El escritorio de McAllus

Blog personal centrado en mis hobbies (principalmente escribir, leer, rol y videojuegos)

Dejé de llorar a los seis años. No tardé mucho más en aprender a ponerme delante de mi hermana, antes que él cruzase la puerta de nuestra habitación. Hoy, con las manos manchadas de su sangre, me siento libre al fin.


En el programa de radio La Versalita de Canal Sur cada semana proponen una cita de un autor o autora para que los oyentes manden un texto de hasta seis líneas para que algunos de ellos los lean en el programa. Podéis escuchar el de esta semana aquí con Cervantes como tema central.

Me tiré más de una página de mi libreta pensando, escribiendo y tachando hasta que llegué a ese texto, que por una vez me gusta como quedó. Ojalá las próximas semanas las citas también me encajen y pueda hacer algo digno de ser enviado.


Imagen de una televisión cartoon en la que se ve dentro a un hombre con una máscara de borderlands vestido de camisa con las manos cruzadas bajo la barbilla. A ambos lado de la mesa hay diversas figuras y en el centro de la mesa hay una agenda y una libreta. En la esquina superior izquierda aparece el texto El escritorio de McAllus y en la parte superior derecha un montón de dados enmarcados

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La Luna derrama un torrente plateado sobre las calles de la pequeña ciudad olvidada, bañando la piel de porcelana de una joven con el cabello más negro que la noche. Pasea, solitaria, entre los jazmines y el murmullo del río.

A su paso, se encienden las luces de las casas y se oyen conversaciones de tiempos lejanos. Cuando atraviesa la Plaza Mayor, el sonido de una guitarra rasga el aire y un canto profundo se eleva hacia el cielo.

Nuestra doncella llega al linde del asentamiento, desde donde se ve toda la comarca. Unas lágrimas resbalan por sus mejillas, mientras espera junto al camino empedrado.

No lo sabe, pero su amor nunca volverá. Y cuando el Sol mande a dormir a la Luna, ella se desvanecerá, para regresar, en su paseo eterno, la próxima noche.


En la semana 12 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 debíamos escribir un texto homenaje a Lorca… reconozco que nunca he leído a este clásico, algún día intentaré ponerle remedio. Para poder solventar ese tema me puse a buscar en internet sobre los temas que escribía el autor.

Usé alguna de la simbología que se puede ver por la obra de Lorca y a partir de eso tiré para escribir un relato a mi estilo. A ver que os parece. También he intentado hacerlo un poco más poético de lo que suelo escribir.


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Salí a dar uno de mis paseos nocturnos que me ayudan a dormir. No suele haber mucha gente a esta hora moviéndose por la urbanización, pero hoy no había ni un alma.

Elegí bajar por la calle central donde tantos propietarios decidieron plantar jazmín en los patios de sus chalets. Es mi lugar favorito para pasear, pues su fragancia me transporta a la infancia en casa de mis abuelos, aunque hoy lo notaba demasiado tenue.

Las farolas emitían una luz fría y tintineante. Proyectaban sombras siniestras en las que me parecía ver las figuras de amigos y conocidos, largo tiempo olvidados.

Me tuve que frotar las manos y me asusté al ver cómo salía un poco de vaho de mi boca. No tenía sentido, el verano ya estaba muy avanzado. Creo que en ese momento debería haberme dado la vuelta, pero seguí bajando por una calle cada vez menos iluminada, más lúgubre.

Mi paseo terminó cuando, en medio de la calle, vi una grieta de casi dos metros y al otro lado de la misma una piedra, en cuya superficie pude encontrar mi nombre tallado. La escasa luz de las farolas se convirtió en la luz de la lámpara de mi mesita.

Abro los ojos, de regreso en mi cama, apretándome con fuerza el brazo izquierdo que nunca me ha dolido igual. La alarma de asistencia sanitaria de mi reloj se ha disparado y no puedo evitar pensar si, en verdad, quiero que lleguen a tiempo de salvarme.


Para la semana 11 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 debíamos hacer un homenaje a Robert Walser y su obra el Paseo. La verdad es que solo he respetado la premisa en parte: primera persona y alguna cosa mundana al principio. Después me lo he llevado un poco al agobio sin llegar al terror con un final con cierto aire desesperanzador.


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Se metieron en mi vida, intentaron decirme qué hacer, e incluso quisieron encerrarme. Si los hubiera escuchado, quizás no estaría en este callejón con una jeringuilla en el brazo. Mi vida apagándose de manera lenta e inexorable.


Este relato fue también inspirado por una cita de la Versalita, por desgracia no dejé apuntada cual era


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La pequeña se levantó despacio, dolorida y desorientada. Miró alrededor. A varios metros estaban los restos del andén donde esperaba el tren cuando salió despedida por los aires. Veía siluetas grises de personas difuminadas por todas partes: unas de pie, otras sentadas, la mayoría tumbadas. Por más que lo intentaba no lograba distinguir detalles o colores.

—No te preocupes por ellos, Jun —dijo una voz aguda a su lado.

La niña se giró y vio un gato, que en otro tiempo debía ser blanco. No se sorprendía de que supiera su nombre o pudiera hablar. Siempre que veía los ojos de un gato, pensaba que eran criaturas especiales.

—¿Por qué estás tan sucio? —le preguntó.

—¿Y cómo quieres que esté? Llevo horas yendo de aquí para allá, bajo esa extraña lluvia negra que caía hasta hace un momento —respondió alejándose unos pasos de la estación—. Mientras tú dormías entre los escombros, también te has manchado.

Observó sus brazos y su ropa destrozada, y así era.

—Aquí cerca pasa un río, ¿vamos a lavarnos?

—No me gusta el agua, pero tengo que acompañarte. Vamos.

Avanzaron juntos al ritmo lento y doloroso de Jun. Tenían que pararse cada pocos pasos para que ella recuperase el aliento.

—Creo que voy a descansar un poco en este árbol, señor gato —dijo casi sin fuerzas.

Se sentó con las piernas dobladas en posición de loto. Le crujió muy fuerte la rodilla. El gato saltó a sus piernas y se hizo una rosca.

—Cierra los ojos y descansa, pequeña, yo vigilaré hasta que vengan a por ti.

El gato empezó a ronronear. Ella se quedó dormida al instante.

****

Una mano le tocó el hombro y la sobresaltó. Era de la mujer más guapa que había visto nunca. Su piel era tan oscura como una noche sin estrellas. Contrastaba con su cabello gris y el vestido blanco que dejaba al aire sus hombros.

—Siento haber tardado en venir a por ti —susurró—, pero hoy está siendo un día inaudito dentro de la historia de tu especie.

Jun miró sin comprender, aunque aceptó la mano que le tendía. Estaba fría al tacto, pero en cuanto la tocó el dolor, el hambre y la sed desaparecieron.

—¿Puede acompañarnos el señor gato? —preguntó buscándolo con la mirada. No lo encontró, pero lo que si vio fue su propio cuerpo enterrado en los escombros donde se levantó tras volar por los aires.

—Él tiene que guiar y acompañar a muchas otras personas —respondió la mujer—, pero tranquila a donde vas no te faltará buena compañía.

No sabía por qué, pero se sentía tranquila y a salvo por primera vez desde que, un mes atrás, habían comenzado los bombardeos sobre Hiroshima.


Para la semana 7 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 en el ejercicio de casa teníamos que homenajear a Unica Zürn intentando hacer un relato de corte surrealista e incluso añadirle un dibujo propio del mismo corte. En mi caso no cumplí con lo del surrealismo creo que me fui a algo más bien de corte. Como el mes anterior al ejercicio había leído dos libros relacionados con Hiroshima, al final me he llevado el relato a ese lugar y momento. Aquí tenéis mi horrible dibujo.

Dibujo a lápiz de un hongo fruto de una explosión nuclear. De la parte superior del hongo surge una cara de gata. El dibujo está obviamente hecho por alguien que no tiene ni idea de dibujar (yo)


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La galería estaba vacía, olía a cera y madera vieja. Fuera, la lluvia caía sin tregua sobre las losas del patio interior, su murmullo era el único sonido en aquella vieja casa noble.

Yo aguardaba allí por simple cortesía. Venía a dar el pésame a mi viejo amigo y contemplar el cuadro de su prometida. Pero él no estaba presente, tuvo que salir hacia la corte antes de mi llegada. Me encontraba en la coyuntura de esperarle o marcharme cuando vi a un hombre.

No era el pintor celebrado que esperaba encontrar, sino un hombre encorvado, con las manos aún manchadas de pigmento oscuro. Miraba lloroso un lienzo cubierto con un paño negro, como si bajo aquella tela hubiera una herida. Sus labios temblaban.

De pronto, sin mirarme del todo, habló:

—Usted creerá que soy un artista… pero pinté un rostro y le arrebaté la vida.

Quise responder, pero su voz se precipitó, como un torrente febril.

—Era un encargo habitual. Pintar a una joven prometida. Aquello se volvió terrible, mientras la pintaba, sentí que el cuadro no la copiaba… la atrapaba. Cada trazo era un hilo. Cada sombra, un lazo.

Hizo una pausa y se giró hacia mí.

—Me repetía que era absurdo, que el arte no encierra almas, que la pintura es solo color sobre tela —No era capaz de interrumpirle—. Ella enfermó antes de ver el retrato terminado. Murió hace tres noches, mientras yo mezclaba el color para su garganta. Y cuando cubrieron su cuerpo… seguí pintando.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Porque no podía detenerme. Porque necesitaba terminarla. Cuando entregue este cuadro, nadie llorará. Admirarán la obra. Dirán que parece viva. Yo sé que lo está.

Dio unos pasos hacia la salida.

—No volveré a pintar rostros. Solo sombras. Porque cada vez que intente retratar a alguien, sé que veré sus ojos en el lienzo, mirándome, pidiendo salir.

El hombre tragó saliva.

—No es el cuadro lo que me persigue… es lo que he dejado dentro de él.

Se apartó, caminando hacia la puerta como si el aire pesara. No levantó el paño antes de marcharse… y yo tampoco me atreví a hacerlo.


Ejercicio de casa Semana 13 del Taller de Escritura Creativa Librería Luces 2025/2026

Para esta semana del taller de escritura la actividad de casa era hacer un homenaje a Stefan Zweig centrado en la confesión febril de un personaje, el relato enmarcado y el análisis de una obsesión que le nubla la razón.


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Oí que morir no duele. Falso. Llevo días bajo tierra, inmóvil. Siento como los gusanos se mueven bajo mi piel. Temo que este sufrimiento no acabe mientras quede un trozo de carne en mi cuerpo.


Otro de esos relatos que me inspiró la cita de La Versalita. En este caso la frase inicial de mi texto pertenecía a esa cita (no recuerdo si era literal o solo parecida).


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El frío congela las lágrimas Un sacerdote da una misa sin alma Una vida arrebatada demasiado pronto


La cita que transita

Esta es una sección de la radio de Canal Sur que se emite los domingos por la mañana. Cada semana proponen una cita y piden a los oyentes que manden algo que les inspire la cita. La cita de esa semana era:

“Me marché / cuando la belleza huyó / sin la belleza / el resto, estaba muerto.” De “La llama, El legado de Leonard Cohen. (Selección de sus cuadernos)”

En mi caso acababa de perder a un amigo e ir a una misa que me resultó superflua y carente de consuelo, así que el “poema” estuvo marcado por ello.


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En los últimos meses he estado bastante bloqueado a nivel de la novela. Y es que con seis capítulos escritos, unos 30 con sinopsis y, por supuesto, toda la trama planificada me di cuenta de que no me iba a funcionar.

Demasiados puntos de vista y las piezas en el tablero mal colocadas. También me di cuenta de que había algunos fallos de base en la cronología de mi worldbuilding, que me cantó cuando tuve que introducir en la historia las consecuencias de un evento histórico.

He estado reescribibiendo la cronología y ordenando algunas naciones dentro del mapa, ya casi he terminado, y con eso me sentiré cómodo para escribir... porque aunque la mayoría de esos datos no voy a contarlos en la novela, yo necesito que existan.

Y en cuanto a los puntos de vista y como se colocan los personajes en el mapa también los he estado recolocando para que me funcionen mejor. Vosotros no conocéis estos nombres aún pero lo comento para que os hagáis una idea. He adelantado el momento en que se conocen Ansira y Onises (me será más fácil hacer avanzar su relación) o Ansel y Philip (eso también hace mover el inicio de la trama de Ansel).

También he reestructurado cuando Robin se va a ir de viaje y la información a la que tendrá acceso Anastasia desde el principio. Y le he devuelto punto de vista a Gerard, que se lo quité cuando hice la planificación completa de la trama y creo que necesito que tenga unos pocos POV.

El otro gran fallo era el como escribir... He escrito en papel, como siempre desde que empecé en el taller de escritura, pero tengo problemas con donde guardar mis datos del mundo (lo que llamo mi enciclopedia) y donde escribir la novela.

He estado probando alternativas para la enciclopedia: obsidian, wiki y actualmente lo tengo todo en un doc gigante e inmanegable de forma práctica. Creo que descarté obsidian demasiado pronto y estoy pensando en darle otra oportunidad, aunque tiene el problema de que no se sincroniza con dropbox o proton drive pero si con iCloud... Y diréis “pero Isaías si no tienes un dispositivo Apple”.

Pues eso se relaciona con la segunda parte de mi dilema, donde escribir la novela, que de base seguirá siendo a mano pero eso luego tengo que pasarlo a ordenador. Pensaba en escribir la novela usando yWriter pero en móvil/tablet me da muchos problemas sincronizando con lo que tengo guardado en dropbox (que es el sistema que permiten usar para sincronizar). Además, la app tiene graves problemas de usabilidad.

Tengo una licencia que conseguí barata de Scrivener para Windows hace tiempo, y la verdad es que la aplicación funciona muy bien per para móviles solo está para iPad. Entonces estoy pensando en pillar un iPad pequeñito para llevar siempre en el bolso y poder escribir la novela en cualquier momento. Pero sincroniza curiosamente solo con dropbox en lugar de con iCloud y me da miedo que tenga los mismos problemas de conflictos que me da yWriter (aunque Scrivener al menos es muy usable y cómodo con respecto a yWriter).

Entonces si me pillo ese iPad podría usar Scrivener+Dropbox para la novela y Obsidian+iCloud para la enciclopedia... y de paso puedo jubilar mi vieja tablet Android para los viajes, que va ya a pedales y tiene la pantalla rota. No sé, me lo tengo que seguir pensando.


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Carla giró la llave y abrió la puerta. Hacía quince años que no pisaba aquel lugar, desde la última discusión con sus padres. Nunca más volvieron a hablar y ya no podrían hacerlo. Desde que sus padres fallecieron, el mismo día por causas que parecían naturales, ella había retrasado todo lo posible su regreso a la casa donde creció. Al final se plantó allí por la insistencia de su hermana para que recogiera lo que quisiera y venderla.

Entró al pasillo del que salían la cocina, una habitación y un aseo. Entre las puertas de la cocina y el aseo había un espejo barroco de bronce. En el suelo una sábana que debía cubrirlo estaba caída. La recogió y, sin saber por qué, lo limpió. Se vio en su superficie unos instantes, y luego la escena cambió.

Era ella de niña, debía tener cinco o seis años. Corría por el pasillo con una pelota, se paró casi al límite del reflejo y la lanzó hacia el otro lado. Casi pudo escuchar la risa de quien la recibió, quizás Michelle o alguna amiga. Al momento la pelota volvió pero no pudo atraparla y rompió un jarrón que había en una mesita en medio del pasillo. Su madre lo recogió y quitó para siempre esa mesa de allí. Esa fue la última vez que una travesura no se convirtió en gritos.

Parpadeó y volvió al presente. Se fijó en las horribles ojeras que tenía, que ni el maquillaje ocultaba del todo. Siguió recorriendo el pasillo que desembocaba en el salón comedor. El silencio era tan absoluto que casi le dolía. En esa vivienda nunca hubo silencio, ni mucho menos la paz que ahora sentía.

Lo recorrió todo, no encontró ningún otro mueble que no estuviera tapado. Eso seguro que era cosa de Michelle. «Debí venir contigo en lugar de retrasar tanto este momento». Estaba parada en el vestidor de su madre. Toda la ropa estaba empaquetada ya pero el espejo de pie seguía allí. «Que presumida fuiste siempre». Retiró la sábana.

Al mirarse de cuerpo entero por unos instantes se vió muy gorda, pero enseguida se aclaró la vista y volvió a verse tan escuálida como siempre. No pudo evitar recordar los desfiles de modelitos que su madre realizaba para sus hijas, aunque desde que Michelle entró al instituto ya solo desfilaba para Carla. «Eras guapísima. Incluso cuando nos gritabas, lograbas que tu cara no se afease».

De pronto recordó el día que estaba su madre probándose su nuevo vestido amarillo escotado. Su padre apareció, vestido de uniforme, en la puerta del vestidor arrastrando del brazo a su hermana. Venía con su largo pelo moreno despeinado, la ropa desordenada, los ojos vidriosos y las mejillas enrojecidas.

—La guarra de tu hija estaba medio desnuda, comiéndole la polla al quarterback—la empujó al interior del vestidor—. Que, además, es tres años mayor que ella.

Carla recordaba cómo lloró esa noche su hermana, que acababa de cumplir quince años, contándole la manera en que su padre les sorprendió en el coche del chico y se lo llevó arrestado. «Nos quedamos heladas cuando papá nos contó con una sonrisa que el chico se había ahorcado en su celda. Creo que ese fue el día en que la familia se terminó de resquebrajar para siempre».

Cerró la puerta del vestidor y regresó al salón. Sin pensar, le quitó la tela al espejo grande del salón que estaba encima de la tele frente al sofá. Se sentó en un sillón de una plaza, que ocupaba el sitio donde antes había un enorme sofá. Vio que en la mesita, justo delante, había un álbum de fotos con una nota: «Sé que no querrás nada, pero si algo podría interesarte es este álbum. He llorado mirándolo. Llámame cuando acabes.«

Se pasó horas repasando las fotografías. Cuando alguna le traía recuerdos impactantes, levantaba la cabeza y miraba la superficie reflectante. Por algún motivo, así veía más nítidos esos momentos. Recorrer esos recuerdos fue muy doloroso, la mayor parte del tiempo no hubo felicidad cuando sus padres estaban presentes, aunque ellas dos siempre se apoyaron y encontraron las formas de aguantar hasta sus respectivas épocas de universidad.

Cuando la luz ya empezaba a desvanecerse del salón, cerró el libro y levantó la mirada. Vio el reflejo de una anciana sentada en el desaparecido sofá. Estaba muy delgada, la piel se pegaba a sus huesos casi como si no hubiera músculos. La mujer estaba sucia, con el pelo gris quebradizo y los ojos cerrados. El sofá estaba cubierto por los excrementos de la mujer.

Se levantó temblando. Al hacerlo la mujer abrió los ojos y la miró con las pupilas cubiertas de cataratas. Agarró su bolso, el álbum y salió corriendo. Cuando llegó al pasillo no pudo evitar mirar la superficie reflectante cuando pasó por delante. De nuevo estaba allí la vieja pero esta vez de pie y señalándole con el dedo.

Atravesó la puerta de la vivienda y cerró de un portazo. Tenía claro que nunca volvería. Se sentó en el coche y llamó a su hermana con el manos libres.

—¿Diga? —preguntó la voz de Michelle.

—Hola, hermanita —Carla ajustó el espejo retrovisor para retocarse el maquillaje y vio a la octogenaria en el asiento de atrás. Gritó.

—¿Qué pasa, Carla? —Hubo un largo silencio.

—Tranquila —respondió con voz temblorosa—. Estaba sugestionada por los recuerdos y me pareció ver algo en el asiento de atrás. ¿Te importa si voy a tu piso y paso la noche con vosotros?

—Claro que no, ven.

—Estoy allí en media hora.

—Hasta ahora.

Carla arrancó el coche. Cuando unos minutos después entró en la autovía, tiró el álbum por la ventanilla.


Para la semana 3 del taller de escritura creativa 2025/2026 en el ejercicio para casa, debíamos tratar de escribir un relato cotidiano introduciendo temas filosóficos o reflexivos. Nuestra inspiración debía ser Clarice Lispector. La verdad es que no lo he conseguido, pero es que tampoco me esforcé mucho. Al final lleve el relato un poco a mi terreno y escribí un relato tirando un poco al terror psicológico. Aunque aún así creo que dejo el mensaje de que no siempre los padres cuidan a sus hijos como deberían y la importancia de los recuerdos (los que siempre vienen a nuestra cabeza y los más olvidados).


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