Ayer o antes de ayer, no recuerdo bien, viendo una estupenda película hispanoargentina oí una frase que me llamó la atención: «He pensado en suicidarme, pero no me animo». Sublime y no lo digo por mi, que salvo una ocasión hace años nunca he tenido tentaciones suicidas. Lo digo por lo descriptivo de la sensación anímica de quien está caído, roto, a la deriva. Nos alimenta la relación con los demás, y cuando esta se pierde, decae o se ve limitada, pues eso, que el hambre hace estragos.
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Solo me emocionan los libros. Quizá las películas también, pero menos. La vida lo único que consigue es irritarme o en el mejor de los casos apasionarme, pero solamente siento cuando leo y me descubro en cada personaje, en cada aventura, en cada pareja de enamorados.
Estoy pensando en los firmes propósitos para el año que viene. El primero, el más acuciante, el único realmente que debo plantearme es acabar con la infame costumbre de elaborar firmes propósitos. No han lugar. No se pueden cumplir y terminan disminuyendo aunque solo sea mínimamente nuestro exhausto caudal de autoestima. No nos merecemos esfuerzos titánicos para nada, es más útil discurrir la vida como un simple piragüista de aguas bravas, intentando pasar por la puerta si es posible y en lo demás procurando simplemente no volcar, o si lo hacemos estar atentos para llenar una bocanada que nos permita aguantar esos instantes interminables que pasaremos debajo del torrente, tener oxígeno suficiente para pensar, allí boca abajo, aguantando el aire, si debemos palear vigorosamente hacia la izquierda o la derecha, nuestra izquierda o nuestra derecha que será la contraria para el resto de los mortales. Hacía arriba no hay futuro, solamente hacia abajo es posible que nos encontremos un remanso paradisíaco en medio de verdes laderas.
Ese será mi propósito para el año que viene y para vosotros mis lectores escondides, agradecides, críticos, preocupades, desearos que la vida sea un torrente breve y un remanso eterno, no como la realidad, porque aguantar estos relatos lechosos y tristes tiene mucho mérito y como sé que de vez en cuando echáis un ojo aunque nunca o casi nunca unas letras, deciros que me acuerdo de vosotros y como dicen los cantantes cursis: a vosotros mi público, el que las e-candilejas no me dejan ver y al que tanto debo, os quiero.
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Realmente debió ser la lectura de aquel anuncio de Andie MacDowel pidiendo, ¡que digo! exigiendo «¡Sé firme contra tus arrugas»! lo que acabó por desencajar a Ángela definitivamente. Aun fue más desolador comprobar que la MacDowell tenía 47 años, según rezaba en el propio anuncio, los mismos, exactamente los mismos que tenía Ángela y que sin embargo lucía una sonrisa perfecta en medio de un rostro que podía ser la envidia de mujeres mucho más jóvenes.
Ángela pensó que se había equivocado absolutamente, no en parte o en algunos temas como el matrimonio o en no terminar sus estudios. La sensación era de fracaso total sin paliativos y por un instante creyó que todo aquel derrumbamiento podía haberse evitado si hubiese sido firme a tiempo contra sus arrugas. Esta es la tesis principal entre quienes estaban más cerca de ella, aunque otros menos allegados creían que haber sufrido un atraco en el cajero de la Bilbao Bizkaia Kutxa de Modesto Lafuente, justo una semana después de que al subir cargada de bolsas de Mercadona los cuatro pisos de su casa comprobara con lógica desolación que algún desalmado, muy posiblemente extranjero, le había desvalijado su modesto piso, daban una explicación más plausible a todo el torbellino que se desató días más tarde.
Yo me inclino por pensar que un cóctel letal de genética errónea y desequilibrio hormonal fueron las raíces que se hundieron como un Titánic del alma en el centro del comportamiento de Ángela.
Finalmente tanto da, Andie, la inseguridad o un predeterminado destino mortal provocaron el cambio más profundo y radical que todos cuantos la conocimos hubiéramos sido capaces de pronosticar y aquél 6 de octubre de 2002, en alguna parte, de manera silenciosa, ocurrió y nada, nadie volveríamos a ser iguales.
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¿Qué podría yo deciros si nunca estuve aquí?
Si no hablo el mismo idioma
tan extranjero como soy
como me siento.
Y ¿para qué os servirían mis palabras?
ancladas en una bahía
para vosotros desconocida
extraña.
En cada frontera
la nana es un estallar de metralla
polvo que se pega en los pliegues
otras palabras
otros gestos
otras miradas
mucho barro si llueve
mezclado entre las lágrimas.
Así mudo, aislado, fronterizo
¿cuál sería el bálsamo que os ayudara
qué verso acariciaría el pecho
limpiaría la piel
descansaría la espalda
penetraría tajante las sienes
alcanzaría el alma, la boca, la mirada?
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Cuando era un muchacho practiqué judo durante algunos años. Entonces era un deporte exótico y poco practicado y en mi barrio cayó un reputado profesor que consiguió convencer al colegio de que se instalara en los sótanos un enorme tatami. Dejamos entonces de jugar al fútbol con una pelota de tenis en aquellos sótanos, para practicar un «arte marcial». Hasta entonces Marcial Lalanda era el único que sabíamos con arte, así que la cosa prometía.
El primer día todos con nuestros kimonos nuevos y un cinturón blanco que nos distinguía como pardillos en el susodicho arte. Con el paso de los meses, los años, aquel cinturón se iba tornando amarillo, verde, azul, marrón y definitivamente negro. Luego descubrimos que más allá del negro, los maestros tenían toda una graduación de su sabiduría y aún después, los más leídos, aprendimos que en su japón natal lo de los cinturones de colores ni existe, que tal invento era un truco para camelar a los occidentales e incitarles a la práctica del judo en pequeñas etapas y así evitar la frustración que nos suponía el tardar varios años en ser considerados judokas. Oriente se doblaba como espiga al viento y aceptaba graduar el esfuerzo para hacerlo asumible a los occidentales.
Han pasado muchos años desde aquello. Ahora inclusive los cinturones son blanco-amarillos, troceando la ansiedad lo más posible y yo he aprendido un poco a ser más paciente y sobre todo a trazar cinturones de colores imaginarios cuando el tedio me ataca.
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La universidad española estaba en un momento interesante. Esto lo digo no por mis especiales conocimientos de la universidad que abandoné, como muchas otras cosas, en cuanto me apretaron los zapatos, si no porque me lo dijo mi amigo Nacho que era vicedecano en la universidad Gallega. Me contaba que anda en esos menesteres porque quería ser parte del cambio y conociéndole como le conozco, si de él dependiera, el cambio habría de ser para mejor.
Con Nacho tengo buenos recuerdos, sobre todo de un viaje a París de unos días, en el que descubrí una ciudad que me encantó o mejor dicho que me atrapó como pocas lo han hecho; solo Kenia se quedó con mi alma como París. Las ciudades te roban el corazón más que las mujeres. He vuelto algunas veces a Francia y siempre que he podido a París y casi siempre he vuelto a pasar por el museo Rodin donde estuvimos algunas horas, yo empapándome y Nacho esbozando. Tengo algunas fotos. Después lo he hecho con mi hija que descubrió y me descubrió un bonito cuadro de Van Gogh en la que fue casa de Rodin y que es su museo. Es un museo pequeño, en el centro de París, con un jardín acogedor que rodea una casa de dos plantas donde destacan obras como el beso, el pensador o los burgueses. Obras excelentes que uno puede ver muy despacio y muy cerca y que según leí después o quizá en el mismo museo no está muy claro si son todas de Rodin o en algunos casos de su mujer y de algún otro alumno. Siempre me ha parecido poco interesante quien era el autor, así que lo visto y lo sentido no se desmerece por un quítame allí esas firmas, aunque el asunto de la mujer que trabaja y el marido que se aprovecha ya me parece un patrón de los grandes hombres.
Con Nacho pasé horas tejiendo un tapiz en un telar de alto lizo que nos construimos nosotros mismos y que conservo en un pasillo de mi casa y le seguí, de lejos, detrás, en sus primeros pasos como lo que seguramente hoy es: un artista. Me contaba que la universidad estaba en un momento interesante y yo desde lejos pienso que es la misma pulsión que debieron sentir tantos otros cuando cogieron el relevo de las instituciones. Me recuerdo a mi mismo tomando posesión de mi acta de concejal. No obsta. La universidad seguro que estaba cambiando y si todos los empeñados hubieran sido como Nacho, el cambio tendría que haber sido profundo, irreversible. Me temo que no ha sido así, o quizá sí, yo ya ando lejos de esos ambientes y solo veo el desdén con el que se va dejando morir a la universidad pública para hacer crecer los chiringuitos privados.
Siempre nos quedará París, decía un famoso diálogo de la película Casablanca y en mi caso es verdad y cuando la angustia se apodera de las tripas cierro los ojos y me veo a mi mismo sobre un mar de hojas secas en un otoño azul y amarillo en medio de una pequeña plaza de la parte alta de París.
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¿No se ofrecen los barcos indolentes
al viento
cuando aparejan las gavias
a barlovento?
Estoy al pairo de tu besos
esperando paciente que vuelvas
que mires la estela de mi viaje
que me empujes suavemente
todo el trapo arriado
deseándote, mirando el horizonte
confundiendo el cielo y el mar y tu piernas y tu sexo.
¿No esperan los barcos que amaine
el temporal
poniendo proa a las olas?
Temo que el tiempo sea más largo que mi propia vida
que todo se aleje progresivamente
que nada termine siendo
realmente
que tú no seas
que no vuelvas
y así me quede yo al pairo, como un velero inerte
que ya solo espera
que pase la tormenta.
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Me he encontrado a Pilar. Desde la muerte de su marido no le había visto. Le he sonreído, le he dado dos besos y le he mirado a los ojos deseándole lo mejor; luego hemos buscado lugares comunes donde transitar sin dolor, donde bordear la muerte y sus reflejos, la familia, el trabajo.
Ha sido un encuentro breve, en medio del banco y del día, apenas unos minutos sin afectación y yo he querido una vez más que fuera verdad que los sentimientos se transmiten sin las palabras y me esforzado en que mi cuerpo le dijera que tenía todo mi cariño.
Luego nos hemos despedido.
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Al fin y al cabo, volverse a ver no es gran cosa, o al principio eso es lo que nos parece. Luego, llegado el momento te das cuenta de que no, de que hay algo más que resulta verdaderamente agradable.
La cita por segundo año se concitó en las praderas del valle de los pinares llanos, justo donde Guadarrama es en parte Madrid y en parte Ávila y los que no se perdieron, los afortunados que viajaron por la cuerda desde el alto del los Leones por la cabeza Lijar, pudieron ver algunas de las casamatas que sirvieron de refugio a los combatientes de la guerra civil, en este frente inmóvil, que lo fue.
Un lugar fractal entre el centro y la periferia, donde hace años muchos adolescentes y los menos, jóvenes, ya disfrutamos los unos de los otros.
El día empezó luminoso y fresco y la pradera seguía casi idéntica a como la vivimos. Luego las primeras incorporaciones, los abrazos, los besos emocionados y las miradas diagnósticas, pero sobre todo y en general, la sensación de cariño. Faltaron muchos, vinieron nuevos y las capas de la edad se reprodujeron aunque ya un año no sea relevante pasados tantos. Junto a los actores principales algunos hijos, la mayoría sorprendidos por ver a sus padres retroceder sin pudor en la máquina del tiempo, también compañeros y compañeras, maridos y esposas, un paso atrás casi siempre. El campamento es el reencuentro cabría decir en esta ocasión; un reencuentro exprés, casi sin tiempo salvo para sentir un golpe poderoso, conmovedor en el sentido más íntimo de la palabra, un reencuentro excitante y a veces también decepcionante. El tiempo pule, desgasta y saca lo que había debajo de la piel. Nosotros mismos frente a nosotros. Luego la comida, la charla, las risas, muchas risas y las miradas intentando volver.
Es algo curioso esto del tiempo y los recuerdos; claro que más curioso es cómo reaccionamos a su paso o a su encuentro como hicimos aquél día. La historia que se ha vivido en común no se interrumpe y la línea del tiempo transcurre sin nosotros de forma que cuando nos encontramos el tic tac se pone en marcha como si nada y de pronto seguimos conectados.
Es verdad, volverse a ver no es gran cosa si no fuera porque retomamos el hilo de nuestro tiempo de nuevo, el que creíamos perdido porque otros hilos habían tejido nuestro presente y retomamos un hilo más suave, mas condescendiente con los demás, inclusive con nosotros.
Volverse a ver no es gran cosa si no fuera porque se eriza la piel.
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De entrada en Figueres nos sirvieron una sopa de cebolla excelente y la acompañaron de un filete delgado con patatas que a pesar de todo estuvo tierno.
A Freudenstadt llegamos demasiado tarde y el cocinero se estaba marchando, así que solo la amabilidad del dueño que se ofreció, dado nuestro aspecto seguramente, a procurarnos un refrigerio antes de dormir, hizo posible que probásemos una ensalada alemana a base de col lombarda, zanahoria en finas tiras, col blanca en chucrut, unas rodajas finitas de pepino, una rodaja de limón y otra de tomate y unas hojas de lechuga roja sobre la que habían derramado una mayonesa líquida y fuerte de vinagre. De segundo nos ofrecieron un grueso filete de carne roja con finas patatas a la francesa, crujientes y amarillas, encendieron una vela en nuestra mesa y una sonriente, grande y rubia alemana nos deseó un buen provecho. Tres cervezas casi templadas y suaves hicieron su trabajo y nos llevaron hasta la cama casi en volandas.
A la vuelta en Figueres de nuevo, pero en otro albergue, quién se apiadó de nosotros a las doce de la noche, después de 13 horas de viaje ininterrumpido, fue una atenta restauradora que a pesar de lo tardío y que su bebé le esperaba en el cochechito acunado por su joven marido, nos obsequió con un pan untado en tomate y regado de aceite que seguro sería de Lérida, al que le acompañó con jamón y que por aquellas tierras llaman pan amb tomaquet. A mí me vio con más ansia o más necesidad o simplemente fue cariñosa con mi anatomía y me ofreció una carne con boletos que me recordó que la felicidad es a veces algo alcanzable y además nos sonrió y nos dijo que no tuviéramos prisa que ella esperaría por nosotros.
Se reconcilia uno con el mundo y para remate, en la estepa aragonesa, cuando España empieza a llamarse Soria, en un tugurio feo y destartalado, un cocinero, que cual médico ostentaba su título en la pared de su salón, nos cocinó en un pis pas un revuelto de ajetes con espárragos que continuó con unas chuletillas de cordero, pequeñas, finas y bien tostadas.
Entre medias la carretera y el viaje interior
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