Vivo en una casa de papel
apenas separado de la furia
levemente protegido del grito
del espanto
de la guerra.
Vivo bajo un techo transparente que no me protege
y oigo los ruidos exteriores
cada una de las razones falsas, falseadas, repetidas
cada bomba que silba hacia un objetivo lejano
cada ceguera que implanta un criterio.
Vivo en una casa de papel
asustado, encogido, poco más o menos, acurrucado
oyendo los tambores de marcha
los engranajes poderosos
el choque metálico, chirriante.
Nada me protege, ni siquiera cerrar los ojos
en mi casa de papel traspasada,
aniquilada, registrada, violentada, mentida, abusada, destruida.
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La lucha no cambia nunca
no cesa nuca
no termina en victoria, ni en derrota.
La lucha es la vida
y cada cual un gladiador
solitario.
¿No te digo yo qué hacer?
Ellos arriba, nosotros abajo
la lucha no cesa nunca, ¡no lo olvides!
no termina en victoria
pero si me sigues, si me alientas si me apoyas, si me guías
no soy un gladiador, soy tu compañero
tu amigo
tu amante.
La lucha es la vida, o al revés
mi brazo tu apoyo
mi corazón tu alma.
Patria o muerte
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Debería haberme escandalizado
poner el grito en el cielo
bramar por la justicia.
Debería haber impedido la huida
haber tirado del hilo fuertemente
haberlo asido como una enorme estatua de bronce o hierro permanece
debería haber podido detenerlo
al menos un instante que permitiera un beso.
Me subo a lomos del dolor para irme rápido de la batalla
galopo desnudo entre los árboles, las jaras
huyo como alma que el diablo rapta
avergonzado, herido
sumiso.
Y ahora, desterrado, recojo de entre la tierra los cristales
los ínfimos mensajes que me han quedado
los recuerdos
mientras mi mano se desmaya.
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Dejo que el tiempo me adelante
tome ventaja
que se arriesgue por mí en el acantilado
el tiempo que me persigue y me empuja
el tiempo que sopla, vendaval ensordecedor.
Estoy sentado con los ojos cerrados
atento a las ideas que se mueven.
Establezco una linea sinuosa.
Caballo domado que llora
desconsolado.
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Subo cada peldaño que me separa del cielo
con aire cansado.
Hay una mística del esfuerzo que no entiendo
que me resulta extranjera
así que cada empeño me parece incomprensible
me evoca el latido involuntario
la respiración inconsciente
todas y cada una de las cosas que nos son tan íntimas
como automáticas.
Subo cada peldaño del éxtasis
sin gran convencimiento.
Pero ¿quién me asegura lo contrario?
Hay una ruleta rusa sobre la verdad que nos permanece vivos
una sensación de inseguridad sobre todo
sobre todos
que nos ayuda a dudar.
Subo cada peldaño de la vida
con la sospecha fundada
la premonición cabal
la gnosis perfecta de lo inútil.
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La experiencia de la ausencia casi siempre es amarga. Los amigos que no están, el amor que nos abandona, los padres que fallecen; de una u otra manera nos entristece no tener a nuestro lado a quienes queremos y muy posiblemente aunque lo razonable sería olvidarnos y dedicarnos a seguir viviendo, a coleccionar esos pocos días felices que nos depara la vida o a pasar por uno de esos días normales que dicen son la mayoría, nos dedicamos a ahondar en los sentimientos. Lo razonable nunca es lo que hacemos, casi nadie elige lo razonable. Lo razonable es aburrido porque nos da seguridad pero no nos ayuda a sentirnos vivos, así que elegimos guardar la ausencia, recordar, pensar que seríamos más felices si no se hubiesen ido, si no nos hubiera abandonado o si no hubiese muerto. Lo razonable es una invención, un constructo teórico. Yo soy un hombre poco sentimental, creo, o por lo menos me cuesta sacar mis sentimientos, demostrarlos, compartirlos, así que casi siempre soy un hombre razonable, aburrido en ese aspecto y bien protegido contra las aventuras, sin embargo me cuesta olvidarme de las personas a las que quiero, recuerdo cada mujer a la que he amado y a todas aquellas personas que me han dado lo mejor que tenían.
Acabo de oír que la celebración de Halloween es una fiesta de origen celta para conjurar el peligro que supone que el comienzo del invierno borre la tenue línea entre la vida y la muerte. Dar miedo al miedo, evitar que los fantasmas se hagan con nuestro cuerpo aprovechando que un día al año ambos, vivos y muertos, estamos juntos. No me disfrazo y no he ido al cementerio a visitar a los muertos y no lo hago por falta de convicción sobre lo sobrenatural, lo divino, el ateísmo que me corroe, pero el próximo Halloween encenderé una lámpara de color calabaza para conjurar la llegada de la tristeza.
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