La heroicidad pequeña
Esta historia me ocurre más o menos en los años ochenta del siglo pasado. Trabajaba en una empresa que se dedicaba a hacer obras e instalaciones para las empresas eléctricas de entonces. Iberdrola, Hidroeléctica y Unión eléctrica madrileña en la zona sur de Madrid. Su propietario era un individuo malvado y abusón que ejercía su jefatura con mano de hierro y corazón con pelos. A modo de ejemplo contaré que cuando apareció el problema del aceite de colza, intoxicación que afectó a más de 20.000 personas y mató a más de 300, él se quejaba públicamente que ninguno de los muertos estaba entre sus trabajadores. Esta era su estima por nosotres. Producto de una fortuna imprevista al resultar enriquecido con la revalorización de los terrenos que araba en su juventud y que resultaron siendo nuevos barrios de Madrid, tenía en su poder una empresa con un centenar de trabajadores divididos en dos ramas: los que estábamos bajo el convenio colectivo de la construcción y los que se amparaban en el de metalurgia. Esta división no solo le servía para pagar de forma distinta a unos u otros trabajadores sino que le permitía mantenernos enfrentados entre nosotres.
En la parte de construcción éramos unes cuarenta trabajadores a los que en un momento dado me dediqué a convencer de que deberíamos sindicarnos y luchar por nuestros derechos. El 100% de la plantilla nos afiliamos a las CC.OO. y planteamos una huelga indefinida para cobrar los salarios que nos debía desde meses y que se negaba a pagar. Da para otro relato cómo el conflicto terminó ante un juez franquista de los juzgados sociales de Madrid previo paso por el defensor del pueblo.
La cuestión es que después de parar, acampar frente a su casa y no conseguir nuestros derechos porque el otro lado de la plantilla seguía trabajando como si nada, nos propusimos crear un piquete que evitara la salida de camiones del recinto de la empresa.
El piquete informativo se apostó a primera hora de esa mañana en las cocheras poniendo el cuerpo para que no saliera ni un solo camión. Frente a nosotros la hilera de camiones, furgonetas y compañeros que nos increpaban. El jefe llamó a la policía que se presentó e intentó mediar en el conflicto. Como cabecilla del mismo el policía a cargo del operativo me preguntó por las intenciones. Le dije que allí no se movía nadie hasta que nos prometiera el pago de lo adeudado y en un momento, Félix, que así se llamaba el mal nacido, se subió al camión que estaba frente a nosotros, arrancó y se tiró contra la primera fila del piquete.
Todo sucedió en un instante, los compañeros que estaban en primera línea conmigo saltaron para librarse y yo me quedé solo ante el camión. 
De pronto vi en mi cara la imagen del pegaso que lucía el camión en la rejilla delantera y oí el soplido de los frenos al activarse para parar justo delante de mi. Me quedé petrificado. No fue un acto heroico como así pareció entonces. Simplemente me quedé helado y quieto. Es verdad que no pestañee, ni grité, ni hice aspavientos, simplemente me quedé ahí de pie delante de la mole cargada de materiales para las obras. El policía que había venido a mediar se dio cuenta de lo que estaba pasando, saltó a la cabina y arrastró fuera de ella a mi jefe para después detenerlo. Mis compañeros volvieron a la formación, me felicitaron y se recompusieron. Mientras recibía los halagos, los apretones de manos y las palmadas en la espalda de aquellos hombres rudos de manos callosas me sentí fuerte y digno de la clase a la que pertenecía. Pero no fue heroico.
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