Los relatos de Ibnussabel

Un rincón para compartir mis creaciones literarias.

Julián se había dejado engañar por Pedro y Marina para hacer el Camino de Santiago con ellos. Nunca le ha entusiasmado el deporte, y aún menos pasar hambre, sed, calor, frío y agotamiento. Sin embargo, ahora que llevan varios días de albergue en albergue, debe reconocer que le está gustando más de lo que esperaba.

La primera semana fue un suplicio, sobre todo la subidita al Alto del Perdón. Las agujetas, las ampollas y la tendinitis casi le hacen abandonar en Logroño. Pero se dejó arrastrar un día más, luego otro y, poco a poco, se fue acostumbrando al sufrimiento.

Hoy se cumplen tres semanas justas desde que salieron de Roncesvalles. Han llegado a Ponferrada reventados, como siempre. Después de cumplir con la burocracia peregrina, se han dado un homenaje en un mesón; de vez en cuando conviene sacar al vientre de penas. De vuelta al albergue, se han unido a un grupo de peregrinos, casi todos españoles, que comentan la etapa del día y planifican la siguiente.

—Entonces, ¿qué? Mañana a Vilafranca, ¿no? —pregunta Julián al corrillo de peregrinos.

—Pues justo lo estábamos valorando. Me han dicho que la parte de Galicia se llena de turigrinos y que se pierde la esencia —apunta uno.

—Este está empeñado en salirse del Camino Francés y meterse por uno que no aparece ni en las guías.

—Yo no lo veo claro. Deberíamos seguir el trazado normal.

—¿Cuál es esa alternativa que comentas? —¿Cómo no? Si se presenta la oportunidad de hacer algo original, Pedro no puede dejarla escapar.

—El Camino de Invierno —contesta el mismo de antes. —Es el que se usaba antaño en invierno para no tener que subir O Cebreiro nevado. Está mucho menos concurrido que el Francés, eso está claro.

—¡Tan poco concurrido que quizá no haya ni albergues! —le replica un compañero.

—Yo solo comentaba la posibilidad porque, si ya han llegado varios autobuses de grupos organizados aquí, no me quiero ni imaginar cómo se pondrá a partir de Sarria.

—¿Tienes un mapa, una guía o algo para ver ese camino? —A Pedro le ha entrado el gusanillo y de ahí no le saca nadie.

—No, pero tampoco tenemos nada de este. Lo vamos mirando en Internet o en los albergues de un día para otro.

Pedro intenta convencer a sus amigos para probar ese camino semidesconocido que promete ser una pequeña aventura dentro de otra pequeña aventura. Al fin y al cabo, en todos los días que llevan peregrinando, lo más emocionante que les ha ocurrido ha sido tener que avanzar hasta el pueblo siguiente por falta de sitio en los albergues.

Marina prefiere ceñirse al plan original. Es posible que tenga menos encanto porque esté masificado y las etapas consistan en seguir a los peregrinos que van delante de ellos, pero al ser una zona concurrida, será más segura y estará más preparada para acomodar a los peregrinos.

Julián, contra todo pronóstico, está de acuerdo con Pedro, aunque por otros motivos. O Cebreiro es la bestia negra del Camino Francés. La subida más dura y apenas sin sitios para retomar energías. Si el destino ha querido ofrecerle una vía alternativa para esquivar esa montaña, por algo será.

Antes de tomar ninguna decisión, hablan con los voluntarios del albergue para recabar información. No debe ser un camino muy popular, porque les cuesta encontrar a alguien que lo conozca. Tan solo uno de los voluntarios lo conoce.

—Como no lo coge casi nadie, hay poca cosa para peregrinos. Quizá tengáis que tirar de GPS en algunos tramos, pero sin duda es una maravillosa opción para huir del bullicio que se os viene encima de aquí a Santiago.

Al final, aunque Marina no está del todo convencida, deciden darle una oportunidad a esa variante.

El día siguiente, en lugar de seguir la hilera de caminantes que desfila hacia Vilafranca do Bierzo, Julián y sus dos amigos se dirigen hacia Las Médulas. Nada más salir de Ponferrada se dan cuenta de que, en efecto, no están en el Camino Francés. No ven a ningún otro peregrino y las señales escasean. No obstante, pueden seguir sin dificultad. Solo necesitan prestar un poco más de atención.

Pedro está exultante. «Esto sí es el Camino de verdad.» Por cómo insiste en ese punto, cualquiera diría que las tres semanas anteriores se las hubieran pasado jugando a videojuegos y viendo la televisión. Julián y Marina no sienten la euforia de su amigo, pero están contentos de haberse dejado embaucar. La verdad es que el paisaje es muy bonito y el trayecto se les antoja más auténtico.

Es su recorrido, atraviesan pueblos encantadores en los que no hay ni peregrinos, ni turistas; solo gente local, y tampoco mucha. Para desgracia de Julián, la etapa del día incluye dos subidas pronunciadas. Por suerte, bastante más cortas y suaves que la que habría tenido que sufrir para coronar O Cebreiro.

Cuando llegan a Las Médulas, hacen tres descubrimientos que rivalizan en importancia. El primero y más evidente es que el lugar es impresionante. La antigua mina de oro explotada por los romanos merecería una visita por sí misma. El segundo, un poco desolador, es que la única opción de alojamiento disponible es un pequeño hotel que sale por un buen dinero. Por suerte, el tercer descubrimiento es que es lo bastante pronto como para avanzar un poco más antes de comer.

Aunque les gustaría acabar la etapa ahí para poder disfrutar de Las Médulas, deciden avanzar un poco más. Al final, ese poco más se convierte en unos 10 Km adicionales y acaban la jornada en Pumares, provincia de Ourense. Han llegado a Galicia.

Es un pueblo muy bonito al lado de un embalse. El problema principal es que ahora sí necesitan encontrar un lugar donde pasar la noche. La alternativa sería seguir andando unos cuantos kilómetros más y, siendo honestos, ya han tenido bastante con la ruta de hoy.

Buscan algo para comer en el primer, y único, sitio que parece un bar. Se les abre el cielo cuando, hablando con el posadero, descubren que también les puede alquilar una habitación. La comida les sabe a gloria, aunque quizá se deba al alivio de tener hospedaje.

Más avanzada la tarde, se dan una vuelta por el pueblo. Breve, porque tampoco hay mucho que ver. Se recogen pronto a descansar a pesar de que la etapa de mañana promete ser bastante menos exigente. Según lo que han visto por Internet, es prácticamente todo llano.

A media noche, Julián se devela. Por más que lo intenta, no logra volver a conciliar el sueño. Se pone la chaqueta encima del pijama y sale a dar un paseo y fumarse un cigarrillo. En la calle, unas extrañas luces le llaman la atención. Parecen focos que se dispersan en la niebla, pero no hay niebla. Además, se oye una especie rumor de voces entonando una letanía cadenciosa.

Lo primero que siente es un miedo primitivo que le brota del pecho. Esa sensación pronto es sustituida por una curiosidad morbosa. Si fuera un niño, habría ido corriendo a la habitación y se habría resguardado bajo las impenetrables sábanas, que pueden repeler el ataque de cualquier criatura del mal. Pero como hace mucho que dejó de serlo, se acerca un poco más a esas extrañas luces. Solo un poco. Un poquito más. Solo un poquito más.

Cuando se quiere dar cuenta, está bastante lejos de la pensión. Las luces, en cambio, están cada vez más cerca, y las voces se oyen cada vez mejor, aunque no logra entender lo que dicen. Se acerca otro poquito más. Hasta que los ve. Ve las luces de las velas, ve los farolillos que transportan las velas y ve los hombres que sostienen los farolillos que transportan las velas.

Una extraña comparsa formada por una docena de penitentes encapuchados recorre los aledaños del pueblo recitando una letanía que sigue sin comprender. Cuando llegan a la altura de Julián, las voces se detienen de golpe, así como los penitentes. La escasa luz de los farolillos no es suficiente para vencer la oscuridad. Los cofrades visten trajes de un negro más profundo que el de la noche. Las capuchas ocultan sus rostros por completo. Julián vuelve a tener miedo, pero esta vez es de verdad, del que te atenaza desde las entrañas y te impide mover siquiera los labios para pedir socorro.

El penitente que marcha a la cabeza del grupo se acerca a Julián y se quita la capucha. Al verle la cara, no da tanto miedo. Es un chico de unos veintipocos años con aspecto afable. Lleva el pelo castaño un poco enmarañado y sus ojos verdes transmiten una calidez que contrasta con el frío húmedo del camino.

—Vaya, parece que te hemos asustado —dice el joven misterioso.

—Eh, no, qué va. Bueno, sí, un poco —responde Julián, balbuceando.

—Tranquilo, hombre, que no te vamos a hacer nada. Casi todos estos son buena gente. En fin, eran.

—¿Eran?

—Sí, bueno. Eran, son. ¿Qué más da? El caso es que mis compadres están muertos, yo soy el único vivo de la compañía.

El chico habla con la naturalidad de quien comenta la cosa más cotidiana y normal del mundo, pero acaba de decir que sus compañeros están muertos. Julián sigue un poco en shock y tarda en reaccionar.

—Verás —continúa el joven cofrade—, seguro que has oído hablar de nosotros. Somos la Santa Compaña. Bueno, son, o sois, no sé. En fin, me estoy explicando fatal. ¿Tú no eres de aquí, verdad?

—No, no soy de aquí. Y me estás vacilando ya mucho. No quiero líos, me vuelvo con mis colegas y todos tan contentos.

—Me temo que eso no va a poder ser. Pero mira, yo te lo cuento y verás que no pasa nada. Es un chollo sencillo. Lo único que tienes que hacer es sacar a estos de paseo todas las noches, hasta que te cruces con un vivo, como he hecho yo hasta que me he cruzado contigo. Ahora yo quedo libre, ya podré dormir por la noche, y a ti te toca ocupar mi lugar. ¿Fácil no?

—¿Pero cómo voy a hacer eso? Si ni siquiera soy de aquí, estoy haciendo el Camino de Santiago.

—Tranquilo, por eso no te preocupes. No son más que un puñado de almas. Irán donde tú vayas.

—¿Y si me niego?

—Huy, mala cosa. A ver, que tú mismo, yo hoy ya me desentiendo de esto, pero si rechazas hacer la ronda… En fin, yo no me arriesgaría. Pueden ser muy insistentes.

—Pues, a mí, a cabezón no me gana nadie.

—Lo dicho, tú mismo. Pero toma, ponte este traje y coge este farolillo, que ahora es tu tarea.

Julián no lo ve claro. Sabe que le están vacilando y que quizá lo mejor es seguirles el juego, pero está demasiado cansado como para ponerse a hacer el canelo con unos paisanos para que se rían de él. Así que, ni corto ni perezoso, gira sobre sus talones y echa a correr hasta la pensión.

Cuando suena la alarma, Pedro es el primero en levantarse. Hace una visita al baño y va a despertar al resto. Al ver a Julián suelta una carcajada, se durmió con la chaqueta puesta.

Una vez listos para afrontar una nueva etapa en el Camino, bajan a desayunar y Julián aprovecha para contarles su peripecia de ayer. Sus amigos alucinan con lo pirada que está la gente. Ponerse a deambular en plena noche disfrazados de espíritus para darle un susto al primero que pillen, además en un pueblo tan pequeño que lo más seguro es que no se crucen con nadie en horas. En fin, vivir para ver.

Se ponen en marcha bordeando una línea de ferrocarril y el río Sil. El trayecto es tranquilo y suave, rodeado por un paisaje repleto de arbustos roto tan solo por algunas naves industriales dispersas. Van atravesando pueblos que parecen construidos de pizarra hasta que llegan a O Barco, que es bastante más grande. Aprovechan para hacer acopio de provisiones y tomarse otro café.

A partir de ahí, el camino se vuelve un poco más aburrido, puesto que gran parte del trayecto transcurre por asfalto. Por suerte, el trazado es bastante llano y pueden avanzar a buen ritmo. Además, como hicieron compra en O Barco, no se detienen en ninguno de los municipios que van dejando atrás.

Al salir de A Rúa, se encuentran la primera subida destacable de la jornada, no tanto por su pendiente como por lo larga que se les hace. Tardan más de dos horas en llegar al punto de inflexión y toparse con una bajada que, ahora sí, tiene una pendiente que asusta. Si algo han aprendido en el Camino de Santiago, es a temer más a las bajadas que a las subidas.

Llegan destrozados a Montefurado, que se encuentra al final de la terrible cuesta que acaban de descender y que anuncia una nueva subida justo a continuación. Eso sí, el pueblo es precioso. De hecho, recibe su nombre de un túnel perforado por los romanos que agujerea el monte para desviar el cauce del Sil y poder extraer el oro de la región. Ya no queda oro, pero la obra de ingeniería romana es digna de admirar.

Como tienen hambre y están cansados, aprovechan para comer parte de sus provisiones mientras deciden si hacer noche ahí o seguir andando hacia el siguiente pueblo. Lo cierto es que Montefurado, pese a su gran belleza, no resulta ser muy hospitalario.

—Chicos, yo creo que no tenemos alternativa. Aquí no nos podemos quedar —dice Marina.

—Está claro, aquí no vamos a encontrar nada. Tendremos que probar suerte más adelante —concuerda Pedro.

—Ni de coña. Yo ya he andado bastante por hoy, de aquí no me muevo. Así tenga que dormir al raso —discrepa Julián.

—¿Cómo vamos a dormir al raso, Julián? Además, ¿cómo lavamos la ropa? ¿cómo nos duchamos? —interviene Marina.

—Joder. Deberíamos habernos quedado en el pueblo de antes. Seguro que encontrábamos una pensión como la de ayer, al menos. Esto no es el Camino Francés, ya veis que no podemos ir así sin pensar, tenemos que ser más previsores. —El cansancio hace mella en Julián, cuya paciencia también sufre agotamiento.

La discusión se prolonga y los ánimos se van encendiendo. Julián, que suele ser razonable y acomodarse a lo que necesite el grupo hoy está más terco que nunca. Por desgracia, los otros dos no ven nada claro lo de dormir a la intemperie con el frío que hace por las noches. Mientras intentan alcanzar un acuerdo, una anciana llega a la plaza y les llama la atención por armar alboroto.

—¿A qué viene tanto grito? ¿Venís de fuera a molestar a los vecinos o qué?

—Perdónenos, señora. Estamos haciendo el Camino de Santiago, no queríamos molestar a nadie.

—¿Peregrinos? ¿Aquí? Creo que andáis perdidos del todo. Jamás vi peregrinos en el pueblo.

—¿Nos hemos perdido? —exclama Julián—. De esta salimos en los periódicos, Pedro. Así te lo digo. No puedo con mi alma y no estamos yendo bien.

—¿Pero esto no es Montefurado? —pregunta Pedro.

—Sí, San Miguel de Montefurado. ¿Quién os dijo que vinierais por aquí?

—Verá, estamos siguiendo el Camino de Invierno, que va a Santiago pasando por Monforte de Lemos —le explica Marina.

—Ah, pues para Monforte si vais bien. Qué cosas, peregrinos. ¿Y eso coméis los peregrinos ahora? ¿Pan de bolsa?

—Bueno, lo que encontramos. No vimos ningún sitio para comer aquí.

—Eso es que poco buscasteis.

—Perdone. ¿Y no sabrá usted de algún lugar para pasar la noche? —Julián intenta aferrarse a la posibilidad de encontrar un alojamiento cercano.

—A estas horas ya no llegáis a ningún sitio. Va a oscurecer pronto, y no os recomiendo andar por ahí de noche. Yo os puedo dejar dormir en un cobertizo, y si queréis, un plato de sopa.

Ni decir tiene que los tres aceptan de inmediato la propuesta de la anciana y se deshacen en muestras de agradecimiento por su hospitalidad. La mujer les conduce hasta su casa y les enseña el cobertizo que pueden usar para pasar la noche. Tienen un pequeño retrete, pero no pueden ni lavar la ropa ni ducharse. Tras insistir un poco y abusar bastante de la amabilidad de la anciana, logran que le dé permiso a Marina para darse una ducha. Los chicos tendrán que aguantarse.

La señora vuelve a las ocho de la tarde con un un caldero de sopa, pan y una botella de vino tinto. Les ayuda a poner la mesa y les dice que no se molesten en lavarlo, que lo dejen todo apilado y ya lo recogerá ella cuando se hayan ido. Les sorprende que sea tan maja como para dejarles quedarse en su casa, pero que tan hosca que no le apetezca ni quedarse a charlar con ellos. Dan buena cuenta de la sopa, que resulta ser bastante contundente, del pan y del vino y, aunque no sean ni las diez de la noche, caen rendidos.

A la mañana siguiente, Pedro y Marina se levantan con energías renovadas. La cena y el reposo han obrado maravillas en sus cuerpos. Julián, en cambio, parece un alma en pena. A diferencia de sus compañeros, se diría que no ha pegado ojo en toda la noche.

Para evitar situaciones complicadas como la de ayer, deciden que aunque vayan sobrados de tiempo, terminarán la etapa en Quiroga, que es donde saben a ciencia cierta que hay un albergue. Acaban de darse cuenta de que ayer no sellaron la credencial del peregrino en ningún sitio, pero eso no debería ser problema.

La etapa del día tiene algo de subidas y bajadas, pero nada excepcional, además, como llevaban diez kilómetros de ventaja, llegan a destino antes del mediodía. Esta vez encuentran albergue sin problema, tienen cama, agua caliente e incluso más de una opción para comer, cenar o tomar algo. Puro lujo.

No obstante, la jornada transcurre con mal rollo. Julián sigue enfadado y desprende un aura de malas vibraciones que acaba afectando a los demás. Ni siquiera una buena ducha de agua caliente y una comida en condiciones hacen que se anime un poco.

Las etapas siguientes se suceden en un ambiente tenso de negatividad, justo lo contrario a lo que cabría esperar. El cuarto día en este plan se hace especialmente duro porque coincide, además, con una subida muy pronunciada y una bajada aún peor. Llegados a este punto, Julián cree que quizá todo esto del Camino de Invierno no ha valido para nada la pena. Finalmente, estalla una gran discusión que concluye con Julián mandando a todo el mundo a la mierda y largándose del hostal.

Dos horas más tarde, Marina decide ir a buscarle y se lo encuentra llorando a lágrima viva en un banco. Le explica que no sabe qué le pasa, que se da cuenta de que les está arruinando las vacaciones pero que no puede más, que cada día está más cansado, que ya ha agotado todas sus fuerzas y que no se ve capaz de llegar hasta Santiago.

Se pasan una hora hablando y Marina logra convencerle para que no tire la toalla ahora, que solo faltan tres días para llegar. Rendirse ahora sería absurdo. Vuelven al hostal y Pedro le da un abrazo a Julián como si hiciera años que no se hubieran visto y le pide disculpas de mil maneras. Al final, deciden quedarse un día más en Rodeiro para recuperar fuerzas y poder llegar a Santiago en condiciones.

El día de descanso hace honor a su nombre. De hecho, Julián se pasa horas durmiendo, hasta el punto que llega a preocupar a los demás. Sin embargo, al día siguiente, cuando reemprenden la marcha, pueden notar el cambio que el reposo ha obrado en él. Julián vuelve a estar animado y la sonrisa no abandona su rostro. Por fin ha recuperado la felicidad.

#relato

Las noches de viernes son las peores; y si juega el Barça, ni te cuento. Además, no ha parado de llover en todo el día. No es que jarree, ni mucho menos, pero no es agradable andar por la calle. A Bilal no le queda otra, claro. Se va a pasar unas cuantas horas repartiendo pizzas en la moto de la empresa. Encima, ya nadie da propina. Qué asco de curro.

Llega a su quinto destino de la noche. Es un barrio de las afueras, de esos que tienen bloques enormes que rodean descampados de tierra donde los vecinos aparcan los coches a bulto. La dirección no coincide con ninguna vivienda. Ya estamos; le toca llamar a central.

—Hola, soy Bilal. Estoy en Santa María y no existe el número 27. Todos los portales son pares. Me da que nos han vacilado.

—Un segundo, que compruebo. —Tras un breve rato de espera, llega la respuesta—: No creo que sea una broma, tío. Lo han pagado y todo.

—Pues ya me dirás. Estoy aquí, a tomar por culo, en un barrizal y con la lluvia calándome los huesos.

—¿Qué dices? Si es un pedido para el centro. Calle Puerto de Santa María 27. ¿Dónde estás tú?

—¡No me jodas! Aquí pone “Santa María 27”. Estoy en Can Susqueda, en la plaza de Santa María.

—Anda, que ya te vale, Bilal. Tira para el centro, venga.

De camino al destino correcto, le dan el alto en un control de los Mossos d’Esquadra. Mientras le piden la documentación, revisan el baúl, abren las cajas de pizzas y le preguntan las mismas tonterías de siempre, el teléfono del repartidor no para de vibrar. Cuando por fin puede reanudar la marcha, ve que tiene quince avisos de central. El cliente está muy enfadado por la espera. Al menos ha parado de llover.

Se apresura para llegar cuanto antes. No tarda ni cinco minutos en recorrer un trayecto que, según Google Maps, requeriría el doble. Llama al timbre y le contesta el cliente, cabreado:

—¡A buenas horas! ¡Van a estar ya congeladas! ¡Te vas a meter las pizzas por el culo, imbécil!

Qué hijos de puta. Como si fuera culpa suya que hayan anotado mal la dirección y le hayan parado los mossos. Está bastante harto del día de perros que está teniendo. A su lado, hay una plazoleta prácticamente vacía y un banco que, a pesar de estar mojado, le invita a tomarse un merecido descanso. Al fin y al cabo, ya está empapado. Se sienta y abre la primera caja. Una cuatro estaciones. Es verdad que está fría, pero a esas horas entra de vicio.

#relato

Lo primero que notó fue el silencio. No se trataba de la quietud habitual de un edificio administrativo en horas muertas; era más denso, como si las paredes estuvieran prestando atención. Cris desechó la idea. Sin duda, el cansancio empezaba a hacer mella. Llevaba tres años trabajando en el archivo municipal. Desempeñaba una de esas tareas invisibles que sostienen la memoria de una ciudad sin que nadie repare en ellas. Catalogar expedientes, digitalizar planos, organizar carpetas que no se volverían a abrir. Su oficina era un sótano inmenso y antiguo. Hileras de estanterías metálicas formaban pasillos interminables. El olor a humedad y a papel viejo impregnaba el aire.

Para otras personas, pasar la jornada laboral en ese ambiente podría resultar deprimente; a elle, no obstante, le transmitía paz. El mundo exterior, como solía llamarlo, era un lugar ruidoso, caótico y lleno de gente con prisa. En el archivo, en cambio, cada cosa estaba en su sitio. Las piezas de inventario seguían un patrón lógico. Todo tenía una explicación. O, al menos, eso parecía.

Esa mañana, estaba clasificando planos urbanísticos de los años ochenta. Reformas, ampliaciones, ajustes de normativa. Al cabo de un rato, empezó a detectar demasiados elementos innecesarios. Hospitales con pasillos que no llevaban a ninguna parte, escuelas con muros dobles sin función aparente, oficinas con salas técnicas demasiado grandes para las instalaciones que albergaban. Etiquetó algunos documentos con notas adhesivas.

De forma aislada, las anomalías no resultaban tan extrañas. A veces las normativas cambiaban durante las obras, o el equipo técnico camuflaba discrepancias presupuestarias. No obstante, presentía que había algo más. Como si esos diseños se hubieran ideado con una finalidad oculta. Estaba revisando el plano de una reforma de su propio archivo cuando el silencio se volvió más profundo. Entonces, lo oyó. Un ruido. Muy débil. Venía de la pared. Se mantuvo inmóvil. No era un sonido constante. Era una vibración suave que aparecía y desaparecía a intervalos irregulares.

Acercó la oreja al muro. Nada. Se apartó. El ruido volvió. Era tan sutil que quizá habría pasado desapercibido en cualquier otro lugar. En ese sótano tan silencioso, en cambio, sonaba como un murmullo. Escribió otra nota en el plano. «Muro doble. Cámara interior no especificada.» No había ninguna indicación sobre qué se encontraba al otro lado de esa pared. Eso era muy raro.

Por la noche, se llevó algunas copias de los documentos a casa. Era un piso pequeño y funcional en perfecto estado de revista. Multitud de libros y papeles llenaban las estanterías en un orden calculado a la perfección. Escaneó los planos y los superpuso digitalmente. Al principio, buscaba anomalías sencillas. Pasillos huérfanos, muros demasiado anchos, habitaciones innecesarias. Al cabo de unas horas, tuvo una intuición. Pintó los huecos con marcador. Al terminar, descubrió el patrón. Los espacios vacíos no se distribuían de manera aleatoria. Formaban líneas sutiles que atravesaban los planos y se entrelazaban entre sí.

Abrió un mapa de la ciudad y superpuso los esquemas. Lo que reveló el gráfico era sobrecogedor. La red no solo conectaba habitaciones, sino edificios enteros. Hospitales, escuelas, centros cívicos, todo tipo de dependencias municipales. La ciudad escondía un entramado oculto. «Quizá solo sea una coincidencia», pensó. Entonces, recordó el ruido.

Al día siguiente, Cris habló con su amiga Clara. Se encontraron en un café cercano a la facultad de Arquitectura, donde se habían conocido hacía doce años.

—A ver —dijo ella mientras removía el café—. Explícame por qué me has hecho venir para revisar unos planos municipales de los ochenta.

—Mira esto —contestó le archiviste, mostrándole los documentos en su tableta.

La arquitecta los observó un buen rato. Al principio, con escepticismo. Después, con más atención.

—Reconozco que es un poco raro —admitió—. Las desviaciones puntuales no son infrecuentes. Sin embargo, visto en conjunto, resulta un tanto extraño.

Cris amplió el alcance del mapa para mostrar la ciudad entera. Clara arrugó la frente.

—No puede ser casualidad —sentenció.

—Entonces, no es mi imaginación, ¿verdad? —inquirió Cris.

—Las cavidades siguen una lógica. Parecen optimizadas.

—¿Con qué finalidad?

—Eso me gustaría saber —concluyó Clara.

La tercera persona que se unió al grupo no tenía ningún interés en los planos. Cosme llevaba más de veinte años encargándose del mantenimiento del edificio. Era un hombre recio. Su voz cálida y su forma sosegada de hablar transmitían confianza. Conocía cada recodo del archivo. Cris lo encontró atareado con un radiador.

—Cosme, ¿te puedo preguntar una cosa?

—A ver. ¿Qué se ha roto ya?

Cris esbozo una sonrisa.

—¿Qué hay detrás de esa pared?

Cosme fijó la mirada en el muro durante unos segundos.

—¿Por qué lo preguntas?

Le archiviste le contó lo del ruido. El encargado de mantenimiento le escuchó sin interrumpirle. Cuando acabó, apoyó la mano en el radiador.

—Es un edificio antiguo; hay espacios que ya no se utilizan.

—¿Como cuáles?

Cosme dudó.

—Cuartos de servicio, pasadizos viejos.

—Aquí no hay tuberías —aseguró Cris señalando el plano.

—No todo sale en los papeles —contestó Cosme sin mirar el documento—. Es mejor así.

Cris volvió a su mesa con una sensación extraña. El tono evasivo del encargado de mantenimiento le hacía sospechar. Tenía la impresión de que ocultaba algo. Esa tarde, volvió a oír el ruido. Pegó de nuevo la oreja a la pared. El murmullo parecía seguir un ritmo. Una pulsación lenta. Dio un par de golpes suaves con los nudillos contra el muro. El sonido cesó de inmediato. El silencio que lo sustituyó era incluso más profundo que antes. Por un breve instante, sintió que, al otro lado del muro, algo se había quedado quieto para escuchar mejor.

Al día siguiente, llegó al archivo con sensación de haber dormido mal, sin descansar. Encendió el ordenador, revisó el listado de expedientes pendientes, respondió un par de correos. Se refugió en su rutina apacible. Sin embargo, debajo de esa fingida cotidianeidad, se escondía, agazapada, la expectativa.

Contuvo el impulso de acercarse a la pared durante una hora. Se repitió que todo era normal; los edificios antiguos hacían ruidos. Tuberías, roedores, aire. No había nada extraño, solo su desbocada imaginación. Cuando no pudo resistir la tentación y volvió al muro, el murmullo ya estaba ahí. Tenue, pero audible. Como una tela rozando la piedra. Enganchó el móvil a la pared con cinta americana, encendió la grabación de sonido y se fue a trabajar al otro extremo del sótano. Un par de horas más tarde, volvió a recogerlo. Al reproducir el archivo, los primeros minutos eran un silencio continuo. Después, alejada, aparecía esa vibración familiar. Al cabo de un rato, arrancó una pulsación grave, como un corazón latiendo a cámara lenta. Un escalofrío le recorrió la piel. En la pantalla del móvil, el gráfico de ondas sonoras mostraba picos regulares. No era casualidad.

Exportó el fichero al ordenador. Abrió un programa gratuito de análisis de frecuencias. El resultado mostró una concentración de actividad en una franja muy baja, casi imperceptible por el oído humano. Pero lo más inquietante era otra cosa. Encima de la cadencia principal aparecían pequeños armónicos, como si algo hablara en medio de ese pulso. Cerró el archivo de golpe. El corazón le latía desbocado. Miró hacia el muro y sintió que no estaba sole.

Esa misma tarde, Clara se presentó en el archivo con un cuaderno de tapa dura y una mochila llena de cables.

—He tenido una idea —dijo, a modo de saludo.

Se instalaron en una de las mesas del fondo, lejos de la puerta. La arquitecta desplegó los planos impresos, colocó reglas y un pequeño micrófono de contacto.

—Esto sirve para captar las vibraciones del material —explicó.

Cris asintió. Clara fijó el micrófono contra la pared y lo conectó a su portátil. En la pantalla, aparecieron líneas finas y nerviosas.

—Ahora, silencio —ordenó.

Durante unos segundos solo se apreciaba un susurro de fondo. Después, como si hubiera estado esperando una orden, el pulso grave emergió con claridad. Clara frunció el ceño.

—Esto no es una tubería.

—Ni una rata —corroboró Cris.

Clara ajustó unos parámetros, filtró el sonido, amplió. Entonces, un patrón se reveló con mayor nitidez. Impulsos con intervalos precisos, como si se tratara de un código.

—No digo que sea un mensaje —murmuró Clara—, pero es demasiado regular para ser fortuito.

Le archiviste sintió un poco de alivio. Que su amiga compartiera sus temores era reconfortante, aunque también terrible.

—He superpuesto planos de edificios enteros. Las cavidades forman líneas por toda la población.

—Lo sé —agregó Clara sin levantar la cabeza—. He estado dos días modelándolo.

Una imagen 3D llenó la pantalla del portátil. Era una maqueta digital de la ciudad, con formas oscuras dentro de los edificios, como órganos latentes. Las líneas las conectaban de manera indirecta.

—Esto es lo que me preocupa —dijo Clara—. Los túneles se interrumpen; no se puede acceder de una cavidad a otra por ellos. Es una red de resonancia.

Cris la miró y tragó saliva.

—Como un instrumento —aclaró su amiga—. Uno gigante.

Cris recordó de pronto un detalle que le había parecido irrelevante y que ahora empezaba a cobrar sentido.

—Hay un término que se repite en los informes, ya sean de un hospital o de un almacén. «Mejora acústica». Nunca se aclaran los motivos.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Clara.

—Porque nadie los conoce.

Cosme entró en el sótano y se encontró a la pareja de investigadores improvisados en medio de su tarea. Con la expresión de quien ve un accidente y no puede apartar la mirada, les preguntó:

—¿Qué diablos estáis haciendo?

—Escuchamos la pared —respondió Cris con calma.

Cosme observó la parafernalia que tenían desplegada.

—No es una buena idea —sentenció.

—¿Por qué? —preguntó Clara.

—Porque cuando empiezas a notar según qué cosas —respondió mientras se frotaba la frente con la mano—, es muy difícil parar.

—Tú también lo has oído, ¿verdad?

—Hace muchos años —contestó tras una larga pausa—. Cuando empecé a trabajar aquí y quería arreglarlo todo, encontré una puerta sellada. No aparecía en ningún sitio. Pregunté y me dijeron que era un antiguo cuarto de servicio.

—¿La abriste?

Cosme negó con la cabeza.

—Estaba soldada. Me apoyé en ella y sentí como… un latido.

Clara se quedó quieta, pero sus ojos tenían un brillo peligroso. Cuando la curiosidad alcanza al miedo, lo confunde con una promesa.

—¿Dónde está esa puerta?

—No lo sé —dijo Cosme en un tono de voz demasiado alto—. Y, si lo supiera, no os lo diría.

—¿Por qué? —suplicó Cris.

El de mantenimiento clavó su mirada en los ojos de le archiviste.

—Porque he visto a la gente cambiar. Funcionarios que un día eran normales y al día siguiente llegaban con la mirada perdida, como si se hubieran pasado la noche escuchando la radio en un idioma que no existe.

—Eso suena… —empezó Clara.

—No me digas a qué suena —cortó en un tono abrupto—. Ese es el problema. Que siempre hay algo que suena.

Todos callaron y el silencio denso del sótano les envolvió. Entonces, Cosme relajó los hombros y sentenció:

—Haced lo que queráis. Pero cuando empiece a meterse en vuestras cabezas, no digáis que no os advertí.

Esa noche, Cris volvió a revisar los expedientes. Buscó más coincidencias. Palabras repetidas, nombres de empresas, firmas. No encontró ningún patrón entre los implicados. Arquitectos, administraciones, presupuestos, sociedades; todos distintos. Parecía imposible que se hubieran puesto de acuerdo. Sin embargo, había detalles menores que llamaban la atención.

Todos los informes, sin importar el área o la década, contenían una línea casi idéntica en algún lugar: «Se recomienda reducir la reverberación y crear cavidades de absorción.» En muchos planos, las paredes dobles no estaban catalogadas como muros, sino como «junturas técnicas». Los edificios con más cavidades coincidían con los que recibían más aglomeraciones: escuelas, hospitales, juzgados. Cris percibió una asociación desagradable. Quizá la red no se había creado para comunicar, sino para recolectar.

Abrió de nuevo el archivo del pulso. Amplió la sección donde los armónicos se oían con más fuerza. Se dio cuenta de que esa «habla» no provenía de la pared. Venía de fuera, de la ciudad. Imaginó que el muro era una membrana que filtraba los ruidos externos y los transformaba en una pulsación. Cerró los ojos. Visualizó todos esos edificios: las colas, las urgencias, los lloros, los gritos, el estrés cotidiano. Pensó en la ciudad como un ente enorme, con cavidades ocultas que vibraban sin cesar. En ese momento, le vino a la cabeza una frase que había encontrado en un expediente de hacía cincuenta años, escrita en lápiz en un margen y casi borrada: «No nos está escuchando, la hacemos sonar.»

La mañana siguiente, recibió un mensaje de Clara:

«Lo he encontrado. No es una red. Ven.»

Lo leyó dos veces. Sintió que, si seguían tirando del hilo, descubrirían algo mucho mayor de lo que habían imaginado. Llegó al taller de su amiga a media tarde. Era una antigua nave industrial reconvertida en estudio de arquitectura, con mesas grandes, pantallas colgadas en las paredes y maquetas expuestas en vitrinas. El olor a madera y café impregnaba el ambiente. Clara estaba de pie enfrente de un monitor enorme. No se giró cuando Cris entró en la sala.

—Mira.

La pantalla mostraba un modelo tridimensional de la ciudad. Edificios translúcidos emergían como bloques fantasmales. En su interior albergaban formas oscuras: las cavidades.

Cris se acercó y observó.

—He tardado horas en entender de qué se trataba —dijo Clara—. Seguía interpretándolo como una red.

Giró el modelo y las formas negras se reorganizaron. Entonces, se hizo evidente. Lo que les habían parecido líneas, eran volúmenes. Estaban conectados por alineaciones precisas, como piezas de un mecanismo.

—Si eliminas los edificios y dejas solo las cavidades, aparece esto.

Pulsó una tecla y las construcciones desaparecieron. La ciudad se redujo a una silueta de sombras suspendidas en el aire. Cris notó un vacío en el estómago. La forma resultante recordaba a un organismo vivo. No se trataba de un corazón o de un pulmón, pero las salas y pasillos recreaban un órgano imposible construido con fragmentos de edificaciones humanas.

—No puede ser —susurró le archiviste—. ¿Quién haría algo así?

—¿Quién… o qué?

Cris la miró. Clara amplió una zona del modelo.

—Ningún arquitecto lo podría planificar. Las reformas son de décadas distintas. Las administraciones cambian; las empresas también.

Siguió ampliando.

—Pero el patrón se mantiene.

Cris entendió lo que su amiga estaba insinuando antes de que lo verbalizara.

—Como si…

—Como si la ciudad misma dirigiera su construcción —concluyó Clara.

Durante unos segundos, ninguno habló. Cris recordó las palabras de Cosme. «He visto funcionarios que un día eran normales y al día siguiente llegaban con la mirada perdida.»

—No es una conspiración —exclamó.

—¿Qué quieres decir? —Clara alzó una ceja.

—Una conspiración requiere personas que sepan qué están haciendo. En este caso, nadie lo sabe.

—Tienes razón. Es peor.

Esa noche recorrieron la ciudad siguiendo los puntos del modelo. No tenían un plan claro, pero sentían la necesidad de ver esos lugares con sus propios ojos. El primer edificio era una escuela pública. A esa hora estaba desierta. Algunas luces permanecían encendidas, pero no había nadie en su interior. Se colaron y Cris consultó el plano en el móvil.

—La cavidad está aquí —dijo señalando un muro.

Clara se acercó. Golpeó con los nudillos. Sonaba hueco. Apoyó la oreja contra la pintura. Cris la observaba sin decir nada. Al cabo de unos segundos, ella se apartó lentamente.

—Hay algo ahí.

—¿El mismo ruido?

Clara asintió con la cabeza.

—Pero más débil.

Cris miró a su alrededor. Las taquillas metálicas, los dibujos infantiles, los carteles informativos. Todo parecía en orden. No obstante, debajo de esa normalidad yacía un nivel de arquitectura que nadie veía. Imaginó cientos de niños corriendo por ese pasillo cada día. Gritos, risas, lloros. Ruido. La cavidad detrás del muro no estaba vacía; algo en su interior estaba escuchando.

Visitaron más edificios, aunque solo lograron acceder a un hospital y a un centro cívico. Encontraron lo mismo. En los sitios donde la afluencia era elevada durante el día, las cavidades emitían vibraciones, como ecos distantes.

—Esto no me gusta nada —comentó Clara antes de despedirse.

—¿A qué te refieres?

—Que el patrón sea tan eficiente.

—¿En qué sentido?

—Para capturar ruido.

Esa palabra penetró en la mente de Cris. Tras unos segundos, añadió:

—No solo eso.

—¿Cómo?

Pensaba en los lugares con más cavidades: hospitales, escuelas, juzgados. Sitios donde la gente espera, discute, sufre.

—También estrés.

—Bueno. —Clara arrugó la nariz—. Eso ya es especular demasiado.

—Puede ser, pero piénsalo. Si este órgano funciona por vibración, quizá algunos sonidos vayan mejor que otros.

Clara se quedó pensativa mientras caminaban en silencio. Su expresión se había ensombrecido.

—Hay una línea entre investigación y paranoia. Creo que la estamos rozando.

Le archiviste miró el mapa en el móvil. La forma invisible de la ciudad palpitaba en su cerebro.

—Puede que tengas razón. Pero si es real, ignorarlo no hará que desaparezca.

Cuando Cris regresó al archivo al día siguiente, Cosme le estaba esperando con el micrófono de contacto en la mano.

—He escuchado la grabación —espetó sin darle tiempo a quitarse el abrigo.

—¿Y qué piensas?

Cosme dejó el micrófono en la mesa.

—Que deberíais haber parado cuando aún estabais a tiempo.

—Tú ya lo sabías —especuló Cris.

—No. Sabía que había cosas que no encajaban, pero nunca intenté descifrarlas.

—¿Por qué?

—Porque cuando algo no tiene explicación humana es mejor dejarlo estar.

Cris miró la pared del pasillo. El murmullo era casi imperceptible.

—Hemos encontrado más cavidades —explicó le archiviste—. Por toda la ciudad.

Cosme suspiró.

—Me lo imaginaba.

—¿Cómo? —Cris le miró con asombro.

—Porque llevo muchos años haciendo reformas. Y hay un detalle que nadie discute; algunas paredes no se tocan.

—¿Quién lo decide?

El encargado de mantenimiento se encogió de hombros.

—La normativa, los técnicos, alguien más veterano. Siempre surge un motivo que parece razonable. No importa cuál; el resultado es el mismo.

—¿Crees que alguien influye en las decisiones?

Cosme pensó unos segundos antes de formular su respuesta.

—Creo que la gente piensa que las ideas son suyas.

A mediodía, recibió otro mensaje de Clara:

«He ampliado el modelo. No es solo la ciudad.»

El mensaje incluía un archivo adjunto. Lo abrió y no podía creer lo que estaba viendo. El fichero mostraba varias ciudades: Barcelona, Madrid, Bilbao, Valencia. En todas ellas aparecían formas similares. Órganos distintos, pero parecidos. Conectados por alineaciones aún más grandes. Estaba absorte ante la magnitud del hallazgo. Cuando despegó la mirada del móvil, el archivo se sentía más profundo que nunca. El murmullo tras la pared le pareció un gruñido de satisfacción.

Un par de horas más tarde, recibió otro mensaje de su compañera:

«He encontrado el centro. Está debajo del archivo.»

Lo leyó tres veces. «El corazón de la bestia», pensó. No habían hablado de ello, pero ambos intuían que esa forma gigantesca necesitaba algún tipo de cámara principal. En el modelo, varias alineaciones de cavidades convergían bajo el centro histórico. Y justo ahí estaba el archivo. Miró a su alrededor. El lugar que tan bien conocía se le antojó siniestro. El murmullo tras la pared continuaba con la pulsación lenta que le archiviste ya reconocía instintivamente. Una parte de elle quería apagar el ordenador y salir pitando. Otra, la que había empezado a crecer al notar el primer ruido, sabía que no lo haría. Mandó un mensaje a Clara. Una sola palabra:

«Mañana.»

Al día siguiente, Clara llegó al archivo con unas ojeras profundas y el cabello desmandado.

—No debería haber ampliado el modelo.

—¿Por qué? —se sorprendió Cris.

—Porque ahora ya no puedo dejar de verlo.

La arquitecta abrió su portátil y mostró su hallazgo a su amigue. Había añadido una nueva capa. Unas líneas finas conectaban los órganos urbanos con puntos más lejanos. Otras ciudades, centros comerciales, puertos.

—Es global —señaló Clara.

Cris sintió un vacío bajo sus pies.

—No del todo —prosiguió la arquitecta—, pero parece que cada ciudad construye una especie de órgano propio y, luego, se conectan entre ellos.

—Como si pertenecieran a un sistema más grande —reflexionó Cris.

—No podemos demostrar nada —concluyó Clara—. Solo tenemos modelos y coincidencias.

Cris indicó el pasillo.

—Podemos mirar la cámara.

—Si hay algo ahí abajo —arrancó su amiga tras un breve silencio—, tal vez no sea buena idea ir a buscarlo.

Cosme no estaba contento cuando le explicaron el plan.

—No.

—Solo queremos echar una ojeada —insistió Cris.

—He dicho que no. —Su voz sonaba cansada—. He pasado veinte años evitando determinadas puertas, y vosotros queréis abrir la peor de todas.

—Sabes dónde está —afirmó Clara con una voz calmada.

—Sí.

—Y entiendes que, si existe, no desaparecerá por más que la ignoremos.

Tras un silencio tenso, Cosme apoyó las manos en la mesa.

—Hay una puerta antigua al final del túnel de servicio. Está soldada.

Una ola de adrenalina sacudió Cris.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Más que yo trabajando aquí.

—¿La ha abierto alguien?

Cosme negó con la cabeza.

—¿Nos acompañarás? —insistió Cris.

—No debería, pero lo haré.

El túnel de servicio era más antiguo que el sótano del archivo. Las paredes de ladrillo visto estaban recubiertas de una fina capa de polvo y humedad. Las bombillas colgaban de un cable que serpenteaba por el techo. El aire era frío. Daba la impresión de estar accediendo a una parte del edificio olvidada deliberadamente. Después de unos cincuenta metros, Cosme se detuvo.

La puerta era de metal grueso, viejo. Tenía soldaduras alrededor del marco. Cris notó algo de inmediato, el murmullo. Esta vez provenía de la puerta. Se escuchaba con mayor nitidez. Como una respiración profunda que atravesara metros de piedra. Clara extrajo el micrófono de contacto de la mochila con manos temblorosas. Cuando lo colocó sobre el metal, el gráfico del portátil se llenó de pulsaciones. Mucho más intensas que antes.

—Dios mío —susurró.

—Os lo había dicho —apostilló Cosme.

Cris se acercó a la puerta y apoyó la palma de la mano. Vibraba.

—Hay algo enorme al otro lado —aventuró.

—Sí —contestó Cosme—. Y hasta ahora ha sido mejor dejarlo tranquilo.

—Podemos abrirla —propuso Cris.

—¿Cómo? —repuso Cosme.

Clara sacó un cortador térmico de la mochila. Al encargado de mantenimiento se le escapó una carcajada nerviosa.

—Habéis venido preparados.

—Quería tener la opción —repuso la arquitecta.

El cortador dibujó una línea brillante irregular alrededor del metal. Desprendía un olor amargo mientras saltaban pequeñas chispas. Durante los veinte minutos que tardó la operación, el murmullo les acompañó.

Tras romper la última soldadura, la puerta cedió con un estruendo. El aire que salió de la cámara era diferente. Más cálido. Arrastraba un olor que recordaba la tierra después de la lluvia mezclado con algo más dulzón y desagradable.

Cris encendió la linterna y descubrió una cavidad enorme. Las paredes no eran de piedra. Estaban recubiertas de un material negro e irregular que parecía mineral y orgánico a la vez.

Clara dio un paso atrás.

—Esto no es posible.

Cris avanzó un metro. La superficie negra vibraba con suavidad, como la piel de un tambor inmenso. El murmullo era más claro que nunca. No era exactamente sonido. Parecía la combinación de miles de resonancias superpuestas, como si hubieran triturado las voces de la ciudad para convertirlas en un único impulso profundo.

Cosme se quedó petrificado en la puerta.

—¡Cerradla!

Le archiviste no se movió.

—Cris —repitió el encargado de mantenimiento—, hay que cerrarla.

Elle contemplaba absorte el centro de la cámara. Ahí, el material negro formaba una cavidad aún más profunda. Una especie de membrana gruesa que se hinchaba y deshinchaba con parsimonia. Cada pulsación coincidía con la frecuencia que habían grabado.

—Es un resonador —señaló.

Clara le miró como si no lo reconociera.

—Esto está vivo.

—No exactamente. —Cris sonrió con una calma extraña—. Es un órgano.

Cosme retrocedió.

—Esto se ha terminado.

—Al contrario —objetó Cris—. Ahora todo empieza.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres decir?

Cris cogió el móvil. Abrió el archivo de sonido con la frecuencia más clara.

—Si esta cosa responde a las vibraciones, podemos hablar con ella.

—¡No lo hagas! —chilló Clara.

—Hemos estado escuchando demasiado tiempo.

Cris ajustó el volumen de su dispositivo. La membrana negra tembló levemente, como si anticipara algo. Clara dio un paso atrás. Cris pulsó el botón de reproducir.

Cuando la frecuencia empezó a emitirse, no sucedió nada. El sonido era casi inaudible. Un leve zumbido que vibraba más en el pecho que en los oídos. La pequeña caja del altavoz temblaba en la mano de Cris. Durante unos segundos, la cámara continuó con su pulso lento: inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Clara sintió como el aire se volvía más espeso. Su mente repetía una sola idea con insistencia: «Esto es un error.»

—Cris —musitó—, para.

No obtuvo respuesta. Los ojos de su amigue estaban fijados en la membrana central. La vibración del altavoz se sincronizó con el pulso de la cámara durante tan solo un instante, pero fue suficiente. La membrana negra se contrajo de golpe, como un músculo que se despierta tras un largo tiempo de reposo. Entonces, el murmullo cambió. Ya no parecía una amalgama confusa de resonancias. Se reorganizó en un patrón más complejo, con capas que emergían y se hundían como corrientes dentro de una masa líquida. Una descarga de euforia invadió a Cris.

—¿Lo veis? Responde.

—Esto no es hablar —corrigió Clara, cada vez más tensa—. Solo está reaccionando.

—Es lo mismo.

Clara negó con la cabeza. La membrana se hinchó un poco más. El pulso de la sala se aceleró. Cris aumentó el volumen.

—¡Ya basta!—gritó Cosme—. No sabes lo que estás haciendo.

—Eso es —replicó sin desviar la mirada.

Dejó que la frecuencia continuara reproduciéndose. Se produjo un cambio gradual. Primero, la superficie negra de las paredes empezó a vibrar con más intensidad. Surgía de la membrana central y reverberaba por toda la sala. La vibración subía desde el suelo por las piernas de Cris. Como un eco subterráneo que se extendía hacia afuera. Clara miró el gráfico del portátil. Las líneas se habían disparado.

—Cris, está amplificando la señal.

—Es lo que queríamos.

—No, no lo entiendes. —Clara le mostró la pantalla—. No está respondiendo aquí.

Le archiviste miró el gráfico. Los armónicos se habían multiplicado, pero no provenían de la sala. Llegaban desde el exterior, de la ciudad. La red entera había empezado a resonar. Sintió un escalofrío de admiración.

—Funciona —exclamó.

Clara lo miró con incredulidad.

—Esto no es una conversación, Cris. Has desencadenado una reacción en cadena.

La membrana central se abrió ligeramente, como una grieta en la piel de un enorme lagarto. Dentro reinaba una oscuridad más profunda que en el resto de la cámara. El murmullo que emanaba de ella contenía fragmentos reconocibles. Voces. Miles de ellas. Ritmos de habla humana triturados y reordenados. Cris intentó entender ese caos. Le costó, pero lo logró. La red no escuchaba; filtraba. El ruido humano —conversaciones, gritos, lloros, discusiones— entraba en las cavidades de los edificios. Las paredes dobles actuaban como membranas. Las vibraciones se transmitían entre las cámaras alineadas. Y, al final, llegaban a estas cajas de resonancia centrales. Ahí, algo las almacenaba y absorbía su carga emocional: estrés, alegría, miedo, confusión.

Cris se puso a reír.

—No es control.

Sus compañeros le observaban en silencio mientras seguía absorte.

—No gobierna el mundo.

La membrana se abrió un poco más. Las voces trituradas se hicieron más fuertes. Sintió una presión extraña que le oprimía el cráneo.

—Nos cultiva.

Cosme dio un paso atrás.

—¡Basta! —Su voz resonó en el túnel—. Se ha acabado.

Avanzó hacia Cris.

—¡Apágalo!

Cris alzó la mano.

—¡Espera!

—No.

Cosme le agarró del brazo y le hizo tambalear. La vibración de la cámara había aumentado todavía más. El suelo temblaba.

—Cris —suplicó Clara—, si esto es una especie de órgano, tal vez esta frecuencia lo esté alimentando.

—¡Exacto! —Cris estaba eufórique.

—Esto no puede ser bueno —insistió su amiga.

—Es información —se enrocó.

La presión dentro de la cámara seguía en aumento. La membrana se movía a una velocidad inquietante. Parecía que un ser enorme se estuviera despertando. Clara oyó un ruido nuevo. Era muy lejano, pero se estaba acercando.

—Cris…

—¿Qué?

—Escucha.

Guardó silencio. El sonido era muy profundo. Como un eco gigantesco que atravesara kilómetros de piedra. Una respuesta surgida de multitud de cámaras como esa. Entonces lo entendió de golpe. La frecuencia que había reproducido era una señal. El sistema la interpretaba como una llamada. La membrana se abrió todavía más. Dentro, la oscuridad reveló una superficie que se movía con lentitud, una masa viscosa que respiraba.

Clara retrocedió.

—Esto no lo podemos controlar.

Cris miró la forma que se movía debajo de la membrana. Vaciló. Porque la vibración que sentía en su cabeza traspasaba el plano físico. Era una conexión mental. La cámara intentaba comprenderle. Sus pensamientos, sus dudas, sus temores. Entonces, sintió una idea que no le pertenecía del todo.

La membrana se tensó. La presión subió de forma brusca. Cosme fue el primero en reaccionar.

—¡Fuera!

Agarró a Clara del brazo y la atrajo hacia la puerta. El suelo tembló con fuerza. Las paredes orgánicas se contrajeron con violencia. Cris seguía absorte contemplando la membrana. Ahora entendía el sistema completo. Durante siglos —o milenios— había influido sutilmente en las decisiones humanas. Normativas absurdas, preferencias arquitectónicas, pequeños arrebatos de ingenieros. Lo suficiente para hacer crecer las cavidades correctas en los lugares adecuados. Un sistema agrícola gigantesco. La humanidad producía sonido emocional, la infraestructura lo cosechaba y estas entidades lo consumían. Le embargó una admiración terrible.

—Es perfecto —murmuró.

La membrana se cerró de golpe. La vibración se convirtió en un impulso brutal. El techo crujió.

Clara gritó

—¡Cris!

Cosme la arrastró por el túnel. El marco de la puerta se derrumbó. Cris se quedó atrapade dentro de la cámara. La oscuridad se hinchó como un pulmón inmenso. Un último pensamiento cruzó su mente antes de que la presión estallara. Miedo. Era una comprensión fría. Los humanos habían sido domesticados como ganado. El pulso sacudió toda la sala. El suelo se abrió. La membrana se contrajo con una fuerza monstruosa y se tragó a Cris.

El informe oficial del incidente fue breve. «Colapso estructural menor en el sótano del archivo municipal. Sin riesgo para la población. Una persona desaparecida durante las obras.» Las reparaciones empezaron tres semanas después. Los nuevos planos incluían algunas modificaciones. Pasillos más largos, paredes dobles, un cuarto técnico adicional debajo del sótano.

Cuando Clara lo vio, sintió una opresión desagradable en el pecho. «Se recomienda reducir la reverberación y crear cavidad de absorción.» Miró la sección transversal. La nueva cámara estaba alineada a la perfección con otros edificios del barrio. Exactamente como antes. Fuera, la ciudad continuaba con su ruido habitual. Coches, conversaciones, sirenas. Y, muy por debajo de las calles, detrás de paredes que nunca nadie pensaba escuchar, algo respiraba con una paciencia infinita.

#relato #TerrorCósmico

Los ecos de las revueltas mineras del norte empezaban a llegar a Colbridge & Mills. El enfado de los obreros hervía en la fundición. Jasper Colbridge, el dueño, temía que una sola chispa pudiera hacerlo saltar todo por los aires. Cuando su capataz entró en el despacho, con la cara colorada y sudorosa, comprendió que la revolución había llegado a su fábrica.

—Señor —empezó a hablar el capataz mientras recuperaba el aliento—, traigo malas noticias.

Jasper no contestó. Se levantó y se sirvió una copa de licor. No necesitaba escuchar más; sabía lo que vendría a continuación.

Los trabajadores se lanzaron a una huelga salvaje. Colbridge llamó a las autoridades y movió sus hilos para que actuaran con la mayor contundencia. El capataz preparaba listas de nombres y no le temblaba el pulso a la hora de despedirlos o entregarlos a la policía para que les dieran una lección.

Sin embargo, la revuelta no se sofocó. Se propagó a las otras fábricas de la región y convirtieron Stratfield en un campo de batalla. Los obreros se llevaban la peor parte. Además de perder su sustento, muchos acababan heridos de gravedad. Los dueños de las fábricas tampoco tenían motivos de celebración. Cada día que se prolongaban las huelgas, perdían grandes cantidades de dinero y sus clientes se veían obligados a buscar nuevos proveedores.

Los dueños de las fábricas tuvieron que aceptar que les salía más rentable llegar a algún tipo de acuerdo con los trabajadores que seguir prolongando la situación. Así pues, se reunieron con los cabecillas de la revuelta proletaria y acabaron cediendo un poco a sus demandas, lo suficiente para que volvieran al trabajo y la maquinaria se pusiera en marcha de nuevo.

Los obreros estaban eufóricos. Habían ganado. Les habían mejorado los salarios y habían readmitido a la mayoría de los despedidos. Los fabricantes también estaban contentos. Volvían a producir. Podían proveer a sus clientes y ganar dinero de nuevo. Los márgenes eran un poco más ajustados, pero seguía siendo un negocio rentable.

Sin embargo, la paz social puede ser efímera. Lo que un día se ve como un gran logro, deja de parecerlo al cabo de un tiempo. Además, con una guerra en ciernes, la economía se vuelve inestable y el coste de vida se dispara. Todo ello comportó que el malestar volviera a las fábricas.

Un buen día, Jasper Colbridge regresó a su casa después del trabajo y se encontró a sus hijos mayores jugando con una pelota. Le daban patadas y se la iban pasando, no parecía más que eso. Se quedó un rato observándolos y vio que también la lanzaban contra un muro y ganaban puntos si la pelota rebotaba dentro de un cuadrado pintado con tiza.

—¿A qué jugáis, chicos? —No estamos jugando, padre. Estamos practicando —contestó el mayor de los dos. —¿Y qué practicáis? —Es un deporte nuevo al que jugamos al salir de la escuela, pero es por equipos. Como solo somos dos, practicamos así. —¿Cómo se llama ese deporte? —Lo llamamos balompié, porque le damos al balón con el pie. —¿Y en qué consiste?

Los chicos le explicaron la mecánica de ese deporte. Al parecer, estaba ganando popularidad entre los jóvenes de Stratfield. Era un poco violento para su gusto, pero parecía interesante. Además, era popular también entre los muchachos de las fábricas, puesto que lo único necesario para practicarlo era un balón.

Al día siguiente, Jasper se reunió con algunos dueños de fábricas de la región para explicarles la idea que se le había ocurrido. Estos hablaron con otros empresarios y, en menos de una semana, la mayoría de los propietarios de la zona estaban de acuerdo en poner en práctica el experimento de Jasper.

Hablaron con los trabajadores que ejercían un cierto liderazgo natural sobre sus compañeros para exponerles la nueva idea. Habían pensado que, para limar asperezas, podían organizar un torneo de balompié, ese deporte nuevo al que jugaba la juventud. Para hacerlo más interesante, habían pensado en un premio en metálico para el equipo vencedor.

Los cabecillas de los obreros estaban un poco recelosos. Conocían el balompié. De hecho, más de uno lo practicaba. Lo comentaron entre ellos y llegaron a la conclusión de que no tenían nada que perder y, quien ganara, se llevaría un buen premio. Por lo tanto, aceptaron el desafío.

A lo largo del mes siguiente, voluntarios de todas las fábricas se fueron apuntando al torneo. Viendo el éxito de convocatoria, acabaron montando un equipo por cada empresa, más uno combinado que representaba a los patrones. En total, la competición reunió a catorce contendientes.

Los trabajadores estaban muy animados con el torneo. Se esforzaban más en sus tareas para poder salir a tiempo y prepararse para competir. Además, se reforzó el ambiente de camaradería entre los obreros.

Cuando por fin llegó el día de iniciar el torneo, los trabajadores estaban pletóricos. Incluso los que no iban a jugar, acudían como espectadores para disfrutar del espectáculo. Al acabar los encuentros, los ganadores rebosaban de alegría y los perdedores casi siempre aceptaban la derrota con deportividad.

Como eran tantos equipos, la competición duró cuatro días. Los dueños de las fábricas quedaron eliminados tras su primer encuentro, lo que produjo un gran alborozo entre todos los obreros. Los ganadores se hicieron con el premio prometido.

Aunque solo uno de los equipos había logrado ganar el torneo, como estaba estipulado de antemano, los trabajadores de todas las fábricas lo vivieron con alegría. Los de abajo habían logrado vencer a los de arriba. La celebración de la victoria se prolongó durante bastantes días.

Nadie pensaba en si los turnos eran demasiado largos, en si los salarios eran demasiado escasos ni en si las condiciones del trabajo eran demasiado peligrosas. Nadie pensaba en protestas ni en huelgas. Solo en cómo habían dado una lección a esos patrones explotadores. Por fin los habían puesto en su sitio.

Por su parte, los dueños de las fábricas también estaban de celebración. El plan de Jasper había sido todo un éxito. Sin duda, habría que repetirlo. Es más, tendrían que convertirlo en tradición. Quizá celebrarlo cada año. Y espaciar los partidos en el tiempo para que la competición durara más. Lo que haga falta para tener la fiesta en paz.

#relato

Hace un día maravilloso para pasear por el Campo Grande. Los árboles empiezan a mudar sus colores y el parque se convierte en una fantástica paleta de verdes, ocres, amarillos y granates. El olor a resina y a tierra convive con el de los puestos de castañas asadas. Los transeúntes disfrutan del buen tiempo, ajenos a lo que sucede en el alfoz. Mencía, en cambio, no puede permitirse ese lujo. Por eso es le únique que camina con prisa.

Llega a la Academia de Caballería, un imponente palacio que aloja las sedes de algunos comités de la ciudad, y recuerda cuánto le impactó la primera vez que lo vio. El revestimiento captador de CO2 es totalmente transparente y deja a la vista la construcción original del siglo XX. Es asombroso cómo supieron adaptar los edificios históricos para hacerlos ecoeficientes sin arrebatarles el encanto de su época. Ni siquiera el ascensor y la cúpula fotovoltaica, añadidos a finales del siglo XXI, rompen la estética.

Vega y Pradillo le esperan en la sala del comité de Abastos. Aunque no hay una jerarquía formal y Pradillo es le más veterane, Mencía lidera el equipo.

—He estado en los campos del oeste. Tenemos problemas —arranca Vega—. La plaga ha destruido los cultivos cercanos al estadio. 230 hectáreas entre Valladolid, Zaratán y Arroyo.

—La buena noticia —añade Pradillo— es que los drones agrícolas han logrado exterminar la plaga y capturar varios especímenes para analizarlos y poder reaccionar antes la próxima vez.

—La mala es que nos arriesgamos a vivir la mayor escasez de los últimos treinta años —acota Mencía—. Los silos tienen un ligero excedente, pero este revés nos va a obligar a racionar el cereal durante el invierno. ¿Hemos contactado con el comité de Consumo?

—Claro, jefe. He llamado a Carlos Verdejo para concertar una reunión hoy mismo y elaborar un plan conjunto.

—¡Buen trabajo, Vega! ¿A qué hora?

—Dicen que cuando estemos listos. Nos esperan en el ayuntamiento.

Para llegar a la casa consistorial, atraviesan la calle Santiago. Se trata del principal eje comercial de la ciudad y es un placer recorrerla. Las fachadas cubiertas por jardines verticales albergan multitud de pájaros cantores que amenizan el trayecto. Al final aparece la plaza Mayor y, justo enfrente, el ayuntamiento.

Trabajar con Consumo suele ser fácil. A diferencia de otros organismos, no sienten ninguna necesidad de colgarse medallas. Se centran en optimizar el uso de los recursos para abastecer a la población y reducir los residuos. Por eso es agradable colaborar con ellos.

Carlos Verdejo, posiblemente el hombre más elegante de Valladolid, les recibe acompañado de su equipo.

—Parece que tenemos un pequeño problemilla de aprovisionamiento, ¿no es así?

—Eso me temo —contesta Mencía—. Hemos perdido unas 250 toneladas de cereal.

—Vaya —Verdejo tuerce el gesto—. Es más grave de lo que imaginábamos. El excedente de los silos no va a cubrir ni una cuarta parte, tendremos que buscar el modo de compensarlo.

—Teniendo en cuenta que nos acercamos al invierno —indica Jaizkibel, mano derecha de Carlos, mientras consulta su tableta—, lo más sensato sería recurrir a otras fuentes de biomasa. Podríamos hacer una tala controlada en el pinar de Antequera.

—No creo que a los de Espacios Naturales les haga mucha gracia —apostilla Pradillo—. Ya sabéis el empeño que ponen en mantener el equilibrio forestal.

—Tampoco les gustará quedarse sin calefacción en enero —insiste Jaizkibel—, cuando el frío aprieta y la cencellada dura semanas.

—Quizá deberíamos convocarles, y a los de Energía también —propone Vega—. Les llamo para ver cuándo tienen hueco.

Fija una reunión esa misma tarde. Como va a ser larga, se citan en un bar del pasaje Gutiérrez. Falta casi una hora, pero prefieren acercarse ya y tomarse el primer vino. Van por la segunda ronda cuando llegan los dos comités restantes. Tras los saludos y una nueva comanda, se ponen al día y empiezan a buscar una solución adecuada para todas las partes.

—Entonces, si lo he entendido bien, el problema no es tanto la alimentación como el suministro de electricidad, ¿verdad? —Carolina, cabecilla del comité de Energía, quiere asegurarse de comprender la situación.

—Así es —aclara Verdejo, que se ha erigido en portavoz de Consumo y Abastos—. El cereal perdido habría servido para generar unos 150 ­­­000 litros de biofuel.

—En ese caso os voy a dar una alegría. —Una amplia sonrisa llena el rostro de Carolina—. Hemos encontrado el modo de conservar el excedente de energía que generamos con el CO2 capturado en baterías de gel. Gracias a esta nueva tecnología de almacenamiento eléctrico, calculamos que vamos a necesitar muchísimo menos combustible. De hecho, según nuestras proyecciones, en unos años podríamos llegar a prescindir de él.

—¡Eso es una excelente noticia! —grita Mencía, un poco achispade—. ¿Cómo es posible que no supiéramos nada?

—Terminamos las últimas pruebas hace unas semanas. Está previsto anunciarlo en el pleno del martes. Creo que nos merecemos que nos invitéis a esta ronda, ¿no?

—A las que queráis —sentencia Pradillo—. ¡Tenemos que celebrarlo!

#relato #solarpunk

Cuando el sol desaparecía detrás de las murallas, el mar dejaba de ser un lugar conocido. Las olas cambiaban de color; el azul habitual se volvía profundo, denso, como si una sombra antigua yaciera bajo la superficie.

Guillem lo observaba desde pequeño. Mientras los otros marineros regresaban al puerto hablando de redes y vientos, él escuchaba el silencio que se mecía entre las olas. Para él, el mar no era solo agua, sino un ente vivo que respiraba con parsimonia.

«Los niños que vienen al mundo durante una tormenta no pertenecen del todo a tierra firme», solía decir su padre. La noche del nacimiento de Guillem, truenos y relámpagos rasgaron el cielo y el viento sacudió las barcas como si pretendiera arrancarlas del puerto. El primer grito del recién nacido se mezcló con el rugido del océano, que parecía el de una enorme bestia herida.

Guillem siempre creyó que su padre se dejaba arrastrar por sus fantasías de viejo marinero. Hasta el día en que, años más tarde, sintió la llamada del mar. Esa noche había salido solo en su barca mientras el pueblo dormía. Hacía semanas que los pescadores regresaban a puerto con las manos vacías; en las tabernas se extendía el rumor de que el mar estaba cambiando.

Cuando Guillem lanzó su red, el viento viró de golpe. Las olas crecieron con una fuerza antinatural. Una embestida le hizo caer y la oscuridad lo engulló. Luchó por respirar, pero el agua le colmaba la boca y se abría paso hacia sus pulmones. Cuando apenas le quedaba un hilo de energía, sintió un contacto extraño, suave y firme a la vez, como si el mar lo sostuviera en sus brazos.

Entonces, escuchó una voz. No provenía de fuera, sino de su propio interior: «Hijo de la tormenta, te esperamos».

No se ahogó. Las olas lo depositaron con suavidad en la arena, como si fuera un objeto frágil que temieran romper. Permaneció tumbado boca arriba, con el corazón desbocado, mientras el mar recobraba su calma aparente.

Al amanecer, despertó en la cala más oculta de la costa. A su lado, aguardaba una mujer de edad indescifrable. Tenía los cabellos blancos como la sal y los ojos del color del cielo antes de una tempestad.

—Debes tomar una decisión —dijo. —¿A qué te refieres? —preguntó Guillem. —Hace mucho tiempo —retomó la dama misteriosa—, la tierra y el agua sellaron un pacto. Los hombres respetarían el mar y, a cambio, este les colmaría de vida. Años más tarde, el acuerdo se rompió. Tombau, un dragón tan antiguo como la costa, fue capturado y encadenado debajo de esa enorme roca que mira a la bahía.

Guillem había crecido escuchando leyendas como esa. Sin embargo, por primera vez, sintió que no eran tan solo cuentos que los padres contaban a sus hijos, sino una profunda herida, un desgarro.

—Si el dragón muere, también lo hará el mar —culminó la mujer.

Al caer la noche, el pescador tomó una barca y se dirigió al imponente peñón, impulsado por un viento que parecía conocer el camino mejor que él. La nave atracó casi sin necesidad de maniobrar. Guillem saltó a la arena y amarró la embarcación a un tronco cercano.

Ante él se encontraba la boca de una cueva. Se adentró en ella y avanzó a tientas en la penumbra. Alcanzó una cámara enorme, iluminada por multitud de cristales que reflejaban la luz de la luna llena que se filtraba a través de mil rendijas. En el centro, amarrado con una cadena de hierro y piedra, yacía Tombau. El dragón marino era una serpiente colosal, cubierta de escamas de distintos tonos de azul y verde. Sus ojos encerraban una tristeza tan grande que podría engullir el océano.

—Has venido. —La voz de la criatura resonó imponente. —Me llamaste —respondió Guillem. —Debes tomar una decisión, hijo de la tormenta. Si me liberas, el mar se desbocará como un animal. Será libre, imprevisible, peligroso. Los marineros arriesgarán sus vidas cuando faenen. Si me mantienes encadenado, en cambio, se consumirá poco a poco hasta desvanecerse como un recuerdo lejano.

Guillem pensó en el pueblo, en los pescadores y sus barcas amarradas en el puerto. Tomó la piedra más grande que pudo sostener y golpeó con dureza las cadenas que retenían a Tombau. Un espasmo descomunal sacudió la cueva. El dragón saludó al marinero con la cabeza antes de escurrirse entre las rocas.

Al día siguiente, el mar había cambiado. Las olas golpeaban las embarcaciones con violencia, pero las redes regresaban llenas de pescado. Los vecinos celebraban el retorno a la vida de antaño sin comprender el precio que habían pagado por ella.

A veces, en noches de luna llena, un rugido lejano atravesaba el horizonte. En esos momentos, Guillem paseaba hasta la muralla y contemplaba el vasto mar. Ya no era tan solo un pescador, se había convertido en un puente entre la tierra y el agua. Mientras alguien recordara lo que el mar había sido, el mundo no se sumiría en el silencio más profundo.

#relato

Los sábados, Alicia visitaba a su madre en la residencia. La encontró sentada en el jardín, con aire ausente, como si estuviera concentrada pensando en sus cosas.

—Hola, mamá —la saludó y le dio dos besos.

Paquita, su madre, la miró fijamente y tardó unos segundos en reaccionar.

—Ay, hola, hija. ¡Qué bien que hayas venido! Hacía mucho que no sabía nada de ti. —Vengo todas las semanas, mamá. Hablamos ayer por teléfono. —Bueno, bueno. Ya será menos.

La sonrisa de la anciana transmitía una enorme felicidad. Se apoyó en su hija para levantarse del banco y le pidió que la llevara a pasear un poco, que le convenía moverse.

—Qué bien que hayas venido. Necesito que me ayudes con una cosa, que tu padre nunca me hace caso.

Alicia contuvo las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos. Su madre no se percató.

—Claro, mamá. Pero demos una vuelta primero, que hace muy buen día. —Es verdad. Además, me han dicho que me conviene moverme.

Mientras paseaban, Paquita siempre agarrada del brazo de su hija, Alicia se interesaba por el día a día de su madre.

—¿Qué tal estás? Tienes muy buena cara. —Estoy estupenda. Dice el doctor que tengo una salud de hierro. —Qué bien. ¿Y qué has comido hoy? —Es pronto. Aún no nos han llamado. —Pero si son las cinco de la tarde. —Ay, es verdad —corroboró la anciana tras mirar su reloj—. A veces me despisto un poco. —No pasa nada, mamá. Es normal. Creo que hoy teníais pescado —insistió. —Puede ser, hija. Aquí todos los días son iguales; es difícil distinguir lo de hoy de lo de ayer.

Paquita señaló con un gesto de cabeza a un anciano que estaba mordisqueando una galleta en un banco.

—Mira a Lucio, pobre. No sabe ni en qué día vive. Si me quedo así, me pones algo en la comida; que me acueste y no despierte. —¡Mamá! Menudas ideas tienes. —Ya ves. Cosas que pensamos las viejas. Lo último que quiero es ser un estorbo. ¿De qué me sirve estar viva si no me entero de nada? —No digas tonterías, mamá. Anda, sigamos con el paseo.

El momento de la despedida era el más difícil. Se pasaría la semana entera pensando en su madre. La llamaba casi todos los días, pero Paquita no era muy entusiasta del teléfono y colgaba pronto.

—Ay, hija. ¿Ya te vas? No has visto a tu padre. No sé dónde se ha metido este hombre. Debe de estar al caer. —Tengo que salir ya, mamá. Se ha hecho tarde. Otro día le veo.

#relato

El Margarita’s no tenía el brunch mejor valorado de Benidorm, pero era el favorito de José Antonio. A quince minutos de su apartamento y con vistas a la playa de Levante, era un lugar perfecto para tomarse unos huevos Benedict y un bagel de salmón con aguacate. La sonrisa de Paul, el camarero, también contribuía a mejorar el ambiente del lugar.

Un señor de edad avanzada entró en el restaurante y llamó la atención de José Antonio. Tenía algo que le resultaba familiar, pero no acababa de ubicarlo. ¿Dónde le había visto antes?

—Hola, Caniche —saludó—. ¿Te acuerdas de mí?

Se quedó paralizado. De repente, recordó quién era ese hombre. Conrad. Aunque no era su nombre real. Habían pasado muchos años. Podría decirse que toda una vida.

—Veo que sí —repuso el recién llegado mientras tomaba asiento—. Me alegro. —Hola, Conrad. ¿Qué quieres? —Esa visita inesperada le había amargado el brunch. —Pasaba por aquí y quise aprovechar para ver a un viejo amigo. —Corta el rollo. Ya no tengo edad para andar perdiendo el tiempo en tonterías. —Necesito un pequeño favor. —Estoy retirado, y no te debo nada. —Vamos, hombre —insistió—. No te comportes como un viejo amargado. Te vendrá bien un poco de acción. Además, sabes que soy generoso.

La negociación se prolongó más de una hora. La capacidad de persuasión de Conrad, potenciada por su poder de manipular las mentes, fue derribando las reticencias de José Antonio hasta que, al final, logró convencerle.

Unas semanas más tarde, Caniche estaba en París con otros tres secuaces; listo para llevar a cabo el plan más descabellado de toda su carrera criminal. Sus compinches iban a acceder al Louvre disfrazados de operarios y robarían una serie de joyas de la galería de Apolo. Mientras, él llevaría a cabo el golpe de verdad.

Accedió al museo desde la entrada de la plaza del Carrusel. En el baño, se convirtió en una niebla densa y se filtró por los conductos de ventilación. Había repasado el trazado más de cien veces, pero le costó dar con la sala que buscaba. No se trataba de ninguna de las abiertas al público, sino de un almacén restringido a personal autorizado.

Ante él se erigía una enorme puerta de seguridad que daba paso a una habitación semiestanca. Para franquearla, era necesario introducir un código de acceso y superar un reconocimiento de iris. Esa doble comprobación parecía una buena medida contra los intrusos, pero se mostró inútil ante un ser hecho de gas. Para Caniche, resultó tan endeble como una cortina.

Una vez dentro, recobró su forma corpórea. Si los ladrones de joyas habían hecho bien su trabajo, las cámaras habrían dejado de grabar. Disponía de poco más de cuatro minutos de oxígeno, así que debía apresurarse. Por suerte, Conrad lo había previsto todo y le había indicado con precisión dónde estaba lo que buscaba y cómo recuperarlo.

En la cuarta sección a la izquierda, segunda columna, compartimento 0824. Un sencillo hechizo de apertura fue suficiente para forzar la cerradura sin dejar rastros. Dentro, un modesto maletín de piel marrón custodiaba la documentación que tanto ansiaba su empleador.

Le costó volver a transformarse en niebla. Los años no pasaban en balde, y cuanta más materia adicional tenía que convertir, más energía necesitaba. Además, el viaje de ida había sido más largo de lo anticipado. Pese a todo, logró escabullirse hasta los conductos de ventilación.

Durante el trayecto, le fallaron las fuerzas. Se vio obligado a retomar su forma corpórea y terminar el recorrido reptando. En su juventud, le habría parecido un problema menor. A sus setenta años, se le antojó una odisea.

Mal que bien, logró llegar hasta un baño. No era el que estaba previsto, pero tendría que servir. Mientras recuperaba el aliento y la compostura, las alarmas empezaron a sonar. Regresó al museo como un turista más y en seguida se vio arrastrado por una multitud de visitantes que eran conducidos a la salida por el personal de seguridad.

Tras abandonar el Louvre, cogió el metro para ir al punto de encuentro acordado. Cuando llegó, Conrad le esperaba impaciente.

—¡Por fin! —exclamó al reunirse con Caniche—. Pensaba que te había pasado algo. —He tenido algunos contratiempos, pero imagino que no hace falta que te los cuente —respondió el mercenario. —No pasa nada. —El gesto de Conrad se fue relajando. Volvía a ser el tipo impasible de siempre—. Lo importante es que ha acabado bien. —Hablando de finales felices; creo que esto te pertenece —dijo Caniche mientras le entregaba el maletín—. Y tú debes de tener algo para mí. —Muchas gracias, siempre es un placer trabajar con profesionales. —Conrad le dio un boleto de La Primitiva—. Está premiado. La persona que lo compró nunca recordará haberlo hecho. Es tuyo. 1,8 millones de euros limpios de polvo y paja. Que los disfrutes.

Y lo hizo. Ya lo creo. Caniche pasó a la historia. José Antonio vivió una jubilación dorada en su amada Benidorm.

#relato #canicheverso

Caniche mata el tiempo haciendo bailar el hielo en el fondo del vaso. La garganta le reclama un trago de verdad, solo uno, para coger ánimos. Sin embargo, sabe bien dónde le conduciría dejarse arrastrar. Tiene trabajo que hacer, de esa clase que no se puede posponer.

Abandona el ridículo gastrobar y camina hacia el edificio señorial donde vive su objetivo. Un nombre y una foto es toda la información que tiene. No le han proporcionado más y tampoco le ha interesado indagar. Hace años que dejaron de importarle los detalles.

Antes, solía bastarle con esperar a que la noche cubriera la ciudad con su manto; sus poderes funcionan mejor desde las sombras. Por desgracia, la estridente iluminación de los negocios ha colonizado el centro urbano. Se ha visto obligado a adaptarse y buscar otros modos de pasar desapercibido. Por suerte, la gente suele ir a lo suyo y no presta atención a su alrededor.

Un hechizo sencillo y discreto abre la puerta del edificio. Sube las escaleras hacia la segunda planta y, antes de alcanzar el rellano, lejos de posibles mirillas indiscretas, se convierte en una niebla densa. Se cuela en el apartamento por las estrechas rendijas que el tiempo ha surcado en el burlete.

—Te estaba esperando. Supongo que te envía Morales.

Esto es nuevo. En sus cuarenta y tres años de servicio nunca le habían detectado antes de tiempo. Había cometido muchos errores a lo largo de su carrera, pero nunca el de levantar la libre. El hombre que ha destapado su ardid sigue sentado en el sofá, sin mostrar ni un atisbo de preocupación. Ante el silencio de Caniche, retoma la palabra.

—Puedes mostrarte. Los dos sabemos a qué has venido. Creo que podemos charlar un rato, conocernos un poco mejor y, a partir de ahí, vemos cómo se tercia la noche. ¿No te parece?

El cazador, cazado, se rinde ante la evidencia y vuelve a adquirir su corporalidad.

—Reconozco que esta situación es un tanto inusual. Doy por hecho que tú también tienes poderes —dice Caniche a modo de saludo. —Solo uno. No tan vistoso como el tuyo, desde luego, pero resulta útil de vez en cuando —contesta el improvisado anfitrión—. Ahora que las cartas están sobre la mesa, ¿crees que hay margen para la negociación? ¿Hasta qué punto te tiene atrapado el bueno de Morales? —No te lo tomes a mal, pero acabamos de conocernos. —Dicen que la ignorancia es felicidad. Aunque supongo que tú tendrás mucha más información de mí que yo de ti. —No te creas. Solo sé que te llamas Conrad. —Vaya. Si eso es cierto, debo admitir que estoy un poco decepcionado. Pensaba que alguien con tu experiencia sería más diligente a la hora de afrontar un caso. Ni siquiera es mi nombre real, solo uno de mis apodos. —Quizá no tengo tanta experiencia como crees —empieza a replicar el sicario. —No seas humilde, Caniche. —Al oír su mote, el interpelado no logra reprimir una mueca de asombro—. No te lo tomes a mal; saber más de lo que debería es una consecuencia inevitable de mi poder.

La situación no se está desarrollando de un modo agradable. Su especialidad son los golpes rápidos. Entrar, ejecutar y salir. Sin complicaciones, sin problemas adicionales. Se encuentra en terreno desconocido; debe improvisar.

Intenta zanjar el conflicto lanzando un hechizo que fulmine a su rival: un paro cardíaco letal que cualquier forense acreditará como muerte natural. Ha segado docenas de vidas con ese conjuro; nunca falla. Hasta hoy. No logra efectuar todos los movimientos con la precisión quirúrgica habitual y se le traban las palabras.

—¿No habrás estado bebiendo, no? Sabes que no te conviene.

El comentario de Conrad, o como se llame, es casi más hiriente que el fracaso. Porque no es verdad; lleva quince meses sobrio. Porque no le gusta recordar el hombre que fue. Porque nadie tiene derecho a hurgar en su pasado. Porque ni siquiera sabe cómo ha obtenido esa información.

—Eso te lo puedo contestar —aclara el anfitrión—. Mi poder consiste en meterme en la cabeza de la gente. Accedo a sus pensamientos. Sus recuerdos, sus anhelos, sus miedos. También puedo juguetear un poco con ellos, por eso te has vuelto torpe de repente. —Un don muy útil, sin duda —admite Caniche. —Los tuyos tampoco están mal. Si te hubieras preparado mejor, quizá habrías tenido alguna posibilidad. Ahora ya es tarde. Te has delatado y no podrás volver a acercarte a mí sin que te descubra. —¿Estoy a tiempo de retomar la negociación? —aventura el mercenario. —Nunca es tarde para eso —responde Conrad con una sonrisa—. No me interesa acabar con tu vida, ni siquiera con la de Morales. Solo necesito que me hagas un pequeño favor y estaremos en paz. —¿Qué favor? —Llévame a menos de 400 metros de tu jefe sin que nadie detecte mi presencia. Haz eso por mí y los dos quedaremos fuera de su radar. ¿Trato hecho? —Trato hecho.

#relato #canicheverso

Juan estaba disfrutando de un agradable fin de semana con su hijo en Madrid. Había pensado que sería buena idea merendar unos churros en la mítica chocolatería San Ginés antes de volver a Palencia. El nutrido grupo de turistas que esperaba en la cola le hizo sospechar que quizá algo había cambiado desde esos años en los que solía ir con su mujer.

—Dos de churros con chocolate, por favor —pidió, confiado. —Sorry, only English —respondió el joven dependiente que le atendió. —¿Será posible? ¡Habrase visto! —Tranquilo, papá —intervino Martín—. Hay que pedir en inglés. Ya me encargo yo.

Mientras el hijo indicaba al camarero lo que querían tomar, el padre seguía con la conversación paralela.

—¿Pero cómo que en inglés? Si esto es un sitio de Madrid de toda la vida. —No seas antiguo. Además, con lo pesado que te ponías para que lo aprendiera de pequeño, que incluso me mandaste a una academia, podrías haber empezado a estudiar antes. Hace ya dos años de la ley nueva, eh. —Bueno, joder. Pero esto es pasarse.

En la mesa, pese a los esfuerzos de Martín para hablar de otras cosas, Juan seguía empecinado con lo mismo. En su momento, cuando se propuso adoptar el inglés como lengua oficial en toda la Unión Europea, de modo que sus ciudadanos pudieran vivir y trabajar en cualquier estado miembro sin necesidad de aprender ningún otro idioma, pensó que era una idea formidable. Ahora que se había materializado en ley, empezaba a verle aristas.

—Yo entiendo que lo del inglés es muy útil para que la movilidad geográfica sea real y que tú puedas ir a trabajar a Francia, Alemania, Dinamarca o donde quieras —insistió—. Eso no lo discuto. Lo que no me parece ni medio normal es que no se me permita usar el idioma de mi país estando en España. —Estamos hablando en castellano ahora mismo, ¿no? Nadie te va a prohibir eso —repuso Martín. —Sí, claro, en una conversación privada. Pero, ¿qué pasará si tengo que ir al médico y solo habla inglés? —No te preocupes por eso. Aún quedan tres años de moratoria para servicios esenciales.

El padre hundió el churro que tenía en la mano en la taza de chocolate como quien apaga una colilla en un cenicero.

—¿Qué quieres decir? ¿Que luego no me atenderán en castellano?

Su hijo le miró con ternura.

—Supongo que no lo cambiarán de la noche a la mañana. Habrá algún tipo de servicio de asistencia, ¿no? De todos modos, si vas a clase, pronto hablarás inglés a la perfección. —No sé yo… —Juan pescó el churro con ayuda de la cucharilla—. A mi edad no es tan fácil, ¿sabes? —Bueno, voy contigo cuando haga falta. Aparte, esto es Madrid. En Palencia siempre quedarán médicos que hablen castellano.

Este último argumento tranquilizó un poco a Juan. Acabaron de disfrutar de su merienda charlando de otros temas y, al salir, el padre se animó a despedirse de los camareros en inglés: «Good bye. Thank you!»

#relato