Retrato de una historia de sexo
A.-
Cada mañana, muy temprano un correo me invita a aumentar el tamaño de mi pene. Pienso en ello. Pienso sobre todo si mi mujer recibirá un correo matinal que le invite a aumentar su deseo sexual, porque si no es así el desperdicio de una verga más allá de lo natural, mejor dicho, de mi propia naturaleza, se vería tristemente destinada a la masturbación. El mundo me ofrece lo que no deseo y sin embargo me escatima lo que más quiero y así cada día empieza con una perplejidad y se desarrolla sobresalto tras sobresalto hasta terminar apenas con un dolor pequeño, una especie de malestar detrás del cuello y la sensación brumosa de no estar a gusto, pero es algo más. Necesito cambiar mi vida inmediatamente, lo que pasa que ni mi trabajo, ni mi pasado me permiten grandes dosis de maniobra. ¡qué digo! estoy metido en una vía muerta y la máquina se mueve a velocidades de AVE.
Luba no era una mujer que se quedase dormida después del sexo. Muchas veces me interrogaba con los ojos, o aprovechando mi indolencia jugaba con mi espalda, pasaba sus dedos por mi columna y a veces, la noche que nos reencontramos en Belgrado en contra de nuestras dos agencias y convencidos de que nuestra vida tenía precio, le daba por pedirme que hiciera de Sherezade. -Cuéntame una historia. Ella sabía que me gustaba hacer volar la imaginación y de vez en cuando se aprovechaba. Una historia de sexo, puntualizó. -No se me dan bien las escenas de sexo soy más de acción y al decir esto nos miramos y nos reímos. -¿Seguro? -Bueno, todo es ponerse, supongo -Todo Disparé a bocajarro, para que no se pensara otra cosa y mientras ella se recostaba sobre su codo apoyando la cabeza y acariciando mi pecho empecé. Yo una vez estaba en un hotel, subía a cenar al restaurante que estaba en el último piso, la chef era una mujer madura, muy madura. Yo había subido todas las noches durante el mes que estuve allí y siempre me trataba muy amablemente, ella no hablaba español y su inglés era muy básico, el caso es que a mi me pareció que se interesaba por mí más de lo necesario para servirme la comida y se me ocurrió un truco, en parte sin intención, en parte como una especie de reto, para llamar su atención y de paso comprobar si las señales que yo recibía estaban siendo interpretadas de manera correcta: El hotel era muy antiguo, de esos que en las llaves pone el número de la habitación en una enorme bola para evitar que te olvides de dejarlas en la recepción, yo, descuidadamente coloqué mis llaves sobre la mesa esa noche.. -Je, sonrió Luba, que listillo y se le iluminaron los ojos picarones imaginando por dónde apuntaba la historia. Me puse interesante, sintiéndome el centro de aquella cama y seguí con el relato. Ella al venir a servirme se fijó en la maniobra, miró las llaves que mostraban a las claras el número de mi habitación, me miró y sonrió. Era mi ultima cena en esa ciudad, de echo fue la última vez que he cenado allí, así que, en parte no tenia nada que perder y ella, aunque mayor, conservaba un aire de belleza que no habían borrado los años, los muchos que la cumplían. La cena transcurrió con cierta normalidad, aunque las miradas, los gestos, eran evidentes.. -Estoy expectante, terció Luba que se había encendido un cigarrillo, no quiero interrumpir. Luba tenía un aspecto de belleza antigua cuando fumaba, o quizá yo no estaba acostumbrado, el caso es que me parecía excitante ver como aspiraba a través y exhalaba con parsimonia. Terminé tarde, apenas quedaron dos mesas cuando yo me iba a bajar y ella vino a mi mesa con una copa de coñac regalo de la casa, según entendí por mi partida. Sonreí y se lo agradecí como pude, gesticulando, sonriendo y seguramente ruborizándome. -¿Se quedó a beber contigo? No, ella no podía hacer eso. Yo me bajé a la habitación esperando... no sé lo que esperaba. -¡Pues a que llamara a tu puerta, supongo! Si, supongo que si, pero eso podría ser terrible. ¿Por qué? No sé, no tenía mucho sentido, el caso es que no llamó a la puerta, pero en cierto momento sonó el teléfono, nadie me podía llamar a ese teléfono que nadie conocía, ni yo mismo y mi estancia allí era secreta hasta donde yo sabía. Me sorprendió y en parte me puso en guardia,lo descolgué y hable: ¿Aló? -¿Quién contestó? Nadie, nadie. Se oía respirar, pero nadie contestaba. ¿Aló? -Un poco de miedo, ¿no? De pronto reconocí su voz, pero no entendí lo que me decía. ¡Ay! ¿y que dijiste? Do you want to come to my room? Me pareció que solo había un camino. -Si, la expresión corporal. Ella dijo algo, le repetí la pregunta y entendí que me preguntaba en un rudimentario inglés: Tomorrow flight? Sí, le contesté; se hizo de nuevo el silencio y después de unos segundos que a mí me parecieron larguísimos ella me dijo: lo siento, gracias y colgó. -¡Qué tensión! y ¿cómo te quedaste? Sorprendido, empalmado. -Normal. Y en parte satisfecho, creo que la mujer agradeció mi deseo. -Seguro Aunque no fuera posible. Luba apagó el cigarro, se dio la vuelta y como si el ciclo se hubiese cumplido, se durmió plácidamente, satisfecha y yo me quedé pensando en aquella noche y en lo que pasó realmente.
CAPÍTULO I Román Lahoz Goiko “El oficio de guardar secretos es corrosivo”
En contra de la primera imagen que nos asalta, la de esa persona que se esconde para saber y corre para contar, los espías pasan gran parte de su vida ocultando información sin poder compartirla con nadie. A veces por su seguridad, a veces por lealtad, algunas por supervivencia. Román llevaba unas cuantas decenas de años atesorando información altamente inflamable sin ninguna posibilidad de compartirla, pero solo un secreto estaba a punto de acabar con él, de destruirle; Román guardaba un secreto inconfesable, incontable, que estaba consumiéndole desde dentro, como si se tratase de un incendio de turba, mientras todo desde el exterior parecía normal e incluso mejor de lo normal. Esta es la historia de nuestros secretos y Román es solo un ejemplo curioso de cómo lo que eres capaz de hacer bien para tu trabajo, puede no valer nada para tu vida. He tenido que cambiar nombres, datos, fechas y lugares y por supuesto, ni soy yo quien digo ser, ni Román es tal, pero ciertas rencillas con algunos colegas del otro bando no me permiten más claridad que la que se puede sacar de entre las líneas, de los espacios que dejan las palabras para que en ellas habiten las intenciones, los gestos que no se explican para que de esta manera no nos delaten. Lo contrario sería suicida y créame: nadie quiere morir y menos los que hemos sido funámbulos en el alambre de la muerte.
B.– Estar casado y, ser espía para un gobierno que además no quiere tenerte en nómina oficial me empujó al adulterio. O al menos eso es lo que yo me digo cada vez que me veo con alguna de las mujeres que en cualquier parte del mundo me acogen entre sus brazos. Esto no es culpa mía, ¡son las circunstancias! Mi mujer seguramente lo sabe todo, pero nunca me lo ha echado en cara. Puede que le interese o quizá sea simplemente que no le merece la pena la bronca para conseguir más bien poco. Hemos llegado a un punto de equilibrio en el que cuando estamos juntos, -no estamos junto muchos días al año y eso ayuda- somos felices y podría decirse que en cierta manera nos queremos. Amarnos es mucho decir, hace medio siglo que la pasión es esquiva. Esquiva es poco decir, ni está ni se la espera. Claro que es muy posible que ella también víctima de este trabajo imposible tenga un amante; más no creo, pienso yo que las mujeres son más dadas a volcarse en pocas tareas para así poder involucrarse. Yo no. La soledad me ha ido empujando de cama en cama, de hotel en hotel y de cocina en cocina y víctima de este sinsentido ahora no sé muy bien como desenredar la madeja sin que nadie salga perjudicado.
CAPÍTULO II Conocí a Román cuando los dos éramos unos chiquillos de barrio, en aquellos barrios que Madrid iba pariendo cada vez más lejos del centro, al abrigo (*) de las olas de migrantes que llegaban de Andalucía, Extremadura o del resto de la meseta castellana. Crecimos en medio de bloques recién construidos, jardines que apuntaban maneras, obras y la sensación de que la ciudad estaba lejos, tan lejos como la distancia renqueante que recorría el viejo autobús que cada hora acercaba a nuestras madres a cualquier sitio donde vendieran algo. Los promotores de la época solo pensaron en dónde deberían vivir los trabajadores de la creciente economía del país. Pocos coches, casi ninguno, alguna motocicleta, mucho terreno y una dosis de libertad que contrastaba con la política del régimen, hicieron de nosotros y de muchos de nuestros compañeros de juegos, personas con tendencia a no atarnos demasiado, no digo revolucionarios, que alguno hubo aunque no fuera lo más común, pero sí dotados de una cierta libertada de espíritu que ayudó a muchos a vivir sin todos los nudos que la vida te pone y a nosotros a escoger una profesión que terminaría llevándonos al otro lado de la ley, o como le gustaba decir al teniente Zamora, a vivir infiltrados en las líneas enemigas para que los nuestros durmieran sin miedo. Después de muchos años y de haber acabado con la vida de más de una persona, no tengo claro donde está la línea. Román sí lo sabía y me lo recordaba de vez en cuando. -Esto está mal, Miguel, esto está mal. Pero su sentido prusiano del deber le permitía no poner reparos incluso a lo que sentía como inmoral.
CAPÍTULO XXX Allí escondido entre las cajas de pescado apiladas, después de más de tres horas en las que el frío había conseguido hacer lentamente las labores de anestésico, pistola en mano, Román pensaba en lo que hubiera querido ser y evidentemente no era. Las cazas, como él las llamaba, le eran muy propicias a este tipo de divagaciones en las que su cabeza buscaba entre las revueltas de la memoria lo que seguramente nunca había existido. Durante años pensó que lo más importante que podría haber hecho es salvar vidas, pero no fue capaz, luego probó su faceta artística pero los balbuceantes pasos por las tablas sonaron más a fracaso que a premio de la crítica, después la música, los pinitos en la cocina, los negocios, la investigación... Cincuenta años más tarde, esperando que su presa apareciera para acabar con su vida, en este caso sí, con una maestría que los que le conocían apreciaban como exquisita, convertido en agente doble y fundamentalmente en asesino a sueldo, caía en la cuenta de tener por delante la ingente tarea de asumir que en algún momento el guarda agujas se había posicionado en contra. Román no era un tipo blando, ni en lo físico, ni mentalmente y es posible que en este caso debido a la humedad del almacén o a que la falta de azúcar le estaba haciendo mella, sintió un escalofrío, un temblor minúsculo y durante un instante que ni siquiera ocupó tiempo, pena de sí mismo y como si la historia no pudiera entrecortarse, no tuviera tiempo para las cosas pequeñas, la puerta de atrás se abrió, los goznes giraron en la jamba y al mismo tiempo en la columna de Román, que se curvó como un gato, detuvo la respiración, bajó los hombros, alzó sutilmente la pistola ante sus ojos abiertos para mejorar la puntería y disparó una sola bala certera al cuello de la mujer que acababa de entrar. Allí en el suelo, sin poder gritar, destrozada su faringe por el disparo preciso de Román tuvo que escuchar el «recado» de quien la había mandado matar: -Ya no te quiero.
La piedad de un tiro en la nuca remató la escena, otra más, tan incompresible para él como su vida, la que tenía a pesar de no desearla.
C.- Me molesta trabajar como asesino a sueldo, y creo que es por esa razón por la que estoy escribiendo estos diarios casi sin sentido, que en algún momento me van a complicar la vida. Los que mandan matar no tienen derecho a hacerlo. Una persona que desea la muerte de otro tiene que ser el verdugo, debe poder apuntar y sentir la presión del gatillo al llegar al punto del disparo, notar el calor de la sangre cuando rebosa el cuello tajado, aguantar los temblores de quien se debate buscando aire con tus manos apretando inmisericorde su garganta. Solo de esta manera entiendo que es posible considerar ético el asesinato, cuando el deseo se materializa personalmente, cuando el odio se hace físico y captura todo el ser humano que llevamos dentro para matar. Matar es un acto muy íntimo, personal, costoso. Pagar por hacerlo es de una bajeza moral que siempre me ha repugnado.
CAPÍTULO XX Se te va la fuerza por la boca. No es verdad. Se me va la fuerza por cada poro. Estoy cansado, aburrido, peor aun, descreído ¿Por eso no aprestaste el gatillo? Puede ser. ¿Puede ser? Ni siquiera en esa actitud te reconozco. Tenemos que hacer algo o te van a terminar pegando un tiro o abriéndote la garganta con una hoja roñosa. Te lo agradezco, Jonás, de corazón, pero ya es tarde. Los dos sabemos que la primera duda es el aviso final. ¡No jodas! Estamos hablando de ciclos. De ciclos no. No te engañes, se trata de una línea continua, una línea tenue con su principio y su final y sobre todo con sus pendientes. Nada se repite y sólo hay que estar atento a uno mismo para saber cuando la línea ha tomado decididamente la cuesta abajo. Estos se arregla con un par de cervezas y una buena mamada de la rubia aquella del 7 y medio. Eres incansable. Esto no se arregla. lo dejo. Sabes que no puedes decirme eso. Ya lo sé. Sabes que al final me va a tocar a mi arreglar este marrón. Lo sé. Y arreglar significa quitarte de en medio. Lo sé. Lo he sabido siempre. Entonces ¿por qué te empeñas? Déjalo, vamos a por esas cervezas y la rubia que dices, que por cierto se llama Julia y de francés nada. Nunca pensé que aquella conversación fuera tan premonitoria. Cuando maté a Román junto a la estafeta de correos me vino a la cabeza como un fogonazo. Sus palabras y sus ojos mirándome y perdonándome ya desde ese momento. Ni siquiera cuando tuvimos que trabajar juntos en Escocia y estuvieron a punto de cogernos los ingleses tengo la sensación más vívida de saber que nuestras vidas estaban entrelazadas de tal manera que cada uno era realmente el dueño del otro. Z.- Escucho un sonido, veo una forma y ambas sensaciones se vinculan eternamente en mi cerebro. La forma suena y es más que todo un conjunto. Permaneces en mi recuerdo como un olor. Después el placer de sentirme dentro, la humedad. Sólo necesito tirar de un hilo para traerte, de una forma, de un sonido, del olor de tus besos. Sólo necesito tirar y el recuerdo se materializa, vive. Hace tiempo que no te metes en mi cama. Si, hace tiempo que no siento placer al hacerte daño. No sé si es bueno o malo esto que me dices. Ya, no sabes nada, por eso has dejado de interesarme. Entonces «tout c'est fini» Absolutely.
CAPÍTULO XX Esta vez el viaje, que normalmente resultaba sencillo, se habría de complicar. Román pertenecía a un grupo muy especial de agentes secretos que trabajaban al margen de la nómina habitual. Apenas 10 o 12 personas en todo el país estaban en esta sección sin contacto con otros funcionarios y recibiendo solamente órdenes de un supervisor que era distinto para cada uno de ellos. Lejos del estereotipo del espía, Román casi nunca llevaba armas y sus misiones por lo general no exigían de el un valor fuera de lo común ni siquiera unas condiciones físicas extraordinarias que le permitieran luchar contra los malos en interminables peleas dentro de fábricas abandonadas. Todo era más prosaico como suele ocurrir en la vida fuera del celuloide. Este grupo de agentes tenía como única misión servir de enlace para enviar y recibir mensajes entre los servicios de seguridad de los distintos países, al margen de cualquier sistema mecánico o electrónico. Le llamaban los palomos en alusión a la antigua costumbre de utilizar a estos animales para el correo. Cuando los servicios secretos de un país querían entrar en contacto con otro de forma muy privada, enviaban un palomo al otro país o a veces a un tercero que se reunía con alguien y le transmitía el mensaje, siempre de viva voz. La vida de los palomos era casi normal, trabajaban o vivían de sus negocios y solamente tenían un rasgo común, debido a sus ocupaciones necesitaban viajar al extranjero con cierta frecuencia. El centro se encargaba de que sus problemas laborales o empresariales no interfirieran ni comprometieran sus misiones, les remuneraba generosamente y les pedía a cambio muy pocas cosas: Que no revelaran su condición absolutamente a nadie y esto incluía familiares, amigos o conocidos, bajo ninguna circunstancia y que no revelaran salvo a su supervisor el contenido del mensaje. Que aprendieran inglés a la perfección y generalmente otro idioma que dependía de la zona de intercambio que cubrían como el ruso, el chino, el árabe o el swahili y que los contactos con los palomos de las otras agencias se limitasen estrictamente al trabajo sin otro intercambio que el objetivo de su viaje y sin más referencias. Esta última condición que al principio resultó algo extraña a Román, se reveló como comprensible cuando descubrió que algunos de sus colegas de otros países eran mujeres. Las agencias querían evitar a toda costa que se entablara cualquier tipo de relación, que pudiera poner en peligro el sistema. Los palomos gozaban de autonomía en sus misiones, salvo para los mecanismos de contacto que se definían con gran precisión en el tiempo y el espacio con un estricto protocolo. Cuando surgía una misión, cada uno recibía la orden de su supervisor de preparar un viaje a tal o cual país y a tal o cual ciudad, en unas fechas dadas y con una duración que solía ser de entre cuatro y quince días. Una vez en el país recibían la información del primer contacto, que consistía en un lugar , una fecha y una hora exacta donde encontrarían a su colega y si el intercambio resultaba fallido recibirían una segunda tanda de datos que permitiera un segundo contacto. Si tenían la menor sospecha de estar siendo vigilados, seguidos o controlados debían abandonar la misión y regresar a España después de terminar su viaje de negocios o trabajo con normalidad. Muchos de ellos no recibían encomiendas durante meses e incluso años y en gran número de ocasiones los mensajes transmitidos resultaban ininteligibles para ellos mismos pues eran crípticos para evitar que el mensajero fuera consciente de lo que transmitía. Román cubría los países de lo que se llamó el telón de acero, en especial Rusia y sus antiguas repúblicas, así que conocía el idioma a la perfección, lo hablaba con fluidez y su trabajo en una empresa de ingeniería le permitía viajar sin levantar sospechas con facilidad a cualquiera de estos países. Allí conoció en 1985 a Luba con quién cruzaría la línea y con la que mantuvo una relación de unas horas, que sin embargo le marcaría por años. Luego vinieron más misiones y más mujeres y más relaciones, pero ninguna marcaría tanto la vida de Román como aquella. Yo creo que la amó de verdad y que todo lo que pasó después tiene que ver con la imposibilidad de tenerla siempre. Bueno, eso y el destino, que puede que conspire o que simplemente sea un hijo de la gran puta, pero que de una manera u otra dio tantas vueltas a todo que terminó por hacer absolutamente imposible nada que no fuera un final trágico y rocambolesco.
CAPÍTULO XX Lo había estado esperando toda la tarde, realmente toda la vida, pero esas últimas horas habían sido tan largas, tan densas, que el resto de los años aguantando el aliento habían perdido peso. En el banco de la destartalada estación del norte, donde de chiquillo pasó noches en vela ayudando a los peregrinos que venían de Lourdes, había repetido cientos, miles de veces las palabras mágicas, el mantra que le debería salvar. Caía la tarde y el olor de la creosota de las vías había perdido intensidad. La costumbre. Luego todo se precipitó. Al fondo, desde la pequeña puerta que conecta con la sala de espera un hombre vestido con chaqueta y pantalón marrones se adentró en los andenes buscando con la mirada; el corazón aceleró el ritmo, como los trenes hacían cuando el hombre al cargo de la estación señalaba con aquel palo envuelto en un paño rojo la orden de salida. Se apoyó en el bastón y se levantó en el banco para hacerse visible, si cabe, pues los años le habían mermado en todos los sentidos. Los años en general y sobre todo los dos que pasó en Auschwitz-Birkenau hasta el 27 de enero de 1945 cuando los rusos le acariciaron y le dieron de beber. Todo fue muy rápido, se miraron y se reconocieron inmediatamente, la conversación fue tan breve como necesaria: -No creí que te volvería a ver. -Lo imagino. -Ni lo creía ni lo deseaba y ya ves, al final he venido -No tenías escapatoria, nadie es capaz de dejar las puertas entreabiertas y dormir en paz, necesitamos cerrar los círculos y tu sabes que yo cierro el tuyo. -No sé, no sé, me está pareciendo que quizá no valga tanto la burra. -Yo no la maté -Da igual, tampoco la amaste y eso al fin y al cabo fue lo definitivo. -¿Me perdonas? -No puedo hacer lo que tu ni siquiera deseas. Giró sobre su centro y se alejó buscando la misma puerta por donde entró, después nunca más se vieron. CAPÍTULO XX Tuvo que hacer la maleta de una forma tan apresurada que olvidó poner algunos pañuelos por si se constipaba. Ahora todo el mundo utiliza los de papel en la creencia de que son más higiénicos, aunque la verdadera razón es la presión comercial de las grandes papeleras. Laín no consentía que su piel fuera usurpada por semejante producto y desde siempre viajaba con media docena de pañuelos bordados con sus iniciales FLU. Realmente no hicieron falta ni los pañuelos ni el resto de ajuar que viajó con él en la maleta desde Barcelona hasta el aeropuerto Jomo Kenyata y que finalmente se perdió en la vorágine aeroportuaria y corrupta de Kenia. Su visita a la cumbre sobre el cambio climático se había disfrazado dentro de la representación de una mediana organización española apoyada por el ministerio de medioambiente que manejaban los verdes con el placet del PSOE en aquellos años. La cita fue en Nakuru, en las afueras del mercado y apenas duró quince minutos. Luego la noticia en el Kenya daily de la muerte de un turista de cuatro puñaladas apenas reflejaba lo que verdaderamente pasó y porqué no hizo uso de la pistola astra que llevaba en su pernera después de haberla recogido de su contacto en la universidad cercana. La misión quedó abortada, los pañuelos inútiles y la maleta perdida llegó a manos de Ángela un mes después haciendo que la herida se abriera de nuevo. La vida es injusta y más si la tratamos con tanta vehemencia que no la dejamos expresarse con tranquilidad
Una epístola al final
Es verdad que me has escrito, ¡tan sencillo hoy en día!, cómodamente con el laptop en tu regazo, simplemente unas frases que huelen a disculpa, a moho espiritual. Todo esto es verdad y que la huella de lo que supuso nuestra sociedad de solitarios, tejió más redes que las que el tiempo y una muy mal disimulada frialdad pueden desanudar. Tan verdad como que me he decidido a coger mi vieja estilográfica, la he limpiado despacio, con tanta minuciosidad como he podido y después de rebuscar entre las cajitas de madera que guardo en el armario de mi despacho, la tinta del color que me gustaba, la he recargado como si se tratara de una Magnum, para escribirte esta carta. Y he querido que sea así, a la antigua, por correo postal, con su sobre y sus señas y su sello con los bordes en forma de medios círculos, para que tarde unos días en llegarte y así mi espera y tu desconocimiento jueguen al ratón y al gato del tiempo. No quiero que me escribas más, no quiero que busques y rebusques las palabras más frías del orbe, las más insustanciales y aparentes para parecer interesada; al recibo de la presente espero te encuentres bien, como se decían mis padres cuando escribían, yo bien, gracias a Dios, lamiéndome las heridas tantos años después, porque hay cosas, hay momentos que se olvidan mal y lo sé por experiencia de cuando estuve en el ejército, hay momentos que se reservan una esquina de la memoria para mirarte cada día desde la penumbra y recordarte que estás herido, que las cosas que antes eran sencillas, las que estaban al alcance de la mano o del deseo, ahora parecen haberse mudado al último anaquel de la alacena, inalcanzables como si se tratara del chocolate con almendras de casa de mis tíos. No quiero saber más de ti, ni de tu vida, ni siquiera por si ocurre finalmente que alguien, algo, alguna situación te llevan, como me llevaste tú al dolor, no quiero saber si te mudas de ciudad o si te casas al fin, o si el cáncer de mama con el que soñabas, al que temías, anda creciendo poco a poco en tu pecho; no quiero saber nada y así podré imaginar, imaginarte a mi conveniencia o incluso mejor, podré olvidarte y recordarte según el día; azul olvido marino, gris recuerdo marengo, imaginar que vuelves o que te vas definitivamente, crearte alta o blanca o cóncava, imaginarte amante o distante como casi siempre. No quiero que la realidad me castigue más, prefiero que las cosas se me adapten, me respeten y sé que necesito para ello cortar el hilo que nos une desde el primer beso, ese beso que no querías darme y que yo no debí robar nunca de tus labios, ese y todos los demás, los que fueron carne y pasión y los tibios, los huidizos de los últimos seis meses y medio. No quiero oírte, ni verte, ni tan siquiera que el olor de tus manos de una u otra manera me despierte de nuevo y por eso te escribo esta carta, para suplicar tu ausencia, para siempre, desde ahora. Almond – Paris 1975 Nota manuscrita del oficial de policía: El presente documento (carta) se encontraba en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta de Mr. Lahoz cuando se le encontró junto a la estafeta de correos de la Rue Villard. *Esta carta manuscrita y la nota posterior han sido traducidas por el traductor jurado Antonio Garman Real nº de colegiado 26.207, en Madrid el 28 de octubre de 2009 a petición de Amelia Catalia Millán y a los simples efectos de su custodia como recuerdo y sin valor legal ninguno.
EXTRA Y después de acabar con toda la tira de tela enrollada entre sus manos, se acostó sobre su corazón y pensó en él, cerró los ojos y poco a poco notó como el aire penetraba todo su cuerpo. —- ¿Luba? Sí, dime... Soy Román. Si, ya sé, te he conocido la voz, ¿qué tal? ¿cómo es que me llamas? No lo sé, era una necesidad, un deseo. ¿Te pasa algo? Nada, no me pasa nada. Es eso. El objetivo una vez más era Rusia, y una vez allí alojado en el Novotel del aeropuerto de Cheremetievo recibió el encargo de dirigirse a la ciudad de Voronezh y de estar el jueves 10 de noviembre de 2005 a las 13:35 junto a la estatua de Platonov, así que una vez más se dirigió a la estación Paveleskaya para tomar el expreso nocturno con dirección a la ciudad que vio nacer la flota rusa. Siempre que pasaba por aquella estación aprovechaba para sumergirse en los frescos de la sala de espera. Sin duda el trabajo del arquitecto Alexander Krasovsky debió cumplir a la perfección cuando en 1924 los moscovitas acudieron a rendir homenaje al cuerpo del fallecido Lenin.
RECETAS Por mucho que se había esforzado con Román las cosas no habían salido bien. El problema era puramente el sexo, sin más. La falta de entendimiento había llegado a límites espeluznantes y lo peor, o lo mejor, lo más gracioso era que en su caso no tenía que ver con la eterna disputa sobre la frecuencia. Tenía que ver con el ritmo. Para Román nada como el sexo en cámara lenta, ralentizado al máximo y para Luba el orgasmo, los orgasmos, solo llegaban con un ritmo frenético. Se veía venir y vino, así que para preparar el territorio árido de la despedida Luba recopiló todo lo necesario, 75 ml de aceite de oliva virgen,1 cebolleta, 2 cucharadas de pistachos, 12 puerros gordos, sal, 2 tomates rojos y vinagre de Módena. Mientras preparaba la cena pensaba en que solamente algunas veces habían conseguido la perfección, generalmente después de un arranque vibrante, enérgico en el que ella alcanzaba el clímax para pasar a un segundo asalto lento, oriental en el que el reloj se detenía casi. Iba y venía transitando por estos y otros recuerdos mientras limpiaba los puerros, dejando sólo la parte blanca, y los lavaba, procurando eliminar toda la tierra que traían. Los puso en el cesto de bambú cortados y en ramos de tres en tres que había atado con unas finas tiras de puerro sacadas de las hojas verdes del exterior y puso el cesto sobre el vapor de una olla en la que cocían un diente de ajo y el resto de los puerros limpios. Se acordó entonces de la manía de Román por las felaciones y de que a ella no siempre le apetecía. Una vez cocidos, los dejó enfriar y en un recipiente, mezcló la sal con el vinagre y el aceite, le añadió los pistachos, la cebolleta picada y el tomate pelado, sin semillas y cortado en daditos pequeños. Estaba decidida, sólo compañía con el mismo ritmo, el mismo gusto, las mismas aficiones relativas a la piel, colocó los ramos de puerro en el plato, añadió la vinagreta y una ensalada de pimientos rojos templados para que Román se sintiera tranquilo. Lo que le esperaba necesitaba un comienzo realmente sorprendente. A Irishka le hacía falta tiempo para poder pensar con claridad y encontrar en el mercado tripas de vaca, había sido una coincidencia tranquilizadora. Después de la escapada de Sasha el mundo se había hundido bajo sus pies y salvo el ajetreo propio del trabajo nada había conseguido sacarle de su depresión. Limpió con cuidado y ayudada de un limón los callos y rebuscó en su memoria la receta que su amigo Daniel le explicara en aquella velada fascinante hace años en su escondrijo de Tiblisi. Puso agua fría en el puchero y una cabeza de ajos entera sin pelar, echó unos leños al fuego añadió sal suficiente y esperó el primer hervor del cocido para cambiar el agua. La verdad solo es necesaria a quien beneficia, eso le había dicho su amiga Tania cuando hablaban de lo que había pasado y ella no terminaba de estar convencida; lo mejor hubiera sido aclararse personalmente antes de tomar cualquier decisión y no involucrar a tantas personas que ahora sufrían por su culpa. Los callos cocían dejando que el tiempo les adelantara mientras Iriska freía distraídamente unos trozos de jamón y chorizo que había recibido de Dani meses atrás. La primera vez que comió callos tuvo que vencer la repugnancia de su procedencia y el tacto meloso en la boca, después este plato siempre le traía a su cabeza los momentos más intensos de su lucha política y le recordaba a España sin que nunca hubiera estado allí. A veces cuando se sentía apenada los cocinaba como si fuera un conjuro contra la tristeza y los cielos plomizos de su país y sentía que era la rusa que mejor cocinaba este plato al este del Volga. Con Dani había compartido todo menos su cama y le debía algunos de los trucos de supervivencia que más había utilizado en su agitada vida de revolucionaria anarquista. Peló y troceó en pequeñas porciones media cebolla y la doró en el aceite que quedó de freír el chorizo, doró allí mismo dos cucharadas de pan rallado para después añadir un par de tomates triturados y mientras daba vueltas al sofrito se puso a pensar con que frialdad había descrito Tania la situación, incluso cuando la espetó si no recordaba cuando ella había estado locamente enamorada alguna vez, la duda de Tania le pareció más una precaución que la búsqueda del recuerdo. No culpaba a nadie, salvo a si misma, de la falta de decisión en el amor que contrastaba con su arrojo en el resto de su vida, tres horas después de empezar a cocer, retiró los callos del fuego, comprobó que estaban suficientemente blandos y añadió a su sofrito tres pimientos rojos secos, lamentó que no le quedara algo de pimentón picante y un poco del caldo con el que había cocido la carne. Debía haber dado el paso y pedirle a Sasha que viviera con ella. Ahora ya no tenía remedio y el había puesto tierra de por medio y como le recordara Tania, los hombres son más inconscientes, impulsivos, no piensan en las consecuencias, lo que quieren lo piden, lo toman, lo roban y las mujeres piensan en el futuro cuando deciden. El apaño había cocido durante unos minutos y entonces lo añadió al resto del agua con los callos y puso todo a hervir de nuevo, muy lentamente, hasta que apareciese ese caldo trabado, untuoso cuyo olor le transportaba tan fácilmente a tiempos mejores. Dani siempre le advirtió que este plato es peligroso, quien lo come y le gusta no lo olvida jamás y si las fuerzas fallan, la nieve cae día tras día y parece que el mundo se fuera a derrumbar tan despacio que pudiéramos ver nuestra propia ruina, resultan un remedio infalible, sobre todo si se han cocido suficiente; deben estar blandos y han de servirse en platos de barro para que se cumpla el adagio que le gustaba repetir a Dani. “Los callos son como el amor, solo se pueden comer calientes”. Hola, me han dicho que has vuelto de Rusia. Si, hace un par de días. Pensaba haberte llamado. Bueno, me he adelantado, espero que no te importe. Me ha podido la ansiedad de oír tu voz de nuevo. No sé ¿Qué es lo que no sabes? No sé si emocionarme o asustarme. Mi voz. No solo tu voz, tengo tu olor en mi cabeza desde la última vez. ¿Sigues ahí? Si, si, perdona, me he quedado noqueado. Me debes una invitación. Es verdad y ya se lo que voy a cocinar. No es importante. Cualquier cosa seguro que sirve si la haces tu. No lo creo. Hazme caso, yo solamente quiero acariciar tu cabeza cuando la pones en mi regazo. El martes a mediodía te espero. No faltaré. Nada más colgar el teléfono Román empezó a notar como su cabeza empezaba a girar sin control, la receta de las patatas a la importancia se hacía con todo el espacio y se repetía como una letanía, como un mantra sexual y sin querer empezó a cocinar en su mente; Las patatas cortadas en rodajas anchas, casi de un dedo para luego salarlas y rebozarlas con huevo y harina. La imagen de una sartén amplia y bien llena de aceite se aparecía entre el resto de las preocupaciones diarias y en ella las patatas rebozadas se iban dorando muy lentamente. Pensó en los huevos fritos y recordó la frase que Miranda dijo la primera vez que los comió: “Me gusta sobre todo el pan para rebañar, sacia los sentidos.” Ese era el objetivo, colmar, rebosar, llenar el vaso del placer hasta el borde. Vueltas y vueltas, las imágenes de las patatas bien doradas y retiradas en una besuguera amplia donde solamente había una capa empezaba a tomar cuerpo. Solo faltaba dorar una cebolla muy despacito en el aceite y añadirle un majado de ajo con unas hebras de azafrán y una cucharada de harina y una vez trabado, pasar todo por un colador y cubrir las patatas de la besuguera con el caldo para que cuezan media hora por lo menos. Por fin se pudo dormir, eran más de las cuatro de la madrugada y en la mesa de su imaginación se podían ver dos platos grandes, cada uno de ellos con un par de huevos fritos, ligeramente dorados y de yemas deseando reventar, acompañados de unas exquisitas patatas rebozadas que desprendían un olor a azafrán imposible de resistir. El buen sexo estaba garantizado.
Si te ha gustado esta entrada puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @fmolinero@neopaquita.es
Puedes seguir este blog desde cualquier red del Fediverso o mediante RSS.
También puedes Compartir en Mastodon
