Un día más en la oficina

Caniche mata el tiempo haciendo bailar el hielo en el fondo del vaso. La garganta le reclama un trago de verdad, solo uno, para coger ánimos. Sin embargo, sabe bien dónde le conduciría dejarse arrastrar. Tiene trabajo que hacer, de esa clase que no se puede posponer.

Abandona el ridículo gastrobar y camina hacia el edificio señorial donde vive su objetivo. Un nombre y una foto es toda la información que tiene. No le han proporcionado más y tampoco le ha interesado indagar. Hace años que dejaron de importarle los detalles.

Antes, solía bastarle con esperar a que la noche cubriera la ciudad con su manto; sus poderes funcionan mejor desde las sombras. Por desgracia, la estridente iluminación de los negocios ha colonizado el centro urbano. Se ha visto obligado a adaptarse y buscar otros modos de pasar desapercibido. Por suerte, la gente suele ir a lo suyo y no presta atención a su alrededor.

Un hechizo sencillo y discreto abre la puerta del edificio. Sube las escaleras hacia la segunda planta y, antes de alcanzar el rellano, lejos de posibles mirillas indiscretas, se convierte en una niebla densa. Se cuela en el apartamento por las estrechas rendijas que el tiempo ha surcado en el burlete.

—Te estaba esperando. Supongo que te envía Morales.

Esto es nuevo. En sus cuarenta y tres años de servicio nunca le habían detectado antes de tiempo. Había cometido muchos errores a lo largo de su carrera, pero nunca el de levantar la libre. El hombre que ha destapado su ardid sigue sentado en el sofá, sin mostrar ni un atisbo de preocupación. Ante el silencio de Caniche, retoma la palabra.

—Puedes mostrarte. Los dos sabemos a qué has venido. Creo que podemos charlar un rato, conocernos un poco mejor y, a partir de ahí, vemos cómo se tercia la noche. ¿No te parece?

El cazador, cazado, se rinde ante la evidencia y vuelve a adquirir su corporalidad.

—Reconozco que esta situación es un tanto inusual. Doy por hecho que tú también tienes poderes —dice Caniche a modo de saludo. —Solo uno. No tan vistoso como el tuyo, desde luego, pero resulta útil de vez en cuando —contesta el improvisado anfitrión—. Ahora que las cartas están sobre la mesa, ¿crees que hay margen para la negociación? ¿Hasta qué punto te tiene atrapado el bueno de Morales? —No te lo tomes a mal, pero acabamos de conocernos. —Dicen que la ignorancia es felicidad. Aunque supongo que tú tendrás mucha más información de mí que yo de ti. —No te creas. Solo sé que te llamas Conrad. —Vaya. Si eso es cierto, debo admitir que estoy un poco decepcionado. Pensaba que alguien con tu experiencia sería más diligente a la hora de afrontar un caso. Ni siquiera es mi nombre real, solo uno de mis apodos. —Quizá no tengo tanta experiencia como crees —empieza a replicar el sicario. —No seas humilde, Caniche. —Al oír su mote, el interpelado no logra reprimir una mueca de asombro—. No te lo tomes a mal; saber más de lo que debería es una consecuencia inevitable de mi poder.

La situación no se está desarrollando de un modo agradable. Su especialidad son los golpes rápidos. Entrar, ejecutar y salir. Sin complicaciones, sin problemas adicionales. Se encuentra en terreno desconocido; debe improvisar.

Intenta zanjar el conflicto lanzando un hechizo que fulmine a su rival: un paro cardíaco letal que cualquier forense acreditará como muerte natural. Ha segado docenas de vidas con ese conjuro; nunca falla. Hasta hoy. No logra efectuar todos los movimientos con la precisión quirúrgica habitual y se le traban las palabras.

—¿No habrás estado bebiendo, no? Sabes que no te conviene.

El comentario de Conrad, o como se llame, es casi más hiriente que el fracaso. Porque no es verdad; lleva quince meses sobrio. Porque no le gusta recordar el hombre que fue. Porque nadie tiene derecho a hurgar en su pasado. Porque ni siquiera sabe cómo ha obtenido esa información.

—Eso te lo puedo contestar —aclara el anfitrión—. Mi poder consiste en meterme en la cabeza de la gente. Accedo a sus pensamientos. Sus recuerdos, sus anhelos, sus miedos. También puedo juguetear un poco con ellos, por eso te has vuelto torpe de repente. —Un don muy útil, sin duda —admite Caniche. —Los tuyos tampoco están mal. Si te hubieras preparado mejor, quizá habrías tenido alguna posibilidad. Ahora ya es tarde. Te has delatado y no podrás volver a acercarte a mí sin que te descubra. —¿Estoy a tiempo de retomar la negociación? —aventura el mercenario. —Nunca es tarde para eso —responde Conrad con una sonrisa—. No me interesa acabar con tu vida, ni siquiera con la de Morales. Solo necesito que me hagas un pequeño favor y estaremos en paz. —¿Qué favor? —Llévame a menos de 400 metros de tu jefe sin que nadie detecte mi presencia. Haz eso por mí y los dos quedaremos fuera de su radar. ¿Trato hecho? —Trato hecho.

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