El escritorio de McAllus

FantasíaUrbana

El día estaba nublado y la humedad del ambiente se pegaba a la piel de Miguel mientras trabajaba en el jardín. Había pasado muy mala noche, atormentado con sueños poblados de guerra, enfermedad, hambre y muerte. Con todo lo malo que se veía en las noticias, no le extrañaba ver eso mismo cuando cerraba sus ojos.

Sintió un pinchazo en la mano y vio que había estrujado una de sus amadas rosas. Suspiró y se levantó dejando los aparejos de jardinería allí mismo.

—Me haré una tila —dijo, caminando hacia la casa.

—¿Y harías otra para tu hermana?

Se giró rápidamente y miró a la joven de ojos celestes, reflejo de los suyos. Ella tenía una larga melena rubia que le caía sobre los hombros, un marcado contraste con su propio cabello corto y despeinado.

—¿Qué haces aquí, Ariel?

—Llevabas demasiado tiempo desaparecido, estábamos preocupados —La mujer se le acercó—. Me ha costado mucho encontrarte. Tienes una casa preciosa.

—Podías haberlo tomado como una señal de que no quiero saber nada de vosotros.

—¿Qué te hemos hecho para merecer esto?

—Lo que padre me obligaba a hacer cuando estaba a sus órdenes —Le puso la mano en el pecho— Será mejor que me digas como me has encontrado, después te marcharás y no volverás a buscarme.

La joven apartó el dedo con suavidad y fijó su mirada en la alianza que llevaba en el dedo.

—Tengo órdenes de llevarte conmigo —replicó sujetando la mano de su hermano entre las suyas— Ven conmigo ahora y no diré que te has casado.

Se miraron fijamente a los ojos. Miguel se separó de ella bruscamente y comenzó a caminar en círculos por el jardín frotándose la cara con ambas manos. Su hermana lo seguía con la mirada en silencio. Tras unos minutos fue a decir algo pero Miguel se adelantó.

—¿Me queréis de vuelta para lo que imagino?

—Sabes perfectamente que sí. Por favor, hermano, no te hagas más de rogar.

En ese momento un autobús escolar paró delante de la casa. Dos adolescentes se bajaron y tras despedirse, una de ellas se dirigió hacia el jardín. Miguel se fijó en como su hermana miraba de arriba a abajo a su hija abriendo los ojos de par en par.

—¡Has tenido una hija! —gritó, girándose hacia su hermano.

—¿Papá, que pasa?

—Entra en casa, Carol —respondió apartando a su hermana del camino—. Luego te lo explico cuando termine de hablar con esta inoportuna y maleducada visita.

Cuando la chica entró en la casa, se acercó a hasta estar casi tocándola. Su hermana no pudo evitar dar un paso hacia atrás.

—Si juras no decir nada y dejar a mi hija en paz, me iré contigo después de hablar con ella.

—¿Qué no diga nada? ¿Estás loco?

Pegó su rostro al de ella.

—Me necesitáis. Los cuatro están despertando, lo he visto.

—Estás en lo cierto pero esa abominación que has traído al mundo no puede seguir existiendo.

Miguel tensó los hombros y empujó a su hermana, que se precipitó contra el suelo. Tenía la respiración acelerada.

—Si tú o cualquiera de los otros se acerca a mi hija, morirá —cuando la señaló lo hacía con una espada de fuego que había aparecido de la nada— Estaba dispuesto a acompañarte pero ahora, con inmenso dolor, debo rechazarte. Vete y no me busquéis de nuevo.

—Miguel, por el amor de Padre, tú has cazado a esos engendros desde que cayeron el Lucero del Alba y sus seguidores.

—Te lo repito, Ariel, vete ahora y olvidaos todos de mí —Sus ojos estaban vidriosos.

—El apocalipsis va a empezar y tú traicionas al Cielo y a nuestro Padre —la mujer se levantó despacio sin apartar la vista de la hoja llameante— Puede que la lucha contra el infierno nos tenga ocupados un tiempo pero al final nos ocuparemos de ti.

Ariel desplegó unas alas emplumadas blancas desde su espalda. Estaba diciendo algo más aunque su hermano ya no la escuchaba. Se lanzó sobre ella y de un solo golpe de su espada la decapitó. Un destello cegador llenó toda la manzana durante unos instantes. Donde había estado su hermana solo quedaban cenizas.

La espada había desaparecido cuando se giró hacia la puerta que Carol abrió. Se secó las lágrimas que recorrían sus mejillas. La presión en el pecho era casi insoportable cuando habló, lo hizo con apenas un hilo de voz.

—Hija, empaqueta lo esencial. Tenemos que irnos.


Para la semana 22 del taller de escritura de 2024/2025 debíamos escribir un relato sobre un personaje en medio de un conflicto. Siempre ando rondando en la cabeza escribir sobre fantasía urbana actual y me ha vuelto a salir algo con esa inspiración. Esta historia me gustaría recuperarla... Como tantas otras.

#TallerDeEscritura #Relato #FantasíaUrbana

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Zacarías estaba echado contra la pared de un sótano con las piernas cruzadas. Su hija Nora descansaba sobre su regazo. La niña pesaba tan poco y respiraba tan despacio que casi parecía una muñeca. La vida abandonaba sus cuerpos de forma inexorable. Estaban hambrientos y llevaban ya varios días sin agua. Escapar de los caníbales que asaltaron su refugio les había dejado exhaustos y sin provisiones.

Acarició el pelo rubio y quebradizo de su pequeña. Solo podía rezar para tener fuerzas suficientes para enterrarla.

—Daría lo que fuera para que hubieras crecido en un mundo seguro como yo —Agarró su manita—. Cualquier cosa.

De pronto le llegó un aroma a hierba mojada y flores. El aire enrarecido del lugar desapareció, sustituido por una suave brisa que transportaba un embriagador aroma. La temperatura subió hasta la de un cálido día de primavera. Miró a su alrededor. El suelo del sótano estaba cubierto por completo de césped y gruesas enredaderas habían cubierto las paredes y no era capaz de ver ni el lugar por donde habían entrado.

Una mujer estaba en el centro de la sala. «Ya está. He muerto». Quería ver como estaba su hija pero no podía apartar los ojos de la recién llegada.

Miraba hacia el suelo pero pudo apreciar la cantidad de arrugas que recorrían su rostro. Su cabello caía como una cascada hasta casi rozar el suelo, parecía estar formado por hilos de plata y oro. Parte de su melena cubría sus pechos, aunque dejaba ver sus hombros desnudos y una barriga llena de estrías. Llevaba una falda larga hecha de diferentes flores. Sus pies desnudos eran lo único que se movía en ella, apretaba con los dedos la hierba bajo ellos.

—¿Qui… qui… quien eres?

—¿De verdad harías cualquier cosa por una vida mejor para tu hija? —La voz de la mujer parecía venir de todas partes. Zacarías sintió como si una suave brisa de mar le rozara la piel.

—Sí.

Ella levantó la cabeza. Un escalofrío le recorrió la espalda. Los ojos que le devolvieron la mirada no tenían pupilas. Eran por completo del color de la arena de una playa tropical.

Se acercó a él caminando de forma que más que andar parecía que se deslizaba por el manto vegetal. Cogió a Nora en brazos sin que Zacarías pudiera hacer nada para resistirse. La llevó al lugar donde había aparecido. Le dio un beso en la frente. La niña recuperó de inmediato el color en sus mejillas. La musculatura y la grasa perdida desde los días del apocalipsis regresó a su cuerpo. La dejó en el suelo.

Zacarías la vio sonreír. No recordaba la última vez. La mujer le puso la mano en el hombro a Nora. Esa sonrisa quedó capturada en la estatua de piedra verde brillante en la que se había convertido.

—¿Qué has hecho? —gritó.

Intentó levantarse, pero cayó de lado. La mujer se acercó y le ayudó a sentarse. No le quedaban fuerzas, estaba a su merced.

—En ese estado tu hija estará a salvo —dijo, acariciándole la mejilla— Necesito que hagas algo por mí. Regresa victorioso y tendréis un hogar perfecto para siempre.

—¿Qué puedo hacer yo por ti? —preguntó. Estaría llorando si quedara algo de humedad en su cuerpo.

—Estoy atrapada. Estoy usando mis últimas energías para poner en marcha mi rescate.

Le dio un beso en la frente. Al igual que había ocurrido con Nora la salud regresó a él. Corrió hasta la estatua y la abrazó, llorando.

—Dime dónde tengo que ir a buscarte.

—No lo sé —respondió, con la voz muy baja.

Se giró y la vio de rodillas moviendo las manos. Unas enredaderas dejaron libre la entrada.

—Cuando cruces la puerta, el sótano quedará sellado —hablaba tan flojo que tuvo que acercar su oído a la boca de la mujer— Fuera te espera mi única aliada. Juntos debéis averiguar como salvarme.

Iba a hablar pero ella le puso un dedo helado en los labios.

—Ya no me quedan fuerzas. Ve, pues ahora eres mi último druida.

La mujer estalló en cientos de pétalos de amapola.

Se levantó y le dio un beso en la cabeza a la estatua de Nora. Abandonó el sótano. Las enredaderas agarraron los escombros del sótano y cubrieron por completo la entrada.

Salió al exterior. Miró a su alrededor buscando a la persona que le ayudaría. Quedó paralizado al ver a un loba que le miraba fijamente subida al esqueleto de un coche.

—¡Venga ya! ¿Una loba? ¿En serio?

—Sí y más vale que espabiles. Tenemos mucho trabajo para rescatar a Gaia —respondió la loba con una voz grave de mujer.


Para la semana 33 del taller del año pasado teníamos que crear unos cuantos títulos y elegir uno de ellos para escribir un pequeño relato. En mi caso aproveché para empezar a escribir una de esas ideas que estaban en mis notas como dos líneas desde hace tiempo. Me gustaría haber seguido con esto pero estoy atascado en tantos frentes que ha quedado olvidado.

Si tenéis curiosidad estos son los otros títulos que se me ocurrieron:

  • Una mente atormentada
  • La búsqueda de la verdad o como no llegar nunca a la meta
  • Todo lo que siempre quiso saber sobre como cortejar a una alienígena
  • Nora

#TallerDeEscritura #Relato #FantasíaUrbana #Postapocalíptico

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Protectoras secretas del mundo

Daenys era una gata carey de pelo largo y 10 años a la que le encantaba tumbarse en la mesa de mármol del balcón de la casa de su hermano.

Su hermanastra Gala, también carey pero más oscura y de pelo semilargo, estaba en ese momento liándola con una pelota en uno de los cuencos de agua que les tenía su humano repartidos por la casa.

Salvo por el ruido de Gala era una noche tranquila. Su humano llevaba ya un buen rato durmiendo cuando de pronto la Luna se volvió completamente roja, aunque solo los felinos podían verla de ese color.

Daenys no pudo evitar que se le erizaran todos los pelos del lomo mientras se ponía en pie estirando todas sus articulaciones.

– Galadriel – le maulló a usando su nombre completo – Ha llegado el momento de cumplir el destino que la Gran Madeja nos tiene preparado.

Gala se giró hacia ella con la cara llena de gotas de agua.

– Nuestro humano se va a preocupar mucho si no nos encuentra cuando despierte.

Gala era demasiado sentimental, aunque realmente Daenys sentía lo mismo no pensaba decirlo en voz alta.

– Hechízale para que duerma hasta tarde mientras yo conjuro el portal – le ordenó Daenys – Quizás estemos de vuelta antes de que despierte.

Gala se giró despacio y por sus orejas gachas tenía claramente que ellas o alguno de los compañeros con los que se reunirían para la lucha no regresarían de esta misión.


Este ejercicio es del taller de escritura intensivo que hice en 2024, mi retorno a la escritura creativa. A partir de unas preguntas aleatorias teníamos que empezar un relato. En mi caso tiré por esa pregunta que encabeza el artículo y quería haber extendido este trasfondo pero al final, como siempre el tiempo me come y se convirtió en otro proyecto abandonado.

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