Danza
Hace unas semanas, pasé por un bazar a comprar algunas cosas que me faltaban para un proyecto del trabajo. Sorprendentemente grande, plagado de estanterías y abarrotado como lo estaría un templo en honor al horror vacui, en él me recibe una persona que leo como china, con las dos manos reposando detrás de las caderas, que sostienen una postura impecablemente recta. Tras preguntarle si me puede ayudar, se dispone a acompañarme al pasillo 1B. Se dirige hacia allí girando sus hombros casi ciento ochenta grados, apoyándose en su pie derecho. Cuando llega a la altura del pasillo donde está el alambre que necesito, lo rebasa un par de pasos más para después volver a girarse como si tuviera un resorte dentro, y me señala el producto con la mano izquierda. En su particular coreografía, la mano derecha no se separa de su cuerpo en ningún momento. Mientras me entretengo en evaluar qué tipo de alambre me viene mejor, él espera paciente. No escudriña mi proceso de decisión, pero tampoco aparta la mirada hacia otro sitio. Tras mirar un par, me doy cuenta de que no tengo un criterio formado respecto a la elección de alambres, y vuelvo al primero. Cojo un par de rollos y le miro esperando alguna reacción. Él, sin cambiar la expresión, dice de manera solemne «Este es el mejor». Emprende la marcha de vuelta a la caja. A estas alturas, no puedo evitar fijarme. En sus pies, unos zapatos blancos impolutos, con algún detalle en azul marino y marrón piel. Viste unos pantalones vaqueros cortos con el camal doblado, que dejan ver unas piernas claras y sin pelos. Arriba, una camisa a cuadros, bien remetida en los pantalones. No hay ni una sola línea que no esté completamente equilibrada respecto al resto. Atraviesa el mostrador, que todavía conserva el metacralito de la pandemia, ahora ya ajado y repleto de pegatinas de cromos de fútbol. «Perdona, ¿me puedes hacer factura de esto?», a lo que contesta afirmativamente mientras se escucha el ruido de las teclas, al que le sucede el de una pequeña impresora. En el lado derecho del mostrador, entre la torre del ordenador y una pila de cajas de plástico, hay una serie de libretas con el lomo apuntando hacia el techo. El chico, con un movimiento lento, pasa la mano por encima, comenzando por la izquierda. Los dedos de la mano sobrevuelan las libretas como sobrevuelan las gaviotas el mar, generando una ilusión de quietud. En el momento justo, caen con precisión, afectadas de nuevo por la gravedad. Dirigiéndose hacia mí, coge la libreta con ambas manos, sosteniendo los lados entre los dedos índice y pulgar, ayudándose del corazón. Mientras descienden a la superficie, los dedos índice alzan de nuevo el vuelo y quedan apuntando a mí; mientras tanto, los otros dos ejercen una pequeña presión combando ligeramente la libreta. Ésta es la primera parte que toca el mostrador, e inmediatamente los dedos corazón se elevan para dejar lugar al resto. Tiene una tapa de cartón donde se lee claramente «FACTURAS». La abre pasando por el lado corto superior. Arranca el ticket y lo trae. Amansando con dos dedos su plegarse rebelde, comienza a pasar los datos: número de factura, artículo, precio. Al terminar, me ofrece la libreta junto a un «Por favor» que adquiere sentido cuando veo el resto de datos sin completar. Es mi turno. Mientras pongo el CIF de la empresa y la dirección, no puedo dejar de mirar de reojo los movimientos del chico. Arranca una bolsa pequeña y la sacude en un movimiento firme, llenándola de aire. Mete los rollos en ella y la deja cerca mía, haciéndola aterrizar tan suavemente que me parece que el tiempo se dilata tanto más cuanto se acerca la bolsa al mostrador. Acabo con los datos y no hace falta que se lo diga: en algún momento ha cogido el sello y está listo para estamparlo en la factura. Procede. Deja el sello. Ahora, con minuciosa atención, dibuja una recta con los dedos aplicando presión sobre la línea de puntos. Nada más acabar, hay un cambio brusco en el ritmo. Arranca las hojas con un movimento rápido y seco; de manera casi impercetible, lo acaba con un pequeño chasquido en los dedos que separa la copia de carbón del original. Deja la libreta en el mostrador y me ofrece mi parte. Tardo un par de segundos en reaccionar, pero cojo la hoja. Él cierra la libreta y, entonces, posa en ella todos los dedos de la mano excepto los meñiques. Hay una pausa que clama silencio. Un artesano respeta a sus herramientas y las trata con cariño. Con la mano derecha, repasa la libreta para que la superficie quede uniforme, y la lleva de nuevo al hueco de donde proviene. En ese momento, mientras está levantando la mirada, oigo un «Gracias». Lo pienso ahora y no estoy seguro de si se dirigía a mí o era la palabra que concluía el ritual. «Gracias» es mi respuesta. Pero mi palabra no quiere ser de conclusión. Estoy de alguna manera hipnotizado por sus ordenados movimientos y aún ni he cogido la bolsa. Por primera vez, noto un desajuste, una pequeña vacilación. Se produce cuando ya ha vuelto al lugar en que estaba cuando entré a la tienda, de nuevo con las manos tras la espalda baja. Hay una mínima intención de inclinarse hacia delante que es rápidamente neutralizada, como una vieja costumbre que todavía pervive correción tras corrección. Noto que detrás mía hay otra persona que ha entrado a la tienda. Se saludan y le pregunta por una bombilla. Él se dirige al pasillo 2A. Yo le sigo con la mirada, pero ya no está bailando para mí.