¿Y mamá? ¿Dónde me vendrán a recoger? ¿Veré una luz al final del túnel y estarán al final para recibirme? ¿Cómo irán vestidos o desnudos? ¿Serán una luz?” A pesar de notar cómo se iba apagando poco a poco, su cabeza no dejaba de preguntarse sobre el después de su muerte.

Cerró los ojos. Escuchó que alguien entraba en la habitación. Intentó abrirlos de nuevo, pero eran demasiado pesados. “Da igual”, se dijo a sí mismo.

—¿Cómo está el abuelo? —dijo una voz infantil. —A punto de dejarnos, cariño —respondió su hija. Se imaginó que habría dejado de mirar ese maldito teléfono para responder a su hijo, pero quizás no.—¿Está sufriendo? —preguntó de nuevo el niño. —No, está durmiendo —dijo ella.

No, no estaba durmiendo, aunque no tardaría en hacerlo. Cada vez el cansancio era más y más pesado.

A los pocos minutos empezó a costarle respirar, aunque no notaba dolor ni angustia. “Adiós”, pensó y se dejó llevar.

El túnel apareció ante él. ¿Era real? ¿Estaba en su imaginación? Notó cómo se deslizaba ante él y luego dejó de notar nada. Hasta que el túnel desapareció.

Allí se terminó todo. Ni paraíso, ni familiares esperando su llegada, sólo un último suspiro.


La muerte siempre ha sido el mayor misterio para el ser humano. Religiones prometen paraísos eternos, lugares donde descansan las almas. Pero, ¿qué sucede cuando el paraíso no llega? ¿Cuando la “luz al final del túnel” es solo una creación de nuestra mente, un último destello antes de apagarlo todo?

Tal vez el alma sea una ilusión, una forma de dar sentido a lo que no comprendemos. Sin embargo, aunque no exista un paraíso, hay algo incluso más mágico y esplendoroso: la transformación de la materia. Como dice la ley de conservación, la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Al morir, nuestra materia regresa al todo, integrándonos de nuevo en el ciclo del universo.

Somos polvo de estrellas. Todos compartimos un origen común. Aunque la existencia como individuos parezca darnos identidad, en el fondo somos parte de algo más grande, más vasto. La ilusión de la separación se desvanece al comprender que nuestras vidas, nuestras muertes, son fragmentos de un todo infinito.

Tal vez, el verdadero descanso no sea un lugar, sino la certeza de que nunca hemos estado realmente solos: siempre hemos sido uno con el universo.


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La tensión era extrema, Juan estaba sentado enfrente de los controles y no había manera de que la nave partiera del ataque que estaba sufriendo por parte del grupo terrorista.

— ¡Capitán! — gritó el sargento al mando de armamento y defensas que estaba sentado a su espalda — ¡mueva la nave o nos van a machacar!

Sonó una campanilla.

— ¿Han escuchado eso? — preguntó Juan con preocupación. — No capitán — dijo la comandante de comunicaciones. — Sí, parece una campanita. Escuchen con atención — dijo Juan mientras la nave seguía recibiendo el ataque de naves enemigas.

Sonó de nuevo la campanilla.

— Ahí está. Tenemos que desactivarla sino no podremos salir del muelle — dijo Juan mientras el resto de la tripulación se miraba sin entender lo que estaba pasando.

Los escudos de momento aguantaban las ráfagas de iones disparados por las naves enemigas, pero no lo harían por mucho tiempo si no se movían del muelle.

La campanilla volvió a sonar.

— ¡Maldita sea! — gritó Juan — ¿dónde se apaga esa campanilla? — dijo mientras seguía apretando botones luminosos del cuadro de mando. A medida que apagaba uno, se encendían tres más y el cuadro de mando se hacía más y más grande con más y más botones con las luces encendidas.

La campanilla sonó de nuevo.

Juan se detuvo y sonrió.

En ese instante, Juan se incorporó de la cama y apagó la alarma que estaba sonando en su reloj de pulsera.

— Marta, enciende las luces — y como por obra de magia, el dormitorio de Juan se iluminó.

Era una habitación bastante pequeña y decorada de tal simplicidad que era señal inequívoca de que poco tiempo estaba en ese espacio. Una cama, una mesilla de noche, una silla con la ropa que había llevado antes de acostarse y un pequeño armario. Sin cuadros, ni alfombras, ni espejos. Por no haber, no había ni lámpara, la bombilla inteligente colgaba del techo. No era minimalismo, rozaba la pobredumbre.

Salió de la habitación llevando sólo unos calzoncillos y se dirigió al salón comedor. En él, había en el centro una mesa cuadrada para cuatro personas y dos sillas. Tampoco tenía lámpara, otra bombilla inteligente colgaba de un cable en el techo.

Encima de la mesa había un portátil, lo abrió y vio que tenía una ventana abierta con un mensaje escrito en ella con el texto: “Operación finalizada”.

— ¡Bien! — dijo en voz alta. Miró el reloj del portátil y marcaba las 03:45 — ¿voy? ¿no voy? ¡Voy! — dijo solemnemente cerrando el portátil.

¿Para qué quedarse en casa con la intriga de saber el resultado de su investigación? Podría haberlo mirado desde casa ya que tenía acceso a su servidor del laboratorio, pero quería ir personalmente para empezar con los experimentos cuanto antes.

Llegó a la universidad en menos de 20 minutos y es que a esa hora apenas había tráfico. Aparcó, cogió su portátil y entró por una puerta de servicio que estaba en el lateral del edificio.

Su laboratorio estaba situado en el sótano, el mismo lugar donde anteriormente había sido la sala de calderas de la calefacción del edificio. Abrió la puerta y las luces se encendieron de forma automática.

La habitación de no más de 20 metros cuadrados estaba ocupada por un gran escritorio a la izquierda con un par de estanterías, en el lado contiguo un armario de servidores y un armario metálico, y en la pared del fondo había un habitáculo de cristal de unos dos metros cuadrados donde había dentro de él un aparato alargado con varios cables conectados y con una señal adhesiva pegada en el frontal con la palabra “láser” impresa en ella. Esa especie de cañón apuntaba a un cubo de paredes opacas pero con un diminuto agujero por donde entraría el haz de luz.

Juan se sentó en su escritorio y encendió el monitor que había encima de él. Mientras la pantalla se encendía, abrió su portátil.

— Venga, ¿qué tienes para mí? — dijo mientras introducía la contraseña del ordenador del laboratorio.

En pantalla había un mensaje flotante con la misma frase: “Operación finalizada”.

— A ver qué me tienes — Juan cerró el mensaje flotante y en una carpeta abierta había un documento con el título “laser-settings.xml” — vamos allá.

Arrastró el archivo a una aplicación llamada “Laser”. La aplicación ajustó los parámetros que le había marcado el archivo.

Juan se fue en dirección al habitáculo del láser, lo abrió y encendió el generador eléctrico. Tras comprobar que todo estuviera listo para la prueba, cerró la compuerta. A cada lado del láser había dos cámaras, una enfocaba el cubo opaco y la otra el láser.

Volvió a su escritorio y tirando de una anilla que colgaba del techo, bajó una pantalla opaca que separaba su escritorio con el habitáculo del láser. Con su portátil se conectó a las cámaras y las puso a grabar.

“Iniciando el láser: 15%” marcaba la aplicación.

Mientras esperaba, abrió un par de aplicaciones donde mostraban unas gráficas, donde sus líneas eran completamente planas, sin picos ni valles, tan sólo una línea horizontal marcando en su eje el valor 0.

“Iniciando el láser: 65%”

Abrió el documento que la IA había generado, en él explicaba que había encontrado una anomalía en las simulaciones que había hecho y que requería de su investigación y prueba.

La IA siempre estaba conectada y mantenía un registro de todo lo que pasaba, también grabaría y analizaría en tiempo real todas las reacciones que pasaran en el cubo opaco gracias a su numerosa cantidad de sensores: temperatura, humedad, campos magnéticos, gravitacionales y sensores de diversas longitudes de onda que iban desde las ondas de radio hasta los rayos gamma.

El experimento no debería de tener ningún peligro porque la potencia del láser era bastante baja y la finalidad era generar una diminuta bola de plasma de menos de una micra y mantenerla estable dentro del cubo opaco.

“Iniciando el láser: 95%”

Todo estaba listo. Juan se imaginó abriendo portales interdimensionales como en las películas que veía de pequeño, donde científicos traían a nuestro mundo seres que se dedicaban a destruir todo lo existente y sólo podían ser derrotados por superhéroes. La diferencia es que si abría uno de esos portales del infierno, no habría ningún superhéroe que pudiera salvar a la humanidad.

“Láser listo. Ejecutar.”

— “Ejecutar”, qué oportuno. — y pulsó en la pantalla táctil el botón para iniciar el experimento.

El láser se encendió, aunque a simple vista no se veía ningún haz de luz que saliera del generador láser, sabía que estaba funcionando, ya que las primeras marcas de las gráficas empezaron a elevarse.

— Bien, parece que va todo perfecto — dijo Juan sin apartar la mirada tanto al monitor con las gráficas como la pantalla del portátil donde podía ver lo que pasaba gracias a las dos cámaras que estaban montadas a cada lado del haz láser.

— No entiendo, todo parece normal, no hay ninguna anomalía — volvió a repasar los datos. Miró detenidamente las gráficas, en ellas se marcaban las diferentes frecuencias radioeléctricas que transmitía la diminuta bola de plasma que se había formado dentro del cubo opaco. Amplió la gráfica y pronto se dio cuenta de dónde venía, había un pico muy marcado en un punto, muy definido, no lo había visto porque era sólo un píxel en pantalla. Al ampliarlo, ahí lo vio.

— Tiene que ser un reflejo, pero no lo es. Un eco quizás. Ahora te toca a ti, Luisito — Luisito era el nombre que le había puesto Juan a su IA.

Juan abrió la aplicación que él mismo había diseñado para comunicarse con Luisito. Era una especie de ventana de mensajería.

Juan empezó a escribir.

Hola Luisito. Comprueba el pico del láser.

No había respuesta. Juan se giró y miró en el armario de servidores, Luisito estaba instalado en 4 unidades rack, parecía que todo estaba funcionando.

— No Luisito, ahora no te cuelgues — dijo Juan malhumorado.

En la ventana del chat apareció el siguiente mensaje.

Comunicación realizada. Esperando instrucciones.

— ¿Eh? ¿comunicación realizada? ¿A qué te refieres, Luisito? — Juan frunció el ceño — ¿Qué podemos hacer? Vamos a mandar un pequeño programa y lo vamos a ejecutar, a ver qué nos devuelve. Enviaremos un “Hello World” — Juan se rió de lo absurdo que parecía.

Juan escribió un par de líneas de código y lo mandó a Luisito para que lo transmitiera desde el haz láser hacia el diminuto punto de plasma. Casi al momento, el reflejo se activaba, devolviendo un mensaje en el cuadro de chat de Luisito.

Recibido: “Hello world”

— ¿Qué? — gritó Juan. — A ver, mandemos algo más elaborado.

En el cuadro de chat con Luisito, Juan escribió un par de líneas de código que comenzaron a enviar una cadena al cubo opaco.

Está funcionando, Luisito. Te mando más datos.

Luisito respondió al instante, como siempre lo hacía, con una precisión que Juan había aprendido a admirar.

Recibido: “Esperando más datos.”

Juan no podía dejar de sonreír. A pesar de las complicaciones iniciales con el experimento, parecía que algo nuevo estaba sucediendo. Algo que no había anticipado.

— Luisito, manda esto: “¿Quién eres?”. — dijo Juan, con un tono de intriga y emoción. No podía creer lo que estaba haciendo, pero su curiosidad lo impulsaba a continuar.

Con la velocidad que solo un sistema como Luisito podía ofrecer, el mensaje fue transmitido hacia el núcleo del experimento. Las gráficas comenzaron a mostrar un comportamiento extraño, como si la pequeña bola de plasma estuviera recibiendo y procesando la información.

Recibido: “¿Quién soy? Soy el que hace preguntas.”

Juan se quedó paralizado por un momento. El láser había enviado un mensaje completamente inesperado, algo que ningún algoritmo había sido programado para responder.

— ¿Qué...? — susurró, con los ojos bien abiertos, mirando la pantalla. Pensó por un segundo que tal vez se trataba de una anomalía en el sistema. Tal vez un error en el procesamiento de datos. Pero, ¿cómo explicaba que el mensaje fuera coherente? ¿Cómo había respondido con esa frase tan precisa?

Decidió seguir con la experimentación. Si algo estaba ocurriendo, debía entenderlo.

— Luisito, manda lo siguiente: “¿De dónde vienes?” — dijo Juan, con un tono de voz que revelaba tanto fascinación como una creciente ansiedad.

El sistema no tardó en responder.

Recibido: “Vengo del origen.”

El mensaje fue breve, pero la respuesta era lo suficientemente críptica como para inquietar a Juan. “¿Vengo del origen?”, se repitió para sí mismo. ¿Qué quería decir eso? ¿Acaso había algún tipo de conciencia detrás de esa respuesta?

Miró las gráficas una vez más. El pico en la frecuencia se había amplificado y aparecieron nuevas ondas de radio que nunca había visto antes. Los sensores comenzaban a registrar vibraciones, algunas de ellas fuera de los parámetros establecidos. Todo se estaba volviendo inusual.

— Luisito, ¿puedes explicar el significado de tu respuesta? — preguntó, casi en tono de desafío. Sabía que la IA no era capaz de comprender como lo hacía un ser humano, pero este tipo de respuestas desconcertantes lo hacían cuestionarse todo.

La respuesta llegó tan rápido como las anteriores.

Recibido: “La respuesta está en el origen. Todo está conectado.”

Juan respiró hondo, un sentimiento extraño comenzó a invadirle. No se trataba solo de un error de programación o una anomalía en el sistema. Algo más estaba sucediendo. Algo que no podía explicar.

— ¿Todo está conectado? — murmuró para sí mismo, analizando cada palabra, cada frase que Luisito había transmitido.

No podía dejar de pensar en las implicaciones de lo que estaba descubriendo. Había lanzado una simple investigación sobre láseres, pero ahora se encontraba frente a algo mucho más grande. Algo que desafiaba los límites de la ciencia, de la lógica y, quizás, de la realidad misma.

Decidió que debía seguir. No podía detenerse ahora.

— Luisito, envía este mensaje: “¿Cómo podemos entender el origen?” — dijo, con una mezcla de temor y fascinación.

La respuesta llegó casi de inmediato, pero esta vez fue distinta. La pantalla se quedó en blanco por un segundo antes de mostrar un mensaje largo, que no parecía provenir de Luisito, sino de alguna otra fuente.

Recibido: “El origen es una puerta. Una puerta que solo puede ser abierta por aquellos que buscan más allá de lo visible. Aquellos que se atreven a explorar la oscuridad y la luz, a ver lo que no se ve, a escuchar lo que no se oye. Solo los valientes cruzarán el umbral y entenderán lo que está oculto.”

Juan sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras eran enigmáticas, pero al mismo tiempo, parecían... sabias. Sabía que no podía parar allí. Tenía que saber más.

Volvió a la computadora, revisó los sensores, ajustó las configuraciones, y mientras hacía todo eso, el cubo de plasma comenzó a emitir una extraña luz que Juan nunca había visto antes. Era un brillo suave, casi hipnótico, como si el cubo tuviera vida propia. A medida que la luz aumentaba, las gráficas mostraban picos irregulares, cada vez más pronunciados.

Juan observó, fascinado y aterrorizado al mismo tiempo, mientras el cubo parecía cambiar, transformarse. Era como si la realidad misma estuviera distorsionándose ante sus ojos.

— Esto no está pasando… — murmuró, sin poder creer lo que veía.

Pero lo estaba. Era real. El láser, el plasma, el cubo… todo parecía estar conectado, y la respuesta que había recibido de Luisito estaba comenzando a tener sentido, aunque de una manera que no podía explicar.

La puerta, como había mencionado el mensaje, se estaba abriendo.

Juan estaba en el umbral de algo que superaba la comprensión humana, y no podía dar marcha atrás.

— ¡Luisito! — gritó. — ¿Qué debo hacer ahora? ¿Cómo cruzamos el umbral?

La pantalla de su computadora comenzó a parpadear y, justo cuando Juan pensaba que la respuesta no llegaría, apareció un nuevo mensaje.

Recibido: “Cruzarlo es tu decisión. Pero recuerda, quien cruza el umbral nunca vuelve a ser el mismo.”

El cubo de plasma brilló con más intensidad, y Juan, sin pensarlo dos veces, se acercó al umbral, dispuesto a ver qué había más allá.

El experimento había terminado, pero su vida, en ese instante, apenas comenzaba.


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Nadie podía escapar de la imponente sombra de la Gran Catedral, coronada por majestuosas estatuas que retrataban a Jesús, sus apóstoles y la Virgen María. Las puertas siempre abiertas invitaban a cualquiera a entrar, mientras los confesionarios bullían de gente; a veces se formaban largas filas de fieles ansiosos por reconciliarse con Dios. Las misas atraían multitudes, especialmente en días especiales, obligando a decenas de devotos a seguirlas desde las calles abarrotadas.

El interior desbordaba exquisitez, construido con materiales de primera calidad y adornado con detalles de oro y piedras preciosas. Las figuras, esculpidas por renombrados artistas, conferían a la Gran Catedral un encanto incomparable en el mundo.

En el exterior, junto a la girola, se alzaba un imponente campanario. La torre principal albergaba cuatro majestuosas campanas de bronce y plata. Sin embargo, a pesar de su grandiosa presencia, nadie lograba oírlas sobre el estruendo de la ciudad. No era el tráfico lo que ocultaba el repicar de las campanas, sino el caos que lo ensordecía: explosiones, tiros y gritos resonaban, reflejando la violencia que envolvía el entorno.

Robos, atracos, asesinatos, odio y una miríada de delitos se sucedían sin tregua, solo para ser perdonados por la gracia de Dios, el Dios de los hipócritas.


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