Memoria
Los sábados, Alicia visitaba a su madre en la residencia. La encontró sentada en el jardín, con aire ausente, como si estuviera concentrada pensando en sus cosas.
—Hola, mamá —la saludó y le dio dos besos.
Paquita, su madre, la miró fijamente y tardó unos segundos en reaccionar.
—Ay, hola, hija. ¡Qué bien que hayas venido! Hacía mucho que no sabía nada de ti. —Vengo todas las semanas, mamá. Hablamos ayer por teléfono. —Bueno, bueno. Ya será menos.
La sonrisa de la anciana transmitía una enorme felicidad. Se apoyó en su hija para levantarse del banco y le pidió que la llevara a pasear un poco, que le convenía moverse.
—Qué bien que hayas venido. Necesito que me ayudes con una cosa, que tu padre nunca me hace caso.
Alicia contuvo las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos. Su madre no se percató.
—Claro, mamá. Pero demos una vuelta primero, que hace muy buen día. —Es verdad. Además, me han dicho que me conviene moverme.
Mientras paseaban, Paquita siempre agarrada del brazo de su hija, Alicia se interesaba por el día a día de su madre.
—¿Qué tal estás? Tienes muy buena cara. —Estoy estupenda. Dice el doctor que tengo una salud de hierro. —Qué bien. ¿Y qué has comido hoy? —Es pronto. Aún no nos han llamado. —Pero si son las cinco de la tarde. —Ay, es verdad —corroboró la anciana tras mirar su reloj—. A veces me despisto un poco. —No pasa nada, mamá. Es normal. Creo que hoy teníais pescado —insistió. —Puede ser, hija. Aquí todos los días son iguales; es difícil distinguir lo de hoy de lo de ayer.
Paquita señaló con un gesto de cabeza a un anciano que estaba mordisqueando una galleta en un banco.
—Mira a Lucio, pobre. No sabe ni en qué día vive. Si me quedo así, me pones algo en la comida; que me acueste y no despierte. —¡Mamá! Menudas ideas tienes. —Ya ves. Cosas que pensamos las viejas. Lo último que quiero es ser un estorbo. ¿De qué me sirve estar viva si no me entero de nada? —No digas tonterías, mamá. Anda, sigamos con el paseo.
El momento de la despedida era el más difícil. Se pasaría la semana entera pensando en su madre. La llamaba casi todos los días, pero Paquita no era muy entusiasta del teléfono y colgaba pronto.
—Ay, hija. ¿Ya te vas? No has visto a tu padre. No sé dónde se ha metido este hombre. Debe de estar al caer. —Tengo que salir ya, mamá. Se ha hecho tarde. Otro día le veo.