Un futuro mejor

Pro primera vez desde hace mucho tiempo estoy preocupado con el futuro. Por fijar bien el sentimiento creo que es mejor expresarlo como desánimo y en gran parte temor. El run run de fondo es el, a mi juicio imparable deterioro medioambiental. Viene de lejos y ejerce fuertemente como el beat de fondo de la banda sonora de la vida. Más ruidoso a veces o menos, poco a poco se manifiesta en la vida diaria bajo la mirada escandalizada de un pequeño sector de la población y la distancia consciente de la inmensa mayoría. En este territorio mi recuerdo vuelve a la famosa carta del jefe Seattle, al presidente Franklin Pierce que en mi juventud, hace más de cuarenta años, ya era símbolo de deterioro medioambiental y que terminaba con un mensaje letal: ¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia. Sin embargo el disparo que ha causado mi angustia tiene más que ver con la contemplación pornográfica del genocidio palestino. Ver todos los días como se ejecuta una exterminación brutal apoyado en el silencio cómplice de los gobiernos del norte está siendo más de lo que mi alma puede aguantar. Y no le veo solución. Es más, me parece que todo esto va a ir a peor y está ligado a la enorme ofensiva de los sectores más reaccionarios de la sociedad que se están coordinando de manera efectiva para hacer retroceder los tímidos sistemas democráticos en aquellos países que se lo habían podido permitir durante el final del siglo XX. Nada es casual y yo no soy tan inteligente ni tengo tanta información para saber si se trata de un plan establecido, tal y como afirman muchos o estamos ante una ofensiva que se manifiesta como un complot de los poderosos contra el mundo. Detrás, de esto no me cabe duda, están las compañías tecnológicas estadounidenses. El enorme músculo económico que han creado en los últimos años les permite comprar la voluntad de quien organiza el devenir político y al paso, generar los suficientes mecanismos de control social en forma de aplicaciones informáticas o sistemas de inteligencia artificial. Lo que me da miedo no son sus planes, lo que me da miedo es la enorme aceptación acrítica del 99% de la población. Bajo la alfombra de la inevitabilidad, el amparo del uso extendido, la trampa de una coherencia que hace imposible la vida y la sensación, la necesidad de no ser tan distinto que el gran grupo te aparte, toda la población, toda en un sentido absolutamente literal, participa de forma entusiasta en el uso de aplicaciones que nos controlan, que almacenan nuestros datos, que generan sistemas de vigilancia y escrutinio, que se preparan para evitar con mano de hierro cualquier revuelta o insurrección que pudiera hacer cambiar las cosas. Están asesinando gazatíes todos los días ante nuestros ojos mientras bajamos el cursor para ver un vídeo más en Instagram y no vislumbro, ni siquiera en los márgenes del sistema, ni la más mínima reacción verdaderamente revolucionaria. Hace semanas me parecía que al menos tejer redes, contactos, complicidades nos podría salvar. Hoy no estoy seguro y de ahí el miedo y la tristeza.

Post scriptum. Perdón por el título que al final trabaja como un verdadero pescaclics


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