El escritorio de McAllus

Un blog donde voy a contar mis pensamientos como escritor y compartir mis relatos

La galería estaba vacía, olía a cera y madera vieja. Fuera, la lluvia caía sin tregua sobre las losas del patio interior, su murmullo era el único sonido en aquella vieja casa noble.

Yo aguardaba allí por simple cortesía. Venía a dar el pésame a mi viejo amigo y contemplar el cuadro de su prometida. Pero él no estaba presente, tuvo que salir hacia la corte antes de mi llegada. Me encontraba en la coyuntura de esperarle o marcharme cuando vi a un hombre.

No era el pintor celebrado que esperaba encontrar, sino un hombre encorvado, con las manos aún manchadas de pigmento oscuro. Miraba lloroso un lienzo cubierto con un paño negro, como si bajo aquella tela hubiera una herida. Sus labios temblaban.

De pronto, sin mirarme del todo, habló:

—Usted creerá que soy un artista… pero pinté un rostro y le arrebaté la vida.

Quise responder, pero su voz se precipitó, como un torrente febril.

—Era un encargo habitual. Pintar a una joven prometida. Aquello se volvió terrible, mientras la pintaba, sentí que el cuadro no la copiaba… la atrapaba. Cada trazo era un hilo. Cada sombra, un lazo.

Hizo una pausa y se giró hacia mí.

—Me repetía que era absurdo, que el arte no encierra almas, que la pintura es solo color sobre tela —No era capaz de interrumpirle—. Ella enfermó antes de ver el retrato terminado. Murió hace tres noches, mientras yo mezclaba el color para su garganta. Y cuando cubrieron su cuerpo… seguí pintando.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Porque no podía detenerme. Porque necesitaba terminarla. Cuando entregue este cuadro, nadie llorará. Admirarán la obra. Dirán que parece viva. Yo sé que lo está.

Dio unos pasos hacia la salida.

—No volveré a pintar rostros. Solo sombras. Porque cada vez que intente retratar a alguien, sé que veré sus ojos en el lienzo, mirándome, pidiendo salir.

El hombre tragó saliva.

—No es el cuadro lo que me persigue… es lo que he dejado dentro de él.

Se apartó, caminando hacia la puerta como si el aire pesara. No levantó el paño antes de marcharse… y yo tampoco me atreví a hacerlo.


Ejercicio de casa Semana 13 del Taller de Escritura Creativa Librería Luces 2025/2026

Para esta semana del taller de escritura la actividad de casa era hacer un homenaje a Stefan Zweig centrado en la confesión febril de un personaje, el relato enmarcado y el análisis de una obsesión que le nubla la razón.


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Oí que morir no duele. Falso. Llevo días bajo tierra, inmóvil. Siento como los gusanos se mueven bajo mi piel. Temo que este sufrimiento no acabe mientras quede un trozo de carne en mi cuerpo.


Otro de esos relatos que me inspiró la cita de La Versalita. En este caso la frase inicial de mi texto pertenecía a esa cita (no recuerdo si era literal o solo parecida).


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El frío congela las lágrimas Un sacerdote da una misa sin alma Una vida arrebatada demasiado pronto


La cita que transita

Esta es una sección de la radio de Canal Sur que se emite los domingos por la mañana. Cada semana proponen una cita y piden a los oyentes que manden algo que les inspire la cita. La cita de esa semana era:

“Me marché / cuando la belleza huyó / sin la belleza / el resto, estaba muerto.” De “La llama, El legado de Leonard Cohen. (Selección de sus cuadernos)”

En mi caso acababa de perder a un amigo e ir a una misa que me resultó superflua y carente de consuelo, así que el “poema” estuvo marcado por ello.


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En los últimos meses he estado bastante bloqueado a nivel de la novela. Y es que con seis capítulos escritos, unos 30 con sinopsis y, por supuesto, toda la trama planificada me di cuenta de que no me iba a funcionar.

Demasiados puntos de vista y las piezas en el tablero mal colocadas. También me di cuenta de que había algunos fallos de base en la cronología de mi worldbuilding, que me cantó cuando tuve que introducir en la historia las consecuencias de un evento histórico.

He estado reescribibiendo la cronología y ordenando algunas naciones dentro del mapa, ya casi he terminado, y con eso me sentiré cómodo para escribir... porque aunque la mayoría de esos datos no voy a contarlos en la novela, yo necesito que existan.

Y en cuanto a los puntos de vista y como se colocan los personajes en el mapa también los he estado recolocando para que me funcionen mejor. Vosotros no conocéis estos nombres aún pero lo comento para que os hagáis una idea. He adelantado el momento en que se conocen Ansira y Onises (me será más fácil hacer avanzar su relación) o Ansel y Philip (eso también hace mover el inicio de la trama de Ansel).

También he reestructurado cuando Robin se va a ir de viaje y la información a la que tendrá acceso Anastasia desde el principio. Y le he devuelto punto de vista a Gerard, que se lo quité cuando hice la planificación completa de la trama y creo que necesito que tenga unos pocos POV.

El otro gran fallo era el como escribir... He escrito en papel, como siempre desde que empecé en el taller de escritura, pero tengo problemas con donde guardar mis datos del mundo (lo que llamo mi enciclopedia) y donde escribir la novela.

He estado probando alternativas para la enciclopedia: obsidian, wiki y actualmente lo tengo todo en un doc gigante e inmanegable de forma práctica. Creo que descarté obsidian demasiado pronto y estoy pensando en darle otra oportunidad, aunque tiene el problema de que no se sincroniza con dropbox o proton drive pero si con iCloud... Y diréis “pero Isaías si no tienes un dispositivo Apple”.

Pues eso se relaciona con la segunda parte de mi dilema, donde escribir la novela, que de base seguirá siendo a mano pero eso luego tengo que pasarlo a ordenador. Pensaba en escribir la novela usando yWriter pero en móvil/tablet me da muchos problemas sincronizando con lo que tengo guardado en dropbox (que es el sistema que permiten usar para sincronizar). Además, la app tiene graves problemas de usabilidad.

Tengo una licencia que conseguí barata de Scrivener para Windows hace tiempo, y la verdad es que la aplicación funciona muy bien per para móviles solo está para iPad. Entonces estoy pensando en pillar un iPad pequeñito para llevar siempre en el bolso y poder escribir la novela en cualquier momento. Pero sincroniza curiosamente solo con dropbox en lugar de con iCloud y me da miedo que tenga los mismos problemas de conflictos que me da yWriter (aunque Scrivener al menos es muy usable y cómodo con respecto a yWriter).

Entonces si me pillo ese iPad podría usar Scrivener+Dropbox para la novela y Obsidian+iCloud para la enciclopedia... y de paso puedo jubilar mi vieja tablet Android para los viajes, que va ya a pedales y tiene la pantalla rota. No sé, me lo tengo que seguir pensando.


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Carla giró la llave y abrió la puerta. Hacía quince años que no pisaba aquel lugar, desde la última discusión con sus padres. Nunca más volvieron a hablar y ya no podrían hacerlo. Desde que sus padres fallecieron, el mismo día por causas que parecían naturales, ella había retrasado todo lo posible su regreso a la casa donde creció. Al final se plantó allí por la insistencia de su hermana para que recogiera lo que quisiera y venderla.

Entró al pasillo del que salían la cocina, una habitación y un aseo. Entre las puertas de la cocina y el aseo había un espejo barroco de bronce. En el suelo una sábana que debía cubrirlo estaba caída. La recogió y, sin saber por qué, lo limpió. Se vio en su superficie unos instantes, y luego la escena cambió.

Era ella de niña, debía tener cinco o seis años. Corría por el pasillo con una pelota, se paró casi al límite del reflejo y la lanzó hacia el otro lado. Casi pudo escuchar la risa de quien la recibió, quizás Michelle o alguna amiga. Al momento la pelota volvió pero no pudo atraparla y rompió un jarrón que había en una mesita en medio del pasillo. Su madre lo recogió y quitó para siempre esa mesa de allí. Esa fue la última vez que una travesura no se convirtió en gritos.

Parpadeó y volvió al presente. Se fijó en las horribles ojeras que tenía, que ni el maquillaje ocultaba del todo. Siguió recorriendo el pasillo que desembocaba en el salón comedor. El silencio era tan absoluto que casi le dolía. En esa vivienda nunca hubo silencio, ni mucho menos la paz que ahora sentía.

Lo recorrió todo, no encontró ningún otro mueble que no estuviera tapado. Eso seguro que era cosa de Michelle. «Debí venir contigo en lugar de retrasar tanto este momento». Estaba parada en el vestidor de su madre. Toda la ropa estaba empaquetada ya pero el espejo de pie seguía allí. «Que presumida fuiste siempre». Retiró la sábana.

Al mirarse de cuerpo entero por unos instantes se vió muy gorda, pero enseguida se aclaró la vista y volvió a verse tan escuálida como siempre. No pudo evitar recordar los desfiles de modelitos que su madre realizaba para sus hijas, aunque desde que Michelle entró al instituto ya solo desfilaba para Carla. «Eras guapísima. Incluso cuando nos gritabas, lograbas que tu cara no se afease».

De pronto recordó el día que estaba su madre probándose su nuevo vestido amarillo escotado. Su padre apareció, vestido de uniforme, en la puerta del vestidor arrastrando del brazo a su hermana. Venía con su largo pelo moreno despeinado, la ropa desordenada, los ojos vidriosos y las mejillas enrojecidas.

—La guarra de tu hija estaba medio desnuda, comiéndole la polla al quarterback—la empujó al interior del vestidor—. Que, además, es tres años mayor que ella.

Carla recordaba cómo lloró esa noche su hermana, que acababa de cumplir quince años, contándole la manera en que su padre les sorprendió en el coche del chico y se lo llevó arrestado. «Nos quedamos heladas cuando papá nos contó con una sonrisa que el chico se había ahorcado en su celda. Creo que ese fue el día en que la familia se terminó de resquebrajar para siempre».

Cerró la puerta del vestidor y regresó al salón. Sin pensar, le quitó la tela al espejo grande del salón que estaba encima de la tele frente al sofá. Se sentó en un sillón de una plaza, que ocupaba el sitio donde antes había un enorme sofá. Vio que en la mesita, justo delante, había un álbum de fotos con una nota: «Sé que no querrás nada, pero si algo podría interesarte es este álbum. He llorado mirándolo. Llámame cuando acabes.«

Se pasó horas repasando las fotografías. Cuando alguna le traía recuerdos impactantes, levantaba la cabeza y miraba la superficie reflectante. Por algún motivo, así veía más nítidos esos momentos. Recorrer esos recuerdos fue muy doloroso, la mayor parte del tiempo no hubo felicidad cuando sus padres estaban presentes, aunque ellas dos siempre se apoyaron y encontraron las formas de aguantar hasta sus respectivas épocas de universidad.

Cuando la luz ya empezaba a desvanecerse del salón, cerró el libro y levantó la mirada. Vio el reflejo de una anciana sentada en el desaparecido sofá. Estaba muy delgada, la piel se pegaba a sus huesos casi como si no hubiera músculos. La mujer estaba sucia, con el pelo gris quebradizo y los ojos cerrados. El sofá estaba cubierto por los excrementos de la mujer.

Se levantó temblando. Al hacerlo la mujer abrió los ojos y la miró con las pupilas cubiertas de cataratas. Agarró su bolso, el álbum y salió corriendo. Cuando llegó al pasillo no pudo evitar mirar la superficie reflectante cuando pasó por delante. De nuevo estaba allí la vieja pero esta vez de pie y señalándole con el dedo.

Atravesó la puerta de la vivienda y cerró de un portazo. Tenía claro que nunca volvería. Se sentó en el coche y llamó a su hermana con el manos libres.

—¿Diga? —preguntó la voz de Michelle.

—Hola, hermanita —Carla ajustó el espejo retrovisor para retocarse el maquillaje y vio a la octogenaria en el asiento de atrás. Gritó.

—¿Qué pasa, Carla? —Hubo un largo silencio.

—Tranquila —respondió con voz temblorosa—. Estaba sugestionada por los recuerdos y me pareció ver algo en el asiento de atrás. ¿Te importa si voy a tu piso y paso la noche con vosotros?

—Claro que no, ven.

—Estoy allí en media hora.

—Hasta ahora.

Carla arrancó el coche. Cuando unos minutos después entró en la autovía, tiró el álbum por la ventanilla.


Para la semana 3 del taller de escritura creativa 2025/2026 en el ejercicio para casa, debíamos tratar de escribir un relato cotidiano introduciendo temas filosóficos o reflexivos. Nuestra inspiración debía ser Clarice Lispector. La verdad es que no lo he conseguido, pero es que tampoco me esforcé mucho. Al final lleve el relato un poco a mi terreno y escribí un relato tirando un poco al terror psicológico. Aunque aún así creo que dejo el mensaje de que no siempre los padres cuidan a sus hijos como deberían y la importancia de los recuerdos (los que siempre vienen a nuestra cabeza y los más olvidados).


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Una ciudad actual postapocalíptica donde destaca una enorme catedral y hay un foso enorme y profundo unos pocos metros por delante de la catedral, da la impresión de que el foso tiene recovecos como si por allí pudieran subir o vivir gente Arte de Marcin Rubinkowski

Sir Brendon terminó de subir la pendiente que llevaba a la catedral, arrastrando su espada larga por el suelo. Sujetaba en la mano derecha lo que quedaba de su escudo. La subida desde el foso casi le había costado la vida, pero eran los otros solicitantes quienes no verían un nuevo amanecer.

Observó las puertas de piedra negra, custodiadas por dos guerreros vestidos con armaduras de color escarlata. Esas armaduras estaban en un estado impecable, no como la suya, que estaba llena de cicatrices por las batallas libradas.

Cada paso era una punzada en sus rodillas, un crujido de las placas de la armadura y un chirriar de la espada contra la piedra. Cuando llegó ante los caballeros, inclinó la cabeza. Ambos le devolvieron el saludo antes de girarse. Empujaron las hojas de la puerta y un fuerte chirrido acompañó el movimiento, revelando la majestuosidad del interior.

Largas hileras de bancos de mármol bordeaban un pasillo cubierto por una alfombra roja. Las vidrieras que representaban diferentes santos y héroes lo juzgaban mientras recorría el camino hacia el enorme altar. Lámparas con forma de araña iluminaban el interior.

A mitad del camino, reunió fuerzas para envainar la espada, que había dejado un destrozo en la alfombra. En el centro del altar había un púlpito en el que descansaba el libro con las sagradas escrituras. A la izquierda había un viejo y elegante trono. Sentado en él se encontraba un hombre demacrado vestido con la túnica púrpura del clero.

Los minutos que tardó en llegar hasta los pies del altar le parecieron una eternidad, casi tan larga como el propio camino a la Ciudad Santa. Con un esfuerzo titánico logró arrodillarse.

— Soy Sir Brendon de la ciudad de Malga. He ascendido desde el reino inferior para suplicar vuestro favor —permaneció inclinado, con la frente tocando el suelo de roca del primer escalón—. Superé las pruebas y vencí a los aspirantes de las otras ciudades estado para merecer este privilegio.

El sacerdote giró su rostro casi cadavérico, cubierto por una piel arrugada que se pegaba por completo a los huesos.

—Cada vez sois menos los suplicantes que llegáis —dijo el hombre con un susurro ronco—. Levántate y acércate a besar mi anillo.

—Gracias, Eminencia.

Se levantó más despacio de lo que le hubiera gustado. Subir los tres escalones hasta el obispo fue un tormento, pero todo el esfuerzo y el dolor de la subida se vería recompensado.

Se arrodilló. De nuevo el dolor en las rodillas y la espalda estuvieron a punto de hacerle caer. Acercó sus labios a la mano extendida y la besó. En cuanto sus labios rozaron el anillo del dedo índice, se quedó paralizado. Las fuerzas le abandonaban y cayó de lado. Vio como el sacerdote se levantaba rejuvenecido y le miraba.

—Acepto tu sustento Sir Brendon de Malga, tu ciudad será bendecida hasta el próximo ciclo.

Sir Brendon cerró los ojos para siempre, con una sonrisa en los labios.


Este relato lo presenté a la 43.ª Edición de Microrrelatos del Vuelo del Cometa. La temática era que estaba limitado a 500 palabras y debía estar inspirado por la imagen que veis en la cabecera de este artículo. Por supuesto no gané, pero no aspiro a ello. Presentar un relato a concurso, para mi, es superar la vergüenza a que otros lo juzguen y además usarlo como ejercicio para obligarme a escribir… Especialmente ahora en verano que el calor me tiene sin ganas.


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El día estaba nublado y la humedad del ambiente se pegaba a la piel de Miguel mientras trabajaba en el jardín. Había pasado muy mala noche, atormentado con sueños poblados de guerra, enfermedad, hambre y muerte. Con todo lo malo que se veía en las noticias, no le extrañaba ver eso mismo cuando cerraba sus ojos.

Sintió un pinchazo en la mano y vio que había estrujado una de sus amadas rosas. Suspiró y se levantó dejando los aparejos de jardinería allí mismo.

—Me haré una tila —dijo, caminando hacia la casa.

—¿Y harías otra para tu hermana?

Se giró rápidamente y miró a la joven de ojos celestes, reflejo de los suyos. Ella tenía una larga melena rubia que le caía sobre los hombros, un marcado contraste con su propio cabello corto y despeinado.

—¿Qué haces aquí, Ariel?

—Llevabas demasiado tiempo desaparecido, estábamos preocupados —La mujer se le acercó—. Me ha costado mucho encontrarte. Tienes una casa preciosa.

—Podías haberlo tomado como una señal de que no quiero saber nada de vosotros.

—¿Qué te hemos hecho para merecer esto?

—Lo que padre me obligaba a hacer cuando estaba a sus órdenes —Le puso la mano en el pecho— Será mejor que me digas como me has encontrado, después te marcharás y no volverás a buscarme.

La joven apartó el dedo con suavidad y fijó su mirada en la alianza que llevaba en el dedo.

—Tengo órdenes de llevarte conmigo —replicó sujetando la mano de su hermano entre las suyas— Ven conmigo ahora y no diré que te has casado.

Se miraron fijamente a los ojos. Miguel se separó de ella bruscamente y comenzó a caminar en círculos por el jardín frotándose la cara con ambas manos. Su hermana lo seguía con la mirada en silencio. Tras unos minutos fue a decir algo pero Miguel se adelantó.

—¿Me queréis de vuelta para lo que imagino?

—Sabes perfectamente que sí. Por favor, hermano, no te hagas más de rogar.

En ese momento un autobús escolar paró delante de la casa. Dos adolescentes se bajaron y tras despedirse, una de ellas se dirigió hacia el jardín. Miguel se fijó en como su hermana miraba de arriba a abajo a su hija abriendo los ojos de par en par.

—¡Has tenido una hija! —gritó, girándose hacia su hermano.

—¿Papá, que pasa?

—Entra en casa, Carol —respondió apartando a su hermana del camino—. Luego te lo explico cuando termine de hablar con esta inoportuna y maleducada visita.

Cuando la chica entró en la casa, se acercó a hasta estar casi tocándola. Su hermana no pudo evitar dar un paso hacia atrás.

—Si juras no decir nada y dejar a mi hija en paz, me iré contigo después de hablar con ella.

—¿Qué no diga nada? ¿Estás loco?

Pegó su rostro al de ella.

—Me necesitáis. Los cuatro están despertando, lo he visto.

—Estás en lo cierto pero esa abominación que has traído al mundo no puede seguir existiendo.

Miguel tensó los hombros y empujó a su hermana, que se precipitó contra el suelo. Tenía la respiración acelerada.

—Si tú o cualquiera de los otros se acerca a mi hija, morirá —cuando la señaló lo hacía con una espada de fuego que había aparecido de la nada— Estaba dispuesto a acompañarte pero ahora, con inmenso dolor, debo rechazarte. Vete y no me busquéis de nuevo.

—Miguel, por el amor de Padre, tú has cazado a esos engendros desde que cayeron el Lucero del Alba y sus seguidores.

—Te lo repito, Ariel, vete ahora y olvidaos todos de mí —Sus ojos estaban vidriosos.

—El apocalipsis va a empezar y tú traicionas al Cielo y a nuestro Padre —la mujer se levantó despacio sin apartar la vista de la hoja llameante— Puede que la lucha contra el infierno nos tenga ocupados un tiempo pero al final nos ocuparemos de ti.

Ariel desplegó unas alas emplumadas blancas desde su espalda. Estaba diciendo algo más aunque su hermano ya no la escuchaba. Se lanzó sobre ella y de un solo golpe de su espada la decapitó. Un destello cegador llenó toda la manzana durante unos instantes. Donde había estado su hermana solo quedaban cenizas.

La espada había desaparecido cuando se giró hacia la puerta que Carol abrió. Se secó las lágrimas que recorrían sus mejillas. La presión en el pecho era casi insoportable cuando habló, lo hizo con apenas un hilo de voz.

—Hija, empaqueta lo esencial. Tenemos que irnos.


Para la semana 22 del taller de escritura de 2024/2025 debíamos escribir un relato sobre un personaje en medio de un conflicto. Siempre ando rondando en la cabeza escribir sobre fantasía urbana actual y me ha vuelto a salir algo con esa inspiración. Esta historia me gustaría recuperarla... Como tantas otras.


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Nunca he creído en la magia, pero aquel día, cuando Jeremías me contó que había tenido un encuentro con un hada, seguí sin hacerlo. Mi amigo me dijo que cuando volvía el pasado sábado a su casa se perdió y entonces una criatura hermosa se le apareció.

— ¡Tenías que haberla visto! —me gritó, agitando las manos y derramando la cerveza que estaba bebiendo.— Era la criatura más hermosa que he visto nunca y moviendo su varita hizo que se iluminara el camino hacia mi casa.

Yo asentía, distraído, mientras Jeremías seguía hablando. Lo cierto es que no le presté nada de atención porque justo esa misma mañana estuve hablando con doña Romualda sobre esta historia de Jeremías.

— Ese amigo tuyo iba hecho un desastre el domingo —comentó cuando nos cruzamos en la frutería.

Continuó su historia diciéndome que los jóvenes de hoy en día no teníamos control y que siempre acabábamos borrachos como piojos cuando salíamos de fiesta. Se ve que ya no recordaba al borracho de su marido, que empezaba con el whisky con agua a las doce del mediodía.

— A lo que iba —se interrumpió a sí misma la divagación—, que cuando salí del ascensor estiré el bastón y pulsé el interruptor de la luz y me encontré al niño de Vicenta levantando la cabeza de un macetero.

Me estuvo diciendo cómo Jeremías le besó la mano libre con los labios aún llenos de vómitos y estuvo un rato diciéndole que era su hada madrina, la criatura más hermosa que había visto y unas cuantas tonterías más.

— Luego entró en el ascensor y se fue para su casa —concluyó Romualda, agitando la cabeza mientras comprobaba como de duras estaban las chirimoyas.

Me despedí rápidamente y me fui sin comprar los plátanos a por los que había venido porque no tenía ganas de escuchar más sermones. Especialmente porque yo iba igual de borracho que él, pero por suerte mi casa está en el bajo del bloque, así que mi propia hada madrina no tuvo que intervenir.

— Así que a partir de ahora puedo salir y cocerme todo lo que quiera porque ahora sé que tengo un hada madrina —concluyó Jeremías su historia.

Simplemente asentí y le pedí al camarero que me trajera una coca cola. Creo que ha llegado el momento de dejar de beber.


_Para el ejercicio de la semana 15 del taller de escritura de 2024/2025 teníamos que empezar con la frase Nunca he creído en…, pero aquel día, cuando… Además, debíamos mezclar diálogos en estilo directo e indirecto. Creo que lo he conseguido y arranqué alguna risa con el relato así que espero que os guste.


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Zacarías estaba echado contra la pared de un sótano con las piernas cruzadas. Su hija Nora descansaba sobre su regazo. La niña pesaba tan poco y respiraba tan despacio que casi parecía una muñeca. La vida abandonaba sus cuerpos de forma inexorable. Estaban hambrientos y llevaban ya varios días sin agua. Escapar de los caníbales que asaltaron su refugio les había dejado exhaustos y sin provisiones.

Acarició el pelo rubio y quebradizo de su pequeña. Solo podía rezar para tener fuerzas suficientes para enterrarla.

—Daría lo que fuera para que hubieras crecido en un mundo seguro como yo —Agarró su manita—. Cualquier cosa.

De pronto le llegó un aroma a hierba mojada y flores. El aire enrarecido del lugar desapareció, sustituido por una suave brisa que transportaba un embriagador aroma. La temperatura subió hasta la de un cálido día de primavera. Miró a su alrededor. El suelo del sótano estaba cubierto por completo de césped y gruesas enredaderas habían cubierto las paredes y no era capaz de ver ni el lugar por donde habían entrado.

Una mujer estaba en el centro de la sala. «Ya está. He muerto». Quería ver como estaba su hija pero no podía apartar los ojos de la recién llegada.

Miraba hacia el suelo pero pudo apreciar la cantidad de arrugas que recorrían su rostro. Su cabello caía como una cascada hasta casi rozar el suelo, parecía estar formado por hilos de plata y oro. Parte de su melena cubría sus pechos, aunque dejaba ver sus hombros desnudos y una barriga llena de estrías. Llevaba una falda larga hecha de diferentes flores. Sus pies desnudos eran lo único que se movía en ella, apretaba con los dedos la hierba bajo ellos.

—¿Qui… qui… quien eres?

—¿De verdad harías cualquier cosa por una vida mejor para tu hija? —La voz de la mujer parecía venir de todas partes. Zacarías sintió como si una suave brisa de mar le rozara la piel.

—Sí.

Ella levantó la cabeza. Un escalofrío le recorrió la espalda. Los ojos que le devolvieron la mirada no tenían pupilas. Eran por completo del color de la arena de una playa tropical.

Se acercó a él caminando de forma que más que andar parecía que se deslizaba por el manto vegetal. Cogió a Nora en brazos sin que Zacarías pudiera hacer nada para resistirse. La llevó al lugar donde había aparecido. Le dio un beso en la frente. La niña recuperó de inmediato el color en sus mejillas. La musculatura y la grasa perdida desde los días del apocalipsis regresó a su cuerpo. La dejó en el suelo.

Zacarías la vio sonreír. No recordaba la última vez. La mujer le puso la mano en el hombro a Nora. Esa sonrisa quedó capturada en la estatua de piedra verde brillante en la que se había convertido.

—¿Qué has hecho? —gritó.

Intentó levantarse, pero cayó de lado. La mujer se acercó y le ayudó a sentarse. No le quedaban fuerzas, estaba a su merced.

—En ese estado tu hija estará a salvo —dijo, acariciándole la mejilla— Necesito que hagas algo por mí. Regresa victorioso y tendréis un hogar perfecto para siempre.

—¿Qué puedo hacer yo por ti? —preguntó. Estaría llorando si quedara algo de humedad en su cuerpo.

—Estoy atrapada. Estoy usando mis últimas energías para poner en marcha mi rescate.

Le dio un beso en la frente. Al igual que había ocurrido con Nora la salud regresó a él. Corrió hasta la estatua y la abrazó, llorando.

—Dime dónde tengo que ir a buscarte.

—No lo sé —respondió, con la voz muy baja.

Se giró y la vio de rodillas moviendo las manos. Unas enredaderas dejaron libre la entrada.

—Cuando cruces la puerta, el sótano quedará sellado —hablaba tan flojo que tuvo que acercar su oído a la boca de la mujer— Fuera te espera mi única aliada. Juntos debéis averiguar como salvarme.

Iba a hablar pero ella le puso un dedo helado en los labios.

—Ya no me quedan fuerzas. Ve, pues ahora eres mi último druida.

La mujer estalló en cientos de pétalos de amapola.

Se levantó y le dio un beso en la cabeza a la estatua de Nora. Abandonó el sótano. Las enredaderas agarraron los escombros del sótano y cubrieron por completo la entrada.

Salió al exterior. Miró a su alrededor buscando a la persona que le ayudaría. Quedó paralizado al ver a un loba que le miraba fijamente subida al esqueleto de un coche.

—¡Venga ya! ¿Una loba? ¿En serio?

—Sí y más vale que espabiles. Tenemos mucho trabajo para rescatar a Gaia —respondió la loba con una voz grave de mujer.


Para la semana 33 del taller del año pasado teníamos que crear unos cuantos títulos y elegir uno de ellos para escribir un pequeño relato. En mi caso aproveché para empezar a escribir una de esas ideas que estaban en mis notas como dos líneas desde hace tiempo. Me gustaría haber seguido con esto pero estoy atascado en tantos frentes que ha quedado olvidado.

Si tenéis curiosidad estos son los otros títulos que se me ocurrieron:

  • Una mente atormentada
  • La búsqueda de la verdad o como no llegar nunca a la meta
  • Todo lo que siempre quiso saber sobre como cortejar a una alienígena
  • Nora

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Hace tres semanas recibí una llamada de George Stevenson, el abogado de la señora Melissa Warrington. Resultó que era su heredera, su última familia viva a pesar de la distancia. No podía creer que fuese a heredar tierras y una pequeña mansión. El abogado me insistió que tendría que pagar muchísimo dinero en impuestos si aceptaba la herencia, pero que dada la lejanía del parentesco no estaba obligada ni legal ni moralmente.

Le dije que no importaba que si hacía falta vendería el piso que tenía en el centro de Jacksonville y me iría a disfrutar de una nueva vida. Total, acababan de despedirme del trabajo y la mansión está a solo una hora y pico de la ciudad por lo que podría seguir viniendo a ver a mis amigos.

Cuando se lo conté Jack se puso muy contento pero Caroline tuvo sus dudas, pensaba que podría ser una trampa o un intento de llevarme a en medio del campo para trata de blancas o tráfico de órganos. ¡Qué alarmista es siempre esta niña! Al final los dos accedieron a venir conmigo.

Cuando llegamos el sábado temprano nos recibió Alfred, un amigable anciano. Resulta que era el antiguo mayordomo de la que yo había empezado a llamar tía abuela. Nos contó que Stevenson había tenido que ir a atender un asunto familiar pero que el lunes a primera hora estaría aquí para firmar todos los papeles. Mientras nosotros podíamos disfrutar de la casa. Alfred nos entregó la docena de llaves y se marchó a disfrutar de su jubilación.

Avisamos a unos cuantos colegas más del campus y montamos una pedazo de fiesta. Ojalá no lo hubiera hecho.

Aquí estoy ahora, encerrada en una de las 14 habitaciones de la mansión esperando que el asesino se de por satisfecho tras acabar con todos los invitados… y con Jack. ¡Qué muerte tan horrible la suya!

Sujeto la mano de Caroline, mientras la vida escapa de ella. No va a durar hasta dentro de unas horas que debería llegar el señor Stevenson. ¿Sabría esto el maldito abogado y por eso insistió tanto en que no aceptara la herencia? ¿Si es así, por qué no me lo dijo directamente? Aprieto más fuerte su mano al escuchar cómo ese monstruo arrastra el hacha por el pasillo al otro lado de la puerta.

Fiesta de Pijamas

Aquella noche, cuatro amigos, Kevin, Joshua, Clint y Kate, quedaron para usar un viejo libro de invocación que Clint había encontrado entre las posesiones de su difunta abuela. Aprovecharon que la casa de Kevin y Joshua estaría libre de padres aquel fin de semana para la sesión nocturna de brujería.

Después de una cena compuesta por tres pizzas familiares del Domino’s, subieron al desván. Los gemelos habían dejado el desván preparado en cuanto se fueron sus padres y antes de que llegaran Clint y Kate. Un enorme círculo de velas rodeaba todo el centro despejado del viejo desván. En el centro una caja serviría como improvisado altar, sobre ella había un cuenco decorado con flores de porcelana blanca. Cuatro polvorientos cojines servirían de asiento para los amigos.

Clint comenzó a repasar el texto del libro. Kevin sujetaba una bolsa, cuyo contenido se movía lanzando leves quejidos. Los demás encendieron todas las velas. Sus llamas, oscilantes por las corrientes de aire del desván, proyectaban por todas las paredes sus sombras.

Ya estaban listos.

Clint comenzó a leer las extrañas palabras del libro mientras Kate sacaba el viejo caniche de la horrible vecina de los gemelos. Cuando estaba llegando al final del texto, Clint hizo una señal y Kevin le rajó el cuello al perro.

Joshua no pudo evitar cerrar los ojos y que se le escaparan unas lágrimas por el pobre animal. Kate sonrió cuando la sangre del perro cayó en el cuenco y sobre ella. Clint terminó de recitar las palabras mientras el perro agonizaba… y no pasó nada.

Qué estúpidos habían sido pensando que funcionaría un ritual para atar a un demonio de los cruces de caminos al que pudieran pedirle un deseo cada uno. Kevin le increpó a Clint diciéndole que había leído algo mal. Ella sugirió ir a por el gato callejero que solía rondar los cubos de basura. Joshua se giró para que no lo vieran llorar.

Fue así como con los ojos vidriosos vio una sombra deforme, que no correspondía a ninguno de ellos, acercarse a la de Kevin y envolverla. El grito desgarrador de Kevin, mientras se abría una herida en su brazo, fue solo el primero de los muchos que se escucharían esa noche en el desván.


Hoy traigo dos microrrelatos de los que llevé al taller del año pasado. De seis títulos que nos dió la profesora debíamos elegir dos de ellos como fuente de inspiración para escribir 20-25 líneas de un par de textos.

Del relato de la herencia estoy haciendo una versión extendida, los tres primeros párrafos ya se han convertido como en casi cuatro páginas A5. Lo quería haber terminado para el Halloween pasado pero la vida me pasó por encima. Espero terminarlo para el de este año.


Puedes visitar mi otro blog, El Laberinto de McAllus donde encontrarás el mismo material de escritura que aquí, junto a muchas más cosas: reseñas (libros, cómics, juegos, series, películas), unboxings, material de rol y alguna que otra cosa más.

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