Todo lo que salió de mi nariz
Era verano pero yo me había cogido un resfriado tan grande como un piano. ¿El culpable? Algún aire acondicionado traidor o tal vez un viento que me pilló sin avisar. Qué sé yo. El caso es que fuera de casa hacía casi cuarenta grados y yo estaba en mi habitación, metido en la cama y sin dejar de estornudar
¡Aaaaaaachís!
Eran estornudos cada vez más fuertes. Uno de ellos fue atronador.
¡¡AAAAACHÍS!!
No podía creer lo que vi. ¡Había estornudado una goma de borrar! Me acerqué despacio y la toqué. Sí, era real. Acababa de estornudar una goma de borrar.
¡¡AAAAACHÍS!!
Estornudé dos lápices sin punta. Seguí estornudando y estornudé un sacapuntas. Estornudé una vez más y estornudé un estuche. Todo un detalle: así podía guardarlo todo. Me quedé tan sorprendido que ni llamé a mamá. Empecé a sacar punta a un lápiz, pero enseguida noté que venía otro estornudo de los gordos.
¡¡AAAAAAAACHÍÍÍÍS!!
Había estornudado algo verde y me alegré pensando que sería un moco gigante pero no: era un calabacín. Estornudé dos cebolletas. Estornudé un manojo de puerros. Estornudé un poco de apio y estornudé unas hojas de acelga.
¡¡AAAAAAAACHÍÍÍÍS!!
Estornudé media calabaza y aquello me pareció demasiado. Pero pensé que, al menos, con todo aquello podríamos hacer un buen puré de verduras. No era muy fan del puré de verduras pero me lo solía comer, sobre todo por mamá. Desde luego, ella se iba a poner contenta por ahorrarse una compra en el mercado.
¡¡AAAAAAAAAAACHÍS!!
Estornudé una silla sin mesa. Estornudé una mesa para cuatro personas. Estornudé otra silla. Estornudé una lámpara muy bonita. Estornudé una lámpara menos bonita, pero sabía a quién se la podía regalar. Estornudé, estornudé y estornudé. Enseguida tenía en mi habitación muebles suficientes como para montar un mercadillo: un sofá pequeño, una mecedora, una cuna para mellizos, dos alfombras, un cabecero de madera y una radio antigua.
Entonces llegó mamá y casi no podía entrar en el cuarto. Empujó la puerta hasta que la mecedora cedió y pudo entrar. Miró a todas partes abriendo mucho los ojos. Preguntó qué era todo aquello. Yo le dije que no podía parar de estornudar.
—Martín, nos vamos a urgencias.
En la calle, mamá me preguntó si podía elegir lo que estornudaba. Si era capaz de estornudar un coche, llegaríamos antes al hospital. Lo intenté pero estornudé un perro pequeño que se fue sin ni siquiera despedirse.
Cogimos el autobús y, como llevaba el aire acondicionado a tope, empecé a estornudar todo el rato.
Estornudé un señor que sentó a nuestro lado. Estornudé dos hermanos que se peleaban. Estornudé un obrero que llegaba muy tarde a trabajar. El chófer del bus miraba por el espejo y se estaba mosqueando. ¿Dónde estaban los billetes de toda esa gente? Estornudé una señora muy mayor que empezó a hablarnos de sus hijos. Estornudé un joven melenudo y por suerte al fin llegamos al hospital y nos bajamos del bus.
—Vaya vaya vaya —dijo el doctor en la consulta—. Con esto estarás como nuevo en un santiamén. —Y nos dio una receta con unos garabatos que no se entendían.
Salimos del hospital y nos miramos. Mamá y yo sabíamos que el doctor no nos había creído ni una palabra.
Aunque no nos sobra el dinero, cogimos un taxi para volver a casa. No nos apetecía llenar otra vez un autobús de gente sin billete.
Fuimos a la farmacia de la esquina y después directos a la cocina. Preparamos un puré con todas las verduras y nos salió muy rico. Al día siguiente, montamos un mercadillo con todos los muebles.
Lo vendimos todo.
publicado bajo licencia Creative Commons por Ignatius Oscoz. Comentarios y saludos siempre bienvenidos.