FURBY FUCSIA FUMADOR

No ficción, cachondeo y moviditas de m.duritz ~

Moverme, hacer, es la forma que encuentro de sentir que tengo cierto control sobre un entorno que me resulta doloroso. Hacer podría conseguir que cambie algo, o quizás no. No hacer es la garantía de que nada cambiará. Hasta llegar a mis límites, seguiré haciendo. No quiero sentir que no hice todo lo que pude, que no lo intenté todo, hasta el último aliento, botón, camino, agujero. Cuando me detengo, por imposibilidad o extremo cansancio, es como si me contemplara cayendo al vacío, siendo alcanzada por un futuro que no deseo y del que intento huir a toda la velocidad que me permiten mis manos. Parar me llena de angustia. Sólo me alivia el hacer. Pero la certeza de que soy alguien más allá de esta persona en continua carrera hacia ninguna parte poco a poco se desdibuja.

El destino: un dragón agazapándose en un túnel. Se resguarda del frío que todavía no está, pero ya viene. Aún no ha llegado el invierno, y eso significa que seguimos esperando la noche, que aún ni si quiera podemos presagiar el día que vendrá después, la primavera. La esperanza de sol es incluso más dulce que el sol, siempre será más perfecto lo que adivinamos que lo que vemos. Y este otoño a treinta grados, de aire pegajoso y mañanas oscuras, me arranca el privilegio de soñar con el deshielo. El verano caducó y ahora sólo veo el túnel. Habrá que entrar. Agazapada, escucho el sonido del viento como un arrullo envenenado. Espero, solamente espero a que me cubra la noche.

De momento La vida pasa de momento De momento... Aquí todo es de momento

Yo sé bien que tengo que luchar para sobrevivir que nadie será el dueño de mi porvenir tan sólo yo puedo saber qué quiero ser y proceder

Puede ser que viva de ilusiones que yo fabriqué que tenga en los bolsillos solo arena y fe pero del aire no me puedo alimentar, y esa es la verdad

Y aquí estoy jodida por este camino que escogí pero vale la pena llegar hasta el fin...

de momento – los aslándticos *

La lluvia ha mojado todo el confeti. Los globos se deshinchan desparramados por la calle, la pista de baile se mancha de barro y las palabras que volaban en el aire caen al suelo por su propio peso. Puedo ver cómo se hunden en los charcos.

Vuelve a ser octubre. Vuelvo a ver el cielo abrirse y volcarse en cascada. Se inundan los caminos y el agua corre como la sangre de una herida que no se cierra. ¿Todavía estamos así? Sí, todavía. Todavía. No se puede ir a mi pueblo en tren. No tengo trabajo. No llueve tanto como el año pasado, y, de todas formas, aunque lo hiciera vamos sobre aviso. Cierran los parques a tiempo. Tenemos miedo.

Esta vez no he salido corriendo del evento que se celebra en octubre. No he llorado en el metro. No he querido morirme (sólo un rato, dos días después. Como la resaca de una droga sintética). Puedo considerarlo un triunfo en sí mismo, o eso le diré a mi psicóloga la semana que viene y ella lo confirmará. Pero la fecha que cuelga sobre mi cabeza, afilada e indefinida, sigue amenazando la paz y amarga la dulce sensación de victoria.

¿Cuándo? ¿Cuánto? ¿Cuándo dejo de intentarlo? ¿Cuánto es demasiado tiempo? Evito hacerme estas preguntas, las sorteo como escollos en un mar en el que me ahogo, porque tengo que seguir nadando, seguir, seguir hacia adelante, el único camino es hacia adelante. ¿Hasta cuándo? No se sabe. De momento.

En mis turbulentas fantasías (que quizás nunca lleguen a plasmarse en el mundo real), ellos (siempre ellos aunque a veces ellas) nos miran con desprecio, asco y un ligero aburrimiento, como quien detecta gusanos vivos en un paquete de arroz; dicen: «joder, ahora me tocará tirarlo y comprar otro nuevo», porque este paquete de arroz en concreto es totalmente prescindible, hay otros doscientos solamente en una balda del súper que les quede más cerca. En esas mismas fantasías, creo que están convencidos de que no queremos trabajar, de que nuestro objetivo final es que todo esto se vaya a pique, y con eso en mente hablan entre sí de nosotras (aunque, en el fondo, sé que probablemente no estén hablando de nosotras, que ni si quiera piensen en nosotras aunque nosotras nos pasemos la vida pensando en ellos). Y pese a que en el fondo es cierto, si definimos trabajar como ser sumergidas previo acuerdo para extaernos el almidón y después escurridas, hervidas, aliñadas y machacadas por sus malditos dientes, pero no tan cierto si definimos trabajar como existir en el mundo aportando nuestro granito de arena a un proyecto común, sea cual sea... Yo me descubro más enamorada que nunca del oficio que afilo, y si amas algo deseas que no se termine nunca la relación que os une, el vínculo que os mantiene funcionando en simbiosis, pese a todo. Pero por encima del pese a todo, amar, o la definición de amar en la que creo, significa cuidar el uno del otro y currárselo para que la vida sea compatible con la relación. ¿Creéis que si no me importara, si quisiera que todo esto se vaya a la mierda, me pasaría la vida intentando que sea mejor? Los que no amáis este oficio, dejadme que os diga, sois vosotros.

Nado. Por primera vez en todo el año (se dice pronto) tengo tiempo libre. He decidido que así sea. No podía continuar mi camino hacia los lugares a los que me dirijo con toda la carga que me impuse llevar a cuestas. Hay cargas imprescindibles y cargas innecesarias y también otras, como ésta que me he quitado del medio, que me empujan en dirección contraria. Porque al sitio al que voy se llega nadando y una mochila demasiado pesada me arrastra hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo. Y toda la fuerza la empleo en no hundirme. En lugar de en ir hacia adelante.

Tengo tiempo libre y nado. Nadar es leer, hacer recados, pasear y beber con amigas y tintarme el pelo. No me tintaba el pelo desde los veinte años. Y de camino hacia la peluquería, pienso. Me permito fluir en el agua, ligera. No me estoy leyendo ninguno de mis libros pendientes. Abandonados desde diciembre, se resignan. Leo lo que se me ocurre, lo que se me cruza, lo que me apetece. No voy a seguir ni una lista más de cosas que hacer en mi tiempo libre. Ninguna. Lo juro.

Nadando me descubro fértil. ¿Qué puede crecer en un cerebro embotado, concentrado y con prisa? Nada.

Parece obvio, pero, a la hora de la verdad, las cosas más obvias son las que más pasamos por alto. Mi mentora actual de dibujo dice: «common sense is not common practice». La adoro. Estoy segura de que cree que soy un desastre, y quizás lo sea. Quizás lo sea. Pero este desastre está aprendiendo, está creando, se expande.

He decidido que no quiero más cursos. Estoy cansada. Estoy harta. Estas dos últimas se parecen pero no son iguales, y se dan las dos al mismo tiempo. Estoy exhausta porque llevo desde enero sometiendo a mi creatividad al expolio, al extractivismo más neoliberal y salvaje, y aunque está surtiendo efecto (si lo hacemos es porque funciona) no puedo seguir cavando en el mismo pozo si pretendo obtener tierra seca de sus entrañas. Hay que oxigenar, poner en barbecho, recuperarse un poco. Y, por otra parte, estoy completamente saturada de miradas externas. Cuántos ojos afilados durante estos años, cuántos métodos que confrontan al mío, sea cual sea (ninguno). ¿Es que no sé hacer nada sin saber de antemano que alguien vendrá a mirarlo y me confirmará si es malo o es bueno? ¿Dónde está mi propio criterio? ¿Por qué esta falta de confianza, esta necesidad insaciable de calificar la belleza que producen mis manos? He aprendido muchas cosas este año. Cómo se camina. Pero veo allá, más cerca que lejos, el siguiente sendero al que deben dirigirse mis pasos: he de aprender a caminar sola. Apreciar mi contoneo sin juzgarlo, instruirme en mi velocidad, inclinación y postura. Cerrar los ojos, abrir los brazos, dejarme caer hacia atrás... Y cogerme.

Me aproximo a la escritura de nuevo. Aproximarse no es un término que use a la ligera. Aproximarse, no acercarse, restándole naturalidad al acto a través del uso del registro formal. Me aproximo, titubeante, como si no hubiese pasado tres años buceando en esta actividad (actividad: formalidad, de nuevo) y convirtiendo ese agua en mi nuevo aire, transformando mis pulmones de dibujante en branquias de persona que escribe. Doy un paso y luego otro, consciente hasta el extremo de lo frágil del terreno que pisan mis pies, un puente de madera vieja al que le he apañado los rotos con el primer par de tablones que he encontrado. Ya no tengo la seguridad de hace un año, cuando corría en el aire sin mirar hacia abajo, inconsciente de que el suelo se había acabado, presuponiéndolo, como el personaje de un gag de dibujos animados que continúa su persecución sin darse cuenta de que no hay nada que le sostenga desde hace rato. Hasta que se da cuenta. Y entonces plof. Fíiiiiiiiu. Cataplam.

Las leyes internacionales de clasificación por edades de series de animación constituyen que, en productos para niñes de hasta doce años, los personajes pueden recibir violencia física, lo que incluye golpes, caídas, ataques de arma blanca, pero esta violencia no puede tener consecuencias. Esto quiere decir que el personaje se cae desde gran altura en el aire y se estampa, pero no sangra, se levanta y sigue caminando. Mi vida debe de tener esta clasificación. No ha sido un año fácil, pero tengo suerte.

Me aproximo a la escritura y lo único acerca de lo que soy capaz de escribir es acerca de la aproximación misma. El recurso más vago, la idea más trillada, escribir sobre escribir, sobre el propio proceso de lo que se está haciendo. Ya es mucho. Ayer me empecé un libro, un libro sin dibujos, y no sé si podré acabarlo, porque mi tiempo ya no me pertenece (no del todo), y eso, aunque no lo parezca, es una buena noticia. El mundo está roto. No quiero ser una cínica, simplemente es que la escritura es para mí un espacio repleto de melancolía.

Sin lima

En 2014 dejé de escribir. Pasaba por un período depresivo (He vivido tres; éste fue el segundo) y me encerré en mí misma durante muchos meses. Siempre he odiado mi cara y también me he hecho muchas fotos, todo en pack. Me fotografiaba constantemente desde el ángulo más adulador e intentaba convencerme a mí misma de que mi cara era esa y no otra, de que no existía aquello que me incomodaba y cuyo rastro procedía sistemáticamente a borrar sin pararme a mirarlo dos veces. Durante ese período depresivo la distancia apática que me separaba del mundo no sólo me anestesiaba de la alegría, sino también del dolor. Eso me permitió atreverme a mirar algunas cosas de frente, sin evitar ningún ángulo potencialmente hiriente; un trabajo que había estado posponiendo indefinidamente durante la mayor parte de mi vida. Escribir siempre había sido para mí una forma de limar la realidad, de desbrozar el caos y estetizar la desgarradora aleatoriedad con la que las cosas sencillamente suceden. Pero entonces decidí prescindir de la lima, y, amparada en la apatía, atreverme a mirar a la realidad de frente, la realidad cruda. Recuerdo uno de los pocos días en los que me hice fotos durante aquel periodo. Me propuse esforzarme en salir mal, elegir los peores ángulos que evitaba automáticamente. Quería ver qué pasaba, explorar un territorio desconocido y averiguar si era capaz de soportar las versiones incómodas de mí misma. Aprendí que la incomodidad cruda, sin filtro y sin limar, no era únicamente tolerable una vez la miraba durante el suficiente tiempo como para acostumbrarme a ella, sino que también era fascinante. A pesar de lo desagradable de aquel encierro, extraje de él cosas buenas que todavía me acompañan hoy. Al final, conseguí encontrar un camino y salí del letargo. Pero no volví a escribir hasta mucho tiempo más tarde.

*Publicado originalmente el 26 de marzo de 2023

Hodně štěstí, zdraví (feliz cumpleaños)

M y yo entramos en silencio a casa de Vilém. Caminamos de esa forma ridícula como de peli de espías que usa la gente cuando no quiere hacer ruido, para evitar tropezarnos con alguno de todos los trastos desperdigados por el pasillo. Las niñas duermen. La casa está a oscuras, salvo por la luz de la cocina. La mujer de Vilém vuela en ese momento en un avión hacia Praga, tumbada en una camilla, y está a punto de morirse. No sabemos qué le pasa. Algo neurológico. No nos lo ha dicho él. A M se lo dijo Pedro, y a mí me lo dijo M. Hemos venido a su casa para vaciar la despensa. Vuelan a Praga de urgencia, muy temprano, al día siguiente. Sólo ida. Él y las niñas, y un par de maletas, supongo. El resto sobra.

Hace dos semanas, almorzaba con M y sus colegas del curro, entre ellos Vilém. Era su cumpleaños y alguien había traído una vela para clavarla en una de las mini-magdalenas que el camarero, Fermín, nos trae siempre con el café. Fermín nos trae todos los días las pulguitas, los cafés con las magdalenas y chistes malísimos que tenemos que traducirle a Vilém: «Escuchen, chicos, estoy más agobiao que spiderman en un descampao». Vilém no habla español, solamente checo e inglés, y M y el resto le estaban enseñando a decir «Eso tu madre». Su mujer se puso enferma de repente. Hace un mes alguien le llamó para decirle que su madre, a tres mil kilómetros de distancia de Tenerife, tenía metástasis. Entre esos dos días, apretado como dentro de un sándwich, su cumpleaños. «¿Cómo se canta cumpleaños feliz en checo?» «Hodně štěstí, zdraví» «¡Jodnesteeeeeetiiiii estraaaavííiiiiiiii, Jodnesteeeeeetiiiii estraaaavííiiii, we wish you dear Vilém, jodnesteti estraví!». Risas. «Yeah, you guys, you are doing a pretty good job».

Vilém abre todos los cajones y nos enseña envases de comida. Hablamos con susurros. «Yes, we can use that». Todo, lo queremos todo, dánoslo todo, no vamos a rechazar nada, ¿Cómo vamos a rechazar nada? «I bought this in Praga, it’s cinnamon» «OK, we like cinnamon». Otro pequeño envase más a la bolsa. Nos regala estrellitas de pasta para la sopa, cajas de helados, chocolate. Puedo visualizar a las niñas con la boca manchada de sándwich de nata después de comerse una sopa. La casa huele como huelen las casas donde viven niños pequeños. Hay dibujos colgados con imanes en la nevera. Llegaron hace tres meses. Tres meses nada más. Tienen seis y cinco años, son delgadas y muy rubias, como Vilém, y no saben decir nada en español, sólo «Hola» «Muchas gracias» y «Tortilla de patatas». ¿Qué recordarán estas niñas de la isla cuando sean mayores? ¿Qué les habrá dicho Vilém sobre su madre? ¿Cómo les dices a tus hijas algo así? ¿Cómo te mantienes en pie?

Vilém hace bromas en su perfecto inglés y nosotros respondemos con otro inglés, uno fragmentado, macarrónico. Toda la fluidez que pudiésemos haber ganado en los últimos meses nos la quita la situación. Estamos incómodos, no sabemos qué decir, cómo ayudar, más allá de no hacer ruido y decir a todo que yes, yes, of course we want two bags of potatoes. Nos habla desde la tranquilidad más absoluta. Nos habla como supongo que habla a sus hijas, controlando la situación, calmándonos. Calmándonos a nosotros, que estamos cagados de miedo porque nos hemos encontrado a la muerte mirando a un amigo y tememos decir algo inadecuado para la gravedad de la circunstancia. Visualizo a Vilém dentro de un sándwich de niñas rubias, desgarrarrado por dentro mientras les dice que no pasa nada, pero sí pasa, que todo va a ir bien, pero no va a ir bien, mientras les ata las zapatillas de sus pequeños pies, llorando cuando no mira nadie, pensando qué hacer con el alquiler, pensando qué decir en la empresa, pidiendo trabajo remoto y media jornada en la empresa, porque no puede dejar de trabajar ahora que se va a quedar solo con las dos niñas; llevando a cabo la burocracia, eligiendo que la operen en Praga, adelantándose a una posible muerte repentina sin tiempo para salir de España y toda la cantidad de papeleo en el que podría llegar a leerse la palabra repatriación.

«Qué feo, qué feo, qué feo». Lo hablamos con Guillem y Marta en el almuerzo. Qué feo y qué jodido, todo el mundo está de acuerdo, y comentamos una película de Filmin que vimos ayer, qué feo, ¿qué vais a hacer estas vacaciones? Qué feo. Venir a trabajar a canarias durante seis meses, mover de su país a tu mujer, mover de su colegio a tus dos hijas, que no saben decir en español más que hola y muchas gracias y tortilla de patatas, y que tras los primeros tres meses tu mujer se vaya a morir y tengan que mandarla en avión a Praga persiguiendo una diminuta posibilidad de salvarla, y que hayas que irte de nuevo, corriendo, y que tengas que explicarle a tus hijas que su madre se está muriendo y mantener la compostura mientras tu mujer se muere. Llega Fermín con los cafés y las magdalenas. Nos cuenta el chiste del día: «Como dice el presidente de los estreñidos de España, a veces las cosas no salen como a uno le gustaría».

Es absurdo, le digo a M. Hoy le ha escrito a Vilém de parte de los dos. Su mujer murió el viernes. Cuando lo supe lloré. «Es tan absurdo que hace unas semanas le cantáramos cumpleaños feliz y luego su mujer se muera». Y después lloro con el tercer capítulo de The last of us. M me dice que la vida es eso. Sí que lo es, pero es tan absurda... Es absurda la vida y es absurda la muerte, absurda descontextualizada, rodeada de frivolidad, de cosas que hacen gracia, apretada entre cosas que hacen gracia como dentro de un sándwich. Vilém le escribe a M:

«If I only could help the kids to don’t miss her so much...»

M le contesta: «For anything you nerd, we are with you»

«Need*»

*Publicado originalmente el 24 de septiembre de 2023

El redoble

“He tornat a vagar desficiós / Pels carrers del meu poble / Paissatge de grues i pols / Em van ofegant les hores”. Suena una canción de La gossa sorda en mis auriculares, y sus versos narran exactamente lo que estoy haciendo en ese momento. Vagar por mi pueblo. Sentirme ahogada por las horas que parecen no pasar, sino arrastrase lentamente como pequeñas orugas por la corteza de un árbol. No esperaba seguir escuchando La gossa sorda con treinta y pico años. Tampoco los primeros discos de Extremoduro. Ambos grupos se disolvieron hace mucho, sus melodías suenan a un tiempo que ya no me pertenece. Y sin embargo sigo volviendo a ellos cuando los relojes pesan demasiado y el penoso discurrir del minutero no parece estar conduciendo a transformación alguna: este día no va a convertirse en una mariposa que abre sus coloridas alas y me transporta volando lejos de aquí.

Extremoduro, La gossa sorda y todos esos grupos que escuchaba con diecimuchos y veintipocos me despliegan los recuerdos de primera juventud como escenarios de cartón piedra, listos para la representación de una obra que me sé de memoria. Hay una sensación omnipresente en todos ellos, soy capaz de olerla, noto en las encías su sabor a cloro: la expectativa. No recuerdo un solo momento vital de aquella época que no estuviese empapado de este deseo: «por favor, que pase algo». Que no se pareciese mínimamente a un redoble. Y el que no estaba empapado, al menos sí un poco húmedo, de expectación y de ganas. ¿Ganas de qué? De cualquier cosa.

Hay una canción de Rigoberta Bandini, Julio Iglesias, que habla sobre su juventud y contiene la siguiente estrofa, que me pone los pelos de punta:

Tanto trampolín

Tanta percusión

Y nunca saltamos

Impelida por esta manía mía de imaginar videoclips, cierro los ojos y veo, durante los cuatro minutos que dura el tema, un loop de pocos segundos en el que una niña se impulsa para saltar desde un trampolín hacia una piscina, que se corta justo antes de que la niña despegue los pies y vuelve a empezar. Ese pequeño clip ficticio, esta imagen, encapsula perfectamente la sensación de la que hablo.

No esperaba seguir escuchando La gossa sorda ni Extremoduro a los treinta años porque, cuando era más joven, estaba convencida de que en algún momento pasaría algo y de que aquello que estaba viviendo entonces no era más que la antesala de la vida verdadera, un sucedáneo, una tontería en comparación con lo que vendría, que sería olvidada y sustituida por años mejores. La vida antes de ese algo era sólo el impulso, y después vendría el salto.

Hace poco le contaba a una amiga, mientras esperábamos nuestras cervezas en la barra de un bar, que me había dado cuenta de lo mucho que me aburrían antes las fiestas. Que ha sido un descubrimiento tardío, reflexionado, una vez que he aprendido lo que significa pasármelo bien y cómo separar ese brillo del resto de la experiencia. Le conté que he bebido mucho, fumado mucho, besado a gente sólo para que pasase algo, porque me aburría soberanamente y la opción de irme a casa o no salir no la concebía en una etapa tan ligada a la opinión del grupo. De todas formas, no me arrepiento, le dije. De todo aquello que hice por puro aburrirme han quedado anécdotas. Como aquella noche en la que me enrollé con un tío que resultó ser millonario y le mordí tan fuerte el labio inferior que le hice una brecha. Ni si quiera me gustaba especialmente. ¿Por qué hice eso entonces? Para que pasase algo. Para saltar.

Hace un tiempo ya que me siento adulta. Y, aunque han tenido que ver la independencia económica y la convivencia en pareja, la sustancia principal de este cambio ha consistido en comprender que aquello que estaba pasando mientras esperaba o intentaba provocar que pasase algo era lo único que iba a pasar, que la vida era eso; que pasarían más cosas, pero nada extraordinario -pues hasta lo extraordinario se vuelve normal con el tiempo-; y que lo verdaderamente extraordinario era precisamente esa intensidad con la que deseaba entonces, esa furiosa expectativa y las cosas que hacía en su nombre. Que esa parte de mi vida no era ni mucho menos un sucedáneo, sino un ancla, el centro mismo de lo que soy, que se ha construido a partir de ese punto, con los mismos materiales que ya en aquel tiempo me componían, solo que en bruto. Y eso, aunque no podía concebirlo entonces, no era malo. Ya no me aburro, me siento en calma. A veces estoy triste y las horas se arrastran como gusanos, y entonces me refugio en el eco de esas ganas con sabor a cloro y en su banda sonora, sintiendo un pico de nostalgia y preguntándome si, quizás, ese algo aún está por pasar y pasará y se romperá el reloj; y ese pensamiento me alivia, me arropa, me mece un rato. Como lo hacía antes.