Corresponderias
Me he enrolado en una pequeña aventura de Mastodon que consiste en que una vez al mes hay que escribir una carta a alguien que te asignan dentro de un grupo y en correspondencia recibes una carta de otra persona.
Esto me ha hecho recordar que hace ya muchos años, cuando el estado español me secuestró para que defendiera la frontera exterior y me mandaron a África, concretamente a la ciudad de Ceuta de entre las muchas cosas que es mejor olvidar de lo que me pasó allí, hay una que sí me gusta recordar.
Las mañanas tenían un cierto ambiente militar, desfilar, desmontar y montar los obuses, limpiar y adecentar a los mulos, matar ratas en la cocina... mientras que las tardes, salvo excepciones eran bastante más tranquilas. Intentábamos llamar por teléfono a nuestras casas, por más que esto era poco menos que imposible, lavar nuestra ropa, recibíamos las cartas o paquetes que nos llegaban o compartíamos las viandas que le había llegado a algún compañero más afortunado. Entre todas aquellas actividades yo me apunté a enseñar a escribir a los que no sabían. Sí, había gente que no sabía escribir, algunos por falta de escolarización, otros porque su idioma materno no era el castellano. El caso es que me encontré en la tesitura de enseñar a alguien los rudimentos de la escritura sin tener yo mucha idea de cómo hacer aquello y recordando a mi abuela Paca que murió siendo analfabeta y cuyo hijo Antonio que desapareció en la batalla de Brunete en el frente de Madrid, le escribió una carta poco antes de salir para el frente, que ella guardó celosamente. La gente quería aprender para poder enviar cartas a sus padres, a su novia y poder leer en la intimidad sin que los voluntarios les tuviéramos que leer las cartas descerrajando la intimidad que se le supone a algo tan cotidiano. No fui muy ingenioso, se me ocurrió que la mejor manera de que aprendieran era escribiendo las propias cartas que querían enviar. Ellos verbalizaban lo que querían decir, yo lo escribía en un papel y posteriormente ellos copiaban aquellas palabras en su propia carta con mi ayuda y mi corrección. La leíamos en alto y una vez satisfechos ensayábamos una firma que tuviese al menos su nombre y una rúbrica rudimentaria. El método no será especialmente bueno pero como había mucho tiempo libre y lo hacíamos todos los días, la cuestión es que de a poco los chavales iban sabiendo distinguir unas palabras de otras y se iban adentrando en los misterios del lenguaje escrito. Yo me quedaba con la satisfacción de ser útil en aquél agujero negro de mi vida y aprendí lo que significa no tener las herramientas más sencillas para moverte en sociedad, ponerme a su altura y crecer con ellos. También tuve ocasión de leer decenas de cartas de padres deseando lo mejor, novias que iteraban su amor eterno y el deseo de verle lo antes posible. Entonces yo ya escribía poesía y enviaba unas cartas tremendas llenas de tristeza a mi novia que andarán en alguna caja esperando que alguien las vuelva a dar vida leyéndolas.
Si te ha gustado esta entrada puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @fmolinero@neopaquita.es
Puedes seguir este blog desde cualquier red del Fediverso o mediante RSS. @fmolinero@neopaquita.es">