El escritorio de McAllus

Un blog donde voy a contar mis pensamientos como escritor y compartir mis relatos

Después de cenar mi madre friega los platos y mi padre finge leer el periódico.

Yo busco una frase para decir en voz alta pero no la encuentro.

El reloj del pasillo marca los segundos, uno detrás de otro, como gotas de agua contra la piedra.

Nadie habla. Nunca hablamos.

Y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que el silencio no viene de nosotros sino de alguiensentado a nuestro lado, escuchándonos.

Esperando que pregunte por qué mi madre no parece darse cuenta del cuarto plato que coloca en la mesa.


Puedes visitar mi otro blog, El Laberinto de McAllus donde encontrarás el mismo material de escritura que aquí, junto a muchas más cosas: reseñas (libros, cómics, juegos, series, películas), unboxings, material de rol y alguna que otra cosa más.

También puedes leer mis paridas en Mastodon o en Bluesky.

Diana atravesaba la plaza Pío XII con la mano agarrando el culo de Arancha, la chica con la que había bailado y bebido toda la noche. Al final se dieron el lote de manera salvaje, tanto que salieron corriendo del bar para ir a la casa de Arancha, que estaba relativamente cerca.

No contaban con que no habría ningún taxi ni Cabify por la zona y con la impaciencia echaron a andar mientras se metían mano y se besaban… al menos durante los primeros quince minutos, ahora Diana tiraba de una Arancha que arrastraba los pies y apenas murmuraba unas palabras para indicarle el camino a la casa.

La miró de arriba a abajo cuando ya estaban terminando de cruzar la plaza, en cuanto la vio en el pub supo que quería liarse con ella: rubia, un poco más alta que ella y canija. «Siempre te buscas las mismas barbies cuando sales», se dijo, poniendo en su mente la voz de pito de su querido amigo Víctor.

—¿Ahora pa dónde, niña? —preguntó.

—Cruzamos Herrera Oria, la primera calle a la izquierda, número 32 —respondió con la voz pastosa—. Toma, abre tú cuando lleguemos.

Arancha sacó las llaves del bolso y se las puso en la mano libre. Diana también iba bastante borracha, pero lo llevaba mejor porque su constitución era mayor, fruto de años de gimnasio, boxeo y running.

—Ahora nos vamos a dormir, pero mañana nada te va a librar de que te co…

¡PUM! ¡PUM!

Dos disparos consecutivos la interrumpieron. Por instinto se tiró al suelo, cubriendo con su cuerpo a Arancha.

—No te muevas —sacó el móvil y marcó el 091.

—Policía Nacional, ¿en qué puedo…?

—Soy la Inspectora Diana González, número de placa 27481936 —interrumpió—. Necesito apoyo policial en la Plaza Pío XII, se han efectuado dos disparos. Creo que dentro de la Parroquia de San José Obrero.

—Envío inmediatamente agentes y una ambulancia —respondió el operador—. El más cercano está a unas pocas calles de distancia. ¿Puede darnos más detalles desde su posición?

Diana miró hacia la plaza. Las farolas estaban apagadas, aunque algunas de las casas de los alrededores habían encendido luces.

—Voy a acercarme un poco, aprovechando que no hay iluminación en la plaza. Silencio el altavoz —se giró hacia Arancha— Quiero que te quedes aquí agachada entre los coches.

La chica seguía tumbada en el suelo y apenas hizo un pequeño asentimiento con la cabeza.

Diana avanzó cubriéndose con los setos y los árboles de la plaza. Una sirena sonó llegando y vio como un hombre salía corriendo, se guardaba algo en la espalda y subía a una moto. Cuando arrancó, casi se chocó con el coche patrulla que llegaba por la misma calle.

—¡Seguidlo! —gritó Diana saliendo de las sombras— ¡Es el autor de los disparos!

Por suerte, los agentes no dudaron, a pesar de que la mujer que les dio la orden iba vestida con una falda muy mini, llevaba el pelo caoba largo alborotado, la blusa mal abrochada y manchada de múltiples bebidas.

En cuanto la persecución se alejó, Diana cruzó la puerta entreabierta de la parroquia, alumbrando con el móvil. Vio que estaba muy desordenada, como si alguien buscara algo. Avanzó hasta la sacristía del fondo. Al entrar, observó el mismo desorden y el cuerpo de un hombre calvo, regordete y vestido con sotana, en el suelo. El hombre se apretaba un trapo contra el estómago.

Diana desactivó el silencio del móvil.

—El primer coche patrulla está persiguiendo al sospechoso, hay un sacerdote herido —dijo— ¿Cuándo llega la puñetera ambulancia?

—Está a menos de tres minutos —informó el operador—. Otro coche patrulla está también más o menos a ese tiempo.

Diana dejó el móvil encima de la mesa en modo manos libres y se agachó junto al hombre.

—Tranquilo, soy policía. Los sanitarios están a punto de llegar.

El hombre intentaba decir algo, pero apenas tenía fuerzas para hacerse oír. Diana acercó el oído a sus labios.

—¿Es usted una mujer de fe?

—Hace unos años que no voy a misa, supongo que se podría decir que sí.

—El hombre ha robado unos documentos con el trozo de clave que le falta, pero tardará un poco en descifrarlo —la voz del hombre se entrecortaba con una respiración cada vez más trabajosa—. Vaya a la Iglesia de la Purísima y dígale al Padre Rigoberto que la reliquia está en peligro; él sabrá qué hacer.

—Tranquilo, en cuanto le estabilicen, usted…

Diana se interrumpió al ver que el hombre ya no respiraba. «¿Una clave? ¿Una reliquia? ¿Era la pista que necesitaba para que su caso por fin tuviera sentido?». Diana sacudió la cabeza y se arrepintió al instante, cuando un mareo casi la hizo caer.

«Daré mi declaración, iré a por mi placa y el arma y visitaré esa iglesia».

Salió de la parroquia y se acercó a Arancha, justo cuando llegaban la ambulancia y otro coche de policía.

—Guapa, me temo que nuestra noche de pasión va a tener que esperar a otro día. ¿Me das tu número?


Este era el ejercicio de la semana 16 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 en el que teníamos que practicar dos finales, uno más abierto (el que continuará en mi relato largo y otro más cerrado). En este caso he decidido compartir arriba todo el relato y ahora aquí os dejo el final falso que hice para el ejercicio (el punto de divergencia es en el diálogo de «Tranquilo, soy policía».


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El último viernes de mi padre en la Tierra, elegí no ir verle al hospital. Durante dos semanas había ido después de trabajar y hasta la noche, para que mi madre y mi hermana descansaran.

Mi hermana me dijo que ya no iban a salir del hospital ninguna de las dos porque mi padre no volvería a casa. Ya me había despedido de él el lunes o el martes, la última vez que pareció consciente.

Murió a la mañana siguiente, sobre las ocho. Minutos después una llamada de mi hermana me despertó. Me levanté, atendí las necesidades de mis gatas y fui a reunirme con mi cuñado para ir en su coche.

Me encargué de todo el papeleo y de hablar con la mutua. Mi madre y mi hermana no estaban en condiciones para ello. El sábado por la tarde y el domingo los pasé recibiendo el pésame, besos, abrazos y palabras de ánimo de familia a la que hacía años que no veía.

Hubo una misa sin alma el domingo, poco después de comer. Fui a recoger las cenizas con mi hermana y su novio un par de días después. La urna sigue en el mueble del salón de mi madre. No he preguntado qué piensa hacer con ellas.


Este fue el ejercicio para la semana 17 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso debíamos homenajear a Annie Ernaux y practicar la autoficción (escritura del yo), procurando no embellecer la memoria, sino examinarla.


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—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


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—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


Puedes visitar mi otro blog, El Laberinto de McAllus donde encontrarás el mismo material de escritura que aquí, junto a muchas más cosas: reseñas (libros, cómics, juegos, series, películas), unboxings, material de rol y alguna que otra cosa más.

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—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


Puedes visitar mi otro blog, El Laberinto de McAllus donde encontrarás el mismo material de escritura que aquí, junto a muchas más cosas: reseñas (libros, cómics, juegos, series, películas), unboxings, material de rol y alguna que otra cosa más.

También puedes leer mis paridas en Mastodon o en Bluesky.

—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.


Puedes visitar mi otro blog, El Laberinto de McAllus donde encontrarás el mismo material de escritura que aquí, junto a muchas más cosas: reseñas (libros, cómics, juegos, series, películas), unboxings, material de rol y alguna que otra cosa más.

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Ōka Haruhisa estaba sentado con los ojos cerrados en posición de loto. Las puertas de su despacho se encontraban abiertas hacia el pequeño jardín interior. El frescor primaveral de la madrugada le había acompañado durante toda la noche de meditación. Su kimono blanco apenas le había mantenido abrigado, y agradeció los primeros rayos de sol de la mañana sobre su rostro.

Mientras se levantaba, sus veteranas articulaciones crujieron al ponerse en movimiento tras tantas horas. Caminó despacio hacia su escritorio y se detuvo a mirar el cerezo en flor que ocupaba la mayor parte del patio. Al mirarlo su mente viajó muy atrás en sus recuerdos.

Como regalo en la ceremonia del genpukku, su padre le había entregado unas tierras donde construiría su propio hogar para vivir hasta que heredara Eizakura-jō, la fortaleza ancestral de su familia. Su madre le entregó un pequeño esqueje de cerezo que treinta años después, era un árbol maduro como él mismo. Aún recordaba el olor y la textura de la tierra cuando lo plantó con sus propias manos.

Terminó su paseo hasta el escritorio y se sentó de rodillas. Mojó el pincel en tinta y dejó su mano fluir. Leyó los versos, sonrió y dejó el papel de arroz en la mesa.

Caminó por la casa desierta, atravesando todas sus habitaciones. No había pasado una noche allí desde que heredó el liderazgo del clan hacía quince años. Detuvo su deambular junto a la puerta principal donde colgaba el kamon del clan: un kitsune de nueve colas, su pelaje teñido del delicado rosa de los cerezos en flor y del profundo verde del jade.

Salió al enorme jardín, que iba desde allí hasta los muros que aislaban la casa del resto de la ciudad. El viento trajo unas pocas gotas del riachuelo que atravesaba toda la finca. Fue como el abrazo de un viejo amigo. Sin detenerse caminó hacia el pequeño dojo que había en el extremo este.

Dentro ya estaban todos los asistentes a la ceremonia. Al entrar a la izquierda se encontraban Toyozakura Genji y Sakuragawa Haruji, los daimyo de las dos familias vasallas más importantes del clan. Les saludó con una leve inclinación de cabeza, ellos respondieron con una reverencia más profunda.

A la derecha de la entrada se encontraba su hijo Fumabei con su esposa embarazada Masako. Les dedicó a ambos una pequeña sonrisa. La joven apretó con fuerza la mano de su marido. Lamentó que su hija Rikei no hubiera podido dejar sus deberes en las lejanas Ciudades Libres para asistir.

Al fondo de la sala estaba Mitsunaga Hitsuhito, el hijo de la luz, emperador de las tierras benditas por el Sol y las Lunas. Por respeto no miró directamente su rostro pero quiso suponer que compartía la mirada de pesar con todos los demás.

A la izquierda del Emperador, Takemitsu Toki, su viejo compañero de batallas y yojimbo del emperador. Con él sí cruzó una mirada y ambos inclinaron levemente la cabeza. A la derecha del hijo de la luz una mujer de largo pelo blanco con el rostro tapado con una máscara de oni, la Voz del emperador.

Haruhisa alcanzó la esterilla que había por delante del elegido de los cielos y se arrodilló tocando con la frente el suelo. La Voz del emperador habló.

—Haruhisa-sama, estamos aquí reunidos para que pagues por tu fracaso en el ejercicio de tus deberes —su tono no expresaba ninguna clase de sentimiento—. El emperador Mitsunaga Hitsuhito-dono, en su eterna y celestial benevolencia, le permite realizar la ceremonia del seppuku debido a sus anteriores gestas al servicio del imperio.

—Y yo humildemente acepto su benevolencia y agradezco su iluminada presencia.

Se enderezó de rodillas y se giró, dejando a su izquierda al emperador con su séquito y a la derecha a su familia y vasallos. Quedó de frente, contemplando el pequeño altar a la Fortuna de los guerreros. Dejó caer la parte superior del kimono y puso las manos sobre sus muslos.

Toki se situó a su lado, para ejercer de kaishakunin, y desenvainó su katana.

—El emperador quiere que sepas que le desagrada este desenlace, pero es necesario para mantener la paz imperial —susurró su amigo—. Nos aseguraremos de que ningún otro clan intente nada más contra el tuyo.

Haruhisa asintió. El aire se volvió denso, como si el jardín entero contuviera la respiración. Desenvainó el tantō con cuidado reverencial. La hoja devolvió un destello pálido. Reconoció las muescas diminutas del acero antiguo. Había pertenecido a su padre.

Por primera vez, dudó. No del acto, sino de la palabra que le había llevado hasta allí: honor. ¿Era honor aceptar la culpa? ¿O era orgullo disfrazado de obediencia?

El pulso se aceleró y sintió un latido seco en las sienes. Clavó la punta del cuchillo en su abdomen. El dolor fue inmediato, limpio, casi luminoso. Lo deslizó con firmeza, notando como el acero abría no solo la carne, también años de decisiones.

No gritó.

Mientras trazaba el corte, comprendió que el honor no era pureza, sino peso. Y que todo linaje se sostiene sobre sacrificios que nadie celebra.

Cuando el mundo empezó a oscurecerse, sintió el movimiento de Toki a su lado.

Un susurro apenas audible:

—Descansa, hermano.

La hoja descendió.

El cerezo dejó caer un pétalo, que fue arrastrado por el viento sobre el papel de arroz:

Cae la flor. El tronco sigue erguido. No hay regreso.

FIN


Apéndice: Daimyo: Señor de familia o clan Eizakura-jō: Castillo del Cerezo Eterno Genpukku: Ceremonia de mayoría de edad Kaishakunin: Asistente en la ceremonia del sepukku encargado de decapitar al que lo realiza. Kamon: Símbolo familiar (como un escudo heráldico) Katana: Espada larga japonesa. Kimono: vestimenta tradicional. Kitsune: Zorro mitológico de nueve colas Oni: Demonio japonés Seppuku: Suicidio ritual para restaurar el honor. Tantō: cuchillo corto. Yojimbo: Guardaespaldas


Este fue el ejercicio que llevé a clase para la semana 15 del taller de escritura de librería Luces 2025/2026. La verdad es que debíamos homenajear a Katherine Mansfield, de quien solo he leído el relato Felicidad. En este relato sale un peral, que me llevó a un cerezo y a escribir tres páginas de una nación de mi mundo de fantasía que ni siquiera sale en la novela (solo se menciona porque hay un secundario de este país).


Puedes visitar mi otro blog, El Laberinto de McAllus donde encontrarás el mismo material de escritura que aquí, junto a muchas más cosas: reseñas (libros, cómics, juegos, series, películas), unboxings, material de rol y alguna que otra cosa más.

También puedes leer mis paridas en Mastodon o en Bluesky.

Richard terminó de ajustar las cuerdas de su arpa. Se pasó la mano por su frondoso pelo blanco, como hacía siempre antes de tocar.

Unos bellos acordes recorrieron las hojas de los árboles. Incluso los insectos y animales nocturnos se callaron.

—Amor mío —susurró una voz de mujer.

Una joven vestida con un elegante y vaporoso vestido rojo surgió de la niebla que rodeaba la pequeña colina donde estaba sentado el hombre, apoyado en un enorme y viejo ciprés.

—Qué alegría verte, luz de mi vida.

—Deberías dejar de venir —Se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado—. Sabes que no podemos estar juntos.

—Estos instantes son mi razón de vivir.

Ella sonrió con tristeza y asintió.

—Pues toca para mí la canción con la que me cortejaste.

Él sonrió y, con lágrimas en los ojos, comenzó a tocar la más bella melodía que cualquier ser hubiera oído jamás, y que por siempre sería solo para ella.

—Deléitame con tu bella voz, Kira —le dijo al acabar.

Nuevas notas salieron del arpa para acariciar la noche. La voz de la mujer cantó una letra que habría hecho llorar al mercenario más duro.

Toda la noche se intercalaron canciones alegres, melancólicas, tristes e incluso subidas de tono.

Cuando el sol asomó de manera tímida más allá de las copas, él murmuró:

—Hasta la próxima luna nueva, hermosa guardiana de mi corazón.

—Adiós, amor mío. Ojalá pudieras olvidarme.

—No será así.

—Lo sé.

La mujer se alejó hacia el interior del lugar, perdiéndose en los últimos jirones de niebla.

El bardo bajó la pequeña colina. La niebla ya había desaparecido cuando entró en el familiar camino empedrado. Se acercó a la segunda lápida a la izquierda de la senda y la acarició antes de marcharse. Solo en ese instante los pájaros empezaron a cantar.

En la lápida podía leerse: Kira Warrington 156-173 La luz más brillante y hermosa se apagó demasiado pronto.


Para la semana 2 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 para casa nos mandaron escribir un cuento. Teníamos que tener en cuenta varios conceptos de los cuentos, entre ellos que hubiera una historia «pública» y otra escondida, que puede revelarse al final o solo insinuarse. Yo lo he insinuado y al final he revelado la verdad pero estaba pensando en dejarlo solo insinuado.

La cosa es que esto se me ocurrió yendo en el tren y luego pensé en como integrarlo dentro de mi proyecto del año en el taller, mi novela de fantasía, así que al final escribí una escena donde un personaje le cuenta a su amante este cuento en forma de leyenda porque han visitado el pueblo de donde surgió. Esa escena ya la leeréis en la novela.


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Dejé de llorar a los seis años. No tardé mucho más en aprender a ponerme delante de mi hermana, antes que él cruzase la puerta de nuestra habitación. Hoy, con las manos manchadas de su sangre, me siento libre al fin.


En el programa de radio La Versalita de Canal Sur cada semana proponen una cita de un autor o autora para que los oyentes manden un texto de hasta seis líneas para que algunos de ellos los lean en el programa. Podéis escuchar el de esta semana aquí con Cervantes como tema central.

Me tiré más de una página de mi libreta pensando, escribiendo y tachando hasta que llegué a ese texto, que por una vez me gusta como quedó. Ojalá las próximas semanas las citas también me encajen y pueda hacer algo digno de ser enviado.


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