Una historia pucelana

Hace un día maravilloso para pasear por el Campo Grande. Los árboles empiezan a mudar sus colores y el parque se convierte en una fantástica paleta de verdes, ocres, amarillos y granates. El olor a resina y a tierra convive con el de los puestos de castañas asadas. Los transeúntes disfrutan del buen tiempo, ajenos a lo que sucede en el alfoz. Mencía, en cambio, no puede permitirse ese lujo. Por eso es le únique que camina con prisa.

Llega a la Academia de Caballería, un imponente palacio que aloja las sedes de algunos comités de la ciudad, y recuerda cuánto le impactó la primera vez que lo vio. El revestimiento captador de CO2 es totalmente transparente y deja a la vista la construcción original del siglo XX. Es asombroso cómo supieron adaptar los edificios históricos para hacerlos ecoeficientes sin arrebatarles el encanto de su época. Ni siquiera el ascensor y la cúpula fotovoltaica, añadidos a finales del siglo XXI, rompen la estética.

Vega y Pradillo le esperan en la sala del comité de Abastos. Aunque no hay una jerarquía formal y Pradillo es le más veterane, Mencía lidera el equipo.

—He estado en los campos del oeste. Tenemos problemas —arranca Vega—. La plaga ha destruido los cultivos cercanos al estadio. 230 hectáreas entre Valladolid, Zaratán y Arroyo.

—La buena noticia —añade Pradillo— es que los drones agrícolas han logrado exterminar la plaga y capturar varios especímenes para analizarlos y poder reaccionar antes la próxima vez.

—La mala es que nos arriesgamos a vivir la mayor escasez de los últimos treinta años —acota Mencía—. Los silos tienen un ligero excedente, pero este revés nos va a obligar a racionar el cereal durante el invierno. ¿Hemos contactado con el comité de Consumo?

—Claro, jefe. He llamado a Carlos Verdejo para concertar una reunión hoy mismo y elaborar un plan conjunto.

—¡Buen trabajo, Vega! ¿A qué hora?

—Dicen que cuando estemos listos. Nos esperan en el ayuntamiento.

Para llegar a la casa consistorial, atraviesan la calle Santiago. Se trata del principal eje comercial de la ciudad y es un placer recorrerla. Las fachadas cubiertas por jardines verticales albergan multitud de pájaros cantores que amenizan el trayecto. Al final aparece la plaza Mayor y, justo enfrente, el ayuntamiento.

Trabajar con Consumo suele ser fácil. A diferencia de otros organismos, no sienten ninguna necesidad de colgarse medallas. Se centran en optimizar el uso de los recursos para abastecer a la población y reducir los residuos. Por eso es agradable colaborar con ellos.

Carlos Verdejo, posiblemente el hombre más elegante de Valladolid, les recibe acompañado de su equipo.

—Parece que tenemos un pequeño problemilla de aprovisionamiento, ¿no es así?

—Eso me temo —contesta Mencía—. Hemos perdido unas 250 toneladas de cereal.

—Vaya —Verdejo tuerce el gesto—. Es más grave de lo que imaginábamos. El excedente de los silos no va a cubrir ni una cuarta parte, tendremos que buscar el modo de compensarlo.

—Teniendo en cuenta que nos acercamos al invierno —indica Jaizkibel, mano derecha de Carlos, mientras consulta su tableta—, lo más sensato sería recurrir a otras fuentes de biomasa. Podríamos hacer una tala controlada en el pinar de Antequera.

—No creo que a los de Espacios Naturales les haga mucha gracia —apostilla Pradillo—. Ya sabéis el empeño que ponen en mantener el equilibrio forestal.

—Tampoco les gustará quedarse sin calefacción en enero —insiste Jaizkibel—, cuando el frío aprieta y la cencellada dura semanas.

—Quizá deberíamos convocarles, y a los de Energía también —propone Vega—. Les llamo para ver cuándo tienen hueco.

Fija una reunión esa misma tarde. Como va a ser larga, se citan en un bar del pasaje Gutiérrez. Falta casi una hora, pero prefieren acercarse ya y tomarse el primer vino. Van por la segunda ronda cuando llegan los dos comités restantes. Tras los saludos y una nueva comanda, se ponen al día y empiezan a buscar una solución adecuada para todas las partes.

—Entonces, si lo he entendido bien, el problema no es tanto la alimentación como el suministro de electricidad, ¿verdad? —Carolina, cabecilla del comité de Energía, quiere asegurarse de comprender la situación.

—Así es —aclara Verdejo, que se ha erigido en portavoz de Consumo y Abastos—. El cereal perdido habría servido para generar unos 150 ­­­000 litros de biofuel.

—En ese caso os voy a dar una alegría. —Una amplia sonrisa llena el rostro de Carolina—. Hemos encontrado el modo de conservar el excedente de energía que generamos con el CO2 capturado en baterías de gel. Gracias a esta nueva tecnología de almacenamiento eléctrico, calculamos que vamos a necesitar muchísimo menos combustible. De hecho, según nuestras proyecciones, en unos años podríamos llegar a prescindir de él.

—¡Eso es una excelente noticia! —grita Mencía, un poco achispade—. ¿Cómo es posible que no supiéramos nada?

—Terminamos las últimas pruebas hace unas semanas. Está previsto anunciarlo en el pleno del martes. Creo que nos merecemos que nos invitéis a esta ronda, ¿no?

—A las que queráis —sentencia Pradillo—. ¡Tenemos que celebrarlo!

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