Los relatos de Ibnussabel

Un rincón para compartir mis creaciones literarias.

Caniche mata el tiempo haciendo bailar el hielo en el fondo del vaso. La garganta le reclama un trago de verdad, solo uno, para coger ánimos. Sin embargo, sabe bien dónde le conduciría dejarse arrastrar. Tiene trabajo que hacer, de esa clase que no se puede posponer.

Abandona el ridículo gastrobar y camina hacia el edificio señorial donde vive su objetivo. Un nombre y una foto es toda la información que tiene. No le han proporcionado más y tampoco le ha interesado indagar. Hace años que dejaron de importarle los detalles.

Antes, solía bastarle con esperar a que la noche cubriera la ciudad con su manto; sus poderes funcionan mejor desde las sombras. Por desgracia, la estridente iluminación de los negocios ha colonizado el centro urbano. Se ha visto obligado a adaptarse y buscar otros modos de pasar desapercibido. Por suerte, la gente suele ir a lo suyo y no presta atención a su alrededor.

Un hechizo sencillo y discreto abre la puerta del edificio. Sube las escaleras hacia la segunda planta y, antes de alcanzar el rellano, lejos de posibles mirillas indiscretas, se convierte en una niebla densa. Se cuela en el apartamento por las estrechas rendijas que el tiempo ha surcado en el burlete.

—Te estaba esperando. Supongo que te envía Morales.

Esto es nuevo. En sus cuarenta y tres años de servicio nunca le habían detectado antes de tiempo. Había cometido muchos errores a lo largo de su carrera, pero nunca el de levantar la libre. El hombre que ha destapado su ardid sigue sentado en el sofá, sin mostrar ni un atisbo de preocupación. Ante el silencio de Caniche, retoma la palabra.

—Puedes mostrarte. Los dos sabemos a qué has venido. Creo que podemos charlar un rato, conocernos un poco mejor y, a partir de ahí, vemos cómo se tercia la noche. ¿No te parece?

El cazador, cazado, se rinde ante la evidencia y vuelve a adquirir su corporalidad.

—Reconozco que esta situación es un tanto inusual. Doy por hecho que tú también tienes poderes —dice Caniche a modo de saludo. —Solo uno. No tan vistoso como el tuyo, desde luego, pero resulta útil de vez en cuando —contesta el improvisado anfitrión—. Ahora que las cartas están sobre la mesa, ¿crees que hay margen para la negociación? ¿Hasta qué punto te tiene atrapado el bueno de Morales? —No te lo tomes a mal, pero acabamos de conocernos. —Dicen que la ignorancia es felicidad. Aunque supongo que tú tendrás mucha más información de mí que yo de ti. —No te creas. Solo sé que te llamas Conrad. —Vaya. Si eso es cierto, debo admitir que estoy un poco decepcionado. Pensaba que alguien con tu experiencia sería más diligente a la hora de afrontar un caso. Ni siquiera es mi nombre real, solo uno de mis apodos. —Quizá no tengo tanta experiencia como crees —empieza a replicar el sicario. —No seas humilde, Caniche. —Al oír su mote, el interpelado no logra reprimir una mueca de asombro—. No te lo tomes a mal; saber más de lo que debería es una consecuencia inevitable de mi poder.

La situación no se está desarrollando de un modo agradable. Su especialidad son los golpes rápidos. Entrar, ejecutar y salir. Sin complicaciones, sin problemas adicionales. Se encuentra en terreno desconocido; debe improvisar.

Intenta zanjar el conflicto lanzando un hechizo que fulmine a su rival: un paro cardíaco letal que cualquier forense acreditará como muerte natural. Ha segado docenas de vidas con ese conjuro; nunca falla. Hasta hoy. No logra efectuar todos los movimientos con la precisión quirúrgica habitual y se le traban las palabras.

—¿No habrás estado bebiendo, no? Sabes que no te conviene.

El comentario de Conrad, o como se llame, es casi más hiriente que el fracaso. Porque no es verdad; lleva quince meses sobrio. Porque no le gusta recordar el hombre que fue. Porque nadie tiene derecho a hurgar en su pasado. Porque ni siquiera sabe cómo ha obtenido esa información.

—Eso te lo puedo contestar —aclara el anfitrión—. Mi poder consiste en meterme en la cabeza de la gente. Accedo a sus pensamientos. Sus recuerdos, sus anhelos, sus miedos. También puedo juguetear un poco con ellos, por eso te has vuelto torpe de repente. —Un don muy útil, sin duda —admite Caniche. —Los tuyos tampoco están mal. Si te hubieras preparado mejor, quizá habrías tenido alguna posibilidad. Ahora ya es tarde. Te has delatado y no podrás volver a acercarte a mí sin que te descubra. —¿Estoy a tiempo de retomar la negociación? —aventura el mercenario. —Nunca es tarde para eso —responde Conrad con una sonrisa—. No me interesa acabar con tu vida, ni siquiera con la de Morales. Solo necesito que me hagas un pequeño favor y estaremos en paz. —¿Qué favor? —Llévame a menos de 400 metros de tu jefe sin que nadie detecte mi presencia. Haz eso por mí y los dos quedaremos fuera de su radar. ¿Trato hecho? —Trato hecho.

#relato #canicheverso

Juan estaba disfrutando de un agradable fin de semana con su hijo en Madrid. Había pensado que sería buena idea merendar unos churros en la mítica chocolatería San Ginés antes de volver a Palencia. El nutrido grupo de turistas que esperaba en la cola le hizo sospechar que quizá algo había cambiado desde esos años en los que solía ir con su mujer.

—Dos de churros con chocolate, por favor —pidió, confiado. —Sorry, only English —respondió el joven dependiente que le atendió. —¿Será posible? ¡Habrase visto! —Tranquilo, papá —intervino Martín—. Hay que pedir en inglés. Ya me encargo yo.

Mientras el hijo indicaba al camarero lo que querían tomar, el padre seguía con la conversación paralela.

—¿Pero cómo que en inglés? Si esto es un sitio de Madrid de toda la vida. —No seas antiguo. Además, con lo pesado que te ponías para que lo aprendiera de pequeño, que incluso me mandaste a una academia, podrías haber empezado a estudiar antes. Hace ya dos años de la ley nueva, eh. —Bueno, joder. Pero esto es pasarse.

En la mesa, pese a los esfuerzos de Martín para hablar de otras cosas, Juan seguía empecinado con lo mismo. En su momento, cuando se propuso adoptar el inglés como lengua oficial en toda la Unión Europea, de modo que sus ciudadanos pudieran vivir y trabajar en cualquier estado miembro sin necesidad de aprender ningún otro idioma, pensó que era una idea formidable. Ahora que se había materializado en ley, empezaba a verle aristas.

—Yo entiendo que lo del inglés es muy útil para que la movilidad geográfica sea real y que tú puedas ir a trabajar a Francia, Alemania, Dinamarca o donde quieras —insistió—. Eso no lo discuto. Lo que no me parece ni medio normal es que no se me permita usar el idioma de mi país estando en España. —Estamos hablando en castellano ahora mismo, ¿no? Nadie te va a prohibir eso —repuso Martín. —Sí, claro, en una conversación privada. Pero, ¿qué pasará si tengo que ir al médico y solo habla inglés? —No te preocupes por eso. Aún quedan tres años de moratoria para servicios esenciales.

El padre hundió el churro que tenía en la mano en la taza de chocolate como quien apaga una colilla en un cenicero.

—¿Qué quieres decir? ¿Que luego no me atenderán en castellano?

Su hijo le miró con ternura.

—Supongo que no lo cambiarán de la noche a la mañana. Habrá algún tipo de servicio de asistencia, ¿no? De todos modos, si vas a clase, pronto hablarás inglés a la perfección. —No sé yo… —Juan pescó el churro con ayuda de la cucharilla—. A mi edad no es tan fácil, ¿sabes? —Bueno, voy contigo cuando haga falta. Aparte, esto es Madrid. En Palencia siempre quedarán médicos que hablen castellano.

Este último argumento tranquilizó un poco a Juan. Acabaron de disfrutar de su merienda charlando de otros temas y, al salir, el padre se animó a despedirse de los camareros en inglés: «Good bye. Thank you!»

#relato

«El ladrillo nunca baja», pensaba la agente inmobiliaria Gali Fardew. Hasta que lo hizo. Menuda debacle. ¿Qué iba a hacer con doce chalets sin terminar en Warak Aenab? Si no quería vivir encadenada a una deuda que nunca podría pagar, no le quedaba más remedio que adentrarse en los bajos fondos en busca de acción. Probaría suerte como cazarrecompensas.

La taberna donde se solía reunir la banda de Brett Uhl era sorprendentemente acogedora. Había imaginado un tugurio oscuro y maloliente, concurrido por apenas una docena de personajes siniestros. En cambio, el local era luminoso, estaba limpio y costaba encontrar un rincón libre donde tomarse una jarra. La clientela eran grupos de amigos y familias que compartían raciones de una comida muy apetitosa mientras charlaban.

Se abrió paso hasta la barra y pidió un pincho de chorizo con sandía. El camarero la examinó de arriba abajo y le indicó que esperara. Al cabo de poco, una mano se posó en su hombro.

—Vaya, cuánto tiempo. No te quedes ahí, mujer, ven adentro con nosotros. Gali se giró y descubrió a un tipo fornido y bien vestido. No le conocía de nada, pero supo disimular.

—Claro, ¿dónde estáis? Qué ganas tenía de veros.

Se dejó conducir a una sala en la trastienda. Dos hombres y una mujer jugaban a cartas en el interior.

—Chorizo con sandía, eh —comentó uno de ellos sin descuidar la partida—. No sé quién te habló de nosotros, pero lleva tiempo sin venir. Cambiamos la clave hace meses.

Unas gotas de sudor empezaron a formarse en la nuca de Gali. Había ensayado su discurso varias veces delante del espejo. Sin embargo, no lograba arrancar. ¿En qué momento pensó que sería una buena idea mezclarse con esta gente?

—¿Qué te trae por aquí? —retomó el mismo hombre ante el silencio de la invitada—. ¿Podemos ayudarte en algo?

—Sí. Es decir, no. Bueno.

—Tranquila. Estás entre amigos. Respira hondo y cuéntanos qué podemos hacer por ti.

Siguió las instrucciones del anfitrión y logró soltar de carrerilla el texto que había memorizado.

—Me llamo Gali Fardew, cazarrecompensas. Me pongo a su entera disposición para cualquier misión que me quieran encargar. Muchas gracias por su tiempo. Espero serles de utilidad.

Los jugadores seguían con su partida, ajenos a lo que acababan de escuchar. ¿La estaban ignorando? Notó que le temblaba una pierna y que no paraba de entrecruzar los dedos de las manos. Se forzó a mantenerse como una estatua mientras esperaba algún tipo de respuesta.

—¿Y qué clase de “misiones” querrías hacer por nosotros? —intervino el hombre que había permanecido en silencio—. ¿Descargar y colocar el género? Ya tenemos gente para eso.

—No, eso no. A menos que quieran. Pero no. Me refiero a algo más arriesgado. Mejor remunerado.

—Creo que sé por dónde vas, aunque quizá te estés equivocando de lugar. Yo soy Brett Uhl, un simple hostelero. Tú dices ser una cazarrecompensas, pero ninguno de nosotros te conocemos y estás aquí titubeando y temblando como una hoja. Pensaba que en tu gremio erais más duros.

—Hay mucha leyenda alrededor de este mundillo, no te creas. —Gali se iba envalentonando—. Además, así puedo pasar más desapercibida.

—Mis negocios son legales, pero quizá resultes útil. Podría encargarte un trabajillo de prueba.

—Lo que sea.

—No te pagaremos esta vez. Si lo haces bien y demuestras ser de fiar, te asignaremos más tareas.

Gali quería ganar dinero. Una misión pro bono no ayudaría con sus deudas. Por otro lado, podría ser rentable a medio plazo.

—¿Y bien? —Brett interrumpió la diatriba interior de la agente inmobiliaria.

—Acepto.

El encargo no parecía complicado. Solo tenía que transportar una caja de un planeta a otro. Suponía que el contenido sería ilegal y que se arriesgaba a una pena de cárcel si le detenían las autoridades. Claro que tenía un aspecto tan pusilánime que nunca le paraban. Ni en los controles rutinarios. Iba a ser pan comido.

Recogió la mercancía en un almacén a escasa distancia de la taberna. La cargó en la bodega de su nave y puso rumbo al planeta Krakoski, donde debía efectuar la entrega. Tardaría casi un día en llegar y otro en volver, pero el recorrido prometía ser sencillo. Su mayor preocupación era el coste del combustible que debía asumir ella. Empezaba a sospechar que había caído víctima de una estafa y la estaban utilizando de mano de obra gratuita.

La alarma del sistema de navegación automatizado de la aeronave la avisó cuando estaban tan cerca del destino que era necesaria una conducción manual. Gali tomó los mandos y dirigió la nave hasta el punto de entrega. Entonces descubrió el gato encerrado.

El almacén estaba custodiado por rebeldes. Sospechó que transportaba armas para los enemigos del imperio. No acabaría en la cárcel, sino ejecutada. Además, si todo salía bien, no vería ni un ciclo. Se la habían jugado.

—Buenos días —saludó, fingiendo seguridad—. Traigo un paquete.

—Descienda del vehículo y entrégueme sus credenciales.

Actuó con naturalidad. Rebelde o imperial, los controles eran iguales. Bastaba con no llamar la atención y dejar de pensar en ejecuciones. Y en torturas. Y en las pocas probabilidades que tenía de salir con vida. «¡Mierda!»

—Todo en orden. Puede descargar.

Dos milicianos supervisaban la operación. Gali intentaba mantener la calma. Casi estaba hecho. Un par de pasos más y… «¡Joder!»

Tropezó y el bulto se estrelló contra el suelo. Ante la sorpresa, los soldados se prepararon para disparar. Presa de pánico, Gali buscó cobertura detrás del paquete, aunque era demasiado pequeño. La caja se había roto y dejaba expuesta una máquina extraña con palancas, diales, lucecitas y un enorme botón rojo que invitaba a pulsarlo. Sin pensarlo, presa del pánico, lo presionó. Sonó un pitido agudo y breve y una luz iluminó a los milicianos que tenía delante. Envejecieron a una velocidad vertiginosa, hasta convertirse en polvo. ¿Qué había sido eso?

No iba a quedarse a comprobarlo. Estaba en una base secreta de los rebeldes. Lo prioritario era huir. No obstante, esa maquinita prometía ser muy útil. Sobre todo si tenía que explicarle a Uhl lo que había provocado. La tomó prestada y se montó en su nave en una exhalación.

Tras abandonar el espacio aéreo del planeta Krakoski y esquivar un escuadrón rebelde, terminó de abrir la caja y observó su contenido con más calma. Le llevó unas horas descubrir que había “heredado” una máquina del tiempo. No un dispositivo concebido para trasladarse al pasado o al futuro, sino un artefacto capaz de manipular selectivamente la velocidad del tiempo para uno o varios objetivos determinados. Si lograba ocultar ese as en la manga, sería imparable. Regresó a la taberna de Uhl y esperó al cierre. Apuntó al edificio y repitió la operación que le había salvado la vida en Krakoski. Segundos después, el bar era una ruina y no quedaba nadie vivo en su interior. Gali se sorprendió por lo despiadada que podía llegar a ser. Aunque, por otro lado, era agente inmobiliaria.

Anne llegó tarde. La oscuridad cubría totalmente el cielo cuando se reunió con Aritz y Unai en el claro del bosque. No era necesario hablar; los tres sabían lo que tenían que hacer. Unai trazó el signo de Ake en el suelo con sal mezclada con tierra. Aritz colocó cirios rojos alrededor del símbolo, procurando formar un círculo. Anne abrió el grimorio y buscó la página que necesitaban.

Cuando el escenario estuvo listo, los jóvenes iniciaron el ritual. Anne rompió el silencio recitando las palabras del hechizo. El tono de su voz se mantuvo firme durante todo el conjuro. Estaba concentrada en su tarea y no dejó que le afectaran los ruidos ni los movimientos que creía percibir a su alrededor. Al terminar la letanía, cerró el libro, el viento apagó los cirios y los tres amigos se dispersaron sin decir nada.

Volvieron a reunirse al día siguiente, por la tarde. Se encontraron en el sitio de siempre, la taberna de la parte alta del pueblo.

—¿Habéis notado algo? —empezó Aritz. —Nada de nada, tío —respondió Unai—, pero ha pasado poco tiempo. —¿Pone algo en el libro de cuánto hay que esperar, Anne? —No seas impaciente. Hicimos lo que teníamos que hacer; ahora está fuera de nuestras manos. —¿Y en manos de quién está? —insistió Aritz.

La mirada de Anne fue más elocuente que cualquier respuesta. Estaba todo dicho. Mejor buscar otro tema de conversación.

Unos días más tarde, Unai le contó a la cuadrilla que había obrado un prodigio. Estaba en el monte con su perro Yak y este se había cascado una pata persiguiendo a un conejo. El pobre animal renqueaba y aullaba de dolor. Unai le había cogido la pata entre las manos, había deseado que se curara y, de forma inexplicable, el hueso se recompuso y el perro volvió a correr como siempre.

Envalentonados por la anécdota, Aritz y Anne se dispusieron a poner a prueba sus poderes. El chico, que desde pequeño había sido un poco bruto, lanzó una piedra contra la cara de Anne sin avisar y le abrió una brecha. Anne le insultó y le dio un puñetazo que le partió el labio. Con esas heridas, intentaron curarse el uno al otro, y lo lograron. El ritual había sido un éxito.

Estaban eufóricos. Querían descubrir los límites de su poder. Por eso se introdujeron en lo más profundo del bosque y empezaron a hacer pruebas. Aprendieron que no solo podían sanar, también podían infligir heridas, romper cosas, arreglarlas, dominar a algunos animales; incluso llegaron a invocar una pequeña nube de lluvia, aunque para eso tuvieron que concentrarse los tres en el mismo propósito.

A partir de ese momento, la magia era el pensamiento que ocupaba sus mentes la mayor parte del día. Cuando estaban juntos, practicaban en grupo. Cuando estaban solos, lo intentaban en solitario. Poco a poco empezaron a controlar sus poderes con precisión. Ya no se trataba de ver quién lograba el efecto más grande, sino el más sutil.

Anne era la más aplicada. Siempre le había fascinado el mundo esotérico, por eso había convencido a su pequeña cuadrilla para que se sumara a su alocada idea. No tenía muchas esperanzas de que fuera a funcionar, pero al constatar que era real, no podía quitárselo de la cabeza. Su vida entera se centró en la brujería. Sus compañeros, en cambio, se lo habían tomado como un juego que había evolucionado a milagro.

Unos meses más tarde, cuando los chicos creían que ya tenían una perfecta comprensión de su magia, Anne les enseñó que aún les quedaba mucho por aprender. Estaba cada uno en su casa, ocupándose de sus asuntos, cuando Aritz y Unai oyeron unas palabras en su mente: «Hola, amigos.» Era Anne comunicándose por telepatía. Ellos no habían logrado nada ni remotamente parecido estando juntos y ella podía hablar con los dos a la vez desde decenas de metros de distancia. «Reuníos conmigo de inmediato en el claro del bosque. Os espero.»

Asombrados, dejaron lo que estaban haciendo y se dirigieron ipso facto al punto acordado. Cuando llegaron, Anne aguardaba con una enorme sonrisa en la cara, pero no era un gesto afable, sino travieso.

—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Aritz a modo de saludo. —¡Silencio! —ordenó Anne. Obedecieron a la fuerza porque habían perdido la capacidad del habla. —Os he convocado para explicaros lo que está pasando —prosiguió la nueva bruja—, porque veo que solos no sois capaces de entenderlo. El pacto que hicimos era magia de sangre, no un juego de niños. No vais a progresar nunca si no os implicáis como yo. Estos dones no son gratis; las fuerzas que nos los han otorgado esperan su parte. Vosotros parecéis unos desconsiderados que habéis estado ignorando vuestras obligaciones. Si queréis recorrer este camino, deberéis hacer sacrificios. Cuanto mayor sea la ofrenda, mayor será la recompensa. ¿Me entendéis?

Aritz y Unai, que seguían sin poder hablar, asintieron con la cabeza.

—En ese caso, ya sabéis lo que os toca. No me defraudéis. Si me hacéis quedar mal, vosotros seréis los sacrificados.

Tras estas palabras, Anne liberó a sus amigos del hechizo y se esfumó en una densa niebla.

Los dos chicos estaban en shock. Se habían dejado arrastrar por las fantasías de Anne y ahora estaban jugando a un juego muy peligroso del que no conocían las reglas. Sin embargo, el poder que habían probado y el que habían visto en su compañera eran una tentación demasiado grande para dejarla escapar.

#relato

No eran ni las cinco de la mañana y Clau ya estaba despierto. El calor sofocante de Barcelona no le permitía conciliar el sueño. Apoyó el colchón contra la pared y abrió la mesa plegable. Ese era, en esencia, todo su mobiliario. Vivía con seis personas más en un piso compartido de cuarenta metros cuadrados.

Sentado en el suelo, conectó su viejo dispositivo para buscar algún trabajo. Los ingresos que recibía del sistema de ayudas eran insuficientes. Tras pagar los gastos comunes, apenas disponía de veintitrés créditos para pasar el mes. Eso equivalía a comer tres veces a la semana, cuatro si tenía suerte.

La mayoría de anuncios eran labores de gran desgaste físico y escasa retribución. Sin embargo, encontró uno especial. Acababa de entrar en el sistema y, debido al horario intempestivo, nadie lo había reclamado aún.

Mantenimiento lógico. 730 créditos. 11 horas.

Era demasiado bueno para ser verdad. Nunca había visto una oferta que llegara a las tres cifras. Tenía que ser un error, o una estafa. La aceptó sin pensarlo dos veces. Fuera lo que fuera, no iba a dejar escapar esa oportunidad. Además, era una tarea que podía hacer desde su casa. Eso era inusual también.

El paquete del encargo tardó en descargarse. Se trataba de un galimatías de código antiguo, anterior incluso a la consolidación de las IA corporativas. Capas de parches automáticos, errores corregidos a medias y rutinas generadas por modelos obsoletos.

Clau no tenía ninguna titulación. Nadie las tenía. Los centros educativos hacía tiempo que se habían convertido en viviendas o almacenes. Había aprendido por su cuenta trasteando por aquí y por allá y consultando fragmentos de manuales que habían sobrevivido en las profundidades de la red. Esos conocimientos le permitían aceptar trabajos más especializados y con menos competencia. Ninguno tan complicado como este. Ahora entendía el precio que le habían asignado.

A las seis llegó el primer corte de luz. Conectó la batería comunitaria y siguió trabajando con el brillo de la pantalla al mínimo. A las ocho, el calor era infernal. Estaba sudando a mares, pero tenía que seguir para cumplir el plazo. Mientras intentaba comprender el funcionamiento de todas esas líneas de código, una mujer vomitaba en el fregadero y otra comentaba que el agua saldría marrón hasta el mediodía.

A las nueve y diez encontró el problema principal. La IA había intentado optimizar la aplicación de mil maneras distintas, pero no había tocado la raíz. Cada solución había dejado una nueva herida en un sistema maltrecho. Una vez descubierta la causa, resultaba sorprendente que siguiera funcionando. Los modelos automatizados no habían comprendido lo que ocurría; Clau, sí.

Aunque no las tenía todas consigo, borró bloques enteros y reconstruyó desde cero un montón de funciones. Ignoró multitud de avisos de seguridad y siguió adelante con la esperanza de no estar cometiendo un error fatal. Cada línea que eliminaba aumentaba su nivel de ansiedad.

A las doce, la ciudad entró en el silencio del calor extremo. Ni repartidores, ni niños, ni gente discutiendo. Los únicos lugares donde la vida continuaba eran las residencias de los bastante ricos para costearse el aire acondicionado. Clau tenía los ojos y la garganta resecos. La cabeza le latía, pero el cronómetro seguía avanzando. No podía descansar aún.

A las tres y treinta y ocho de la tarde, entregó el trabajo y el sistema ejecutó las pruebas de validación. Una hilera de cuadritos blancos se iba llenando y vaciando de nuevo en la pantalla. La espera le estaba matando. Por suerte, apenas unos minutos después apareció el mensaje que estaba anhelando:

Operación completada con éxito. Coste registrado: 730 créditos. Coste IA anticipado: 38.400 créditos.

Clau dio un salto de alegría. El movimiento repentino hizo que se mareara un poco, pero había valido la pena.

Anomalías detectadas. Marcado para revisión profunda.

La euforia se desvaneció. Eso solo podía significar malas noticias. Había pasado por alto algún error grave y sería sancionado. Cayó al suelo cuando apareció el último mensaje en la pantalla.

Revisión superada con éxito.

Le llegó la notificación del pago de los 730 créditos. Había salido bien. ¿Acaso estaba soñando? Nunca había dispuesto de tanto dinero en su vida. No era una fortuna, pero podría subsistir varios meses e incluso comer todos los días. Cuando volvió a prestar atención a la pantalla, se fijó en que, entre las ofertas de siempre, empezaban a aparecer otras, similares a la que acababa de completar.

Mantenimiento lógico. 234 créditos. 7 horas. Mantenimiento lógico. 467 créditos. 16 horas. Mantenimiento lógico. 116 créditos. 5 horas.

#relato

Hace cuatro años empecé la aventura de escribir un relato cada semana en un blog. Tras varios meses, me di cuenta de que no podía mantener el ritmo semanal y empecé a publicar sin una regularidad concreta.

Ahora ha llegado el momento de cerrar ese blog y empezar de nuevo en Escritura social. A veces rescataré relatos antiguos, a veces serán nuevos. Espero pasarlo bien publicando por aquí.

Nos leemos.