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Cosas que se le pasan por la cabeza a uno.

Esa es la sensación que tengo hoy. Ganas de saltar por la borda y escapar de este barco cuyo destino no me atrae especialmente. El mar da miedo. Sin tierra a la vista, las aguas se erigen como incertidumbre infinita. A pesar de ello, la profunda oscuridad tira de mí y me llama. Sabe que estoy atrapado en esta nave, y que ya me he cansado de dar vueltas por sus cubiertas.

Mi empresa ha tirado la casa por la ventana y ha decidido apostarlo todo a la IA. Si te gusta, perfecto. Si no, dos tazas. Muchos proyectos de software libre han decidido subirse al carro también, en lo que a mí personalmente me parece un tiro en el pie. Los gurús vibran programando y generan producto tras producto, no vayan a quedar segundos. La basura ya la limpiarán otros. Y yo estoy tocando fondo.

Como buen veterano de la lucha contra la depresión, sé reconocer su presencia. Y esta última temporada la noto agazapada en una esquina, esperando por el momento adecuado para saltarme al pescuezo. Y gran parte de culpa la tiene esta maldita transformación de mi sector laboral. La tecnología, mal que nos pese, ha tenido siempre efectos devastadores sobre cierto tipo de trabajos, dejando a mucha gente en la calle. Pero es la primera vez en la que noto que no sólo está cambiando la forma de trabajar, sino también los principios mismos de la forma en que razonamos y nos enfrentamos a los problemas.

Si pienso, por ejemplo, en un alfarero, me doy cuenta de que la producción en masa de contenedores, envases y botellas de plástico supuso un antes y un después para su trabajo, cambiando drásticamente el valor de su producto. Sin embargo, creo que todos seguimos apreciando su labor y dedicación. De hecho, ya no lo consideramos producción, sino artesanía.

En el caso de mi trabajo, tengo la sensación de que ocurre al revés. No sólo se está despreciando la calidad de un trabajo bien hecho. También se está sugiriendo que internemos a todos los artesanos en campos de re-educación. Detecto cierto tono revanchista, algo de odio acumulado por años de incompetencia tecnológica, y una falta de escrúpulos tan tremenda que ha logrado que ya nadie hable de los medios, sino sólo de los fines.

Yo he dedicado mi vida profesional a ser un artesano de lo mío. Me gusta hacer las cosas despacio y bien. Nunca me he creído el discurso capitalista de la velocidad y la innovación. Y el tiempo me ha dado la razón. Miro un rato Internet y sólo veo gente enganchada a producir y producir usando un servicio privado de una empresa estadounidense (con algunas excepciones). Ahí es donde querían llegar.

Pero, ¿de qué me sirve la razón si mi apuesta es perdedora? Cuando todos van en una dirección, ¿cómo convencerlos de que corren hacia su propia perdición como pollos sin cabeza? He intentado adaptarme, pero me aburre. Las partes atractivas de mi trabajo ya no están. Lo que yo sabía hacer bien ya no le interesa a nadie.

Quizás sea hora de cambiar de aires. Y saltar por la borda.


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En Asturias tenemos, como en muchas otras regiones, una variedad lingüística que afecta, queramos o no, a nuestra forma de ser. El lenguaje está pegado a nuestra vida, a nuestra cultura, y presente en todos los actos y consecuencias que conforman nuestra existencia dentro de un territorio. Por supuesto, como en tantas otras lenguas, no somos ajenos al fenómeno de los “falsos amigos”. Y hoy me gustaría hablar de uno de mis favoritos.

La palabra “repunante”, así escrita, perdiendo esa g tan agresiva que venía en medio del vagón, se usa mucho en la sociedad asturiana. A pesar de que nuestra lengua no es mayoritaria, y que todavía queda mucho por andar para recuperarnos del maltrato y persecución que sufrió a manos de aquellos que odian la diversidad, esta palabra es bastante utilizada a día de hoy.

Su significado, sin embargo, no es tan despectivo como el de su versión castellana, donde goza de sinónimos como repulsivo, asqueroso, nauseabundo, inmundo, desagradable, hediondo, infecto, pútrido o mugriento (los que pone la RAE). Todo muy bonito, ya ven.

En Asturias usamos la palabra “repunante” para describir a alguien tiquismiquis o pejiguero. Pero, y he aquí lo más importante, en un contexto mucho más familiar y cariñoso. ¿No te gusta la comida que preparé? Ay, qué repunante yes. ¿Cómo que no quieres ir al cine a ver la última de Joachim Trier porque no es de risa? Tas fechu un repunantin.

Los asturianos usamos mucho esta expresión, así que no es raro oírla en cualquier rincón de esta tierra, tanto por gente que habla asturiano como los que no. Una dato simpático, la palabra se define en base al verbo repunar de la siguiente forma (según el Diccionario de la Llingua Asturiana):

repunante: ax. Que repuna. 2 Que-y repuna too [una persona].

repunar: v. Producir sensación de refugu [una cosa, una persona]. Repúname lo dulce. 2 Sentir una sensación de refugu por [una cosa], por [una persona]. Repuné les fabes.

¿Qué tiene esto de curioso? Que el verbo repunar se puede usar de forma activa (yo repuno) como pasiva/reflexiva (me repuna). Que me perdonen los filólogos que no sé si se dice así, pero creo que se me entiende. ¿No es bonito?

Hoy me dio por escribir sobre esta palabra porque ayer le estaba explicando a un compañero de trabajo de fuera de Asturias cómo evolucionaba mi lesión de espalda. En un momento dado, la comparé con un dolor de muelas. No suelen ser muy graves, pero ambos interfieren en tu vida diaria y te agrian el carácter. En concreto, le dije que me había vuelto todavía más “repunante”. Su cara fue un poema.


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Hoy es 8 de marzo y celebramos el día internacional de la mujer. Poco me parece un día. Deberíamos dar gracias a cada minuto por gozar de la compañía de esa mitad de la humanidad que siempre ha estado ahí, sobre todo en los mejores momentos de nuestras vidas. Y ha estado ahí en segundo plano, relegada siempre de forma sibilina por las normas heteropatriarcales no escritas que gobiernan nuestras sociedades modernas.

No hay debate. El que niega la existencia de la brecha lo hace por ignorancia o porque no desea que las cosas cambien. Te basta hablar con una mujer, interesarte por la historia de su vida, para entender los obstáculos diarios a los que se enfrenta. Las mierdas que tiene y ha tenido que aguantar, sólo por pertenecer al bando “equivocado” de la historia.

Tengo la suerte de haber vivido rodeado de muchas mujeres. Ello me ha permitido añadir su perspectiva vital a muchos de los aspectos que gobiernan mi día a día. Ellas tienen que ser las protagonistas de su victoria final, y es por eso que sé que mi rol es de aliado. No quiero caer en esas trampas mortales de la retórica en las que un grupo de machirulos glosa la figura de la mujer sin tener ninguna cerca. Eso sí, ellas saben que cuentan con mi hacha.

A mi madre, con quien tengo una relación nueve meses más larga que con todas los demás, que me crió y educó con todo el amor del mundo, y que tuvo la mala suerte de vivir su juventud en una época en la que las mujeres no eran ciudadanas de pleno derecho en este país. Gracias.

A mi compañera, maravillosa en todo lo que hace. Madre, amiga, trabajadora, pilar de esta familia. Que me dio la oportunidad y me permitió crecer como persona a su lado. Gracias.

A mis hijas, a quienes les he dicho siempre que no se arruguen, que defiendan sus derechos y que por favor hagan de este mundo un lugar mejor. Vuestro es el futuro. Gracias.

A mis amigas y compañeras de trabajo, de las cuales aprendo de continuo. Mi propósito es escucharos todavía más y apoyar la consecución de esos derechos que os ganáis día tras día. Gracias.

Gracias a todas. Porque un mundo mejor con las mujeres es un mundo mejor para todes. A ver si nos entra en la cabeza de una puta vez, y nos olvidamos de los malditos privilegios.


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Pues resulta que tengo la espalda bastante tocada. Eso ha dicho el médico. Como buen coleccionista, me he hecho con unas cuantas hernias de diseño. Y luego he rematado con algo de artrosis porque lo de las hernias ya estaba muy visto. Un cuadro.

La verdad es que grave, grave, no es. Tengo en mi entorno a gente pasándolo mucho peor. Quizás lo que menos estoy llevando es el diálogo conmigo mismo. Ese en el que me recuerdo que ya tengo una edad, que la entropía es muy suya, y que al final todos vamos degenerando. Cada uno a su ritmo.

Ninguna crisis de la mediana edad sin sus achaques. Ningún medio siglo sin llegar al ralentí. Me tendré que poner en modo ahorro de batería, y olvidar todas las actividades que requieren de alegría y movimiento de cadera. Bueno, todas, todas, no.

A estas alturas poco importa si el culpable fue el deporte descontrolado, los entrenadores indocumentados, mi yo adolescente haciendo burradas, o el primo hermano de una dieta baja en calcio. Mi espalda ha dicho que necesita mimos y yo, obediente, voy a hacer todo lo posible por contentarla.

Porque se lo merece. No en vano lleva muchos años aguantándome.


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Dejemos por hoy el narcisismo a un lado. Hablemos de ella. La razón por la que estoy vivo. El calor que me sirve de faro cuando vuelvo a casa entre la niebla. La que evita que todo se hunda y convierte en calma chicha lo que hace un momento eran tormentas.

Ella siempre ha estado ahí. Ha sido el pecho sobre el que derramar lágrimas, y la mirada que todo lo entiende y respeta. Eso en los momentos malos. Me cuesta por otro lado recordar algún instante de felicidad del que no haya sido cómplice.

A veces soy malo con ella. Discuto, critico, o simplemente la descuido. Los locos es lo que tenemos. Mordemos la mano que nos da de querer. Pero me basta un segundo sin ella para darme cuenta de lo mucho que la necesito. Y entonces lamento todas y cada una de mis acciones que hayan podido insinuar siquiera una tara en su comportamiento.

A lo mejor no es perfecta. No lo puedo ni imaginar. Pero sé que es la pieza del rompecabezas que vino a mostrarme el paisaje, la visión general de una vida que merece la pena. Es mi compañera de viaje y mi destino.

A veces, se marchita un poco y parece una película a cámara lenta. Me gusta en esos momentos ofrecerle un abrazo, tratar de devolverle una ínfima parte de todo lo que ella me ha dado. Creo que lo consigo.

Con ella he mejorado como hombre, como padre y como hijo. Como compañero y amigo. Es la mejor madre, amiga, compañera, confesora, cuidadora, asesora y persona con la que podía haber soñado.

Escribo esto desde un tren que me lleva a toda velocidad hacia sus brazos. Cada segundo se me hace bola. Cada parada es un pequeño martirio, tolerable porque sé que, al final de la vía, ella me espera.


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Llevo ya dando vueltas un tiempo a una teoría loca. La de que el fenómeno de los vasos comunicantes puede servir para explicar muchas dinámicas dañinas que afectan a nuestro día a día. En mi caso, me sirve para explicar cierto patrón que estoy detectando en el entorno laboral en el que me muevo habitualmente. En concreto, estoy hablando de los “IA-bros”, acólitos de la tecnología disruptiva y de la programación basada en “vibras” (como diría algún adolescente).

Imaginemos a un equipo dentro de una empresa. El equipo A, como en la tele. Su función es la de mantener, remozar y actualizar proyectos muy complicados, con mucha lógica de negocio detrás. Esto, para los que no sean del gremio, es una labor muy tediosa, con mucha carga de trabajo y que requiere de mucho esfuerzo cognitivo. Mucho más si, como es el caso de nuestro equipo A, ninguno de los proyectos que manejan fue creado por ellos. Es decir, y esto es importante, su labor siempre es la de mantener productos desarrollados por otros.

Partimos entonces de una situación de, podríamos decir, “secuestro intelectual”. Me explico. Una persona del equipo A se enfrenta a diario a los errores derivados de decisiones tomadas por otra gente. Como bien dicen en algunos tratados de psicología, la combinación de una gran responsabilidad con una total falta de control es la ruta más corta hacia el estrés. Y no meto en la ecuación la desmotivación que eso conlleva porque ya sería jugar con mucha ventaja.

La gente que tomó las decisiones puede seguir o no en la empresa. Puede estar en otros equipos. No tienen por qué ser jefes o cargos intermedios. Su único rol en este escenario es el de perpetradores. Son los que tomaron una decisión. No entro en si esas decisiones son buenas o malas, pero sí en el proceso mediante el cual se toman.

Cuando uno tiene que decidir entre varias alternativas, son muchos los factores que podemos tener en cuenta. Es verdad que al final, muchas veces es nuestro cerebro reptiliano (por favor, discúlpenme los psicólogos por esta burda simplificación) el que la toma sin más, por alguna corazonada. Pero en general valoramos en nuestras cabezas el coste y el beneficio de cada posible camino a tomar.

Ahí es donde yo quería llegar. Tengo la sensación de que, en algunos casos, muchas personas toman decisiones sólo en base al beneficio (y a corto plazo, además) porque inconscientemente saben que el coste se lo va a comer otro. En el caso de nuestra empresa de ejemplo, los miembros del equipo A no tuvieron ni voz ni voto en las decisiones originales, pero ahora se comen a diario las consecuencias de aquellas.

Tristemente, me da la impresión de que esto es algo generalizado. Y que nuestro querido equipo A no está solo en su cofradía. Miramos alrededor y percibimos este patrón en muchas escenas cotidianas. Jefes que compran productos software que nunca van a tener que usar. Tenderos que te recomiendan productos que ellos no consumirían. Curanderos que te prescriben remedios cuyos efectos secundarios no van a sufrir. En general, consejos vendo que para mí no tengo.

En informática, el caso más paradigmático quizás es el de la gente que programa de manera descuidada, porque es consciente de que no va a tener que mantener dicho código. Suele ser la gente que se lleva las medallas, trabajadores del mes que deslumbran con su rapidez. Mi hipótesis es que esto no funcionaría si estas personas tuviesen que responder de sus decisiones, esto es, mantener, documentar y reparar el fruto de su entusiasmo digital. Ya vendrán otros. El equipo A, por ejemplo.

En determinados ámbitos, como el de la investigación, es normal crear engendros tecnológicos, porque normalmente quieres probar una idea de forma rápida. Pero en estos casos la persona que lo crea no tiene pensado ponerlo en producción. Se lo guisa y se lo come, con más o menos dolores de cabeza. Sólo hay que ver muchos de los programas o scripts que acompañan algunos artículos científicos.

No me quiero extender mucho más, así que voy a intentar ir al grano. Lo que planteo es que, cuando los fanáticos de la IA nos venden el aumento de productividad asociado, en realidad ese tiempo ahorrado no desaparece, sino que se transforma y traspasa a otro pringado. Cuando formas parte del equipo A, no te hace mucha gracia que ciertas personas cojan mucha velocidad.

Si alguien deja caer algo de basura al suelo, y nuestra labor es recogerla, se hace y punto. Sobre todo si te pagan por ello y las condiciones son dignas. Pero es que ahora ese alguien esparce la mierda en moto y te piden que lo sigas corriendo.


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Hoy vengo menos literario y más personal. Me acabo de levantar, es un domingo por la mañana y he pasado una noche horrible. Me siento en este momento como si me hubieran pegado una paliza un alegre grupo de drugos vestidos de blanco y de gustos neoliberales extremos. De hecho, me ha costado mucho esfuerzo el sentarme aquí y cumplir con mi compromiso diario. Porque sí, tengo un propósito que empezó como hábito a adquirir en el 2026 y que ya se ha instalado en mi vida. Todos los días me siento y escribo durante un mínimo de quince minutos.

Y ya está. Así de simple. Lo único que quería era seguir los consejos del señor James Clear en su famoso libro “Hábitos Atómicos”. A saber, ponerse metas muy bajas pero frecuentes, anclar los hábitos a otros ya instalados en nuestra vida, y regalarme alguna recompensa una vez terminada mi incursión diaria. Lo último fue fácil. Chocolate.

Lo bueno es que parece que la cosa ha cuajado. Llevo ya muchos días escribiendo sin pretensiones. Una entrada del blog por aquí. Avanzando con algún proyecto aparcado por allí. Sin pretensiones. Sin metas. Sin plazos. Puedo decir que la cosa funciona cuando, hasta en días como hoy, me encuentro aquí asomado al teclado.

Hoy no he dormido bien. Me he levantado como cuatro veces al baño (mi vejiga debe de ser como la de un click de Playmobil, porque tengo menos autonomía que un móvil oxidado). Arrastro un dolor de espalda continuo desde hace meses que empeora mucho en la cama. Añadimos una pizca de mi habitual ansiedad y todo listo y en bandeja.

No tengo nada grave. Sobre todo, cuando lo comparo con el estado de salud de alguno de mis amigos. Según mi psicóloga, es necesario apreciar también esa condición, esto es, nuestro lugar en el mundo del sufrimiento físico y mental. La clave, sin embargo, está en el verbo “apreciar”. Aquellos que, como yo, no tengan la salud mental en la columna de las ventajas, sabrán entender que, precisamente, la parte de la percepción es donde reside la mayor vía de agua. ¿Cómo puede uno “apreciar” lo bien que está en comparación con los demás si sus sentidos le transmiten lo contrario?

Yo, además, siempre comparo el dolor de espalda con el de muelas o el de cabeza. Son situaciones que no tienen por qué ser provocadas por ninguna dolencia grave. Sin embargo, ese runrún continuo puede llegar a afectar con gran fuerza a una estructura mental ya de por sí frágil. Por otro lado, la pequeña parte de uno que sí es consciente del privilegio de estar sano se viene arriba y sube la apuesta añadiendo un quintal de culpa a la ecuación.

Para romper con este círculo vicioso, la psicología normalmente recurre a técnicas escritas. Parece ser que el hecho de escribir y razonar sobre nuestras distorsiones cognitivas ayuda bastante a ver con claridad. Por eso a veces escribo sobre estas cosas aquí, y abandono el tono más literario. Porque quiero desahogar, soltar alguna de estas pesadas alforjas llenas de mierda y meditar sobre la situación real y privilegiada en que me encuentro.


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Mi forma de escribir es anárquica. No tengo constancia, ni mucho menos estilo, pues soy bastante flojo y nunca me lo he tomado tan en serio como se lo merece algo que, en el fondo de mi alma, sé que me gusta y me hace bien. Suelo escribir aquí, inspirado por cosas que me ocurren o que surgen cual chispa de encendido en alguna esquina de mi mente ansiosa. Me gusta jugar con las palabras, buscar sonidos más que palabras extrañas, colores y sensaciones antes que profundos significados.

No soy tan inteligente como para dotar a estos escritos de fondo, de sustancia. No creo que nada en este diario pueda ayudar a nadie. A veces me gustaría escribir sobre cosas sesudas, en las que mi opinión y mi conocimiento pudiera marcar una diferencia, pero no soy esa persona. Me pongo a rebuscar en el baúl de mis conocimientos a menudo, con el objetivo de escribir por aquí algo concreto, algún consejo o técnica que pudiera servir, y la única conclusión a la que llego es que me he quedado estancado en lo personal, laboral y emocional.

Como persona, y miembro de la comunidad, creo que nunca había estado en unos niveles tan bajos de aceptación. Al menos, en la encuesta que me hago a mí mismo unas diecisiete veces al día. Hubo épocas en mi vida en las que participé en asociaciones y ONGs, me impliqué con el objetivo de cambiar la sociedad, de forma limitada, y tuve ilusión por cambiar el mundo. Tenía ideales y creencias, más o menos acertadas, pero que me ayudaban a ir tirando.

Como trabajador, estoy atravesando una etapa de mucha desmotivación. Hubo épocas en mi vida laboral en que creía tener más claro lo que quería ser. Me gustaba el tema de los datos, y quería usarlos para ayudar a los demás. Quizás por eso recuerdo con especial cariño la etapa en la que trabajé de bioinformático en un laboratorio de investigación. Allí, rodeado de gente muy brillante, aprendí muchísimo sobre biología y sobre el proceso mediante el cual cultivamos conocimiento nuevo. Al igual que en otros muchos trabajos, también tuve mis momentos duros. Sobre todo, asociados a mi eterna inseguridad. Pero al final del día tenía un asidero. Pensaba en que mi trabajo tenía un fin, en esencia, bueno. Ojalá pudiera decir lo mismo ahora.

Como pareja, padre e hijo, creí durante largo tiempo tener mucho que decir o aportar. Sin embargo, a día de hoy, no alcanzo a ver en mí ninguna chispa que pueda iluminar las vidas de aquellos que me soportan en este viaje. Tengo la sensación de ser cada día más superfluo, más innecesario. Los hijos se hacen mayores y ya la suerte está echada. Espero haber plantado en ellos la semilla que algún día les hará convertirse en las personas buenas y honestas que sin duda serán. Pero mi rol es cada vez menos necesario.

Esta disfunción ejecutiva, que me agarra y me clava al suelo de forma violenta, acabará con mi vida de pareja o familiar si no encuentro pronto una solución. Porque cuando uno empieza por no verle ilusión a nada, no puede esperar que la ilusión le devuelva la mirada de forma altruista. Se empieza por hacer menos, y el día más inesperado, te encuentras con que no has hecho nada. Ni levantarte de la cama.

A lo mejor algún día de estos encuentro una identidad perdida en un contenedor. Quizás, con suerte, me encaje y pueda verme a mí mismo desde otra perspectiva. Experimentar la sorpresa y la ilusión de nuevo, descubrir un nuevo camino, sencillo pero inspirado, que me enseñe a ser feliz en mi mediocridad.

Sí. Eso estaría bien.


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A veces. Sólo a veces. Quiero ver el mundo arder.

A gente mala quiero ver consumida por las llamas.

Intolerancia y falta de empatía. Un buen combustible.

Sus lágrimas no pueden pararlo. No tienen. Fueron niños secos, sin agua ni recovecos.

Hoy gritan asustados. Su piel se cae a tiras. Las manos no vendrán del futuro a rescatarlos.

Ya no hay manos.


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Hoy me he levantado algo pachucho. Mi cuerpo ha decidido declarar la revolución y abrazar a los invasores. Los muros han caído y, abrazado a un sanitario de color blanco sucio, he comenzado mi día. No se trata de nada grave, más bien parece algún tipo de proceso vírico intestinal de esos que tanto abundan. Ni me voy a morir ni quedarán secuelas. Mañana ya casi ni me acordaré.

Es curioso, sin embargo, como en ocasiones las dolencias más pequeñas nos convierten en auténticos caprichosos y quejicas. Una llamada de atención, quizás, que nos abstrae por un momento de esta adultez no solicitada y nos devuelve al niño que ya ni reconocemos en las fotos viejas. Siempre adscrito al rol de cuidador, un pequeño virus no es más que un salvoconducto para imbuirnos de un dulce e inocuo egoísmo. Por una tarde podemos volver a ser dependientes y privilegiados. Podemos ser mandones y exigir nuestra dosis de mimos.

Voy un poco más allá. Me fascina cómo una leve molestia de tripa puede afectar a mi equilibrio mental. Todo se relaciona con todo, y la falta de energía baja el listón de mi competencia a la hora de enfrentarme a mis responsabilidades diarias. Todo se me hace difícil, y me parece más lejano. Cualquier esfuerzo es insoportable. Y me tengo que recordar a cada segundo que no me estoy muriendo, que se trata sólo de un señal, un síntoma de ese capitalismo salvaje en el que vivimos, y que nos empuja cada día a dar la mejor versión (consumista) de nosotros mismos.

Vivimos al límite. En el trabajo, tenemos que usar lo último en tecnología para no quedarnos atrás. Formarnos en nuevos conocimientos que nos permitan, no ya comprender, pero sí entender, a nuestros compañeros más jóvenes. En casa debemos ponernos el traje de superhéroe y no sólo organizar compras, comidas e intendencia cual restaurante de bodas, sino también educar en valores a nuestros descendientes.

En caso de formar una pareja convencional, lo habitual ahora es que los dos tengan que trabajar para mantener el nidito. Si tu rollo es distinto en el amor y lo familiar, entiendo que tendrás que sumarle la incomprensión de los demás y la continua lucha por tu espacio en una sociedad que critica al diferente por deporte.

Hablemos de deportes. No vale con salir a caminar un rato por placer. Hay que decidirse por una actividad, comprar todo el outfit que toque y esforzarse en superarse día tras día. Porque quien no se mejora a sí mismo, se queda atrás, es un fracasado y además no ha entendido los principios básicos del capitalismo, en los que tenemos que crecer personalmente hasta reventar cual globo lleno de falsas promesas de superación.

¿Es extraño entonces que a la mínima señal de disconformidad queramos abandonar el barco? Este ritmo no hay quién lo aguante. Creo que me estoy mareando un poco al escribir. Me voy a bajar un ratito de la rueda a descansar. Por lo menos hasta que mi pareja me pida la vez.


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