He visto Guardianes de la galaxia 3
Anoche me senté a ver Guardianes de la Galaxia Vol. 3, y aunque la película dura dos horas y media, no sentí ni un solo momento de aburrimiento. Y mira que soy de los que se revuelven en el asiento si una escena se alarga más de lo necesario. Pero esta vez, James Gunn logró algo que pocos directores consiguen: hacer que cada minuto valga la pena, incluso en una franquicia tan masificada como el MCU.
Y es que Guardianes 3 no es solo otra película de superhéroes. Es una despedida épica, un viaje emocional y una carta de amor al rock, la amistad y los personajes imperfectos. Y, sobre todo, es una película que se atreve a ser cruda cuando el MCU suele quedarse en lo superficial.
Si hay algo que Gunn hace mejor que nadie es dar alma a personajes que, en otras manos, serían simples chistes. Rocket no es solo un mapache sarcástico con un cañón; es un ser roto, con un pasado de experimentación y dolor que, por fin, se explora en profundidad. Y no lo hacen con flashbacks forzados o diálogos cursis: lo hacen con imágenes impactantes, silencio y una banda sonora que golpea donde duele.
El desarrollo de los personajes es el gran acierto de la película. Cada uno tiene su momento: – Peter Quill ya no es el chavalete egocéntrico de la primera película. Aquí es un tipo roto por la pérdida de Gamora, y Chris Pratt lo hace bien. – Drax y Mantis tienen una química cómica y tierna que roba escenas. Su relación es el contrapunto perfecto al drama de Rocket. – Nebulosa sigue siendo el personaje más interesante del grupo, con esa mezcla de frialdad y vulnerabilidad. – Groot y Rocket siguen siendo el dúo más carismático, con diálogos que oscilan entre lo hilarante y lo conmovedor.
Pero ojo: no todo es perfecto. Adam Warlock es el gran fallo. Aparece, hace su papel de “diosito dorado”, pero no termina de encajar. Es como si Gunn lo hubiera metido por obligación del canon cósmico, sin darle el espacio que merece. Y eso, en una película tan bien construida, duele.
Si algo tiene Guardianes 3 es un estilo visual único. Gunn no tiene miedo a la sangre, a los planos largos o a las secuencias caóticas. La pelea en la nave de los Sovereign es puro caos controlado, con una cámara que no para de moverse y un ritmo que recuerda a los mejores solos de guitarra.
Y luego está el uso del plano americano en momentos clave, que le da un aire de western espacial. Es como si Sergio Leone dirigiera una película de Marvel. Eso, unido a una paleta de colores que va del neón al negro más absoluto, hace que cada escena sea una experiencia visual.
Si algo define a Guardianes de la Galaxia es su música. Y en esta entrega, Gunn no decepciona. Desde el tema de Florence + The Machine que cierra la película hasta los clásicos de los 70 y 80 que suenan en el fondo, cada canción está elegida con un propósito.
Hay un momento, sin spoilers, en el que una canción de The Smiths suena mientras ocurre algo trágico. Y no es un recurso barato: es el colmo del cine emocional. Gunn sabe que la música no es solo fondo, es otro personaje.
Sin spoilers, el cierre de la trilogía es emocionalmente satisfactorio. No es un final feliz al uso, pero tampoco es un “todos mueren” forzado. Es un adiós con clase, que deja espacio para el futuro sin traicionar lo que los Guardianes siempre han sido: un grupo de frikis que se convirtieron en familia.
Guardianes de la Galaxia Vol. 3 es una película imperfecta, pero valiente. Tiene fallos (Adam Warlock, algunos ritmos desiguales), pero acierta en lo importante: emoción, acción y personajes que importan.
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