I ❤️ Benidorm

El Margarita’s no tenía el brunch mejor valorado de Benidorm, pero era el favorito de José Antonio. A quince minutos de su apartamento y con vistas a la playa de Levante, era un lugar perfecto para tomarse unos huevos Benedict y un bagel de salmón con aguacate. La sonrisa de Paul, el camarero, también contribuía a mejorar el ambiente del lugar.

Un señor de edad avanzada entró en el restaurante y llamó la atención de José Antonio. Tenía algo que le resultaba familiar, pero no acababa de ubicarlo. ¿Dónde le había visto antes?

—Hola, Caniche —saludó—. ¿Te acuerdas de mí?

Se quedó paralizado. De repente, recordó quién era ese hombre. Conrad. Aunque no era su nombre real. Habían pasado muchos años. Podría decirse que toda una vida.

—Veo que sí —repuso el recién llegado mientras tomaba asiento—. Me alegro. —Hola, Conrad. ¿Qué quieres? —Esa visita inesperada le había amargado el brunch. —Pasaba por aquí y quise aprovechar para ver a un viejo amigo. —Corta el rollo. Ya no tengo edad para andar perdiendo el tiempo en tonterías. —Necesito un pequeño favor. —Estoy retirado, y no te debo nada. —Vamos, hombre —insistió—. No te comportes como un viejo amargado. Te vendrá bien un poco de acción. Además, sabes que soy generoso.

La negociación se prolongó más de una hora. La capacidad de persuasión de Conrad, potenciada por su poder de manipular las mentes, fue derribando las reticencias de José Antonio hasta que, al final, logró convencerle.

Unas semanas más tarde, Caniche estaba en París con otros tres secuaces; listo para llevar a cabo el plan más descabellado de toda su carrera criminal. Sus compinches iban a acceder al Louvre disfrazados de operarios y robarían una serie de joyas de la galería de Apolo. Mientras, él llevaría a cabo el golpe de verdad.

Accedió al museo desde la entrada de la plaza del Carrusel. En el baño, se convirtió en una niebla densa y se filtró por los conductos de ventilación. Había repasado el trazado más de cien veces, pero le costó dar con la sala que buscaba. No se trataba de ninguna de las abiertas al público, sino de un almacén restringido a personal autorizado.

Ante él se erigía una enorme puerta de seguridad que daba paso a una habitación semiestanca. Para franquearla, era necesario introducir un código de acceso y superar un reconocimiento de iris. Esa doble comprobación parecía una buena medida contra los intrusos, pero se mostró inútil ante un ser hecho de gas. Para Caniche, resultó tan endeble como una cortina.

Una vez dentro, recobró su forma corpórea. Si los ladrones de joyas habían hecho bien su trabajo, las cámaras habrían dejado de grabar. Disponía de poco más de cuatro minutos de oxígeno, así que debía apresurarse. Por suerte, Conrad lo había previsto todo y le había indicado con precisión dónde estaba lo que buscaba y cómo recuperarlo.

En la cuarta sección a la izquierda, segunda columna, compartimento 0824. Un sencillo hechizo de apertura fue suficiente para forzar la cerradura sin dejar rastros. Dentro, un modesto maletín de piel marrón custodiaba la documentación que tanto ansiaba su empleador.

Le costó volver a transformarse en niebla. Los años no pasaban en balde, y cuanta más materia adicional tenía que convertir, más energía necesitaba. Además, el viaje de ida había sido más largo de lo anticipado. Pese a todo, logró escabullirse hasta los conductos de ventilación.

Durante el trayecto, le fallaron las fuerzas. Se vio obligado a retomar su forma corpórea y terminar el recorrido reptando. En su juventud, le habría parecido un problema menor. A sus setenta años, se le antojó una odisea.

Mal que bien, logró llegar hasta un baño. No era el que estaba previsto, pero tendría que servir. Mientras recuperaba el aliento y la compostura, las alarmas empezaron a sonar. Regresó al museo como un turista más y en seguida se vio arrastrado por una multitud de visitantes que eran conducidos a la salida por el personal de seguridad.

Tras abandonar el Louvre, cogió el metro para ir al punto de encuentro acordado. Cuando llegó, Conrad le esperaba impaciente.

—¡Por fin! —exclamó al reunirse con Caniche—. Pensaba que te había pasado algo. —He tenido algunos contratiempos, pero imagino que no hace falta que te los cuente —respondió el mercenario. —No pasa nada. —El gesto de Conrad se fue relajando. Volvía a ser el tipo impasible de siempre—. Lo importante es que ha acabado bien. —Hablando de finales felices; creo que esto te pertenece —dijo Caniche mientras le entregaba el maletín—. Y tú debes de tener algo para mí. —Muchas gracias, siempre es un placer trabajar con profesionales. —Conrad le dio un boleto de La Primitiva—. Está premiado. La persona que lo compró nunca recordará haberlo hecho. Es tuyo. 1,8 millones de euros limpios de polvo y paja. Que los disfrutes.

Y lo hizo. Ya lo creo. Caniche pasó a la historia. José Antonio vivió una jubilación dorada en su amada Benidorm.

#relato #canicheverso