glez4lex

Llevo unos días convaleciente y como no tengo mucho más que hacer—ni cuerpo para buscarlo—ando dándole vueltas a cosas, entre las que he estado pensando en la poesía. ¿Qué es? ¿Dónde encontrarla? ¿O es ella la que nos encuentra cuando debe?

La verdad es que, para mí, es una llama que no hace tanto tiempo que me regaló una amiga y que todavía estoy tratando de desentrañar; todavía soy bastante lego en la materia, pero es un territorio tan lleno de incógnitas y de misterios, que me atrapó sin remedio. Además, ahora puedo entender mejor ciertos acontecimientos de mi vida e incluso alguna de mis pasiones de siempre, como la física.

Si yo soy una persona rara, estoy seguro, es en gran medida porque he tenido una vida tal: diría que todo me ha ido llegando en el orden «equivocado», pero que ha ido terminando por encajar—a su manera—.

La primera persona que me habló de la poesía fue mi profesor de matemáticas de cuarto de la E.S.O. (Juanjo) que un día me dijo algo así como: «Jandro, la gente no se da cuenta de toda la poesía que hay en las matemáticas. Dicen dos más dos y parece algo absoluto, frío, preciso, pero en realidad ¿a qué se refiere: a dos peras, a dos árboles, a dos gotas de agua…? ¿Se podrían contar, siquiera, todas las gotas de agua?». Aunque me impresionó y se me quedó resonando por dentro, reconozco que no lo comprendí realmente hasta años más tarde.

En ese proceso, me ayudó también otro profesor de matemáticas (Luis), pero este ya de bachillerato, que tuvo la amabilidad de prestarme un libro muy especial (es una edición rarísima que guardaba como oro en paño porque se debieron publicar muy pocos ejemplares) en el que un catedrático valenciano, creo recordar, explicaba cosas como la gravedad con ejemplos tan bonitos e ilustrativos como que nosotros seríamos una especie de hormiguitas que solo pueden ver en dos dimensiones (es decir, que no percibirían la profundidad), caminando sobre una lámina plana de gomaespuma blanca sobre la que de pronto alguien dejara caer una canica.

Lógicamente, la masa de la canica sería suficiente como para abombar ligeramente la lámina, aunque nosotros no seríamos capaces de percibirlo, pero sí que empezaríamos a notar algo extraño: cuanto más cerca de la canica pasásemos andando, más «torceríamos» nuestro camino sin quererlo, tendiendo a «caer» hacia la canica. Al final, incapaces de ver qué pasa con nuestros propios sentidos, acabaríamos por denominar a ese fenómeno que indudablemente ocurre y que lo hace de una forma constante y medible como una fuerza: como la fuerza de la gravedad.

De hecho, gran parte de la física se sustenta sobre este tipo de especulaciones, hasta el punto de lo que ocurrió en la conocida V Conferencia de Solay. En este congreso anual, que se celebraba desde 1911, se volvieron a juntar todas las mentes más brillantes, independientemente de su bando en la Primera Guerra Mundial, para debatir sobre las grandes cuestiones del pensamiento científico de su tiempo.

Foto de los asistentes a la V Conferencia de Solvay

La historia menos conocida de esta conferencia es que se produjo un encendidísimo debate entre las dos facciones principales de su tiempo: los románticos (con Einstein a la cabeza), que eran aquellos físicos que pensaban que el ser humano llegaría a poder retratar con sus teorías la realidad al completo, tal como era; y los pragmáticos (con Niels Bohr a la cabeza), que eran los que consideraban que la cabeza no nos da para tanto y que no tenía sentido pensar en esas cosas, que si conseguíamos enunciar un puñado de especulaciones suficientemente correctas que nos sirvieran para salir del paso, ya debíamos darnos por contentos, pero que no había forma de que llegásemos a «ver» la realidad tal como es.

El debate fue tan encendido, de hecho, que acabó en duras descalificaciones personales y ataques a la carrera de varios de los allí presentes y, con los años, el suicidio de un joven físico norteamericano que había trabado bastante amistad con Einstein y al que aquello dejo profundamente afectado. La cuestión en sí, sumada a lo que ocurrió en aquella conferencia le provocaron tal crisis existencial que fue cayendo poco a poco en un abismo, hasta acabar quitándose la vida a pesar de los intentos de Einstein por animarle, a través de la entrecortada correspondencia que mantenían entre ellos.

Tiempo después, descubrí a Simone Weil y su concepto de la «fuerza», tomado sin duda de la física como tomara el de límite de las matemáticas y me sirvió para poner palabras a algo que en realidad ya comprendía de forma intuitiva: no solo hay fuerzas externas que ocurren sin que podamos comprender, sino que también hay fuerzas escondidas dentro de nosotros que no podemos evitar ni seguramente comprender, pero que tienen efectos innegables, que nos arrastran como un torrente hacia milagros o fatalidades sin que seamos poco más que pasajeros de nosotros mismos, durante ciertos episodios que vivimos como si fueran trances.

Y al final, después de tanta palabrería, todo lo que me queda es la sensación de que tal vez la consciencia que llamamos humana solo sea una película infinitamente delgada que subsiste a duras penas (creo que eso se refería Esquirol con lo que de que somos una vertical precaria) tratando de reflejar una realidad sobre otra (la realidad exterior sobre la interior y viceversa) en un esfuerzo absurdo, por tratarse de un espejo demasiado pequeño para la tarea que se autoimpone; para una realidad tan grande. Y puede que esa imagen equivocada y confusa, contradictoria y a veces hasta paradójica, que se nos va dibujando sea justamente la poesía, porque si «simplemente» pudiésemos ver y comprender todo, no seríamos más que otra pieza del engranaje que seguiría con precisión las leyes de la realidad y esta ni siquiera necesitaría un significado; ni siquiera lo tendría, sin nada que la arañase, que hiciese cosas fuera de lugar, que destrozase, que rompiese la luz en colores. Sin esa insignificante película absurda, todo sería una lámina lisa de gomaespuma blanca.

Hace tiempo que no lo hacía, pero me gusta darle vueltas a la actualidad geopolítica, aunque no sirva realmente para nada y, como ando leyendo una recopilación de textos de análisis político y sociológico de Simone Weil, de justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial, en el que estoy encontrando muchos paralelismos con la situación actual, me ha vuelto a picar el bicho de escribir estas tonterías.

Por empezar por lo más urgente –que tal vez no sea lo más importante–, quería darle algunas vueltas a la situación de la guerra en Ucrania, que creo que es más compleja de lo que tendemos a pensar y de lo que nos cuentan. De hecho, creo que poco o nada tiene que ver con la posible adhesión de Ucrania a la OTAN en sí o siquiera con la península de Crimea. Me explico.

Si una virtud está teniendo el actual gobierno de los payasos de la tele de E.E.U.U. es que, al menos, está aireando cosas que puede que no sean bonitas, pero son reales: como el hecho de que la guerra en Ucrania no se empezó por la soberanía de una nación amiga ni por restaurar la injusticia de un referendum de anexión a Rusia ilegítimo [de la península de Crimea] (termino ya de ser irónico, perdón). Cada día me parece más que todo esto tiene que ver con el cambio de modelo energético global que, necesariamente, transformará la economía global y que la fase convulsa que estamos viviendo responde a eso, a que todos los actores importantes saben que el capitalismo1 se está redefiniendo y todos quieren que el próximo capitalismo les favorezca más (salvo Europa, que vive tan en la inopia que no sabría decir qué quiere o si quiere algo siquiera; consideraré a todos los efectos que Europa es la vaca de concurso de la feria, tal vez por hacer honor a la leyenda que le da nombre).

Viendo el conflicto en retrospectiva, empiezo a creer que Rusia está más desubicada de lo que parece y esto le va a salir realmente mal. En primer lugar, me pareció un gesto estratégicamente inteligente el golpe con Crimea, en su momento, pero deberían haberlo dejado ahí: era un buen golpe de efecto, por su carácter intimidatorio, pero salvo que tuvieran una forma de asestar un golpe definitivo, no tenía ningún valor cruzar esa frontera (creo que es lo que siempre sostuvo China).

Tal vez Putin sobrestimó las fuerzas de la Gran Rusia y pensó que la «operación militar especial», que parecía diseñada para haber sido una guerra relámpago, mostraría al mundo que la Rusia moderna está capacitada para dar este tipo de golpes decisivos sobre la mesa. Esto sí habría concluido una jugada maestra, pero la cosa le salió mal porque Occidente, aunque lento y adormilado, reaccionó y, a fin de cuentas, tenemos casi toda la riqueza mundial2 así que podemos frenar una situación así, aunque sea con un gesto torpe, tardío e ineficiente que cueste miles de vidas (es igual, son vidas de otros así que solo son «casualties»).

Lo que creo que Putin no supo ver es que Occidente no luchaba tanto por el gas (Crimea es muy importante como potencial zona de paso de futuros gasoductos) como por las tierras raras y que no iba a dejarle dar ese golpe sin oponer resistencia (si solo hubiera sido lo primero, no creo que hubiéramos movido un dedo). Sinceramente, creo que siempre pensó que Ucrania no tenía ningún valor para nadie porque seguía pensando en el marco tradicional, como J.D. Vance ha demostrado hace no mucho, haciendo suyas las palabras que Putin creía que eran el sentir general: «Qué ****nes me importa a mí Ucrania».

Por eso Europa no quería dejar a Rusia tomarla y por eso insistió a E.E.U.U. para que tomara parte en ello. Y creo que ese es un sentir relevante en una parte importante de la política de Washington, aunque no todos lo digan en alto: «Vaya cara, Europa, llamando a nuestra puerta para que libremos una guerra por sus intereses económicos»3. A fin de cuentas, puedo comprender ese sentir; en verdad esto es muy estratégico para que Europa se independice del modelo petroleo/gas y se acerque a la autonomía energética, lo que tampoco es muy interesante para E.E.U.U., si nos paramos a pensarlo. O, bueno, puede verse desde allí de esta manera y no cuesta tanto imaginárselo. Este es el sentimiento que creo que explota el trumpismo y es lo que está intentando vender: no nos vamos a dejar engañar por Europa otra vez, si libramos esta guerra, que nos beneficie a nosotros directamente y, si no, que la libre Europa por sí misma. Es por esto que hemos visto como recientemente Macron proponía que Europa destacase fuerzas militares en Ucrania y es por esto que nos van a empezar a presionar para que aceptemos que hace falta gastar más dinero que nunca en cobetes. El mensaje que van a emitir me parece claro, porque ya ni se molestan en currarse estas cosas4: si queremos transición energética, preparémonos para la guerra. Industria armata, será nuestro nuevo lema. ¿Qué contestaremos a eso?

Con respecto a la situación de Rusia, veamos el desenlace que veamos, lo cierto es que el mundo va a ver que Putin no es el genial estratega que vende, que Iran no es el primo de Zumosol que Rusia quería vender en oriente próximo, donde no ha estado haciendo más que retirarse, avasallado por Israel. Rusia se queda fuera del nuevo modelo energético y casi, de la economía global, cediéndole mucho espacio a una China que ha demostrado entender mucho mejor el tablero (tal vez esta partida se parece más al go que al ajedrez). ¿Quienes ganan?: China. ¿Quienes pierden?: en mayor o menor medida, todos los demás: E.E.U.U. va a obtener algunas victorias pírricas, pero su imagen de cherif global y garante de valores se va por el retrete5; Europa se confirma como poco más que una parodia con mucho dinero, mientras sus líderes hacen alardes no menos esperpénticos que los del circo de Washington –aunque más estéticos, eso sí–; y Rusia se ha pegado un tiro en la sien por no saber retirarse a tiempo del tablero equivocado.

Notas al pie.

1 Lo que quiera que sea eso. 2 Ocurre un poco como en física, que en la competición entre dos cuerpos la masa (monetaria en este caso) más grande siempre gana. 3 El truco de este discurso estriba en que, en realidad, el acuerdo implícito en estos casos es que Europa pone el dinero, si hace falta, y E.E.U.U. lo demás. 4 Hasta ese punto nos infantilizan. 5 Aunque estrictamente hablando no pierdan poderío militar y no pierdan más poderío económico que el que pierden de forma «natural» por el ciclo en el que estamos, lo cierto es que pierden mucha credibilidad y simbolismos, lo cual merma bastante su «aura» y eso acabará por tener consecuencias. No nos olvidemos de las conversaciones que siguen manteniendo bajo el radar con países árabes para acercar posturas y tener su apoyo en esta transición, en las que pienso que pierden mucho poder negociador.

Por mucho que haya sido una decepción tremenda, porque le admiraba intelectual y políticamente, y que me produzca una profunda mala hostia y una pena inmensa, creo que tengo claras dos cosas:

  1. Que el feminismo no muere con Errejón: existía muchísimo antes que él y es una bola demasiado grande que ya no se puede parar. La política no crea causas ni las reproduce, solo las escenifica y crea banderas, símbolos y carnés. Los cambios reales germinan en la calle; en el mundo real y solo alcanzan la torre de marfil de la política cuando su tronco ha crecido ya bastante.
  2. Que, por experiencia, la izquierda tampoco muere con él: si me dieran un euro por cada vez que el mass media conservador de este país ha intentado crear el estado de opinión de que la izquierda está definitivamente acaba, ya me habría jubilado hace tiempo. Aunque es cierto que van a tener que tratar de deshacer un nudo gordiano esta vez, porque los postulados que introdujo la izquierda política española —principalmente Podemos, aunque Sumar continuó la línea—, son los de la guerra de los sexos norteamericana de MacKinnon y compañía, que lo único que han logrado es crear un choque de trenes con el feminismo real, el de los colectivos y las coordinadoras, que bebía mucho más del pensamiento francés —bastante más avanzado, en mí opinión—. (Lo explica muy bien Clara Serra, en El sentido de consentir).

Eso y que a los hombres nos toca escuchar y reflexionar, que parece algo sencillo, dicho así, pero debe ser que no acabamos de callar y por eso todavía no nos había dado tiempo... Me decía Carmen, una amiga, hace no mucho que «las feministas estamos cansadas, tristes y cabreadas; al límite de salir a la calle a quemar contenedores» y no acabo de leer a nadie que reflexione sobre este hecho. ¿Por qué tantas mujeres se sienten así? Me parece mucho más importante que los dimes y diretes, que el oportunismo, el cinismo y la farándula. Mucho más importante, incluso, que las sesudas reflexiones jurídicas, politológicas, filosóficas y psicosociales (nunca he sabido lo qué quiere decir) que no son más que ejercicios de narcisismo, en estas circunstancias. Escuchar y reflexionar.

¿A quién podríamos escuchar? Adivinad... Lo dejo a la imaginación.

¿Y sobre qué podríamos reflexionar? Pues sobre cosas como si, por el hecho de adoptar una determinada ideología, ya nos convalidan la deconstrucción —ahora que tenemos un ejemplo tan doloroso—; sobre si es realmente posible, siguiendo los cánones de la política actual, hacer política realmente feminista; sobre si es posible, de nuevo siguiendo los cánones, organizar un partido político al uso que sea un espacio feminista o al menos un espacio seguro; sobre si sabemos, al menos, cómo podríamos construir tales espacios, dado el caldo cultural en el que nos hemos criado y en el que seguimos viviendo; sobre si no será cierto que, como defiende Silvia Federici, el problema es mucho más radical y estriba en el propio modelo socioeconómico (en el capitalismo, para entendernos) y hasta que no lo cambiemos de raíz, solo seguiremos haciéndonos trampas al solitario. Esto por citar algunas cuestiones que ya nos darían para estar callados un rato —largo—. Y aquí lo dejo, que mucho he hablado ya.

El amor es una fuerza, en la naturaleza de las almas, que las atrae a acercarse; algo así como la fuerza de la gravedad de las almas. Notamos su efecto en nosotros, que contradice el de su fuerza opuesta: la distancia.

Así como la distancia mantiene y protege su integridad, el amor parece una fuerza un poco suicida, en cuanto a que es la que nos empuja a «mezclar» nuestra alma en la de otra persona/s y a dejar que esta/s mezclen las suyas en nosotros.

Aunque esta aparente contradicción no lo es en absoluto. Para poder crecer de ciertas formas, las almas humanas saben que deben verse atravesadas por otras, aunque esto suponga riesgos. El alma siempre se mantiene en un delicado equilibrio entra la búsqueda del orden (integridad, estabilidad...) y la del caos (cambio, movimiento...) y ese (des)equilibrio dinámico lo mantienen entre estas dos fueras1. Esto es así porque, por definición, ninguna de estas dos fuerzas podría existir sin la otra, no sería lógico siquiera.

Si imaginásemos nuestras almas como células, la distancia es la fuerza que genera y mantiene las membranas celulares que definen los límites de estas, evitando que se desparramen, tanto como que se vean invadidas por el ambiente; y el amor, alguna instrucción grabada en su ADN que las induce a acercarse a ciertas células y «combinarse». Aunque este ejemplo es muy pobre, porque la experiencia del amor es muchísimo más que eso, al menos sirve para ilustrar lo más básico, lo «mecánico».

A mí me gusta imaginar cada alma como un cosmos, que nace con una gran explosión desde la nada y se va expandiendo de formas que no podemos ver, realmente, ni comprender en su totalidad; como si lo hiciesen en muchas más dimensiones de las que podemos medir y pesar. Para poder «ser», deben mantener sus límites, sus fronteras, pero, a la vez, existe en la misma naturaleza de la fuerza que las impulsa a seguir expandiéndose, la necesidad de hacerlo de formas que no están contenidas dentro de ellas mismas. Y una forma de hacerlo es dejándose atravesar por otro cosmos; combinándose con él.

A las fuerzas que operan para mantener la integridad no les gusta, claro, porque, en última instancia, supone correr el riesgo de la aniquilación total (que es la gran obsesión de este tipo de fuerzas) y por eso hace que surjan grandes colisiones que nos estremecen e, incluso, paradojas que pueden llegar a convertirse en agujeros negros. Pero cuando dos universos se consiguen combinar, el resultado no es la suma de estos dos, sino una tercera «cosa» (¿realidad?).

El problema del término «amor» es que es el único que es un verbo y un sustantivo a la vez y todo el tiempo: es verbo, en cuanto a que es la fuerza que impulsa a que esto ocurra (que no response a las mismas leyes en todas las personas); y es sustantivo en cuanto a que define, también, lo que surge como resultado (que no es lo mismo en todos los casos). Puede que le pidamos demasiado a un solo término.

Y, por supuesto, están las simplificaciones, la romantización (perdón por la redundancia) y los errores de interpretación propios de confinar algo tan inmenso en cuerpos de carne y hueso. Como nuestros sentidos no son perfectos, ni lo son nuestros instintos —que, además, tienen objetivos muy distintos de los de nuestra alma—, ni lo es el lenguaje, ni nada que podamos crear de forma material, la boca del embudo por la que tenemos que tratar de enviarnos información es tan estrecha que no es extraño que se produzcan todo tipo de errores, pérdidas y derrames.

Por ejemplo, cada vez me dan más miedo expresiones del tipo: «debes conocerte a ti mismo». No está en nuestra naturaleza el ser capaces de conocernos a nosotros mismos, porque nuestro cuerpo solo puede llegar a comprender esbozos de lo que se mueve en nuestra alma; tan solo lo suficiente para cumplir con la obligación de sobrevivir y poco más. Si pudiéramos conocernos (lo que quiera que eso pueda querer decir), no llevaríamos siglos tratando de comprender el cerebro humano, ni cosas como por qué soñamos o por qué tomamos decisiones y cómo.

Por lo tanto, es inútil tratar de «encontrar» una definición para una realidad que, por su naturaleza, va mucho más allá de lo que podemos comprender. Lo único que tiene sentido, para mí, es vivirla. Es el único término que no tiene sentido —como término—, pero que debemos tener en el lenguaje, aunque sea tan solo para señalar el espacio vacío.

Notas al pie.

1 Puede que esté muy influenciado por las filosofías orientales y el concepto de las dos fuerzas fundamentales: el yin y el yang.

Sir Gawain and the Green Knight, London, British Library

También conocido como Gauvain (en francés) o Galván (en castellano) es uno de los personajes más antiguos de la leyenda artúrica. De hecho, se especula con que pudiera ser el personaje original que dio lugar, con el paso de los siglos, al resto de personajes y relatos que la terminaron componiendo.

Dependiendo de las épocas y de los lugares —porque su leyenda se extendía a lo largo de toda Gran Bretaña, así como de parte de Francia— se le retrató de formas muy diversas. Parece que las representaciones más antiguas hablan de un caballero campechano y mujeriego, pero de corazón puro y fiero en la batalla, que portaba una espada que algunos autores han denominado Escanor. Aunque lo cierto es que es el título de uno de los relatos en los que se narran sus aventuras y de un poderoso rey que aparece en el mismo. No hay unanimidad sobre esto y se ha llegado a especular con que se trataría de un error de transcripción y que en realidad se trataría de la mismísima Excálibur. (Sí, hay estudiosos que creen que fue él el primer portador de tan formidable espada).

En lo que sí parece haber más unanimidad en las fuentes antiguas es en que nació dotado de poderes solares, que le hacían más poderoso en el combate cuanto más alto estaba el sol, hasta volverse prácticamente invencible al mediodía, pero perdiendo casi la totalidad de sus poderes al anochecer. También en el hecho de que parece que en casi todos los relatos se hace evidente su simpatía por los caballeros jóvenes, por los pobres y por los desamparados. Y en que su caballo, Gringalet, era sin duda su mejor amigo. Tanto es así, que llegó a protagonizar algunos de sus relatos.

Sobre todo lo demás, hay prácticamente tantas versiones como autores narraron sus peripecias. Unos dicen que era un borracho y un mujeriego redomado; otros que en realidad estaba perdidamente enamorado de una —única— diosa de la antigüedad, que jugaba con él encarnándose en diferentes mujeres por pura diversión; en algunos textos figura como «el más noble de los caballeros», mientras que en otros es un personaje puramente caricaturesco; a veces es el héroe y en otras ocasiones tan solo el escudero del héroe o un patoso entrañable que sirve de ejemplo para moralizar sobre lo inútil de las buenas intenciones si no se sabe hacer uso de la «gracia de Dios».

Es un personaje que me parece muy interesante, no tanto por el personaje en sí o por las particularidades de sus características en este o aque relato, como por su naturaleza metamórfica. Me da que pensar que, posiblemente, sí que fue alguna antigua leyenda celta ¿galesa? que retrataba lo que para su sociedad y tiempo era una guerrero admirable en todos los sentidos, no sin cierto toque de humor para hacerlo más entretenido, sobre la que sucesivos autores y, seguramente también, transmisores por vía oral, fueron construyendo todo un mundo de ficción, una mochila, que fueron llenando con diferentes versiones de nuestro caballero cambiante, según la situación —o su ánimo— lo requiriera.

Me gusta pensar que en esto, la actividad popular de contarse en familia o entre amigos y vecinos, cuentos y leyendas, tuvo una influencia más bien grande en la evolución de su personaje. A fin de cuentas, este tipo de personajes eran, todavía en aquel tiempo, como el Guadiana: aparecían en relatos escritos y en grabados, «desaparecían» por un tiempo —por algún siglo, incluso— y volvían a aparecer más tarde pero retratados ya de forma distinta. Durante esos lapsos, es comprensible que sus leyendas hubiesen seguido vivas y cambiando, a medida que pasaban de boca en boca y a medida que la vida de sus huéspedes también lo iba haciendo.

Además, los autores que terminaron de dar forma a la leyenda artúrica fueron muy precavidos. Tanto, que no se atrevieron a hacer desaparecer el personaje sino todo lo contrario: lo situaron casi a la par con el propio rey Arturo, en un delicado equilibrio que podría reflejar, de hecho, la frágil convivencia entre las nuevas creencias cristianas de su tiempo, impuestas desde fuera, y las arraigadas tradiciones de siempre —y aquí el siempre es verdaderamente mucho tiempo—. Mientras que la mayoría de los caballeros de la Mesa Redonda son personajes mucho más cercanos a figuras como los apóstoles, el caballero Gawain recordaba mucho más a los aguerridos y temperamentales guerreros celtas de la tierra y, en verdad, seguía conectando mucho más con sus valores y sus tradiciones.

Referencias.

Voz Gawain, Wikipedia (ES-es): https://es.wikipedia.org/wiki/Gawain

Sir Gawain: el poder del sol para un caballero artúrico deshonrado, The Conversation: https://theconversation.com/sir-gawain-el-poder-del-sol-para-un-caballero-arturico-deshonrado-206139

Bajo la higuera - glez4lex

La plantó justo allí debajo, a la sombra de la higuera. Creo que con idea de sentarse a descansar mientras trajinaba en su pequeña huerta. ¿Qué mediría? ¿Una tarde entera de trabajo a tranquilos intervalos? ¿Quizá dos si se encendía algún cigarro entre medias, con manos temblorosas y, tal vez, alguna brisa en contra?

Quería plantar berzas y, en efecto, esas semillas introdujo en la tierra. Pero creo que uno nunca sabe lo que planta, cuando cava una huerta. Sus trabajos no pasaron desapercibidos para algunas criaturas sutiles, de caminar tan sigiloso como altanero que pronto comenzaron a vigilarle —¿a guardarle, tal vez?— desde los tejados de casas viejas y desde lo alto de una tapia que guardó en otro tiempo los secretos de las monjas de clausura.

Tampoco su presencia pasó desapercibida para el hombre que, ya mayor, un poco sordo y con unos ojos algo cansados, añorantes de los lejanos horizontes de otro tiempo, aún era capaz de sentir las miradas que vigilan desde las alturas, desde las sombras. Y un buen día comenzó a traer algo de pienso para gatos con él y a dejarlo en un platillo en la silla en la que descansaba, al concluir cada pausa.

Aquello sin duda satisfizo a sus guardianes que, complacidos, comenzaron a visitarle, ya sin recelos, en mitad de sus labores. Se acercaban, silenciosos, hasta la silla, tomaban de las ofrendas y luego se paseaban, agradecidos, entre las piernas del hombre que, a pesar de caminar en un precario equilibrio entre las plantas y los bártulos, jamás le pisó la cola a ninguno.

Creo que le tomaron como su sacerdote, que aquella silla es ahora un altar y que lo que realmente plantó fueron un puñado de peludas deidades semisalvajes. Él sigue viniendo de vez en cuando, en bici, pero ya no trabaja la huerta —ya no podría, pues ya no es suya la sillaltar—, ya solo trae las ofrendas. Y sus guardianes están siempre, puntuales, esperándole. No tienen reloj y él se pasa cuando puede, a cualquier hora, pero está claro que saben cuál es la hora correcta.

Incluso a los más jóvenes, que van renovando el panteón local, les enseñan sus madres sobre el sacerdote y sobre ese lugar sagrado. Aunque tal vez ellos lo vean de otra forma. Tal vez para ellos sea el hombre una deidad protectora, una especie de fuerza de la naturaleza, que siempre estuvo ahí, velando por ellos, desde tiempos inmemoriales.

El alma no está hecha para habitar una cosa; cuando se la obliga a hacerlo, no hay ya nada en ella que no sufra violencia.

Simone Weil — La Ilíada o el poema de la fuerza

Últimamente pienso mucho en esta obra de Weil, en la que repasa la Ilíada porque le parece el poema cumbre de la Grecia clásica —y de la civilización occidental—. En sus palabras, es el que refleja con mayor pureza y fidelidad el alma griega. A través de sus versos, va desgranando la verdadera poesía de la naturaleza humana, que radica, según ella, en la naturaleza de la «fuerza».

Tal como la describe (perfila, más bien), la fuerza es algo de una naturaleza desconocida, inexplicable, que radica en la naturaleza humana de una forma un tanto trágica. Creo que utiliza el término «fuerza» en el mismo sentido que lo hace la ciencia moderna1: como algo cuya naturaleza no podemos explicar total o parcialmente, pero que tiene efectos visibles y explicables.

Es una especie de superpoder que nace del alma humana2 y que nos arrastra de forma inexorable. La Ilíada, para ella, refleja a la perfección las dos caras de esta: la violencia, que da lugar a las guerras y la bajeza, que «convierte a los hombres en objetos»; y el amor, que nos eleva a nuestra forma más perfecta.

La aparente paradoja es que del alma humana —que nos dota de la humanidad— surja este fenómeno (¿lo ve acaso como un fenómeno emergente3?) que nos puede desposeer de ella por completo, que nos rebaja a ser meros objetos a merced de las fuerzas que desata nuestra propia naturaleza.

la inteligencia debería calcular para encontrar una salida, pero ha perdido toda capacidad de calcular este fin. Está toda entera ocupada en hacerse violencia

Simone Weil — La Ilíada o el poema de la fuerza

En su opinión, la Grecia clásica es la que reflejó este fenómeno de la forma más sencilla, humana y elegante, ya no tanto en textos concretos como al Ilíada o el Evangelio, sino en su ethos, en su logos y en sus mythos, y puede que tenga razón. Tras la Grecia clásica, casi todo el pensamiento occidental gira en una dirección muy diferente y se sume en una búsqueda sin fin de una naturaleza humana que le va resultando cada vez más abstracta, menos bella e intuitiva, más compleja y esquiva. Se podría decir que se sume, sobre todo en nuestros días, en un cierto paroxismo....

Me parece particularmente bello cómo describe el «despertar» del individuo muerto (convertido en objeto por la fuerza) mediante la reflexión solitaria en un momento trascendental. Cómo es esta soledad —y no otro tipo— la que libera al individuo de esta fatalidad y le devuelve a la «vida» (le vuelve a convertir en humano); cómo la soledad de Héctor, derrotado ante las murallas de Troya y sabiendo que está al caer su destino fatal por las manos de Aquiles, le induce a este despertar profundo, le devuelve la humanidad justo antes de que pierda la vida (¿salvando su alma?).

A veces un hombre encuentra así su alma al deliberar consigo mismo cuando trata de hacer frente al destino completamente solo, sin ayuda de los dioses o de los hombres, como Héctor delante de Troya.

Simone Weil — La Ilíada o el poema de la fuerza

Ahora que he perdido a los míos por la locura, temo a los troyanos y a las troyanas de largos velos y que no oiga decir a los menos valientes que yo: «Héctor, confiando demasiado en su fuerza, perdió al país».

La Ilíada — XXII, 104-107

Notas al pie.

1 «En física clásica, la fuerza (abreviatura F) es un fenómeno que modifica el movimiento de un cuerpo (lo acelera, frena, cambia el sentido, etc.) o bien lo deforma.». Wikipedia, voz fuerzahttps://es.wikipedia.org/wiki/Fuerza.

2 Creo que entiende el alma más como lo hacen las filosofías y creencias orientales: como la «presencia» de cada individuo en los otros. Tendría muchas aplicaciones en sociología y hasta en economía, porque si se suman todas las almas, surge un fenómeno emergente: la sociedad. Y de este, aún, se destila otro: la cultura.

3 «La emergencia o el surgimiento hace referencia a aquellas propiedades o procesos de un sistema no reducibles a las propiedades o procesos de sus partes constituyentes.». Wikipedia, voz emergenciahttps://es.wikipedia.org/wiki/Emergencia_(filosof%C3%ADa). En ciencia se utiliza también para describir un fenómeno complejo (de orden superior) que surge de la combinación de fenómenos más simples (de orden inferior) y cuya naturaleza es cualitativamente diferente, por lo que, entre otras cosas, aparenta romper la causalidad con sus partes constituyentes.

Sprint Follows Winter - Maureen Hyde 🎨 Maureen Hyde

Antes me miraba en el espejo, pero creció el pelo tan largo que tuve que venderlo y en su lugar te compré un retrato.

Ahora ya no sé cuánto medirá, ya no recuerdo el rostro que se reflejaba en el cristal.

Tal vez piensen de mí que no me importan los bosques, las laderas, ni los arroyos, que azoto sin piedad a los pájaros, y esculpo por diversión la cimas; que tan solo alzo las olas para hacer naufragar las almas.

Tal vez no entiendan que tan solo soy un hombre, ¿qué estaba buscando?

[...] aunque el contacto tome la forma de dolor como evidencia de la presencia de un ser amado, ese roce es felicidad.

Simone Weil — Cahiers


Blanco Cielo

Blanca Luna

Blanco Abismo

Negro Vuelo

Negra Pluma

Negro Ismo

et in Arcadia ego - Nicolas Poussin

nunca. Somos sino amando

nunca. Amamos sino viendo

nunca. Vemos sino estando

nunca. Estamos sino sintiendo

eternas. Formas del único órgano que se hace más real cuanto más imaginamos