Inteligencia natural
No eran ni las cinco de la mañana y Clau ya estaba despierto. El calor sofocante de Barcelona no le permitía conciliar el sueño. Apoyó el colchón contra la pared y abrió la mesa plegable. Ese era, en esencia, todo su mobiliario. Vivía con seis personas más en un piso compartido de cuarenta metros cuadrados.
Sentado en el suelo, conectó su viejo dispositivo para buscar algún trabajo. Los ingresos que recibía del sistema de ayudas eran insuficientes. Tras pagar los gastos comunes, apenas disponía de veintitrés créditos para pasar el mes. Eso equivalía a comer tres veces a la semana, cuatro si tenía suerte.
La mayoría de anuncios eran labores de gran desgaste físico y escasa retribución. Sin embargo, encontró uno especial. Acababa de entrar en el sistema y, debido al horario intempestivo, nadie lo había reclamado aún.
Mantenimiento lógico. 730 créditos. 11 horas.
Era demasiado bueno para ser verdad. Nunca había visto una oferta que llegara a las tres cifras. Tenía que ser un error, o una estafa. La aceptó sin pensarlo dos veces. Fuera lo que fuera, no iba a dejar escapar esa oportunidad. Además, era una tarea que podía hacer desde su casa. Eso era inusual también.
El paquete del encargo tardó en descargarse. Se trataba de un galimatías de código antiguo, anterior incluso a la consolidación de las IA corporativas. Capas de parches automáticos, errores corregidos a medias y rutinas generadas por modelos obsoletos.
Clau no tenía ninguna titulación. Nadie las tenía. Los centros educativos hacía tiempo que se habían convertido en viviendas o almacenes. Había aprendido por su cuenta trasteando por aquí y por allá y consultando fragmentos de manuales que habían sobrevivido en las profundidades de la red. Esos conocimientos le permitían aceptar trabajos más especializados y con menos competencia. Ninguno tan complicado como este. Ahora entendía el precio que le habían asignado.
A las seis llegó el primer corte de luz. Conectó la batería comunitaria y siguió trabajando con el brillo de la pantalla al mínimo. A las ocho, el calor era infernal. Estaba sudando a mares, pero tenía que seguir para cumplir el plazo. Mientras intentaba comprender el funcionamiento de todas esas líneas de código, una mujer vomitaba en el fregadero y otra comentaba que el agua saldría marrón hasta el mediodía.
A las nueve y diez encontró el problema principal. La IA había intentado optimizar la aplicación de mil maneras distintas, pero no había tocado la raíz. Cada solución había dejado una nueva herida en un sistema maltrecho. Una vez descubierta la causa, resultaba sorprendente que siguiera funcionando. Los modelos automatizados no habían comprendido lo que ocurría; Clau, sí.
Aunque no las tenía todas consigo, borró bloques enteros y reconstruyó desde cero un montón de funciones. Ignoró multitud de avisos de seguridad y siguió adelante con la esperanza de no estar cometiendo un error fatal. Cada línea que eliminaba aumentaba su nivel de ansiedad.
A las doce, la ciudad entró en el silencio del calor extremo. Ni repartidores, ni niños, ni gente discutiendo. Los únicos lugares donde la vida continuaba eran las residencias de los bastante ricos para costearse el aire acondicionado. Clau tenía los ojos y la garganta resecos. La cabeza le latía, pero el cronómetro seguía avanzando. No podía descansar aún.
A las tres y treinta y ocho de la tarde, entregó el trabajo y el sistema ejecutó las pruebas de validación. Una hilera de cuadritos blancos se iba llenando y vaciando de nuevo en la pantalla. La espera le estaba matando. Por suerte, apenas unos minutos después apareció el mensaje que estaba anhelando:
Operación completada con éxito. Coste registrado: 730 créditos. Coste IA anticipado: 38.400 créditos.
Clau dio un salto de alegría. El movimiento repentino hizo que se mareara un poco, pero había valido la pena.
Anomalías detectadas. Marcado para revisión profunda.
La euforia se desvaneció. Eso solo podía significar malas noticias. Había pasado por alto algún error grave y sería sancionado. Cayó al suelo cuando apareció el último mensaje en la pantalla.
Revisión superada con éxito.
Le llegó la notificación del pago de los 730 créditos. Había salido bien. ¿Acaso estaba soñando? Nunca había dispuesto de tanto dinero en su vida. No era una fortuna, pero podría subsistir varios meses e incluso comer todos los días. Cuando volvió a prestar atención a la pantalla, se fijó en que, entre las ofertas de siempre, empezaban a aparecer otras, similares a la que acababa de completar.
Mantenimiento lógico. 234 créditos. 7 horas. Mantenimiento lógico. 467 créditos. 16 horas. Mantenimiento lógico. 116 créditos. 5 horas.