El escritorio de McAllus

Blog personal centrado en mis relatos y mis desafíos en el arte de escribir. A veces se colarán frikadas de mis otros hobbies (rol, lectura o videojuegos)

—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


Puedes seguirme en estas redes sociales: Mastodon, Bluesky o Instagram. Este blog está 100% libre de IA generativa.

—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


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—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


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—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


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Ōka Haruhisa estaba sentado con los ojos cerrados en posición de loto. Las puertas de su despacho se encontraban abiertas hacia el pequeño jardín interior. El frescor primaveral de la madrugada le había acompañado durante toda la noche de meditación. Su kimono blanco apenas le había mantenido abrigado, y agradeció los primeros rayos de sol de la mañana sobre su rostro.

Mientras se levantaba, sus veteranas articulaciones crujieron al ponerse en movimiento tras tantas horas. Caminó despacio hacia su escritorio y se detuvo a mirar el cerezo en flor que ocupaba la mayor parte del patio. Al mirarlo su mente viajó muy atrás en sus recuerdos.

Como regalo en la ceremonia del genpukku, su padre le había entregado unas tierras donde construiría su propio hogar para vivir hasta que heredara Eizakura-jō, la fortaleza ancestral de su familia. Su madre le entregó un pequeño esqueje de cerezo que treinta años después, era un árbol maduro como él mismo. Aún recordaba el olor y la textura de la tierra cuando lo plantó con sus propias manos.

Terminó su paseo hasta el escritorio y se sentó de rodillas. Mojó el pincel en tinta y dejó su mano fluir. Leyó los versos, sonrió y dejó el papel de arroz en la mesa.

Caminó por la casa desierta, atravesando todas sus habitaciones. No había pasado una noche allí desde que heredó el liderazgo del clan hacía quince años. Detuvo su deambular junto a la puerta principal donde colgaba el kamon del clan: un kitsune de nueve colas, su pelaje teñido del delicado rosa de los cerezos en flor y del profundo verde del jade.

Salió al enorme jardín, que iba desde allí hasta los muros que aislaban la casa del resto de la ciudad. El viento trajo unas pocas gotas del riachuelo que atravesaba toda la finca. Fue como el abrazo de un viejo amigo. Sin detenerse caminó hacia el pequeño dojo que había en el extremo este.

Dentro ya estaban todos los asistentes a la ceremonia. Al entrar a la izquierda se encontraban Toyozakura Genji y Sakuragawa Haruji, los daimyo de las dos familias vasallas más importantes del clan. Les saludó con una leve inclinación de cabeza, ellos respondieron con una reverencia más profunda.

A la derecha de la entrada se encontraba su hijo Fumabei con su esposa embarazada Masako. Les dedicó a ambos una pequeña sonrisa. La joven apretó con fuerza la mano de su marido. Lamentó que su hija Rikei no hubiera podido dejar sus deberes en las lejanas Ciudades Libres para asistir.

Al fondo de la sala estaba Mitsunaga Hitsuhito, el hijo de la luz, emperador de las tierras benditas por el Sol y las Lunas. Por respeto no miró directamente su rostro pero quiso suponer que compartía la mirada de pesar con todos los demás.

A la izquierda del Emperador, Takemitsu Toki, su viejo compañero de batallas y yojimbo del emperador. Con él sí cruzó una mirada y ambos inclinaron levemente la cabeza. A la derecha del hijo de la luz una mujer de largo pelo blanco con el rostro tapado con una máscara de oni, la Voz del emperador.

Haruhisa alcanzó la esterilla que había por delante del elegido de los cielos y se arrodilló tocando con la frente el suelo. La Voz del emperador habló.

—Haruhisa-sama, estamos aquí reunidos para que pagues por tu fracaso en el ejercicio de tus deberes —su tono no expresaba ninguna clase de sentimiento—. El emperador Mitsunaga Hitsuhito-dono, en su eterna y celestial benevolencia, le permite realizar la ceremonia del seppuku debido a sus anteriores gestas al servicio del imperio.

—Y yo humildemente acepto su benevolencia y agradezco su iluminada presencia.

Se enderezó de rodillas y se giró, dejando a su izquierda al emperador con su séquito y a la derecha a su familia y vasallos. Quedó de frente, contemplando el pequeño altar a la Fortuna de los guerreros. Dejó caer la parte superior del kimono y puso las manos sobre sus muslos.

Toki se situó a su lado, para ejercer de kaishakunin, y desenvainó su katana.

—El emperador quiere que sepas que le desagrada este desenlace, pero es necesario para mantener la paz imperial —susurró su amigo—. Nos aseguraremos de que ningún otro clan intente nada más contra el tuyo.

Haruhisa asintió. El aire se volvió denso, como si el jardín entero contuviera la respiración. Desenvainó el tantō con cuidado reverencial. La hoja devolvió un destello pálido. Reconoció las muescas diminutas del acero antiguo. Había pertenecido a su padre.

Por primera vez, dudó. No del acto, sino de la palabra que le había llevado hasta allí: honor. ¿Era honor aceptar la culpa? ¿O era orgullo disfrazado de obediencia?

El pulso se aceleró y sintió un latido seco en las sienes. Clavó la punta del cuchillo en su abdomen. El dolor fue inmediato, limpio, casi luminoso. Lo deslizó con firmeza, notando como el acero abría no solo la carne, también años de decisiones.

No gritó.

Mientras trazaba el corte, comprendió que el honor no era pureza, sino peso. Y que todo linaje se sostiene sobre sacrificios que nadie celebra.

Cuando el mundo empezó a oscurecerse, sintió el movimiento de Toki a su lado.

Un susurro apenas audible:

—Descansa, hermano.

La hoja descendió.

El cerezo dejó caer un pétalo, que fue arrastrado por el viento sobre el papel de arroz:

Cae la flor. El tronco sigue erguido. No hay regreso.

FIN


Apéndice: Daimyo: Señor de familia o clan Eizakura-jō: Castillo del Cerezo Eterno Genpukku: Ceremonia de mayoría de edad Kaishakunin: Asistente en la ceremonia del sepukku encargado de decapitar al que lo realiza. Kamon: Símbolo familiar (como un escudo heráldico) Katana: Espada larga japonesa. Kimono: vestimenta tradicional. Kitsune: Zorro mitológico de nueve colas Oni: Demonio japonés Seppuku: Suicidio ritual para restaurar el honor. Tantō: cuchillo corto. Yojimbo: Guardaespaldas


Este fue el ejercicio que llevé a clase para la semana 15 del taller de escritura de librería Luces 2025/2026. La verdad es que debíamos homenajear a Katherine Mansfield, de quien solo he leído el relato Felicidad. En este relato sale un peral, que me llevó a un cerezo y a escribir tres páginas de una nación de mi mundo de fantasía que ni siquiera sale en la novela (solo se menciona porque hay un secundario de este país).


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Richard terminó de ajustar las cuerdas de su arpa. Se pasó la mano por su frondoso pelo blanco, como hacía siempre antes de tocar.

Unos bellos acordes recorrieron las hojas de los árboles. Incluso los insectos y animales nocturnos se callaron.

—Amor mío —susurró una voz de mujer.

Una joven vestida con un elegante y vaporoso vestido rojo surgió de la niebla que rodeaba la pequeña colina donde estaba sentado el hombre, apoyado en un enorme y viejo ciprés.

—Qué alegría verte, luz de mi vida.

—Deberías dejar de venir —Se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado—. Sabes que no podemos estar juntos.

—Estos instantes son mi razón de vivir.

Ella sonrió con tristeza y asintió.

—Pues toca para mí la canción con la que me cortejaste.

Él sonrió y, con lágrimas en los ojos, comenzó a tocar la más bella melodía que cualquier ser hubiera oído jamás, y que por siempre sería solo para ella.

—Deléitame con tu bella voz, Kira —le dijo al acabar.

Nuevas notas salieron del arpa para acariciar la noche. La voz de la mujer cantó una letra que habría hecho llorar al mercenario más duro.

Toda la noche se intercalaron canciones alegres, melancólicas, tristes e incluso subidas de tono.

Cuando el sol asomó de manera tímida más allá de las copas, él murmuró:

—Hasta la próxima luna nueva, hermosa guardiana de mi corazón.

—Adiós, amor mío. Ojalá pudieras olvidarme.

—No será así.

—Lo sé.

La mujer se alejó hacia el interior del lugar, perdiéndose en los últimos jirones de niebla.

El bardo bajó la pequeña colina. La niebla ya había desaparecido cuando entró en el familiar camino empedrado. Se acercó a la segunda lápida a la izquierda de la senda y la acarició antes de marcharse. Solo en ese instante los pájaros empezaron a cantar.

En la lápida podía leerse: Kira Warrington 156-173 La luz más brillante y hermosa se apagó demasiado pronto.


Para la semana 2 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 para casa nos mandaron escribir un cuento. Teníamos que tener en cuenta varios conceptos de los cuentos, entre ellos que hubiera una historia «pública» y otra escondida, que puede revelarse al final o solo insinuarse. Yo lo he insinuado y al final he revelado la verdad pero estaba pensando en dejarlo solo insinuado.

La cosa es que esto se me ocurrió yendo en el tren y luego pensé en como integrarlo dentro de mi proyecto del año en el taller, mi novela de fantasía, así que al final escribí una escena donde un personaje le cuenta a su amante este cuento en forma de leyenda porque han visitado el pueblo de donde surgió. Esa escena ya la leeréis en la novela.


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Dejé de llorar a los seis años. No tardé mucho más en aprender a ponerme delante de mi hermana, antes que él cruzase la puerta de nuestra habitación. Hoy, con las manos manchadas de su sangre, me siento libre al fin.


En el programa de radio La Versalita de Canal Sur cada semana proponen una cita de un autor o autora para que los oyentes manden un texto de hasta seis líneas para que algunos de ellos los lean en el programa. Podéis escuchar el de esta semana aquí con Cervantes como tema central.

Me tiré más de una página de mi libreta pensando, escribiendo y tachando hasta que llegué a ese texto, que por una vez me gusta como quedó. Ojalá las próximas semanas las citas también me encajen y pueda hacer algo digno de ser enviado.


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La Luna derrama un torrente plateado sobre las calles de la pequeña ciudad olvidada, bañando la piel de porcelana de una joven con el cabello más negro que la noche. Pasea, solitaria, entre los jazmines y el murmullo del río.

A su paso, se encienden las luces de las casas y se oyen conversaciones de tiempos lejanos. Cuando atraviesa la Plaza Mayor, el sonido de una guitarra rasga el aire y un canto profundo se eleva hacia el cielo.

Nuestra doncella llega al linde del asentamiento, desde donde se ve toda la comarca. Unas lágrimas resbalan por sus mejillas, mientras espera junto al camino empedrado.

No lo sabe, pero su amor nunca volverá. Y cuando el Sol mande a dormir a la Luna, ella se desvanecerá, para regresar, en su paseo eterno, la próxima noche.


En la semana 12 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 debíamos escribir un texto homenaje a Lorca… reconozco que nunca he leído a este clásico, algún día intentaré ponerle remedio. Para poder solventar ese tema me puse a buscar en internet sobre los temas que escribía el autor.

Usé alguna de la simbología que se puede ver por la obra de Lorca y a partir de eso tiré para escribir un relato a mi estilo. A ver que os parece. También he intentado hacerlo un poco más poético de lo que suelo escribir.


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Salí a dar uno de mis paseos nocturnos que me ayudan a dormir. No suele haber mucha gente a esta hora moviéndose por la urbanización, pero hoy no había ni un alma.

Elegí bajar por la calle central donde tantos propietarios decidieron plantar jazmín en los patios de sus chalets. Es mi lugar favorito para pasear, pues su fragancia me transporta a la infancia en casa de mis abuelos, aunque hoy lo notaba demasiado tenue.

Las farolas emitían una luz fría y tintineante. Proyectaban sombras siniestras en las que me parecía ver las figuras de amigos y conocidos, largo tiempo olvidados.

Me tuve que frotar las manos y me asusté al ver cómo salía un poco de vaho de mi boca. No tenía sentido, el verano ya estaba muy avanzado. Creo que en ese momento debería haberme dado la vuelta, pero seguí bajando por una calle cada vez menos iluminada, más lúgubre.

Mi paseo terminó cuando, en medio de la calle, vi una grieta de casi dos metros y al otro lado de la misma una piedra, en cuya superficie pude encontrar mi nombre tallado. La escasa luz de las farolas se convirtió en la luz de la lámpara de mi mesita.

Abro los ojos, de regreso en mi cama, apretándome con fuerza el brazo izquierdo que nunca me ha dolido igual. La alarma de asistencia sanitaria de mi reloj se ha disparado y no puedo evitar pensar si, en verdad, quiero que lleguen a tiempo de salvarme.


Para la semana 11 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 debíamos hacer un homenaje a Robert Walser y su obra el Paseo. La verdad es que solo he respetado la premisa en parte: primera persona y alguna cosa mundana al principio. Después me lo he llevado un poco al agobio sin llegar al terror con un final con cierto aire desesperanzador.


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Se metieron en mi vida, intentaron decirme qué hacer, e incluso quisieron encerrarme. Si los hubiera escuchado, quizás no estaría en este callejón con una jeringuilla en el brazo. Mi vida apagándose de manera lenta e inexorable.


Este relato fue también inspirado por una cita de la Versalita, por desgracia no dejé apuntada cual era


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