Gali Fardew, cazarrecompensas y agente inmobiliaria
«El ladrillo nunca baja», pensaba la agente inmobiliaria Gali Fardew. Hasta que lo hizo. Menuda debacle. ¿Qué iba a hacer con doce chalets sin terminar en Warak Aenab? Si no quería vivir encadenada a una deuda que nunca podría pagar, no le quedaba más remedio que adentrarse en los bajos fondos en busca de acción. Probaría suerte como cazarrecompensas.
La taberna donde se solía reunir la banda de Brett Uhl era sorprendentemente acogedora. Había imaginado un tugurio oscuro y maloliente, concurrido por apenas una docena de personajes siniestros. En cambio, el local era luminoso, estaba limpio y costaba encontrar un rincón libre donde tomarse una jarra. La clientela eran grupos de amigos y familias que compartían raciones de una comida muy apetitosa mientras charlaban.
Se abrió paso hasta la barra y pidió un pincho de chorizo con sandía. El camarero la examinó de arriba abajo y le indicó que esperara. Al cabo de poco, una mano se posó en su hombro.
—Vaya, cuánto tiempo. No te quedes ahí, mujer, ven adentro con nosotros. Gali se giró y descubrió a un tipo fornido y bien vestido. No le conocía de nada, pero supo disimular.
—Claro, ¿dónde estáis? Qué ganas tenía de veros.
Se dejó conducir a una sala en la trastienda. Dos hombres y una mujer jugaban a cartas en el interior.
—Chorizo con sandía, eh —comentó uno de ellos sin descuidar la partida—. No sé quién te habló de nosotros, pero lleva tiempo sin venir. Cambiamos la clave hace meses.
Unas gotas de sudor empezaron a formarse en la nuca de Gali. Había ensayado su discurso varias veces delante del espejo. Sin embargo, no lograba arrancar. ¿En qué momento pensó que sería una buena idea mezclarse con esta gente?
—¿Qué te trae por aquí? —retomó el mismo hombre ante el silencio de la invitada—. ¿Podemos ayudarte en algo?
—Sí. Es decir, no. Bueno.
—Tranquila. Estás entre amigos. Respira hondo y cuéntanos qué podemos hacer por ti.
Siguió las instrucciones del anfitrión y logró soltar de carrerilla el texto que había memorizado.
—Me llamo Gali Fardew, cazarrecompensas. Me pongo a su entera disposición para cualquier misión que me quieran encargar. Muchas gracias por su tiempo. Espero serles de utilidad.
Los jugadores seguían con su partida, ajenos a lo que acababan de escuchar. ¿La estaban ignorando? Notó que le temblaba una pierna y que no paraba de entrecruzar los dedos de las manos. Se forzó a mantenerse como una estatua mientras esperaba algún tipo de respuesta.
—¿Y qué clase de “misiones” querrías hacer por nosotros? —intervino el hombre que había permanecido en silencio—. ¿Descargar y colocar el género? Ya tenemos gente para eso.
—No, eso no. A menos que quieran. Pero no. Me refiero a algo más arriesgado. Mejor remunerado.
—Creo que sé por dónde vas, aunque quizá te estés equivocando de lugar. Yo soy Brett Uhl, un simple hostelero. Tú dices ser una cazarrecompensas, pero ninguno de nosotros te conocemos y estás aquí titubeando y temblando como una hoja. Pensaba que en tu gremio erais más duros.
—Hay mucha leyenda alrededor de este mundillo, no te creas. —Gali se iba envalentonando—. Además, así puedo pasar más desapercibida.
—Mis negocios son legales, pero quizá resultes útil. Podría encargarte un trabajillo de prueba.
—Lo que sea.
—No te pagaremos esta vez. Si lo haces bien y demuestras ser de fiar, te asignaremos más tareas.
Gali quería ganar dinero. Una misión pro bono no ayudaría con sus deudas. Por otro lado, podría ser rentable a medio plazo.
—¿Y bien? —Brett interrumpió la diatriba interior de la agente inmobiliaria.
—Acepto.
El encargo no parecía complicado. Solo tenía que transportar una caja de un planeta a otro. Suponía que el contenido sería ilegal y que se arriesgaba a una pena de cárcel si le detenían las autoridades. Claro que tenía un aspecto tan pusilánime que nunca le paraban. Ni en los controles rutinarios. Iba a ser pan comido.
Recogió la mercancía en un almacén a escasa distancia de la taberna. La cargó en la bodega de su nave y puso rumbo al planeta Krakoski, donde debía efectuar la entrega. Tardaría casi un día en llegar y otro en volver, pero el recorrido prometía ser sencillo. Su mayor preocupación era el coste del combustible que debía asumir ella. Empezaba a sospechar que había caído víctima de una estafa y la estaban utilizando de mano de obra gratuita.
La alarma del sistema de navegación automatizado de la aeronave la avisó cuando estaban tan cerca del destino que era necesaria una conducción manual. Gali tomó los mandos y dirigió la nave hasta el punto de entrega. Entonces descubrió el gato encerrado.
El almacén estaba custodiado por rebeldes. Sospechó que transportaba armas para los enemigos del imperio. No acabaría en la cárcel, sino ejecutada. Además, si todo salía bien, no vería ni un ciclo. Se la habían jugado.
—Buenos días —saludó, fingiendo seguridad—. Traigo un paquete.
—Descienda del vehículo y entrégueme sus credenciales.
Actuó con naturalidad. Rebelde o imperial, los controles eran iguales. Bastaba con no llamar la atención y dejar de pensar en ejecuciones. Y en torturas. Y en las pocas probabilidades que tenía de salir con vida. «¡Mierda!»
—Todo en orden. Puede descargar.
Dos milicianos supervisaban la operación. Gali intentaba mantener la calma. Casi estaba hecho. Un par de pasos más y… «¡Joder!»
Tropezó y el bulto se estrelló contra el suelo. Ante la sorpresa, los soldados se prepararon para disparar. Presa de pánico, Gali buscó cobertura detrás del paquete, aunque era demasiado pequeño. La caja se había roto y dejaba expuesta una máquina extraña con palancas, diales, lucecitas y un enorme botón rojo que invitaba a pulsarlo. Sin pensarlo, presa del pánico, lo presionó. Sonó un pitido agudo y breve y una luz iluminó a los milicianos que tenía delante. Envejecieron a una velocidad vertiginosa, hasta convertirse en polvo. ¿Qué había sido eso?
No iba a quedarse a comprobarlo. Estaba en una base secreta de los rebeldes. Lo prioritario era huir. No obstante, esa maquinita prometía ser muy útil. Sobre todo si tenía que explicarle a Uhl lo que había provocado. La tomó prestada y se montó en su nave en una exhalación.
Tras abandonar el espacio aéreo del planeta Krakoski y esquivar un escuadrón rebelde, terminó de abrir la caja y observó su contenido con más calma. Le llevó unas horas descubrir que había “heredado” una máquina del tiempo. No un dispositivo concebido para trasladarse al pasado o al futuro, sino un artefacto capaz de manipular selectivamente la velocidad del tiempo para uno o varios objetivos determinados. Si lograba ocultar ese as en la manga, sería imparable. Regresó a la taberna de Uhl y esperó al cierre. Apuntó al edificio y repitió la operación que le había salvado la vida en Krakoski. Segundos después, el bar era una ruina y no quedaba nadie vivo en su interior. Gali se sorprendió por lo despiadada que podía llegar a ser. Aunque, por otro lado, era agente inmobiliaria.