El pacto

Cuando el sol desaparecía detrás de las murallas, el mar dejaba de ser un lugar conocido. Las olas cambiaban de color; el azul habitual se volvía profundo, denso, como si una sombra antigua yaciera bajo la superficie.

Guillem lo observaba desde pequeño. Mientras los otros marineros regresaban al puerto hablando de redes y vientos, él escuchaba el silencio que se mecía entre las olas. Para él, el mar no era solo agua, sino un ente vivo que respiraba con parsimonia.

«Los niños que vienen al mundo durante una tormenta no pertenecen del todo a tierra firme», solía decir su padre. La noche del nacimiento de Guillem, truenos y relámpagos rasgaron el cielo y el viento sacudió las barcas como si pretendiera arrancarlas del puerto. El primer grito del recién nacido se mezcló con el rugido del océano, que parecía el de una enorme bestia herida.

Guillem siempre creyó que su padre se dejaba arrastrar por sus fantasías de viejo marinero. Hasta el día en que, años más tarde, sintió la llamada del mar. Esa noche había salido solo en su barca mientras el pueblo dormía. Hacía semanas que los pescadores regresaban a puerto con las manos vacías; en las tabernas se extendía el rumor de que el mar estaba cambiando.

Cuando Guillem lanzó su red, el viento viró de golpe. Las olas crecieron con una fuerza antinatural. Una embestida le hizo caer y la oscuridad lo engulló. Luchó por respirar, pero el agua le colmaba la boca y se abría paso hacia sus pulmones. Cuando apenas le quedaba un hilo de energía, sintió un contacto extraño, suave y firme a la vez, como si el mar lo sostuviera en sus brazos.

Entonces, escuchó una voz. No provenía de fuera, sino de su propio interior: «Hijo de la tormenta, te esperamos».

No se ahogó. Las olas lo depositaron con suavidad en la arena, como si fuera un objeto frágil que temieran romper. Permaneció tumbado boca arriba, con el corazón desbocado, mientras el mar recobraba su calma aparente.

Al amanecer, despertó en la cala más oculta de la costa. A su lado, aguardaba una mujer de edad indescifrable. Tenía los cabellos blancos como la sal y los ojos del color del cielo antes de una tempestad.

—Debes tomar una decisión —dijo. —¿A qué te refieres? —preguntó Guillem. —Hace mucho tiempo —retomó la dama misteriosa—, la tierra y el agua sellaron un pacto. Los hombres respetarían el mar y, a cambio, este les colmaría de vida. Años más tarde, el acuerdo se rompió. Tombau, un dragón tan antiguo como la costa, fue capturado y encadenado debajo de esa enorme roca que mira a la bahía.

Guillem había crecido escuchando leyendas como esa. Sin embargo, por primera vez, sintió que no eran tan solo cuentos que los padres contaban a sus hijos, sino una profunda herida, un desgarro.

—Si el dragón muere, también lo hará el mar —culminó la mujer.

Al caer la noche, el pescador tomó una barca y se dirigió al imponente peñón, impulsado por un viento que parecía conocer el camino mejor que él. La nave atracó casi sin necesidad de maniobrar. Guillem saltó a la arena y amarró la embarcación a un tronco cercano.

Ante él se encontraba la boca de una cueva. Se adentró en ella y avanzó a tientas en la penumbra. Alcanzó una cámara enorme, iluminada por multitud de cristales que reflejaban la luz de la luna llena que se filtraba a través de mil rendijas. En el centro, amarrado con una cadena de hierro y piedra, yacía Tombau. El dragón marino era una serpiente colosal, cubierta de escamas de distintos tonos de azul y verde. Sus ojos encerraban una tristeza tan grande que podría engullir el océano.

—Has venido. —La voz de la criatura resonó imponente. —Me llamaste —respondió Guillem. —Debes tomar una decisión, hijo de la tormenta. Si me liberas, el mar se desbocará como un animal. Será libre, imprevisible, peligroso. Los marineros arriesgarán sus vidas cuando faenen. Si me mantienes encadenado, en cambio, se consumirá poco a poco hasta desvanecerse como un recuerdo lejano.

Guillem pensó en el pueblo, en los pescadores y sus barcas amarradas en el puerto. Tomó la piedra más grande que pudo sostener y golpeó con dureza las cadenas que retenían a Tombau. Un espasmo descomunal sacudió la cueva. El dragón saludó al marinero con la cabeza antes de escurrirse entre las rocas.

Al día siguiente, el mar había cambiado. Las olas golpeaban las embarcaciones con violencia, pero las redes regresaban llenas de pescado. Los vecinos celebraban el retorno a la vida de antaño sin comprender el precio que habían pagado por ella.

A veces, en noches de luna llena, un rugido lejano atravesaba el horizonte. En esos momentos, Guillem paseaba hasta la muralla y contemplaba el vasto mar. Ya no era tan solo un pescador, se había convertido en un puente entre la tierra y el agua. Mientras alguien recordara lo que el mar había sido, el mundo no se sumiría en el silencio más profundo.

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