El escritorio de McAllus

Blog personal centrado en mis hobbies (principalmente escribir, leer, rol y videojuegos)

El artículo es sin spoilers. Artículo publicado originalmente en mi extinto blog El Laberinto de McAllus

Pues no sabía si escribir este artículo porque la verdad es que parece que decir la más mínima cosa negativa de la película Proyecto Salvación es ser un hater, un gafapasta o simplemente alguien que quiere llamar la atención yendo en contra de todo el mundo. Y nada más lejos de mi intención intentar ser alguien «especial» por ello, la película me gustó. Lo que no quita que el libro sea mejor para mí, o diferente si lo preferís, y es un libro que me ha gustado muchísimo.

La película es muy buena, eso creo que no es discutible. Lo pongo en negrita y lo primero porque quiero dejar claro que se puede criticar algo que te guste.

Es impresionante visualmente, tiene un montaje brutal, Ryan Gosling hace una interpretación inmejorable y la banda sonora también está muy bien elegida. Pero también tiene un defecto enorme: hacer que sea para toda la familia con un exceso de comedia brutal y una falta de ciencia que me hacen tener ganas de llorar.

No estoy en contra de algo de comedia en las películas, pero en exceso me satura, si incluso en bastantes películas de Marvel (y mira que adoro los superhéroes) he tenido problemas con ello. Por ejemplo, a Rocky creo que aquí lo tratan peor que en el libro y hay momentos en que me ha parecido más una mascota que un alienígena (cosa que en el libro no me pasó en ningún momento).

En cuanto a los temas científicos entiendo que en el cine no puedes ser tan complejo como en el libro, pero es que pasan de puntilla por todo lo científico y se dejan fuera muchísimas cosas que creo que podrían haber puesto quitando una pequeña parte de la comedia. Me pregunto si son las cosas que se han dejado fuera en el recorte de más de una hora y pico de montaje adicional que dicen los directores que había.

Creo que cosas tan importante como lo de la Antártida, el desierto del Sahara o el gen del coma deberían estar presentes en la película. Otras cosas como el detalle de donde salen los nombres de las cuatro sondas (o el destino que tuvo la quinta sonda que fue de prueba) también hubiera estado bien verlo en la película.

Y sobre el final bueno, lo han endulzado muchísimo, aunque esencialmente es lo mismo pero digamos que no tan cómodo para Grace y que nunca se ve lo que ocurre con la Tierra, solo se insinúa que ocurre con ella. Por cierto, que teniendo tanto humor en la película, van y se dejan fuera la mejor broma del libro (la yomburguesa).

Y de nuevo vuelvo a que la película a pesar de eso es muy buena y se disfruta plenamente, pero no quería dejar sin decir estas pequeñas quejas: por mucho que te guste una cosa no quiere decir que no puedas ver que tiene algunos defectos y es que al final pocas cosas son 100% perfectas. Porque hoy en día en internet parece que todo es una mierda o todo es perfecto, parece que las redes sociales no dejan lugar para un producto de siete u ocho.


Imagen de una televisión cartoon en la que se ve dentro a un hombre con una máscara de borderlands vestido de camisa con las manos cruzadas bajo la barbilla. A ambos lado de la mesa hay diversas figuras y en el centro de la mesa hay una agenda y una libreta. En la esquina superior izquierda aparece el texto El escritorio de McAllus y en la parte superior derecha un montón de dados enmarcados

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He decidido cerrar mi blog personal que tenía en wordpress y ahora este blog de escritura social no va a ser solo para poner mis pensamientos como escritor o mis relatos.

De vez en cuando voy a poner entradas de mis otros hobbies, aunque el grueso del contenido seguirá centrado en la escritura.

Imagino que os estaréis preguntando que otra clase de contenido voy a publicar pues básicamente serán: – Una entrada resumen el último día del mes o principios del siguiente con lo que he leído en el mes que se acabó. – Alguna mini reseña de una película, serie o videojuego que me haya gustado mucho (reseñas negativas será raro que publique). – Contenido de rol (ayudas, aventuras, PNJs, escenarios y cosas así)

Y eso es todo. Como veréis nada que no tenga que ver con frikadas así que espero que me queráis seguir leyendo (y que quizás alguna persona nueva llegue con estos añadidos).


Imagen de una televisión cartoon en la que se ve dentro a un hombre con una máscara de borderlands vestido de camisa con las manos cruzadas bajo la barbilla. A ambos lado de la mesa hay diversas figuras y en el centro de la mesa hay una agenda y una libreta. En la esquina superior izquierda aparece el texto El escritorio de McAllus y en la parte superior derecha un montón de dados enmarcados

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Clint abrió la puerta del desván y el olor a humedad le golpeó. Vio a su amigo jugando a la Play.

—¿A qué estás jugando Kevin?

—Al Crimson Desert, lo pilló mi hermano de segunda mano.

—Joshua siempre a la caza de gangas —comentó al sentarse en el sofá. Chocaron las manos.

—¿Pongo algo a dos jugadores?

—Claro. —Alargó la mano y sacó un monster de la neverita junto al sofá— ¿Dónde está Joshua?

—Está atrás terminando de repasar el libro —respondió mientras metía otro juego en la consola.

—¿Está estudiando?

—¿Cuándo ha estudiado mi hermano un sábado? —Empezaron a reírse— Anda preparando el juego sorpresa de esta noche. Te va a encantar.

—Mola —bajó la mirada— ¿Y Kate va a venir?

—Por supuesto, no iba a perderme verte babear por prima una noche más.

—¡Cabrón!

Otra vez rieron juntos, aunque Clint con menos intensidad.

—Ahora en serio, nada me gustaría más que verte saliendo con ella —afirmó pasándole el brazo por los hombros—. Tú síguenos la corriente esta noche y la tendrás comiendo de tu mano.

—Ahora sí que me tienes intrigado.

—Vas a flipar —Kevin se levantó y pausó el juego— Está todo listo, ven. Clint le siguió. Las tablas de esa zona siempre crujían bajo sus pies. Giraron la esquina que partía en dos la habitación y vieron a Joshua. Estaba sentado en la cabecera de la mesa, abstraído en la lectura de un libro que parecía antiguo.

—Joder, cada vez se curran más las ediciones especiales de los manuales. Joshua y Kevin sonrieron. En medio de la mesa había una serie de símbolos grabados, un cuenco y unas velas encendidas alrededor.

—¿Habéis grabado runas en la mesa? —preguntó pasando el dedo por la superficie— ¿Y habéis subido el centro de mesa de vuestra madre? Os mata como le pase algo.

—Tranquilo, cuando acabemos lo limpiamos bien y ni se dará cuenta que lo hemos cogido —respondió Joshua estrechándole la mano.

Clint abrió la boca, pero unos crujidos por detrás hizo que todos se giraran. Kate apareció desde el otro lado. Llevaba una bolsa de tela en la mano derecha que a Clint le pareció que se movía un poco.

—Qué bien que ya estéis todos aquí. —Esbozó una gran sonrisa— ¿Está todo listo?

—Ahora sí. —Joshua volvió junto al libro— Empecemos. Clint ponte enfrente de mí. Vosotros uno a cada lado.

—¿No acercamos unas sillas?.

—No, esto debemos hacerlo de pie.

Kate pasó por su lado y le acarició el brazo, sin que la sonrisa hubiera abandonado su rostro. Kevin apagó la luz antes de ocupar su posición. Joshua levantó el libro y comenzó a leer en un idioma que no entendía, aunque le recordaba al latín del primer año de instituto.

Kate sacó de la bolsa al viejo caniche de la señora Madison, la vecina de todos. El perro se quejó con un gruñido apenas audible, como si estuviera aturdido. Antes de que pudiera decir nada Kate sacó un cuchillo ensangrentado de detrás de su cintura y le rajó el cuello al pobre animal. La sangre manchó a la chica y comenzó a llenar el cuenco.

Kevin se acercó a Clint y le obligó a mirar, a la vez que le tapaba la boca. Joshua siguió hablando mientras del perro se extinguía su último hálito de vida. Terminó el salmo… y no pasó nada.

—¡Estáis locos! —gritó Clint unos segundos después de que Kevin le hubiera soltado.

—¿Qué ha fallado? —preguntó Kevin.

—¿Y si hace falta más sangre? Puedo ir por el gato que suele rondar los cubos de basura —sugirió Kate.

Clint estaba paralizado. Miraba a los demás sin entender, los ojos se le llenaban de lágrimas. Quizás por eso no vio como al otro lado de la mesa una sombra, que no correspondía con la de ninguno de ellos, se acercaba a la que proyectaba Joshua.

El grito desgarrador de su amigo llenó con su eco el desván, mientras su antebrazo se abría en canal revelando primero los músculos y luego los huesos. Fue solo el primero de los muchos gritos que surgirían de la casa esa noche.


Este relato estaba inspirado por la práctica para la semana 24 del taller de escritura de Librería Luces. En este caso debíamos empezar con algo cotidiano que se iba volviendo cada vez más inquietante. En mi caso llevé lo de volverse más inquietante hasta el extremo.


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A veces la veía en los rostros de otros. No era un parecido. Era algo más preciso. La forma de inclinar la cabeza, la curva exacta de una sonrisa. Gestos familiares que dolían al reconocerlos.

Al principio cerraba los ojos.

Cuando empecé a fijarme, pude ver que algunos desconocidos me miraban durante un segundo de más. Me fijé en ciertas expresiones que aparecían y desaparecían, como si alguien las estuviera probando.

Todo cambió cuando uno de ellos me habló. No dijo nada especial, una trivialidad. Pero era una frase que nadie más conocía. Aquello que nos había ocurrido años atrás.

Me quedé paralizado. El desconocido siguió su camino sin mirarme de nuevo.

Durante un tiempo pensé que la estaba recordando. Ahora sé que, de alguna manera, no se ha ido.


Este fue el relato que llevé la semana 24 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. La cita en la que me inspiré fue “Tal vez el pasado nunca haya terminado de pasar.” de Thomas Pynchon. Aunque realmente todo eso se basaba en un rostro fallecido que me pareció ver entre la multitud y un sueño con una chica con la que estuve.


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Después de cenar mi madre friega los platos y mi padre finge leer el periódico.

Yo busco una frase para decir en voz alta pero no la encuentro.

El reloj del pasillo marca los segundos, uno detrás de otro, como gotas de agua contra la piedra.

Nadie habla. Nunca hablamos.

Y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que el silencio no viene de nosotros sino de alguiensentado a nuestro lado, escuchándonos.

Esperando que pregunte por qué mi madre no parece darse cuenta del cuarto plato que coloca en la mesa.


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Diana atravesaba la plaza Pío XII con la mano agarrando el culo de Arancha, la chica con la que había bailado y bebido toda la noche. Al final se dieron el lote de manera salvaje, tanto que salieron corriendo del bar para ir a la casa de Arancha, que estaba relativamente cerca.

No contaban con que no habría ningún taxi ni Cabify por la zona y con la impaciencia echaron a andar mientras se metían mano y se besaban… al menos durante los primeros quince minutos, ahora Diana tiraba de una Arancha que arrastraba los pies y apenas murmuraba unas palabras para indicarle el camino a la casa.

La miró de arriba a abajo cuando ya estaban terminando de cruzar la plaza, en cuanto la vio en el pub supo que quería liarse con ella: rubia, un poco más alta que ella y canija. «Siempre te buscas las mismas barbies cuando sales», se dijo, poniendo en su mente la voz de pito de su querido amigo Víctor.

—¿Ahora pa dónde, niña? —preguntó.

—Cruzamos Herrera Oria, la primera calle a la izquierda, número 32 —respondió con la voz pastosa—. Toma, abre tú cuando lleguemos.

Arancha sacó las llaves del bolso y se las puso en la mano libre. Diana también iba bastante borracha, pero lo llevaba mejor porque su constitución era mayor, fruto de años de gimnasio, boxeo y running.

—Ahora nos vamos a dormir, pero mañana nada te va a librar de que te co…

¡PUM! ¡PUM!

Dos disparos consecutivos la interrumpieron. Por instinto se tiró al suelo, cubriendo con su cuerpo a Arancha.

—No te muevas —sacó el móvil y marcó el 091.

—Policía Nacional, ¿en qué puedo…?

—Soy la Inspectora Diana González, número de placa 27481936 —interrumpió—. Necesito apoyo policial en la Plaza Pío XII, se han efectuado dos disparos. Creo que dentro de la Parroquia de San José Obrero.

—Envío inmediatamente agentes y una ambulancia —respondió el operador—. El más cercano está a unas pocas calles de distancia. ¿Puede darnos más detalles desde su posición?

Diana miró hacia la plaza. Las farolas estaban apagadas, aunque algunas de las casas de los alrededores habían encendido luces.

—Voy a acercarme un poco, aprovechando que no hay iluminación en la plaza. Silencio el altavoz —se giró hacia Arancha— Quiero que te quedes aquí agachada entre los coches.

La chica seguía tumbada en el suelo y apenas hizo un pequeño asentimiento con la cabeza.

Diana avanzó cubriéndose con los setos y los árboles de la plaza. Una sirena sonó llegando y vio como un hombre salía corriendo, se guardaba algo en la espalda y subía a una moto. Cuando arrancó, casi se chocó con el coche patrulla que llegaba por la misma calle.

—¡Seguidlo! —gritó Diana saliendo de las sombras— ¡Es el autor de los disparos!

Por suerte, los agentes no dudaron, a pesar de que la mujer que les dio la orden iba vestida con una falda muy mini, llevaba el pelo caoba largo alborotado, la blusa mal abrochada y manchada de múltiples bebidas.

En cuanto la persecución se alejó, Diana cruzó la puerta entreabierta de la parroquia, alumbrando con el móvil. Vio que estaba muy desordenada, como si alguien buscara algo. Avanzó hasta la sacristía del fondo. Al entrar, observó el mismo desorden y el cuerpo de un hombre calvo, regordete y vestido con sotana, en el suelo. El hombre se apretaba un trapo contra el estómago.

Diana desactivó el silencio del móvil.

—El primer coche patrulla está persiguiendo al sospechoso, hay un sacerdote herido —dijo— ¿Cuándo llega la puñetera ambulancia?

—Está a menos de tres minutos —informó el operador—. Otro coche patrulla está también más o menos a ese tiempo.

Diana dejó el móvil encima de la mesa en modo manos libres y se agachó junto al hombre.

—Tranquilo, soy policía. Los sanitarios están a punto de llegar.

El hombre intentaba decir algo, pero apenas tenía fuerzas para hacerse oír. Diana acercó el oído a sus labios.

—¿Es usted una mujer de fe?

—Hace unos años que no voy a misa, supongo que se podría decir que sí.

—El hombre ha robado unos documentos con el trozo de clave que le falta, pero tardará un poco en descifrarlo —la voz del hombre se entrecortaba con una respiración cada vez más trabajosa—. Vaya a la Iglesia de la Purísima y dígale al Padre Rigoberto que la reliquia está en peligro; él sabrá qué hacer.

—Tranquilo, en cuanto le estabilicen, usted…

Diana se interrumpió al ver que el hombre ya no respiraba. «¿Una clave? ¿Una reliquia? ¿Era la pista que necesitaba para que su caso por fin tuviera sentido?». Diana sacudió la cabeza y se arrepintió al instante, cuando un mareo casi la hizo caer.

«Daré mi declaración, iré a por mi placa y el arma y visitaré esa iglesia».

Salió de la parroquia y se acercó a Arancha, justo cuando llegaban la ambulancia y otro coche de policía.

—Guapa, me temo que nuestra noche de pasión va a tener que esperar a otro día. ¿Me das tu número?


Este era el ejercicio de la semana 16 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 en el que teníamos que practicar dos finales, uno más abierto (el que continuará en mi relato largo y otro más cerrado). En este caso he decidido compartir arriba todo el relato y ahora aquí os dejo el final falso que hice para el ejercicio (el punto de divergencia es en el diálogo de «Tranquilo, soy policía».


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El último viernes de mi padre en la Tierra, elegí no ir verle al hospital. Durante dos semanas había ido después de trabajar y hasta la noche, para que mi madre y mi hermana descansaran.

Mi hermana me dijo que ya no iban a salir del hospital ninguna de las dos porque mi padre no volvería a casa. Ya me había despedido de él el lunes o el martes, la última vez que pareció consciente.

Murió a la mañana siguiente, sobre las ocho. Minutos después una llamada de mi hermana me despertó. Me levanté, atendí las necesidades de mis gatas y fui a reunirme con mi cuñado para ir en su coche.

Me encargué de todo el papeleo y de hablar con la mutua. Mi madre y mi hermana no estaban en condiciones para ello. El sábado por la tarde y el domingo los pasé recibiendo el pésame, besos, abrazos y palabras de ánimo de familia a la que hacía años que no veía.

Hubo una misa sin alma el domingo, poco después de comer. Fui a recoger las cenizas con mi hermana y su novio un par de días después. La urna sigue en el mueble del salón de mi madre. No he preguntado qué piensa hacer con ellas.


Este fue el ejercicio para la semana 17 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso debíamos homenajear a Annie Ernaux y practicar la autoficción (escritura del yo), procurando no embellecer la memoria, sino examinarla.


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—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


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Ōka Haruhisa estaba sentado con los ojos cerrados en posición de loto. Las puertas de su despacho se encontraban abiertas hacia el pequeño jardín interior. El frescor primaveral de la madrugada le había acompañado durante toda la noche de meditación. Su kimono blanco apenas le había mantenido abrigado, y agradeció los primeros rayos de sol de la mañana sobre su rostro.

Mientras se levantaba, sus veteranas articulaciones crujieron al ponerse en movimiento tras tantas horas. Caminó despacio hacia su escritorio y se detuvo a mirar el cerezo en flor que ocupaba la mayor parte del patio. Al mirarlo su mente viajó muy atrás en sus recuerdos.

Como regalo en la ceremonia del genpukku, su padre le había entregado unas tierras donde construiría su propio hogar para vivir hasta que heredara Eizakura-jō, la fortaleza ancestral de su familia. Su madre le entregó un pequeño esqueje de cerezo que treinta años después, era un árbol maduro como él mismo. Aún recordaba el olor y la textura de la tierra cuando lo plantó con sus propias manos.

Terminó su paseo hasta el escritorio y se sentó de rodillas. Mojó el pincel en tinta y dejó su mano fluir. Leyó los versos, sonrió y dejó el papel de arroz en la mesa.

Caminó por la casa desierta, atravesando todas sus habitaciones. No había pasado una noche allí desde que heredó el liderazgo del clan hacía quince años. Detuvo su deambular junto a la puerta principal donde colgaba el kamon del clan: un kitsune de nueve colas, su pelaje teñido del delicado rosa de los cerezos en flor y del profundo verde del jade.

Salió al enorme jardín, que iba desde allí hasta los muros que aislaban la casa del resto de la ciudad. El viento trajo unas pocas gotas del riachuelo que atravesaba toda la finca. Fue como el abrazo de un viejo amigo. Sin detenerse caminó hacia el pequeño dojo que había en el extremo este.

Dentro ya estaban todos los asistentes a la ceremonia. Al entrar a la izquierda se encontraban Toyozakura Genji y Sakuragawa Haruji, los daimyo de las dos familias vasallas más importantes del clan. Les saludó con una leve inclinación de cabeza, ellos respondieron con una reverencia más profunda.

A la derecha de la entrada se encontraba su hijo Fumabei con su esposa embarazada Masako. Les dedicó a ambos una pequeña sonrisa. La joven apretó con fuerza la mano de su marido. Lamentó que su hija Rikei no hubiera podido dejar sus deberes en las lejanas Ciudades Libres para asistir.

Al fondo de la sala estaba Mitsunaga Hitsuhito, el hijo de la luz, emperador de las tierras benditas por el Sol y las Lunas. Por respeto no miró directamente su rostro pero quiso suponer que compartía la mirada de pesar con todos los demás.

A la izquierda del Emperador, Takemitsu Toki, su viejo compañero de batallas y yojimbo del emperador. Con él sí cruzó una mirada y ambos inclinaron levemente la cabeza. A la derecha del hijo de la luz una mujer de largo pelo blanco con el rostro tapado con una máscara de oni, la Voz del emperador.

Haruhisa alcanzó la esterilla que había por delante del elegido de los cielos y se arrodilló tocando con la frente el suelo. La Voz del emperador habló.

—Haruhisa-sama, estamos aquí reunidos para que pagues por tu fracaso en el ejercicio de tus deberes —su tono no expresaba ninguna clase de sentimiento—. El emperador Mitsunaga Hitsuhito-dono, en su eterna y celestial benevolencia, le permite realizar la ceremonia del seppuku debido a sus anteriores gestas al servicio del imperio.

—Y yo humildemente acepto su benevolencia y agradezco su iluminada presencia.

Se enderezó de rodillas y se giró, dejando a su izquierda al emperador con su séquito y a la derecha a su familia y vasallos. Quedó de frente, contemplando el pequeño altar a la Fortuna de los guerreros. Dejó caer la parte superior del kimono y puso las manos sobre sus muslos.

Toki se situó a su lado, para ejercer de kaishakunin, y desenvainó su katana.

—El emperador quiere que sepas que le desagrada este desenlace, pero es necesario para mantener la paz imperial —susurró su amigo—. Nos aseguraremos de que ningún otro clan intente nada más contra el tuyo.

Haruhisa asintió. El aire se volvió denso, como si el jardín entero contuviera la respiración. Desenvainó el tantō con cuidado reverencial. La hoja devolvió un destello pálido. Reconoció las muescas diminutas del acero antiguo. Había pertenecido a su padre.

Por primera vez, dudó. No del acto, sino de la palabra que le había llevado hasta allí: honor. ¿Era honor aceptar la culpa? ¿O era orgullo disfrazado de obediencia?

El pulso se aceleró y sintió un latido seco en las sienes. Clavó la punta del cuchillo en su abdomen. El dolor fue inmediato, limpio, casi luminoso. Lo deslizó con firmeza, notando como el acero abría no solo la carne, también años de decisiones.

No gritó.

Mientras trazaba el corte, comprendió que el honor no era pureza, sino peso. Y que todo linaje se sostiene sobre sacrificios que nadie celebra.

Cuando el mundo empezó a oscurecerse, sintió el movimiento de Toki a su lado.

Un susurro apenas audible:

—Descansa, hermano.

La hoja descendió.

El cerezo dejó caer un pétalo, que fue arrastrado por el viento sobre el papel de arroz:

Cae la flor. El tronco sigue erguido. No hay regreso.

FIN


Apéndice: Daimyo: Señor de familia o clan Eizakura-jō: Castillo del Cerezo Eterno Genpukku: Ceremonia de mayoría de edad Kaishakunin: Asistente en la ceremonia del sepukku encargado de decapitar al que lo realiza. Kamon: Símbolo familiar (como un escudo heráldico) Katana: Espada larga japonesa. Kimono: vestimenta tradicional. Kitsune: Zorro mitológico de nueve colas Oni: Demonio japonés Seppuku: Suicidio ritual para restaurar el honor. Tantō: cuchillo corto. Yojimbo: Guardaespaldas


Este fue el ejercicio que llevé a clase para la semana 15 del taller de escritura de librería Luces 2025/2026. La verdad es que debíamos homenajear a Katherine Mansfield, de quien solo he leído el relato Felicidad. En este relato sale un peral, que me llevó a un cerezo y a escribir tres páginas de una nación de mi mundo de fantasía que ni siquiera sale en la novela (solo se menciona porque hay un secundario de este país).


Imagen de una televisión cartoon en la que se ve dentro a un hombre con una máscara de borderlands vestido de camisa con las manos cruzadas bajo la barbilla. A ambos lado de la mesa hay diversas figuras y en el centro de la mesa hay una agenda y una libreta. En la esquina superior izquierda aparece el texto El escritorio de McAllus y en la parte superior derecha un montón de dados enmarcados

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Richard terminó de ajustar las cuerdas de su arpa. Se pasó la mano por su frondoso pelo blanco, como hacía siempre antes de tocar.

Unos bellos acordes recorrieron las hojas de los árboles. Incluso los insectos y animales nocturnos se callaron.

—Amor mío —susurró una voz de mujer.

Una joven vestida con un elegante y vaporoso vestido rojo surgió de la niebla que rodeaba la pequeña colina donde estaba sentado el hombre, apoyado en un enorme y viejo ciprés.

—Qué alegría verte, luz de mi vida.

—Deberías dejar de venir —Se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado—. Sabes que no podemos estar juntos.

—Estos instantes son mi razón de vivir.

Ella sonrió con tristeza y asintió.

—Pues toca para mí la canción con la que me cortejaste.

Él sonrió y, con lágrimas en los ojos, comenzó a tocar la más bella melodía que cualquier ser hubiera oído jamás, y que por siempre sería solo para ella.

—Deléitame con tu bella voz, Kira —le dijo al acabar.

Nuevas notas salieron del arpa para acariciar la noche. La voz de la mujer cantó una letra que habría hecho llorar al mercenario más duro.

Toda la noche se intercalaron canciones alegres, melancólicas, tristes e incluso subidas de tono.

Cuando el sol asomó de manera tímida más allá de las copas, él murmuró:

—Hasta la próxima luna nueva, hermosa guardiana de mi corazón.

—Adiós, amor mío. Ojalá pudieras olvidarme.

—No será así.

—Lo sé.

La mujer se alejó hacia el interior del lugar, perdiéndose en los últimos jirones de niebla.

El bardo bajó la pequeña colina. La niebla ya había desaparecido cuando entró en el familiar camino empedrado. Se acercó a la segunda lápida a la izquierda de la senda y la acarició antes de marcharse. Solo en ese instante los pájaros empezaron a cantar.

En la lápida podía leerse: Kira Warrington 156-173 La luz más brillante y hermosa se apagó demasiado pronto.


Para la semana 2 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 para casa nos mandaron escribir un cuento. Teníamos que tener en cuenta varios conceptos de los cuentos, entre ellos que hubiera una historia «pública» y otra escondida, que puede revelarse al final o solo insinuarse. Yo lo he insinuado y al final he revelado la verdad pero estaba pensando en dejarlo solo insinuado.

La cosa es que esto se me ocurrió yendo en el tren y luego pensé en como integrarlo dentro de mi proyecto del año en el taller, mi novela de fantasía, así que al final escribí una escena donde un personaje le cuenta a su amante este cuento en forma de leyenda porque han visitado el pueblo de donde surgió. Esa escena ya la leeréis en la novela.


Imagen de una televisión cartoon en la que se ve dentro a un hombre con una máscara de borderlands vestido de camisa con las manos cruzadas bajo la barbilla. A ambos lado de la mesa hay diversas figuras y en el centro de la mesa hay una agenda y una libreta. En la esquina superior izquierda aparece el texto El escritorio de McAllus y en la parte superior derecha un montón de dados enmarcados

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