Escucho una voz casi como un susurro
apenas entiendo.
El cielo me acoge de una manera que poco a poco se hace comprensible.
¡Y tú me pides templanza!
Solo soy consciente del tacto de tu piel
tu beso breve
tus ojos mirando a través de la muchedumbre
mirándome
tus manos delgadas, curvadas, arrugadas
tus manos que tanto deseo.
Veo a través del silencio cómo se levanta un aire de turbión
una nube polvorienta que tarde o temprano se acercará.
¡Y tú me pides silencio!
Me quedo quieto para que nada cambie
dejo de respirar para parar el tiempo
nuestro tiempo aunque soy consciente de que pasó.
Oigo el susurro de tu amor a través de mi piel
y no desespero.
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Dispongo las posibilidades
las alternativas
cada una de las derivaciones que pudieran aparecer,
dispongo los atajos
los planes de escape
todas las herramientas que me permitan
zafarme
escabullirme
evitar lo indeseado.
Despliego el plano de operaciones
en la mesa de debate,
la cuadrícula del territorio
mi alma entera sobre el tablero desnudo
desnuda
para ver mis probabilidades
si tuviera escapatoria, calibrar los riesgos
evaluar si todo está tan difícil como parece
si es verdad el pálpito oscuro
o no es más que miedo innecesario.
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Obamb era un hombre curtido, posiblemente mayor de 30 años y había visto otras veces este calor, por eso en cuclillas, con sus brazos abrazando sus piernas y una varita de cedro entre sus manos dejaba que sus ojos se perdieran más allá de las montañas y sonreía como si no pasase nada.
Para los jóvenes y los niños la situación era agobiante, reunidos todos bajo el árbol de las historias apenas podían moverse sin perder el aliento y le miraban esperando cualquier signo que les permitiera saber algo del futuro
Las mujeres pergeñaban en sus cabañas lo mínimo para comer y procuraban que los recién nacidos no tuvieran que sufrir el aliento del infierno en su cuerpo. Hacía un calor verdaderamente insoportable.
Obamb pensaba en Alia, en su cuerpo oscuro, delgado y hermoso y en que quizá esta noche no quisiera demostrarle su amor. Sin decir nada movió su cabeza de un lado al otro sumido en sus pensamientos, contrariado y todos interpretaron que la situación era verdaderamente difícil, pero Obamb solo pensaba en que debería esperar para amar a su gacela.
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Orten Lewis camina despacio, con cuidado de no resbalar y caerse en medio del parque ante la mirada del resto de paseantes. Se le nota que no está habituado a andar sobre un camino helado en el que unas mujeres encorvadas, muy de mañana, han vertido una mezcla rojiza de arena y sal. Aparentando seguridad, aplomo, bajo un cielo que se acerca tanto a la tierra que apenas deja sitio a las personas, Orten no sabe que su condición de extranjero va a ser fundamental para salvar la vida del pequeño Yuri, pero es que la vida se dispara o se detiene sin que nada nos avise de sus razones.
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