Doble
El grito de Znazil reverberó a través del agua como un rayo caído del cielo y eso será lo que mejor recuerde de ese día. No fue solo el dolor, insoportable, lo que hizo que perdiera la consciencia, sino descubrir al señuelo de la doble pegado a la pierna. Se supo devorado desde el mismo instante en que lo vio. En su desesperación intentó arrancárselo de cuajo, como si hubiera olvidado que la doble arrancaría su piel y su carne en el proceso. (Ollicha dijo que había tenido suerte de que no fuera la cola, y yo respondí que solo mientras no pasara por encima de la rodilla).
Ollicha y yo evitamos que tocara el señuelo y perdiera además sus manos, o la doble se sintiera tentada de asegurar con más afán su pieza, antes de cobrársela. (Ollicha dijo que sentía a la doble cada vez más cerca, yo le recordaba cada pocos aleteos que no mirara atrás).
Sabíamos que habíamos entrado en la zona de una doble en cuanto el agua se oscureció de repente y necesitamos un par de parpadeos para distinguir los vacíos que había dejado el plancton. No nos habíamos alejado tanto, apenas nos habíamos internado en la Grieta y la roca aún estaba cubierta de anémonas y coral. Lo único que queríamos era coger las pieles que dejaban atrás las serenas, antes de que se hundieran aún más. No era normal que una doble estuviera tan cerca de la apertura de la Grieta. (Ollicha dijo que las dobles son insaciables, y yo añadí que esta temporada había sido más larga de lo habitual).
En cuanto nos dimos cuenta cerramos nuestras bolsas, con menos pieles de las habíamos previsto recoger. Al principio, creímos que habíamos conseguido pasar desapercibidos. (Ollicha se lamentó de tener que soltar las bolsas, mientras las vimos hundirse mucho más rápido que si hubiéramos esperado a que terminara la temporada, yo le dije que ya habíamos dejado atrás la Grieta, pero ninguno de los dos se atrevió a sugerir volver para recuperarlas).
Cuando volvimos al hábitat temí que no nos dejaran entrar, que nos exigieran que alejáramos a Znazil, que nos culparían por el peligro que traíamos, condenándonos a todos por igual. La doble ya se habría percatado de que nos habíamos alejado de su guarida, y también de que habíamos llevado a su señuelo a un lugar lleno de vida y, por ende, alimento. (Crizcta dijo que hicimos bien en traerlo, Ollicha le dio las gracias y yo rompí en bocanadas nerviosas).
No nos quedamos para la extirpación. Sé que sería horrible. No sabía si Znazil se despertaría después. (Ollicha sí se quedó, quiso verlo todo, aunque no me lo contó).
Yo fui con Tichlo y vi cómo mataba el señuelo de la doble. Aun estaba manchado por la sangre de Znazil. Lo quemó contra la roca y fue una muerte lenta, pues sobre él escribió una condena, una advertencia, una amenaza: en aquel lugar, para la doble solo esperaba dolor, si se atrevía a venir. Tichlo se deshizo del señuelo, que no nos servía ni como alimento. (Tichlo me dijo que detestaba esta clase de tortura, yo pensé que de entre todas las criaturas, la doble era de las pocas que se sobrepondría).
Znazil sobrevivió, en contra de todo pronóstico. Durmió varios días, y como para cuando despertó su piel se había regenerado; su herida, cerrado; sus recuerdos, difuminado; estaba de lo más animado cuando nos sugirió volver para recuperar nuestras bolsas y comprobar si aún quedaban pieles de serena en la Grieta. (Ollicha y yo nos negamos al unísono).
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