Compendio de historia anul

Las especificaciones corresponden al ejemplar acordado: la cresta es gruesa, forma tres arcos invertidos desde la testuz hasta el cuello, y dos más pequeños y elásticos en la articulación que se une con el lomo. Las membranas son del azul rutilante solicitado, pero los cartílagos se han mantenido del gris ceniciento habitual en este tipo de corcel. Por esta razón, el lomo es de un plateado azulado, aunque para darle un poco más de color, se han tomado la libertad de añadirle un moteado que resplandece con particular intensidad bajo la luz solar. Carece de cualquier tipo de fosforescencia que pueda alterar el ambiente nocturno, tal y como también se ha solicitado.

Se han realizado a su vez unas pequeñas modificaciones respecto a la descripción original. El hueso frontal de la cresta se une al hocico con un sesgo de menos de diez grados con respecto a la vertical; se ha hecho así para dotar al ejemplar de un mejor equilibrio, esencial en este ingenio. Asimismo, se han acortado los cuernos que sobresalen de las orejas y pulido el extremo de modo que no resulte afilado, aunque siga siendo puntiagudo. Para compensar esta apariencia hosca, se han agrandado las orejas del dasei, que ahora tienen una caída similar a la de la aleta que sobresale del extremo de la cola.

Se ha puesto especial cuidado en la composición de esta. Extendida, como lo haría la de un dasei en plena carrera, alcanza la misma longitud de su cruz. Se ha colocado arqueada sobre el lomo, en semejanza a la figura del dasei que se adjuntó como ejemplo.

Ha sido un reto conservar la mayor fidelidad posible en las patas: ni el fémur, ni la tibia de un dasei de carne y hueso poseen el carácter cóncavo del modelo adquirido, pero esta pequeña concesión era preferible a una talla completa de madera como soporte del dasei sobre su anatomía. Como se observa, tanto en la figura de las patas, como de las pezuñas han sido cuidadosamente colocadas para que el equilibrio se mantenga durante el balanceo, por exagerado que sea este.

De ser necesario algún reajuste, las indicaciones dictan que basta con modificar los extensores de las patas traseras para regular el peso, y las abrazaderas de la cresta para la altura. La cola es prensil, de modo que si el pequeño crece, pueda moverla para sujetarse con mayor comodidad.

Tsali está en éxtasis con su nueva montura.

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De una antigua carta mejor conservada que la montura, posible juguete, de la que trata. ¡Tendremos que seguir soñando, conociendo tan solo esta somera descripción de esa bestia fabulosa de un tiempo lejano!

#montura


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Ocho patitas tiene el jazmín, si le quitas una le crecerán mil. Siete patitas tiene el jazmín, si le quitas otra rodará hacia ti. Seis patitas tiene el jazmín, hazle cosquillas o perderá la raíz. Cinco patitas tiene el jazmín…

―¡No! ¡Eso está mal! Solo le hemos arrancado dos patitas ―se quejó el niño. No mencionó que supuestamente le habían crecido otras mil, aunque lo pensó. ―La canción es así ―respondió con dulzura una voz adulta. ―Pues la canción está mal ―insistió el niño. ―¿No quieres arrancarle otra patita? ―preguntó. El jazmín, obediente, había rodado sobre la cama hasta quedarse patas arriba y aguardaba expectante el siguiente verso. Se sentía muy orgullosa de su interpretación, y no cabía lugar a dudas de que quería terminar la canción. ―¿Por cuál íbamos? ―preguntó el niño, cogiendo a la bestezuela de pétalos anaranjados, con sus ocho patas aún intactas y solo ligeramente encogidas, porque con cada tirón, le hacían cosquillas. Tal y como decía la canción. ―Por la quinta.

Cinco patitas tiene el jazmín, tira de ellas o te morderá la nariz. Cuatro patitas tiene el jazmín, empieza otra vez y dejará de mentir. Tres patitas tiene el jazmín, salta a la cama y te hará reír. Dos patitas tiene el jazmín, cierra los ojos y hazle venir. Una patita tiene el jazmín, cuando no le queden se dormirá por fin.

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¿Es una narración? ¿Una canción? ¿O una simple diversión? Mi hija querida, de cuya compañía tuve la fortuna de gozar cuando descubrí este documento, afirma que se trata de algo mucho más serio: un registro cívico con propósitos educativos. Quizás lleve razón, habida cuenta de lo rápido que mi nieto adorado ha aprendido a contar al son de estos versos.

#mascota


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He vuelto a dejarte las ofrendas bajo el tamarindo en flor. El árbol todavía era joven y ya sobrepasaba la altura de nuestra casa la primera vez que acudí en tu búsqueda, con la certeza de que sus ramas retorcidas ofrecían el resguardo ideal para ti.

En mis sueños como sanuli, cuando el agua llenaba mis pulmones, imaginaba que no solo tú, sino que una familia entera se instalaba en mi árbol. Aunque en mis fantasías, las ramas no eran de madera, sino de coral, y el fosforilo en cuestión de un azul tan brillante que contrastaba incluso contra el cielo de un día despejado.

He dejado mis ofrendas, durante años, bajo un tamarindo de un desabrido color marrón y flores pálidas, esperando distinguir zafiros y rubíes entre sus hojas. Sin embargo, la primera vez que te vi, te confundí con un roado en busca de un nido que robar. Me asusté y enfadé tanto que volví a casa a por una vara de secar, y con fiereza la moví de un lado a otro mientras berreaba que ese árbol era para ti.

Entonces no sabía que eras tú, claro. Pero tu piel era como la de la flor del tamarindo, y tus ojos del marrón de su corteza me miraron confusos. Por fortuna, no te asustaste.

La vara se me cayó de las manos cuando te reconocí, y tú, con esas garras diminutas, esos brazos que cuando se extienden lo hacen en unas alas magníficas, que sirven para mucho más que planear, te lanzaste hacia las confituras que había escamoteado a los vecinos, para atraerte; a los pasteles de tamarindo y limón que mi primo siempre cocinaba, y aún cocina; a los dulces que mi abuela compraba a escondidas para agradarnos, y que ahora compro yo sin necesidad de subterfugios para agradarte a ti.

¿De qué disfrutaste más esa primera ocasión? ¿Del caramelo que se derritió en tus manos? ¿Del bizcocho que tostaste con tu aliento? ¿O del crepitar de los granos de anís que ardieron frente a ti?

Ahora te conozco mejor, y sé que disfrutas tanto del azúcar tostado, como del buñuelo aceitoso, del pan recién hecho untado con manteca, como de la torta simple mordisqueada que solo pude ofrecerte en una ocasión. Te agradezco que siempre aceptes mis ofrendas, y que tú a cambio, nos regales el fuego que nos mantiene con vida cuando la marea se retira y la comida se acaba.

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Es difícil juzgar la relevancia de este relato, dado que mezcla componentes de dos épocas distintas en la historia de los anul: aquella en la que en lugar de brazos tenían aletas y en que se referían a sí mismos como sanuli, y aquella en la que anhelaban que la membrana bajo sus brazos (similar a la que describe en el fosforilo) se fortaleciera hasta convertirse en alas que les permitieran volar como a las aves. De ser veraz, el relato respaldaría la teoría en que durante mucho tiempo los anul vivieron entre el agua y la tierra.
En cuanto al fosforilo, resulta obvio que se trata del predecesor de muchas de las razas hoy conocidas.

#Guardián #Independiente


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Se ha aventurado con frecuencia que la azalina es el animal preferido por todos, pero los motivos son tan variados que merece la pena hacer recapitulación de ellos, ¿pues quién no ha puesto como pretexto el deseo de estirar la cola en un paseo para poder escuchar el zumbido de esta maravillosa criatura? ¿Quién no ha atraído todas las miradas gracias a su azalina?

No hablamos simplemente de la azalina común y más pequeña que su contraparte real. Con un caparazón que oculta su pelaje, fino y suave, apenas atraen la atención, salvo cuando en pleno vuelo sus rojos y azules, morados y amarillos, quedan a la vista en ese batiburrillo de colores con los que atraen las miradas y las manos de los niños hacia sus enjambres. Sin embargo, la azalina común es una criatura silvestre, que rara vez se deja atrapar y que de nada serviría prenderla de un ojal.

Es la azalina real la que con su mayor tamaño, ha convertido su caparazón en una bella obra de arte digna de admiración. A menudo basta con observar los brillos irisados que reflejan su pelaje, que a su vez, no es uniforme. En el caso de las azalinas monocromas, se puede observar un degradado que se oscurece en la proximidad de las hebras al nacimiento del caparazón, y que se van aclarando conforme se alargan.

Es costumbre, entre las azalinas más dóciles, permitir que este pelaje crezca por debajo del caparazón, pues crea una bonita esfera por encima del caparazón muy agradable al tacto. Las azalinas, además, disfrutan de los cuidados dedicados a conservar la longitud y suavidad de su pelaje, y si le son dados con frecuencia, la propia azalina se adherirá a su compañero sin necesidad de otro tipo de persuasión. La única recomendación al respecto es procurar que lo haga a la pieza de vestimenta elegida para tal propósito, pues su ventosa puede causar rozaduras y pequeñas heridas en contacto directo con la piel.

En el caso de desear emplearla como complemento para la cola o las orejas, se recomienda hacerlo acompañado de un pañuelo, un gorjal o unas orejeras. La azalina también se encontrará más cómoda en una pieza de ropa que se adapte a su tamaño.

En la última temporada, se ha observado que la azalina más popular es la azalina primorosa, cuyo caparazón es más fino de lo habitual y deja a la vista un naranja suave que se torna amarillo en el extremo y dota a cualquier atuendo de una luminosidad sin comparación. Más adecuada para ocasiones solemnes, está la azalina plumerilla, que destaca, no por sus colores, sino por su pelaje algo más fino, y que en lugar de abrirse en forma de esfera, cae con elegancia por debajo del caparazón.

La azalina perfecta existe para cada ocasión y cada anul. De modo que no espere más, adquiera su azalina y presuma de su compañía en todas las ocasiones.

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Intuyo que la azalina que hoy día conocemos dista de la variedad con la que convivieron los anules. Hoy día resultan una compañía más agradable para nuestros hijos queridos que como complemento de moda, idea que nos horrorizaría a la mayoría de nosotros hoy día. Sin embargo, debo decir que en más de una ocasión me he encontrado a mi nieta adorada vistiendo a la suya como un sombrero. Por fortuna, esa ventosa de la que hablaban los anules parece haberse atrofiado con el paso del tiempo y mi nieta conserva su cabellera intacta.
Ahora, yo me pregunto, ¿son las azalinas las que han evolucionado hasta alcanzar su tamaño actual, o es con las dimensiones de los anules con las que nos hemos equivocado?

#mascota


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El comienzo de la historia anul se asocia a distintos puntos de inflexión en su cultura, tecnología y evolución; se habla de su surgimiento del agua como si respirar el oxígeno del aire, en lugar de extraerlo del agua fuera más sofisticado. Se menciona la capacidad de escritura con un pincel o una vara como si fuera el único modo de dejar constancia de los hechos. Corren ríos de tinta hablando de cómo la agricultura de superficie supusiera el pináculo de su conocimiento, como si no hubieran desarrollado cultivos volumétricos en sus esferas subacuáticas.

Si se observa con atención, tierra, agricultura y escritura, tienen las tres un denominador común en los comienzos de la historia anul en la figura de la aradora.

La aradora es un reptil serpentino de colores brillantes, de predominante rojo y azul, aunque en ocasiones también se las ha visto con patrones celestes, morados y fucsias. De un tamaño que no sobrepasa el metro de longitud en su madurez, con un carácter dócil y su afición a hundirse en la tierra blanda, convirtió su domesticación en un proceso trivial y al animal en una valiosa herramienta para las labores agrarias. Con una cuidadosa planificación, la tierra florecía y los frutos abundaban bajo el auspicio de la aradora.

¿Quién iba a imaginar, que un cuerpo tan a propósito para la labranza pudiera poseer más virtudes?

Fue durante la plaga de la palitepcha cuando las aradoras hicieron gala de sus cualidades, llenando los campos de advertencias y señales, de un complejo sistema de símbolos y figuras que si los anul hubieran identificado con antelación o descifrado con mayor premura, los hubiera librado de la calamidad que asoló sus tierras más occidentales.

Sin embargo, aquella plaga no supuso el fin de los anul, sino el comienzo de su escritura, o como suele decirse, de su historia. Adoptaron aquellas formas y figuras como su propia expresión escrita, y no únicamente para comunicarse con las aradoras. Es de esos símbolos, simples en su esencia, que empezaron hablando de la experiencia inmediata: tierra, agua, lluvia, sol; de los cuales surgió el alfabeto agrario, y que con el tiempo se convertiría en el abecedario que usamos hoy en día.

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Cabe añadir un detalle que no menciona este texto, y es que con el tiempo las labores agrarias parecieron superfluas entre las virtudes de este animal. Su cualidad para la escritura los convirtió en seres casi inteligentes, muy fiables a la hora de transmitir un mensaje, como demuestra la exposición histórica de la Universidad de Taraccio en el que se exhiben los fósiles y restos de multitud de estas criaturas junto a los documentos con los se las halló. Sé a ciencia cierta que mucho de lo que sabemos, de lo que escribo, lo sabemos gracias a estas criaturas.
Me guardaré mis opiniones sobre los comienzos de la historia de los anul, a pesar de que las poseo en abundancia, pues no son tantas, ni tan precisas, ni tan concisas como las que podría dar mi buena amiga Cenani.

#extractiva #mensajera


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De entre todas las criaturas que se han domesticado, el yansén de agua es una de las más destacables. El yanset cuenta con siglos de selección por parte de los ancestros, que con una inteligencia superior y un tamaño que sobrepasa los actuales, definieron a esta raza según sus necesidades.

Según esta selección sería posible establecer una cronología desde el dominio meletil, la era cristórica hasta los comienzos del dominio anul y la evolución de los sanuli.

Así, el yansén evolucionó en un entorno inhóspito. Poseía unas extremidades frágiles, incapaces de sostener sus propio peso y que le impedían moverse con facilidad. El yensac sacó buen partido de ellas a partir de una involución que eliminó buena parte de su masa corporal y dos terceras partes de sus órganos. Así, el yansén pisó el agua por primera vez junto a los sanul, donde el entorno acuático dotó de un nuevo propósito a esta cadena evolutiva.

El yanset es una especie hexápoda, con un sistema orgánico duplicado, con excepción del reproductivo, cuya copia no es exacta, sino la causa de su dimorfismo sexual permitiendo una serie de hibridaciones que difiere de la especie de sus progenitores.

El yansén posee, además, una coraza natural, habitual en moluscos y amonites, pero evolución infrecuente en especies nectópodas. Las placas coriáceas que cubren al yansén desde la base posterior de la cabeza a lo largo del lomo y hasta la punta de la cola, rodeando su cuerpo por completo con excepción de la parte frontal de la cabeza y la articulación inferior de las aletas. Las placas varían en tamaño y dureza, pero por lo general son alargadas y rígidas, lo que impide al yanset variar su tamaño una vez alcanzada la edad adulta.

La variación de esta característica resultó fundamental en su domesticación: los sanuli favorecieron al yansén cuyas placas eran más flexibles, que poco a poco redujeron su tamaño. Sacrificaron parte de su resistencia a cambio de una gran movilidad que los sanuli aprovecharon para multitud de funciones.

El tamaño de los yensac también varió en consonancia, en general, disminuyendo; en una mutación extraordinaria una clase de yanset multiplicó su tamaño dando muestras del gigantismo propio de la época meletil. Estos yansén aún son reverenciados entre las comunidades sanuli.

Para lo que todavía no se ha hallado explicación es a la variación de sus patrones y colores tras su adaptación al entorno acuático. Durante muchas épocas al yanset se lo percibió de un gris plateado que lo camuflaba en el agua; sin embargo, el yansén ha desarrollado una gama moteada de verdes y amarillos brillantes, placas que recorren el espectro donde se confunden el granate y el púrpura. Es esa dicotomía la discusión más reciente en las escuelas anul, y que se prevé pueda alargarse durante años.

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Se intercambian los términos yansén, del yanset y del yensac con la misma facilidad con la que cambio mi ropa y digo que voy vestido, y sin embargo, textos como este insisten en una diferencia mayor que la existe entre un caballo y un dragón. Los anul domesticaron una gran bestia con el yansén; o más de una, si podemos confiar en las conclusiones extraídas de un texto sumamente confuso y fragmentado.

#montura


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El grito de Znazil reverberó a través del agua como un rayo caído del cielo y eso será lo que mejor recuerde de ese día. No fue solo el dolor, insoportable, lo que hizo que perdiera la consciencia, sino descubrir al señuelo de la doble pegado a la pierna. Se supo devorado desde el mismo instante en que lo vio. En su desesperación intentó arrancárselo de cuajo, como si hubiera olvidado que la doble arrancaría su piel y su carne en el proceso. (Ollicha dijo que había tenido suerte de que no fuera la cola, y yo respondí que solo mientras no pasara por encima de la rodilla).

Ollicha y yo evitamos que tocara el señuelo y perdiera además sus manos, o la doble se sintiera tentada de asegurar con más afán su pieza, antes de cobrársela. (Ollicha dijo que sentía a la doble cada vez más cerca, yo le recordaba cada pocos aleteos que no mirara atrás).

Sabíamos que habíamos entrado en la zona de una doble en cuanto el agua se oscureció de repente y necesitamos un par de parpadeos para distinguir los vacíos que había dejado el plancton. No nos habíamos alejado tanto, apenas nos habíamos internado en la Grieta y la roca aún estaba cubierta de anémonas y coral. Lo único que queríamos era coger las pieles que dejaban atrás las serenas, antes de que se hundieran aún más. No era normal que una doble estuviera tan cerca de la apertura de la Grieta. (Ollicha dijo que las dobles son insaciables, y yo añadí que esta temporada había sido más larga de lo habitual).

En cuanto nos dimos cuenta cerramos nuestras bolsas, con menos pieles de las habíamos previsto recoger. Al principio, creímos que habíamos conseguido pasar desapercibidos. (Ollicha se lamentó de tener que soltar las bolsas, mientras las vimos hundirse mucho más rápido que si hubiéramos esperado a que terminara la temporada, yo le dije que ya habíamos dejado atrás la Grieta, pero ninguno de los dos se atrevió a sugerir volver para recuperarlas).

Cuando volvimos al hábitat temí que no nos dejaran entrar, que nos exigieran que alejáramos a Znazil, que nos culparían por el peligro que traíamos, condenándonos a todos por igual. La doble ya se habría percatado de que nos habíamos alejado de su guarida, y también de que habíamos llevado a su señuelo a un lugar lleno de vida y, por ende, alimento. (Crizcta dijo que hicimos bien en traerlo, Ollicha le dio las gracias y yo rompí en bocanadas nerviosas).

No nos quedamos para la extirpación. Sé que sería horrible. No sabía si Znazil se despertaría después. (Ollicha sí se quedó, quiso verlo todo, aunque no me lo contó).

Yo fui con Tichlo y vi cómo mataba el señuelo de la doble. Aun estaba manchado por la sangre de Znazil. Lo quemó contra la roca y fue una muerte lenta, pues sobre él escribió una condena, una advertencia, una amenaza: en aquel lugar, para la doble solo esperaba dolor, si se atrevía a venir. Tichlo se deshizo del señuelo, que no nos servía ni como alimento. (Tichlo me dijo que detestaba esta clase de tortura, yo pensé que de entre todas las criaturas, la doble era de las pocas que se sobrepondría).

Znazil sobrevivió, en contra de todo pronóstico. Durmió varios días, y como para cuando despertó su piel se había regenerado; su herida, cerrado; sus recuerdos, difuminado; estaba de lo más animado cuando nos sugirió volver para recuperar nuestras bolsas y comprobar si aún quedaban pieles de serena en la Grieta. (Ollicha y yo nos negamos al unísono).

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No me hace falta leer la descripción de esta criatura para conocerla, pues los restos de una se exhiben en el Museo Natural de Samadar desde hace varios decenios. No somos los grandes exploradores del fondo submarino que los anules eran, de modo que la doble apenas supone amenaza para nosotros, aunque imagino que de intentar conquistar ese ecosistema habríamos de vérnoslas con ella. Bien, abogo por la vía pacífica y confío en que si llega ese día, no les parezcamos en absoluto apetitosos.

#depredador


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Todo anul y cada registro de su historia coinciden en que la primera granja de bubosos fue la casa de un médico, probablemente anterior a la transición sanuli, y con aún mayor probabilidad durante una de las plagas frenéticas.

Los bubosos son unas criaturas de tamaño similar a un anul. El buboso se sostiene sobre dos poderosas patas traseras, mucho más gruesas desde que sus, antaño alas, se atrofiaran hasta evolucionar en unos brazos cortos de dedos romos. El único recuerdo que queda de que una vez fueron alas, es una cortina de pelo que cae lustroso desde la articulación de la muñeca hasta el hombro en la forma de dicha extremidad.

Es de destacar que el buboso posee un pelaje abundante que cubre la práctica totalidad de su cuerpo, con excepción de los ojos, las garras de las patas y, según el zoólogo, de la cola. Es tema de debate si el músculo de la cola está recubierto por un tipo de pelaje más fino y suave, o es lo que queda de lo que una vez fueron plumas. Sin embargo, lo más interesante que cubre esa capa de pelo son las bubas que crece a lo largo de su torso y cuello.

Estas bubas empiezan a formarse a partir de su madurez. Crecen hasta alcanzar aproximadamente dos o tres centímetros de diámetro, y entonces, pueden desprenderse con facilidad de la piel del buboso, como los frutos de un árbol. Aunque al principio pueden tardar varios días en crecer, en su plenitud, cada buba tarda apenas unas horas en formarse por completo. Un buboso sano puede llegar a secretar entre medio millón y un millón de bubas a lo largo de su vida.

Estas bubas son tremendamente jugosas. Es natural, pues, que en su entorno natural, las manadas de bubosos se vean rodeadas de un sinfín de criaturas que buscan servirse de estas bubas como alimento.

Ya que se desplazan en grandes manadas, y las bubas, además de numerosos nutrientes, poseen ciertas cualidades calmantes y adictivas, salvo raras excepciones, los bubosos no son vistos como presas por depredadores de mayor tamaño.

Tampoco los bubosos son agresivos, a pesar de ser carnívoros; como la especie carroñera que es, se aprovechan del propio ciclo natural para alimentarse. No es infrecuente que entre su séquito tan variopinto se compita por las bubas, abundantes, pero limitadas; o atraigan a ejemplares ancianos o débiles, incapaces de sobrevivir a la procesión que lideran los bubosos.

Aunque suponen tan buen alimento para los anul como para cualquier otra especie omnívora, los anul aprendieron pronto que digerir una buba sin procesar suponía un riesgo innecesario. Incapaces de renunciar a una fuente de alimento tan nutritiva y abundante, fue en medicina donde su efecto sedativo supuso una revolución. Así, fueron los anul la primera especie capaz de aprovecharse de estas bubas sin necesidad de que sus productores, bien alimentados y atendidos por sus cuidadores, dependieran de la muerte como medio de subsistencia, destacando así el carácter pacífico, afable y generoso que estas criaturas poseen por naturaleza.

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Otra criatura fascinante de la que no conocemos nada de ella sino sus historias, ¡lástima! Los inicios de la medicina anul se basan profundamente en el aprovechamiento de las criaturas que conocían, de un modo similar al que nosotros usamos las plantas en su lugar. Lo que me lleva a preguntarme, ¿tan abundante era la fauna en su época en comparación? ¿O era acaso la vegetación la que escaseaba?

#extractiva


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