Visita turística

Álvaro suspiró al ver que del autobús de línea se bajaba otro grupo de turistas. Tenía la esperanza de que, siendo tan tarde, el anterior grupo fuera el último. Miró el reloj, cuarenta minutos más y para casa. Observó como se acercaban hacia él. Una pareja de personas mayores, un par de jovencitas que no paraban de hacerse fotos y un japonés con una cámara al cuello y un trípode colgando de un lado de su mochila.

Los dos ancianos llegaron a su lado antes que los demás.

—¿Hay muchos escalones, niño? —preguntó la mujer en un impecable acento inglés. «De Londres, casi seguro», pensó el guía.

—No, señora. La zona que visitamos está toda en la planta baja del castillo.

—Buenas noches —dijo el hombre, ofreciéndole la mano. Álvaro se la estrechó—. Disculpe a Margaret, cuando está cansada no se acuerda ni de saludar.

—Calla, Edward.

Miró hacia el camino de subida y vio que las dos jóvenes estaban tomándose unos selfies al borde del foso seco que rodeaba la fortaleza.

—¡Buenas tardes, soy Álvaro Romero! —gritó—. Vamos a visitar la parte rehabilitada del Castillo Montalbán. Por favor, reuníos en el patio.

Las chicas se cogieron del brazo y corrieron riéndose hacia el lugar donde ya estaban esperando los ingleses.

—Ingrid y Nora —dijeron las dos chicas casi a la vez. Nunca le quedó claro quien era quien.

El japonés llegó un poco después.

—Kenji —se presentó con una ligera reverencia.

—No pasa nada —dijo Álvaro con una sonrisa—-. Vamos a empezar con la visita.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis —contó Álvaro para sí mismo y luego elevó la voz—. Perfecto, vamos allá.

Comenzaron la visita por los antiguos barracones de la guardia, siturados a un lado del patio. Tras ese pequeño edificio iban al propio castillo. Álvaro se quedó sujetando la enorme puerta de madera mientras los turistas entraban. Estaba cerrándola cuando tuvo la impresión de que faltaba alguien, se asomó al patio y no había nadie.

—Tengo que coger turnos más cortos… O no salir hasta tan tarde la noche de antes de tener jornada completa —masculló.

Durante algo más de cuarenta minutos recorrieron la capilla, el gran comedor, la sala de baile, las cocinas y dos dormitorios de invitados. Álvaro les contó la historia del castillo desde su construcción en 1522 hasta la maniobra política en la que la familia Montalbán se lo arrebató a los Moncada.

Volvieron a la entrada casi veinte minutos tarde, entre las fotos de Ingird y Nora, las paradas de Kenji y las preguntas de Edward. El conductor del autobús señalaba su reloj desde la puerta justo cuando se encendían las luces. Junto a él esperaban Ramiro, el vigilante nocturno con su habitual sonrisa, y Juan el vigilante del día con cara de pocos amigos.

Junto a la salida se hicieron unas cuantas fotos con el trípode y la cámara con mando de Kenji. Cuando salieron, Álvaro hizo su habitual cuenta de visitantes.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco —esperó unos instantes y miró hacia el interior— Espera. ¿Dónde está el que falta?

—¿Pero qué dice? —pregunta Margaret—. Estamos todos.

—No, no, no. Erais seis al empezar.

—Siempre fuimos cinco, guapo —dijo Nora, o quizás Ingrid.

—Estoy seguro de que conté seis.

—No, señor —intervino Kenji—. Le aseguro que siempre fuimos cinco.

—¡Vamos! —gritó Juan—. Que me gustaría ver un rato a mis mellizos antes de que se acuesten.

—De acuerdo, podéis iros —dijo Álvaro—. Ramiro, ¿te importa venir a echar un vistazo conmigo por si se ha quedado alguien dentro? Le bajo yo en mi coche si es así.

—Claro, sin problema.

Hicieron el mismo recorrido que en la visita. Llegaron a la zona final donde estaban los dormitorios. Nadie.

—Oye, Álvaro, ¿aquí no había solo dos dormitorios abiertos?

—Sí, los otros están medio enterrados porque se cayó el techo.

—Pues hay uno abierto de más.

Los dos se acercaron corriendo al cuarto dormitorio de invitados, que llevaba meses cerrado y miraron con preocupación dentro. Nadie.

—¿Cómo habrá abierto la puerta si tenía la llave echada? —preguntó Álvaro.

Ramiro se agachó, miró la cerradura y probó su llave.

—Funciona perfectamente. O sea que o es un maestro de las ganzúas o por error nunca estuvo cerrada con llave.

—Joer, ¿dónde puede estar? —dijo Álvaro con voz temblorosa—. Los falsos muros que tapan el acceso a las escaleras siguen intactos.

—Vamos a ver las cámaras. Seguro que con las grabaciones lo localizamos.

Fueron a la pequeña garita de vigilancia y Ramiro se puso a trastear con las grabaciones. Rebobinó hasta las 20:00, la hora del último grupo. Cuando le dio al play se vio llegar primero a la pareja de ingleses, luego a las jovencitas y finalmente al japonés. Cinco turistas.

—Imposible, estoy seguro de que conté seis.

—Has trabajado todo el fin de semana y ayer estoy seguro de que fuiste a las fiestas del pueblo —dijo Ramiro—. Seguro que el cansancio te ha jugado una mala pasada.

—Supongo que sí. Necesito dormir.

—Conduce con cuidado —dijo Ramiro.

Álvaro fue directo al coche. Le sonó el móvil cuando iba a abrir la puerta del coche. Varios whatsapp de Kenji. Eran las fotos que había quedado en mandarles a todos por el grupo que montó al entrar.

En la primera foto, tomada en el patioo, distinguió una silueta en la zona de sombra junto a los cinco turistas. En la capilla, la figura aparecía detrás de Edward y Margaret, Kenji había tomado la foto desde unos metros más atrás. Pasó varias fotografías sin encontrarla. Hasta que en una foto del pasillo de los dormitorios la figura volvió a aparecer al lado de Álvaro. Tragó saliva. Fue pasando más fotos y llegó a la que se hicieron todos juntos. Allí estaban los cinco turistas, con Álvaro entre ellos y la figura de rostro borroso detrás de él con las manos apoyadas en sus hombros. No distinguía los rasgos pero sí claramente el uniforme que los guías del castillo usaban antes de que él se incorporara.

Sintió una respiración junto a su oído. Se giró y no había nadie. Las luces del aparcamiento empezaron a parpadear.

A la mañana siguiente

Rocío esperaba al primer grupo del día. Un grupo de seis bajaron del autobús. Como era habitual, y le gustaba a ella especialmente, todos de distintas nacionalidades. Pasaron al patio y antes de entrar a visitar los barracones uno de los turistas le pidió que les hiciera una foto a todos con una Polaroid. Rocío disparó la cámara y al momento salió la foto por debajo. La sacudió un poco para que terminara de revelarse. Miró la fotografía, luego miró al grupo y a la zona en sombras de un lado del barracón, volvió a mirar la fotografía.

Aunque la imagen era borrosa, estaba segura de que la figura situada detrás del grupo era Álvaro. Tenía las manos en el rostro y con la boca abierta en grito. Dejó caer la fotografía y corrió hacia allí mientras marcaba su número. Álvaro no estaba allí… pero escuchó un teléfono sonar al otro lado del muro, en el aparcamiento.


Este texto pertenece a la iniciativa Writeober26 creada por Witchy Kat en bluesky. Consiste en escribir cada día de octubre algo inspirado por la palabra que toca. Para el día 4 la palabra es Castillo.

Tenéis en esta entrada del blog el listado completo de palabras así como un listado de todos los relatos que he publicado del reto.

#Writeober26 #Writeober #RetoDeEscritura

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