Sin lima
En 2014 dejé de escribir. Pasaba por un período depresivo (He vivido tres; éste fue el segundo) y me encerré en mí misma durante muchos meses. Siempre he odiado mi cara y también me he hecho muchas fotos, todo en pack. Me fotografiaba constantemente desde el ángulo más adulador e intentaba convencerme a mí misma de que mi cara era esa y no otra, de que no existía aquello que me incomodaba y cuyo rastro procedía sistemáticamente a borrar sin pararme a mirarlo dos veces. Durante ese período depresivo la distancia apática que me separaba del mundo no sólo me anestesiaba de la alegría, sino también del dolor. Eso me permitió atreverme a mirar algunas cosas de frente, sin evitar ningún ángulo potencialmente hiriente; un trabajo que había estado posponiendo indefinidamente durante la mayor parte de mi vida. Escribir siempre había sido para mí una forma de limar la realidad, de desbrozar el caos y estetizar la desgarradora aleatoriedad con la que las cosas sencillamente suceden. Pero entonces decidí prescindir de la lima, y, amparada en la apatía, atreverme a mirar a la realidad de frente, la realidad cruda. Recuerdo uno de los pocos días en los que me hice fotos durante aquel periodo. Me propuse esforzarme en salir mal, elegir los peores ángulos que evitaba automáticamente. Quería ver qué pasaba, explorar un territorio desconocido y averiguar si era capaz de soportar las versiones incómodas de mí misma. Aprendí que la incomodidad cruda, sin filtro y sin limar, no era únicamente tolerable una vez la miraba durante el suficiente tiempo como para acostumbrarme a ella, sino que también era fascinante. A pesar de lo desagradable de aquel encierro, extraje de él cosas buenas que todavía me acompañan hoy. Al final, conseguí encontrar un camino y salí del letargo. Pero no volví a escribir hasta mucho tiempo más tarde.
*Publicado originalmente el 26 de marzo de 2023
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