Aquelarre
Anne llegó tarde. La oscuridad cubría totalmente el cielo cuando se reunió con Aritz y Unai en el claro del bosque. No era necesario hablar; los tres sabían lo que tenían que hacer. Unai trazó el signo de Ake en el suelo con sal mezclada con tierra. Aritz colocó cirios rojos alrededor del símbolo, procurando formar un círculo. Anne abrió el grimorio y buscó la página que necesitaban.
Cuando el escenario estuvo listo, los jóvenes iniciaron el ritual. Anne rompió el silencio recitando las palabras del hechizo. El tono de su voz se mantuvo firme durante todo el conjuro. Estaba concentrada en su tarea y no dejó que le afectaran los ruidos ni los movimientos que creía percibir a su alrededor. Al terminar la letanía, cerró el libro, el viento apagó los cirios y los tres amigos se dispersaron sin decir nada.
Volvieron a reunirse al día siguiente, por la tarde. Se encontraron en el sitio de siempre, la taberna de la parte alta del pueblo.
—¿Habéis notado algo? —empezó Aritz. —Nada de nada, tío —respondió Unai—, pero ha pasado poco tiempo. —¿Pone algo en el libro de cuánto hay que esperar, Anne? —No seas impaciente. Hicimos lo que teníamos que hacer; ahora está fuera de nuestras manos. —¿Y en manos de quién está? —insistió Aritz.
La mirada de Anne fue más elocuente que cualquier respuesta. Estaba todo dicho. Mejor buscar otro tema de conversación.
Unos días más tarde, Unai le contó a la cuadrilla que había obrado un prodigio. Estaba en el monte con su perro Yak y este se había cascado una pata persiguiendo a un conejo. El pobre animal renqueaba y aullaba de dolor. Unai le había cogido la pata entre las manos, había deseado que se curara y, de forma inexplicable, el hueso se recompuso y el perro volvió a correr como siempre.
Envalentonados por la anécdota, Aritz y Anne se dispusieron a poner a prueba sus poderes. El chico, que desde pequeño había sido un poco bruto, lanzó una piedra contra la cara de Anne sin avisar y le abrió una brecha. Anne le insultó y le dio un puñetazo que le partió el labio. Con esas heridas, intentaron curarse el uno al otro, y lo lograron. El ritual había sido un éxito.
Estaban eufóricos. Querían descubrir los límites de su poder. Por eso se introdujeron en lo más profundo del bosque y empezaron a hacer pruebas. Aprendieron que no solo podían sanar, también podían infligir heridas, romper cosas, arreglarlas, dominar a algunos animales; incluso llegaron a invocar una pequeña nube de lluvia, aunque para eso tuvieron que concentrarse los tres en el mismo propósito.
A partir de ese momento, la magia era el pensamiento que ocupaba sus mentes la mayor parte del día. Cuando estaban juntos, practicaban en grupo. Cuando estaban solos, lo intentaban en solitario. Poco a poco empezaron a controlar sus poderes con precisión. Ya no se trataba de ver quién lograba el efecto más grande, sino el más sutil.
Anne era la más aplicada. Siempre le había fascinado el mundo esotérico, por eso había convencido a su pequeña cuadrilla para que se sumara a su alocada idea. No tenía muchas esperanzas de que fuera a funcionar, pero al constatar que era real, no podía quitárselo de la cabeza. Su vida entera se centró en la brujería. Sus compañeros, en cambio, se lo habían tomado como un juego que había evolucionado a milagro.
Unos meses más tarde, cuando los chicos creían que ya tenían una perfecta comprensión de su magia, Anne les enseñó que aún les quedaba mucho por aprender. Estaba cada uno en su casa, ocupándose de sus asuntos, cuando Aritz y Unai oyeron unas palabras en su mente: «Hola, amigos.» Era Anne comunicándose por telepatía. Ellos no habían logrado nada ni remotamente parecido estando juntos y ella podía hablar con los dos a la vez desde decenas de metros de distancia. «Reuníos conmigo de inmediato en el claro del bosque. Os espero.»
Asombrados, dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron ipso facto al punto acordado. Cuando llegaron, Anne aguardaba con una enorme sonrisa en la cara, pero no era un gesto afable, sino travieso.
—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Aritz a modo de saludo. —¡Silencio! —ordenó Anne. Obedecieron a la fuerza porque habían perdido la capacidad del habla. —Os he convocado para explicaros lo que está pasando —prosiguió la nueva bruja—, porque veo que solos no sois capaces de entenderlo. El pacto que hicimos era magia de sangre, no un juego de niños. No vais a progresar nunca si no os implicáis como yo. Estos dones no son gratis; las fuerzas que nos los han otorgado esperan su parte. Vosotros parecéis unos desconsiderados que habéis estado ignorando vuestras obligaciones. Si queréis recorrer este camino, deberéis hacer sacrificios. Cuanto mayor sea la ofrenda, mayor será la recompensa. ¿Me entendéis?
Aritz y Unai, que seguían sin poder hablar, asintieron con la cabeza.
—En ese caso, ya sabéis lo que os toca. No me defraudéis. Si me hacéis quedar mal, vosotros seréis los sacrificados.
Tras estas palabras, Anne liberó a sus amigos del hechizo y se esfumó en una densa niebla.
Los dos chicos estaban en shock. Se habían dejado arrastrar por las fantasías de Anne y ahora estaban jugando a un juego muy peligroso del que no conocían las reglas. Sin embargo, el poder que habían probado y el que habían visto en su compañera eran una tentación demasiado grande para dejarla escapar.