Los relatos de Ibnussabel

relato

Juan estaba disfrutando de un agradable fin de semana con su hijo en Madrid. Había pensado que sería buena idea merendar unos churros en la mítica chocolatería San Ginés antes de volver a Palencia. El nutrido grupo de turistas que esperaba en la cola le hizo sospechar que quizá algo había cambiado desde esos años en los que solía ir con su mujer.

—Dos de churros con chocolate, por favor —pidió, confiado. —Sorry, only English —respondió el joven dependiente que le atendió. —¿Será posible? ¡Habrase visto! —Tranquilo, papá —intervino Martín—. Hay que pedir en inglés. Ya me encargo yo.

Mientras el hijo indicaba al camarero lo que querían tomar, el padre seguía con la conversación paralela.

—¿Pero cómo que en inglés? Si esto es un sitio de Madrid de toda la vida. —No seas antiguo. Además, con lo pesado que te ponías para que lo aprendiera de pequeño, que incluso me mandaste a una academia, podrías haber empezado a estudiar antes. Hace ya dos años de la ley nueva, eh. —Bueno, joder. Pero esto es pasarse.

En la mesa, pese a los esfuerzos de Martín para hablar de otras cosas, Juan seguía empecinado con lo mismo. En su momento, cuando se propuso adoptar el inglés como lengua oficial en toda la Unión Europea, de modo que sus ciudadanos pudieran vivir y trabajar en cualquier estado miembro sin necesidad de aprender ningún otro idioma, pensó que era una idea formidable. Ahora que se había materializado en ley, empezaba a verle aristas.

—Yo entiendo que lo del inglés es muy útil para que la movilidad geográfica sea real y que tú puedas ir a trabajar a Francia, Alemania, Dinamarca o donde quieras —insistió—. Eso no lo discuto. Lo que no me parece ni medio normal es que no se me permita usar el idioma de mi país estando en España. —Estamos hablando en castellano ahora mismo, ¿no? Nadie te va a prohibir eso —repuso Martín. —Sí, claro, en una conversación privada. Pero, ¿qué pasará si tengo que ir al médico y solo habla inglés? —No te preocupes por eso. Aún quedan tres años de moratoria para servicios esenciales.

El padre hundió el churro que tenía en la mano en la taza de chocolate como quien apaga una colilla en un cenicero.

—¿Qué quieres decir? ¿Que luego no me atenderán en castellano?

Su hijo le miró con ternura.

—Supongo que no lo cambiarán de la noche a la mañana. Habrá algún tipo de servicio de asistencia, ¿no? De todos modos, si vas a clase, pronto hablarás inglés a la perfección. —No sé yo… —Juan pescó el churro con ayuda de la cucharilla—. A mi edad no es tan fácil, ¿sabes? —Bueno, voy contigo cuando haga falta. Aparte, esto es Madrid. En Palencia siempre quedarán médicos que hablen castellano.

Este último argumento tranquilizó un poco a Juan. Acabaron de disfrutar de su merienda charlando de otros temas y, al salir, el padre se animó a despedirse de los camareros en inglés: «Good bye. Thank you!»

#relato

Anne llegó tarde. La oscuridad cubría totalmente el cielo cuando se reunió con Aritz y Unai en el claro del bosque. No era necesario hablar; los tres sabían lo que tenían que hacer. Unai trazó el signo de Ake en el suelo con sal mezclada con tierra. Aritz colocó cirios rojos alrededor del símbolo, procurando formar un círculo. Anne abrió el grimorio y buscó la página que necesitaban.

Cuando el escenario estuvo listo, los jóvenes iniciaron el ritual. Anne rompió el silencio recitando las palabras del hechizo. El tono de su voz se mantuvo firme durante todo el conjuro. Estaba concentrada en su tarea y no dejó que le afectaran los ruidos ni los movimientos que creía percibir a su alrededor. Al terminar la letanía, cerró el libro, el viento apagó los cirios y los tres amigos se dispersaron sin decir nada.

Volvieron a reunirse al día siguiente, por la tarde. Se encontraron en el sitio de siempre, la taberna de la parte alta del pueblo.

—¿Habéis notado algo? —empezó Aritz. —Nada de nada, tío —respondió Unai—, pero ha pasado poco tiempo. —¿Pone algo en el libro de cuánto hay que esperar, Anne? —No seas impaciente. Hicimos lo que teníamos que hacer; ahora está fuera de nuestras manos. —¿Y en manos de quién está? —insistió Aritz.

La mirada de Anne fue más elocuente que cualquier respuesta. Estaba todo dicho. Mejor buscar otro tema de conversación.

Unos días más tarde, Unai le contó a la cuadrilla que había obrado un prodigio. Estaba en el monte con su perro Yak y este se había cascado una pata persiguiendo a un conejo. El pobre animal renqueaba y aullaba de dolor. Unai le había cogido la pata entre las manos, había deseado que se curara y, de forma inexplicable, el hueso se recompuso y el perro volvió a correr como siempre.

Envalentonados por la anécdota, Aritz y Anne se dispusieron a poner a prueba sus poderes. El chico, que desde pequeño había sido un poco bruto, lanzó una piedra contra la cara de Anne sin avisar y le abrió una brecha. Anne le insultó y le dio un puñetazo que le partió el labio. Con esas heridas, intentaron curarse el uno al otro, y lo lograron. El ritual había sido un éxito.

Estaban eufóricos. Querían descubrir los límites de su poder. Por eso se introdujeron en lo más profundo del bosque y empezaron a hacer pruebas. Aprendieron que no solo podían sanar, también podían infligir heridas, romper cosas, arreglarlas, dominar a algunos animales; incluso llegaron a invocar una pequeña nube de lluvia, aunque para eso tuvieron que concentrarse los tres en el mismo propósito.

A partir de ese momento, la magia era el pensamiento que ocupaba sus mentes la mayor parte del día. Cuando estaban juntos, practicaban en grupo. Cuando estaban solos, lo intentaban en solitario. Poco a poco empezaron a controlar sus poderes con precisión. Ya no se trataba de ver quién lograba el efecto más grande, sino el más sutil.

Anne era la más aplicada. Siempre le había fascinado el mundo esotérico, por eso había convencido a su pequeña cuadrilla para que se sumara a su alocada idea. No tenía muchas esperanzas de que fuera a funcionar, pero al constatar que era real, no podía quitárselo de la cabeza. Su vida entera se centró en la brujería. Sus compañeros, en cambio, se lo habían tomado como un juego que había evolucionado a milagro.

Unos meses más tarde, cuando los chicos creían que ya tenían una perfecta comprensión de su magia, Anne les enseñó que aún les quedaba mucho por aprender. Estaba cada uno en su casa, ocupándose de sus asuntos, cuando Aritz y Unai oyeron unas palabras en su mente: «Hola, amigos.» Era Anne comunicándose por telepatía. Ellos no habían logrado nada ni remotamente parecido estando juntos y ella podía hablar con los dos a la vez desde decenas de metros de distancia. «Reuníos conmigo de inmediato en el claro del bosque. Os espero.»

Asombrados, dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron ipso facto al punto acordado. Cuando llegaron, Anne aguardaba con una enorme sonrisa en la cara, pero no era un gesto afable, sino travieso.

—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Aritz a modo de saludo. —¡Silencio! —ordenó Anne. Obedecieron a la fuerza porque habían perdido la capacidad del habla. —Os he convocado para explicaros lo que está pasando —prosiguió la nueva bruja—, porque veo que solos no sois capaces de entenderlo. El pacto que hicimos era magia de sangre, no un juego de niños. No vais a progresar nunca si no os implicáis como yo. Estos dones no son gratis; las fuerzas que nos los han otorgado esperan su parte. Vosotros parecéis unos desconsiderados que habéis estado ignorando vuestras obligaciones. Si queréis recorrer este camino, deberéis hacer sacrificios. Cuanto mayor sea la ofrenda, mayor será la recompensa. ¿Me entendéis?

Aritz y Unai, que seguían sin poder hablar, asintieron con la cabeza.

—En ese caso, ya sabéis lo que os toca. No me defraudéis. Si me hacéis quedar mal, vosotros seréis los sacrificados.

Tras estas palabras, Anne liberó a sus amigos del hechizo y se esfumó en una densa niebla.

Los dos chicos estaban en shock. Se habían dejado arrastrar por las fantasías de Anne y ahora estaban jugando a un juego muy peligroso del que no conocían las reglas. Sin embargo, el poder que habían probado y el que habían visto en su compañera eran una tentación demasiado grande para dejarla escapar.

#relato

No eran ni las cinco de la mañana y Clau ya estaba despierto. El calor sofocante de Barcelona no le permitía conciliar el sueño. Apoyó el colchón contra la pared y abrió la mesa plegable. Ese era, en esencia, todo su mobiliario. Vivía con seis personas más en un piso compartido de cuarenta metros cuadrados.

Sentado en el suelo, conectó su viejo dispositivo para buscar algún trabajo. Los ingresos que recibía del sistema de ayudas eran insuficientes. Tras pagar los gastos comunes, apenas disponía de veintitrés créditos para pasar el mes. Eso equivalía a comer tres veces a la semana, cuatro si tenía suerte.

La mayoría de anuncios eran labores de gran desgaste físico y escasa retribución. Sin embargo, encontró uno especial. Acababa de entrar en el sistema y, debido al horario intempestivo, nadie lo había reclamado aún.

Mantenimiento lógico. 730 créditos. 11 horas.

Era demasiado bueno para ser verdad. Nunca había visto una oferta que llegara a las tres cifras. Tenía que ser un error, o una estafa. La aceptó sin pensarlo dos veces. Fuera lo que fuera, no iba a dejar escapar esa oportunidad. Además, era una tarea que podía hacer desde su casa. Eso era inusual también.

El paquete del encargo tardó en descargarse. Se trataba de un galimatías de código antiguo, anterior incluso a la consolidación de las IA corporativas. Capas de parches automáticos, errores corregidos a medias y rutinas generadas por modelos obsoletos.

Clau no tenía ninguna titulación. Nadie las tenía. Los centros educativos hacía tiempo que se habían convertido en viviendas o almacenes. Había aprendido por su cuenta trasteando por aquí y por allá y consultando fragmentos de manuales que habían sobrevivido en las profundidades de la red. Esos conocimientos le permitían aceptar trabajos más especializados y con menos competencia. Ninguno tan complicado como este. Ahora entendía el precio que le habían asignado.

A las seis llegó el primer corte de luz. Conectó la batería comunitaria y siguió trabajando con el brillo de la pantalla al mínimo. A las ocho, el calor era infernal. Estaba sudando a mares, pero tenía que seguir para cumplir el plazo. Mientras intentaba comprender el funcionamiento de todas esas líneas de código, una mujer vomitaba en el fregadero y otra comentaba que el agua saldría marrón hasta el mediodía.

A las nueve y diez encontró el problema principal. La IA había intentado optimizar la aplicación de mil maneras distintas, pero no había tocado la raíz. Cada solución había dejado una nueva herida en un sistema maltrecho. Una vez descubierta la causa, resultaba sorprendente que siguiera funcionando. Los modelos automatizados no habían comprendido lo que ocurría; Clau, sí.

Aunque no las tenía todas consigo, borró bloques enteros y reconstruyó desde cero un montón de funciones. Ignoró multitud de avisos de seguridad y siguió adelante con la esperanza de no estar cometiendo un error fatal. Cada línea que eliminaba aumentaba su nivel de ansiedad.

A las doce, la ciudad entró en el silencio del calor extremo. Ni repartidores, ni niños, ni gente discutiendo. Los únicos lugares donde la vida continuaba eran las residencias de los bastante ricos para costearse el aire acondicionado. Clau tenía los ojos y la garganta resecos. La cabeza le latía, pero el cronómetro seguía avanzando. No podía descansar aún.

A las tres y treinta y ocho de la tarde, entregó el trabajo y el sistema ejecutó las pruebas de validación. Una hilera de cuadritos blancos se iba llenando y vaciando de nuevo en la pantalla. La espera le estaba matando. Por suerte, apenas unos minutos después apareció el mensaje que estaba anhelando:

Operación completada con éxito. Coste registrado: 730 créditos. Coste IA anticipado: 38.400 créditos.

Clau dio un salto de alegría. El movimiento repentino hizo que se mareara un poco, pero había valido la pena.

Anomalías detectadas. Marcado para revisión profunda.

La euforia se desvaneció. Eso solo podía significar malas noticias. Había pasado por alto algún error grave y sería sancionado. Cayó al suelo cuando apareció el último mensaje en la pantalla.

Revisión superada con éxito.

Le llegó la notificación del pago de los 730 créditos. Había salido bien. ¿Acaso estaba soñando? Nunca había dispuesto de tanto dinero en su vida. No era una fortuna, pero podría subsistir varios meses e incluso comer todos los días. Cuando volvió a prestar atención a la pantalla, se fijó en que, entre las ofertas de siempre, empezaban a aparecer otras, similares a la que acababa de completar.

Mantenimiento lógico. 234 créditos. 7 horas. Mantenimiento lógico. 467 créditos. 16 horas. Mantenimiento lógico. 116 créditos. 5 horas.

#relato